Capítulo 6

Selma, sentada en el dormitorio del duque, estaba leyéndole en voz alta uno de los periódicos y no tenía idea de que él no estaba escuchando.

Estaba, en realidad, pensando que el sol relucía de forma muy atractiva sobre el cabello de ella y que su voz tenía un tono musical, gratísimo, que nunca percibió en la voz de ninguna otra mujer.

Había sufrido un fuerte dolor de cabeza, aunque Selma sospechaba que había exagerado sus síntomas, después de la visita de Lady Bramwell y al día siguiente se mostró un poco letárgico.

Cuando terminó de leer el editorial del limes, Selma levantó la vista para decir:

—Esta noche tengo una sorpresa para usted.

—¿Una sorpresa’? —preguntó el duque.

—Sí. El Capitán Seymour y yo la planeamos juntos.

—¿De qué se trata?

—Pensamos que ya está usted lo bastante bien para bajar a cenar. Oliver está tan emocionado con la idea, que parece como si fuera a asistir a una fiesta en Londres.

El duque rió.

—Tal vez ya no echa de menos a sus escandalosos amigos, ni a sus costosas cortesanas.

Dijo eso sin pensar y comprendió que había cometido un error.

—¿Quienes son las cortesanas? —preguntó Selma.

El duque pensó con rapidez.

—Son actrices —repuso—, y es un grave error que alguien en las circunstancias de Oliver les ofrezca fiestas costosas.

—Lo entiendo —contestó Selma—. Él me ha comentado que tiene muchas deudas.

Una vez más el duque se preguntó si Oliver estaría enamorado de Selma. En realidad, reían mucho cuando estaban juntos.

Ahora pasaba cuanto momento podía en El Palomar, aunque se conformó con la idea de estar en Mortlyn, desde que volviera Charles. Montaban juntos los magníficos caballos nuevos del duque y después iban a El Palomar, para decirle lo que pensaban de ellos.

El duque pensó en esos momentos que Selma sería una esposa extraordinaria, fuera de lo común, para el hombre que tuviera la suerte de casarse con ella.

Evitaría, ciertamente, que Oliver cometiera todas las tonterías que había cometido antes que viniera al campo.

Comprendió también, que como Selma era mucho más inteligente y culta que Oliver, con toda probabilidad se aburriría de Oliver con más facilidad que Oliver de ella.

Al pensar en Selma, trató de no reconocer, ni siquiera para sí mismo, que se había dado cuenta del cariño que la joven había concebido por él.

Era un hombre demasiado experimentado para no percatarse de cuándo una mujer lo veía con el amor reflejado en los ojos.

Y, sin embargo, en lo que a Selma se refería, no estaba completamente seguro de que lo que ella sentía por él era amor.

Su voz tenía la misma expresión intensa cuando hablaba de la facultad que ella creía que la guiaba y la ayudaba.

Comprendió que aunque los ojos de la muchacha lo miraban compasivos y con el deseo de curarlo, había visto esa misma expresión cuando ella estaba atendiendo a un pájaro herido o a un pequeño animal. Para divertir al duque, llevó a su dormitorio a algunos de sus pacientes.

Había un gorrión con un ala lastimada, un gatito que había sido mordido por un perro, y un perrito que había sido pateado por un caballo. Selma se sentaba en el suelo y los curaba, usando el mismo delantal que tenía puesto cuando él la había visto por vez primera.

El duque se percataba de que no sólo daba a sus pacientes su habilidad y su Poder en el que tanto creía, sino también su amor.

«Si abriga algún sentimiento por mí como hombre», se dijo, «no tardará en olvidarme una vez que haya yo vuelto a Londres».

Al mismo tiempo, sentía curiosidad por saber qué era lo que Selma sentía realmente por él.

Excepto la expresión que había en sus ojos y el acento melodioso de su voz, ella nunca le hablaba en los tonos seductores que Lady Bramwell y otras mujeres conocidas por él, usaban. —Lo que era más, nunca lo tocaba, excepto cuando le estaba aplicando masaje en su cuello lastimado.

En esa ocasión, comprendía, aunque ella se encontraba atrás de él, que Selma tenía los ojos cerrados y que estaba orando para que se aliviara.

«Es ciertamente única», pensó, como lo pensara un centenar de veces desde que había sido traído a El Palomar.

Ahora, cuando le comentó, con el entusiasmo propio de un niño, lo que había planeado para esa noche, el duque preguntó:

—¿Y a usted le complace la reunión de esta noche?

Ella lo miró con cierta ansiedad.

—¿Su señoría no quiere bajar a cenar?

—¡Sí, claro que lo deseo! —se apresuró a aclarar el duque—. Será en verdad un cambio bienvenido a este constante encierro en una sola habitación.

—Yo sé que es un dormitorio muy reducido, y que no es el ambiente al que milord está acostumbrado —observó Selma en tono de disculpa—, pero no nos atrevimos a llevarlo a Mortlyn en sus penosas circunstancias.

—¡No puedo quedarme aquí para siempre!

—No, claro que no. Lo entiendo así, pero sólo quisiera yo saber dónde está el señor Lyne y qué es lo que está planeando.

—¿Por qué está tan segura de que no se ha dado por vencido? Aunque ha fallado dos veces, ¿cree usted que aún intentará ocupar mi lugar? —preguntó el duque.

Selma volvió la mirada hacia otro lado y el duque tuvo la impresión de que ella estaba tratando de contestar sus preguntas con lo que su intuición, y no su mente, le decía.

—¡Estoy convencida de que él… lo intentará de nuevo! —respondió ella por fin, en voz baja.

—¿Por qué lo cree así? —preguntó el duque en tono agudo.

—No puedo explicarlo… mas puedo… sentirlo… como presentí, cuando me dirigía yo aquella mañana al bosque, que estaba su señoría en peligro… y yo necesitaba salvarlo.

Su voz parecía provenir de muy lejos y debido a que el duque la creyó, trató de luchar contra sus propias convicciones.

—Estoy seguro —dijo—, de que usted se ha asustado a si misma y me ha asustado a mí, innecesariamente. Charles ha estado haciendo investigaciones y está seguro de que Giles ha vuelto a Londres.

—Espero que tenga razón —musitó Selma en un murmullo.

El duque comprendió entonces que ella no estaba del todo convencida.

* * *

Más tarde, Charles y Oliver llegaron para hablar con el duque de los caballos en los que habían estado cabalgando.

—Muy pronto, en unos días más, estaré montando de nuevo —les informó el duque—. Así que por ahora, ambos deben disfrutar de poder escoger el caballo que quieran. Una vez que empiece a montar, voy a escoger el mejor caballo para mí.

—No vamos a competir contigo —afirmó Oliver—, porque bien sabes, desde luego, tío Wade, que eres mejor jinete que cualquiera de nosotros. Sin embargo, Watson dijo hoy que salté esa valla que hay en el llano, tan hábilmente como la habrías hecho tú.

—¡Vaya un halago! —sonrió el duque.

—Con toda franqueza —continuó Oliver—, nunca me había divertido tanto como lo estoy haciendo ahora. Si tú me lo permites, me encantaría cazar aquí, durante el otoño.

—En verdad que eso es algo que debemos planear —reconoció el duque.

Selma los dejó charlando y bajó a decorar la mesa del comedor.

Había convencido al jefe de jardineros de Mortlyn de que le llevara algunas de sus mejores orquídeas. Graves había llevado los candelabros de oro del duque.

El comedor de El Palomar era pequeño y la mesa tenía cupo sólo para seis personas.

Adornó la chimenea con flores y pensó que los cuadros de su padre, aunque no eran tan impresionantes como los que había en Mortlyn, se veían muy hermosos contra el fondo de madera de las paredes.

Dio un paso atrás para contemplar la mesa y se le ocurrió que esta tal vez era no sólo una ocasión para celebrar el hecho de que el duque pudiera bajar a cenar, sino tal vez una despedida también.

Ahora que estaba ya mucho mejor, querría volver a Mortlyn y de allí partiría hacia Londres, donde se olvidaría de ella.

Ese pensamiento era torturante para ella. De pronto comprendió que esa noche no tenía nada especial que ponerse como para que él pudiera admirarla.

Nunca pensó en su ropa mientras estaba ocupada atendiéndolo. Ella le había explicado, porque pensó que tal vez él encontrara eso extraño, que no llevaba luto porque a su padre le disgustaba que las mujeres vistieran de negro.

—Además —añadió, un poco indecisa—, papá… no creía en la… muerte.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Él pensaba que nuestros cuerpos son sólo cubiertas desechables, como un traje o un vestido que se hace viejo y tiene que tirarse, pero que nuestro… espíritu… o lo que la iglesia llama nuestra «alma» va hacia la «Fuerza de la Vida».

—Supongo que —había comentado el duque con cinismo—, usted espera volver a nacer, y sin duda alguna, hacerlo como reina o como diosa.

Selma había reído.

—¡Por supuesto que no espero nada semejante! Papá creía que, como nada en la naturaleza se desperdicia, así las cualidades por las que nos esforzamos en esta vida son usadas una y otra vez, hasta que logramos… la perfección.

El duque no contestó.

Sólo juzgó que la forma sencilla en la que Selma hablaba, sin ninguna afectación, era muy conmovedora.

Se dijo que cualquiera otra de las mujeres que había conocido, habría llorado patéticamente la muerte de su padre, para despertar la compasión de él.

Selma hablaba como si sus padres estuvieran todavía con ella. Así lo sentía en realidad.

Ella, sin embargo, acababa de darse cuenta de que mientras el duque estaría magnífico en su traje de noche, y Charles y Oliver muy elegante en los suyos, ella no tenía nada apropiado para la ocasión.

Sólo el sencillo vestido de muselina que Nanny le había hecho como vestido de gala.

Aunque fue copiado de la mejor revista femenina que se publicaba en Londres, ciertamente no impresionaría a alguien como Lady Bramwell.

Selma no quería pensar en la hermosa mujer que le anunciara que ella y el duque iban a casarse.

Sintió, desde el momento que llegó a la casa, que era una intrusa y había alterado la atmósfera de El Palomar.

Y, aunque Selma casi no se atrevía a admitirlo ni siquiera ante sí misma, tenía la impresión de que Lady Bramwell no era una mujer buena y le disgustaba que alguien así tuviera intimidad con el duque.

Ahora, debido a que era la primera noche que él bajaba al comedor, y tal vez fuera la ultima que pasara en El Palomar, quería estar hermosa para él.

Y pensó con desaliento que no había nada que ella pudiera hacer al respecto.

En ese momento recordó que los vestidos de su madre, que fueron traídos de la vicaría junto con todo el contenido de ésta, se encontraban en el desván.

No abrigaba muchas esperanzas de encontrar algo adecuado ahí; sin embargo, subió la empinada escalera de madera que conducía al desván.

Al abrir el guardarropa percibió de inmediato la fragancia de violetas blancas que su madre siempre destilaba en la primavera.

Le trajo con tanta claridad el recuerdo de ese ser tan querido para ella, que casi percibió su presencia.

—¿Qué puedo hacer, mamá? —preguntó—. Anhelo que él me recuerde, pero me doy cuenta de lo provinciana y mal vestida que me veo, comparada con mujeres como Lady Bramwell.

Casi como si su madre la estuviera dirigiendo, sacó de un rincón del guardarropa el vestido que recordaba que su madre había usado en un baile hecho para celebrar una cacería, poco tiempo antes que muriera.

Selma casi había olvidado su existencia, mas ahora recordó que su padre había dicho, antes que salieran de la vicaría:

—Estás muy hermosa, querida mía. Y aunque la gente lo considere inexplicable… ¡pretendo bailar contigo todas las piezas de la noche!

Su madre había reído.

—¡Eso, sin duda, dará al condado tema de que hablar! Por supuesto, tienes que bailar con la esposa del representante de la reina, que te admira tanto, que me siento muy celosa de ella.

—No hay necesidad de que tengas celos de nadie —contestó su padre en esa ocasión—. ¡Tú has sido siempre para mí la mujer más hermosa que he visto en mi vida!

—Ése es el único cumplido que significa para mí más que cualquier otra cosa —repuso su madre con suavidad.

Se fueron al baile llenos de júbilo, después de prometer a Selma que le contarían todo a la mañana siguiente.

Ella se había quedado en lo alto de los escalones, agitando la mano en señal de despedida mientras ellos se alejaban en un carruaje.

Cuando volvió a la vicaria, pidió a Dios encontrar alguna vez un hombre tan encantador y apuesto como su padre y que la amara como él amaba a su madre.

Sacó el vestido del guardarropa y se dio cuenta que no era un vestido a la última moda.

La falda era de crinolina, un estilo que había estado de moda hasta dos años antes, cuando Frederidck Worth, en París, había decretado que pasara a la historia para ser reemplazada por el famoso polisón.

El vestido estaba confeccionado a base de tiras de tul color de rosa, el talle ajustado, dejando ver una diminuta cintura, un escote que dejaba los hombros al descubierto y pequeñas mangas abullonadas.

A Selma le parecía un vestido de cuento de hadas.

Debido a que Nanny siempre guardó las pertenencias de su madre con gran cuidado, no había una sola arruga en el vestido y no necesitaba plancharse.

Lo bajó a su dormitorio.

Más tarde, cuando Daws subió a preparar el baño para el duque, ella volvió a su cuarto, para contemplar el vestido, que había colgado en el armario.

Se sentía un poco temerosa de que Charles, y tal vez el duque mismo, se rieran de ella.

Después de arreglarse el cabello en lo que consideraba un estilo elegante, se puso el vestido, con su ancha falda de crinolina.

Pensó que El Palomar era el fondo adecuado para un vestido que recordaba el pasado.

Sentía que cualquier otro a la última moda, alteraría la vetusta belleza de las habitaciones, con sus vigas oscuras y sus ventanas con cristales en forma de diamantes.

De pronto, sintió impulsos de cambiarse y ponerse el vestido que había usado todas las noches desde que su señoría estaba en la casa.

El duque se lo había visto siempre, cuando ella daba masaje a su cuello antes que él se durmiera.

Después le daba su infusión de hierbas y, si tenía dolor de cabeza, le daba también masaje en la frente.

A Selma le parecía muy natural sentarse al borde de la cama. Cuando lo hacía, y él parecía observarla, ella no pensaba en él como en un hombre.

Sino como cualquier criatura que estaba sufriendo, como podía sufrir un pájaro o un conejillo.

Ahora, con el vestido de su madre, que la hacía parecer como una rosa del jardín, su personalidad era diferente.

Se veía joven y llena de candor… era sólo una jovencita que iba a cenar con tres caballeros de la aristocracia.

Escuchó cómo el duque bajaba por la escalera con mucho cuidado, ayudado por Daws.

Oyó también el carruaje que llegaba de Mortlyn, con Charles y con Oliver.

«¡No puedo bajar, no me atrevo a enfrentarme a ellos!», pensó llena de timidez. Entonces se rió de sí misma por ser tan tonta.

Sin importar su vestimenta, sólo la considerarían como la hija de un vicario, que había resultado inesperadamente útil al el duque y a Oliver.

Y, mientras descendía por la escalera, sintió como si toda la gente que había vivido en El Palomar antes que ella la estuviera observando.

Pensó en la gente, de los tiempos de la Reina Isabel, para quien había sido construida la casa originalmente; en los caballeros que, se decía, habían estado ocultos allí mientras Cromwell era «Protector de Inglaterra».

Pensó en las familias que se regocijaron de que fuera restaurada la monarquía y de que hubiera vuelto a ocupar el trono el «Monarca Alegre», como llamaban al Rey Carlos II.

La casa había tenido muchos dueños a través de los siglos.

De algún modo, era consciente de que le daban la bienvenida, porque atendía el jardín de las hierbas y comprendía lo importante que había sido para ellos, mientras vivieron.

Graves aguardaba en el vestíbulo y antes de abrirle la puerta de la sala, el mayordomo exclamó:

—Está usted preciosa, señorita, ¡y ésa es la verdad!

—Gracias, Graves.

Ella comprendió que el hombre decía eso con toda sinceridad. Eso la hizo mantener la cabeza en alto al entrar en la habitación.

Los tres caballeros estaban bebiendo la champaña que Graves había traído de la Casa Grande.

Cuando Selma apareció, se hizo un breve silencio, mientras la joven avanzaba hacia ellos.

Charles fue el primero en encontrar la voz.

—¿Necesito decirle que se ve usted simplemente maravillosa?, —preguntó.

Selma se ruborizó porque no pudo evitarlo. Miró hacia el duque, como si le pidiera con los ojos su opinión.

El levantó la copa.

—¡Brindo por una flor que acaba de desprenderse del jardín! —exclamó él con suavidad.

Se dio cuenta del repentino resplandor que sus palabras produjeron en el rostro de Selma.

—¡Qué elegante estás! —comentó Oliver y Charles lo bromeó por no ser más poético.

Todos iban riendo cuando entraron en el comedor.

* * *

Más adelante, Selma recordaría esa velada como la cena más excitante a la que hubiera asistido jamás.

Charles y el duque relataron anécdotas de su vida en el ejército, pero a ella le costaba trabajo recordar algo que no fuera su risa.

La cena estuvo deliciosa y Selma sintió como si toda la habitación resplandeciera como la dorada champaña que Graves les había servido en las copas.

Después del último platillo, la joven comprendió que era correcto que ella dejara a los hombres para que bebieran su Oporto o su brandy. Cuando ella se disponía ya a salir de la habitación, Charles dijo:

—No nos entretendremos demasiado.

Ella sonrió y repuso en voz baja.

—El duque no debe desvelarse.

—Yo me encargaré de eso.

Selma salió al pasillo. En el momento en que llegó al vestíbulo, Ted entró corriendo por la puerta del frente.

Esto la sorprendió porque normalmente él entraba en la casa por la puerta de la cocina. Al verlo correr hacia ella, comprendió que sucedía algo.

—¿Qué pasa, Ted?

Cruzó por su mente la idea de que tal vez Rufus había muerto. Entonces el muchacho contestó:

—Debo decirle, señorita Selma, que hay un hombre extraño atrás de la casa. Supongo que se trata de ese señor Lyne del que han estado hablando tanto.

—¿Atrás de la casa? ¿Estás seguro?

—Lo vi con mis propios ojos, señorita. Y parecía estar poniendo algo en el muro, afuera del estudio. Vine a decírselo, porque pensé que era importante.

—¡Hiciste muy bien, Ted! ¡Espera aquí!

Selma volvió presurosa al comedor.

Entró abruptamente. Los caballeros se volvieron a mirarla sorprendidos y ella exclamó jadeante:

—Ted dice que… el señor Giles… está poniendo algo contra el muro… afuera del estudio… ¡La habitación de su señoría está directamente arriba!

No esperó a decir más.

Charles y Oliver se incorporaron de un salto. Cuando salieron al vestíbulo, oyó a Charles ordenar a Graves que fuera con él y que llevara al joven Hunter y a los lacayos también.

Ella no los siguió. Se quedó mirando al duque, quien no se había movido de la cabecera de la mesa, que había ocupado durante la cena.

Y, cuando él miró hacia ella, Selma acudió solícita a su lado.

—¡Lo está… intentando de nuevo! —exclamó en voz baja—. Era lo que… suponía yo que… iba a hacer.

—Siéntese —le indicó el duque.

Debido a que se sentía impotente para discutir, Selma se sentó en una silla junto a él.

El duque tenía una copa de brandy a su lado. Se la pasó a ella diciendo:

—¡Beba un poco! Está sufriendo una fuerte impresión.

—Sí… me atemoricé demasiado —reconoció ella—. Tengo tanto miedo… por usted.

Al decir eso, tomó la copa, pero en el momento en que iba a beber de ella lanzó una pequeña exclamación:

—¡Dios mío! —dijo—. Ted mencionó que estaba poniendo… algo en el… muro. Si es… una bomba… o algo… explosivo, tal vez sea mejor que baje usted al sótano.

—¡No tengo intenciones de moverme de donde estoy ahora! —contestó el duque.

Selma puso la mano en el brazo de él.

—Por favor —suplicó—. No puedo soportar la idea de perderlo.

Él puso su mano sobre la de ella.

—Estoy convencido —expresó con voz tranquila—, de que me ha salvado usted por tercera vez, y no intento esconderme como rata en el sótano, ni por Giles, ni por nadie.

Debido a que él la estaba rozando, Selma sintió como si un leve estremecimiento hubiera recorrido su cuerpo.

Era mitad dolor y mitad éxtasis… una sensación que ella no comprendía.

Entonces, mientras lo miraba con ojos que parecían llenar su rostro entero, el duque observó:

—Yo sé, debido a que Giles fue frustrado una vez más en su intento por asesinarme, que estoy protegido por ti, Selma, y por ese Poder en el que tú crees.

El habló de forma tan lenta y positiva, sin la nota irónica que ella le había oído con tanta frecuencia, que Selma sintió que su temor disminuía.

En cambio, el amor pareció inundar todo su ser.

Tuvo que realizar un esfuerzo para no decir lo maravilloso que era y cuánto lo amaba.

En cambio expresó con voz un tanto trémula:

—Trataré… de ser tan… valerosa como… usted.

—Eso es lo que has sido siempre. ¡Eres una persona admirable, Selma!

Ella bajó los ojos. Cuando el duque notó que se había ruborizado, pensó que esto era algo que también la hacía diferente.

Todas las mujeres que conocía en Londres se habían olvidado ya de ruborizarse. Aunque pretendían ser tímidas, eran siempre tan fingidas que lo único que lograban con ello era irritarlo.

Pensó que Selma, con aquel vestido que parecía tomado de un cuadro, no sólo se veía como una rosa del jardín, sino que era tan natural, tan dulce y bella como un capullo en flor.

Y, sin embargo, aunque la admiraba mucho, se preguntó qué podría tener él en común con una muchacha que había vivido siempre en el campo, como Selma, excepto el peligro temporal creado por Giles, y la forma tan hábil en que ella lo había sanado.

Los horizontes de la joven habían estado limitados por los muros de la vicaría.

Temía expresar en voz alta lo que estaba pensando o que Selma, con su aguda percepción, lo descubriera.

Apartó su mano de la de ella. Después de cerciorarse de que tomara un par de tragos de su brandy, bebió él mismo el resto.

En seguida se puso de pie.

—Sugiero que vayamos a la sala y averigüemos qué está sucediendo —dijo.

—¿Cree su señoría que sea conveniente? Cuando menos ahora estamos en el extremo opuesto de la casa, del lugar en que fue visto el señor Giles.

—¡Me niego a ser intimidado por él! —contestó el duque con arrogancia.

Selma no pudo hacer otra cosa, por lo tanto, sino levantarse de la silla en la que había estado sentada, sintiendo como si las piernas no le pertenecieran.

Mientras caminaban juntos, con lentitud, se dio cuenta de que su corazón latía con fuerza, impulsado por el temor de que el duque estuviera corriendo un riesgo innecesario.

Podía, debido a alguna traición de parte de su primo, resultar lastimado una vez más.

Llegaron al vestíbulo y en el momento en que se dirigían hacia la sala, por la puerta de enfrente entraron corriendo Charles Seymour y Oliver.

—¡La encontramos! —exclamó Charles con aire triunfal.

—¿Qué encontraron? —preguntó el duque.

—¡La dinamita! —contestó Oliver, antes que Charles pudiera hablar—. ¡Varios cartuchos justo bajo la ventana de tu dormitorio!

—Llegamos apenas a tiempo —intervino Charles, todavía un poco sin aliento—. Había encendido las mechas y echado a correr.

—Las apagamos —dijo Oliver lleno de excitación—, ¡y pusimos la dinamita en la fuente!

—¡Oh, no! ¿En el jardín de las hierbas? —preguntó Selma.

No podía soportar la idea de pensar que algo tan horrible y peligroso pudiera arruinar su bienamado jardín.

—Graves sólo la puso ahí mientras iba a conseguir una cubeta. Después la va a arrojar al lago —explicó Charles.

Selma lanzó un leve suspiro de alivio.

Al mismo tiempo, se dijo que no importaba lo que ellos hicieran con la dinamita, en tanto ésta no explotara y matara al duque. Graves, Hunter y los lacayos entraron en esos momentos.

—Hemos buscado por todas partes —dijo el mayordomo a Charles.

—¿Y no encontraron nada?

—Nada, señor. Creo que con esos diez cartuchos, habría logrado lo que se proponía.

Graves miró al duque al decir eso.

Todos los que estaban escuchando sabían que la dinamita habría demolido el estudio y la habitación que había arriba de él, donde dormía el duque.

Si no lo hubiera matado, sin duda alguna lo hubiera herido de gravedad.

—Debo dar las gracias al hombre que, por fortuna, vio lo que sucedía —comentó el duque.

Salió por la puerta del frente y Selma comprendió que se dirigía al jardín de las hierbas.

Ella deseaba con desesperación acompañarlo.

Pero tenía la impresión de que él prefería expresar su gratitud a Ted, sin testigos presentes. Estaba segura de que lo recompensaría por haber estado tan alerta.

Por lo tanto, se dirigió a la sala, seguida por Charles y Oliver. Se sentó en el sofá y murmuró:

—¡No podemos… seguir así! ¡El señor Giles no cesará en sus propósitos!

—Yo pienso lo mismo —señaló Oliver—. Sin duda alguna podría prepararse alguna acusación en su contra. Charles tal vez podría acusarlo de haberle robado su bolsa de dinero, o de haberlo amenazado con una pistola.

—También yo pensé algo semejante —contestó Charles—, mas no puedo evitar el suponer que, a menos que realmente lo sorprendamos «con las manos en la masa», escapará y continuará tratando de matar a Wade.

Miró por encima de su hombro al ver que el duque no se había reunido todavía con ellos, antes de decir:

—Esta noche fue cuestión de segundos. Aunque en realidad no habría matado a Wade porque estaba en el comedor, la casa habría quedado dañada más allá de una posible reparación.

—¡No puedo… soportar… pensar eso! —murmuró Selma.

—Nadie ha hecho más esfuerzos que usted por mantener vivo a Wade —señaló Charles—, pero creo que él necesita volver a Mortlyn. Debemos tenerlo adecuadamente protegido, sin importar lo mucho que eso le moleste.

Selma no contestó.

Pensaba con desesperación que si ella no estaba junto al duque, de día y de noche; como estuviera en los últimos días, podría no presentir el peligro a tiempo y tal vez en esta ocasión no pudiera salvarlo.

Continuaron sentados hablando sobre lo sucedido, con el duque que había ido a reunirse de nuevo con ellos, hasta que Daws puso fin a la conversación.

Entró en la sala y habló en tono casi agresivo:

—He venido para llevarme a su señoría a la cama. ¡Va a estar mañana más débil, si no descansa ya!

Todos se echaron a reír, cuando el duque se puso de pie diciendo:

—¡Es inútil discutir con Daws cuando se porta como una combinación de mi niñera, que era muy dictatorial, y mi profesora de Eton, que era una tirana!

Mientras todos reían, el duque tomó la mano de Selma, para sorpresa de ésta, y se la llevó a los labios.

—Gracias por una velada deliciosa —dijo—. Me alegro que el drama se haya producido al final de ella y no al principio.

Antes que la joven pudiera pensar en una respuesta apropiada, cruzó la habitación hacia donde Daws estaba esperando.

Selma pensó que, aunque él no lo admitiría nunca, el duque se sentía muy cansado en realidad.

—Bien, debo decir —comentó Oliver—, que la vida en el campo ni es tranquila, ni mucho menos aburrida.

—Lo que está sucediendo ahora es bastante fuera de lo común —protestó Selma.

—¡Así lo espero! —exclamó Oliver—. Primero, escapo por centímetros de la muerte, después tío Wade cae en una trampa que casi le cuesta la vida.

Contuvo la respiración.

—Y ahora, la casa estuvo a punto de caernos encima. ¡Me pregunto qué pasará después! —agregó.

—¡Nada… lo deseo con toda mi alma! —exclamó Selma.

—¡Y yo también! —añadió Charles—. Tienes razón, Oliver, debemos hacer arrestar a Giles bajo algún pretexto. Mientras tanto, los caballos están esperando y creo que debíamos volver a Mortlyn.

—Ha sido una reunión muy especial —comentó Oliver—, pero la pasé muy bien, en verdad.

Selma sabía que eso era cierto, aunque el final hubiera sido aterrador.

Comprendió que Oliver era lo bastante joven como para sentir que aun el esfuerzo, por parte de Giles, para destruirlos, era emocionante.

Era algo que a él le gustaría relatar a sus amigos cuando volviera a Londres.

Sin embargo, eso no sería muy pronto, por la simple razón de que en él se había operado un notable cambio desde que llegara a Mortlyn.

A pesar de que aún le lastimaba un poco la pierna, hacía mucho ejercicio, sobre todo ahora que Charles estaba allí. Eso parecía haberle hecho olvidar a las mujeres que el duque llamara «cortesanas».

Tal vez echaba de menos a alguna en especial y todavía soñaba con ella durante los primeros días de su estancia en Mortlyn.

Selma pensaba que Oliver era uno de los jóvenes más agradables que hubiera conocido, y se preguntó si el duque tendría algún plan para su futuro.

Quizá el duque pensaba que sería un error que volviera a Londres y se lanzara nuevamente a las fiestas escandalosas de las que le había hablado, o bebiera más de lo conveniente.

El problema, se dijo, residía en que algunos jóvenes no tenían en qué ocuparse.

Aunque el duque y Charles tal vez se rieran de ella, la verdad era que Oliver necesitaba que le dieran alguna responsabilidad.

Se preguntó si podría hablar con el duque al respecto.

Tenía el temor de que él lo considerara una impertinencia de su parte, puesto que Oliver era nada menos que su sobrino.

«Es inútil que me preocupe por alguien a quien tal vez no volveré a ver», se dijo.

Pese a ello, sentía un sincero cariño por Oliver y también por Charles. Además de que amaba al duque cada día más. Su amor por él había crecido durante la estancia de su señoría en El Palomar. Sintió el irresistible impulso de ir a su habitación y preguntarle si no quería que le diera masaje al cuello antes de que se durmiera. Era muy posible que le estuviera doliendo por la tensión de lo sucedido y por el esfuerzo de bajar por la escalera.

Mas, de inmediato pensó que si el duque la necesitaba, enviaría a Daws a buscarla.

Por lo tanto, se dirigió a su propia habitación, se quitó el vestido y lo colgó con sumo cuidado.

Se puso su camisón y se arrodilló junto a su cama para orar como lo había hecho desde que era niña.

Oró por la seguridad del duque y porque encontraran alguna forma de evitar que su primo Giles volviera a causarle daño.

Eso era algo que había añadido a sus oraciones, desde el momento en que supo de la caída de la estatua sobre Oliver.

Buscaba la protección del cielo un centenar de veces, pues sentía que la única protección que el duque tenía era la de las oraciones que ella enviaba a Dios.

Entonces, aunque no había sido su intención hacerlo, oró por sé misma. Pidió al cielo que el duque sintiera un poco de cariño por ella, para que no la olvidara cuando se marchara de Mortlyn.

«Lo amo, Dios mío», dijo en silencio. «Lo amo con todo mi ser. Si sólo me recordara algunas veces, cuando haya vuelto a Londres con… Lady Bramwell… me sentirla… satisfecha».

Sin embargo, eso no era verdad.

Si era sincera, ella ambicionaba que el duque la amara, tanto como lo amaba a él.

Pero eso era imposible… tan imposible como volar a la luna, tocar las estrellas o entrar por las Puertas del Paraíso.

Él estaba fuera de su alcance y aunque ella lo amara y continuara amándolo hasta el último momento de su existencia, todo lo que podía esperar era que él la recordara algunas veces.

Era ya muy tarde cuando consiguió dormirse, para soñar con el duque.

* * *

Selma despertó con un estremecimiento, temerosa de que algo hubiera sucedido o de que el duque la hubiera llamado.

Pero cuando las primeras luces del día penetraron por entre las cortinas de la ventana, se dio cuenta de que todo estaba callado y tranquilo.

Comprendió entonces que sólo era el temor que acechaba siempre en su corazón porque ella lo amaba.

Se quedó tendida sobre la cama, pensando en él, hasta que el sol salió.

Como decidiera que no le sería posible volver a dormirse, después de vestirse, bajó.

Era demasiado temprano para que las doncellas hubieran llegado. Había un somnoliento lacayo de guardia en el vestíbulo.

Estaba dormitando en el amplio sillón que Graves había hecho traer de Mortlyn para lo que él llamaba «centinela de guardia nocturna».

Se incorporó con aire contrito cuando vio a Selma, pero ella le sonrió.

—Tranquilícese —le dijo—, no sucede nada. Desperté temprano y decidí salir al jardín.

El abrió la puerta del frente y ella salió.

Selma cruzó el rosedal para dirigirse al jardín de las hierbas.

Estaba temerosa, aunque sabía que era un absurdo de su parte, que la dinamita hubiera estallado en la fuente y destrozado el Cupido con su cuerno de la abundancia.

Todo estaba intacto. La fuente arrojaba el agua hacia el techo y cuando ella se asomó al cuenco no había señales de los cartuchos de dinamita.

Sólo se apreciaban los lirios acuáticos que crecían allí por doquier y cuyos botones empezaban a abrir.

Se sentó en la banca de piedra y pensó que la serenidad del jardín era muy reconfortante.

Casi como si éste le hablara, recordó cuántos siglos tenía allí. Él había visto ir y venir tiempos buenos y tiempos malos.

De manera inevitable, aunque tomara un poco de tiempo, el bien siempre triunfaba a fin de cuentas.

Después de un rato, Selma se puso de pie y se dedicó a atender sus preciosas hierbas, arrancando las hojas secas.

Cortó las hierbas que consideró útiles para el duque, sobre todo aquellas que le darían energía y vitalidad.

Volvió con lentitud a la casa.

Al entrar por la puerta del frente vio con gran asombro que el duque, ya completamente vestido, bajaba por la escalera.

—¡Se ha levantado milord! —exclamó ella—. Pero… ¿por qué?

—No podía dormir más —contestó él—. Decidí que ya era tiempo de que reanudara mi vida normal. Y yo siempre he desayunado temprano.

—Estoy segura de que es demasiado temprano para su señoría.

—Me niego a que me sigan mimando por más tiempo. ¡Daws se está quejando ya de que voy a tener una recaída, así que no hay necesidad de que tú también lo hagas!

Habló en tono agresivo, pero Selma se echó a reír.

—Como es evidente que su señoría va hacer lo que quiere, y que será inútil lo que yo diga, prefiero guardar silencio.

—Ése es, ciertamente, un paso en la dirección correcta —contestó el duque—, y nunca me han gustado las mujeres que hablan demasiado durante el desayuno.

—¿Prefiere milord desayunar solo? —sugirió Selma.

—¡Claro que no! Tú desayunarás conmigo, mas yo seré el único que hable.

Ella rió de nuevo, porque los ojos de él brillaban alegremente y Selma comprendió que la estaba bromeando.

Puso las hierbas que había traído sobre la mesa.

Sin pensar en cuál era su aspecto, caminó con el duque hacia el comedor.

Daws había dado aviso al personal de la cocina, de manera evidente, ya que Graves no llegaba aún de Mortlyn, y uno de los lacayos los estaba esperando.

El duque se sentó, como por derecho propio, a la cabecera de la mesa y Selma se sentó junto a él.

Mientras los lacayos traían las fuentes con el desayuno, Selma miró al duque y pensó que su aspecto había mejorado mucho.

Estaba más delgado que antes de sufrir el accidente, pero eso silo acentuaba su apostura.

Ya no tenía la palidez que tanto la preocupaba y su piel tenía un tono normal.

Estaba muy elegante.

Pensó con el corazón dolorido, que ahora que se sentía de nuevo dueño de sí mismo, estaba listo para reanudar su vida en el punto en que la había dejado.

—He pensado ir hoy a Mortlyn. —Empezó a decir el duque—. He indicado ya a Daws que cuando lleguen los sirvientes envíe a buscar mi faetón.

Selma contuvo a duras penas la protesta que iba a hacer, diciendo que él aún no estaba en condiciones de conducir un carruaje.

Sabía, puesto que podía leer sus pensamientos, que él esperaba esa protesta.

Por lo tanto, se obligó a sí misma a callar y sólo dijo:

—Estoy segura de que su señoría se sentirá… encantado de ver otra vez a… sus caballos.

—Dudo mucho que ellos me hayan echado de menos —contestó el duque—. Tengo entendido que Charles y Oliver se han encargado de que hagan mucho ejercicio.

—Eso ha hecho feliz a Oliver —intervino Selma—. Y yo quería, si milord no lo considera una impertinencia, hablar sobre él.

El duque enarcó las cejas y Selma comprendió que lo había sorprendido.

Y, mientras ella buscaba las palabras con las cuales expresar sus ideas al respecto, la puerta fue abierta de forma repentina y Oliver apareció en el umbral.

En el momento en que Selma volvió la cabeza para mirarlo, el muchacho gritó:

—¡Lo he matado! ¡He matado a Giles y él nunca volverá a amenazar tu vida, tío Wade!