Capítulo 7

Por un momento Selma y el duque se quedaron petrificados, Mas, como Selma lanzara un grito de alegría, Oliver corrió hacia ella y la rodeó con los brazos, repitiendo:

—¡Lo he matado y ahora ya no corremos ningún peligro!

Besó a Selma en la mejilla y la abrazó. Ella estaba tan emocionada, que lo abrazó también.

El duque, aún sin moverse, los observó y al hacerlo, fue consciente de lo que había tratado de negar por tanto tiempo: su amor por Selma. Sintió que la sangre le pulsaba en las sienes, porque sabía que quería arrancarla de los brazos de Oliver, lanzar al suelo de un golpe a su sobrino y decir a Selma que nadie debía tocarla mas que él.

En cambio, mientras los dos jóvenes se apartaban, vio que las lágrimas corrían por las mejillas de Selma.

—¿Qué sucedió’? —preguntó.

—Eso es lo que he venido a informarles… —empezó a decir Oliver. Entonces Selma lanzó un leve grito.

—¡Estás mojado… empapado…! —exclamó.

Bajó la mirada hacia su vestido y notó que ella estaba mojada también, porque la chaqueta de montar que Oliver traía puesta estaba empapada y al abrazarla humedeció la ropa de ella.

—Eso no importa —intervino Oliver con rapidez—. ¡Lo importante es que Giles, no volverá a amenazar jamás a tío Wade!

El duque se sentó en la silla que acababa de desocupar y llenó de café la taza de Selma, como si comprendiera que ella lo necesitaba. Después llenó su propia taza y la empujó hacia Oliver. Oliver tomó un gran trago de café y dijo:

—No podía dormir, tío Wade, así que me levanté temprano y me fui a la caballeriza, para ordenar que me ensillaran a Júpiter.

Dirigió una mirada de soslayo a su tío, al hablar.

—Di instrucciones de que nadie debía montar a Júpiter, ¡excepto yo! —exclamó el duque.

—Lo sé —contestó Oliver—, pero quería yo demostrar que era capaz de dominar a un caballo tan indomable como Júpiter.

—Vamos, sigue diciéndonos qué sucedió —lo interrumpió Selma. Sabía que una vez que los hombres empezaban a hablar de caballos era muy difícil detenerlos y hacer que volvieran al tema original de la conversación.

—Júpiter empezó a mostrarse un poco difícil —continuó Oliver—, pero no tardó en darse cuenta de que yo podía dominarlo. Lo dejé correr a través del parque. Entonces, cuando casi había llegado al bosque, vi a Giles junto al lago.

—¿Qué estaba haciendo?

—Estaba solo contemplando el agua. Estoy seguro de que estaba pensando que, si no había logrado quemarte vivo anoche, como intentaba, ¡encontraría la forma de ahogarte!

Selma lanzó un leve grito de horror.

El duque, como si no quisiera verla alterada, extendió la mano y la puso sobre la de ella.

Al hacerlo percibió que los dedos de ella temblaban y pensó que eso mismo era lo que él sentía.

Pero tenía los ojos clavados en Oliver, quien continuó diciendo:

—Más tarde encontré el caballo de Giles en el bosque, pero cuando lo vi a él, sólo estaba de pie en la orilla del lago, en la parte en que éste se hace más profundo.

—¿Qué hiciste? —preguntó el duque.

—¡Lancé a Júpiter exactamente sobre él! ¡No me oyó hasta que quedé justo atrás! ¡Entonces se dio la vuelta, pero ya era demasiado tarde!

Oliver contuvo el aliento, como si estuviera reviviendo la excitación que había sentido.

—No pudo escapar, porque no había hacia dónde correr. Júpiter, al comprender que el lago estaba enfrente de él, reparó. Una de sus patas delanteras debe haberlo golpeado en la cara, creo yo, porque en seguida cayó al agua.

Oliver calló un momento para ver el efecto que estaba causando su relato.

—Al instante escuché un gran chapuzón, porque Júpiter y yo hablamos entrado al lago —explicó—. Yo procuré mantenerme en la silla, y mi caballo empezó a nadar.

El duque y Selma escucharon fascinados y Oliver terminó con aire triunfal:

—¡Cuando Júpiter salió, del otro lado del lago, volví la mirada hacia atrás, pero no había señales de Giles! Comprendí entonces que se había hundido entre los juncos sobre los que tú me previniste cuando te dije que deseaba nadar allí.

—Hay, además, arenas movedizas en el fondo —intervino el duque—. Hace tiempo que pienso que debía yo hacer limpiar esa parte del lago.

—No te apresures a hacerlo —opinó Oliver—. Si me lo preguntas, es una tumba digna de Giles.

—¡Parece un sueño!

Selma no pudo contener el sollozo que alteró el tono de su voz. Las lágrimas empezaron a humedecer de nuevo sus mejillas.

Ella retiró la mano de la del duque y cuando buscó en vano un pañuelo, él le ofreció uno, de inmaculada tela blanca.

Olía a agua de colonia y la hizo sentir deseos de llorar aún más, porque estaba muy feliz, muy agradecida de que él estuviera, por fin a salvo.

—Supongo que no hay nada que podamos hacer —observó el duque, con aire reflexivo.

—Nada —contestó Oliver—. Giles está muerto y es muy improbable que encuentren su cadáver, a menos que tú mandes drenar el lago. Y yo pienso que debes dejar pasar varios años, antes de hacerlo.

Selma enjugó su última lágrima, antes de exclamar:

—Eres un valiente, pero debes ir a cambiarte. Si sigues con esa ropa mojada, enfermarás de nuevo.

—¡Tonterías! —protestó Oliver—. Soy fuerte como un roble.

Sin embargo, al terminar el café se incorporó.

—¿Puedo pedir a Daws que me preste una camisa y unos pantalones tuyos, tío Wade?

—Después de lo que me acabas de hacer —contestó el duque—, ¡mi guardarropa completo está a tu disposición!

Oliver se echó a reír.

—¡Ten cuidado con lo que dices! Tu sastre es mucho mejor que el mío, porque cobra más. Y estoy necesitando chaquetas elegantes y botas nuevas.

—Cómo dice esa frase popular: ¡Todo lo que tengo es tuyo! —contestó el duque.

Oliver caminaba ya hacia la puerta, cuando el duque habló:

—¡Puedes decir a Charles y a Daws lo que sucedió… pero a nadie más! ¡Deja que la gente crea que Giles se ha dado por vencido y ha escapado!

Su voz se volvió autoritaria al proseguir:

—Después de sus esfuerzos por volar anoche El Palomar, se ha ido al extranjero, temeroso de que yo presentara una acusación formal en su contra.

—¡Ésa es una magnífica idea, tío Wade! —reconoció Oliver—. Hagamos correr el rumor de que la policía ya está tras él y todos pensarán que no se atreverá jamás a asomar las narices por Mortlyn.

Salió de la habitación y Selma se volvió hacia el duque.

—¡Está su señoría a… salvo!

—¡Y vivo! —contestó el duque—. ¡Gracias a ti y a Oliver!

—Fue muy valerosa su actuación.

El duque la miró con fijeza.

—¿Estás por casualidad enamorándote de él?

Selma rió.

—¡No, claro que no! Su señoría ya me preguntó eso antes y sólo puedo repetir lo que le dije entonces. Considero a Oliver como un hermano. Siento hacia él un amor fraternal, que es muy diferente del amor al que milord se refiere.

El duque se puso de pie.

—Quiero que vengas conmigo al jardín de las hierbas.

—¿Para… qué?

—Te lo diré una vez que estemos allí.

Selma le dirigió una sonrisa radiante.

Ella siempre había sospechado que el duque, debido a que era tan escéptico respecto a los poderes curativos de las hierbas, abrigaba, en realidad, antipatía hacia el jardín de las hierbas.

Ahora que expresó el deseo de ir allí, Selma se preguntó si lo habría convencido de que las hierbas prestaban verdadero servicio a quien las necesitaba.

Salieron al vestíbulo y después franquearon la puerta del frente. No había señales de Júpiter y Selma comprendió que Ted, o alguno de los jardineros, debió haberlo conducido a la caballeriza.

Le sorprendió que el duque no quisiera ir allí primero.

Pasaron bajo el arco formado en el muro y de inmediato los envolvió la fragancia de las rosas.

Sin pensar que era extraño que hiciera una cosa así en esos momentos, Selma se inclinó para cortar un capullo de rosa blanca, a medio abrir.

—Considero —dijo—, que debido a que todos nos sentimos tan felices de que su señoría esté a salvo, debíamos celebrarlo.

Puso el botón de rosa en el ojal de la chaqueta del duque y éste pensó, mientras ella lo hacía, que Selma misma parecía un botón de rosa.

Aún no era una mujer completa, como lo sería cuando despertara al amor.

No dijo nada, mientras entraban, uno al lado del otro, en el jardín de las hierbas.

La fuente estaba funcionando y el duque se dio cuenta de que Selma vibraba con todo su ser ante la belleza del jardín y lo que para ella era la santidad de él.

Para sorpresa suya, el duque sintió también la influencia que ejercía sobre él.

Caminaron con lentitud, en silencio, hacia la fuente.

El duque dejó que Selma se adelantara un poco, para quedar frente a él, de modo que pudiera ver de nuevo su silueta recortada contra el fondo del agua.

El sol se reflejaba en cada una de las gotas del agua que se derramaban en la fuente, así como en el oro del cabello de Selma.

Casi como si Selma se lo estuviera ordenando, el duque percibió con intensidad no sólo la presencia de la muchacha, sino también el zumbido de las abejas, el canto de los pájaros y la fragancia de las hierbas.

Como si Selma quisiera comprobar que era real, extendió la mano para acariciar el agua.

En seguida deslizó su mano, todavía húmeda, en la del duque, diciendo:

—Porque… está su señoría a salvo siento que todas mis… oraciones han tenido… respuesta, y que la fuente está lanzando al cielo… un canto de gratitud…

—Yo también estoy agradecido —dijo el duque—, y por eso quise que vinieras aquí, Selma… porque deseo pedirte algo.

—¿Qué es? —preguntó ella.

Y, cuando levantó la mirada hacia él, vio en el rostro del duque una expresión extraña que ella no reconoció.

Automáticamente, debido a que siempre estaba tan preocupada por él, preguntó:

—¿Se siente… bien su señoría? ¿No le está… doliendo la cabeza?

—Nunca en mi vida me he sentido mejor —contestó el duque—. Hay una sola cosa que me preocupa.

—¿Cuál… es?

—Que tú me niegues lo que voy a pedirte.

—¡Yo… aceptaré… cualquier cosa que su señoría me pida…!

Al decir eso, le cruzó por la mente la idea de que tal vez él le iba a decir que, después de todo, no quería que continuara en El Palomar.

La luz se esfumó de sus ojos y ella lo miró con ansiedad, mientras preguntaba:

—¿Qué… desea… milord de mí?

—Deseo —respondió el duque en voz baja—, más de lo que he ambicionado en toda mi vida, ¡que aceptes ser mi esposa!

Por un momento Selma no comprendió. Se limitó a mirarlo con fijeza.

Entonces, como si un arco iris de la fuente y del sol se hubiera integrado a ella, sus ojos se iluminaron con una luz que procedía de lo Divino.

En un murmullo que él apenas si alcanzó a escuchar, preguntó:

—¿Qué… está… diciendo su señoría?

—¡Estoy diciendo, mi cielo, que te amo! Te he amado por largo tiempo, pero he luchado contra ese amor, porque eres muy inocente y muy joven… diferente a cuanta mujer había conocido antes.

La rodeó con un brazo y la acercó a él mientras continuaba:

—Sé ahora que no puedo vivir sin ti, y nada tiene ya ninguna importancia, excepto que tú me ames.

Percibió la suavidad el cuerpo de Selma cuando se acercó más y pareció derretirse contra él.

—¡Te amo… con… todo mi… corazón! —declaró ella—. ¡Eres el hombre más maravilloso que ha existido nunca! Pero no creo que deba casarme… contigo.

Pronunció las últimas palabras de forma casi incoherente, pero el duque las comprendió.

—¿Por qué no? —preguntó.

—Porque… tú eres tan… importante y yo siempre tendría temor de fallarte en… alguna forma.

—Nunca harás tal cosa —afirmó el duque—. Y creo, amor mío, que vamos a descubrir que nada importa, excepto esto.

Al hablar, bajó sus labios hacia los de ella y la besó con vehemencia, como si quisiera contagiarla de su amor.

Y, cuando la suavidad y la inocencia de los labios de Selma le revelaron que nunca había sido besada antes, empezó a besarla con más suavidad.

Al hacerlo, comprendió que aquel beso era diferente a cualquier otro que hubiera dado o recibido.

La acercó más a él, aún más, y se dijo que la protegería por el resto de su vida.

Y aunque ella lo necesitaba a él como hombre, él la necesitaba a ella no sólo como mujer, sino como inspiración y objetivo de su ambición. Ella sería la esposa que haría resurgir todo el idealismo y la caballerosidad que él pensaba haber olvidado.

Mientras ese pensamiento cruzaba por su cerebro, fue consciente de que el cuerpo de Selma se estremecía contra el suyo.

Supo que por primera vez ella estaba conociendo la emoción de ser capturada con un beso y él sintió lo mismo.

Levantó la cabeza y cuando ella lo miró, Selma murmuró con una vez que sonaba como música angelical:

—¡Te amo! Te quiero… tanto que… tengo miedo.

—¿De mí? —preguntó el duque.

—De que pudiera… perderte… que esto es sólo un sueño del que voy a despertar.

—Soñaremos juntos, preciosa mía. Y nada impedirá que nos casemos tan rápido como sea posible.

—¿Podemos_ de verdad… hacer eso?

—No tengo intenciones de volver a Mortlyn mañana, sin llevarte conmigo. Ahora que nos hemos encontrado uno al otro, ¿cómo podríamos vivir en casas diferentes?

Selma se echó a reír y apoyó la cabeza contra el hombro de él.

—Debí haber adivinado —expresó en tono de broma—, que no me ibas a dejar vivir en El Palomar por mucho tiempo.

—No importa que sea El Palomar o cualquier otra casa. Tengo que tenerte conmigo en Mortlyn y en dondequiera que yo esté. ¡No puedo vivir sin ti!

—Estoy soñando… ¡sé que estoy soñando! —repitió Selma—. Cuando supe que te amaba, pensé que era como desear la luna y que tú nunca me amarías.

Lanzó un leve sonido que era entre suspiro y sollozo, al decir:

—Rezaba porque me… recordaras y me tuvieras un poco… sólo un poco de… cariño, cuando te hubieras… ido.

El brazo del duque la oprimió con más fuerza.

—A cualquier parte que yo vaya, irás conmigo —dijo—, y quiero que sepas que digo la verdad cuando te aseguro que jamás me había sentido así.

—¿Cómo?…

—Locamente enamorado, y tan feliz que yo también tengo miedo de que sea sólo una ilusión.

—Sabes que yo… trataré de hacerte… feliz.

—¿Tienes una hierba mágica para eso, también?

—Creo que es una… llamada «Amor» —contestó Selma—. Y cuando dos personas la encuentran al mismo tiempo, se convierten en una sola…

—Eso es lo que seremos tú y yo —declaró el duque con firmeza—. Y, preciosa mía, espero nunca verte tan preocupada, ni tan asustada como lo has estado esta última semana.

—¿Cómo podía yo estar de otra manera cuando sentía que podía perderte? —preguntó Selma.

Extendió la mano para aferrarse a la de él, al tiempo que decía:

—¿No habrá ningún error? ¿Tu primo Giles está realmente muerto… y no habrá nadie más que… te amenace?

—Hay una manera de asegurarnos de eso —contestó el duque.

—¿Cuál?

—Que me des un hijo, para que sea mi verdadero heredero y Giles o cualquier otro no pueda desear mi muerte para ocupar mi lugar. Aunque ninguno de mis parientes sobrevivientes podría ser tan despreciable como Giles.

El comprendió, una vez que terminó de hablar, que Selma había ocultado el rostro contra su cuello e infirió que ella se estaba ruborizando.

Entonces la oyó decir con una voz que era apenas un murmullo:

—Rezaré todos los días en la fuente… o donde quiera que esté… para darte… no sólo un hijo, sino varios para que estés siempre a salvo.

El brazo del duque la oprimió.

Pensó que lo que había dicho Selma con voz tan suave y tímida era algo que había deseado escuchar, sin darse cuenta de ello. Cuando buscó de nuevo los labios de ella, el duque se dijo que era el hombre más afortunado de la tierra.

Como Selma, jamás podría estar lo bastante agradecido al Poder que los había reunido y cubierto con su luz esplendorosa.

* * *

Ambos volvieron a la casa y encontraron a Oliver y a Charles sentados en la sala.

Estaban hablando, con evidente emoción, de lo que había ocurrido.

Cuando Selma y el duque entraron, se detuvieron un momento, con aire un tanto culpable, como si pensaran que su secreto había sido descubierto.

Entonces Charles se puso de pie diciendo:

—Casi no puedo creer, Wade, que todos nuestros problemas hayan terminado y que Giles, por fin, haya recibido su merecido.

—Me siento muy agradecido —dijo el duque—, y espero que Oliver te haya dicho que debe mantenerse en secreto.

—Eso es muy sensato —reconoció Charles—. No queremos que se haga ninguna investigación al respecto.

—Entonces, habla de ello solo en voz baja —sugirió el duque—, algo que no estabas haciendo cuando yo entré.

—¡Escuchar es obedecer! —repuso Charles en tono de broma e hizo un saludo militar.

—Ahora, tengo una sugerencia que hacer —declaró el duque. Caminó para quedar de pie, con la espalda hacia la chimenea. Selma retrocedió un poco y se detuvo. Lo miró con adoración. Estaba pensando que ningún hombre podía ser más apuesto, más distinguido o más atractivo que él.

—Tal vez, Oliver —empezó a decir el duque—, sería buena idea que te alejaras de aquí por un poco de tiempo, simplemente porque nos va a resultar difícil no continuar hablando sobre Giles. Además, espero que disfrutes del plan que he hecho para ti.

—¿Qué plan, tío Wade? —preguntó Oliver.

Había una expresión desconfiada en sus ojos y una leve agresividad en el tono de su voz.

—Pensé que te agradaría ir a Irlanda con el encargado de mi cuadra de caballos de carrera. Es un muchacho muy simpático e inteligente. Me gustaría que lo ayudaras a escoger algunos nuevos ejemplares que deseo entrenar este otoño.

Selma, que había vuelto el rostro hacia él, vio que los ojos de Oliver se iluminaban de regocijo.

—Si encuentras que hacer eso resulta de tu gusto —continuó el duque—, voy a sugerir que a fin de año vayas a Siria para comprarme algunas yeguas árabes.

Oliver lanzó una leve exclamación ahogada y respondió:

—Esto es lo más emocionante que he oído en mi vida, tío Wade, y casi no puedo creer que hablas en serio.

—Creo que te haría muy bien ver un poco de mundo —contestó el duque. —Además, si puedes montar a Júpiter, estoy dispuesto a creer que puedes montar cualquier indómito y debes ser muy buen juez de caballos.

—¡Todo lo que puedo decir es que eres un mago! —exclamó Oliver—. ¡Mil, mil gracias!

El muchacho se volvió hacia Selma, y exclamó:

—¡Tú me dijiste que confiara en que tío Wade iba a planear bien mi futuro, y mira, lo ha hecho!

—¡Por supuesto que lo ha hecho! —asintió Selma con voz muy suave.

No estaba mirando a Oliver al decir eso, sino al duque, y él la estaba mirando a ella.

Charles, quien había interceptado su mirada, vio de uno al otro y dijo:

—Tengo la impresión, Wade, de que tienes algo más que comunicarnos.

—Iba yo a preguntarte —contestó el duque con tono deliberadamente casual—, si querrías hacerme el favor de ser mi padrino.

Charles lanzó un grito de alegría y se puso de pie.

—¿Me quieres decir que vas a casarte con Selma?

—¡Ella me ha aceptado! —comentó el duque.

—¡Es lo mejor que he oído nunca! —exclamó Charles, estrechando la mano del duque.

Se acercó a Selma y la besó en ambas mejillas diciendo:

—Eres la única persona a quien considero capaz de hacer feliz a Wade.

—¡Si van a casarse, eso me viene a mí muy bien! —exclamó Oliver—. Tenía miedo de que al volver a Londres, no tuviera oportunidad de volverla a ver, a menos que me invitaras a hospedarme en Mortlyn.

—Adonde quiera que estemos —dijo el duque—, siempre serás bienvenido. Pero te advierto que soy un hombre muy exigente y espero adquirir muy buenos caballos a través de ti.

—¡Sólo espero que seas lo bastante rico para pagarlos! —bromeó Oliver.

Y, mientras Selma se acercaba al duque y éste la rodeaba con un brazo, Oliver añadió:

—¡No me voy a Irlanda antes de haber bailado en su boda!

—Vamos a casarnos pasado mañana —informó el duque—, así que no te irás antes.

—¿Pasado… mañana? —repitió Selma asombrada.

—No veo razón para esperar más tiempo —objetó el duque—, y creo que nos haría muy bien a los dos alejarnos de aquí un tiempo. Te llevaré primero a París, donde te compraré tu ajuar de boda. Después iremos al lugar del mundo que tú elijas.

Selma comprendió, al escucharlo, que estaba pensando en que ella le había dicho que había viajado «mentalmente» con su padre. Las lágrimas humedecieron sus ojos.

Eran lágrimas de felicidad y Selma murmuró de tal modo que sólo él pudiera escucharla:

—¡Ahora sé que estoy soñando!

Charles insistió en que bebieran champaña y el duque ordenó una botella, de excelente humor.

Cuando estaban levantando sus copas para brindar, Daws entró en la sala para decir:

—Perdone, milord, pero como el señor Oliver está usando un buen número de prendas de su señoría, y me está pidiendo aún más, creo que será mejor que vaya a Londres para traer más ropa que milord podría necesitar.

—¡Ésa es una buena idea, Daws! —asintió el duque—. ¡Y trae la suficiente para que pueda vestirme con propiedad el día de mi boda y llevar lo necesario en mi luna de miel!

Se quedó mirando a su ayuda de cámara, al hablar, esperando ver a Daws estupefacto por primera vez en su vida.

Sin embargo, éste se limitó a sonreír.

—Eso es lo que esperábamos, su señoría —dijo—, y todos en la servidumbre hemos estado discutiendo ya lo que vamos a regalar a los duques en el día de su boda.

Todos rieron y entonces Daws agregó:

—¡Felicidades, su señoría! ¡La señorita Linton es justo la esposa que yo hubiera escogido para milord, si me lo hubiera preguntado!

Miró al duque como para asegurarse de que no estaba enfadado por su impertinencia, antes de continuar:

—¡Una cosa es segura, y me alegro mucho, todos podremos economizar en doctores, para el futuro!

Salió a toda prisa, temeroso de recibir una reprimenda del duque.

Cuando el ayuda de cámara se fue, Charles comentó:

—¡Daws es incorregible! ¿Sabes, Wade? ¡No creo que podrías pasártela sin él!

—Y no tengo intenciones de intentarlo siquiera —contestó el duque.

—Creo que es un hombrecillo maravilloso —intervino Selma—. ¡Y él venda mucho mejor que yo!

—¡No lo hagas más presuntuoso de lo que ya es! —señaló el duque. Bajó la mirada hacia Selma para preguntar:

—¿Estás de acuerdo con que me vaya a Mortlyn para hacer todos los arreglos de la boda?

Ella levantó la vista hacia él, con tanto amor en los ojos que el duque pensó que jamás habría realmente necesidad de palabras entre ambos. Entonces Selma dijo suavemente:

—Quédate esta noche, para que cenemos con Charles y Oliver. Mañana yo estaré muy ocupada, así que puedes ir a Mortlyn. Y yo iré contigo a la mañana siguiente… si es entonces cuando quieres que lo… haga.

—¿Por qué vas a estar muy ocupada? —preguntó el duque. Selma sonrió, como si pensara que estaba haciendo una pregunta un tanto inútil.

—No puedo irme sin dejar una buena dotación de hierbas para quienes pudieran necesitarlas —dijo—. Y necesito orar, también.

Pronunció las últimas palabras de modo que sólo el duque las oyera.

Comprendió entonces que Selma estaría pidiendo al cielo que fueran felices, que ella se convirtiera en una buena esposa.

Además, pensó, pediría a Dios hijos que evitaran que él estuviera expuesto a las ambiciones de algún oficioso heredero.

—Ahora que todo está dispuesto —dijo Charles—. Oliver y yo iremos a la caballeriza. Tenemos planeado esta tarde probar a varios de tus caballos nuevos en saltos de obstáculos.

—Si no estamos muy ocupados, iremos a verlos —prometió el duque.

Los dos hombres se fueron y cuando la puerta se cerró tras ellos, el duque rodeó a Selma con los brazos.

—Hace mucho tiempo que no te beso —dijo.

—Demasiado… tiempo.

Ella levantó los labios hacia él, en un pequeño gesto espontáneo que a él le pareció encantador.

Al mismo tiempo, era tan natural, tan inocente y atractivo, que el corazón le dio un vuelco en el pecho.

Aunque deseaba a Selma, porque era muy hermosa, la tocó con una reverencia que era muy diferente de la feroz pasión que conociera en el pasado.

Cada momento que pasaban juntos hacía más intenso su amor por ella.

Su beso fue muy tierno al principio.

Mas cuando sintió que el fuego se avivaba en su interior, súbitamente comprendió que el encender una llama similar dentro de Selma sería la experiencia más excitante de su vida.

Siempre antes el fuego había ardido con vehemencia, pero se apagaba con igual rapidez, quedando solo cenizas.

Sin embargo, lo que sentía por Selma era tan hermoso y tan espontáneo que podía compararse con las preciosas hierbas que ella cultivaba.

Había tal pureza en su amor que lo hacía parte de Dios, de modo que serla imposible que se extinguiera.

—¡Te amo! —exclamó el duque y su voz fue muy profunda y conmovedora.

—Tú debes… enseñarme cuanto anheles que yo haga… al convertirme en tu esposa.

La forma en que se expresó lo hizo comprender que le preocupaba no poder satisfacerlo y él contestó:

—Lo único que debes hacer, preciosa mía, es darme tu corazón, como sé que me lo estás dando ahora, y dejar lo demás a la magia, que tú entiendes mucho mejor que yo.

—En realidad, tú la entiendes también. Percibo tus vibraciones y son muy intensas. Al mismo tiempo, tienen una luz que emana del Poder que me ayuda cuando estoy curando a alguien.

—Ésa es la luz que ambos debemos buscar —repuso el duque. Sus brazos la oprimieron al decir:

—¿Y si nunca te hubiera conocido? ¿Si cuando me dijeron que querías una casa, hubiera sido lo bastante insensato como para negarme, sin haberte visto siquiera?

—Pero no lo hiciste —dijo Selma—. Y siendo como eres, bondadoso y justo decidiste conocerme.

Se detuvo, con la mejilla apoyada contra la de él.

—Yo supe, aun cuando tenía miedo de ti… que tú eras alguien… tan… especial, que el… perderte me rompería el corazón.

—Nunca me perderás —afirmó el duque con vehemencia—. ¡Y yo nunca te perderé a ti! ¡Tú eres mía, Selma!

Selma rió.

El la oprimió con más fuerza y empezó a besarla de nuevo. La besó de forma exigente y apasionada, como si temiera que, a pesar de todo, podría perderla.

Cuando sus labios la mantuvieron cautiva y sus cuerpos parecieron fundirse uno en el otro, Selma comprendió que sus oraciones habían sido escuchadas.

El amor que al fin logró encontrar estaba envuelto por una luz divina.

FIN