Capítulo 7
El marqués inició el recorrido hacia Epsom sintiendo un gran regocijo ante las actividades que le esperaban, pero al mismo tiempo, no podía evitar sentir una irritante preocupación por Perlita.
Pensó en ella y volvió a ver la expresión de su rostro, la nota de incertidumbre en su voz, que le revelaban que tenía miedo porque él iba a ausentarse.
«Es ridículo», pensó. «¿Qué puede pasarle cuando está al cuidado de tanta servidumbre y su propia aya va a llegar esta tarde?». Pero no logró evitar una inquietud exasperante. «Los amigos que se burlaron de mí en el parque tienen razón», se dijo a sí mismo. «Me estoy volviendo un hombre de familia. ¿Quién podría imaginarse que me siento tan tontamente inquieto por una mujer que ni siquiera es mi esposa legal?».
El marqués había llegado ya a Chelsea y los caballos se movían con rapidez por un camino casi vacío, cuando de un sendero transversal salió un carruaje de dos caballos, conducido por un petimetre borracho, que había perdido el control de ellos.
Sólo la gran habilidad del marqués en el manejo de sus propios caballos evitó un choque de frente que hubiera resultado de fatales consecuencias; pero, de cualquier modo, las ruedas de los carruajes se rozaron y la fuerza del contacto hizo volcar el carruaje del borracho y averió una de las ruedas del faetón del marqués.
Su cochero acudió en auxilio del otro vehículo. Ayudó a enderezar los caballos y a levantarse del polvo al borracho que, ya bastante sobrio por el susto, logró con su colaboración levantar el carruaje.
La rueda del faetón del marqués no estaba muy dañada; pero habría sido absurdo intentar un viaje largo con ella en esas condiciones.
—Tendremos que volver por mi otro faetón —dijo el marqués.
—Sería peligroso seguir, milord —reconoció el cochero.
El marqués hizo dar la vuelta a sus caballos y, disgustado por el contratiempo se dirigió hacia la Plaza Grosvenor.
Bajó ante la puerta principal, que se abrió a su llamada y al entrar al vestíbulo encontró un número considerable de personas que hablaban y discutían.
Vio a su mayordomo, a su cochero jefe, a un mozuelo de las caballerizas y varios lacayos hablando excitados con voces chillonas, con una mujer de edad, de aspecto respetable, que parecía ser el centro de la discusión.
Cuando apareció el marqués, todos se volvieron sorprendidos.
—¿Me permiten preguntar qué sucede aquí? —preguntó el marqués con disgusto visible.
—Pues verá usted, milord… —empezó Bateman, siendo interrumpido por la mujer de edad.
—Usted, milord, debe ser el Marqués de Melsonby —dijo—. ¡Gracias a Dios que ha vuelto Su Señoría, porque aquí ha pasado algo muy extraño!
—Me imagino que debe ser usted la señorita Andrews, la niñera de mi esposa —dijo el marqués con toda calma—. La estábamos esperando.
—Así es, milord. Acabo de llegar y he descubierto que la niña Perlita… quiero decir, la señora marquesa… ha sido llevada de aquí por medio de una mentira, porque dicen que se suponía que yo estaba enferma.
—¿Qué significa eso, Bateman? —preguntó el marqués excitado.
—Cuando usted se fue, milord —contestó Bateman—, llegó una monja y preguntó por la señora marquesa. La llevé a la biblioteca y unos minutos después la señora marquesa salió, seguida por la monja, y me dijo que su niñera estaba enferma e iba a verla inmediatamente.
—¿Así que la señora se fue con la monja? —preguntó el marqués a Bateman.
—Sí, milord. Y poco antes de que la señorita Andrews llegara, me enteré de que alguien había estado haciendo preguntas en las caballerizas sobre lo que iba a hacer Su Señoría.
—¡Este muchachito, milord, es la causa de todo el problema! —interrumpió Hickson, el cochero jefe—. Lo encontré con un soberano y cuando le pregunté cómo lo había conseguido me dijo que un desconocido se lo había dado por informarle de los movimientos de Su Señoría.
—Yo no pensé que hubiera nada de malo —murmuró el mocito. Tenía las mejillas rojas y había lágrimas en sus ojos. Era evidente que Hickson lo había castigado ya.
—¿Qué te preguntó el hombre? —dijo el marqués.
—Cuándo iba a salir de viaje Su Señoría. ¡Eso era todo lo que quería saber! Yo no vi nada de malo…
—No es un chico muy listo que digamos, milord —explicó Hickson, a modo de disculpa.
—¿Y a dónde fue la señora con la monja? —preguntó al mayordomo.
—No tengo idea, milord —dijo Bateman—. La monja llegó en un carruaje y en ese mismo se llevó a la señora marquesa.
—¿Está seguro de que…? —empezó el marqués, pero fue interrumpido por el lacayo que le había abierto la puerta.
—¡Yo sé a dónde fue milady, milord!
Todos los ojos se clavaron en él. Él se puso rojo y bajó la mirada.
—Estuve conversando con el cochero que trajo a la monja. Él me dijo que las iba a llevar a Hampstead Heath. Yo le pregunté si no tenía miedo porque había muchos salteadores por ahí… y me dijo que no, aunque lo que sí le daba miedo eran los fantasmas… y la gente decía que a la casa que iba a ir, llamada la Casa de las Águilas, espantaba.
—¡La Casa de las Águilas, en Hampstead! —exclamó el marqués antes de que el muchacho acabara de hablar—. Hickson, ensílleme a Fireball, y sígame tan pronto como pueda, en el lando cerrado.
—Muy bien, milord.
El marqués se dio la vuelta y al hacerlo, la vieja niñera dijo:
—¡Milord! ¡Milord! Acabo de recordar. Ahí es donde vivía la madre de Lady Whitton. Murió ahí mismo hace cinco años. ¡Oh, milord, es Sir Gerbold el que se ha llevado a la niña Perlita a esa casa vacía! Creo que debería decirle, milord…
—No necesita decirme nada —dijo el marqués con brusquedad—. Yo la rescataré, si es humanamente posible.
Entró con rapidez en la biblioteca y de un cajón de su escritorio tomó una pequeña pistola. Entonces se dirigió a toda prisa a las caballerizas que había detrás de la plaza.
Su caballo estaba ya ensillado. Lo montó, dirigió una rápida mirada hacia donde Hickson y varios cocheros estaban enganchando los caballos al lando cerrado y, asegurando su sombrero en la cabeza, se puso en marcha.
Condujo el caballo con gran habilidad, a un trote bastante rápido, a través del tráfico de la ciudad, pero una vez fuera de ésta, lanzó a Fireball al galope, a una velocidad que el marqués consideró le habría permitido ganar una carrera en Epsom.
Trató de concentrar toda su atención en el caballo, de no pensar en el terror de Perlita, ni en la perversidad de Sir Gerbold. Trató de no maldecirse a sí mismo por no haber previsto que el hombre no se iba a dar por vencido con tanta facilidad como ellos habían supuesto.
El marqués había pasado con suficiente frecuencia por Hampstead Heath, como para no recordar aquella fea casa con las columnas de piedra y las águilas talladas. Varias veces se había preguntado quién sería el dueño de ese horrible lugar.
Cruzó la entrada y llevó a su caballo a toda velocidad procurando cabalgar sobre la hierba para amortiguar el sonido de los cascos.
No había luces en las ventanas, ningún signo de vida y por un momento el marqués temió que la información hubiera sido falsa.
Lleno de impaciencia, el marqués hizo que su caballo diera la vuelta al edificio. Había un amplio y descuidado jardín en la parte posterior. Mientras el marqués recorría lo que había sido en otras épocas el prado, levantó la mirada y por primera vez vio una luz.
Habían sido corridas las cortinas de una ventana del primer piso, y por allí se filtraba un rayo de luz.
El marqués saltó de la silla, dejando que el caballo mordisqueara la hierva. Caminó hacia la terraza inferior y miró hacia la terraza mucho más pequeña, de arriba. Vio que había un enrejado de madera, adosado al muro de la casa, que sostenía una enredadera.
Esperaba que fuera capaz de resistir su peso. Sin vacilación, empezó a subir por él. Ya cerca de la parte superior, la madera se rompió bajo sus pies. Sin embargo, el marqués que era un verdadero atleta, tuvo tiempo de asirse a la balaustrada de piedra que rodeaba la terraza, y un momento después saltaba dentro.
Al hacerlo, cuando estaba decidiendo si debía acercarse a la ventana en silencio, oyó gritar a Perlita.
Como impulsado por un resorte se lanzó con violencia hacia los cristales de la ventana, que se hicieron pedazos al recibir su impacto, y entró como una bala en el dormitorio.
El ruido causado por su entrada hizo que Sir Gerbold, que se encontraba encima de Perlita, levantara la cabeza.
Tras una fracción de segundo de inmovilidad, causada por la sorpresa, el marqués cruzó la habitación y llegó a Sir Gerbold, antes de que éste pudiera ponerse de pie.
Levantándolo de la cama, el marqués estrelló su puño en el rostro de Sir Gerbold, pero el golpe no le dio en la barbilla, como intentaba, sino sólo le rozó la mejilla. El hombre se tambaleó, pero, con un esfuerzo, logró recobrar el equilibrio y golpear a su vez al marqués.
Sir Gerbold era, evidentemente, un boxeador experimentado; pero el marqués también lo era. Aunque él envió a éste un derechazo, el marqués lo eludió con habilidad, antes de aplicarle él un efectivo gancho de izquierda, que hizo a Sir Gerbold caer de rodillas.
La chaqueta de montar limitaba la capacidad de movimiento del marqués, frente a Sir Gerbold, que se hallaba en mangas de camisa. Pero el marqués era más joven y más fuerte. Los dos golpes siguientes que aplicó a Sir Gerbold, lo hicieron retroceder contra la chimenea.
La nariz le estaba sangrando y tenía una herida encima de un ojo. En ese momento Sir Gerbold levantó la mano derecha y, con increíble rapidez, tomó la pistola que había puesto fuera del alcance de Perlita, sobre la repisa de la chimenea, y disparó a boca de jarro.
El marqués había visto lo que estaba haciendo y saltó a un lado. La bala pasó a través del faldón de su chaqueta y se fue a incrustar en el muro opuesto de la habitación.
Entonces, antes de que el sonido del disparo terminara de vibrar, el marqués sacó su pistola del bolsillo y disparó sobre Sir Gerbold.
La bala le penetró en el pecho y durante unos segundos se quedó de pie, con la pistola humeante en la mano, mirando al marqués como si no hubiera sido afectado por el disparo.
Poco a poco sus piernas se doblaron bajo su peso y cayó al suelo mientras la sangre de la herida teñía su camisa de rojo.
El marqués se quedó mirándolo un momento, para comprobar que ya no se levantaría. Luego, se volvió hacia Perlita.
Ella se encontraba sentada en la cama, sosteniendo los restos de su destrozado vestido sobre sus senos desnudos. Tenía los ojos secos y muy abiertos. No hablaba; sólo le miraba, pero no parecía verle.
—Vamos, Perlita —dijo él con mucha gentileza—. Te llevaré a casa.
La ayudó a levantarse de la cama. Ya de pie, el marqués le puso la capa sobre los hombros y se la abotonó.
Era como una muñeca en sus manos. Se movía como un autómata, sin darse cuenta de lo que hacía. El marqués la condujo hacia la puerta y, al abrirla, se hizo una corriente de aire que hizo volar dos papeles que había en el escritorio, uno de los cuales cayó a los pies del marqués. Vio que era un cheque bancario; se inclinó y lo recogió. Entonces vio la carta que Perlita había firmado y que había caído no lejos de él. La levantó también y guardó los dos documentos en su bolsillo, antes de salir de la habitación.
Cuando llegaron al vestíbulo, el viejo sirviente que había abierto la puerta a Perlita salió al pasillo con una vela en la mano.
Vio al marqués y a Perlita y dijo en su voz siempre fuerte:
—Oí ruido. ¿Me llamaba, señor?
—Yo no —dijo el marqués también en voz alta—. Pero su amo resultó herido en un duelo. Envíe por un médico. Si no puede salvarle la vida, al menos le dará el certificado de defunción.
—¿Herido en un duelo, señor? —preguntó el anciano con aire atontado.
El marqués, con el brazo alrededor del hombro de Perlita, abrió la puerta principal. Cuando salieron al aire helado, vio a Hickson, conduciendo el lando, con un lacayo y un cochero en el pescante.
—Fireball está detrás de la casa —dijo el marqués al cochero.
Ayudó a Perlita a subir al lando. El lacayo cubrió sus rodillas con una manta y cerró la puerta. Se alejaron sin volver la vista atrás.
El marques arropó bien a Perlita con la manta. Ella permanecía inmóvil en su rincón del vehículo temblando de frío y de miedo, con los ojos muy abiertos y fijos al frente.
Cuando se hubieron alejado un poco, el marqués dijo:
—Tu aya te está esperando en casa.
—La… monja… me… dijo que… estaba… enferma.
Hablaba con mucha lentitud, como si estuviera drogada.
—Lo sé —dijo el marqués—, pero no era cierto.
—Quería… extorsionarme…
—Mañana me lo contarás con calma. Ya pasó. El está muerto o agonizante, y no volverá a molestarte.
El marqués se dio cuenta de que ella no comprendía lo que estaba diciendo. Quiso consolarla, pero juzgó inútil hablar con ella en esos momentos. Estaba demasiado afectada por la impresión para comprender nada.
En cuanto llegaron a la Plaza Grosvenor, el marqués ayudó a Perlita a entrar en la casa. En cuanto aparecieron, Bateman envió a un lacayo para que trajera a la señorita Andrews.
El aya los encontró en el descansillo del segundo piso. Tomó a Perlita de los brazos del marqués y, murmurando palabras de consuelo y afecto, miró al marqués con una interrogación en los ojos.
—Llegué a tiempo —dijo él—, pero ya la había maltratado una vez más y aún no ha conseguido reaccionar de la impresión.
—Gracias, milord —dijo el aya, cerrando la puerta de la alcoba.
* * *
Él cenó solo. Supo que su hermana había vuelto al hospital una hora antes de que volvieran. Le alegró saber, por Bateman, que Lady Helen no se había enterado de que sucediera nada extraño. Sólo se le dijo que Perlita había sido llamada urgentemente por una persona enferma.
La niñera de Perlita había tenido la discreción de no mencionar sus temores a Lady Helen Winston, y ésta se quedó encantada de poder dejar a los niños a su cuidado, para volver con toda tranquilidad al lado del coronel, tras dejar un mensaje para Perlita, en el que decía que esperaba verla al día siguiente.
—Nadie debe mencionar lo que sucedió aquí esta tarde, Bateman —dijo el marqués con firmeza—. Me imagino que Hickson se encargará del muchachito que aceptó el soborno.
—Creo que Su Señoría puede dejar eso en manos de Hickson —contestó Bateman.
—Y dejo el resto en manos de usted —continuó el marqués—. No quiero que el menor rumor de esto llegue a los oídos de nadie en el Castillo de Mell, ni de nadie más, ¿entendido?
—Puede usted confiar en mí, milord —prometió Bateman.
Después envió un mensajero a Epsom, a informar a su amigo, Lord Stavordale, de que no podría cenar ni hospedarse con él esa noche.
Cuando terminó de cenar, el marqués se sentó frente al fuego de la biblioteca y se hundió en profundos pensamientos.
Bateman entró varias veces para avivar el fuego. Por fin informó al marqués que la señorita Andrews había enviado un mensaje diciendo que la señora marquesa se había quedado dormida. Luego, tras preguntar si se le ofrecía algo más, le dio las buenas noches y se retiró.
El marqués se quedó todavía sentado, mirando el fuego. Era casi la una de la madrugada cuando por fin se levantó. Al hacerlo, retiró de su bolsillo interior la carta y el cheque que había cogido del suelo, en la Casa de las Águilas y los guardó en el cajón de su escritorio. Entonces, con lentitud, subió a su dormitorio.
Al llegar a la Casa Melsonby, habían asignado a Perlita un amplio dormitorio que daba a la plaza. El del marqués era contiguo al suyo. Ambos dormitorios se comunicaban por un pequeño pasillo, lleno de guardarropas, que sólo Perlita usaba.
El marqués encontró a su ayuda de cámara esperándolo. Después de que le quitara la chaqueta y los zapatos, le dijo que se retirara. No pensaba acostarse aún, sino leer un rato.
Al cabo de unos minutos escuchó un grito. Durante un momento pensó que se había equivocado, pero el grito, que venía del cuarto de Perlita, se repitió.
Se puso en pie de un salto, abrió la puerta, cruzó el pasillo y entró en la habitación de Perlita cuando ésta volvía a gritar.
Comprendió, entonces, que estaba teniendo una pesadilla. Luchaba con desesperación con las ropas de cama, mientras murmuraba:
—¡Sálvenme… sálvenme!
El marqués llegó a su lado e inclinándose, puso las manos en los hombros de Perlita y la movió con suavidad.
—¡Despierta, Perlita! —dijo—. ¡Despierta… estás soñando!
Ella abrió los ojos y al verlo, se arrojó a sus brazos.
—¡Sálvame… sálvame…! —gritó.
El marqués la oprimió contra su pecho y ella ocultó el rostro en su hombro, temblando de miedo y con el corazón palpitando agitado.
—Estás a salvo —dijo él con suavidad—. Sólo estás soñando. ¡Ya pasó todo! Whitton no volverá a molestarte, te lo juro.
—Tengo… miedo… de él… me… b… b… besó… me rompió el… vestido… —dijo con voz ahogada, llena de horror.
El marqués se sentó en la cama, y la rodeó con sus brazos.
—Él era tan… fuerte… yo luché contra… él… —continuó.
—Lo sé —dijo el marqués.
Al decir eso, se movió y las manos de Perlita se aferraron con fuerza a su bata.
—¡No me… dejes! —suplicó ella—. ¡No me… dejes!
—No te voy a dejar —contestó el marqués—. Sólo me voy a poner más cómodo, Perlita.
Todavía abrazándola, el marqués se sentó de modo que su espalda quedara apoyada contra las almohadas.
—Iba a hablar contigo mañana, Perlita —dijo—. Pero creo que podremos hablar esta noche. Ambos parecemos estar despiertos y, cuando menos, nadie nos interrumpirá.
—No quiero… estar… sola —murmuró ella.
—Me voy a quedar contigo todo el tiempo que desees —dijo el marqués con aire consolador.
Pensó que era la primera vez que tenía en sus brazos a una mujer que sólo deseaba su protección y su comprensión, que no estaba interesada en él como hombre.
—Creo que Sir Gerbold está muerto, Perlita —dijo.
La sintió estremecerse al escuchar el nombre y entonces murmuró:
—¿Y… si… viviera?
—Si vive va a estar inutilizado por mucho tiempo. Pero aun si sobrevive, no volverá a molestarte nunca. Si trata siquiera de comunicarse contigo lo acusaré del intento de extorsión y lo enviaré a prisión. Traje la carta y el cheque que firmaste. Si tengo oportunidad de usarlo como prueba en su contra, no vacilaré en hacerlo. Puedes confiar en mí, Perlita. Te daré mejor protección en el futuro.
—No fue culpa tuya —dijo Perlita—. Yo debía haber supuesto… que era… una trampa.
—¿Cómo ibas a adivinarlo? —preguntó el marqués—. Pero habría sido conveniente que te hubieras llevado a alguien contigo. En otra ocasión en que me ausente, Perlita, te dejaré bien protegida aunque, ya con Whitton eliminado, no tienes por qué tener miedo.
—Pero… lo tendré… —murmuró ella—. Hay otros… hombres como él… en el mundo. Tal vez… hay algo malo en… mí… que los atrae.
—¡Tonterías! Tú sabes que no es cierto. No dejes que tu imaginación cree fantasmas que no existen.
Se detuvo un momento antes de añadir con suavidad:
—¿No te gustaría que fuéramos al extranjero?
Ella levantó el rostro de su hombro por primera vez.
—¿Podríamos… hacerlo? —preguntó.
—¿Por qué no? Sería muy natural. Estamos recién casados. Sería nuestra luna de miel.
—Tú podrías… aburrirte… solo… conmigo, sin… amigos.
—Creo que podría soportarlo —dijo el marqués con una sonrisa—. Tú no eres la única persona en el mundo a la que le gusta viajar, Perlita.
Apoyó de nuevo la cabeza en el hombro de él.
—Hay muchos lugares maravillosos que me gustaría ver de nuevo. Y sería todavía más emocionante ir a algún lugar nuevo… contigo —dijo.
—Haré todos los arreglos mañana mismo —le prometió el marqués—. Pero creo que, después de todo lo que has pasado, debes tratar de dormir.
—Y tú también. No es justo que te tenga despierto —y añadió—: Pero primero… quiero… darte las gracias.
—Olvídalo —dijo el marqués.
—Si no hubieras llegado —murmuró.
—No debes pensar en ello —le ordenó—. ¡Olvida a Whitton! Piensa nada más en todo lo que vamos a ver juntos en nuestro viaje.
—Eres tan… bondadoso —murmuró Perlita.
El marqués bajó las piernas al suelo.
—No sé qué diría la señora Jenson si me viera con los pies en la colcha —exclamó.
Perlita se echó a reír.
—Me temo que ya la tenemos bastante asombrada de que no salgamos de nuestros respectivos cuartos… la oí comentando eso a una doncella el otro día —dijo Perlita.
—¿Es que no se les escapa nada a los sirvientes? Creo que es hora de que nos vayamos al extranjero, donde nadie nos observe.
—Será una… aventura, ¿verdad? —preguntó ella.
—Una aventura muy emocionante, Perlita —contestó el marqués—. Ahora, voy a dejar abiertas las puertas de comunicación. Si tienes otra pesadilla, si tienes miedo, llámame y vendré.
—Tal vez estés dormido…
—Aprendí en el ejército a despertarme al menor ruido —contestó el marqués—. Te oiré, Perlita, puedes estar segura de eso.
—Me alegro de que duermas junto a mí. Gracias, milord. Estoy muy… muy agradecida. Un día tal vez pueda darte las gracias de forma adecuada por todo lo que has hecho por mí.
—Esperaré con interés a que lo hagas. ¿Estás segura de que ya te sientes bien?
—Sí, claro, pero… ¿dejarás la puerta abierta?
—Estará abierta toda la noche.
Ella lanzó un leve suspiro de satisfacción y él vio que se le estaban cerrando los ojos.
Llegó a la puerta y volvió la mirada:
—Buenas noches, Perlita —dijo con suavidad.
Ella no contestó. Él cruzó en silencio el pasillo de comunicación, hacia su propio cuarto.