Capítulo 2

Harry se volvió con lentitud y miró a su hermana con asombro.

—¿Tú? —preguntó—. ¡Por supuesto que no!

—Y, ¿por qué… por qué no? —preguntó Amorita—. Después de todo, nadie sabe que nunca he actuado en un teatro y puedo decir que trato de conseguir un papel.

Harry titubeó mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas.

Finalmente, advirtió:

—Eres una dama, Amorita, mientras que las mujeres con quienes estarías, no lo son.

—No veo que importe si lo son o no —repuso con suavidad Amorita—. Lo que importa es que te acompañe para que puedas ir y ganar una carrera.

Ahogó un sollozo antes de continuar:

—No podemos dejar… morir a Nanny… necesita… de esa operación y si ganaras mil libras, piensa en todo lo que podríamos hacer en el castillo… a más de pagar los salarios que debemos a los Briggs, que no han recibido dinero durante meses.

Amorita rogaba con tal fervor, que una lágrima rodó por su mejilla.

—¡Oh, por amor de Dios, Amorita, no sufras! —exclamó Harry—. Ya me siento bastante mal, sin que tú lo hagas más difícil todavía.

—Sólo pretendo… que sea… mejor —explicó, con voz entrecortada Amorita.

Harry no respondió y, después de un momento, ella prosiguió:

—¡No sé por qué no puedo desempeñar el papel de una actriz sin trabajo! Tú dices que soy una dama, ¡pero eso no está escrito a fuego en mi cuerpo!

Harry lanzó una risa entrecortada.

—No tiene objeto, Amorita —dijo—. No puedo llevarte a una fiesta donde ninguna mujer decente iría, y si se supiera que había yo llevado ahí a mi hermana, no sólo tú serías rechazada de la sociedad, ¡a mí me arrojarían de mi club!

—¡No lo creo! —exclamó Amorita—. En cuanto a que me rechacen de la sociedad, puesto que nunca he asistido a un baile, es como si de todos modos estuviera yo rechazada.

—Escucha… —empezó a decir Harry, pero su hermana continuó:

—Lo único que necesitaría sería algo de ropa decente y como no puedo comprarla, tendría que pedirla prestada a alguien… pero no se me… ocurre a quién.

Harry se volvió de nuevo hacia la ventana.

—Eso no sería ningún problema —aseguró—, yo podría conseguirla.

Amorita saltó de la silla en que estaba sentada y se reunió con él junto a la ventana.

—¿Quieres decir… que me llevarás… contigo?

—Sé que es algo que no debería aceptar —respondió Harry—, y por lo que papá se indignaría mucho. Sin embargo, Dios sabe que no se me ocurre otra forma de obtener mil libras y Roydin me ofreció que podría elegir el mejor de sus caballos.

—¡Bien, ahí lo tienes! Sabe que ganarás y yo sé que así será. Por favor, Harry, no puedes negarte a intentarlo. Piensa en… Nanny.

Las lágrimas volvieron a sus ojos mientras continuaba:

—Desde que… mamá murió… Ella ha sido la única persona… que realmente… nos quiere. ¿Cómo podríamos dejarla sufrir… sin la operación?

—¡Está bien, está bien! —suspiró Harry—. ¡Tú ganas! Más, por amor de Dios, Amorita, ni una palabra de esto a nadie, ¿entiendes? Nadie debe descubrir jamás que eres mi hermana.

—Te quiero, Harry, y sabes bien que nunca haría algo que te causara daño o manchara tu nombre.

Suspiró antes de continuar:

—Es imposible continuar así… muriendo lentamente… de hambre, mientras el castillo… amenaza derrumbarse encima de… nosotros y al fin… no tendremos ni… donde… dormir.

Le dio un beso y en cuanto se retiró un poco, él se llevó la mano a la frente.

—Debo estar loco —declaró—; sin embargo, no se me ocurre otra salida.

—Bueno, eso resuelve parte del problema. Pero, Harry, tendrás que encontrarme alguna ropa adecuada.

—Lo haré.

—Supongo que la pedirás a la señorita que no pudo acompañarte —sugirió Amorita.

—Eso pienso hacer —admitió Harry—, pero no es una dama y no debes hablar de ella.

—Sólo lo hago contigo.

—Y soy el único con quien debes relacionarte en la fiesta. Necesitas permanecer a mi lado, sin prestar atención alguna a lo que cualquier otro hombre te diga y, lo más importante de todo, no debes hablar con las demás mujeres asistentes.

—Está bien —repuso con cierta renuencia Amorita—. Puedes darme tus instrucciones en el último momento. Mas ahora deseo que vengas conmigo a ver a Nanny y a avisar al hospital que pagarás la operación.

—Si no gano, ¡me pego un tiro! —exclamó Harry.

Amorita se rió.

—¡No seas melodramático! Sabes muy bien que ganarás cualquier carrera si tienes un buen caballo para montar. Y debe haber alguno en las caballerizas del conde que podrás elegir.

—Lo sabría mejor si los hubiera visto —dijo Harry—, así que lo óptimo será que lleguemos puntuales.

—¿Qué tan lejos es? —preguntó Amorita.

—Como a veintidós kilómetros de nuestra casa, pero con los viejos caballos, que son los únicos que nos quedan, nos tomará horas llegar.

—Tendremos tiempo de sobra.

Mientras ella recogía el bolso de mano que dejara sobre la silla en que estaba sentada, Harry, después de observarla, preguntó:

—¿Estás segura de que debemos hacer esto, Amorita? Sé que he sido un pobre sustituto de papá en la doma de caballos, pero esto lo horrorizaría.

Amorita sonrió.

—¡Has sido maravilloso! No fue culpa tuya que no pudiéramos encontrar un buen potrillo este año en las dos ventas de caballos a las que asistimos. No obstante, tengo la sensación de que nuestra suerte está cambiando.

Harry suspiró.

Su padre, el baronet, había muerto accidentalmente mientras domaba un caballo.

Tenía esperanzas de, al venderlo, obtener una jugosa ganancia, que era la forma en que Sir Arnold Howe lograba vivir con cierta comodidad.

El castillo Howe pertenecía a la familia desde hacía tres siglos.

Por desgracia, ninguno de los Howe que lo heredara había logrado reunir una buena fortuna.

Cuando Sir Arnold obtuvo el título y la pequeña propiedad, fue el primer miembro de la familia capaz de ganar algo de dinero.

Poseía una notable habilidad para domar caballos. El animal más salvaje se volvía dócil y obediente cuando él lo entrenaba.

Después de casado, él y su esposa fueron felices comprando y vendiendo caballos y viviendo en un castillo ruinoso.

A Sir Arnold le fue tan bien que pudo enviar a su hijo a estudiar a Eton y después a Oxford.

Sin embargo, durante la guerra los mejores ejemplares se donaron al ejército.

Entonces a él le resultó difícil obtener tanto los potrillos que necesitaba, como encontrar caballos que pudiera entrenar y vender por sumas que valieran la pena.

Sin embargo, eran del todo felices.

Eso nunca preocupó a Lady Howe, quien era muy bella pero casi nunca asistía a fiestas.

Como sus vestidos no estaban a la moda, cuando su esposo tenía que ir a Londres iba solo.

Fue solo al crecer Amorita cuando empezó a preocuparse.

¿Cómo podría su hija, que al crecer se estaba pareciendo tanto a ella, tener alguna vez la oportunidad de conocer al tipo de hombres adecuados para casarse?

Lady Howe sabía bien que su hijo Harry, cuando iba a Londres, se relacionaba con los petimetres y caballeros elegantes de la calle de St. James.

Sin embargo, casi nunca los llevaba a casa.

Eso se debía a que no podía atenderlos con la esplendidez con que ellos lo recibían a él.

Después de la muerte de Sir Arnold, que no fue culpa suya, sino sólo mala suerte, Harry comprendió que debía intentar seguir los pasos de su padre.

Necesitaba conseguir el dinero suficiente para mantener el castillo.

Pagar a los sirvientes y alimentar a los parientes que le quedaban.

Tal vez debido a lo inquieta que estaba por la situación, Lady Howe enfermó de gravedad.

Pescó un resfrío en el invierno que se complicó y murió de pulmonía.

Lady Howe también estaba preocupada por Amorita. Quizá por algún milagro, podría disfrutar de una temporada social en Londres al llegar a los dieciocho años.

No ocurrió así; en cambio, se presentaron el funeral y los gastos consiguientes.

Por lo tanto, Harry tuvo que vender el caballo a precio más inferior de lo que era su intención.

Los hermanos se encontraron de repente solos en el castillo, con el techo amenazando derrumbarse sobre ellos.

Harry había domado un caballo que llevó a Londres, donde lo vendió a un precio razonable.

Sin embargo, casi todo el dinero se invertía en pagar las cuentas de las tiendas ubicadas en la aldea en donde vivían.

También tenía que conseguir otros caballos que pudiera domar.

Había ido a White con la esperanza de encontrar ahí alguien que le dijera que tenía algunos potros que necesitaban domarse y le pagara por hacerlo.

Mientras entraba en el club esperaba no estar desperdiciando su tiempo.

Le pareció un regalo del cielo encontrar a su amigo Roydin Eldridge ofreciendo sumas enormes por una carrera que estaba seguro de que podría ganar.

Sin embargo, la condición establecida era la de asistir acompañado por una cortesana.

Al dirigirse de Tattersall’s a Chelsea, estaba seguro de que Milly iría con él.

Que el barón regresara precisamente en el momento menos apropiado, fue un sorpresivo golpe de mala suerte.

Ahora, la única oportunidad de obtener suficiente dinero para pagar la operación de su niñera era llevar a su hermana, nada menos que al Castillo Elde.

«No debo hacerlo, está mal», se decía.

Entonces, al mirar a su hermana como si la viera por primera vez, se dio cuenta de que era muy linda. No en el estilo de las cortesanas, con sus ojos brillantes y rostros maquillados.

O con sus encantos tradicionales que podían mostrar o disfrazar a voluntad.

Amorita era muy rubia, de hecho, su cabello era del color del sol cuando empezaba a salir por el Oriente.

Tenía el tradicional cutis inglés, blanco y sonrosado.

Sin embargo, su piel era la más blanca que Harry hubiera visto, con excepción de la de su madre.

Sus ojos, eran tan grandes y parecían llenar su pequeño rostro ovalado.

Pero en lugar de tener ojos azules, eran del verde pálido de un arroyo bañado con reflejos dorados del sol.

«¡Es preciosa!», se dijo Harry sorprendido, como si acabara de descubrirlo.

Sabía que sería un crimen relacionarla con hombres que la perseguirían por razones en las cuales no se atrevía a pensar.

—¿Por qué estás observándome, Harry? —preguntó Amorita de pronto.

—Me preguntaba cómo podremos lograr que aparezcas como si fueras en realidad… una actriz —dijo atropelladamente Harry.

—No necesitas preocuparte por eso. Recuerda que cuando actuamos en la obra de Navidad, mamá me mostró cómo debía maquillarme y hacer lo mismo con el elenco. Todos me felicitaron por lo bien que lo había hecho.

—¿Qué hiciste con las pinturas y el polvo?

—Están en algún lugar de la casa. Los encontraré, no te preocupes.

—Necesitas usarlos todo el tiempo que pases en el Castillo Elde —advirtió su hermano.

—¿Así se llama el castillo del conde? —preguntó Amorita—, y si él tiene un castillo, también tú, Harry. ¡Estoy segura de que eso es un presagio de buena suerte!

—Y de mala suerte, si descubren quién eres —le espetó Harry—, así que escucha, Amorita, debes regresar a casa y yo te alcanzaré mañana.

Pensó un momento antes de salir:

—Espero poder llevarte la ropa que usarás y trata de practicar con el maquillaje que usaste en Navidad hasta que te veas tal como una actriz, ¿comprendes?

Amorita asintió con la cabeza.

—Por supuesto que entiendo —aseguró—. Creo que te inquietas por nada. Después de todo, si como dices, todas las demás son connotadas en la farándula, ¡nadie se va a ocupar de mí!

Harry tuvo la esperanza de que fuera verdad.

A la vez, sentía como si se hundiera cada vez más profundo en un pozo negro que, con el tiempo, se lo tragaría.

—Ahora tenemos que ir a ver a Nanny —sugirió Amorita—, y debes hablar con el cirujano, que es un hombre que me atemoriza.

—Está bien —aceptó Harry—. Pero después regresarás de inmediato al campo.

Vio que su hermana lo miraba interrogante y le explicó:

—Nadie en Londres debe verte conmigo, tal como ahora. De lo contrario, cuando lleguemos al castillo sabrán que no eres quien pretendes ser.

—Por supuesto, es sensato —convino Amorita—. De todos modos, por lo que juzgué cuando vine aquí, nadie me mirará dos veces.

Al hablar miró su desgastado vestido y Harry se sintió avergonzado de sí mismo.

¿Cómo era posible que no pudiera ganar dinero suficiente ni para comprar a su hermana al menos un vestido decoroso?

Admitió, en silencio, que no era tan hábil como su padre en la doma de caballos.

Acudieron al hospital, donde los recibió una matrona de gesto adusto.

Los condujo a la habitación que Nanny ocuparía y que tendría para ella sola.

—Es sólo un poco más costosa que las salas generales —explicó—, pero estoy segura de que será lo que ustedes desean para quien los cuidó desde que eran pequeños.

Después de un ligero titubeo, Harry asintió con la cabeza.

De inmediato, fueron en busca de Nanny.

Tomaba una taza de té en la sala de espera en donde los pacientes permanecían hasta que los doctores pudieran atenderlos.

Amorita abrazó a su vieja niñera y la besó.

—Todo está bien, querida Nanny —dijo—. Harry arregló que tuvieras una linda habitación para ti sola, y dicen que Sir William Thompson es el mejor cirujano de Londres. ¡De hecho, atiende a Su Alteza Real!

—Entonces espero que a mí me atienda como es debido —repuso Nanny.

Harry se rió.

—Estoy seguro de que se lo dirás en tono tan autoritario si no lo hace, que cumplirá tus órdenes.

Nanny sonrió y observó:

—Costará mucho, amo Harry, yo preferiría regresar a casa y esperar a que Dios me lleve.

—¡No harás tal cosa, Nanny! —exclamó Harry—. Nosotros te necesitamos más que El y nuestro castillo no sería un hogar sin ti.

El brillo de humedad en los ojos de Nanny hizo comprender a Amorita que Harry había dicho las palabras correctas.

La nana siempre había adorado a Harry.

Como Amorita sabía bien, tanto para su madre como para Nanny, ella ocupaba el segundo lugar.

Fue su padre quien, por supuesto, amaba más a Amorita.

Aun cuando no lo mencionaba, lo echaba de menos con desesperación.

Ahora, mientras observaba a Nanny sonreír a Harry, se sorprendió elevando una breve plegaria a su padre:

«Por favor, papá, ayúdanos», rogó. «Sé que Harry se resiste a llevarme a la fiesta del Conde de Eldridge, y que tú y mamá se escandalizarían de que fingiera ser una actriz. No obstante, tenemos que salvar a Nanny, y debemos hacer algo por el castillo y toda la gente que depende de nosotros. ¡Por favor… por favor… desde donde estés… ayúdanos!».

Tuvo la sensación, ya experimentada antes, de que su padre la había escuchado y las cosas no serían tan malas como temía.

Se sentía un poco más tranquila cuando dejaron a Nanny en el cómodo dormitorio.

Una enfermera, de apariencia agradable, acudió para ayudarla a sacar de la maleta lo poco que trajera con ella y meterse a la cama.

—Vendré para verte mañana —prometió Harry mientras daba a Nanny un beso de despedida—. Ahora me ocuparé de que Amorita regrese a casa.

—Hace muy bien, amo Harry —respondió Nanny—. No es correcto que mi niña ande por Londres sola.

—Por supuesto, así que adiós, Nanny, hasta mañana.

Amorita acarició a su vieja niñera y recomendó:

—Apresúrate a ponerte bien, Nanny. Sabes que todo será un lío sin ti.

—Ya le di instrucciones a la señora Briggs, que si las recuerda, mantendrá todo marchando como se debe, hasta que yo regrese —afirmó Nanny.

—¡Pero cuanto más pronto lo hagas, mejor! —sonrió Amorita.

Besó de nuevo a Nanny y después siguió a su hermano hacia la puerta.

Se volvió al llegar junto a él.

—Adiós, Nanny —repitió—. Sabes que te amamos y rezaremos porque regreses con nosotros muy pronto.

—Muy bien —dijo Nanny—. ¡Yo rezaré porque no haya mucho que poner en orden a mi regreso!

Harry cerró la puerta y ambos reían mientras bajaban por la escalera.

—¡Puedes estar segura de que Nanny siempre tendrá la última palabra! —afirmó Harry—. A la vez, no puedo pensar cómo podríamos arreglárnosla sin ella.

—Todos harán lo mejor que puedan —repuso Amorita—. Cuando menos, yo haré la comida para ti, y sabes que soy tan buena para guisar como mamá, si tengo los ingredientes adecuados.

—Si es que los tienes —señaló Harry—. Ésas son las palabras clave, y eso es lo que debo proporcionar, de una manera u otra.

—¡Y lo que harás, cuando ganes una carrera en el Castillo Elde!

La condujo hacia donde había dejado el viejo y destartalado carruaje en el cual llegó de Londres.

Los caballos que tiraban de él ya estaban viejos.

Sin embargo, habían sido entrenados por Sir Arnold y Harry sabía que llevarían a su hermana hasta su casa sin problemas.

Amorita los había conducido hasta Londres y Harry infirió que debía estar cansada.

Por lo tanto, ordenó que Ben, quien la acompañara, condujera de regreso.

Ben era un viejo palafrenero que había trabajado con ellos durante años.

Como Harry comprendía bien, lo que le incomodaba era que hacía tres meses no recibía su sueldo completo.

Sin embargo era, como Nanny, parte de la familia. Le contó a Ben que irían al Castillo Elde ese fin de semana.

Que además tomaría parte en las carreras donde los premios equivaldrían a una suma considerable.

—¡Eso es ideal para su señoría, amo Harry! —comentó Ben—. El único problema es qué caballo va a montar.

—Eso está arreglado —respondió Harry—. Podré elegir el mejor de los caballos de su señoría y sé que sabré escogerlo muy bien.

—¡Ni quien se atreva a dudarlo! —indicó Ben—. Como hijo de su padre, será un día triste para todos nosotros cuando no llegue mi amo en primer lugar.

—Es lo que he estado diciendo —sonrió Amorita.

Subió al carruaje y rodeó con los brazos a Harry, mientras éste le colocaba una manta sobre las piernas.

—Evita preocuparte —le susurró—. Todo saldrá bien, ¡lo siento en mis huesos!

—Sería mayor consuelo si pudiera yo sentirlo en mi cabeza —respondió Harry—. Estoy preocupado, Amorita, es la verdad.

Ella le dio un beso en la mejilla.

—Sólo sé que nuestra suerte ha cambiado, cuando más lo necesitamos —susurró.

—Procuraré que así sea —prometió Harry.

Ben azuzó los caballos.

Amorita agitó la mano en señal de despedida.

Mientras veía a Harry levantándose el sombrero, pensó que era el hermano más encantador que cualquier muchacha pudiera tener.

«Todo sería perfecto», pensó, «si sólo tuviéramos dinero. ¡Estoy segura de que todo cuando está sucediendo es un regalo de los dioses!».

Elevó otra plegaria en demanda de ayuda. Entonces contó a Ben lo de Nanny y después charlaron de lo que se necesitaba reparar en el castillo.

A la vez, Amorita se preocupaba por el temor de fallarle a Harry.

Si los amigos de él descubrían que había alterado el código social de comportamiento lo arrojarían, como dijera él, del Club White.

«Debo tener mucho mucho cuidado», se dijo.

* * *

Harry pensaba lo mismo mientras regresaba a Chelsea. Milly se sorprendió de verlo.

Acababa de regresar de dar un paseo por el parque en su elegante carruaje de dos caballos.

Se detuvo un tiempo en la calle Bond para comprarse un vestido de noche.

Había costado más de lo que Harry y Amorita podían gastar en comida durante varios meses. Su rostro se iluminó al ver a Harry.

Se veía muy elegante, notó él, en un vestido espléndido adornado con tiras de encaje.

Su sombrero estaba decorado con seis plumas de avestruz color escarlata.

—¡No te esperaba! —exclamó Milly.

—Necesito tu ayuda —respondió Harry.

Milly hizo un mohín con sus rojos labios.

—Si vas a intentar convencerme de que te acompañe al Castillo Elde, es inútil.

—No, no es eso, Milly. Por supuesto, no debes ofender al barón.

Pensó al decirlo que para ella sería difícil encontrar otro protector tan rico y quien se mantenía ausente durante largos períodos.

Cuando estaba con Milly y disfrutaba de excelente comida pagada por el barón, con frecuencia había pensado cuán afortunado era.

Se sintió avergonzado de lo que le iba a pedir. A la vez, sabía que ella sabría comprenderlo.

—Encontré a alguien que me acompañará al castillo —explicó con cautela—; sin embargo, necesita la ropa adecuada y para ello requiero de tu ayuda.

Milly lo miró.

—¡Oh, no, Harry! —exclamó—. Si crees que voy a permitir que alguna mujer que no es lo bastante lista o bonita para ganarse lo suyo, se ponga mi ropa, estás muy equivocado.

Movía la cabeza al decirlo.

Después cruzó la habitación para quitarse el sombrero ante el costoso espejo con marco dorado. Su reacción era algo que Harry no esperaba.

—Por favor, Milly, ayúdame —rogó—. No puedo arreglármelas sin ti.

—Pues tendrás que hacerlo —respondió Milly—. Ya es bastante mala suerte que no pueda yo ir a la fiesta, que bien sabes disfrutaría mucho. Sin embargo, no voy a ayudar a otra mujer para que tome mi lugar, ¡podría resultarte más atractiva que yo!

Asombrado, Harry se dio cuenta de que estaba celosa.

Era lo último que habría esperado.

Siempre estuvo seguro de que Milly le tenía afecto.

También que esperaba ansiosa, igual que él, las ocasiones en que el barón no estaba en casa.

Pero jamás se le había ocurrido pensar que, en verdad, estuviera enamorada de él.

Se dijo que fue un descuidado y algo que debió esperar.

Había, después de todo, muchas mujeres casadas que, en ausencia de sus maridos, lo miraban con expresiones de innegable invitación en sus ojos.

Pero él había permanecido, más o menos, fiel a Milly, por la sencilla razón de que ella le agradaba.

Aun más, ella no esperaba que él gastara dinero, del que carecía, en flores y perfumes, como habría esperado que lo hiciera una mujer de sociedad.

Ella sabía, tanto como él, que no podía darle nada material.

Harry se enfrentó a la verdad y después de un momento, espetó:

—¡Está bien, Milly, tú ganas! Tendré que contarte la verdad.

Milly se volvió.

—¿La verdad de qué? Me gustaría saberla —dijo en tono cortante.

—Sabes muy bien que no tengo con qué pagarle a nadie —confesó Harry con voz muy suave—, así que, como estoy desesperado y nuestra niñera necesita una operación muy costosa, mi hermana Amorita irá conmigo al Castillo Elde.

—¡Tu… tu hermana! —tartamudeó Milly—. ¡No puedo creerlo!

—Es verdad. Cuando te dejé me sentía frustrado al saber que tendría que declinar la invitación.

Hizo una pausa y continuó:

—Entonces, al llegar a la calle de la Media Luna me esperaba mi hermana para decirme lo de Nanny. Le expliqué la situación y me convenció de llevarla… en tu lugar.

—¡Oh!… eso no puedes hacerlo. ¡Tu hermana es una dama!

—Así se lo expliqué, pero o llevo a Amorita o me quedo en casa a ver que el castillo se desmorona, mientras nos morimos de hambre.

Había tal nota de desaliento en su voz que Milly le rodeó los hombros con el brazo y expresó en tono diferente:

—¡Júrame que es la verdad, sobre la cruz!

—Es la verdad y, además de todo, te confío la reputación de Amorita y la mía al contarte lo que planeamos hacer.

—Lo entiendo, pero no imagino lo que tu madre diría si supiera lo que se proponen.

—Si sólo hubieras podido ir conmigo todo sería diferente —repuso Harry.

—Pero no puedo. Debo pensar en mí también y, como sabes, el viejo es muy generoso.

—Sabes que yo también lo sería si tuviera con qué —repuso Harry en tono suave.

—Lo sé, tonto.

Milly le acarició la mejilla.

—Está bien, te ayudaré —aceptó—. Si de eso se trata, ¡prefiero que lleves a tu hermana que a cualquier otra, a quien querría sacarle los ojos!

—¿Entonces me ayudarás? —El tono de voz de Harry era de triunfo.

—Te ayudaré. Sé con exactitud el tipo de cosas que necesitará y Dios sabe que tengo en mi guardarropa prendas suficientes para que me duren cien años. ¡Ya es hora de que me deshaga de algo y me compre todo un ajuar nuevo!

Se rió al decirlo y Harry preguntó:

—¿Para el barón?

—¡No, para ti, tonto!

Puso su mejilla junto a la de él, quien la abrazó con fuerza.

—¡Vamos, ya es un poco tarde para eso! Será mejor que elijamos las cosas que harán que tu hermana brille entre el grupo de cortesanas.

Harry se rió.

Enlazados de la mano subieron hacia el dormitorio de Milly.