Capítulo 7
Amorita se reclinó sobre la almohada pensando que el mundo se había vuelto de cabeza.
Durante un momento no pudo sentir nada más que las emociones que la recorrieron cuando el conde la besó.
Entonces recordó lo que él dijera.
Era como una luz flameante frente a sus ojos.
Le había pedido que se convirtiera en su amante. Amorita era muy inocente y sabía poco de los hombres.
Pero era culta.
Por supuesto, había leído acerca de las amantes de Carlos II y de las del rey francés, Luis XIV.
Mas jamás cruzó por su mente que las mujeres asistentes a la fiesta del conde no fueran actrices, como ella suponía.
De repente supo que eran las amantes de los hombres que las habían llevado allí.
Podía comprender por qué Harry se mostró tan renuente para llevarla en lugar de Milly.
Por qué había intentado protegerla de una relación estrecha con Zena y con las otras.
Pensó en el conde, entonces se lamentó en un susurro:
—¿Cómo… pudo pensar… que yo… haría algo… así?
Se estremeció al darse cuenta de que, ahora, él creía que era la amante de Harry.
Se sentó en la cama, presa del pánico.
«¡Debemos irnos… debemos irnos… enseguida! ¿Cómo podría… enfrentarme a él… o a esas otras… mujeres de nuevo?».
Salió de la cama y caminó hacia el dormitorio de Harry.
El seguía inconsciente.
Por un momento tuvo la aterradora sensación de que podría estar muerto.
Asustada, le palpó el corazón.
Latía acompasado y cuando le tocó la frente la sintió bastante fresca.
Regresó a su cama para hacer planes.
Debió dormitar un poco, porque cuando despertó, sobresaltada, se dio cuenta de que había escuchado un ruido en la habitación de Harry.
Corrió y encontró que él se había movido y volteaba la cabeza de un lado a otro.
Sus ojos continuaban cerrados y estaba segura de que todavía estaba profundamente drogado.
Miró al reloj de la chimenea y vio que eran casi las cuatro de la mañana.
Pronto amanecería.
Regresó a su habitación y se vistió.
Tuvo que ponerse el traje con el que llegara al castillo.
Y decidió dejar el resto de la ropa que le regalara Milly.
No deseaba volver a verla más.
En cuanto estuvo lista bajó a buscar al portero nocturno.
Todo estaba muy tranquilo. Aun así, caminó con suavidad, temerosa de despertar a alguien.
El sirviente dormitaba en el sillón de cuero que debía haber permanecido durante muchos años en el vestíbulo.
Lo despertó y le habló con lentitud, para que la entendiera bien:
—Por favor, vaya a la caballeriza y pida el faetón en el que llegó Sir Edward Howe.
—¿Se van, señorita? —preguntó el hombre.
—Sí —respondió Amorita—. Sir Edward se puso enfermo y debo llevarlo con un doctor.
El portero nocturno pareció comprender. Entonces, ya de regreso hacia la escalera, Amorita añadió:
—Cuando el faetón llegue, ¿podría conseguir a alguien que ayude a bajar a Sir Edward y subirlo al carruaje?
El hombre pareció sorprendido, pero respondió:
—Así lo haré, señorita.
Salió apresurado y Amorita regresó a su habitación. Se sentó en el secretaire que había en un rincón y escribió una nota a la señora Dawson.
Con su elegante letra decía:
Querida señora Dawson.
Gracias por ser tan amable y haberme ayudado.
Llevaré a Sir Edward a su casa para que pueda verlo un doctor.
Por favor, regale o tire la ropa que dejo y entregue a su señoría el collar que está en el tocador.
Gracias una vez más.
Sinceramente suya.
Rita Reele.
Dejó la carta sobre la cama para que la señora Dawson no dejara de verla.
Con rapidez hizo un bulto con sus pocas pertenencias.
Con cuidado guardó los cheques en su bolso de mano.
Incluso el que el conde logró recuperar de Zena. Entonces recordó que debía dar una propina al portero.
Fue al dormitorio de Harry.
Para su alivio, encontró algo de cambio en su chaqueta.
Se dio cuenta, de pronto, de que algo que no debía dejar era la ropa de su hermano.
Con rapidez sacó la maleta del armario.
Empezó a guardar todo cuanto encontró que era de él.
Todavía lo hacía cuando el portero y un lacayo, al que debió despertar, entraron en la habitación.
—Yo lo haré, señorita —ofreció el lacayo. Amorita dio un respiro de alivio.
Regresó a su dormitorio para recoger la capa que llevaba cuando llegó.
Miró el sombrero con las plumas flotantes y decidió no usarlo.
A esa hora, a nadie le parecería extraño.
Miró a su alrededor para ver si no había olvidado algo.
¡Sólo pudo pensar en que el conde se había sentado en su cama la noche anterior!
Se inclinó para besarla.
Durante un momento sintió de nuevo el mágico estremecimiento en su pecho.
En ese instante recordó que él pensaba que besaba a la amante de Harry.
Con rapidez regresó al dormitorio de su hermano.
Los hombres habían recogido todo lo que poseía y ahora lo envolvían en las mantas para conducirlo escalera abajo.
—Tengan mucho cuidado —pidió Amorita.
—No se preocupe, no lo tiraremos —respondió el portero.
Con lentitud, con Amorita siguiéndolos, bajaron por la escalera, escalón por escalón, hasta llegar al vestíbulo.
A través de la puerta central abierta, Amorita pudo ver el faetón que pertenecía a Charlie.
El perfecto tiro de dos caballos halaba de él. Un mozo de cuadra los detenía.
Cuando Amorita subió al asiento de conductor, preguntó sorprendido:
—¿Usted va a conducir, señorita?
—Así es —respondió Amorita—, y estoy segura de que no tendré dificultad con estos caballos.
El hombre pareció dudarlo.
Amorita se volvió hacia donde habían colocado a Harry en el asiento, junto a ella.
Su cabeza iba sobre una almohada y lo arropaban con gruesas mantas.
Era evidente que continuaba inconsciente y no tenía la menor idea de lo que sucedía.
Amorita dio propina a los hombres.
Enseguida tomó las riendas y emprendió la marcha.
Mientras avanzaban por la vereda deseaba volver el rostro para ver el castillo.
Nunca volvería a estar ahí, y tampoco volvería a ver al conde.
«Nunca… debe saber… quién soy… realmente… porque eso… perjudicaría… a Harry», se dijo. «Me olvidará, pero yo nunca… podré olvidarlo».
Y tampoco olvidaría nunca su primer beso.
Tuvo la atemorizante sensación de que ningún otro beso sería tan maravilloso.
Y así, se concentró en conducir hacia su casa tan rápido como pudiera.
* * *
Le llevó a Amorita tres horas llegar a la entrada de su castillo.
La vereda por la que avanzaba, no se parecía, en nada, a la del castillo que acababa de abandonar.
Le pareció muy pequeña y aun más maltratada que cuando salió de ella días antes.
Ahora el sol se elevaba muy alto en el cielo. Brillaba sobre el jardín lleno de las flores que su madre amaba.
«¡Estamos en casa!», se dijo. «Y ahora… no debe… haber más… aventuras… y debemos… gastar con… sumo cuidado… el dinero que… ganamos».
Había pensado, mientras guardaba sus ganancias en su bolso, que tal vez debería dejar las mil libras que el conde le había pagado a Harry por ella.
Entonces se dijo, en tono práctico, que necesitaban cada céntimo.
De todos modos, el conde no lo entendería porque jamás sabría que ella no era lo que él pensaba.
Calculó que lo que quedaba de cambio a Harry, les proporcionaría comida hasta que pudieran ir al banco.
Y así podrían hacer efectivas las tres mil doscientas cincuenta libras que ganaran al conde.
Al detenerse frente a la puerta principal, vio que Ben venía del rumbo de las caballerizas.
—¡Ya están en casa, señorita Amorita! —exclamó, aunque era innecesario.
—Sí, Ben, y puedes llevar los caballos a descansar, pero primero deseo que me ayudes a llevar arriba a Sir Edward. No se encuentra bien.
Por instrucciones de Amorita, Ben fue a la casa a llamar a Briggs y a su esposa.
Fue una tarea ardua, pero lograron subir a Harry. Amorita condujo el faetón hasta el patio de la caballeriza.
Ya había desenganchado a los caballos cuando Ben se reunió con ella.
—¡Es un estupendo par, señorita Amorita!
—Disfruté conduciéndolos —admitió Amorita—. Aliméntalos bien. Estoy segura de que están hambrientos.
—Me encargaré de eso. Es una lástima pensar que no podemos quedarnos con ellos.
—Estoy de acuerdo contigo —respondió Amorita—, mas, por desgracia, deben regresar a Lord Raynam.
Caminó hacia la casa.
Sabía que nunca más conduciría caballos tan finos. Tampoco volvería a montar a Hussar.
Subió por la escalera a toda prisa y encontró que Harry continuaba acostado, pero ya tenía los ojos abiertos.
—¿Qué… qué ha… sucedido? ¿Cómo… llegué… aquí? —preguntó con voz gruesa al ver a Amorita.
—Te lo explicaré más tarde. Supongo que, por el momento, desearás algo de beber.
En ese momento entró la señora Briggs con un vaso en la mano.
—¿Qué trae ahí? —preguntó Amorita.
—Es miel, señorita.
Amorita pareció sorprendida.
—¿Miel? —preguntó.
—Su madre siempre decía que si un hombre toma en exceso, si se le da miel queda como nuevo.
Amorita vio que la mujer había mezclado la miel con agua tibia.
Para su sorpresa, Harry la bebió sin protestar. Se reclinó sobre la almohada.
—¡Tengo un dolor de cabeza de los demonios! —se quejó.
—Intenta volver a dormir —le aconsejó Amorita—, y espero que pronto te recuperes.
—Pondré otro vaso junto a la cama —indicó la señora Briggs—, y convénzalo para que siga bebiéndola.
—Lo haré —prometió Amorita.
Se dirigió a su dormitorio.
Se quitó el elegante traje que Milly le diera y lo dejó tirado en el suelo.
Jamás volvería a ponérselo y el solo verlo la perturbaba.
Se puso uno de sus viejos vestidos blancos de muselina.
Lo habían lavado muchas veces, pero la hacía recobrar su propia personalidad.
—Y no —dijo con tono burlón al espejo—, como una… amante.
La palabra parecía perseguirla.
Como también estaba fatigada después de una noche sin dormir y el largo viaje, se recostó en un sofá en el salón.
Antes de poder seguir pensando en el conde, se durmió.
* * *
Amorita despertó sobresaltada y descubrió que había dormido durante horas. Estaba segura de que ya estaría muy avanzada la tarde. Al levantarse vio una nota que decía:
Fui a la tienda por comestibles. Ya le di a Sir Harry algo de comer.
Briggs.
Amorita subió a la carrera.
Había una bandeja junto a la cama de Harry.
Vio que él había comido bastante de lo que la señora Briggs le preparara.
Al parecer, también se había bebido otro vaso de miel.
Estaba dormido.
Amorita se dio cuenta, con una sensación de alivio, que no era la atemorizante inconsciencia que sufría mientras lo traía desde el Castillo Elde.
Respiraba con normalidad y el color había vuelto a su rostro.
«Ya está mejor», se dijo, «supongo que podrá levantarse mañana».
Ella también se sentía más fortalecida después de haber dormido.
Se arregló el cabello y entonces se dio cuenta de que, debido a que estuvo ausente, no había flores en el castillo.
Era algo que su madre siempre se empeñaba en tener.
—Tal vez seamos pobres y las cosas estén gastadas —reflexionaba—, pero las flores siempre son hermosas y hacen que hasta la habitación más sencilla se vea bonita.
Amorita salió al jardín.
Empezó a cortar las flores de varios setos. Mientras lo hacía, no dejaba de pensar en la fuente del castillo.
¡Qué hermosa era a la luz del crepúsculo! La canasta que llevaba estaba casi llena.
La puso en el suelo durante un momento junto al pequeño arroyo que su padre hiciera al fondo del jardín.
Caía sobre algunas rocas, en las que su madre cultivaba algunas plantas.
«Tal vez nunca tengamos una fuente», pensó Amorita con un suspiro, «así que debo conformarme con una pequeña cascada».
Pensó que la fuente era lo adecuado para el conde. ¡Nadie podría estar más apuesto que él, cuando montaba su caballo negro!
¡Y la había besado!
Aún podía sentir el roce de sus labios en los de ella. De pronto, se dio cuenta de que no estaba sola. Se volvió, y fue algo tan increíble que lanzó un pequeño grito ahogado, ¡pero el conde estaba junto a ella!
Sus ojos se encontraron.
Durante un largo momento ambos permanecieron inmóviles, sin poder moverse, ni desviar la mirada. Entonces el conde dijo con voz profunda:
—Un sirviente me informó que encontraría a la señorita Amorita en el jardín.
—Pero… ¿por qué… está su señoría… aquí? —preguntó Amorita—. ¿Cómo pudo dejar… solos a sus… invitados?
—Le supliqué a Charlie que se hiciera cargo —respondió el conde—, y vine a saber qué había sucedido con usted y, por supuesto, con Harry.
—Está… mejor… mucho… mejor —balbuceó Amorita.
—¿Por qué no me dijo que era su hermano? —exigió el conde.
Amorita lanzó un pequeño grito.
—¡No debía… milord saberlo… y si ya… lo sabe… jamás debe… decírselo… a nadie! Harry piensa que… si se descubre que me… había llevado a su… fiesta… lo arrojarían… del Club White… y mucha gente, jamás… volvería… a hablarle.
—¡Y sin embargo, usted fue con él!
—Tenía que… hacerlo —afirmó Amorita—. Necesitábamos conseguir dinero… primero para… pagar una… operación para nuestra vieja… niñera. De lo contrario, podía morir… y en segundo… lugar… para evitar… que padeciéramos hambre.
Pudo percatarse de que el conde se mostraba incrédulo y añadió con rapidez:
—Por favor… créame… váyase… y finja… que nunca… me ha visto.
El conde sonrió.
—¿Cree que eso es posible?
—Es algo… que su señoría debe… hacer… si le tiene afecto… a Harry.
—¿Y realmente supone que pueden ocultar para siempre que tiene una hermana?
—El nunca… invita a sus amigos… aquí —repuso Amorita—, porque no tiene… dinero para… ofrecerles la misma… hospitalidad… que le… brindan.
Se frotó las manos mientras agregaba:
—Por favor… por favor… milord, siga siendo su… amigo. Permítale que monte… sus caballos… y no le cuente a nadie… de mí.
—Voy a nombrar a Harry administrador de mi cuadra de caballos —manifestó el conde—, y, por supuesto, vivirá en el castillo.
—¡Qué… maravilloso! —exclamó Amorita—. Harry se va a emocionar. ¿Cómo puede… ser tan… bondadoso y tan… comprensivo?
Las palabras se tropezaban unas con otras y había lágrimas en sus ojos.
El conde permaneció mirándola.
Entonces preguntó con voz muy baja:
—¿Qué sintió, Amorita, cuando la besé?
Como no esperaba la pregunta, ella se ruborizó y desvió la mirada.
El conde se acercó un poco más.
—Deseo saberlo, deseo que me diga la verdad. Tal vez me equivoque, pero tengo la sensación de que nunca la habían besado antes.
Amorita no respondió.
El puso una mano bajo la barbilla de ella y levantó su rostro hacia él.
—Dígame —pidió en tono persuasivo—, ¿soy el primer hombre que la besa?
Amorita temblaba porque él la estaba tocando. El adivinó la respuesta sin que ella se la dijera con palabras.
Entonces la atrajo hacia él y sus labios se apoderaron de los de ella.
La besó al principio con ternura, después posesivo y exigente, como si la hiciera suya.
Para Amorita fue como si las estrellas hubieran caído del cielo y titilaran en su pecho.
La extraña emoción que la recorriera antes, aumentó hasta el delirio.
Ya no sentía que era ella misma, sino parte del conde.
El resto del mundo había desaparecido.
La besó y la besó hasta que ella ya no podía pensar, sólo sentir.
Por fin, él levantó la cabeza.
—¡Te amo! —exclamó—. Te amo como jamás había amado a ninguna mujer. Ahora dime lo que sientes por mí.
—Te… amo… —susurró Amorita—. Te amo… y no sabía… que el amor… fuera tan… maravilloso.
El conde la besó insistente.
Ahora declaró:
—No podía creer que existiera alguien tan adorable, tan perfecta, hasta que te vi de pie en el escenario vestida como un ángel y con un bebé en tus brazos. Ambicioné que fuera mi hijo.
De pronto, Amorita despertó a la realidad.
—Yo… yo no debí… estar ahí —balbuceó— y… tú… debes irte.
—¡No tengo intención alguna de hacerlo! —respondió el conde—. Te pido que te cases conmigo, Amorita, y sé que nada más en el mundo importa, excepto que seas mi esposa.
Durante un momento, el rostro de Amorita pareció transformarse.
Se le veía tan hermosa que el conde apenas podía creer que fuera real.
—¡Pero… sabes… que no puedo… casarme contigo! —exclamó ella.
—¿Por qué no?
—Porque eso dañaría a Harry… sus amigos, por supuesto… me reconocerían.
—Podemos ser lo bastante listos para no hacer daño a Harry —propuso el conde—, y cuando seas mi esposa, preciosa mía, se te verá muy diferente a como se te veía en esa vulgar ropa, que no te iba bien, y con todas esas arrobas de pintura y de polvo en tu rostro.
Amorita ocultó su cara en el hombro de él.
—Harry dijo… que tenía que usarlos… pero yo… pensé que era… porque se suponía… que era… una actriz.
Los ojos del conde tenían una expresión muy dulce al mirarla.
—Tal vez tengas que actuar durante un poco más de tiempo —dijo—, pero cuando hayamos disfrutado de una muy larga luna de miel y te haya comprado la ropa más bella y elegante, nos iremos a vivir al campo mientras reparan el castillo.
La miró para ver si lo escuchaba y continuó:
—Los únicos que nos visitarán al principio serán nuestros mejores amigos, como Charlie y, por supuesto, Harry. Si el resto acude tiempo después, dudo que encuentre algún parecido entre la hermosa Condesa de Eldridge y la jovencita que se hacía llamar «Rita Reele».
—¿Quieres… decir… que puedo… casarme contigo?
—Quiero decir que vas a casarte conmigo —afirmó el conde—. Tendrás que ayudarme, mi amor, para gastar mi fortuna de forma sensata y no desperdiciarla en mujeres fáciles y caballos difíciles.
La forma en que se expresó fue tan divertida, que Amorita se rió y confesó:
—Pensé que nunca… podría volver… a montar… de nuevo a Hussar.
—¿Y pensaste que nunca volverías a verme?
Ella se movió un poco más hacia él.
—Pensé… que todo… lo que tendría… para recordar… sería… que me habías… besado.
—Te besaré un millón de veces —afirmó el conde—, ¡y haré que recuerdes cada beso!
Suspiró de intensa felicidad mientras preguntaba:
—¿Cómo es posible que sea lo bastante afortunado para haberte conocido, el Ángel que siempre estuvo en mi corazón, pero que jamás creí encontrar convertido en una mujer real?
Enseguida la besó de nuevo, hasta que Amorita sintió como si el jardín diera vueltas a su alrededor. Volaban en lo alto del cielo.
Comprendió que todo lo que había soñado y anhelado se hacía realidad.
Ahora ya no necesitaba tener miedo por el futuro.
El conde, a su manera muy propia, haría que todo transcurriera bien, sin tropiezos, no habría más problemas, no más temor y, lo más importante de todo, ella ya nunca estaría sola.
—¡Te amo… te… amo! —susurró cuando el conde levantó la cabeza.
Al levantar su mirada hacia los ojos de él, comprendió que ambos habían encontrado lo que era más importante que cualquier otra cosa en el mundo.
Más importante que el dinero, amigos o enemigos, más importante que sus castillos.
Era el Amor, el Amor de un hombre por una mujer, en el que se pertenecían uno al otro tan absolutamente que ya no eran dos personas, sino una.
—¡Te… amo! —repitió, emocionada, Amorita.
Y, mientras los labios del conde mantenían cautivos los suyos, no hubo más necesidad de palabras.
FIN