Capítulo 2

Después del desayuno, a la mañana siguiente, el duque mandó llamar al señor Hunter que, como le recordara el señor Watson, estaba a cargo de todos los edificios que había en la finca.

Hunter era un hombre de campo que había servido a su padre y, como el duque bien sabía, tenía un profundo cariño por Mortlyn.

Era un jinete excelente y el duque le confiaba que ejercitara algunos de sus caballos más valiosos, que no confiara a nadie más exceptuando a su Palafrenero en Jefe.

El hombre entró con actitud respetuosa a la biblioteca donde el duque estaba leyendo los periódicos.

—Buenos días, Hunter.

—Buenos días tenga su señoría.

—Hoy he decidido inspeccionar las casitas que estén disponibles en el pueblo para ofrecer una a la señorita Linton.

Hubo una expresión temerosa en los ojos del señor Hunter, que lo desconcertó, pero el duque siguió diciendo:

—No tengo intenciones de darle El Palomar y me sorprende que usted haya sugerido tal cosa.

Se hizo un incómodo silencio y por fin el señor Hunter dijo:

—No hay casa adecuada para la señorita Linton, milord.

—¿Qué quiere usted decir con eso de «adecuada»? No tenemos ninguna obligación de dar albergue a la familia de un vicario que ya no está en funciones.

—Me doy cuenta de ello, como comprenderá su señoría.

El hombre no tenía nada más que decir y el duque se puso de pie.

—Muy bien, Hunter, deme usted una relación de las casitas disponibles. He prometido a la señorita Linton llevarla a verlas. Posteriormente le diré lo que he decidido.

—Como lo ordene su señoría.

El señor Hunter metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de papel. Se lo entregó al duque, hizo una respetuosa inclinación de cabeza y salió de la biblioteca.

Cuando el hombre se marchó, el duque pensó que tal vez fue más brusco de lo que había intentado.

El señor Hunter era una persona excelente y desempeñaba su trabajo a la perfección. Nunca había oído una palabra de crítica en su contra y eso era fuera de lo común.

Sin embargo, le pareció una impertinencia de su parte sugerir que se diera a Selma Linton algo tan importante para la familia como era «El Palomar».

«Supongo que, como es una muchacha tan bonita», pensó con menosprecio, «todos los hombres han de andar corriendo tras ella». Se dirigió hacia su escritorio.

Al hacerlo, notó que encima de la pila de cartas que había llegado esa mañana, aparecía una que él reconoció como de Doreen Bramwell.

Sin duda contenía un reproche expresado con palabras suaves, de que él se hubiera visto obligado a dejar Londres y una sugerencia de que debían verse lo antes posible.

No obstante, eso era algo que él no tenía intenciones de hacer.

Por lo tanto, se preguntó cómo podía hacerle comprender, sin mostrarse hiriente, que su idilio, por breve que hubiera sido, había terminado ya.

Una vez más se preguntó por qué una mujer hermosa, por mucho que lo fuera, no lograba retener su interés. Doreen Bramwell no había sido la excepción.

Debido a que estaba irritado con sus pensamientos, levantó el pedazo de papel que el señor Hunter le había dejado.

Sin abrirlo, lo deslizó en su bolsillo.

Miró el reloj y comprendió que era demasiado temprano para que le trajeran su faetón.

Decidió, por lo tanto, que iría a la caballeriza, a discutir con Hobson los progresos logrados por sus nuevos caballos.

En esos momentos bajaba por la escalera, tarde como era de esperarse, Oliver.

—Buenos días, tío Wade —saludó—. No me riñas por haberme levantado tan tarde. En verdad, estaba muerto de cansancio. Es la primera noche de sueño completo que tengo en varias semanas.

El duque se rió.

—No te estoy riñendo. Sólo pienso que el que nos hayamos acostado temprano, y sobrios, es la verdadera razón de que hayas dormido plácidamente.

—¡Ahora me estás sermoneando!

Sin embargo, Oliver no dijo esto en tono de queja. Sonreía a su tío, de buen humor, antes de preguntar:

—¿Vas a salir? Yo esperaba que pudiéramos ir a cabalgar.

—Lo haremos después del almuerzo —respondió el duque—. Tengo un compromiso esta mañana.

Se detuvo y entonces continuó:

—Sin embargo, voy hacia la caballeriza y ordenaré que te ensillen uno de mis caballos para que puedas quemar sobre él algo de tu energía sobrante.

—Eso me encantaría —contestó Oliver—, pero no tardes demasiado.

Caminó hacia el desayunador.

El duque se dirigió por otro corredor que desembocaba en una puerta posterior, que era la más cercana a la caballeriza.

Pensó, al salir al patio empedrado, que había hecho bien en llevar a Oliver al campo.

Tal vez, después de que cenaran esa noche, podría hablar con él seriamente sobre su futuro.

* * *

Hobson, el Palafrenero en Jefe, tenía muchas cosas que explicarle acerca de los caballos. Por lo tanto, eran más de las diez cuando el duque pudo al fin subir a su faetón.

Era conducido esa mañana por un tiro de caballos negro azabache, con sangre árabe en las venas, por el cual había pagado una cantidad considerable de dinero.

Como solo le tomaría diez minutos llegar a la vicaría, se dio cuenta de que iba a llegar demasiado temprano.

Por lo tanto, salió por la puerta posterior del patio que había junto a la caballeriza, de donde partía un sendero a través del cual podía rodear el parque.

De ese modo llegaría al pueblo por otro lado de la propiedad.

El sol brillaba de forma espléndida; sin embargo, se percibía un viento ligero que refrescaba el ambiente.

Mientras conducía con su acostumbrada habilidad, el duque pudo disfrutar del espectáculo que ofrecían sus extensos campos de labranza, en los cuales empezaban a brotar las cosechas.

Admiré el bosque que él sabía le proporcionaría buen material de caza en el otoño, así como el río en el que pululaban las truchas.

Pensó que sería divertido llevar a Oliver a pescar algún día.

Recordó la emoción de pescar su primera trucha, aunque era muy pequeñita, cuando sólo tenía ocho años.

Mientras continuaba avanzando pensó que todos y cada uno de los rincones de su propiedad evocaban en su mente algún recuerdo de su infancia.

En la casa, adondequiera que fuera, recordaba a su madre, que había dado todo su amor a su esposo y a sus hijos.

Era imposible imaginarla siendo promiscua o infiel, como las mujeres con las cuales se relacionaba en Londres.

Sabía que, si era sincero, aunque recibía sus caricias, también las despreciaba porque eran infieles a sus esposos.

Habían olvidado los principios o la moral que pudieron haber tenido cuando eran jóvenes.

Mas como no deseaba pensar en Londres en esos momentos, sino disfrutar de su estadía en el campo, se concentró en guiar su vehículo.

Lo condujo a través de los senderos sinuosos, con sus setos cubiertos de madreselva.

* * *

Exactamente a las once de la mañana, condujo los caballos hacia el sendero de la entrada de la vicaría y los detuvo en la puerta del frente.

No le sorprendió que Selma lo estuviera esperando ya, pues juzgó que nadie en la posición de esa muchacha podría evitar sentirse muy emocionada ante la idea de ir con él en su faetón.

Al mismo tiempo, las mujeres eran invariablemente impuntuales. Ella bajó a toda prisa los escalones y, sin esperar a que él bajara del carruaje, lo cual hubiera sido difícil sin alguien para detener los caballos, subió al faetón.

Se movía de forma tan grácil que el duque sintió como si tuviera alas.

Observó que se veía en extremo bonita, en un sencillo vestido de algodón azul pálido.

Llevaba puesto un pequeño sombrero de paja, que parecía casi una aureola, alrededor de su cabello rubio y su rostro puntiagudo.

Al mirarla, el duque comprendió que había olvidado la forma extraña en que sus ojos y sus labios se elevaban sesgados en las esquinas.

Se preguntó si, de hecho, la obsesión que ella parecía tener respecto a las hierbas no se debería a que tenía un cierto parecido con las hadas y los duendes del bosque.

Cuando era pequeño, su madre le había contado que dejaban círculos de hongos sobre el césped en el lugar mismo donde habían bailado.

De pronto decidió que estaba mostrándose muy imaginativo respecto a la hija del vicario.

«Cuanto más pronto le encuentre una casita y me olvide de ella, mejor», se dijo.

Salió del sendero con mucho cuidado, ya que las puertas no eran muy anchas.

Al dirigirse hacia el pueblo, sacó de su bolsillo el papel que el señor Hunter le había dado y se lo dio a Selma.

—Usted encontrará en ese papel una relación de las casitas que están disponibles —explicó—. Indíqueme cómo llegar a ellas, porque no estoy seguro de saber dónde están ubicadas.

La muchacha tomó el papel de su mano y, antes de abrirlo, dijo:

—Primero debo agradecer a su señoría la oportunidad de viajar en su faetón.

—¿Es algo que usted deseaba hacer? —preguntó el duque.

—Pues… por supuesto —contestó ella—. Y cuando veo sus magníficos caballos, sueño despierta que los monto.

Y se rió al decir eso.

El duque se dio cuenta de que no estaba tratando, como lo habría hecho cualquier otra mujer, de arrancarle una invitación para que los montara.

—Ahora que uno de sus sueños se ha hecho realidad —dijo en tono seco—, ¿adónde vamos primero?

Selma abrió el papel. Se produjo un leve silencio antes que expresara con una voz un poco extraña:

—Aquí hay sólo el nombre de una casita.

—¿Una? —preguntó el duque—. Le dije a Hunter que me diera los nombres de todas las que hubiera disponibles.

—Eso es exactamente lo que el señor Hunter ha hecho, milord.

Hubo una pausa antes que el duque preguntara:

—Bueno, ¿y dónde está?

—En el extremo opuesto del pueblo. Es conocida como la Casita Desolación y nadie ha vivido en ella desde hace muchos años.

—¿Por qué no?

Hubo de nuevo una pausa antes que Selma explicara:

—Allí fue cometido un crimen hace más de cien años y la gente le ha tenido aprensión desde entonces.

El duque la miró asombrado.

—¿Quiere usted decirme que es una casita abandonada por completo?

—Debe verla, su señoría.

—Entonces, ¿por qué no me lo dijo Hunter?

Aun mientras hablaba comprendió la razón. El hombre estaba ansioso de que la señorita Linton viviera en El Palomar.

Esto lo hizo decidir con más firmeza que nunca lo permitiría. Pasaron a través del pintoresco pueblo, con sus casitas de techo de palma y sus pequeños jardines llenos de flores.

«En verdad es un modelo en su tipo», pensó el duque con satisfacción.

Al pasar ellos, la gente se quedó mirando primero a Selma sentada junto a él y después lo saludó con la mano cordialmente.

Eso era algo que no habría sucedido, comprendió el duque, si él hubiera ido solo.

Las lindas casitas terminaron y, después de pasar los asilos, avanzaron unos cuatrocientos metros más por un camino en el cual no había construcciones.

Entonces, más allá de un terreno cubierto de maleza que alguna vez debió haber sido un jardín, apareció la famosa «Casita Desolación». No hubo necesidad de inspeccionarla.

El tejado se había caído hacia el interior, no había un solo vidrio en las ventanas y la construcción misma no era sino un ruinoso cascarón. «Aun acercarse a ese lugar sería peligroso», pensó el duque.

—Supongo —dijo en voz alta cuando Selma no habló—, que esto es una impertinente broma de Hunter.

—Por favor, no se enfade con él —suplicó Selma.

Se detuvo y entonces continuó:

—Su señoría le pidió los nombres de las casitas desocupadas que hubiera en el pueblo. Ésta es la única.

En seguida le dirigió una de sus pequeñas y extrañas sonrisas antes de decir:

—Todos en los alrededores quieren vivir en Little Mortlyn.

—¿Por qué? —preguntó el duque.

—Sin pretender adular a milord —contestó Selma—, su señoría tiene fama de ser muy buen casero.

Titubeó y después dijo:

—Además, tal vez su señoría comprenderá cuando le diga que, mientras mis padres vivieron, hacían sentir a todos en el pueblo que eran parte de una gran familia.

—Ellos ya no viven y, si usted insiste en quedarse aquí, tendremos que buscarle algún lugar donde vivir.

La respuesta era obvia y él esperó a ver qué decía Selma. Ésta hizo un leve ademán con las manos antes de exclamar:

—Supongo… milord… que… tendré que… irme.

—Debe haber alguien con quien usted pueda vivir… algún otro lugar al cual dirigirse.

Selma no habló y después de un instante el duque preguntó:

—¿Quiénes son los familiares de su madre? Quizá alguno de ellos pueda ofrecerle un hogar.

Él sabía que estaba mostrándose inflexible al decir eso.

Al mismo tiempo, se dijo que no dejaría que nadie lo obligara a dar El Palomar a la señorita Linton. No importaba lo que Hunter, Watson o cualquiera pudiera pensar al respecto.

«Todo este asunto es absurdo», pensó. «Esta muchacha no es mi responsabilidad».

Era evidente que ella estaba pensando cómo contestar a su pregunta. Después de un prolongado titubeo, dijo:

—Es muy… difícil. Mi abuelo vive en el norte de Escocia… es muy anciano. Cuando mamá se casó… mi abuelo se opuso a ello.

—¿Por qué?

—Porque papá era inglés. Su señoría sabe, puesto que ha ido a Escocia, que muchos escoceses odian aún a las ingleses.

El duque sabía que eso era verdad y preguntó:

—¿Cómo se llama su abuelo?

—Lord Nabor. Es el jefe del clan de los McNabor.

El duque se mostró asombrado.

Conocía muy bien la importancia que tenían los jefes escoceses, aunque algunos de ellos eran muy pobres y sus castillos estaban en ruinas.

—¿Y usted cree que su abuelo no la recibiría, porque tiene sangre inglesa en sus venas?

Selma unió las manos.

—¡Oh, por favor… su señoría! Yo no quiero vivir en Escocia. Sólo deseo quedarme… aquí con la gente a la cual conozco desde que era yo… pequeñita.

El duque no contestó y ella dijo, como si estuviera hablando consigo misma:

—La gente de aquí me quiere… y si la dejo, me… echará de menos.

—Lo que quiere decir —exclamó el duque en tono despectivo—, es que echarían de menos las hierbas que usted les ha asegurado que son mágicas, y a la que ellos consideran como su «Bruja Blanca».

Selma no contestó y él sintió como si hubiera golpeado algo pequeño y vulnerable. Comprendió que era un proceder del que ningún caballero de estirpe sería capaz.

Tiró de las riendas.

—Como he oído hablar tanto de esas hierbas y del jardín de donde proceden —dijo—, iremos a verlo.

No pudo evitar el tono irritado de su voz.

Tuvo la impresión, mientras seguía adelante, que Selma estaba luchando contra las lágrimas que habían humedecido sus ojos.

«Esto es típico de una mujer», se dijo furioso. «Cuando no pueden conseguir lo que quieren, lloran. Esperan que un hombre ceda ante ellas, al verlas con ese aire patético».

Mas eso era algo que él no pensaba hacer.

En el peor de los casos, haría construir una casita para Selma. Mas, bajo ninguna circunstancia le daría El Palomar.

Cruzaron en silencio las rejas de hierro forjado, con sus pequeñas logias de estilo georgiano a cada lado.

Avanzaron un poco por el sendero que conducía hacia la casa, pero entonces el duque dio vuelta a la izquierda y como a medio kilómetro del parque encontraron El Palomar.

El jardín estaba rodeado de viejos árboles. Por órdenes suyas, los prados estaban cubiertos de verdor y bien cuidados.

Los setos de tejos estaban también podados con esmero y adornados figuras de aves recortadas en forma magistral.

La casa misma, pensó él, estaba más hermosa aún de lo que él recordaba.

Los ladrillos tenían el tono rosado suave de los isabelinos; las ventanas con altillos tenían los cristales en forma de diamantes y sobre la puerta, la fecha de construcción tallada en piedra daba el toque final de belleza antigua a la casa.

Había un jardinero de Mortlyn trabajando frente a ella. Se incorporó cuando vio que se acercaba el faetón.

Cuando se dio cuenta de que era conducido por su amo, se apresuró a ir a la cabeza de los caballos.

El duque descendió del faetón y dio la vuelta para ayudar a Selma a bajar, pero ella ya había saltado, antes que él llegara a su lado. Selma palmeó el cuello de uno de los caballos.

—Buenos días, Ben —la oyó el duque decir al jardinero—. ¿Está mejor su mamá?

—Mucho mejor de lo que la había visto en años, gracias a usted, señorita —contestó Ben.

Ella se percató de que el duque se había reunido con ellos y levantó la vista hacia él, para decir:

—Sus caballos son magníficos, como yo esperaba.

—¿Porque son míos? —preguntó el duque.

Todas las mujeres que él conocía en Londres habrían contestado afirmativamente.

Agregarían, también, que los caballos eran magníficos como su dueño. Selma, en cambio, repuso de una forma indiferente:

—Es lo que todos esperan de las caballerizas de Mortlyn.

Dio de palmadas al otro caballo y enseguida preguntó:

—¿Quiere su señoría que lo lleve al jardín de hierbas?

—Para eso estamos aquí. —Contestó el duque.

Ella cruzó bajo un arco formado bajo el muro de ladrillo rojo que había a un lado de la casa.

Primero pasaron por un jardín de rosas, con un viejo reloj de sol en el centro.

Entonces, a través de otro arco, pasaron a un pequeño jardín en cuyo centro se encontraba una fuente.

En esos momentos no estaba funcionando; pero el agua debía salir de un cuerno de la abundancia sostenido por Eros.

El tazón de piedra estaba tallado con pequeños Cupidos regordetes, que llevaban, en lugar de guirnaldas de flores y frutas, lo que al duque le pareció que eran hierbas.

Era muy antigua y él estaba seguro de que había sido construida al mismo tiempo que la casa, cuando se inició también el jardín de hierbas. El duque esperaba que el jardín estuviera bien cuidado y vio que, en efecto, los pequeños lechos estaban en perfecto orden. A pesar de sí mismo, el duque se sintió impresionado.

—¿Usted hizo todo esto? —preguntó.

Selma movió la cabeza de un lado a otro.

—No. Fue mamá quien plantó todo con amor y quien me explicó con exactitud qué hierbas cultivar y con qué frecuencia sembrarlas y cosecharlas.

El duque no contestó y, después de un momento, Selma añadió en voz baja:

—Siempre que vengo… aquí, imagino que mamá está… junto a mí, guiándome y… diciéndome lo que… debo hacer.

El duque escuchó el zumbido de las abejas y el canto de los pájaros que había en los árboles, afuera del jardín.

Se percibía un aroma fresco y perfumado, en el aire, diferente de cualquier otro olor que él hubiera percibido nunca.

Aunque el jardín era en verdad hermoso, el duque advirtió que, aparte de eso, para Selma tenía un significado especial.

Era como si una voz en el interior de él le dijera que la muchacha pensaba que todo lo que crecía ahí era para beneficiar a otras personas.

Como si pensara, con cierta inquietud, que estaba siendo hipnotizado por cuanto veía, dijo:

—Debo felicitarla, señorita Linton, por la labor que ha hecho usted aquí. Comprendo que debe considerar esto muy valioso para lo que sin duda considera como su profesión.

Hablaba en un tono arrogante, casi cínico, que él se daba cuenta, confundía a la, mayoría de la gente.

Pero, para sorpresa suya, Selma se dio la vuelta.

Empezó a caminar a través de la abertura que había en el muro, por donde habían entrado.

Para su irritación, el duque infirió que Selma pensaba que él estaba profanando algo que para ella era sagrado.

Deseaba, aunque eso pareciera increíble, que saliera del jardín lo más pronto que fuera posible.

El duque no tenía idea de cómo sabía esto; al mismo tiempo, se dijo que era una impertinencia de parte de la joven.

El jardín era propiedad de él. ¿Cómo se atrevía a mostrarse tan posesiva?

Sorpresivamente, antes que Selma llegara a la entrada, apareció un hombre que se acercó corriendo a ellos.

Al darse cuenta de la prisa que parecía llevar, el duque lo miró desconcertado y se dio cuenta de que era Hunter.

No se movió de la fuente, donde se había detenido, y el señor Hunter llegó corriendo hasta donde él estaba.

—Vengo a avisar a su señoría —dijo jadeante—, que lo necesitan en la casa… con urgencia.

—¿Qué ha sucedido y por qué tiene usted tanta prisa?

—Se trata del señor Oliver, milord. Estaba saliendo por la puerta del frente, porque iba a cabalgar, cuando una estatua cayó del techo.

El duque lo miró con asombro, antes de preguntar:

—¿Que una estatua cayó del techo? ¡No lo creo!

—Habría matado al señor Oliver, si le hubiera caído en la cabeza. En el momento en que salía, se dio la vuelta porque había olvidado su fuete y eso le salvó la vida.

—Pero ¿está herido? —preguntó el duque.

—La estatua lo golpeó en la parte posterior de una pierna, milord, porque estaba dando un paso largo con la otra, y la tiene muy lastimada.

—¿Ya mandó usted por un médico?

—El doctor no está, su señoría —contestó el señor Hunter—, y no volverá en varios días.

Se detuvo para recuperar el aliento y entonces continuó:

—Vine a buscar a la señorita Selma. Me dijeron que había salido con su señoría y supuse que estaría aquí.

Miró hacia Selma, al decir eso. Ella había estado escuchando.

—Usted podrá ayudarlo —dijo.

Era una declaración.

—Debe haber algún doctor… —empezó a decir el duque.

Para su asombro, comprendió que ni Selma ni Hunter lo escuchaban.

Ella estaba pidiendo en voz baja más detalles sobre la herida, y Hunter le respondía aún con voz jadeante.

—Debe estar sufriendo intensos dolores y supongo que ha perdido mucha sangre —observó Selma.

—Lo estaban subiendo cuando salí de la casa —contestó el señor Hunter—. El señor Graves me dijo: «Ve a traer a la señorita Selma y no tardes…». Así que no perdí tiempo haciendo preguntas.

—Eso fue muy sensato.

Selma se alejó corriendo del lugar donde estaba el señor Hunter y empezó a recoger hierbas, primero de un lecho, después de otro. El duque se acercó a Hunter y dijo:

—Esto es absurdo. Debe haber algún doctor cerca de aquí.

—La señorita Selma sabrá curarlo, milord.

El duque iba a protestar cuando Selma volvió corriendo con un puñado de hierbas en la mano.

Miró hacia el duque y éste comprendió, sin necesidad de que ella le dijera nada, que esperaba que la llevara a la casa.

Selma caminó frente a los dos hombres y cruzó el jardín de rosas hacia el faetón.

Estaba ya sentada en él cuando el duque y el señor Hunter llegaron. El duque subió al faetón y tomó las riendas.

Hunter corrió hacia su caballo, que esperaba tranquilo, mordisqueando la hierba del prado.

Para montarlo esperó hasta que el duque hubo partido.

Una vez que el faetón salió del sendero, él se lanzó a toda velocidad hacia la casa grande, a través del parque.

Como el señor Hunter atravesó el parque, llegó a la casa antes que ellos y estaba esperando en lo alto de la escalinata, cuando el duque detuvo sus caballos.

Selma bajó casi antes que las ruedas dejaran de girar.

De inmediato, mientras ella corría alrededor del faetón, el duque también bajó.

Empezaron a subir por la escalera uno al lado del otro.

—He averiguado, milord —dijo el señor Hunter cuando llegaron a su lado—, que el señor Oliver fue llevado a su dormitorio y que la señora Fielding y el ayuda de cámara de su señoría están con él.

El duque no contestó.

Con gran esfuerzo se mantenía al lado de Selma, quien parecía flotar, más que caminar, y que había subido con increíble velocidad la escalinata y ahora cruzaba el vestíbulo de igual forma.

Subió por la gran escalera como si sus pies no rozaran los escalones. Los dormitorios que el duque y sus invitados más importantes usaban, se encontraban en el primer piso.

Había una distancia bastante considerable de la puerta del frente hasta allí, pero llegaron al dormitorio de Oliver con más rapidez de la que el duque hubiera pensado que era posible.

Era conocido como el Cuarto del Príncipe y pensó que era extraño que Selma no preguntara dónde estaba.

De inmediato se dijo que todo cuanto acontecía en la casa, debía ser comentado en el pueblo.

Estaba seguro de que todos sabían que el Cuarto del Príncipe era el que Oliver ocupaba cada vez que visitaba Mortlyn. Como debían saber también que el Cuarto de la Reina era el preferido de su hermana, la madre de Oliver, cuando estaba allí.

Al duque no le sorprendió encontrar la habitación llena de sirvientes, cuando entraron en el Cuarto del Príncipe.

Estaban Graves, el mayordomo, la señora Fielding, ama de llaves, varias doncellas, dos lacayos y Daws, su ayuda de cámara personal, quien era siempre muy necesario en una crisis.

Cuando el duque y Selma entraron, todos se retiraron de la cama, haciéndose hacia atrás.

El duque observó que no lo miraban a él, sino a Selma.

Oliver había sido llevado a su cama, como el señor Hunter le dijera, después del accidente.

Le habían quitado la bota de montar, cortándola, y lo dejaron sólo en camisa.

Una manta cubría su cuerpo.

Su pierna, que sangraba profusamente, estaba expuesta al pie de la cama.

El muchacho estaba gimiendo de dolor y movía la cabeza de un lado a otro, como si el sufrimiento fuera intolerable.

Sin prestar atención a la gente que se encontraba en la habitación, Selma se dirigió hacia la cama.

Se inclinó sobre Oliver y habló con la voz suave que el duque la había oído usar con el polluelo del cisne:

—Tranquilícese… el dolor pronto pasará y debe usted ser muy valeroso.

—No puedo… soportarlo… más —murmuró Oliver.

—Lo sé —dijo Selma—, pero trate de pensar en algo distinto… algo que le guste o en alguien a quien ame.

Puso la mano sobre la frente de él.

Como si comprendiera que el muchacho tenía frío, tiró de la manta, que le habían doblado en la cintura, para cubrirlo mejor.

Luego se movió para examinar la pierna, que el duque pensó que estaba tan mal herida, que la mayoría de las mujeres se habría desmayado al verla.

La piel de la pierna estaba destrozada y continuaba sangrando, aunque ninguna arteria había sido afectada.

Su tobillo estaba torcido hacia un lado, lo que reveló al duque que se había fracturado.

Selma lo observó por un largo instante antes de decir:

—Señora Fielding, ¿podría usted prepararme un jarabe con estas hierbas, como el que hiciera para mi madre, cuando el difunto señor conde se rompió la clavícula?

—Sí, señorita Selma, lo recuerdo muy bien. Lo haré ahora mismo. Selma entregó al ama de llaves algunas de las hierbas que llevaba y entonces añadió:

—Hágalo lo más rápido que pueda. Eso aliviará el dolor del señor Oliver y entonces podré enderezarle el tobillo.

El duque iba a intervenir pero Selma se había vuelto hacia uno de los lacayos para decirle:

—James, quiero una tablilla exactamente del mismo largo y el mismo tamaño de la que coloqué a tu hermano.

—Sí, recuerdo cómo era, señorita.

—Por favor, date prisa.

—Emily —dijo Selma dirigiéndose a la doncella más vieja—, ¿podrían usted y Amy romperme una sábana limpia para hacer vendas? Las necesito de dos o tres pulgadas de ancho.

—Sí, señorita.

Las doncellas siguieron a la señora Fielding, quien en ese momento salía de la habitación. James ya se había ido.

Selma observó de nuevo la pierna lastimada, y dijo a Graves:

—Debemos asegurarnos de que no hay fragmentos de cuero, una vez que hayamos limpiado la herida.

Hizo una pausa y luego continuó:

—Yo sé que usted encontrará algunas ramas de marzoleto en el jardín y si las usamos antes de aplicar la miel, las flores se encargarán de extraerlos.

Graves dirigió al duque una mirada llena de turbación, antes de contestar:

—Sí, señorita. Iré ahora mismo a buscarlas.

Sólo quedaron el duque, Daws y Selma.

—Sólo hay otra cosa que necesito —indicó Selma—, y es la miel. Si usted va a la despensa, encontrará a la señora Burrows allí.

Se detuvo y después continuó:

—Cuanto más espesa esté la miel, tanto mejor. Pregúntele si tiene todavía miel del año pasado.

Daws titubeó por un momento, como si estuviera pensando si debía o no pedir autorización de su amo antes de obedecer a Selma.

Sin embargo, pareció decidir que no era momento para muchas ceremonias y salió como el resto de los sirvientes.

La muchacha se acercó de nuevo a Oliver.

Mientras que ella daba instrucciones, el enfermo se había estado quejando, aunque ya no tan dolorosamente como lo hiciera cuando llegaron.

La muchacha puso la mano sobre la frente del herido y la movió con suavidad, eso pareció tranquilizarlo.

El duque hubiera hablado, pero comprendió que Selma se estaba concentrando tan completamente en lo que hacía que era dudoso que lo hubiera escuchado.

La observó y, después de unos momentos, se dio cuenta de que estaba orando.

Sin apartar la mano de la frente de Oliver, se quitó el sombrero y lo arrojó descuidadamente al suelo.

Y, con los ojos cerrados, continuó masajeando con suavidad la frente del muchacho y orando hasta que los gemidos de éste se convirtieron sólo en un leve murmullo de dolor.

Uno por uno los sirvientes volvieron, pero Selma no les pidió nada, hasta que apareció la señora Fielding.

Llevaba un vaso en la mano. Cuando se lo entregó a Selma dijo:

—Lo hice exactamente como la vez pasada, señorita y tuve mucho cuidado con las semillas de amapola.

El duque se estremeció. Sabía muy bien que de esas semillas se extraía el opio y lo peligrosas que podían ser.

Se estaba preguntando si debía advertir a Selma que no las usara, cuando ella, como si supiera lo que el duque estaba pensando, explicó antes que él pudiera hablar:

—La amapola silvestre no es peligrosa si se usa sólo una dosis muy pequeña y se le mezcla con otras cosas.

Tomó el vaso de la mano del ama de llaves y lo palpó para ver si estaba a la temperatura adecuada.

Levantó la cabeza de Oliver en lo que el duque advirtió era una forma muy experta.

—Quiero que beba esto —dijo con voz tranquila, casi hipnótica—. Le hará dormir y el dolor desaparecerá.

Continuó diciendo con suavidad:

—Tiene mal sabor; sin embargo, yo sé que usted va a ser muy valeroso y lo beberá, porque le hará mucho bien.

Casi como un niño, Oliver bebió el contenido del vaso y sólo cuando terminó, murmuró:

—¡Eso… sabía… horrible!

—Lo sé —contestó Selma—, pero ahora se dormirá.

Continuó en tono muy suave:

—Piense que está acostado en el sol y que el calor de este mitiga el dolor y alivia su pierna. Además, que está usted cabalgando en uno de los magníficos caballos de su señoría. Concéntrese en ello, piense en el caballo que lleva bajo usted y en cuánto disfruta de la cabalgata.

El movimiento de la mano de Selma sobre su frente se fue haciendo más lento y por fin, cuando se detuvo, el duque se dio cuenta de que Oliver se había dormido.

Estaba sin duda alguna drogado por la pócima que Selma le había hecho beber y tal vez hipnotizado por el movimiento de su mano.

El duque estaba tan absorto en verla que no se había percatado de que todos los demás sirvientes, enviados a diferentes menesteres, habían vuelto a la habitación.

Por primera vez, desde que habían entrado en el dormitorio, Selma se volvió para mirarlo.

—¿Tiene su señoría la bondad de colocarse junto a su sobrino? Si se mueve, debe impedirlo. De otra manera, por favor, no lo toque.

Sin protestar, porque no supo cómo oponerse a las órdenes de ella, el duque se colocó junto a la cabecera de la cama.

La oyó hablar a Daws en voz baja.

Entonces, con asombro, vio que Selma tomaba con firmeza la destrozada y ensangrentada pierna de Oliver.

Con un rápido movimiento de las manos, mientras Daws detenía la rodilla afectada, acomodó el tobillo dislocado en su lugar. Lo hizo de forma tan rápida y perfecta, que al duque le resultaba difícil admitir que el tobillo estaba de nuevo en su sitio. Ella y Daws lavaron entonces la pierna con mucho cuidado, quitando pedazos de media que se habían incrustado en la piel destrozada. Después la rociaron poco a poco con agua en que se habían desecho las ramas de marzoleto.

Para sorpresa del duque, Selma cubrió entonces toda la herida con una espesa capa de miel de abejas.

Tuvo que usar dos frascos para lograr que la pierna quedara completamente cubierta.

Las doncellas le llevaron las vendas, así como pedazos de sábana que Selma dobló a modo de compresas.

Colocó la tablilla con suma habilidad, rodeándola previamente de tela, para que no fuera a lastimar lo que quedaba de piel. Después vendó toda la pierna, desde la rodilla hasta el pie. Eso requirió mucho tiempo, pero para alivio del duque, Oliver no se movió durante todo el proceso de su curación.

Cuando las sábanas ensangrentadas fueron retiradas y se pusieron limpias en su lugar, Selma bajó la vista con satisfacción hacia la pierna. Envuelta como estaba en otro pedazo de tela limpia, era difícil recordar la espantosa masa sanguinolenta que fuera horas antes. Selma colocó una manta muy ligera sobre ella.

Al terminar, sonrió a Daws:

—Gracias. Usted me ayudó mucho.

—Nunca había yo visto nada igual, señorita —contestó Daws—, a pesar de que traté muchas heridas hace tiempo.

—Me lo imaginé. Y sabía que usted había estado en el ejército con su señoría.

—Daws es, de hecho, un excelente enfermero —intervino el duque.

—Todos han sido muy bondadosos.

Selma calló un instante antes de continuar diciendo:

—No quiero que se cambien los vendajes en las próximas cuarenta y ocho horas, a menos, desde luego, que el señor Oliver se queje.

Su voz era muy seria al decir:

—Debemos hacer todo lo posible por evitar que se mueva, hasta que el hueso haya soldado.

—¿Quiere usted que le siga yo dando las hierbas, señorita? —preguntó la señora Fielding.

—Tengo otras más que me gustaría utilizar. No olvide tirar lo que haya quedado del jarabe hecho con las semillas de amapola. El no debe tomar ya más de eso.

—Comprendo —contestó la señora Fielding.

El duque sentía como si hubiera entrado en un mundo desconocido.

—Sin duda —dijo a Selma—, querrá usted que lo vea un doctor, ¿verdad?

—Si así lo desea su señoría debe consultarlo… Sin embargo, sería un gran error quitarle los vendajes, o ponerle cualquier otra cosa en la pierna, excepto miel, hasta que empiece a cicatrizar.

—No creo que ése sea el tratamiento indicado —objetó el duque.

—¡Oh, pero lo es, milord! —exclamó Emily, como si no hubiera podido contener la exclamación—. Todos en el pueblo dirán a su señoría, por experiencia, que la miel cura heridas, cortadas y quemaduras.

Hizo una pausa y luego continuó diciendo:

—Cuando mi sobrinita estuvo a punto de morir quemada, la miel fue su salvación. Su piel volvió a renacer como si fuera la de un recién nacido.

Emily se expresó en tono impetuoso. De inmediato, como si sintiera que había sido impertinente, hizo una reverencia y añadió:

—Espero que su señoría me perdone por intervenir.

El duque miró a Selma con una sonrisa casi burlona en los labios, y observó:

—Veo que debo inclinarme ante sus conocimientos superiores.

Como ella no contestó, él continuó diciendo:

—Ahora quiero saber más detalles sobre este accidente. Así que sugiero, Daws, que tú cuides del señor Oliver, mientras yo voy a averiguar qué sucedió con exactitud.

Vio que Selma lo miraba y, como si ella hubiera hecho una pregunta, añadió:

—Puede usted venir conmigo. Realmente debía haber sido informada de cómo sucedió todo, antes de curarlo.

A ella le pareció que la sonrisa del duque revelaba que, en realidad, él consideraba que era innecesario eso, pero que lo decía para buscar algún motivo de critica.

El duque salió de la habitación, seguido por Selma y Graves. Bajaron con lentitud por la escalera que habían subido tan precipitadamente, y salieron por la puerta del frente.

El duque se dio cuenta de que, como esperaba, la estatua que cayera sobre Oliver había sido desalojada del lugar del accidente y colocada a un lado de la ancha escalinata.

Estaba detenida contra la balaustrada de piedra, que descendía en curva, con figuras heráldicas tanto en la parte superior como inferior. El señor Hunter estaba allí, al igual que el señor Watson, quien había llegado de Londres esa mañana. Él siempre se trasladaba a la casa donde estuviera el duque, ya que su señoría no confiaba en nadie más que en él para que atendiera su correspondencia y sus compromisos. Los dos hombres se hicieron a un lado para permitir que el duque examinara la estatua, que representaba a Diana la Cazadora.

Fue construida por la misma época en que se construyó la casa. El duque hacía inspeccionar todas y cada una de las estatuas con cierta periodicidad y recién fueron examinadas por un experto. En su informe declaró que no había la menor probabilidad de que alguna de ellas se viniera abajo.

—¿Qué piensa usted de esto, Watson? —preguntó a su secretario, aunque él ya había decidido lo que significaba aquello.

—El señor Hunter y yo estábamos comentando, su señoría, que es manifiesto que la estatua fue desprendida de su pedestal con toda deliberación.

—Eso es lo que yo mismo pensé —dijo el duque—. Pero, en nombre de Dios, ¿quién pudo haber hecho tal cosa?

Hubo un momento de silencio y el duque comprendió que eso era de lo que habían estado hablando los dos hombres antes de su llegada.

—¿Y bien? —preguntó en tono agudo.

—Si lo permite su señoría, esto es algo que debíamos discutir en privado.

El duque lo miró estupefacto.

—¿Me está usted insinuando —preguntó—, que había alguien en el techo de la casa y que empujó de forma deliberada la estatua cuando apareció el señor Oliver?

—Creo, su señoría —intervino el señor Hunter—, que como era el caballo de milord el que esperaba abajo, el culpable de esto supuso que era su señoría quien iba a salir a cabalgar.

El duque miró a Hunter con fijeza antes de preguntar:

—¿Está usted insinuando que alguien intentó matarme?

—Sí, su señoría.

—¡No puedo creerlo!

Una vez más el señor Hunter miró al señor Watson.

—No tenemos ninguna prueba, milord —dijo.

—¿Nadie vio a alguien en el techo? —preguntó el duque, como si se negara a reconocer tal posibilidad.

—El chico de la caballeriza que trajo la montura —respondió el señor Hunter—, nos informó que vio a alguien moverse en el techo antes que la estatua empezara a tambalearse.

—Me parece casi increíble —comentó el duque.

Se dio cuenta, mientras hablaba, de que Selma se encontraba de pie, justo atrás de él, escuchando la conversación.

Entonces intervino con su voz suave y tranquila:

—Creo que su señoría se libró milagrosamente. La pierna de su sobrino sanará pronto pues, por fortuna, él se dio la vuelta para ir a buscar su fuete, según tengo entendido.

Se detuvo antes de decir con tono muy serio:

—Si la estatua hubiera caldo en su cabeza, o en la de su señoría, no se hubieran salvado.

—¿Está usted sugiriendo, señorita Linton —preguntó el duque en tono burlón—, que debo sentirme agradecido por estar vivo?

—Por supuesto, milord. ¿Cómo podría no estarlo?

Ella lo miró con expresión de reproche al hablar.

Una vez más el duque pensó que era una mujer extraordinaria, fuera de lo común, superior, en todos sentidos, a las que él había conocido en su vida.

Entonces, como si hubiera visto ya todo cuanto deseaba ver, Selma volvió a la casa y él comprendió que regresaba para ver a su paciente.