Capítulo 3
Amorita estaba preocupada.
Era jueves. No había señales de Harry y ella ignoraba lo que había sucedido.
Todas las posibilidades cruzaron por su mente. El podría haber encontrado a alguien que ocupara su lugar, o se habría dado por vencido.
Cualquiera que fuera la razón, la inquietaba que la cuenta de la operación de Nanny fuera mayor de lo que esperaran al principio.
Se preguntó qué haría respecto a los otros sirvientes, a quienes no habían pagado sus salarios durante meses.
«¡No podemos seguir así!», pensó desconsolada al pronunciar sus oraciones.
Le gustaba sentir que sus padres la escuchaban; sin embargo, sus oraciones parecían no recibir respuesta.
Había hecho la cama y ventilado la habitación de Harry para que entrara el sol.
Entonces, mientras bajaba por la escalera, percibió el sonido de ruedas en la vereda.
Corrió hacia el vestíbulo tan rápido como pudo y se asomó.
Un faetón conducido por Harry se detenía frente a la puerta principal.
Subió por la escalinata a toda prisa.
—¡Al fin llegaste, llegaste! —exclamó emocionada mientras él entregaba las riendas a un palafrenero.
—Así es —repuso Harry—, y espero que aprecies el lujo con el que pretendo llevarte mañana al castillo.
Era sin duda un carruaje muy elegante, tirado por dos caballos de buena estampa.
—¿En dónde lo conseguiste? —preguntó nerviosa Amorita.
—Charlie me lo prestó —explicó Harry—. Y me dijo: «Supongo que no tienes nada más que un barril sobre ruedas en el cual llevar a tu pareja a la fiesta, así que te prestaré algo más digno».
—Fue muy amable de su parte —sonrió Amorita.
—Yo también lo pensé, pero lo dejé con la duda de quién me acompañaría.
—¿No es posible que sospeche quién podría ser?
Aun cuando no había nadie que los escuchara, Amorita mantuvo la voz baja.
Harry negó con la cabeza.
—No, y ahora tendrás que ayudarme a sacar las cosas del faetón, ya que no tenemos ningún otro sirviente disponible.
Amorita se rió.
—O lo hacemos nosotros, o nadie.
—Lo sé y también traje al palafrenero de Charlie conmigo. Intento impresionarlo.
Amorita pareció nerviosa.
—¿No… irá con nosotros… al castillo, verdad?
—No, por supuesto que no —respondió Harry—. Regresará en un carruaje de alquiler, que Charlie pagará.
—¡Lord Raynam sí que te estima! —exclamó Amorita con alivio.
—Me debe uno o dos favores —señaló Harry con vaguedad.
No explicó cuáles eran y Amorita se abstuvo de preguntar.
Tenía la sensación de que se estaban hundiendo más y más en un pozo de mentiras sin fondo.
Sin embargo, se sintió emocionada cuando, de la parte trasera del faetón, Harry sacó dos baúles y tres cajas de sombreros.
Los miraba emocionada mientras los subían hasta el vestíbulo.
Harry bajó de nuevo para decir al palafrenero:
—Conduzca los caballos a la caballeriza. Está bajo ese arco.
Señaló el lugar mientras lo decía y continuó:
—Encontrará ahí al viejo palafrenero, pero el resto de los mozos de cuadra están en el campo, entrenando a los caballos.
Era mentira, pero el palafrenero se tocó la gorra respetuosamente.
Harry observó cómo se alejaba con el faetón hacia la caballeriza.
Pensó con envidia lo que significaría para él poseer un tiro así.
Entonces, se dijo, torciendo los labios:
«Si los deseos fueran caballos, los mendigos cabalgarían».
Entró en el castillo.
Amorita ya había abierto uno de los baúles y miraba los vestidos, sin sacarlos.
—Deben ser muy costosos, Harry —comentó cuando su hermano se reunió con ella—; sin embargo, todos son de colores muy atrevidos.
—Lo sé, y en realidad no te van a quedar bien. La persona que me los prestó es morena y se ve mejor de rojo, verde esmeralda y rosa muy intenso.
Amorita palpó con sus dedos el suave satén de uno de los vestidos y dijo:
—El color de mi cabello no importa, y no deseamos que nadie se fije en mí. Lo único que temo es que lo hagan si uso estos vestidos.
—Estarán otras mujeres para que atraigan su atención —respondió Harry—. Tú no quieres llamar la atención. Todo lo que debes hacer es mantenerte callada y pasar inadvertida.
—No me costará ningún trabajo —aseguró Amorita. Cerró el baúl mientras decía:
—No merece la pena abrir los baúles, ya que los llevaremos mañana al castillo.
—Eso pensé, pero tendrás que elegir algo decente para viajar.
Amorita lanzó una exclamación.
—¡Por supuesto! ¡Qué tonta soy! Oh, Harry, debes vigilarme mucho para que no cometa errores.
Harry rodeó sus hombros con un brazo.
—Lo harás muy bien —aseguró—. Espero que hayas encontrado los cosméticos de la obra de Navidad. De todos modos, Milly me dijo que había puesto algunos en el baúl, sólo por si no tenías todo lo necesario.
—¿Así se llama la dama que te prestó todas estas cosas? Le estoy en extremo agradecida y le escribiré para decírselo cuando se las devuelvas.
—Dice que puedes quedarte con todo —respondió Harry—. Ya pensaba en desecharlas.
—¡Desecharlas! —exclamó Amorita—. ¡Debe ser muy rica!
Harry pensó que no era un tema que debía tratar con ella, así que dijo con rapidez:
—Ahora veamos, ella me indicó el baúl donde están los trajes de día. Creo que es éste.
Lo cargó al tiempo que decía:
—Lo llevaré arriba y lo pondré en tu dormitorio. Tú trae la caja de sombreros. Tienes que elegir uno.
—Sí, por supuesto.
Subieron por la escalera.
Harry depositó el baúl en el suelo del dormitorio y lo abrió.
Amorita encontró los cosméticos en una de las cajas de sombreros.
Entonces empezó a reír.
—¿Qué te causa tanta gracia? —preguntó Harry.
—¡Mira estos sombreros! ¡Me voy a ver como gallo cuando me los ponga, con todas esas plumas!
—Te verás muy elegante y muy linda —contestó Harry—. Y eso es lo que importa.
—Sólo espero que no te sientas desilusionado.
Pero Harry no la escuchaba.
Se había dirigido a su habitación, pensando que era un terrible error llevar a Amorita al castillo. Sólo esperaba que pasara inadvertida.
Debían arreglárselas para salir de ahí en cuanto él ganara una de las carreras.
Tenía la sensación de que la noche del sábado sería el momento más peligroso.
Entonces todos beberían tanto como desearan, sin sentir que no deberían hacerlo para dar lo mejor de sí en la pista de carreras.
Suponía que también habría una orquesta para bailar y mesas de juego.
Eso significaba que las mujeres se apoderarían de las ganancias y los caballeros debían pagar las pérdidas.
Eso era algo que él no podía permitirse.
Si, en cambio, las chicas ofrecían un espectáculo, entonces era algo en lo que Amorita no debía ser incluida.
«Debo pensar en toda eventualidad», se dijo. «Si cometemos una equivocación, seremos desenmascarados».
No obstante, sabía que no debía intimidar a Amorita.
Supuso que se estaría probando los vestidos para asegurarse de que le sentaran bien.
Pensó que ella y Milly eran casi de la misma talla. Por lo tanto, no le sorprendió cuando ella entró más tarde para decirle, encantada:
—¡Oh, Harry, los vestidos me quedan muy bien! Son ligeramente holgados en la cintura, pero si tengo tiempo puedo ajustarlos y si no, les pondré alfileres.
—Eso pensé que harías —repuso Harry.
—Eres tan listo al haberlos conseguido. Mas, claro, siempre lo has sido.
—¡No debo serlo ya que hice que nos metiéramos en este lío! —expresó Harry en tono sombrío.
—Es una oportunidad para que consigas un montón de dinero cuando menos lo esperábamos —lo tranquilizó Amorita—. Yo estaba desesperada por Nanny cuando fui a Londres. Y, después de todo, ¡tienes la solución!
—No «cuentes tus pollos», todavía —la previno Harry—. ¡Aún no gano ninguna carrera! Por cierto, son cuatro.
—Entonces tienes cuatro oportunidades y tal vez ganes cuatro mil libras.
—Eso es ser demasiado ambicioso —respondió Harry—. Estaré eternamente agradecido por ganar una. No lo olvides, compito con algunos de los mejores jinetes de Londres, Charlie Raynam es uno de ellos.
—Ya que fue tan amable al prestarte su faetón, tal vez le permitas que te gane una vez —sonrió Amorita.
Se veía más feliz, se dio cuenta Harry, ahora que sabía que la ropa le quedaba más o menos a la medida.
Supuso que debió decirle antes que ella y Milly eran de la misma talla.
El había permanecido despierto durante la noche pensando en que caminaban sobre una cuerda floja.
Se quedó en Londres porque Milly así lo había querido.
Él le estaba muy agradecido por la ropa que le había dado para Amorita.
También porque se sentía bastante culpable de que estuviera enamorada de él.
Muchos de los caballeros que tenían cortesanas bajo su protección creían que los amaban por sí mismos, y no por lo que podían gastar en ellas.
Como Harry no podía darle nada a Milly, sabía que ella en realidad lo quería.
Sin embargo, no deseaba romperle el corazón y aceptó quedarse con ella porque así se lo pidió. Cuando ya se iba, ella le rodeó el cuello con los brazos.
—Mientras estés viendo ese ramillete de mujeres, por así decirlo, no te olvides de mí.
—Sabes que jamás lo haría —respondió Harry—. Te estoy más agradecido de lo que puedo decir con palabras.
—No hay necesidad de ellas —respondió Milly—. Y si de eso se trata, dame las gracias con besos. ¡No te cuestan nada!
Harry la besó.
Cuando por fin la dejó, sabía que estaba disgustada de no poder ir con él.
Sin embargo, estaba muy seguro de que era lo bastante lista y experimentada para hacer creer al barón que había estado contando los días para su regreso.
«Lo que debo hacer», se dijo Harry mientras conducía rumbo a su alojamiento, «es casarme con una rica heredera y sentar cabeza».
Entonces se rió de su propia idea.
Cualquier rica heredera esperaría conseguir un título más importante que el suyo.
Sabía muy bien que las mamás ambiciosas mantenían a sus hijas alejadas de él.
A pesar de todo, se sintió incómodo y culpable cuando, a la mañana siguiente, Amorita bajó a desayunar con el vestido con el que se proponía viajar.
Era costoso y elaborado, pero muy atractivo.
Confeccionado en un brillante tono azul que Amorita jamás habría elegido.
Al verla entrar, Harry exclamó:
—¡Oh, ya te vestiste! Fue muy atinado, porque deseo que partamos a las once de la mañana.
Ella cruzó la habitación y entonces él añadió:
—¡Pero no estás maquillada!
—No —respondió Amorita—, pensé en hacerlo hasta el último momento para que no se corra o borre antes que lleguemos a nuestro destino.
—¡Oh, por amor de Dios, ten cuidado de que eso no suceda! —exclamó Harry.
Bajó la taza con café que tenía en la mano y advirtió:
—Ahora escucha, Amorita, las cor… actrices que conocerás todas son lo que podrías llamar «profesionales». Además de actuar, su negocio es cautivar y atraer a los hombres ricos para que les regalen joyas y otras cosas que ellas ambicionan.
Había pensado en eso durante la noche.
Sintió que era la mejor manera en que podía describir cómo se comportarían las otras invitadas.
Amorita lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Quieres decir que no ganan lo suficiente para mantenerse a sí mismas?
—No, por supuesto que no lo hacen. La mayoría de ellas sólo tienen papeles pequeños y no es cortés preguntarles en qué obra trabajan por el momento, ni siquiera en cuáles han actuado.
—Me alegra que me adviertas eso —convino Amorita—. ¿Qué más debo recordar?
—Mantente fuera de la vista de los hombres —recomendó Harry sin pensar.
—Pero, sin duda, si llevan consigo a esas damas, querrán estar solo con ellas —opinó con lentitud Amorita.
Harry tuvo que pensarlo un momento.
—Sí, sí —respondió—, mas siempre hay la posibilidad de que a un hombre le atraiga una mujer que vaya con otro.
Amorita guardó silencio.
De pronto dijo:
—Lo que quieres decir, Harry, es que temes… que alguien se… sienta atraído… por mí.
—En efecto, eso es lo que estoy diciendo. Es por eso que deseo que permanezcas junto a mí y hables tan poco como te sea posible a cualquier hombre que se te acerque.
—Es lo que más deseo hacer, así que no será difícil —respondió Amorita.
Harry pensó que era demasiado optimista.
Sólo tenía la esperanza de que sus amigos, ya que llevaban con ellos a sus cortesanas, no prestaran demasiada atención a las de los otros.
Sin embargo, tenía suficiente experiencia para saber que una cara nueva y bonita siempre interesaba a los caballeros de la calle de St. James.
Con frecuencia los había escuchado hablar de alguna nueva cortesana.
Siempre había alguien que afirmaba que era la más bella «incomparable» que jamás había visto.
Eso significaba que algunos decidirían hacerla caer en sus garras sin importar a quién perteneciera.
Era un tipo de conversación en la cual nunca había tomado parte, por la sencilla razón de que no tenía dinero para competir con ellos.
Recordó fragmentos de ellas y, de pronto, lanzó una exclamación.
—¿Qué pasa? —preguntó Amorita.
—¡No hemos elegido nombre para ti!
—¿Quieres decir que no puedo usar el mío?
—¡Por supuesto que no! Por un lado, es demasiado raro y si, por casualidad, Charlie o Jimmy me han oído hablar de mi hermana, recordarán tu nombre.
—¡Es cierto! ¡Qué inteligente eres, Harry! Fui una tonta al no pensar en eso.
—¿Por qué habías de hacerlo?
—Amorita significa «amada» —explicó Amorita—, que es como papá llamaba siempre a mamá, así que me lo impusieron como nombre de pila.
—Lo recuerdo, pero ahora pensemos en un nombre supuesto.
—Oh, por favor, elige algo sencillo —rogó Amorita—. Si alguien de pronto me llama con un nombre raro y no respondo, pensará que es muy extraño, a menos que fuera yo por completo sorda.
Harry lanzó una risa carente de humor.
—Déjame pensar —pidió—; en su mayor parte las actrices usan nombres en el escenario que no son los suyos.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Amorita.
—Bueno, una que conozco se llama Daisy Chain. Es probable que asista a la fiesta.
Amorita se rió.
—Es un nombre divertido y, por supuesto, fácil de recordar.
—Es por eso que lo eligió —explicó Harry—. También están Mavis May y Barbie Bare.
—Eso suena en verdad gracioso.
—También —añadió Harry casi para sí mismo—, Milly Milde.
—Me gustan esos nombres —comentó Amorita—, y comprendo que es mucho más fácil que la gente los recuerde que si se apellidan Brown, Smith o Robinson.
—Y también son mucho más atractivos —admitió Harry.
—Entonces, ¿cómo me llamaré? —preguntó Amorita.
Se hizo una pausa.
Enseguida Harry sugirió:
—Si fueras «Rita», que es un nombre bastante común, sería fácil recordarlo, ¿y por qué no «Rita Reele»?
Amorita aplaudió.
—¡Es maravilloso! ¡Me gusta! Responderé si me llaman «Rita» y recordaré que me apellido Reele.
—Dudo que alguien mencione tu apellido.
—Eso lo facilita más todavía —respondió Amorita—. Debes llamarme Rita a partir de ahora, para que me acostumbre.
Terminó lo que comía y se levantó de la mesa.
—Ahora subiré a ponerme mi «pintura de batalla» —indicó—. Si uso demasiado y te sientes avergonzado de que te vean conmigo, debes decírmelo.
—Sin duda lo haré —respondió Harry—. Iré a arreglar mi ropa y a ordenar el faetón.
—Ya empaqueté todo lo que trajiste —informó Amorita—. ¡Sí que tienes ropa elegante!
—Tuve que reemplazar la vieja —confesó Harry, ligeramente avergonzado—. ¡Eran casi harapos!
—Lo sé —repuso Amorita—, a mamá siempre le gustó que te vistieras con elegancia.
Se retiró sin esperar respuesta.
Harry se preguntó cuántas otras hermanas serían tan comprensivas y poco egoístas.
No le confesó a Amorita que su nueva ropa de etiqueta no estaba pagada.
Era otra deuda que tendría que pagar, si ganaba una carrera.
«¡Necesito ganar, tengo que hacerlo!», se dijo mientras se dirigía a la caballeriza.
Decidió que sería un error comer o beber mucho esa noche.
Era, como Amorita, delgado para su estatura.
Pero así podía montar con más ligereza, lo cual era importante, por supuesto, si iba a competir en una carrera.
Al pensarlo, se percató de que Amorita era en extremo delgada.
Comprendió que se debía a que la comida en el castillo era escasa.
Además, tenía muchas cosas que hacer.
Ahora que lo pensaba, sus ojos eran demasiado grandes para su pequeño rostro.
No le sorprendería el que todos los vestidos que le prestara Milly necesitaran que les ajustara varios centímetros en la cintura.
«Debo hacer algo al respecto en el futuro», se dijo preocupado.
* * *
Sin embargo, ambos hermanos iban de buen humor cuándo partieron hacia el Castillo Elde.
Harry había subido los baúles en la parte posterior del faetón.
Mientras se sentaba junto a Amorita y tornaba las riendas, ella preguntó:
—¿Llevaremos a alguien con nosotros?
—No —contestó Harry—, de todos modos sólo está Ben, y no es conveniente que hable cuando regresemos.
—No creo que hablara, si le pides que no lo haga. De todos modos, no es conveniente correr ningún riesgo.
—En el castillo habrá servidumbre que nos atienda —anunció Harry—, y, sin duda, una doncella para ti.
Amorita se rió.
—Jamás pensé en eso. Siempre me he atendido sola.
—Por supuesto que la habrá. Ten cuidado con lo que le dices.
—¡Creo que lo mejor para asistir a esta fiesta seria que yo fuera ciega, sorda y muda! —comentó Amorita—. Entonces no tendrías que preocuparte por mí.
Harry pensó que sólo dejaría de hacerlo si ella pudiera usar una máscara sobre su rostro.
Sabía, sin embargo, que sería un error decirlo.
Se sorprendió cuando Amorita se presentó a desayunar con el traje que se había puesto.
Notó que mostraba las curvas de su silueta, que él nunca había advertido antes.
El sombrero que completaba su atuendo estaba adornado con plumas de avestruz azules que se agitaban con cada movimiento que ella hacía.
Sin embargo, le causó mayor sorpresa, su rostro, ahora que usaba maquillaje.
Sólo había retocado ligeramente sus pestañas con máscara, pero él nunca se había dado cuenta de lo largas que eran ni de la belleza de sus ojos.
Sus labios, pintados con un poco de rosa, presentaban una perfecta forma de corazón.
Tampoco, hasta ahora, se había percatado de la pequeña nariz recta y aristocrática que tenía su hermana.
Supuso que estaba un poco prejuiciado.
A la vez, tenía que reconocer que ella era, sin duda, preciosa.
Sería difícil para cualquier hombre, pensó, no encontrarla encantadora.
Partieron dirigiendo a los bien entrenados caballos que se movían con rapidez y obedecían hasta el más ligero toque de las riendas.
Amorita permaneció fascinada un rato antes de exclamar:
—¡Es emocionante, Harry! Tal vez sea difícil cuando lleguemos, pero nunca había viajado antes en un carruaje tan espléndido. ¡Y menos acompañada de un joven tan elegante!
Miró a Harry al decirlo.
Su sombrero de copa estaba ligeramente ladeado sobre su cabeza y las puntas de su cuello sobresalían más altas que su barbilla.
Ella había lavado y planchado su corbata hasta que estuvo bien almidonada y brillaba de blanca. Vio que ahora la llevaba anudada de una forma novedosa.
—Bueno, al menos no tenernos de qué avergonzarnos —opinó Harry como si se diera ánimos a sí mismo.
Amorita deseó añadir:
«Excepto de las mentiras que contamos».
Pero comprendió que eso perturbaría a su hermano. Así que se limitó a decir:
—Estoy segura de que el Castillo Elde es muy impresionante. Con frecuencia oí hablar de él en el pasado, pero nunca conocí a nadie que hubiera estado allí.
—Hasta hace poco, el conde era tan pobre como lo somos nosotros —comentó Harry.
—¿En verdad? —preguntó Amorita—. En tal caso, si nos descubre, lo entenderá.
—¡No debe descubrirnos, Amorita! —gritó Harry—. Debes comprender que nadie jamás comprendería que no eres lo que finges ser.
—Lo sé —admitió Amorita en tono consolador—. Ahora, deja de inquietarte, Harry, ¡arruinas lo más emocionante que jamás he hecho, que es viajar en este precioso faetón!
—No era mi intención gritarte —se disculpo Harry—. No obstante, si no estás nerviosa, ¡yo sí lo estoy!
—Siento como si muchas mariposas revolotearan en mi pecho —confesó Amorita—, y tengo la sensación de que, si alguien me habla, no podré responder. Fuera de eso, ¡sigo pensando que es un sueño y que al despertar me encontraré en mi casa!
—Es una forma muy sensata de verlo —aprobó Harry—. Sólo imagina que sueñas y nada de esto es verdad, entonces no habrá oportunidad de que te lastimen o perturben.
—¿Por qué habrían de hacerlo? —preguntó con inocencia Amorita.
Harry no respondió.
Tenía la mirada fija en el camino.
Mas pensaba, como lo hiciera antes, que caminaban sobre una cuerda floja.
Se detuvieron frente a una posada para almorzar ahí.
Se sentaron afuera, bajo la luz del sol y comieron pan recién horneado con un queso que a Amorita le pareció delicioso.
Cada uno bebió una copa de sidra hecha en casa y partieron de nuevo.
Eran más de las cuatro de la tarde cuando dieron vuelta para cruzar unos portones de metal.
Harry se dio cuenta de que la larga vereda estaba descuidada y requería de atención.
Estaba seguro de que tomaría algún tiempo al Conde de Eldridge mejorar el aspecto de su propiedad. Estuvo más seguro de ello cuando avanzaron sobre un puente maltrecho.
El patio frente al castillo no tenía suficiente grava y algunos de los vidrios de las ventanas estaban rotos.
Mientras Harry detenía los caballos, desplegaron una alfombra roja, que era evidentemente nueva, sobre la escalinata.
Varios lacayos se ocuparon de su equipaje y un mozo se hizo cargo de los caballos.
El mayordomo esperaba en lo alto de la escalera para darles la bienvenida.
Harry entregó su sombrero y guantes de conducir a uno de los lacayos.
El mayordomo los condujo por el largo e impresionante vestíbulo.
Mientras lo seguían, Harry pudo ver que los tapetes en el suelo estaban muy gastados.
Los retratos de los ancestros del conde necesitaban limpieza.
Después de preguntar sus nombres, el mayordomo abrió la puerta de una gran sala de recepción y con voz estentórea anunció:
—¡Sir Edward Howe, milord, y la señorita Rita Reele!
Durante un momento, debido a sus nervios, Amorita sintió como si la habitación se hundiera frente a sus ojos.
Sin embargo, se percató de los candelabros de cristal que pendían del techo y del elegante mobiliario francés.
En todos lados había gran profusión de flores.
De un grupo de personas que aparecían al fondo de la habitación, emergió un hombre alto y apuesto que se dirigió hacia ellos.
—¡Tenía esperanzas de que llegaras temprano, Harry! —dijo el conde—. Eso me dará tiempo para mostrarte los caballos nuevos, antes de cenar.
El conde estrechó la mano de Harry y después miró hacia Amorita.
—Supongo que no conoces a Rita Reele —dijo Harry.
Amorita hizo una pequeña reverencia mientras el conde tomaba su mano y exclamaba:
—Encantado de conocerla, fue muy amable al venir con mi amigo Harry.
—Su señoría es más amable al recibirme —respondió Amorita.
Lo dijo en su usual tono suave y dulce voz.
Harry pensó, un tanto nervioso, que el conde parecía sorprendido.
—Vengan a saludar a los demás —invitó.
Caminó de regreso hacia el grupo al fondo de la habitación.
Jimmy y Charlie fueron los primeros en saludar a Harry.
El honorable James Ponsonby tenía con él a Mavis, vestida de escarlata de la cabeza a los pies.
La acompañante de Lord Charles Raynam, Harry sabía que era LouLou.
Para sorpresa de Amorita, ella lo besó con afecto en ambas mejillas.
—¡Debía saber que yo te encontraría aquí! —comentó Mavis—. ¡Y si ganas todas las carreras, te dejo inconsciente a golpes!
Habló con un ligero acento de los barrios bajos. Por supuesto era, admitió Amorita, la mujer de aspecto más sensual que jamás había visto.
El otro huésped era Sir Mortimer Martin.
Al estrechar la mano de Amorita, le dirigió una atrevida mirada que a ella no le agradó, ni comprendió.
La mujer que estaba con él tenía cabello rojo y ojos verdes.
Era una belleza tipo sirena que, sin duda, resultaba muy diferente a la de las otras mujeres.
Se llamaba Zena y algo en su manera de moverse recordó a Amorita a una serpiente.
—No me explico —manifestó Sir Mortimer, mientras ella miraba a Zena—, cómo es que nunca la conocí antes.
—No conozco a mucha gente —respondió Amorita.
—Entonces, por supuesto, debemos reponer el tiempo perdido —sugirió Sir Mortimer.
Como le desagradaban su forma de hablar y la mirada de sus ojos, Amorita se acercó todavía más a Harry.
El conde le comentaba en esos momentos acerca de unos caballos nuevos que habían llegado de Londres el día anterior.
—¡Son de primera clase, Harry! Charlie se los compró a Montepart y estoy seguro de que, entre ellos, habrá alguno que te gustará montar.
—¿Vamos a verlos ahora? —preguntó ansioso Harry.
—¿Por qué no? —respondió el conde—. Tenemos tiempo antes del té y supongo que nadie quiere acompañarnos.
Amorita se dio cuenta, de pronto, que Harry se había olvidado de ella.
Le tocó el brazo.
—Oh, Roydin, si no te importa, me gustaría que Rita fuera conmigo. Sabe mucho de caballos.
Hubo una ligera pausa antes que el conde respondiera:
—Sí, por supuesto, si ella desea venir.
Era evidente que no había sido su intención invitarla y Amorita se sintió intimidada.
A la vez, no deseaba quedarse sola con los demás invitados del conde.
Sir Mortimer se dio cuenta de lo que sucedía y LouLou, que estaba junto a él, gritó:
—¡Hey, Roydin, no te vayas a tardar mucho, o sentiré que me tienes descuidada!
El conde se volvió para sonreírle.
—Regresaré antes que te des cuenta siquiera de que me fui —prometió—, pero hay un caballo que deseo que Harry vea.
—Está bien, siempre y cuando sea un caballo lo que te interese y no una mujer —respondió LouLou—. ¡No dejaré que te me escapes!
Todos se rieron.
Amorita pensó que, por la forma en que hablaba, era notorio que LouLou no era precisamente una dama.
Se sintió agradecida de salir de la habitación con Harry.
Mientras se apresuraba a ir tras ellos, descubrió que Sir Mortimer estaba a su lado.
—Contaré los minutos hasta su regreso —le susurró en voz tan baja que sólo ella podía escucharlo. Lo miró sorprendida.
Entonces, al ver la expresión de los ojos de él, casi corrió hacia Harry, quien junto con el conde ya había llegado a la puerta.
Mientras cruzaban el vestíbulo, el conde charlaba entusiasmado de los caballos que acababa de adquirir.
Amorita se preguntó por qué se sentía aprensiva.
Y, por absurdo que pareciera, así lo estaba.