Capítulo 1
1870
El Duque de Mortlyn despertó con la garganta seca y dolor de cabeza.
Eso lo enfureció porque sabía que la noche anterior, en la fiesta ofrecida por Lady Bramwell, la champaña y el clarete no habían sido de la calidad que él hubiera seleccionado para su mesa.
Lo molestaba aún más saber que Lord Bramwell, quien era un hombre con bastante dinero, se mostrara tan mezquino cuando se trataba de obsequiar a sus invitados.
Y Lady Bramwell no tenía la inteligencia suficiente… ¿qué mujer la tenía?… Para seleccionar buenos vinos.
La fiesta resultó en extremo aburrida. Sin embargo, Doreen Bramwell había murmurado que debía decirle algo importante cuando los otros invitados se hubieran marchado.
El duque tenía demasiada experiencia para no inferir lo que esto significaba y había debatido mucho consigo mismo si debía retirarse o esperar.
Era consciente de que Lady Bramwell lo había estado persiguiendo desde hacía algún tiempo.
Por fin, dado que ella era sin duda una de las mujeres más hermosas de la alta sociedad, sucumbió al ruego de sus ojos.
Él se quedó, después de que los otros invitados se despidieron.
Fue entonces, con los brazos de la dama alrededor de su cuello y sus hermosos labios en los suyos, que había cedido a lo inevitable.
Ahora, al comprender que su ayuda de cámara debió haberlo despertado como siempre a las siete y él había continuado durmiendo, tuvo que admitir haber perdido su acostumbrada cabalgata por el parque.
No era extraño que se hubiera quedado dormido, puesto que había vuelto a su casa de la Avenida del Parque hasta después del amanecer, cuando la gente ya andaba por las calles.
Ahora, mientras se desperezaba, decidió que no iría a visitar a Lady Bramwell de nuevo, como ella esperaba que lo hiciera.
A pesar de que la noche resultó ser apasionada y había satisfecho cuanto un hombre podía desear físicamente, no hubo nada nuevo en ella.
Debido a que el duque era tan apuesto, extremadamente rico y de gran importancia social, sólo un escaño más abajo de la Familia Real, las mujeres lo asediaban siempre desde el momento mismo en que él salió de la escuela.
A los treinta y tres años seguía soltero y las insistencias de su familia para que se casara lo dejaban inconmovible.
Tenía la firme convicción de que si se casaba no tardaría mucho en aburrirse.
Sin duda alguna, el hastío empezaría dos meses después del matrimonio, lapso un poco más largo de lo que solían durar sus idilios.
—Soy perfectamente feliz así.
Había comentado esto a su abuela apenas el día anterior, cuando ella le suplicó una vez más que se casara y tuviera un heredero.
—Está muy bien que digas eso, Wade —había contestado la anciana—, pero tú sabes tan bien como yo que necesitas evitar que tu desagradable primo Giles herede el título.
—Por supuesto —había reconocido el duque—; sin embargo, todavía no soy un viejo y cuando lo sea, estoy seguro de que, con mi acostumbrada buena suerte, te proporcionaré varios biznietos.
—Los quiero ahora —replicó con firmeza la duquesa viuda y el duque no pudo menos que reír.
Bajó de la cama sin llamar a su ayuda de cámara y se dirigió a la ventana.
El sol brillaba sobre los árboles del parque y el cielo estaba despejado. Más tarde haría calor, sin duda alguna.
El duque se imaginó a los cisnes deslizándose con lentitud sobre las aguas del lago, en Mortlyn.
Vio con la mente los jardines llenos de flores, los bosques que habían protegido la casa por espacio de siglos, oscuros y misteriosos, y los imaginó tal como lo hiciera de niño.
«Me iré al campo», decidió e hizo sonar la campanilla.
* * *
Media hora más tarde, el duque estaba en el piso inferior terminando un excelente desayuno.
No se dio cuenta de que, como bajó tan tarde, el chef había vuelto a preparar varios de esos platillos, para que estuvieran exactamente a punto cuando él los comiera.
Estaba terminando su segunda taza de café, cuando se abrió la puerta y entró su secretario.
El señor Watson había estado a su servicio desde que heredó el título y dejó el ejército.
Era un hombre en extremo eficiente, tan responsable e inteligente, que era la única persona en la que el duque depositaba todas sus confidencias.
El señor Watson, hijo del director de una de las escuelas privadas más importantes de Inglaterra, cuidaba de todos los asuntos del duque y le evitaba problemas innecesarios.
De hecho, le daba un trato similar al que su padre daba a los chicos que tenía a su cargo.
—Le ruego a su señoría me disculpe por molestarlo —expresó el señor Watson—, pero, hay un asunto que requiere de su atención.
—¿De qué se trata? —preguntó el duque sin mucho interés. Y, siguiendo el curso de sus propios pensamientos, agregó—: Envíe el acostumbrado ramo de flores a Lady Bramwell y dígale que por desgracia no podré visitarla esta noche, porque salgo para el campo.
El señor Watson hizo una anotación en su libreta. Después, enarcando las cejas, preguntó:
—¿Su señoría piensa ir realmente a Mortlyn?
—Estoy harto de Londres —contestó el duque en tono casi petulante—. Los caballos que compré en Tattersall’s la semana pasada ya deben haber llegado allí. Quiero probarlos.
—Muy bien, milord, haré todos los arreglos necesarios. Me imagino que deseará su señoría conducir su faetón.
—Por supuesto, con el nuevo tiro de alazanes.
Iba a levantarse de la mesa cuando, de pronto, recordó algo.
—¿Qué quería decirme?
—En realidad, se refiere a Mortlyn.
El duque frunció el ceño.
—No se trata de ningún problema grave, espero.
Mortlyn, su casa ancestral, era muy querida para él. Si había algo que amaba en la vida era la enorme casona de estilo georgiano.
Había sido construida por su abuelo en el lugar donde estuviera antes una construcción isabelina.
La finca que la rodeaba constaba de veinte mil acres y al duque le gustaba jactarse de que conocía cada palmo de ella y que no había ninguna otra, en todo el país, que se le pudiera igualar.
—Informé a su señoría, la semana pasada —explicó el señor Watson—, que el vicario del pueblo de Mortlyn había muerto.
—Sí, lo recuerdo —contestó el duque—. Le envió una ofrenda, desde luego, ¿verdad?
—Sí, milord.
—Supongo que ahora sugiere usted que nombre yo a otro párroco. En tal caso, el obispo sabe con exactitud la clase de hombre que requiero.
—Lo que iba a pedir a su señoría, en realidad, era su autorización para proporcionar a la hija del vicario, la señorita Linton, una casita.
El duque pareció sorprendido antes de decir:
—Supongo que es posible, aunque no es una cosa que hagamos usualmente.
—El señor Hunter, quien como su señoría recordará tiene a su cargo los asilos y casas de los pensionados y todos los demás edificios, ha sugerido que se le dé El Palomar.
El duque pareció asombrado.
—¿El Palomar? —repitió—. ¿Por qué sugiere eso Hunter?
—Le parece lo más adecuado, milord.
—¿Adecuado para la hija de un vicario? —exclamó el duque—. A mí me parece una sugerencia extraordinaria.
El Palomar era, de hecho, una casa con la que él estaba muy encariñado.
Era pequeña, pero de un estilo isabelino puro y una de las más antiguas que había en toda la finca.
Originalmente se destinó a las duquesas viudas, pero terminó por resultar muy reducida para ellas.
Poco después fue construida una casa más grande e imponente durante el reinado de Jorge IV.
Por algunos años, según recordaba el duque, una de sus tías abuelas había vivido en El Palomar, hasta que murió.
Desde entonces, permaneció desocupada, aunque estaba seguro de que se mantenía bien conservada.
Ahora le parecía una idea revolucionaria que alguien del pueblo, aunque se tratara de la hija del vicario, ocupara la que siempre había sido considerada como una residencia familiar.
En voz alta preguntó:
—¿Qué cualidades puede tener la hija del vicario como para aspirar a vivir en El Palomar?
Observó que el señor Watson estaba buscando las palabras adecuadas para contestarle.
—Es que ella, milord, ha preservado y extendido el jardín de hierbas.
—Yo pensaba que ése era trabajo propio de los jardineros —espetó el duque, con brusquedad.
—Ellos no sabrían tan bien como la señorita Linton qué plantar y cómo hacerlo.
—¿Y usted considera que porque ella está interesada en el jardín de hierbas, el cual no he visto desde hace varios años, tiene derecho a vivir en El Palomar?
El señor Watson se movió con ligera inquietud.
Al duque le pareció muy extraño que se mostrara titubeante.
Eso resultaba casi increíble en Watson, hombre muy seguro de sí mismo y tan listo que al duque le encantaba hablar con él.
—Vamos, Watson —lo animó el duque—, dígame la verdad. ¿Qué hay detrás de todo esto?
El señor Watson sonrió y eso lo hizo verse casi como un chico de escuela que hubiera estado tratando de engañar a su profesor.
—Su señoría debe saber —dijo—, que la señorita Linton es muy necesaria en el pueblo. Si ella se fuera eso causaría verdadera desolación en muchos kilómetros a la redonda.
—¿Qué hace esa muchacha para ser tan indispensable? —preguntó el duque—. ¿Da clases en la escuela dominical, visita a los enfermos? ¡Cielos, Watson, no puede haber muchos inválidos en un pueblo tan pequeño!
—Hay muy pocos, milord, pero eso es gracias a la señorita Linton.
—¿Qué está usted diciendo? ¡No entiendo nada!
El duque comprendió que estaba hablando con brusquedad, pero el ver tan evasivo a su secretario, por primera vez, lo irritaba. Para obligar al secretario a hablar más claro, agregó:
—Por supuesto que no voy a ceder El Palomar, que es, sin la menor duda, la casita más atractiva que poseo en todas mis fincas, a una antipática mojigata que va a querer tener reuniones de oración en la sala de su casa.
Mientras decía eso, estaba imaginando mentalmente El Palomar.
Con sus delgados ladrillos, cuyo color el tiempo había suavizado, sus ventanas con cristales en forma de diamante y sus habitaciones de techos bajos sostenidos por grandes vigas tomadas de los barcos antiguos, era muy hermosa.
—Yo no llamaría así a la señorita Linton —estaba contestando el señor Watson—. Aunque, desde luego, ayuda mucho a la gente. No hay nadie más popular, en todo el contorno, ni más buscada por la gente, que ella.
—¿Por qué?
—Porque ella entiende el correcto uso de las hierbas. Toda persona lastimada o enferma acude a ella como acudían antes a su madre, en vida de ésta, y es curada acertadamente.
El señor Watson aspiró hondo y con lo que era, de manera evidente, un acto de valor, expresó:
—La consideran, milord, como una «Bruja Blanca».
—¡Santo cielo! —exclamó el duque.
Entonces se sentó más erguido en su silla.
—¿Me quiere decir, Watson, que en esta época, cuando se supone que somos mucho más ilustrados que en tiempos medievales, la gente todavía cree en brujas?
—Ella es una «Bruja Blanca», su señoría, porque donde los doctores fallan, la señorita Linton parece efectuar curas casi mágicas.
El duque se apoyó en el respaldo de su silla de nuevo.
—Supongo que en el campo —dijo—, donde no tienen nada en que pensar, las viejas supersticiones subsisten y la gente cree cosas que serían motivo de escarnio y de risa en otras partes.
—Yo no creo que nadie se atrevería a reírse de la señorita Linton.
Era tan extraño que su secretario defendiera a alguien, ya que casi siempre era aún más parco en sus alabanzas que el propio duque, que éste se sintió intrigado.
Se levantó de la mesa y anunció:
—Ya sé lo que vamos a hacer, Watson. Como yo salgo de Mortlyn en una hora o poco más, yo mismo entrevistaré a la señorita Linton.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Decidiré entonces si la considero digna de tener una casita cuando, como usted bien sabe, hay una gran demanda de ellas.
—Espero que su señoría la encuentre merecedora de ello —contestó el señor Watson.
El duque se dio cuenta de que su secretario estaba pensando todavía en El Palomar.
Pero una cierta tendencia obstinada de su carácter lo hizo decidir, aunque no lo dijo en voz alta, que El Palomar seguiría vacío.
Ciertamente, no iba a permitir que lo ocupara la mojigata hija de un párroco.
Se disponía a salir de la habitación, cuando el señor Watson dijo a toda prisa.
—Hay algo más, milord.
—¿Y ahora qué es?
—El señor Pearce, contador del ducado, me pidió que hiciera notar a su señoría, que el señor Digby ha girado cheques por no menos de cuatro mil libras, en las últimas dos semanas.
—¡Cuatro mil libras! —exclamó el duque—. ¿Qué diablos se propone ahora ese muchacho?
No esperó a que el señor Watson le explicara la causa de tal despilfarro, porque él la sabía.
Su sobrino, Oliver Digby, hijo de su hermana mayor, estaba enamorado de una cortesana muy atractiva, pero en extremo costosa.
Era famosa por ser capaz de vaciar los bolsillos de un hombre con más rapidez que cualquiera de las otras lindas jóvenes de su misma profesión.
—Cuatro mil libras es demasiado —decidió el duque.
Salió al vestíbulo, pero volvió la mirada por encima del hombro y dijo en tono agudo:
—Envíe a un mozo a decir al señor Oliver que deseo verlo ahora mismo y que se dé prisa porque voy a salir al campo.
—En seguida lo haré su señoría.
El duque entró en su estudio, que era una atractiva habitación en la planta baja, con ventanales que daban al jardín del fondo.
Estaba decorada con una gran cantidad de libros y una colección de pinturas con temas deportivos que el duque sabía eran la envidia de sus amigos.
Se sentó ante su escritorio de cubierta lisa, donde había una pila de cartas que esperaban su firma.
Tenía el ceño fruncido.
No existía la menor duda de que Oliver representaba un problema.
Pero él había prometido a su hermana Violet, antes de que ésta partiera hacia la India, donde su esposo fue nombrado gobernador de una provincia, que cuidaría de su hijo hasta que volvieran.
Era muy joven y apuesto.
El duque sabía que, al salir de Oxford, disfrutaría de su posición en la alta sociedad y que, desde luego, se divertiría como correspondía a su edad.
Había sonreído comprensivamente cuando le contaron historias de las veladas escandalosas que Oliver pasaba con sus contemporáneos.
Pensaba que las peleas ruidosas en clubes nocturnos, las carreras de obstáculos, a caballo, a media noche y los estragos causados después de una francachela no eran para preocupar a nadie, a más de ser lógicos en un joven al cual le soltaban la rienda por vez primera.
A él siempre le pareció que su hermana había sobreprotegido a su único hijo.
Al mismo tiempo, cuatro mil libras equivalían a una fortuna.
Su cuñado, Lord Digby, era un hombre adinerado, pero su estadía en la India debía resultar muy costosa y le iba a disgustar que su hijo gastara el dinero a manos llenas.
«Lo mejor que podían haber hecho», pensó el duque, «era llevarse a Oliver con ellos».
Sabía que su hermana no había querido hacerlo porque consideraba que el joven debía desenvolverse en el mundo de la alta sociedad a la cual pertenecía.
Sólo así tendría la oportunidad de conocer a una buena muchacha con la cual casarse.
Oliver, sin embargo, encontraba más de su gusto a las lindas cortesanas.
Las ambiciosas madres de chicas debutantes lo agregaron desde luego, a sus listas de solteros codiciados.
Desafortunadamente, esperaron en vano a que hiciera su aparición en los bailes y recepciones a los que era invitado.
El duque firmó las cartas y entonces miró, con cierto desdén, una pequeña pila que había a un lado, de cartas dirigidas a él mismo, que no fueron abiertas.
Sabía que, con su acostumbrada percepción, Watson había comprendido que eran personales.
Le habían sido escritas por las mujeres que afirmaban con vehemencia que él les había roto el corazón.
Las hizo a un lado con un dedo y al hacerlo, reconoció entre ellas a florida letra de una condesa que habría llorado amargamente cuando él la dejó y que continuaba escribiéndole para reprocharle su olvido.
Otro sobre, que tenía el tenue aroma de las gardenias, provenía de una belleza que, en su opinión, había caído en sus brazos con excesiva rapidez.
Lo que al duque más le complacía de sus idilios era la persecución, no tanto el fin inevitable de ésta.
Con frecuencia se preguntaba por qué era tan escéptico y por qué se aburría con tanta facilidad.
Sabía que era porque siempre buscaba algo que no podía encontrar. Y le resultaba difícil explicarse a sí mismo, qué era.
Una mujer hermosa lo atraía y él sentía, al conocerla, una creciente emoción.
Era muy parecida a aquella que le causara cazar patos silvestres o perseguir un hermoso ciervo a través de los páramos.
El problema radicaba en lo que a las mujeres concernía, pues se hastiaba de modo invariable demasiado pronto.
Sin embargo, era consciente de que eso se debía a que estaba buscando una mujer excepcional.
Alguien que no fuera tan banal como las heroínas de todos sus idilios anteriores. El duque no sólo conocía cada movimiento del juego, sino que sabía con exactitud lo que su «presa», si tal era la palabra que merecían sus conquistas, iba a decir a cada instante.
«¿Qué me sucede?», se preguntaba con frecuencia cuando volvía a su casa después de una noche de pasión…
Era entonces cuando se daba cuenta de que estaba desilusionado. La noche anterior todo estuvo bien en la apasionada relación con la hermosa Doreen.
Y, sin embargo, aunque seguía admirando su belleza, esta mañana no sentía ningún deseo de volver a tocarla nunca.
Estaba seguro de que, durante las próximas dos o tres semanas, hasta que ella se convenciera por fin de que no había logrado retenerlo, lo abrumaría con cartas.
Serían cartas llorosas, suplicantes, implorándole que fuera a verla.
Algunas veces le parecía extraordinario que, aunque casi todas las mujeres a las que hacía el amor perdían el corazón por él, su propio corazón, si es que poseía uno, continuaba indiferente.
Debido a que no tenía deseo alguno de pensar en Lady Bramwell, o de abrir las cartas que tenía ante sus ojos, el duque se sintió aliviado cuando el mayordomo anunció:
—El señor Oliver Digby, milord.
Su sobrino entró con rapidez a la habitación.
Debido a que era tan joven, no había señales de disipación en su rostro.
El duque, sin embargo, estaba seguro de que había pasado la noche con la cortesana y que sin duda alguna, si los rumores que escuchaba eran verdad, había bebido en exceso.
—Buenos días, tío Wade —saludó Oliver—. Siento mucho haberte hecho esperar, pero estaba dormido cuando tu lacayo llamó a mi puerta.
—Me imaginé que no te habrías levantado —contestó el duque—. Pero me voy al campo y necesitaba verte antes de irme.
Los ojos de Oliver se llenaron de desconfianza al preguntar:
—¿Sucede algo?
—Creo que tú sabes la respuesta a esa pregunta —dijo el duque—. Debes darte perfecta cuenta de que estás gastando demasiado dinero.
Oliver se dejó caer en uno de los cómodos sillones.
—Las cosas están muy caras en Londres en estos momentos —repuso en tono de disculpa.
—Sobre todo alguien llamada Connie, ¿no? —sugirió el duque.
—¡Así que te has enterado de lo de Connie!
—Me imagino que no es ningún secreto. De hecho, la mayor parte de la gente de Londres lo sabría, si eso le interesara. Pero, con toda franqueza, es una muchacha demasiado costosa para ti.
—Es preciosa y muy divertida —protestó Oliver.
—No como para que valga cuatro mil libras.
Oliver se levantó del sillón y se acercó a la ventana para ver hacia el jardín, aunque no estaba viendo nada, en realidad.
—Muy bien —expresó malhumorado, después de un momento—, si te vas a mostrar desagradable sobre este asunto, supongo que tendré que renunciar a ella.
—No es cuestión de que yo me muestre desagradable —intervino el duque—. Estoy pensando en tu padre… es él quien va a tener que pagar las cuentas, después de todo.
Oliver se dio la vuelta.
—¿Vas a decírselo tú?
—Tú tendrás que hacerlo —contestó el duque—, tan pronto como el banco no permita que te sigas sobregirando.
—¡Caramba! —exclamó Oliver—. ¿Por qué diablos no tengo dinero propio y debo arrodillarme ante papá para obtener cada penique que necesito?
El duque sabía que su cuñado había dado a Oliver una mesada muy generosa antes de marcharse a la India.
Por lo tanto, le pareció que aquella protesta era injusta, aunque no lo dijo así.
—Lo que iba yo a sugerir —contestó—, es que como me voy a Mortlyn ahora mismo, me gustaría que vinieras conmigo.
—¿Al campo… para qué? —preguntó Oliver.
—Compré algunos caballos en Tattersall’s la semana pasada y voy a ejercitarlos —explicó el duque—. Pensé también que un poco de aire fresco nos haría bien a los dos.
Oliver consideró esto por un momento y en seguida dijo:
—Creo que debo ver a Connie antes de partir. Me he comprometido a regalarle un collar que le gustó mucho.
—¿Está al alcance de tus posibilidades?
—Bien sabes que no —contestó Oliver—, pero lo prometí.
El miró a su tío.
Se sentía indeciso entre hacer lo que sabía que era lo correcto, o cumplir la promesa que había hecho a la mujer de la que estaba enamorado.
—Ahórrate el trabajo de tomar tan difícil decisión —dijo el duque—. Yo usaré mi prerrogativa de tu tutor y te ordeno que me acompañes. Si explicas eso a Connie, ella entenderá.
—¿Cómo sabes? —preguntó Oliver con aire desconfiado.
Se hizo el silencio. Entonces, al ver la sonrisa burlona en el rostro de su tío, exclamó:
—¡Oh, Dios mío! ¡Nunca pensé en eso! ¡Maldición! ¿Es que hay alguna mujer en Londres que no haya caído en tus brazos?
No era un cumplido. Caminó hacia la puerta y la abrió antes de decir con deliberada falta de cortesía:
—Estaré listo para acompañar a milord en quince minutos.
Cerró la puerta con violencia tras él y el duque lanzó una leve carcajada.
En realidad, debido a que era tan escrupuloso y exigente, hacía tiempo que había establecido la regla de no solicitar los favores de cortesanas.
Sin embargo, debido a que era tan rico, todas las hermosas mujeres con las que pasaba algún tiempo esperaban recibir regalos de él. Éstos eran generalmente seleccionados por el señor Watson con exquisito buen gusto.
El duque había perdido la cuenta, desde hacía mucho tiempo, de cuántas pieles, manguitos, brazaletes de diamantes, pendientes, bolsos de mano, sombrillas y abanicos había pagado.
En realidad, debían representar una considerable cantidad de dinero a través de los años.
Oliver aprendería, con el tiempo, que las mujeres invariablemente pedían más de lo que un hombre podía darles.
Y era un grave error ser demasiado generoso o demasiado avaro.
De cualquier modo, sería una buena lección para Oliver acompañarlo a Mortlyn.
Pensó que su hermana se sentiría agradecida, si supiera todas las molestias que se estaba tomando por ella y su hijo.
El viaje a Mortlyn tomó un poco más de dos horas, aunque el duque estaba siempre tratando de mejorar su propio récord. Cuando pasaron junto a los viejos robles y la casa apareció ante ellos, sintió, al verla, una intensa emoción.
Era algo que él experimentaba siempre cuando veía su hogar. Mortlyn era un edificio de piedra gris, con un frente de columnas, y las alas extendiéndose a cada lado.
Representaba, ciertamente, uno de los mejores ejemplos de la arquitectura de los Adam, existente en todo el país.
El sol se reflejaba en las ventanas; las estatuas y urnas que decoraban el techo se perfilaban contra el azul del cielo.
Había verdes prados que descendían hasta el lago.
El duque, de manera invariable, pensaba que estaba más hermosa que la última vez que la había visto.
No dialogó mucho con Oliver durante el recorrido.
Estaba demasiado ocupado conduciendo su nuevo tiro con la habilidad que lo hacía notable entre sus contemporáneos.
Aunque no se daba cuenta de ello, todos los hombres jóvenes de Londres lo envidiaban y admiraban al mismo tiempo.
Cuando cruzó el puente tendido sobre el lago y se detuvo frente a la puerta, el palafrenero que iba sentado detrás de él exclamó:
—¡Lo logró otra vez, su señoría! ¡Cinco minutos menos que la última vez que estuvimos aquí!
—¿Cinco minutos? —repitió el duque—. Está muy bien… pero no lo suficiente. Yo esperaba que hiciéramos diez o quince minutos menos.
—Su señoría lo logrará tarde o temprano —aseguró el palafrenero lleno de confianza, al mismo tiempo que saltaba al suelo, antes que las ruedas del vehículo terminaran de girar.
No hubiera necesitado apresurarse tanto. Como habían sido avisados de que el duque iba a llegar, dos palafreneros llegaron corriendo, para dirigirse hacia la cabeza de los caballos.
La alfombra roja había sido ya tendida sobre los escalones y varios lacayos, vestidos con la librea familiar, esperaban solícitos.
El duque caminó con lentitud y entró en el vestíbulo. Se dirigió al viejo mayordomo que lo saludaba:
—Buenos días, Graves, ¿está todo bien?
—Nos da mucho gusto recibir una vez más a su señoría, tan pronto —contestó el mayordomo—. La champaña lo está esperando en el estudio y el almuerzo estará dispuesto en quince minutos.
—Bien —aprobó el duque—. El señor Oliver y yo tenemos hambre. Llegamos aquí de Londres, sin detenernos.
—Tienes razón, tío Wade. ¡Yo no desayuné esta mañana, así que tengo un apetito voraz! —anunció Oliver.
—Como sin duda alguna tu desayuno habría consistido en un brandy con soda, después de una noche de juerga, me alegro que no hayas tenido tiempo de tomarlo —comentó el duque.
—Tú puedes decir eso con toda tranquilidad —murmuró Oliver—. Todos saben que bebes muy poco. Pero es difícil decir «no» cuando todos los demás están «bebiendo como cubas».
El duque se rió divertido.
No había olvidado que, cuando empezó a probar las delicias de la vida londinense, él también había «bebido como cuba», según la expresión de Oliver.
Sin embargo, pronto comprendió que eso afectaba su habilidad atlética, que para él era mucho más importante.
Los caballos habían sido siempre la máxima pasión de su vida. Era, además, un hábil pugilista.
Aunque la esgrima ya no estaba de moda, también era un esgrimista que había cambiado estocadas con los campeones de Europa, demostrando que manejaba la espada tan bien como ellos.
Se preguntó cómo podría convencer a su sobrino de hacer más ejercicio.
Sabía que era algo en lo que no podía presionarlo.
Sería mejor que él disfrutara del reto atlético y entonces, en consecuencia, decidiera mantener su cuerpo ágil y bien cuidado.
Pero no dijo nada cuando notó que Oliver bebía tres copas de champaña antes del almuerzo, mientras que él ingería una sola.
* * *
Más tarde fueron a inspeccionar los caballos.
Mucho antes que el duque hubiera terminado de recorrer casilla por casilla la caballeriza que albergaba casi cincuenta notables animales, Oliver empezó a bostezar.
El duque se percató de que estaba cansado. Y cuando sugirió a su sobrino que se fuera a descansar, para cabalgar un poco cuando refrescara la tarde, Oliver aceptó complacido.
Entonces el duque ordenó que fuera ensillado uno de sus nuevos potros y se lanzó en él a través del parque.
El caballo estaba fresco, inquieto, deseoso de aprovechar al máximo la montura de su nuevo amo.
Era la vieja batalla entre el hombre y la bestia que el duque disfrutaba con intensidad.
En una hora, el caballo estaba completamente bajo su con trol.
Después recordó, al vislumbrar la torre de la iglesia en la distancia, lo que el señor Watson le había pedido.
Se dijo que visitaría a la señorita Linton inmediatamente y formaría su propia opinión acerca de ella.
Abrigaba la sospecha de que era sólo una mujer astuta, que explotaba la estupidez de la gente local, quien tenía poco en qué pensar.
Desde luego, se daba a sí misma mucho más importancia de la que tenía.
Trató de recordar lo que sabía sobre su padre, el párroco que había muerto.
Y, después de intentarlo, recordó que el Honorable Raymod Linton, había sido el tercer hijo de un noble pobre que vivía en Huntingdon.
El duque casi nunca iba a la iglesia, así que no podía recordar ninguno de sus sermones, pero tenía idea de que el vicario había sido un hombre inteligente.
Pensó, mientras se acercaba a la iglesia, que la señorita Linton debía ser una mujer ya madura y tal vez no había podido encontrar esposo.
Por lo tanto, se consolaba a sí misma ocupándose de administrar hierbas y otros remedios campesinos, pretendiendo que eran mágicos para atraer la atención hacia su persona.
Era el tipo de situación que él consideraba del todo innecesaria en el pequeño pueblo llamado precisamente Little Mortlyn.
El pueblo contaba con los asilos construidos por su bisabuelo y una escuela erigida en memoria de su abuelo.
Existían, asimismo, excelentes casitas que se proporcionaban a los viejos servidores cuando éstos eran pensionados.
Debido a que el pueblo había permanecido siempre a la sombra, por decirlo así, de la Casa Grande, conservaba un cierto encanto del viejo mundo, pensaba el duque.
Lo hacía diferente a todos los otros pueblos que había en su ducado.
No había pensado en ello antes, pero ahora decidió que sería muy exigente respecto al hombre que sustituiría al vicario muerto.
Las recomendaciones, desde luego, vendrían del obispo, pero la elección final quedaba completamente en sus manos.
En realidad, la idea le produjo cierto remordimiento, porque en todas las otras parroquias había dejado la elección al señor Watson basándose en que él era un buen juez del carácter humano.
Sin embargo, en lo que a Little Mortlyn concernía, el duque estaba decidido a que él nombraría al vicario sucesor.
Si el primer solicitante que el obispo le enviara no resultaba de su agrado, pediría que hiciera un nuevo intento.
La iglesia había sido originalmente normanda y se encontraba a la orilla del parque.
Estaba rodeada por antiguas lápidas que marcaban las tumbas, muchas de las cuales, vio el duque con satisfacción, estaban adornadas con flores multicolores.
Siempre había considerado al pueblo como parte de la casa y de los jardines de ésta. Y su padre pensaba lo mismo.
Recordó que, siendo niño, su padre se había puesto furioso porque la hierba se dejó crecer demasiado en el cementerio y en el jardín que rodeaba a la iglesia.
La vicaría estaba adjunta al jardín de la iglesia y era una casa de aspecto agradable, construida unos cien años atrás. Se llegaba a ella por un angosto sendero.
Los arbustos estaban en flor y el duque observó, satisfecho, que los tiestos que había frente a la casa estaban bien atendidos.
No había nadie que se hiciera cargo de su cabalgadura, mas encontró un poste a un lado de la puerta, donde procedió a sujetarla de un anillo de hierro.
En seguida, caminó hacia el porche y se encontró con que la puerta del frente estaba abierta de par en par.
Había una cadena atada a una campana junto a ella. Tiró de ella para llamar y se quedó escuchando. No pudo oír el sonido que esperaba que llegara de donde debía estar la cocina.
Recordó que el vicario había muerto, pero pensó que su hija tendría algún viejo sirviente o quizá una mujer que le ayudaba por horas y que debía haber vuelto a su casa ya.
El duque entró en el pequeño vestíbulo.
Todo estaba inmaculadamente limpio y bien pulido. Se percibía un tenue aroma de cera y de lavanda.
Se percibía también una exquisita fragancia procedente de una fuente de jacintos, que se encontraba en una mesa, al fondo de la escalera de madera de roble.
Era ciertamente un punto en favor de la señorita Linton que hasta ese momento él no hubiera encontrado nada censurable en el cuidado de la casa.
El duque abrió la puerta de lo que él sabía que debía ser la sala.
La habitación se encontraba vacía, pero los muebles estaban bien arreglados y había jarrones con flores en varias de las mesas.
Decidió que la puerta situada bajo la escalera debía conducir a la cocina y caminó en dirección opuesta.
Abrió la primera a la cual llegó y vio que de manera evidente había sido el estudio del vicario, porque los muros estaban llenos de libros.
Continuó adelante.
Había una habitación al finalizar el pequeño pasillo y, cuando puso la mano en la puerta, pudo escuchar que alguien hablaba.
Como no le pareció que tuviera objeto llamar, se limitó a abrir la puerta.
La habitación no era ciertamente lo que esperaba.
Aparecía una mesa en el centro de ella y casi ningún otro mueble.
Además, había cajas y jaulas esparcidas alrededor. De pie, frente a la mesa, a poca distancia de él, se encontraba una joven.
El sol que entraba por la ventana hacía que su cabello pareciera de oro.
Se mantenía ocupada con algo que al duque le pareció, a primera vista, que era un pájaro.
Entonces una voz muy suave y tranquila dijo:
—No se mueva, ni hable.
El duque se quedo inmóvil.
No era la forma en que estaba acostumbrado a ser tratado; sin embargo, se mantuvo en silencio.
Después de un par de minutos, la mujer se dio la vuelta y él pudo percibir con toda claridad que sostenía en la mano un polluelo de cisne.
Era evidente que le había estado aplicando algo en un ala.
Lo llevó a través de la habitación para depositarlo con mucha suavidad en una jaula por demás rústica.
—Vas a quedar muy bien —la escuchó decir con esa misma voz suave, similar a la que hubiera usado para dirigirse a un niño—. En unos cuantos días podrás volver con tu madre.
Cerró el frente de la jaula, hecha de alambre.
Después, cuando se volvió a mirarlo, el duque vio la expresión de asombro en sus grandes ojos, que parecían llenar todo su rostro.
Era muy joven, casi una chiquilla y ciertamente no la mujer madura que él esperaba.
Además, para su asombro, demasiado bonita.
En realidad, era preciosa, decidió, con una belleza diferente a la que él había visto hasta entonces.
Había algo frágil, casi etéreo, en ella.
Sus ojos, ligeramente oblicuos, le daban la apariencia graciosa de un duende. Ese mismo sesgo hacia arriba se repetía en sus labios.
Llevaba un gran delantal blanco. Lo desató para quitárselo, mostrando, al hacerlo, un vestido de algodón muy sencillo.
Ceñía mucho su cuerpo y la hacía ver más pequeña y joven que antes.
En seguida, habló:
—Lo… siento mucho, yo no… sabía… es decir, pensé… que era alguien del… pueblo.
—¿Usted es la señorita Linton?
El duque pensó, al preguntarlo, que debía haber algún error.
Esta preciosa muchacha no podía ser la hija del difunto vicario. Esperaba que se tratara de una mujer madura que pretendía engañar a la sencilla gente del pueblo, haciéndole creer que tenía poderes mágicos.
—Sí, soy Selma Linton —contestó la muchacha— y yo sé que su señoría es el señor duque.
Como si se le hubiera ocurrido de pronto, le hizo una pequeña reverencia, con un movimiento lleno de gracia.
—No creo que nunca hayamos sido presentados —observó el duque, entrando un poco más en la habitación.
—He visto a su señoría cazando y siempre he admirado sus caballos. En ocasiones Hobson me pide consejo, si alguno de los caballos enferma.
El duque la miró con incredulidad.
Hobson era su Palafrenero en Jefe y al duque le resultaba difícil creer que ese hombre siguiera el consejo de alguien y mucho menos de una jovencita que jamás podría presumir siquiera que sabía tanto como él.
El duque pensó que la muchacha lo estaba engañando y eso lo molestó.
—He venido —exclamó en tono arrogante—, porque me han informado que está usted solicitando que le proporcione yo una casita en el pueblo.
Selma Linton se mantuvo inmóvil por un momento y luego contestó:
—¿Tiene su señoría la gentileza de acompañarme al salón? Aquí es donde atiendo a los animales y me temo que no hay ningún lugar donde sentarse.
El duque miró a su alrededor.
Pudo ver una jaula que había sido hecha con una caja de madera con alambrado al frente, en la cual se encontraba un cachorrito.
En otra, había dos gatitos y en una tercera, un petirrojo con una patita entablillada.
—¿Cuida usted misma de todos estos animalitos? —preguntó.
—Vuelven con sus dueños o son liberados en cuanto se recuperan.
El duque comprendió que ella no quería hablar de su habilidad.
La joven caminó delante de él, a través de la puerta abierta, en dirección de la sala.
De nuevo percibió, al seguirla, la fragancia de las flores y la esencia de lavanda que predominaba en el ambiente.
—Sea tan amable de sentarse, milord —dijo Selma, indicando un sillón que había junto a la chimenea.
Se detuvo un momento antes de continuar:
—Me temo que la única bebida que puedo ofrecerle es un clarete que regalaron a papá en Navidad, aunque no me parece una cosecha especialmente buena. O puedo ofrecerle una taza de té.
—Gracias, pero no beberé nada —contestó el duque—. He venido, señorita Linton, a hablar con usted.
Selma se sentó en una silla frente al duque y colocó las manos en el regazo.
Todos sus movimientos eran muy graciosos, pensó el duque.
Se sentía desconcertado, casi estupefacto, por la apariencia de esa muchacha.
Seleccionó con gran cuidado las palabras que iba a decir.
—Me han dicho, señorita Linton, aunque tal cosa no me parece posible, que posee usted la habilidad de curar a la gente del ducado con hierbas.
Hizo una pausa antes de continuar:
—No me informaron que también atendía fracturas, ni como en el caso del pequeño cisne, alas dañadas.
Selma rió divertida. Su risa era un sonido juvenil y cristalino.
—Supongo que suena muy pretencioso, dicho así.
Sonrió y después añadió:
—Mi madre me enseñó todo lo que sé y me he sentido muy agradecida, milord, por tener acceso a las maravillosas hierbas antiguas que crecen en el jardín de las hierbas que hay en El Palomar.
Esto, pensó el duque, era moverse en la situación con demasiada rapidez.
Él no había intentado hablar de El Palomar hasta no precisar que él estaba aún pensando en si podría o no proporcionarle una casita.
Tratando de ganar tiempo, miró a su alrededor y observó:
—Supongo que todo aquí, los muebles y los cuadros, es de su propiedad, ¿no es así?
—La vicaría estaba sin amueblar cuando mis padres llegaron aquí, hace quince años.
La voz de Selma se suavizó al explicar:
—A ellos les encantaban los objetos antiguos y hermosos. Tardaron mucho tiempo en amueblar la casa por completo.
Mientras hablaba, el duque advirtió que los muebles de la sala eran bastante atractivos.
Consideró que ninguno de ellos había sido muy costoso, pero evidentemente los Linton tenían buen gusto y una educada apreciación de los muebles antiguos.
Había una cajonera de caoba incrustada, estilo Reina Ana, una pequeña mesa georgiana y una silla de la época de la Regencia.
A través de los años habían adquirido piezas que él mismo se habría sentido orgulloso de poseer.
Selma observó el movimiento de sus ojos y comentó:
—Mamá era una experta en muebles… papá en cuadros y libros. Así que, como su señoría puede imaginarse, soy muy… afortunada en poseer… lo que me… dejaron.
Había una nota en su voz que reveló al duque, mejor que las palabras, que la joven echaba de menos a sus padres con desesperación.
Apreció el hecho de que no estaba tratando de despertar su compasión o de decirle cuán desventurada era.
Sin embargo, era muy fácil leer en sus ojos, que eran muy expresivos, lo que estaba sintiendo.
—Me han comentado —intervino él con brusquedad—, que usted se considera a sí misma una «Bruja Blanca».
De nuevo Salma se echó a reír.
—No es exacto.
Ella hizo sus explicaciones con lentitud, como para asegurarse de que él las comprendiera.
—A la gente le gusta suponer que es magia lo que en realidad es simple sentido común. Y si eso los hace felices, no veo ningún daño en ello.
Lo miró, un tanto indecisa, antes de añadir:
—Su señoría debe comprender que si la gente piensa que va a ponerse bien y que algo en particular le ayudará a lograrlo, se tiene ya ganada la mitad de la batalla.
—En otras palabras, está usted forzando a la gente a creer en algo sobrenatural.
—Por supuesto que no estoy haciendo tal cosa —protestó Selma—. Lo que la mayoría de la gente necesita es mantener la esperanza y la fe. Si yo les doy esperanza y ellos creen que proviene de un Poder más grande que el mío, eso es, en realidad, muy cierto.
Se detuvo como si esperara que él fuera a contradecirla. Entonces continuó diciendo:
—Papá creía que Dios nos daba la Fuerza de la Vida. Si la gente quiere pensar que la potencia de las hierbas que yo les doy emana del Poder de Dios, eso, si milord lo piensa un poco, es la estricta verdad.
La forma en que habló parecía un desafío. Debido a que no pudo evitar el deseo de discutir, el duque contestó:
—Sin duda, señorita Linton, usted defiende muy bien su causa; pero lo que está haciendo, en realidad, es engañar a gente demasiado ignorante para comprender que una hierba es sólo una hierba, sin importar qué nombre imaginativo le dé usted.
—Una hierba, su señoría, fue también creada por Dios, hecha crecer por Dios y si tiene poderes curativos, éstos le fueron otorgados también por el Ser Supremo. Es difícil saber dónde termina la labor de Él y empieza la mía.
El duque se quedó atónito.
Le parecía imposible que esta jovencita fuera capaz de contestarle de forma tan ágil y sin vacilación alguna.
Tampoco parecía impresionada por la posición de él.
En voz alta, el duque dijo:
—Nunca había pensado antes las cosas de ese modo. Tal vez, si es lo que usted cree, resulta lógico en las circunstancias.
—Muchas gracias, milord —dijo Selma—, y debido a que hay menos enfermedad, menos desventura y mucha más felicidad en este pueblo que en cualquiera otro de los alrededores, espero… poder… continuar aquí.
—Si eso es cierto —contestó el duque—, considero que algo del crédito debía concederse a quien proporciona tan buenas casitas.
—Estamos muy… agradecidos con… su señoría.
Los ojos de la muchacha brillaban con intensidad y el duque tuvo la sensación de que ella se estaba riendo de él.
No era una muchacha tímida y él se percató de que era la joven más extraordinaria que había conocido en su vida.
Y, como si ella sintiera que él la estaba criticando, se inclinó un poco hacia adelante en su silla y dijo:
—Ruego a… su señoría. —Su voz se había vuelto suplicante—, que me permita quedarme. No tengo… ningún otro lugar adonde ir… y mientras continúe yo aquí… siento que estoy… cerca de… mis padres.
La expresión de sinceridad que había en sus ojos reveló al duque que estaba hablando desde el fondo mismo de su corazón.
Él se puso de pie diciendo:
—Le diré lo que me gustaría hacer, señorita Linton.
Como ella guardara silencio, él continuó:
—Vendré mañana temprano y en mi faetón iremos juntos a ver qué casitas hay disponibles en el pueblo y si alguna de ellas es adecuada para usted.
Miró a su alrededor.
—Me imagino que tiene demasiados muebles para la mayoría de ellas.
—En ese caso podría… almacenarlos.
El duque caminó hacia la puerta.
Él sabía lo que ambos estaban pensando: que los muebles cabrían sin dificultad alguna en El Palomar.
Sin embargo, ese punto no quería discutirlo el duque.
Se detuvo en el vestíbulo.
—¿Le parecen bien las once en punto, señorita Linton, para que venga yo a recogerla?
—Estaré lista, milord.
Selma le hizo una reverencia.
El duque salió de la casa, soltó la brida de su caballo y saltó a la silla.
Cuando pasó cabalgando frente a la puerta donde Selma estaba de pie, él levantó su sombrero y ella le hizo otra reverencia.
El pensó cuán hermosa se veía, enmarcada por el antiguo porche.
Al alejarse, se dijo que todo aquel asunto era absurdo.
¿Cómo podía una muchacha de esa edad ser famosa por su habilidad para curar? Sin duda alguna, Watson había exagerado al ponderarla.
Además, resultaba incorrecto que una dama, y aquella muchacha lo era sin duda alguna, viviera sola en una casita o en alguna otra parte del pueblo.
Tuvo la desagradable impresión de que se enfrentaba a algo que no lograba entender.
Esa idea lo hizo sentirse enfadado.
Espoleó a su montura y, cabalgando con mucha mayor rapidez de la que intentaba, volvió a lo que él sentía era la seguridad y el sentido común de su propia casa.