Capítulo 4
Selma encontró muy difícil conciliar el sueño.
¡Todo resultó ser muy emocionante!
Habló largo rato con Oliver y lo había dejado más reanimado y alegre, después de su visita.
Después, el duque había sugerido que fuera con él a la biblioteca. Quería que viera los libros de los cuales le había hablado.
A ella le parecieron fascinantes, sobre todo porque incluían una primera edición del Tratado Completo sobre Hierbas, de Nicholas Culpeper.
Lo tomó en sus manos, pensó el duque al observarla, con la misma reverencia que un musulmán toma el Corán, o un cristiano la Biblia.
Abrió el tratado y encontró mencionadas en él algunas de las hierbas que le había mostrado al duque en El Palomar.
Con voz musical leyó en voz alta lo que Culpeper había escrito sobre ellas en el Siglo XVII.
Selma le habló sobre Culpeper, diciendo que había sido un hombre casado, padre de siete hijos.
Durante la Guerra Civil, había luchado en el bando de los Parlamentarios en contra del Rey Carlos y resultó herido en el pecho.
—Es evidente que era lo que llamaríamos ahora un revolucionario —comentó el duque para bromearla—. ¡Supongo que, como usted lo admira tanto, debe estar también, como él, en contra de la monarquía!
—¿Cómo puede su señoría suponer tal cosa de mí? —exclamó Selma.
Entonces se dio cuenta de que el duque estaba tratando de provocarla, con toda deliberación, y se echó a reír.
—A mí me gustan los reyes y las reinas —dijo—, y tengo simpatía por Carlos II.
—A todas las mujeres les gustan los hombres libertinos —comentó el duque con cinismo.
—Yo no lo admiro por eso —objetó Selma—, sino porque tenía un gusto excelente y fue el primero en introducir patos en el Parque de St. James.
El duque pareció sorprendido.
—¿De veras hizo eso?
—Por supuesto que sí. Los descendientes de esos patos continúan en el lago, pero me imagino que la gente de Londres no está interesada en algo que es tan campirano.
—Yo estoy interesado. Y espero que a usted le gusten mis cisnes.
—Sin duda son preciosos, muy románticos… exactamente lo que milord debe tener en Mortlyn.
—Gracias —contestó él—. Y supongo que piensa, ya que casi lo ha dicho así, que Mortlyn mismo es un lugar muy romántico.
Selma hubiera querido decirle que no sólo la casa, sino también su dueño formaba parte de sus más caros sueños.
Pero se sintió aterrada de que el duque pudiera pensar que ella andaba tras él, como lo hacían todas las mujeres de Londres, según Oliver.
—Mortlyn no me parece un lugar real —habló ella en tono ligero—. Por eso nada debe echarlo a perder, en ninguna forma.
El duque comprendió que ella estaba pensando en los intentos de Giles para matarlo y se dijo que, si algo era irreal ahí, era la propia Selma.
Recordó cómo se veía contra el fondo de la fuente, en el jardín de las hierbas.
Continuaron hablando sobre libros y el duque sacó unos hermosos dibujos de artistas famosos, que él confesó no tenía idea de que los poseía, hasta ese momento.
Selma se mostró encantada con ellos y cuando ella los estaba examinando, comentó que cada uno era más hermoso que el anterior, el duque expresó inesperadamente:
—Usted debía ser inmortalizada en un cuadro y me pregunto qué pintor le habría hecho justicia. Es una lástima que ya no vivan Joshua Reynols o Boucher.
Por supuesto, no suponía que Selma estuviera familiarizada con estos artistas: sin embargo, ella sonrió y exclamó:
—¡Me está usted adulando! Papá siempre deseó que alguien pintara a mamá, pero opinó que sólo Sir Joshua, quien tiene más de cincuenta años de muerto, habría sido capaz de capturar su belleza en el lienzo.
Sonriendo añadió:
—De otra manera, le hubiese gustado que Fragonard hubiera estado disponible.
El duque se sintió sorprendido, pero no hizo comentario alguno.
Simplemente condujo a Selma por el corredor, hacia una habitación que era usada muy raras veces.
Sobre la repisa de la chimenea había un delicioso cuadro pintado por Boucher de la diosa Diana descansando después de una partida de caza.
Era tan hermoso que Selma lanzó una exclamación y unió las manos.
El duque miraba de la diosa hacia Selma.
Decidió que si se tratara de un segundo Juicio de Paris y él tuviera que conceder una manzana de oro a la más bella de las dos, se la daría sin vacilaciones a Selma.
Y sin embargo, se dijo, la muchacha no era una belleza convencional.
El aire peculiar de duendecillo que había en ella no podría ser captado nunca en un cuadro.
Al instante, como si pensara que era un error adularla, la condujo a la puerta del frente, donde esperaba su caballo.
Como la distancia entre El Palomar y la casa grande era corta, Selma no se había puesto traje de montar.
Saltó a la silla, con el vestido de algodón que se pusiera al levantarse.
Se dio cuenta también por primera vez, y la inhibió el descubrimiento, que también había olvidado ponerse un sombrero.
Estaba tan acostumbrada a salir de la vicaría para ir de un lado a otro del pueblo, de forma casual, o a recorrer el parque y los bosques vestida informalmente, que casi nunca se preocupaba mucho de su vestuario.
La única excepción había sido la primera vez que visitó al duque. Ahora, mientras él la levantaba hacia la silla, expresó con timidez:
—Debo disculparme por haber venido de manera tan informal, pero los hombres estaban acomodando aún los muebles de mi dormitorio cuando yo salí.
—Usted se ve exactamente como debe verse la castellana de El Palomar —contestó el duque.
Captó la expresión de regocijo en los ojos de Selma y cuando ella se fue, él regresó con paso lento a la casa.
Se dijo que sería un grave error involucrarse demasiado con Selma. Después de todo, sería desastroso si ella se enamorara de él. La experiencia le decía que eso era muy probable.
Cuanto más pronto volviera a Londres, al lado de las mujeres con las cuales solía pasar el tiempo, sería mejor.
En ese momento recordó que estaba aburrido de Doreen Bramwell.
Antes de ella hubo una larga sucesión de otras bellezas que habían logrado retener su interés sólo por unas cuantas semanas, y muy de vez en cuando por algunos meses.
Después, de manera invariable, y más pronto de lo que él esperaba, lo hacían bostezar.
Hasta el momento, nunca se había aburrido con Selma, aunque, desde luego, ella estaba en una categoría muy diferente a la de las mujeres que él frecuentaba en Londres.
Si era sincero consigo mismo, la muchacha lo intrigaba más de la cuenta.
Todo lo que ella decía siempre era inesperado.
Se dijo que aunque era muy joven, tenía una compostura y una serenidad que pocas veces se encontraba, excepto en mujeres de mucha mayor edad.
Mientras subía en dirección del dormitorio de Oliver, el duque se sorprendió preguntándose cuál sería el futuro de Selma.
Después de todo, sin importar lo que ella pudiera decir, no podía pasar el resto de su vida en El Palomar.
Sólo tendría por compañía a su vieja niñera y pasaría sus días atendiendo las enfermedades de la gente del pueblo.
No era probable que conociera en Mortlyn a muchos hombres entre los cuales pudiera encontrar al esposo adecuado.
Entonces se le ocurrió que los únicos candidatos que conocería serían aquéllos a quienes él invitara cuando estuviera en el campo.
Trató de imaginar cómo encajaría Selma en algunas de las fiestas que él ofrecía en su casa de Londres, y en aquellas que intentaba organizar en Mortlyn.
Tenía la sensación inconfundible de que, a pesar de que estuvieran lujosamente vestidas y resplandecientes de joyas, sus amigas serían eclipsadas por Selma.
De pronto, se dijo que estaba siendo insensato.
¿Cómo podía la hija de un vicario, por bien educada que fuera, competir con las bellezas sofisticadas e ingeniosas que fascinaban al Príncipe de Gales y a todos los hombres que, como él mismo, pertenecían al Club White?
La simple idea era risible.
Y, mientras caminaba por el pasillo se le ocurrió que, así como Selma lo había intrigado a él, también atraería a sus contemporáneos.
La muchacha les parecería, como le había parecido a él, fuera de lo común y muy interesante.
De manera extraña, esa idea le molestó. Cuando abrió la puerta de Oliver, murmuró entre dientes.
—Cuanto más pronto vuelva a Londres, será mejor.
Pero aun mientras caminaba hacia su sobrino, quien se sentía evidentemente complacido de verlo, el duque se dio cuenta de que no quería irse de Mortlyn.
* * *
La bondad del duque al mostrarle sus libros y hablar de sus cuadros era algo que Selma quería recordar.
—Era un recuerdo que atesoraría en su corazón.
Sabía que seguiría pensando en él, no sólo ahora en que había oportunidad de verlo con cierta frecuencia, sino después de que él se hubiera marchado y ella se quedara sola en El Palomar.
Se percataba de que el duque ocupaba todos sus pensamientos y que ella oraría a cada instante para que no le sucediera nada.
Sin embargo, el duque nunca debía saber cuánto pensaba en él, ni cuánto lo amaba.
«¡Hoy lo veré!», se dijo al despertar.
Debido a que la idea era tan emocionante, Selma se incorporó de un salto y bajó de la cama, se lavó con agua fría y empezó a vestirse.
Era demasiado temprano para que Nanny se hubiera levantado ya y Selma decidió salir al jardín de hierbas.
De pronto, se le ocurrió otra idea.
No olvidaba cómo, mientras se dirigía a la casa grande, había percibido con gran claridad que el duque se encontraba en peligro. Antes de quedarse dormida, recordó de nuevo al hombre que le pareció ver en el bosque.
«Fue sólo mi imaginación», decidió, pero la sensación de peligro continuaba estática.
Ahora, al volver a pensar en ello, recordó que el sendero que cruzaba el bosque conducía a la llanura donde el duque llevaba a sus caballos para que hicieran ejercicio.
Súbitamente se le ocurrió que si él iba allí esta mañana, como era lo más probable, el hombre al cual ella había visto podía estar esperándolo para balearlo y después escapar entre los árboles antes que nadie lo descubriera.
La sola idea hizo que ella sintiera como si una mano helada le oprimiera el corazón.
Selma salió de la casa. Todo estaba muy callado y tranquilo, cuando se dirigió a la caballeriza.
El rocío aún humedecía el pasto y había una tenue neblina alrededor de la parte baja de los árboles. Sabía que la neblina debía cubrir también el lago, hasta que fuera dispersada por el sol.
El mundo olía a juventud y a frescura.
Selma podía oír cómo los pájaros trinaban en los árboles. Si ellos no tenían miedo, no podía haber ningún peligro, se dijo.
Y, sin embargo, la misma aprensión que había tenido el día anterior la hizo ensillar al viejo Rufus y sacarlo de su casilla, hacia el patio.
No había señales de Ted, el hombre que no sólo cuidaba a Rufus, sino que también alimentaba la caldera de la vicaría.
El plantaba los vegetales en la hortaliza y hasta ayudaba a Nanny cuando ésta tenía demasiado trabajo en la cocina.
Ted se había puesto más feliz que nadie, cuando Selma le dijo que iba a cambiarse a El Palomar.
—Ése es el lugar perfecto para usted, señorita Selma —comentó con satisfacción—. El jardín está tan bien cuidado, que yo no tendré mucho que hacer afuera.
—Lo que me gustaría, si lograra yo ahorrar un poco de dinero —comentó Selma—, sería comprar otro caballo. Nunca me separaría de Rufus, pero él empieza a envejecer.
—Trate de que le faciliten uno de los caballos que tiene su señoría —contestó Ted—. Eso es más barato que gastar dinero.
Selma se echó a reír, porque Ted tenía siempre ideas muy prácticas.
No obstante, mientras montaba a Rufus se dijo que debía tener mucho cuidado de no abusar de la generosidad del duque.
«Ha sido tan amable… tan maravilloso», murmuró para si.
Sintió como si los rayos del sol, que empezaba a ascender por el horizonte, prenetraran en su cuerpo al sólo pensar en él.
Y volvió a recordar que tal vez estuviera en peligro.
Obligó a Rufus a moverse un poco más rápido hacia el bosque en el lugar donde terminaba uno de los muros de ladrillo que rodeaban el jardín.
Primero había sólo un sendero angosto que se deslizaba serpenteante entre los árboles.
Después de haber cabalgado unos diez minutos, Selma llegó a la parte donde el sendero se hacía más ancho y comenzaba el camino que cruzaba el bosque por el centro.
En algunos lugares las ramas de los árboles, cuando estaban en pleno florecimiento, se encontraban en lo alto y daban la impresión de formar un túnel.
El musgo cubría el suelo, lo que hacía muy suaves las pisadas de los caballos.
El bosque que se extendía a ambos lados del camino le había parecido siempre a Selma un lugar encantado.
Detuvo a Rufus por un momento, para mirar hacia el final del sendero.
Al hacerlo, estuvo casi segura de que veía a alguien que se movía entre la vegetación que crecía bajo los árboles.
Desmontó con rapidez y sacó a Rufus del camino, para llevarlo hacia la parte más espesa del bosque.
No había necesidad de atarlo.
Sabía que si lo dejaba suelto, el animal se limitaría a buscar algo que comer y esperar el regreso de ella.
Deslizándose de forma muy silenciosa, Selma levantó sus faldas con ambas manos y se movió entre los árboles hacia donde pensó que había visto al hombre.
Sin pensarlo más, se había puesto el primer vestido que encontró colgado en su guardarropa, confeccionado de muselina verde, que se mezclaba con el color de la vegetación y la hacía casi invisible. Debido a que, desde que era niña, había observado jugar a los conejos, descansar a los ciervos bajo los robles y a los pájaros alimentar a su crías, sabía deslizarse de la misma forma silenciosa en que lo haría un indio piel roja.
Tal vez porque los amaba, los pájaros no emprendían el vuelo, ni los animales huían cuando ella se acercaba.
Selma avanzó lentamente, para no revelar su presencia.
Entonces, al oír una voz, se quedó inmóvil.
No había caminado a un lado del camino, sino un poco más adentro del bosque.
Se dio cuenta en ese momento, cuando se detuvo tras el tronco de un frondoso olmo, que la voz que había escuchado provenía del camino que se encontraba varios metros a su derecha.
—Creo que este lugar es el mejor, Bill —dijo la característica voz ruda de un hombre de escasa educación.
Tenía un acento extraño que reveló a Selma que no era un hombre local.
—Voy a tener que subir un poco más alto —contestó uno más, con el mismo acento.
Selma estaba segura de que se encontraba del otro lado del camino.
—¿Estás bien oculto? —preguntó el primer hombre.
—Sí. Aquí hay un arbusto y un árbol alrededor del cual puedo atar la cuerda.
—Anda, entonces date prisa —lo apremió el primer hombre—. El no debe tardar ya mucho.
Fue así, con un sentimiento de horror, que Selma comprendió lo que los hombres estaban haciendo. Y advirtió también que tenían el acento llamado «cockney», de los barrios bajos de Londres.
Estaban tendiendo una cuerda a través del camino.
Cuando el duque apareciera, como ellos esperaban, iría galopando hacia la llanura, que no quedaba muy lejos de allí.
Levantarían la cuerda en el último momento.
Esto haría que el caballo tropezara con ella y lo detendría violentamente, haciendo que lanzara a su jinete por encima de la cabeza. Se trataba de un viejo truco y Selma comprendió lo efectivo que podría ser.
Era algo que un jinete confiado no hubiera previsto ni evitado, porque no se daría cuenta hasta que fuera ya demasiado tarde.
De inmediato comprendió que debía ir a advertir al duque.
Se dio la vuelta y empezó a moverse con toda la rapidez posible en la dirección por la cual había llegado.
Sabía que el duque tomaría el camino, procedente del parque, aproximadamente a la mitad de él y debía detenerlo antes que llegara a la trampa que le habían preparado.
Y, mientras luchaba por librarse de unas ramas espinosas que se habían enredado en su falda, y le impedían moverse, ¡comprendió que era demasiado tarde!
Oyó el sonido de las pisadas de un caballo.
Debido a que habían sido suavizadas por el musgo y la hierba del camino, el duque había pasado donde la joven se encontraba antes que ella hubiera tenido siquiera tiempo de gritarle.
No pudo gritar, pero lanzó una exclamación ahogada cuando vislumbró su cabeza y hombros pasar a todo galope.
Mientras contenía el aliento, oyó al duque gritar y el sonido de su caballo al caer.
Por un momento, sintió que iba a desmayarse ante el horror de lo que estaba sucediendo.
Entonces, a través del ruido que hacía el caballo pateando y bufando de dolor, oyó las voces de los dos hombres.
Uno de ellos dijo:
—Ten cuidado con las patas del caballo, Bill, pero golpéalo con fuerza.
—Sí, tal vez no esté muerto, a menos que nos aseguremos de matarlo a golpes —contestó el otro.
Selma comprendió que debía hacer algo y pronto.
Casi como si su padre la estuviera ayudando y guiándola, gritó en su propia voz:
—¡Ted! ¡Ted! Ven pronto… ¡ha ocurrido un accidente!
Se adelantó al hablar, produciendo mucho ruido entre las ramas. Podía ver ya las cabezas de los dos hombres que se encontraban de pie en el camino y a uno de ellos enarbolando un mazo, de aspecto particularmente peligroso, porque parecía estar lleno de clavos, para hacerlo todavía más mortal.
Haciendo la voz ronca para que pareciera la de un hombre, Selma gritó:
—¡Ya voy, señorita! ¡Y los perros vienen atrás! Ben los trae y está ya cerca.
Lo hizo imitando muy bien el modo de hablar de Ted.
Selma observó a los hombres, sobre todo al que sostenía el mazo en la mano. Se dio cuenta de que estaban indecisos.
—Vamos, vamos, apresurate… —gritó—. ¡Dispara sobre ellos, Ted, antes que escapen!
—¡Ahora mismo les volaré la cabeza, señorita! —gritó en la voz supuesta de Ted—. Apresúrate tú también, Jim… no podemos dejar escapar a esos demonios.
Fue entonces cuando Selma escuchó decir a uno de los hombres:
—¿Qué estamos esperando? Nos matarán si continuamos aquí.
Bill, que estaba del lado del camino más cercano a Selma, lo cruzó corriendo.
Selma alcanzó a ver dos cabezas, una cubierta con una gorra y la otra con un viejo sombrero, que desaparecían entre los árboles. Debido a que temió que no se fueran muy lejos, continuó gritando.
Volvió a imitar la voz de Ted para decir a grandes voces:
—¡Por aquí, Jim! ¡Es su señoría! ¡Uno de ustedes… levante su caballo!
Estaba segura, por los sonidos que los dos pillos producían al correr a través de los árboles, que no se habían detenido.
Sólo cuando se convenció de que habían salido del bosque, corrió hacia el camino, para investigar lo sucedido.
El caballo del duque consiguió levantarse.
Tenía las rodillas ensangrentadas y era obvio que el pobre animal sufría.
Un poco adelante, boca abajo sobre el camino, yacía el cuerpo inmóvil del duque.
Selma corrió a su lado, se arrodilló junto a él y lo palpó con mucha suavidad.
Oraba con fervor porque sólo se hubiera fracturado una clavícula o un brazo.
Existía siempre la probabilidad en un accidente así, con un caballo grande, de que el jinete se rompiera el cuello al caer de cabeza.
Advirtió que estaba inconsciente y que necesitaba buscar ayuda.
Fue entonces cuando descubrió el mazo con el cual uno de los asesinos iba a atacar al duque.
Como ella temía, era un instrumento aterrador, con grandes clavos adheridos a uno de sus extremos.
Si el duque hubiera sido golpeado con él, estaría muerto a estas horas.
Se quedó de pie un momento, con la mirada alerta y escuchando, por si los hombres volvían.
Todo estaba silencioso… tan silencioso que ella comprendió que los pájaros se habían asustado y emprendieron el vuelo.
El caballo del duque, un magnífico potro negro, estaba resollando con fuerza y temblando. Selma le dio palmaditas, para tranquilizarlo.
En seguida se dirigió al lado del duque y empezó a tirar de él, con todo el cuidado que pudo, para sacarlo del camino.
A un lado de éste había una zanja que fue excavada para el drenaje y estaba medio cubierta de hojas.
Logró, con un esfuerzo supremo, arrastrar al duque con lentitud hasta la zanja.
Allí lo cubrió con las hojas secas que estaban adentro y alrededor de ella.
A renglón seguido levantó el mazo y lo arrojó tan lejos como pudo, entre la espesa vegetación en el otro lado del camino.
Se dio cuenta, al hacerlo, de lo pesado que era.
El solo tocarlo, sabiendo qué habían intentado hacer con él, la hizo temblar.
Aunque eso le tomó un poco de tiempo, logró quitar la cuerda con la que hicieron caer al caballo.
Ella sabía que, si los hombres regresaban, encontrarían difícil recordar con exactitud en qué lugar del camino habían puesto su trampa mortal.
Y después de estar segura de que no podrían encontrar al duque antes que ella volviera, condujo el caballo, que cojeaba y seguía asustado, por el centro del camino.
Caminaron con lentitud hasta que llegó al lugar donde había dejado a Rufus.
Todo el tiempo, Selma iba pensando en lo que debía hacer.
Aún estaba muy asustada, pero sentía como si alguien más sabio que ella la estuviera guiando.
En cierta forma, eso evitaba que sufriera todo el horror de lo que había ocurrido.
Sólo cuando dejó al potro y montó a Rufus para volver a El Palomar, sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas.
Además, sentía un intenso frío, el cuerpo le temblaba y estaba a punto de desmayarse.
En el momento en que llegaba a la puerta del frente de El Palomar vio con profundo alivio que la carreta del señor Hunter venía por el sendero de la casa.
Sentado junto a él iba su hijo mayor, un joven muy inteligente que colaboraba con su padre mientras aprendía el oficio de administrador, para poder hacerse cargo de alguna otra finca.
Supo en ese instante que la suerte estaba con ella y con el duque. Se le ocurrió, asimismo, mientras llamaba al señor Hunter, que sería un error permitir que los hombres que habían huido descubrieran que habían fallado en su misión.
* * *
Fue hasta casi dos horas más tarde, después que el duque fue trasladado a El Palomar y Nanny y el señor Hunter lo instalaron en una cama, cuando permitieron a Selma que lo examinara.
Entró en la habitación y lo vio acostado en la cama de cuatro postes, de madera tallada, que fuera de su padre.
Le pareció curiosamente pálido y por un momento aterrador pensó que tal vez estuviera muerto.
Fue Nanny quien la tranquilizó:
—Su señoría está aún inconsciente, queridita, pero su corazón está latiendo. Yo sé que usted podrá curarlo.
—Sí, desde luego —contestó Selma.
Logró decirlo con mayor confianza de la que en realidad sentía. Una cosa era tratar a Oliver y a la gente conocida del pueblo y otra muy diferente tratar al duque, era el hombre amado por ella. Eso la hacía sentir un temor desesperado de fallar.
Sin embargo, la singular facultad que siempre parecía volcarse sobre ella cuando la gente lastimada o enferma acudía en su ayuda, la hizo olvidarse de sí misma.
Comprendió con exactitud lo que le sucedía al duque.
Con mucha delicadeza, examinó sus hombros y descubrió que no tenía fracturado ningún hueso. Después examinó la parte posterior de su cuello.
Pronto descubrió que el impacto no había sido tan fuerte como ella había temido y que el cuello del duque no había sufrido ningún daño de consecuencias.
El don sobrenatural que la dirigía le dijo cuanto tenía que hacer y la tranquilizó.
Aunque tomaría un poco de tiempo, podría, con la ayuda de Dios, hacer que el duque se recuperara de forma total.
Sabía, sin embargo, que sufría de conmoción cerebral, a causa de lo violento de la caída y que cuando recobrara el conocimiento iba a padecer de intensos dolores de cabeza.
Nanny y el señor Hunter se alejaron de la cama, mientras ella lo examinaba, y esperaron su veredicto.
—Su señoría se lastimó la médula espinal —dijo Selma en voz baja—. Puedo curarlo. Pero tomará tiempo.
Hizo una pausa antes de agregar:
—Si te quedas aquí con él, Nanny, el señor Hunter puede venir conmigo para ayudarme a cortar las hierbas que necesito.
Salió de la habitación y cuando el señor Hunter se le reunió en el pasillo, le comentó:
—Considero que sería un grave error que alguien, con excepción, tal vez, del señor Oliver, sepa que el duque está aquí y que está vivo.
El señor Hunter pareció sorprendido y Selma le explicó:
—Sus atacantes eran hombres vulgares, de los barrios bajos londinenses. Sería bueno hacerles creer, cuando informen a la persona que los contrató, que cumplieron su cometido y que el duque está muerto.
Se quedó pensativa un momento y en seguida continuó diciendo:
—Eso, cuando menos, nos dará unos días de respiro, mientras él se mejora. De ninguna manera debe ser alterado, ni atacado por segunda vez.
El señor Hunter comprendió lo que ella estaba pensando.
Si el duque estaba en Mortlyn, sería más difícil protegerlo allí. Más aún, si Giles Lyne descubría que su diabólica trampa no había matado a su primo, pensaría de inmediato alguna otra forma de hacerlo.
—Comprendo, señorita Selma —repuso el señor Hunter—. Puede usted confiar en que mi hijo mantendrá la boca cerrada; sin embargo, deberíamos traer a Daws para ayudarla a cuidar de su señoría.
—Sí, desde luego —convino Selma—. Es absolutamente imperativo que alguien permanezca con él de día y de noche.
—Sería un error que yo me quedara en El Palomar —opinó el señor Hunter—. Eso despertaría mucha curiosidad.
Se detuvo y después prosiguió diciendo:
—Pero mi hijo, que es un excelente tirador, puede quedarse de guarda por las noches. La gente del pueblo pensará que se ausentó en viaje de negocios.
—Eso sería de gran ayuda.
Selma se dirigió al jardín de las hierbas y cortó las que necesitaba. Al hacerlo, iba orando porque el duque estuviera pronto tan fuerte y saludable como ese día en el que la encontró junto a la fuente y ella le había dado las gracias por permitirle vivir en El Palomar.
—Lo amo —musitó a las hierbas que iba cortando—. Hagan que se ponga bien. Por favor, Dios mío, permite que se alivie.
Cuando volvieron a la casa, el señor Hunter anunció que iba a recorrer el parque y el bosque, con la naturalidad del que realiza parte de sus deberes.
Al mismo tiempo, buscaría a los criminales.
—Si los encuentro, señorita Selma —dijo—, debo confesarle que no vacilaré en matar a ambos.
—Sin duda tendría usted justificación para hacerlo, señor Hunter —contestó Selma—. Pero dudo mucho que se hayan quedado por aquí, sobre todo si piensan que cumplieron su objetivo.
* * *
El administrador había enviado a su hijo a buscar el potro del duque, para traerlo con mucha lentitud y cuidado hasta El Palomar. Para entonces ya estaba en la caballeriza. El señor Hunter y Selma fueron a ver al pobre animal.
Ted estaba con él, lavando y vendando las rodillas del potro.
—Tuvo una fea caída, señorita.
—Lo sé —asintió Selma—, pero no quiero que nadie sepa acerca de esto. Por favor, no comentes a nadie en el pueblo que el caballo está aquí.
Ella sabía que Ted la obedecería.
—Yo sé cuándo debo mantener cerrada la boca, señorita —le confirmó Ted en voz alta.
—Lo sé, Ted. Por eso es que confío en ti.
Dejó a los tres hombres hablando sobre el caballo y volvió al lado del duque. Él no se había movido desde que ella lo dejara. Dio a Nanny las hierbas.
—Antes de prepararlas —intervino Nanny—, voy a traer algo para que beba usted, queridita. Se ve pálida como un fantasma y ésa es la verdad.
—Estoy muy bien —contestó Selma.
Comprendió que su palidez se debía a la terrible impresión que había recibido.
Sin embargo, no se opuso cuando Nanny corrió a prepararle una bebida algo dulce y caliente, que era su paliativo de costumbre para las impresiones, los sustos o los pesares.
Cuando Nanny se fue, Selma se sentó junto al duque y puso la mano en su frente.
Estaba frío, pero no era la frialdad que ella temía cuando lo vio acostado en la cama por primera vez.
—Tiene su señoría que ponerse bien —dijo con voz muy suave. Y continuó diciéndole en tono bajo, pero fume.
—Milord es tan fuerte y tan magnífico, que es un insulto que una gente tan despreciable como ésa le haga… sufrir o… caer del pedestal en el cual… todos lo hemos colocado.
Al rozar su mano con la de él, no percibió las vibraciones vitales que había sentido antes al tocarlo.
Selma comprendió que el duque necesitaba más energía de la que ella podía darle y empezó a invocar al poder Divino su maravillosa luz para que se derramara sobre él y lo aliviara.
Mientras continuaba orando, sintió como si la luz hubiera descendido.
Nítida y brillante igual que un plateado rayo de luna en lo alto del cielo, cubrió al duque con su resplandor, como si fuera el agua que juguetea en la fuente.
Sintió que eso produciría al duque el alivio necesario y le daría las fuerzas suficientes para restablecerse por completo.
Rezó con una intensidad que la hizo sentir como si llegara al cielo mismo.
Cuando un poco más tarde se abrió la puerta y Nanny entró con una bebida reconfortante, se sentía exhausta.
Era como si hubiera dado al duque su corazón y su alma y con ellos la vida que fluía a través de su cuerpo.
* * *
-¡Nunca había oído nada más diabólico que eso! —exclamó Oliver cuando Selma le contó lo sucedido a su tío.
—Voy a levantarme —anunció al otro día—, para ir a proteger yo mismo a mi tío Wade.
Calló un momento y en seguida continuó furioso:
—Si esos demonios se enteran de que está vivo, volverán. Puede usted estar segura de eso. Giles necesita dinero y quiere ser duque.
—Me niego a tener dos enfermos en mis manos —protestó Selma.
—Yo ya no tengo nada. Sólo un deseo intenso de matar a Giles. Y estoy pensando en la mejor manera de hacerlo.
Selma le aconsejó que fuera sensato.
* * *
Selma no se sorprendió cuando, dos días más tarde, Oliver llegó a El Palomar y fue subido a la casa en una silla, entre dos lacayos.
—Me estoy perdiendo toda la diversión —dijo cuando Selma le reprochó su conducta.
Para entonces ella se había dado cuenta, como el señor Hunter, de que no podían seguir pretendiendo que el duque estuviera muerto. Estaba vivo, pero, como Selma había predicho, sufría insoportables dolores de cabeza.
No había nada que ella pudiera hacer, excepto darle hierbas para aminorar el dolor.
Al mismo tiempo, sabía que el masaje que le estaba aplicando, y que le había sido enseñado también por su madre, era muy efectivo. No había nada fracturado en su columna vertebral, por fortuna, aunque sí estaba golpeada e inflamada.
La piel de su cuello y de sus hombros estaba también adolorida. Ella tenía la confianza, sin embargo, de que su cerebro no hubiera sido afectado de modo alguno.
Cuando recobró el conocimiento, él confirmó esto, aunque al mismo tiempo se mostró en extremo desagradable, porque no podía moverse sin sentir un dolor muy intenso.
También descubrió que, por momentos, le costaba trabajo pensar con claridad.
—Tiene su señoría que ser paciente —le sugirió Selma, mientras aplicaba masaje a su cuello y a sus hombros.
—Eso es algo que nunca be podido ser —contestó él—. Supongo que usted estará pensando que es muy bueno para mí el darme cuenta de que no soy tan omnipotente como creía ser.
Selma se echó a reír.
—Por supuesto que eso es lo que estoy pensando y, como dice su señoría, es muy bueno para su alma.
—No creo tener una —replicó el duque sólo por el gusto de discutir.
—En realidad, su alma está en muy buenas condiciones y aunque su señoría intente negarlo, es una parte muy importante de su ser.
—Dudo mucho en descubrir una ilustración al respecto en un libro de medicina.
—Bueno, yo puedo decirle que, en mi opinión, lleva una pequeña aureola sobre la cabeza.
Selma sonrió y después dijo:
—Inspira a muchas personas, incluyendo a su sobrino Oliver, a practicar no sólo el buen deporte, sino todo lo que es justo y correcto.
El duque se quedó pensativo por un momento y luego dijo, como si se sintiera turbado por el cumplido que ella le había hecho:
—¿Me quiere usted decir que Oliver se está comportando bien?
—Oliver está profundamente preocupado por su señoría y está practicando todos los días el tiro al blanco desde una silla de ruedas, de tal modo que si Giles insiste en sus criminales propósitos, podrá aniquilarlo primero.
—¡Santo cielo! —exclamó el duque—. Si comete un asesinato, tal vez no tenga la misma suerte que ha tenido Giles, y a él sí lo cuelguen.
—Eso es muy improbable. Sin embargo, pienso que a Oliver le beneficia estar pensando en otra persona y no en sí mismo.
El duque se dio cuenta de que Selma y su sobrino habían establecido una gran amistad en su común ansiedad por él.
Fue Oliver quien le dijo en una ocasión.
—¡Por favor, evita decirme señor Oliver! Me hace sentir más viejo que Matusalén. Por mí parte, no tengo intenciones de seguirte llamando señorita Selma, como si fuera uno de los sirvientes.
Selma se echó a reír y asintió:
—No veo razón para que seamos tan formales.
—Eso es algo que ya no tengo intenciones de ser contigo —declaró Oliver.
Después de una pausa continuó diciendo:
—¡Si yo estoy preocupado por mi tío Wade, tú también lo estás! Andas en torno a él, como una vieja gallina clueca con un solo pollo.
—Si no estuvieras enfermo, te arrojaría algo, por decir eso —exclamó Selma.
—¡Y como eres mujer, fallarías!
Ambos se echaron a reír.
Selma pensó que era divertido tener alguien de su edad con quien bromear y jugar.
El duque se percató de su creciente familiaridad.
Se le había ocurrido, de pronto, que si Oliver se enamoraba de Selma, sería beneficioso para él.
Ciertamente, eso lo alejaría de las avarientas cortesanas.
La idea lo hizo sentir cierta curiosidad, de tal modo que no pudo resistir la tentación de decir a Selma, cuando ésta le estaba dando masaje:
—Oliver se ha convertido en un joven muy apuesto. ¿Está usted enamorada de él?
La pregunta tomó a Selma por sorpresa.
—No… por supuesto que… no —repuso con rapidez—. Siento como si Oliver fuera el hermano que nunca tuve. Estar… enamorada es… algo muy diferente.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó el duque.
Demasiado tarde ella comprendió que había hablado con precipitación.
—Cuando la conocí —continuó él—, me dio la impresión de que usted nunca había estado enamorada de nadie y que sabía muy poco sobre el amor.
—Eso es… cierto.
—Bueno, entonces, ¿cómo puede asegurar que no está enamorada de Oliver?
Se hizo un profundo silencio antes que Selma contestara:
—Estoy segura. Pero es… algo que… no puedo expresar con… palabras.
—Eso me sorprende —comentó el duque—. A mí siempre me ha parecido que usted se expresa con increíble claridad, para alguien que nunca ha salido de Mortlyn.
—Ahora se está mostrando enigmático, lo cual no es característico de usted.
Luego procedió a explicarle:
—Con la ayuda de papá, visité muchas partes del mundo y, desde luego, con su protección y… ayuda, llegué hasta las… puertas del cielo.
Comprendió, al decirlo, que eso había sentido cuando oró por el duque.
Supo que, sólo implorando a Dios, recibiría de Él toda la ayuda que necesitaba para hacer que el duque se recuperara.
Como si él supiera leer sus pensamientos, preguntó:
—¿Ha estado usted orando por mí, Selma?
—Debe darse cuenta su señoría —contestó Selma, después de un momento de vacilación—, que de otra manera no hubiéramos logrado tan pronto su recuperación. Sus dolores de cabeza han disminuido y son mucho menos intensos que antes.
Esperó un momento y entonces continuó:
—Se debe a un Poder venido del Altísimo, que es mucho más potente que cualquier cosa que yo sola pudiera hacer por… su señoría.
—Pero el Poder o la Fuerza de que habla llega a mí a través de usted. No va a negar eso, ¿verdad?
De nuevo hubo una pausa antes que Selma respondiera en voz baja:
—Me gusta… pensar que es… verdad.
Limpió el aceite de hierbas que había puesto en el cuello y los hombros del duque antes de darle el masaje.
Luego, con mucha suavidad, lo ayudó a reclinarse contra los cojines.
Ella empezó a alejarse de la cama, pero él la tomó de la mano y se lo impidió.
—¡Quiero mirarla! —exclamó—. No puedo creer que usted sea real, que no sea un producto de mi imaginación.
—¿Por qué no… iba a ser… yo misma?
—Es casi imposible que alguien tan joven como usted sea tan inteligente y sepa tantas cosas que el resto de la gente desconoce. ¿Cómo pudo adquirir tantos conocimientos en sólo dieciocho años?
Selma sonrió y como si hubiera contestado, él continuó diciendo:
—Ya sé lo que va a decir. Tal vez estemos en el Siglo XIX, pero usted ya ha vivido mil vidas como curandera, doctora, o… quizá como bruja, antes de convertirse en la pequeña señorita Selma.
—Milord lo hace parecer muy emocionante —sonrió Selma—. Si no encuentra nada mejor que hacer cuando vuelva a Mortlyn, podría dedicarse a escribir un libro.
—¿Con usted como heroína? —preguntó el duque—. ¿Quién sería el héroe?
Por un momento, los ojos de ambos se encontraron.
Fue imposible para ambos apartar la mirada hacia otro lado.