Capítulo 4
Ya había oscurecido y las luces del Invencible se reflejaban en el agua cuando un vigía situado en el alcázar anunció:
—¡Aquí vienen, señor!
Conrad, que desde hacía una hora paseaba de un lado a otro como un león enjaulado, miró hacia el muelle y pudo ver las luces de un lujoso carruaje de cuatro caballos que se dirigía hacia donde esperaba, desde horas antes, un bote del Invencible para conducir a los pasajeros a bordo.
—¡Demonios con la mujer, ya casi es la hora! —masculló.
Aunque le aliviaba que la pasajera hubiera llegado al fin, no pudo evitar una ráfaga de indignación por el retraso.
Tuvo que obligarse a no mostrar su enfado cuando Lady Delora subió a bordo acompañada por un oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores, que la había escoltado desde Londres.
—Le presento mis disculpas, capitán Horn, por no haber llegado a tiempo. Hemos tenido algunos incidentes en el camino, pero esperamos no haberle causado ningún trastorno.
—Me alegro de que hayan llegado a salvo, señor. —Conrad esperaba que su voz no sonara demasiado fría o sarcástica.
Suponía que el retraso había sido culpa de la mujer.
—Mi nombre es Julius Frobisher, y el vizconde Castlereagh me pidió que le felicitara en su nombre por su nuevo nombramiento. También le agradece sinceramente que lleve a Lady Delora a Antigua. No le cabe duda de que procurará que el viaje sea tan seguro como cómodo.
—Así lo espero. Agradezco esas amables palabras.
—Señorita, permítame presentarle al capitán Conrad Horn. —Julius Frobisher se dirigió a una figura cubierta por una gruesa capa. En aquel instante, el fuerte viento estuvo a punto de arrancarle el sombrero.
—Creo, señor, que será mejor que bajemos enseguida al camarote de la señorita —propuso el capitán.
—Por supuesto, me parece lo más sensato.
Conrad se adelantó para mostrarle el camino. Detrás del señor Frobisher y Lady Delora iban una doncella y otra mujer que seguramente era la dama de compañía.
Cuando llegaron a la puerta del camarote, un joven marinero se les acercó.
—Perdone, señor —dijo a Conrad en voz baja—. El marinero jefe desea hablar con usted. Es urgente.
Conrad sabía que no le habrían molestado en aquel momento si, en efecto, no se tratara de algo importante.
Se volvió hacia Deakin, que estaba a su lado.
—Encárguese de atender a los señores.
—A la orden, señor.
Conrad se apresuró a bajar a la cubierta inferior para ver lo que sucedía.
Se trataba de un error cometido al guardar las municiones para los mosquetes. Pasó casi una hora antes de que fueran encontradas y desapareciera la inquietud provocada por el temor a zarpar sin ellas.
Entonces, Conrad decidió que era demasiado tarde para presentar sus respetos a Lady Delora, ya que Deakin le comunicó que todo estaba en orden.
Milady se hallaba tan cansada que se había retirado a dormir enseguida, sin tomar siquiera la cena dispuesta para ella.
Julius Frobisher ya había bajado a tierra.
—Para ser sincero, señor —añadió Deakin con una sonrisa—, creo que no tiene estómago para el mar. Estaba ansioso de volver al hotel donde tenía reservada habitación para pasar la noche.
—Tendré que excusarme por mi ausencia.
—Creo que el señor Frobisher se alegró tanto de haber cumplido su misión, que no sentía ningún deseo de prolongar las despedidas.
—Bien, entonces ya estamos listos.
Conrad ya había ordenado levar anclas y pensaba que si el viento continuaba y podían aprovechar la marea del amanecer, pondrían rumbo al Atlántico antes de la noche siguiente.
Durmió unas horas y, cuando se levantó antes del alba, comprobó que el viento favorable los había llevado a mar abierto.
Nunca había sido tan feliz como entonces, imaginando la gran actividad de los primeros días en el mar.
Debía coordinar a sus tripulantes para que todos se sintieran parte de un equipo, así como efectuar prácticas de tiro, siempre de enorme importancia para hombres que jamás habían trabajado juntos.
Y sobre todo estaban las maniobras con las velas. Era necesario lograr que la tripulación se percatara de que la vida del barco y la suya propia dependían de la velocidad con que las colocaran en la arboladura.
En tales momentos era cuando más agradecía a Dios el contar con la ayuda de Deakin, quien sentía verdadera pasión por ese tipo de entrenamiento.
El había instigado a la tripulación del Tigre para alcanzar el récord de izar las velas del mástil más alto en sólo once minutos y cincuenta y un segundos, y todo el velamen en veinticuatro minutos y siete segundos.
El mismo espíritu de superación había que crearlo entre la nueva tripulación, que debía manejar un barco más grande y más complicado y cuyo instrumental, por ser nuevo, daría problemas hasta que se hubiera utilizado algún tiempo.
Había que hacer tantas cosas, que la mañana transcurrió en un vuelo. Sólo cuando oyó la campana se percató Conrad de que era ya mediodía y aún no había saludado a su pasajera.
Mandó a Barnet, que preguntase si Lady Delora podía recibirle.
La respuesta fue que estaría encantada de hacerlo. Conrad, con la sensación de que le esperaba un momento desagradable, abandonó el puente de mando y se dirigió al camarote del alcázar.
La doncella, que esperaba en la puerta, le hizo una ligera reverencia pero no dijo nada. Se limitó a franquearle el paso anunciando:
—El capitán Horn, milady.
Conrad se quitó el sombrero y entró decidido en el camarote. Pero cuando miró adonde estaba la pasajera se detuvo pensando que había cometido un error.
Un rayo de luz que entraba por la ventana iluminada la rubia cabellera de la mujer que se volvió al oírle entrar. Con asombro, Conrad vio que no se trataba de una solterona como había supuesto, ni se parecía en absoluto a su hermano.
Denzil Horn tenía la nariz larga, ojos demasiado juntos y un rostro que, aunque joven, ya mostraba notorias huellas de su vida licenciosa.
Por el contrario, los ojos que le miraban ahora inquisitivamente eran del color azul profundo del mar. El pequeño rostro ovalado y el cuerpo de curvas suaves revelaban que se trataba de alguien más joven, una muchachita inmadura, lo que asombró aún más a Conrad.
Lady Delora le pareció encantadora. Poseía un aire de sencillez e ingenuidad que jamás había encontrado en ninguna mujer y que, desde luego, no esperaba hallar en la hermana del conde de Scawthorn.
Permanecieron inmóviles unos segundos, mirándose. Después, como si recordara de pronto sus buenos modales, Lady Delora hizo una reverencia.
—Creo que somos parientes, capitán Horn —dijo con suavidad. Su voz no sólo era musical, sino que además revelaba cierta timidez.
—Creo que primos segundos, señorita.
—Aunque sea al cabo de tanto tiempo, debo decirle que me alegra conocerle.
Le tendió la mano y Conrad, al tomarla, advirtió que era pequeña y delicada, pero que tenía a la vez una gran vitalidad.
Solía envanecerse de ser capaz de conocer a un hombre por su apretón de manos. Y ahora pensó que, a pesar de su juventud, Lady Delora tenía carácter.
—Tengo entendido que éste es su camarote y lamento ser una molestia. Comprendo el disgusto que le causará tener que cederlo en su primer viaje con este barco.
Conrad se sorprendió de que hubiese reparado en los trastornos que causaba y contestó de forma convencional:
—Es un placer, milady.
Tras una breve pausa, ella comentó:
—Toda la mañana he estado esperando que viniera a verme para preguntarle si podría conocer el barco.
—Por supuesto —contestó Conrad—, pero creo que sería más conveniente que yo la acompañara más tarde.
—Cuando le sea posible. Y por favor… —Se detuvo y desvió la vista, turbada al parecer.
—Iba a decir algo, milady —la animó suavemente Conrad.
—Tal vez sea algo que no deba… No tan pronto al menos.
—A mí me interesaría saber qué es.
Ella sonrió.
—Iba a sugerirle, que como somos primos no fuéramos tan protocolarios; pero el señor Frobisher me dijo que, como capitán del barco, es usted muy importante y casi inaccesible… ¿O me equivoco?
—No, claro que no.
En aquel momento el barco dio un bandazo y, viendo que ella casi perdía el equilibrio, Conrad propuso:
—Será mejor que nos sentemos. Costará algún tiempo que sus piernas se acostumbren a este balanceo.
Ella sonrió y se dirigió andando cuidadosamente al pequeño sofá colocado en un rincón del camarote.
—Ya he comprobado en otras ocasiones, primo Horn, que mis piernas se acostumbran rápidamente; pero no puedo decir lo mismo de la pobre señora Melhuish. Estoy convencida de que empezó a marearse antes de que saliéramos del puerto.
—Lo lamento.
—No debía haber venido conmigo, pero le tiene pánico a mi hermano. Conrad guardó silencio.
No tenía intención de hablar de su primo Denzil con la hermana de éste, pero le sorprendía tanto que fuera tan diferente a como había supuesto, que no pudo evitar comentarlo.
—Debo confesar que esperaba que fuese usted mucho mayor, pero como nuestras familias no han tenido mucha relación durante casi dos generaciones, no sólo ignoro la edad de mis parientes de esa rama, sino hasta el número de ellos. Lady Delora sonrió.
—Recuerdo que mi padre me contó que mi abuelo y el suyo discutieron. Pero tengo la impresión de que, actualmente, hasta se ha olvidado la razón por la cual comenzó el problema.
—Realmente parece ridículo. Pero ahora nosotros nos hemos conocido, prima Delora, si bien en circunstancias un tanto extrañas.
Conrad dijo esto recordando que la llevaba para que se casara con uno de los hombres más repulsivos que había conocido.
Como si ella adivinara lo que pensaba, vio que el rubor le teñía el rostro y en sus ojos azules aparecía una expresión que no esperaba ver, pero que era inconfundiblemente de miedo.
—Por favor… Preferiría no hablar de eso.
—Le ruego que me perdone. No era mi deseo entrometerme en algo tan personal.
Conrad hablaba con frialdad, sintiendo que la sensación de disgusto hacia la joven aumentaba. Seguramente su apariencia lo engañaba, haciéndole pensar que era diferente al resto de los Horn, cuyo trato siempre había evitado, como lo hicieran antes que él su padre y su abuelo.
Iba a ponerse de pie para despedirse, pero ella se apresuró a detenerlo.
—No, por favor, quédese un poco más… Deseo hablar con usted. Me alegro… me alegro mucho de que esté aquí… y sea familiar mío.
Conrad iba a responder, pero ella prosiguió rápidamente:
—Estoy al tanto de sus hazañas en el Mediterráneo. Los periódicos decían maravillas de usted y yo, al leerlos, sentía muchos deseos de conocerle. Imagínese mi emoción cuando supe que era usted el capitán del barco que me llevaría a Antigua.
Conrad hubiese querido preguntarle un sinfín de cosas.
No comprendía cómo había accedido a aquel monstruoso matrimonio con un hombre que podía ser su abuelo, ni cómo, en tiempo de guerra, no prefería permanecer a salvo en Inglaterra, en lugar de aventurarse en lo que podía ser una travesía muy peligrosa.
Mas ella le había hecho ver ya que no debía mostrarse curioso y no deseaba que le parase los pies de nuevo.
Como trataba de mantener un firme control sobre sí mismo, se mostraba arrogante e inaccesible. Cuando Lady Delora se percató de ello, dijo con voz suplicante:
—Por favor, entiéndame… No he querido decir… lo que usted ha creído al parecer.
—Creo que tal vez sea mejor olvidar que entre nosotros existen lazos de sangre y comportarnos como desconocidos. En realidad es lo que somos. Le aseguro que mi único deseo es que esté cómoda y llegue con bien a Antigua.
Al terminar de hablar, Conrad observó que Lady Delora entrelazaba los dedos, nerviosamente y, por la expresión de sus ojos, comprendió que le rogaba, que casi le suplicaba al decir:
—Yo esperaba que…, como somos primos, también podríamos ser… amigos.
—Espero que lo seamos durante el breve tiempo que dure este viaje.
Conrad pensó con cierto cinismo, que no habría oportunidad de que lo fuesen una vez que, llegados a Antigua, la entregara a su hermano y a su prometido.
—Y… y los amigos se ayudan… ¿o no? —preguntó ella.
—Deberían hacerlo cuando es posible.
—Entonces, por favor, si es mi amigo, primo Conrad, ¿puede decirme como ser tan valiente como usted?
Por un momento Conrad creyó que no había oído bien.
—¿A qué le teme?
Sus ojos se encontraron y supo la respuesta antes de escucharla.
—A… a casarme con un hombre al que no conozco —la voz femenina era casi un susurro.
Conrad se puso tenso.
—¿Un hombre al que no conoce? Entonces dígame, en nombre de Dios, ¿por qué realiza este viaje?
—Porque me obligan. No tengo alternativa, pero estoy asustada y… ¡y desesperada!