Capítulo 5
El día anterior Selma bajó la escalinata, en Mortlyn, después de haber curado la pierna de Oliver.
Por supuesto, el joven había estado haciendo movimientos con ella y Selma tuvo que hacerle una estricta llamada de atención, para que fuera más cuidadoso.
—Aquí estoy muy aburrido —se quejó Oliver—. Si estuviera contigo y con tío Wade, las cosas serían diferentes.
—Aun con la mejor voluntad del mundo —rió ella—, no creo que podamos acomodar más gente en El Palomar.
No era una casa grande y además de Nanny, estaban ya Daws, Emily, el hijo del señor Hunter y un lacayo… todos hospedados allí.
El chef, Amy y los lacayos, que se turnaban para mantener el servicio todo el día, llegaban muy temprano por la mañana y se iban ya muy tarde.
Hacía reír a Selma el pensar que Nanny y ella habían creído que se sentirían muy solas, cuando la pequeña casa se había convertido en un verdadero hormiguero.
Sin embargo, ella comprendió lo que Oliver quería decir y murmuró:
—Si sólo eres paciente un poco más, entonces podrás hacer todo lo que quieras.
Continuó en tono serio:
—La nueva piel que está creciendo en tu pierna es muy delicada y, si empieza a dolerte, tú serás el único culpable.
—Piel o no piel —dijo Oliver enfadado—, pienso montar mañana.
—Muy bien —aceptó Selma—, pero, por favor, mantén la pierna en alto el día de hoy y descansa lo más que puedas. Es difícil atender a dos enfermos al mismo tiempo.
—¿Dos? —preguntó Oliver—. ¿Está mal tío Wade otra vez?
—Es un hombre impaciente, como tú —contestó Selma—. No sólo se levantó de la cama, cosa que se suponía que no debía hacer, sino que anduvo caminando hasta que se produjo a sí mismo uno de sus horribles dolores de cabeza.
—Pensé que se suponía que tú ibas a impedir que eso sucediera —observó Oliver en tono de broma.
—Le hice beber hojas de crisantemo —contestó Selma—, y esta mañana ya está mejor, pero se muestra aún muy impertinente.
—Será mejor que vaya yo a protegerte de la furia de su señoría —sugirió Oliver.
—Mañana —dijo Selma—. Tú debes tomar las cosas con calma y tratar de dormir después del almuerzo.
—Eres una tirana… ¡eso es lo que eres! —protestó Oliver. Selma se limitó a reír.
Comprendió, sin embargo, que era un error permitir que se sintiera tan deprimido.
Decidió que sugeriría al duque que invitara a almorzar o a cenar a Mortlyn, a un par de personas de la edad de Oliver.
A él le divertiría hacer el papel de anfitrión y ella estaba segura de que el duque iba a aceptarlo.
Al llegar al vestíbulo, iba pensando en lo bondadoso que era él sobre tantas cosas y cuánto lo amaba.
De pronto, se dio cuenta de que Graves estaba abriendo la puerta principal y que alguien había llegado en un carruaje.
Se hizo a un lado y se quedó de pie abajo de la escalera, pensando que sería un error, si llegaban visitantes, que la vieran.
Entonces oyó decir a Graves:
—Buenos días, Capitán Seymour, es muy grato volver a verlo por aquí.
—He venido —contestó el recién llegado—, para averiguar qué ha sucedido a su señoría. Me pareció muy extraño no haber tenido noticias suyas.
—¡Eso es lo que yo pienso también! —exclamó la voz de una mujer.
Selma se había ocultado tan bien, que no pudo ver quién hablaba.
Ahora, debido a que sentía curiosidad, dio un paso adelante y observó que frente a Graves se encontraba un hombre joven, alto y bien parecido.
Junto a él estaba una de las mujeres más hermosas que había visto en su vida.
No era sólo su bellísimo rostro lo impresionante, sino la forma en que estaba vestida.
Llevaba un elegante sombrero de viaje, adornado con flores y un velo. Era muy diferente a cualquier cosa que hubiera ella visto nunca en Little Mortlyn.
El caballero avanzó hacia el centro del vestíbulo, diciendo:
—Bueno, Graves, ¿nos hará el favor de informar a su señoría que estamos aquí? ¿O nos va usted a mandar de regreso a Londres?
—Por supuesto que no tengo intenciones de volver —intervino la dama—. Me siento ya exhausta por el largo recorrido.
Selma se dio cuenta de que Graves estaba titubeante, como si no supiera qué contestar a todo esto y preguntándose si debía revelar que el duque no estaba en Mortlyn.
Al comprender que debía ayudarlo, Selma avanzó hacia el centro del vestíbulo y se acercó a los recién llegados.
—Supongo que debo explicar a ustedes que su señoría ha sufrido un accidente.
—¿Un accidente? —exclamó el caballero—. ¿Por qué no me lo habían dicho?
Miró hacia Graves al hablar y el hombre contestó en tono de disculpa:
—Su señoría no deseaba que nadie en Londres se preocupara sobre su condición y tampoco que alguien conozca lo sucedido.
—¿Está usted hospedada aquí en Mortlyn? —preguntó la dama a Selma.
Había una nota en su voz que revelaba que encontraba muy sospechosa la situación.
Selma respondió a toda prisa.
—Me llamo Selma Linton y, como tengo experiencia en el cuido de enfermos, he estado cuidando al señor Oliver, que también tuvo un accidente.
—Ciertamente no me parece a mí que usted sea enfermera —señaló la mujer en tono agudo.
El caballero, sin embargo, se mostró más agradable.
—Creo que debemos presentarnos. Soy Charles Seymour y soy un viejo amigo del señor duque.
Él sonrió a Selma y continuó:
—Ella es Lady Bramwell, quien ha venido conmigo desde Londres, porque los dos estábamos muy preocupados, temiendo que algo malo hubiera sucedido.
—Considero —terció Lady Bramwell en tono arrogante—, que no es necesario que demos explicaciones, Charles. Veamos a Wade inmediatamente y él podrá contarnos qué sucedió.
Habló en un tono que reveló a Selma cuánto resentía su presencia.
Lady Bramwell se dio la vuelta para dirigirse hacia la sala, que estaba directamente enfrente de donde ellos se encontraban de pie.
Selma miró a Graves y decidió que no podían hacer otra cosa sino decir la verdad.
Con voz muy suave, dijo:
—Su señoría no está aquí. El señor Oliver está arriba, por si desean ustedes verlo.
—¿Que no está aquí? —exclamó Lady Bramwell—. ¡No lo creo! ¿En dónde está?
Selma titubeó y el Capitán Seymour observó:
—Si hay algo secreto en esto, puedo asegurarle que somos gente de confianza.
Se volvió hacia Graves y dijo:
—¿No es verdad, Graves?
—Es verdad, señor —contestó Graves—, y estoy seguro de que si la señorita Linton lo permite, a su señoría le gustaría mucho verlos.
—¡Si lo permite! —exclamó Lady Bramwell, dándose la vuelta—. ¿Qué quiere decir con eso?
—Su señoría tuvo una peligrosa caída y sufrió una fuerte conmoción cerebral, milady. No se le ha permitido recibir a nadie por más de una semana —explicó Graves.
—Entonces le dará mucho gusto vernos —aseguró Lady Bramwell—, y yo insisto en que nos lleven con él inmediatamente.
Habló en tono tan imperioso que hizo a Selma sentirse insignificante e indefensa.
También tuvo la impresión de que tal vez al duque le daría mucho gusto ver a sus amigos.
Pensó que la razón de que se hubiera mostrado tan desagradable esa mañana era no sólo que estaba enfermo, sino también muy aburrido.
Selma se daba perfecta cuenta de que a él le incomodaba mucho tener que estar metido en la cama.
Pensó, también, que debía sentirse muy inadaptado por estar en un dormitorio tan pequeño, cuando las enormes y magníficas habitaciones de su propia casa lo estaban esperando. Tomó una decisión y dijo:
—Mi caballo está afuera y si ustedes me siguen, yo los conduciré adonde se encuentra su señoría.
Lady Bramwell miró hacia Charles y enarcó las cejas en un gesto de altivez.
* * *
Selma bajó la escalinata y el palafrenero la ayudó a montar. Como de costumbre, había llegado a Mortlyn en su sencillo vestido de algodón y no se ocupó de ponerse sombrero. Estaba preciosa, pero fue una fortuna que no oyera a Doreen Bramwell decir, en el momento en que se sentaba en el lujoso carruaje:
—En verdad, Charles, que no tengo idea de quién pueda ser esta extraña e impertinente jovencita. A juzgar por su apariencia, ciertamente no es nadie de importancia.
—Ella dijo que estaba cuidando a Wade —contestó Charles Sey mour.
—«Cuidando» es un término acomodaticio para lo que yo sospecho que está haciendo —replicó Lady Bramwell—. Pensé que Wade tendría más sentido común para evitar traer a una mujer de esa clase a su propia casa.
Charles Seymour estiró las piernas.
—Estás haciendo conclusiones precipitadas, Doreen. Yo estoy seguro de que estás equivocada.
—Si es así, ten la bondad de explicar por qué esa muchachita se da unos aires de importancia y por qué Wade no está en su casa.
—Supongo que debe haber un buen motivo para ello —contestó Charles Seymour, aunque tuvo que reconocer para sí mismo que todo parecía un tanto extraño.
Selma los condujo a través del parque hacia El Palomar.
Sólo cuando llegó al sendero de entrada, hizo que Rufus se adelantara al carruaje.
Desmontó ante la puerta y gritó a uno de los jardineros, que trabajaban en el frente de la casa, para pedirle que se llevara a Rufus a la caballeriza.
Después subió corriendo por la escalera.
El duque estaba sentado junto a la ventana, tomando el sol y leyendo el periódico, cuando ella entró en la habitación.
—¡Oh, al fin llega! —exclamó él—. Ya tengo buen rato de preguntar por usted. Me siento abandonado.
—Lo siento —se disculpó Selma, caminando hacia él—. Tuve que ir a vendar la pierna de Oliver.
Se detuvo y entonces añadió:
—Y, si lo recuerda su señoría, me pidió que lo dejara en paz.
—No quise decirle eso.
—De cualquier modo, he tenido que faltar a la orden para venir a avisarle que han venido a verlo unos amigos suyos.
—¿Amigos? —preguntó el duque.
—El capitán Charles Seymour, quien dice ser un gran amigo de usted y Lady Bramwell.
Para sorpresa de Selma, el duque no pareció tan complacido como esperaba.
Lanzó una exclamación y frunció el ceño.
—Lo… siento —dijo Selma con rapidez—. Siento mucho… si hice mal en… traerlos… aquí.
Titubeó.
—Han venido… desde… Londres… para ver a su señoría. Además, pensé que ellos… impedirían que siguiera milord… sintiéndose aburrido.
—¿Quién dijo que estaba yo aburrido?
—Su señoría lo dijo cuando estaba tan enfadado esta mañana.
Se hizo el silencio y entonces el duque expresó:
—Ya que están aquí, supongo que tendré que recibirlos, pero espero que usted haya dicho que necesito absoluto reposo.
—Lo que realmente… quiero es que… su señoría sea… feliz —contestó Selma.
Lo dijo mientras caminaba de regreso a la puerta y pensó que era muy poco probable que el duque la hubiera oído.
* * *
Bajó corriendo por la escalera y encontró a los dos recién llegados de Londres conversando con el señor Watson. Asomó una expresión de alivio en el rostro del secretario cuando la vio.
Al llegar al vestíbulo, Selma habló a Charles Seymour. Se sentía bastante intimidada por Lady Bramwell para dirigirse a ella.
—Su señoría se muestra encantado de recibirlos —anunció Selma—. Al mismo tiempo, por favor, no lo perturben demasiado tiempo. Su señoría tuvo un dolor de cabeza muy intenso anoche.
—Comprendo —dijo Charles Seymour—. Será mejor que usted vaya a indicarnos cuando considere que el tiempo razonable se ha terminado.
Lady Bramwell, sin embargo, no habló.
Simplemente se dirigió haca la escalera haciendo crujir, al caminar, su vestido de seda. Deliberadamente, miró hacia otro lado, como para no fijar los ojos en Selma.
Debido a que tenía miedo de hacer algo incorrecto, ésta dijo al señor Watson:
—¿Tendría usted la bondad de conducir a los invitados de su señoría al dormitorio donde se encuentra?
Sin esperar respuesta, la muchacha se dirigió a toda prisa hacia la sala.
* * *
La habitación estaba inundada de sol, así como de la fragancia de las flores. Selma sintió como si, de alguna forma, eso la confortara.
Hizo desaparecer la agitación que había sentido debido a la hostilidad de Lady Bramwell.
Se dirigió a la ventana, para mirar hacia el rosedal. Sentía que la belleza del lugar era algo que no podía ser perturbado.
De pronto, comprendió que la felicidad de la que disfrutara en los últimos días, cuidando del duque, había llegado a su fin.
Había podido verlo, escucharlo. Ahora volvía a él su propio mundo y eso cambiaría por completo las cosas.
Cuando él se marchara de El Palomar, sólo le quedaría el jardín de hierbas para recordarlo.
Sentía una opresión en su pecho, como si estuviera una pesada lápida donde debía estar su corazón.
Salió de la casa y corrió hacia el jardín de las hierbas, como un niño en pos de la protección de su madre.
* * *
La fuente estaba funcionando y Selma pensó que los pájaros cantaban allí más bellamente que en las otras áreas del jardín.
Cuando se sentó en la banca tallada en piedra y adosada a uno de los muros, Selma se dijo que debía contar los favores recibidos y darse cuenta cuán afortunada era.
No sólo le había permitido vivir en una de las casitas más hermosas que jamás podía haber imaginado, sino que, además, había estado allí con el hombre amado.
Después de eso, aunque no volviera a verlo nunca, sentiría siempre que una parte de él seguía en la casa y le pertenecía a ella de forma más exclusiva.
Súbitamente pensó en la hermosa cara de Lady Bramwell y trató de reírse de sí misma.
«Estoy celosa», admitió para sí con franqueza. «¿Cómo podía haber algo más insensato que el que alguien tan insignificante como yo amara al duque?».
Pensó que era como mirar la luna y desear lo imposible.
Al menos, por un corto tiempo, ella le había sido necesaria.
* * *
Si hubiera escuchado la conversación que estaba teniendo lugar en el dormitorio del duque, no se habría sorprendido.
—Mi queridísimo Wade —estaba diciendo Doreen Bramwell con una voz suave y cautivadora—, ¿cómo pudiste ser tan ingrato, como para no informarnos que estabas enfermo?
Se detuvo, esperando a que él contestara y como no lo hiciera, continuó:
—Si hubieras mandado, decir a Londres lo sucedido yo, desde luego, hubiera venido de inmediato.
—No estaba yo en condiciones de mandar en busca de nadie —contestó el duque—. Mi caballo me arrojó por encima de la cabeza y estuve a punto de romperme el cuello.
Doreen Bramwell lanzó un grito aspaventero. Era un sonido muy afectado, pensó el duque, como fue un dramatismo exagerado el modo en que unió las manos y lo miró con la que ella suponía era una expresión desolada.
—¿Cómo pudo sucederte una cosa así? —preguntó—. ¿Cómo es posible cuando tú eres el jinete más hábil y extraordinario que haya existido jamás?
El duque no contestó y después de un momento, Charles Seymour preguntó:
—¿Qué sucedió, Wade? En verdad que es insólito que tú te hayas caído de un caballo.
—Te contaré todo en otra ocasión —repuso el duque evasivo.
—Lo que no entiendo —intervino Doreen Bramwell—, es, ¿por qué estás aquí y no en Mortlyn?
—Era la casa más cercana al lugar en que sufrí el accidente —explicó el duque brevemente.
—¿Esta casa pertenece a esa extraña muchacha, quien nos dijo que estaba cuidándote y sirviendo de enfermera no sólo a ti, sino también a tu sobrino Oliver?
—Me sorprendió saber que Oliver está enfermo —intervino Charles antes que el duque pudiera contestar:
—Estuvo a punto de morir, cuando cayó una estatua del techo y le aplastó una pierna.
Charles Seymour miró al duque con asombro.
—¿No es inexplicable que haya sucedido una cosa así en Mortlyn? —preguntó—. Siempre te muestras muy acucioso y te asegurabas de que estuvieran bien puestas, debido a que son tan valiosas.
—Así es.
Los ojos de ambos se encontraron.
Charles se dio cuenta de que eso era algo de lo que el duque no quería hablar, mientras Doreen Bramwell estuviera presente.
—Supongo que podremos quedarnos a almorzar contigo, ¿verdad? —preguntó—. En ese caso, estoy seguro de que Doreen querrá arreglarse un poco.
—Sí, por supuesto —asintió el duque con aire distraído, como si estuviera pensando en otra cosa.
Hizo sonar la campana que tenía a su lado y de inmediato, lo que le reveló que Daws había estado esperando afuera, la puerta se abrió.
—¿Llamaba su señoría?
—Sí, Daws. A Lady Bramwell le gustaría arreglarse un poco. Además, ella y el Capitán Seymour se quedarán a almorzar.
—Informaré al chef, su señoría —contestó Daws. Hizo una leve inclinación de cabeza ante Lady Bramwell antes de añadir—: ¿Tiene usted la bondad de venir conmigo, milady?
Esperó a que Doreen Bramwell se levantara de su asiento con un movimiento gracioso.
Se quedó un instante junto a la silla del duque antes de cubrir su mano con la de ella, diciendo:
—Estoy tan tan preocupada por ti, mi queridísimo Wade.
Éste no contestó y después de un segundo la mujer se dirigió hacia la puerta, haciéndolo con una afectada elegancia que siempre provocaba elogios entre sus admiradores.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Charles se sentó de nuevo y preguntó:
—¿Qué diablos está sucediendo? ¿Qué pasó realmente?
—Se trata de Giles —contestó el duque.
—Me estaba temiendo que fuera algo así.
—Estuvo a punto de matarme y lo habría logrado, de no ser por la intervención de Selma Linton.
—Cuéntame todo —suplicó Charles.
El duque le informó lo que le había sucedido a Oliver y cómo él mismo había sido arrojado de su caballo y lo habrían matado a macanazos si Selma no lo hubiera salvado.
—¡Caramba, vaya que tiene agallas esa muchacha! —exclamó Charles—. Todo este asunto parece sacado de una novela.
—Eso es lo que yo mismo pensé —reconoció el duque—, pero te aseguro que fue una experiencia muy dolorosa, que espero no vuelva a repetirse.
—¿Qué vas a hacer respecto a Giles?
El duque se encogió de hombros.
—Vamos, Wade, no puedes quedarte aquí por tiempo indefinido… protegido de día y de noche. Y si vuelves a Londres…
—Giles estará esperando allí —concluyó, por los dos, el duque—. Tú sabes tan bien como yo, que no hay nada que pueda yo hacer.
Charles se llevó la mano a la frente.
—Casi no puedo creerlo. Pero ¿no es posible que Giles pueda ser arrestado bajo alguna acusación?
—Dime tú bajo cuál.
Charles no contestó y el duque continuó diciendo:
—Nadie podría identificarlo como el hombre que hizo caer la estatua del techo.
Después de una pausa continuó:
—Los hombres que provocaron mi caída eran, según afirma Selma, tipos rudos de los barrios bajos londinenses. Y aun ella no podría identificarlos. Además, de cualquier modo, Giles negaría toda relación con ellos.
—Es el más diabólico enredo que haya yo escuchado jamás —comentó Charles—. Tú sabes, Wade, que estoy listo para contribuir a tu protección, si tú me lo permites.
—Gracias. Por supuesto que me sentiré encantado de que me acompañes —dijo el duque—, pero a quien no deseo aquí es a Doreen Bramwell.
Charles Seymour pareció sorprendido.
—Por lo que ella me dijo… —empezó a decir.
El duque iba a interrumpirlo cuando la mujer, motivo de su charla, volvió a la habitación.
Se había quitado el sombrero y el abrigo de viaje. Se daba perfecta cuenta de que se veía exquisitamente hermosa y que sería difícil que un hombre no la considerara fascinante.
Avanzó de nuevo hacia el duque para tomar su mano entre las suyas.
—He estado pensando, mi queridísimo Wade —expresó—, que de algún modo debes volver a Londres cuanto antes. Así los mejores médicos que hay en el país podrán examinarte.
Se detuvo y luego prosiguió diciendo:
—Estoy segura de que en muy poco tiempo volverás a estar completamente bien.
—Ya estoy mucho mejor —replicó el duque.
—Eso no es suficiente para mí. No tengo ninguna fe en estos «charlatanes» rústicos que, según me han comentado las doncellas, te han estado curando con hierbas.
Lanzó una leve risilla antes de añadir:
—Todo eso resulta muy anticuado en nuestro tiempo, cuando tenemos verdaderas eminencias médicas. ¿Quién podría atenderte mejor que los médicos que cuidan de nuestra querida reina?
Oprimió la mano del duque al decir:
—Mandaré a buscar a los mejores de ellos en cuanto regreses a la Casa Mortlyn.
El duque había estado escuchando lo que ella decía con una expresión burlona en el rostro y los labios retorcidos.
Entonces, cuando Charles esperaba que el duque dijera algo sarcástico, Daws anunció:
—El almuerzo está listo, su señoría, para milady y el Capitán Seymour.
—Es tan triste —intervino Doreen Bramwell—, que no puedas almorzar con nosotros. Pero volveremos a toda prisa contigo, queridito, una vez que hayamos terminado.
Se detuvo y en seguida añadió:
—Quizá sería conveniente que Charles me permitiera hablar contigo a solas, porque no debe hacerte bien tanta gente en tu habitación.
El duque dirigió a su amigo Charles una mirada suplicante, en la cual le decía que eso era lo último que deseaba en el mundo.
Por desgracia, el capitán no le estaba prestando atención y, con Lady Bramwell todavía haciendo comentarios halagadores sobre el duque y prometiendo almorzar a toda prisa, salieron de la habitación.
* * *
Tan pronto como el duque comprendió que debían haber llegado al comedor, hizo sonar la campana.
Daws entró a toda prisa con una bandeja en la mano, que colocó en una mesita, frente al duque.
—Traigo el almuerzo para su señoría —dijo—. Cómalo mientras está aún caliente.
—Te llamé porque quiero ver a la señorita Selma —contestó el duque—. A menos, desde luego, que esté almorzando en el comedor.
Supuso, sin embargo, que eso era algo que la chica no iba a hacer.
—La señorita Selma está en el jardín de las hierbas, milord.
—Entonces, ve a buscarla. Quiero hablar con ella —ordenó el duque.
—Sería mejor esperar hasta que le haya yo traído el siguiente platillo, milord.
—Ve a buscarla ahora mismo.
Daws comprendió que no tenía objeto discutir con su amo, así que salió a toda prisa.
Indicó al lacayo que estaba en el vestíbulo que fuera a la cocina por el siguiente platillo de su señoría, mientras él iba al jardín.
Había visto a Selma dirigirse a él poco después de que llegó Lady Bramwell.
Debido a que no había nada que sucediera en Londres o en Mortlyn de lo que Daws no se diera cuenta, se sintió seguro de que Lady Bramwell se habría mostrado desagradable de una forma que Selma no debía comprender.
«La señorita Selma no está capacitada para enfrentarse a una tigresa de ese tipo».
* * *
Daws llegó al jardín de las hierbas y encontró a Selma sentada en la banca de piedra, contemplando la fuente.
Había llegado a su lado antes que ella hubiera advertido su presencia.
—Su señoría me envía en su busca, señorita —dijo Daws. Selma se puso de pie de un salto.
—¿Otra vez sufre dolor de cabeza?
Fue lo primero que se le ocurrió y su ansiedad por el duque resultó evidente.
—No, su señoría está bien. Preguntó por usted y me ordenó que viniera a buscarla, sin permitirme siquiera subirle el segundo platillo del almuerzo antes que yo hiciera eso.
Selma lo miró con inquietud.
—¿Pasa algo malo?
—No lo sé, señorita, y ésa es la verdad. Pero no me sorprendería…
Selma volvió presurosa a la casa, preguntándose con ansiedad para qué la requería el duque.
* * *
Cuando llegó al dormitorio del duque, Selma vio que el lacayo retiraba lo que Daws llamaba «el segundo platillo» y advirtió que estaba intacto.
Entró en la habitación.
El duque la miró mientras se acercaba a él.
—Usted me prometió —dijo Selma al llegar a su lado—, que trataría de comer bien. Necesita recobrar sus fuerzas.
—No tengo hambre —contestó el duque—. Y no puedo imaginarme, Selma, por qué me permitió usted tener visitantes.
Calló unos instantes y luego continuó:
—No me siento lo bastante fuerte para estarlos oyendo hablar.
Selma contuvo la respiración.
—Lo siento —dijo en tono humilde—. Yo pensé que le alegraría mucho ver a sus amigos.
—Deseo que vuelvan a Londres tan pronto como hayan terminado de almorzar.
Hizo una pausa para después decir:
—Si la interrogan, dígales que no estoy en condiciones de hablar con nadie. Insista en que podría ser perjudicial para mi, puesto que sufrí una grave conmoción cerebral.
—Haré cuanto pueda para hacerles comprender eso —contestó Selma.
Al mismo tiempo, sintió que su corazón estaba cantando de felicidad.
Sin importar lo hermosa que fuera Lady Bramwell, el duque no la quería.
Ahora, sintió que la luz del sol se hacía más dorada y que los pájaros parecían estar entonando nuevos trinos. La fragancia de las flores era más intensa de lo que había sido antes.
Se preguntó qué pensaría el duque si ella le comentara lo feliz que la había hecho; sin embargo, ignoraba que en su rostro, un bello resplandor la hacía verse muy diferente a momentos antes.
* * *
El duque no había tomado en consideración que Doreen Bramwell se negaría a obedecerlo.
Ella y Charles Seymour subieron después de que el chef, con envidiable ingenio, había logrado preparar un almuerzo excelente a pesar de haber sido avisado en el último momento.
En cuanto entró en la habitación del duque, Doreen dijo:
—Ahora voy a enviar a Charles al jardín, mientras hablo contigo, mi queridísimo Wade.
—Ya he decidido —repuso el duque—, que Charles te lleve de regreso a Londres tan pronto como sea posible.
Se detuvo y entonces añadió:
—Siento mostrarme tan poco hospitalario, pero empieza a dolerme a la cabeza. Y debo descansar y dormir después del almuerzo.
—Comprendo —dijo Doreen con voz muy suave—. Te prometo no embromarte demasiado, pero tengo algo importante que decirte.
Ella le dirigió una mirada significativa, que él no entendió, al decir eso.
No había nada que Charles Seymour pudiera decir, excepto:
—Ordenaré que el carruaje esté listo para las dos y media.
Salió de la habitación y fue a buscar a Selma.
Estaba profundamente intrigado sobre quién podría ser esa preciosa muchacha, de aspecto tan singular.
Quería saber por qué ella, en lugar de alguien de la numerosa servidumbre que había en Mortlyn, estaba atendiendo al duque.
* * *
Selma dejó al duque cuando supuso que el almuerzo que se estaba sirviendo en el comedor terminaría en breve.
Sabía que Lady Bramwell y el Capitán Seymour subirían de inmediato a ver al duque.
No tenía hambre y estaba segura de que Nanny debía haberle guardado algo para comer. Lo comería cuando ellos se hubieran ido. Mientras tanto, entró en la sala y empezó a arreglar algunas flores que le habían llevado esa mañana los jardineros.
Aunque el duque no bajaba todavía, Selma estaba decidida a que cuando lo hiciera, encontrara hermosas y acogedoras todas las habitaciones.
Tal vez eso lo hiciera sentirse mejor y no resentiría tanto su presencia en la que era una residencia familiar.
Ella tenía la habilidad de hacer que las flores se vieran tan hermosas en la casa como cuando estaban creciendo afuera.
Debido a que hacía eso para complacer al duque, tuvo buen cuidado de llenar primero las fuentes de porcelana que habían sido la delicia de su madre.
Después lavó y secó los floreros de cristal cortado, hasta que brillaban como diamantes.
Selma estaba arreglando unas rosas en uno de ellos cuando Charles Seymour entró en la habitación.
Ella levantó la vista hacia él, un poco temerosa.
Él dijo, mientras se dirigía hacia donde la joven se encontraba:
—Por favor, no se interrumpa, sólo quiero hablar con usted sobre el duque y preguntarle qué podemos hacer respecto a Giles Lyne.
—¿Le ha contado lo que sucedió en realidad? —preguntó Selma.
—Wade es mi mejor amigo. Tenemos muy pocos secretos entre nosotros. Estuvimos juntos en Eton, en Oxford y en el mismo regimiento. No debe sorprenderle, señorita Linton, saber que lo admiro más que a cualquier otro hombre que haya yo conocido nunca.
—Su señoría es… maravilloso.
Selma levantó los ojos hacia Charles y continuó hablando con suavidad:
—Al mismo tiempo, ¿cómo es posible, aunque lo rodeáramos con un regimiento completo de soldados, evitar que sea asesinado en alguna forma inesperada y horrible, por su primo?
—Es intolerable y en verdad aterrador —reconoció Charles—. ¡Tenemos que hacer algo!
Selma lo miró con aire de impotencia y él expresó:
—El duque no ha dicho a Lady Bramwell la verdad. Yo la llevaré de regreso a Londres, como él desea, pero intento volver inmediatamente.
Se detuvo antes de añadir:
—Si no me puedo quedar aquí, en la casa de usted, creo que cuando menos en Mortlyn habrá un lugar para mí.
Selma se echó a reír.
—Mi niñera me estaba diciendo apenas esta mañana que en esta casa ya no cabía ni un alfiler. ¡Y me temo que ésa es la realidad!
De pronto se puso seria al decir:
—Estoy segura de que, como usted es tan amigo del duque, él se sentirá muy feliz de tenerlo aquí.
Sonrió a Charles y continuó:
—Las personas encargadas de cuidarlo empiezan a cansarse de mantenerse alertas de día y de noche.
Lanzó un leve suspiro antes de añadir:
—Es… más desesperante aún cuando… nada sucede.
—Sé lo que quiere decir con exactitud. Ahora, hábleme de su persona. ¿Por qué, si vive usted en Mortlyn, nunca la había visto antes?
—Soy la hija del vicario. Cuando menos, lo era hasta que papá murió, hace algunas semanas.
—Lo siento mucho.
—La verdad es que lo echo de menos con desesperación —reconoció Selma—. Al mismo tiempo, su señoría ha sido muy bondadoso y me ha permitido habitar en esta casa maravillosa, porque la vicaría va a ser ocupada por el nuevo párroco.
—Así que ésa es la explicación. No lograba entender cómo era que nunca la había yo visto… en esta casa.
—Es muy hermosa —comentó Selma.
—Y, por lo tanto, muy apropiada para usted.
El capitán lo dijo como lo habría dicho a cualquier otra mujer conocida por él.
Selma pareció sorprendida y él se dio cuenta de que no estaba acostumbrada a los cumplidos.
Comprendió, también, que con su belleza exquisita y fuera de lo común, era, no obstante, una muchacha nítida e inocente.
En voz alta, el capitán preguntó:
—¿Está usted realmente curando al duque con hierbas, en lugar de hacerlo con medicinas ordinarias?
—El jardín de hierbas que hay aquí, en esta casa, existe desde el reinado de la Reina Isabel —explicó Selma—. Mi madre me enseñó la magia de las hierbas. Ésa es la impresión que en realidad produce a quienes son curados por ella.
—Es usted ciertamente afortunada de tener un paciente tan distinguido —comentó Charles.
No pudo evitar el toque de sarcasmo que había en su voz.
Estaba pensando que si Selma quería una referencia en el futuro, podía en verdad decir con orgullo que había curado al Duque de Mortlyn.
Ella no contestó y él pensó que tal vez había sido descortés. Entonces Selma dijo:
—Si dispusiera usted de unos momentos antes de volver a Londres… sería muy…, gentil de su parte, si… hablara con Oliver.
Continuó explicando:
—No hay espacio aquí para que se hospede también. Empieza a sentirse aburrido e impaciente de estar solo. Lo que él necesita es lo que Nanny llama «compañía».
Charles Seymour rió.
—Es una buena idea. Iré a visitar a Oliver y me llevaré a Lady Bramwell conmigo.
En seguida dijo:
—Tal vez debíamos interrumpir la conversación que está teniendo lugar arriba. Se ha prolongado demasiado.
Vio a Selma levantar la mirada hacia el techo, casi como si esperara llegar adonde estaba el duque, desapareciendo a través de él. Luego dijo con voz baja:
—Por favor, haga comprender a Lady Bramwell que… evite… fatigar a su señoría.
—Haré lo que me pide —asintió Charles Seymour—. Al mismo tiempo, tengo la impresión de que a ella no le va a gustar la interrupción. Y tal vez tampoco le guste a su señoría.
Aunque él lo ignoraba, en esto último estaba muy equivocado.
* * *
Tan pronto como Doreen Bramwell se quedó sola con el duque, se puso de rodillas junto a la silla de él y levantó los labios hacia los suyos, diciendo:
—¡Oh, Wade querido, no tienes idea de cuánto deseaba verte! ¡Estaba muy preocupada por no tener noticias tuyas!
—No había nada que pudiera yo hacer —contestó el duque.
Ella se acercó al pecho de él, pero el duque no la rodeó con sus brazos.
Como si estuviera demasiado impaciente para esperar, ella se elevó un poco más, de modo que sus labios estaban casi al nivel de los de él.
—Tengo algo maravilloso que decirte —murmuró ella—. Desde luego, es un secreto.
—Siendo así, tal vez sea un error que se lo digas a alguien —observó el duque en tono seco.
—Se refiere a ti y a mí, queridito —aclaró ella—. Yo sé que te hará muy feliz.
El duque adquirió una expresión un poco escéptica, como si considerara tal cosa muy improbable.
Entonces, aproximando su cuerpo aún más al de él, si tal cosa fuera posible, Doreen dijo:
—Mi esposo vio al médico real hacer dos días y éste le dijo, lo cual fue espantoso para él, desde luego, que su corazón está muy mal y que puede morir en cualquier momento.
El duque permaneció en silencio y ella agregó:
—Desde luego, lo siento mucho por él. Pero, como bien sabes, hemos vivido más o menos separados… excepto en público, desde hace años.
Subió la mano para acariciar el rostro del duque al mismo tiempo que murmuraba:
—Es ahora cuestión de tiempo, mi maravilloso y magnífico Wade, antes que podamos estar juntos para siempre, como ambos lo desearnos.
El duque quedó estupefacto y seriamente asustado.
Jamás, ni en sus momentos de mayor locura, había pensado en casarse con Doreen Bramwell.
De hecho, después de la primera noche de amor, decidió que ella ya no le atraía.
Había pensado, además, cuando le dio a Watson órdenes de enviarle unas orquídeas, que ése era el fin del idilio.
En realidad, resultó ser el más breve de todos sus romances.
No podía explicárselo, pero, aunque era muy hermosa, Doreen Bramwell ya no lo atraía.
Pensó que lo que le sucediera antes con otras mujeres le estaba sucediendo de nuevo.
Mientras para él la relación sólo fue un capricho pasajero, ella se había enamorado.
Debió comprender, por experiencias pasadas, que ello significaba de manera invariable lágrimas, recriminaciones y la pregunta quejumbrosa: ¿por qué él no la amaba ya?
Había oído eso con demasiada frecuencia y sabía que, aun con la mejor voluntad del mundo, y sin importar lo hermosa que una mujer pudiera ser, ni el ardor con que él la hubiera perseguido, cuando ella se rendía por fin, la magia se evaporaba.
El no deseaba ya volver a tocarla.
¿Por qué le sucedía eso? No tenía la menor idea.
Pero eso sucedía y cuando bajaba el telón, era una escena final e invariable.
El había pensado, en realidad, cuando Doreen Bramwell entró en su habitación antes del almuerzo, que su belleza, aunque era innegable, resultaba demasiado convencional para que la admirara siquiera.
Ahora no podía imaginar nada más desastroso para su felicidad que tener a Doreen como esposa.
Se daba cuenta de que todo en ella era fingido y artificial.
—Creo, Doreen… —empezó a decir.
Estaba tratando de encontrar las palabras con las cuales decirle que no debía anticipar la muerte de su esposo.
De pronto, como si ella sintiera que él no estaba tan emocionado como esperaba, Doreen le rodeó el cuello con los brazos para bajar su cabeza hacia la de ella.
Al mismo tiempo, puso sus labios en los de él.
Debido a que el movimiento lo sorprendió y a que ella estaba rozando la parte lastimada de su cuello, él lanzó un agudo grito de protesta y la apartó lejos de él.
—¡Por Dios, mi cuello! —exclamó—. ¡Me has lastimado!
—Oh, queridito… ¡qué terrible… cuánto lo siento! ¿Cómo pude hacer un movimiento tan torpe así? —dijo Doreen.
Ella lo habría besado de nuevo, pero con un gesto resuelto, él la hizo a un lado, diciendo:
—Me has lastimado. Haz venir a Selma Linton. Ella sabrá qué hacer.
—Yo puedo ayudarte —protestó Doreen—, dime qué quieres que yo haga.
El duque había encontrado la campanita que Daws dejaba siempre al alcance de su mano.
La hizo sonar con violencia y, cuando la puerta se abrió, Doreen se vio obligada a incorporarse.
—¡Trae a la señorita Selma —ordenó el duque—, y apresúrate!
Daws, quien estaba junto a la puerta, tenía una idea bastante aproximada de lo sucedido y no perdió tiempo.
Bajó corriendo por la escalera, abrió la puerta de la sala y anunció en tono dramático:
—Su señoría se ha lastimado, señorita, y quiere que suba usted inmediatamente.
Selma lanzó un grito y dejó caer la rosa que tenía en la mano. Sin mirar siquiera a Charles, subió corriendo por la escalera.
* * *
Selma entró apresuradamente al dormitorio.
El duque estaba apoyado en el respaldo de su silla, con los ojos cerrados.
Lady Bramwell se encontraba de pie junto a él preguntándole en tono quejumbroso, una y otra vez, qué podía hacer para ayudarlo. Selma no hizo preguntas.
Se limitó a poner su mano fresca en la frente del duque, para un momento después colocar un cojín detrás de su cabeza.
El duque no habló, pero ella tuvo la idea de que no se hallaba tan mal como pretendía estar.
Debido a que infirió que eso era lo que él quería, dijo:
—Su señoría debe acostarse. Daws lo ayudará a meterse en la cama.
—Me duele… mucho —se quejó el duque sin abrir los ojos.
—Yo lo curaré, en cuanto esté en la cama —ofreció Selma.
Daws, que se había quedado en el umbral, se acercó al lado de su amo.
Selma se volvió hacia Lady Bramwell:
—El Capitán Seymour estaba a punto de subir para decir a usted que desea marcharse.
Doreen Bramwell caminó, con la cabeza en alto, hacia la puerta.
Sólo cuando ambas se encontraron ya en el pasillo, se detuvo y dijo con fingida ansiedad:
—Estoy muy preocupada, en verdad, por nuestro querido duque.
Se quedó un momento callada antes de continuar:
—Estoy segura de que usted comprenderá, señorita Linton, que su señoría es un amigo muy íntimo para mí y que me es muy querido. Además, le voy a decir un secreto.
Se quedó esperando, como si pensara que Selma iba a decir algo. Como ésta no lo hiciera, continuó:
—Yo sé que puedo confiar en que usted no dirá nada de esto a nadie, pero en cuanto sea posible, y pensamos que será muy pronto, el duque y yo vamos a casarnos.
Se produjo sólo una leve pausa antes que Selma contestara:
—Les deseo, desde luego, la mayor felicidad. Por el momento, sin embargo, su señoría debe tener toda la tranquilidad posible.
—Comprendo —dijo Lady Bramwell—, pero, al mismo tiempo, debe usted entender mi inquietud.
Se detuvo y entonces continuó diciendo:
—Quiero que me haga usted el favor de avisarme, tan pronto como el duque se ponga lo bastante bien como para verme y para que yo pueda hospedarme en Mortlyn. ¿Me promete que lo hará?
—Si es lo que su señoría desea, por supuesto que me comunicaré con usted —contestó Selma.
—Vamos, debe ayudarme —exclamó Lady Bramwell, en tono casi irritado y prosiguió—: Usted sabe cómo son los hombres. Él no va a querer verme hasta que se sienta completamente restablecido.
Produjo un sonido que trataba de imitar un sollozo, antes de decir:
—El amor no soporta restricciones y debo volver a su lado tan pronto como sea posible.
Miró a Selma, casi como si la desafiara a tratar de impedirlo.
—Ahora, prométame que me avisará. Uno de los palafreneros puede con facilidad traerme una pequeña nota a mi casa de Londres. Le daré mi dirección.
Tomó el silencio de Selma como afirmación y bajó por la escalera para dirigirse a la sala, donde Charles Seymour aguardaba.
* * *
-¿No sucede nada grave? —preguntó a Selma.
—No, pero su señoría debe acostarse y estar en completo reposo —contestó ella—. Atenderé su cuello tan pronto como ustedes se vayan.
Mientras ellos hablaban, Lady Bramwell estaba escribiendo algo en el secretaire situado en un rincón de la habitación.
Bajó la pluma, tomó el sobre en el cual había escrito su nombre y dirección, y se lo llevó a Selma.
—No olvide lo que me ha prometido —le advirtió.
—¿Qué te prometió? —preguntó Charles.
—Que me avisará en cuanto el querido Wade vuelva a Mortlyn. Eso significará que tú y yo podemos venir de nuevo y hospedarnos allí. No hay espacio para nosotros en esta reducida cabaña.
Lo dijo en tono de menosprecio y Charles, al ver la expresión en los ojos de Selma, terció:
—Creo que es una de las casas más atractivas que he visto nunca. Pero tienes mucha razón, Doreen. No hay espacio para nosotros y cuanto más pronto volvamos a Londres, será mejor.
—Yo esperaba que pudiéramos quedarnos cuando menos una noche —señaló Lady Bramwell con irritación.
—Eso es imposible, de cualquier modo, tomando en cuenta que esta noche hay dos fiestas a las que debes asistir.
Hizo una pausa y agregó:
—La señorita Linton me ha estado comentando que sería un error que Wade recibiera más visitantes.
Selma pensó que el capitán actuaba como un hombre de mucho tacto y se sintió muy agradecida con él, porque parecía resuelto a llevarse a Lady Bramwell.
Selma no lograba imaginar qué había sucedido entre ella y el duque.
Sin importar lo que hubiera sido, era evidente que no resultó agradable para él, y tampoco deseaba que la mujer se quedara.
Selma se alejó y estaba a punto de subir por la escalera, cuando Charles corrió tras ella.
—Me voy ya —dijo en voz baja—, pero volveré de inmediato y no diré a Lady Bramwell que es mi intención hacerlo.
Selma asintió con la cabeza. No dijo nada, porque Lady Bramwell había aparecido en el vestíbulo, detrás de él.
Empezó a subir por la escalera a toda prisa, sintiendo que su depresión había desaparecido.
Ya no estaba sola, ni se sentía desventurada, como cuando estuvo, horas antes en el jardín de las hierbas.
El duque se opuso a que se quedara la hermosa Lady Bramwell. Y el capitán Seymour se estaba encargando de que no lo hiciera.
«Lo amo», se dijo mientras caminaba por el corredor. «Lo amo y, por favor, Dios mío, haz que permanezca un poco más aquí conmigo, antes de volver a Mortlyn».
Al mismo tiempo, sabía que una vez que el duque se fuera de El Palomar, lo perdería para siempre.
Si llegara a casarse con Lady Bramwell, ciertamente jamás sería invitada a su casa.