Capítulo 5
Por un momento, Azalea no pudo moverse. Después se aferró a la esperanza de que lord Sheldon no la reconociera. Pero el señor Chang se dio cuenta de que su esposa le estaba gastando una broma. Se puso de pie e hizo una inclinación de cabeza ante Azalea.
—Es un gran honor que entre usted en mi humilde casa —dijo—. Lo mismo si viene como señorita Osmund que como Flor Fragante, será usted siempre bienvenida.
Azalea se sintió de pronto muy consciente de que lord Sheldon la miraba de aquella forma penetrante que la hacía ruborizarse. Antes de que ella pudiera hablar, Kai-Yin Chang exclamó con fingida exasperación.
—¡Honorable esposo es demasiado listo para ser engañado!
¡Qué desilusión!
Azalea se hubiera retirado enseguida turbada e insegura, pero en el momento de darse la vuelta, oyó que lord Sheldon preguntaba a su anfitrión:
—¿Sería posible que pudiera hablar a solas con la señorita Osmund?
—Por supuesto, milord —contestó el señor Chang—. Mi casa es la suya.
—Estoy seguro de que a la señorita le gustaría ver su hermoso jardín —dijo lord Sheldon—. Y a mí también. Me han dicho que es uno de los lugares más hermosos de Hong-Kong.
—Es usted muy amable —dijo el señor Chang, y con un además indicó que le siguieran. Azalea no pudo hacer otra cosa que obedecer, aunque hubiera querido huir, esconderse, vestir de nuevo sus ropas occidentales y, sobre todo, no tener que hablar a solas con aquel hombre. Pero se daba cuenta de que oponerse o discutir suponía hacer el ridículo y provocar una escena desagradable delante de los señores Chang.
Por lo tanto, siguió a los demás a través de otro bonito patio y después por su pasillo, hasta que llegaron a una puerta que el señor Chang abrió antes de retirarse discretamente con su esposa.
Azalea y lord Sheldon salieron a una terraza más allá de la cual se extendía el jardín. Al hacer su aparición, asustaron a varios pájaros que saltaban por el césped y que emprendieron el vuelo con un rebrillar de plumas azules.
—¡Las urracas chinas! —exclamó Azalea.
—Esperemos que nos traigan buena suerte —dijo Mirvin Sheldon.
Ella sonrió recordando lo que le había dicho a Kai-Yin en el barco.
—Necesito buena suerte —murmuró casi entre dientes mientras echaban a andar el uno junto del otro, siguiendo un sinuoso sendero bordeado de flores de dulce aroma.
Azalea había leído que los jardines chinos eran sumamente interesantes por la forma ingeniosa en que estaban trazados. Incluso un trozo de terreno pequeño podía dar impresión de amplitud y belleza. En el gran espacio de que disponía sobre la ladera del Pico, el señor Chang había creado un poema floral exquisitamente imaginativo.
Había grupos de piedras dispuestas artísticamente, puentes estilizados sobre estanques cubiertos de lirios acuáticos, arroyuelos y cascadas que sorprendían en este o aquel rincón.
Las flores y los arbustos estaban arreglados con una armonía y un sentido del color asombrosos. Rosas, peonías y azaleas, muchas de ellas de la variedad enana, formaban una alfombra de color en el suelo, mientras que las enredaderas, con hojas y flores de todas las tonalidades imaginables, pendían de las ramas de los árboles y los aleros de pabellones recoletos.
Los capullos de los albaricoqueros, perales y naranjos daban al jardín cierta cualidad de cuento de hadas, en tanto que los magnolios recortaban la blancura de sus flores sobre el fondo azul del cielo.
—¡Es maravilloso, mucho más de lo que hubiese podido imaginar! —exclamó Azalea.
Se habían alejado un poco de la casa y contemplaban los lirios acuáticos, blancos y rosados, que flotaban en la superficie plateada de un estanque.
—Sí, muy bonito —reconoció Mirvin—, casi tanto como tú con tu traje oriental.
Ella le miró sorprendida, porque el cumplido era completamente inesperado.
—Tengo que verte, Azalea —dijo Mirvin—. ¿Es que no te das cuenta?
—Es… es imposible.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué has de seguir fingiendo que no hay nada entre nosotros?
—¡No puede haber nada!
—¿Por qué? Desde que te conozco, Azalea, me has presentado problemas insolubles, preguntas para las cuales no tengo respuesta. ¡No puedo seguir así!
Se hizo un momento de silencio. Azalea entrelazó los dedos, intentando disimular el temblor de sus manos.
—Tu cutis es como una magnolia —dijo Mirvin—. Ahora sé lo que me había desconcertado antes de ti: usas ropas de colores equivocados. El rosa de esa túnica pone luces purpúreas en tu cabello y hace que tu piel parezca tan hermosa como un pétalo de flor.
—No… no debería decirme esas cosas —protestó Azalea en voz baja.
—¿Porqué no? —preguntó él—. ¿Por qué he de decirte lo que cualquier otro hombre te diría si tuviera la oportunidad de hacerlo?
—Porque no debo escucharle. Usted sabe que mis tíos no lo aprobarían.
—Entonces, menos aprobarían que estuvieras aquí, a solas conmigo, en el jardín de un caballero chino —dijo Mirvin con una insinuación de risa en la voz.
—Los Chang son mis amigos —replicó Azalea en tono de reto.
—Y no podías haber escogido mejor. El señor Chang es un hombre notable. Yo había oído hablar de él en Inglaterra y era una de las primeras personas que tenía intención de visitar en Hong-Kong, pero nos conocimos en el Orissa.
—¿Por qué quería verle? —se interesó Azalea.
—Deseaba conocer su opinión sobre la forma en que está siendo gobernada la colonia y las reformas que las autoridades tratan de llevar a cabo. Pero, sobre todo, necesitaba su ayuda en un sentido personal.
Vio la sorpresa reflejada en los ojos de Azalea y añadió sonriendo:
—No eres la única persona que admira la belleza oriental. Quiero añadir algunas piezas a mi colección de pinturas, jade y porcelanas chinas. Nadie me puede aconsejar mejor al respecto que el señor Chang.
—He visto algunos de sus tesoros en las habitaciones de mi amiga Kai-Yin. Son asombrosos.
—Debes procurar que el señor Chang te cuente la historia de algunas de las piezas que posee —dijo Mirvin—. Y tal vez un día pueda contarte yo la historia de las mías.
Había una nota en su voz que hizo estremecer a la joven como si vibrase al son de una música extraña. Intentando reaccionar, dijo apresuradamente.
—Eso es algo que nunca sucederá. Debo ser sincera con usted, milord, y decirle que no podremos ser ni siquiera… amigos.
—¿Por qué no? —La voz masculina sonó tensa.
—Porque mi tía nunca lo permitirá y usted ya ha ofendido a mi tío apoyando al gobernador.
Hizo un leve ademán de impotencia con las manos.
—Eso, en realidad, no tiene importancia para mí —continuó—. Pero por razones que no puedo decirle, no me permiten tener ningún tipo de relación con un hombre… y mucho menos con usted.
—¿Por qué no conmigo especialmente?
—Porque es demasiado distinguido…, demasiado importante. Pero aunque no lo fuera, me alejaría de usted. Debe de haberse dado cuenta a estas alturas de que no me permiten participar en la vida social de mi tía y mis primas.
—En efecto —repuso Mirvin—. Pedí al secretario del gobernador que te invitaran a la fiesta de esta tarde. Cuando lady Osmund rechazó la invitación en tu nombre, adiviné que aprovecharías la oportunidad para visitar a tu amiga, la señora Chang.
—¿Entonces… ha venido aquí por mí? —preguntó Azalea con asombro.
—Era una razón, y confieso que la más importante, para visitar al señor Chang por segunda vez desde mi llegada… ¡Mírame, Azalea!
Era una orden y aunque ella deseaba desobedecerla, se dio cuenta de que no le era posible hacerlo. Al levantar la mirada hacia él, vio recortada su cabeza descubierta sobre el fondo de un almendro en flor, lo que le daba una apariencia casi mágica. Había algo en Mirvin Sheldon, algo que le hacía diferente a todos los demás hombres, se dijo. No era su apostura, ni su aire de distinción y autoridad, sino algo más, aquel «algo» que los chinos buscaban más allá de la superficie.
—¿Crees realmente, Azalea, que podemos alejarnos el uno del otro, olvidar lo que nuestros labios han dicho, no en palabras, sino con un beso? —preguntó Mirvin con voz profunda.
Azalea sintió que el rubor subía a sus mejillas y no pudo apartar su mirada de la masculina.
—Es… lo que tenemos que hacer —musitó.
—Dime por qué. ¡Dime la verdad, Azalea!
—No puedo. Se trata de un secreto que no me pertenece sólo a mí.
—¡Secretos, misterios! —exclamó lord Mirvin con irritación—. Te rodeas de ellos y, sin embargo, estoy convencido de que no hay ninguno que sea realmente importante. Nadie puede tener unos ojos tan inocentes y puros como los tuyos y esconder algo vergonzoso.
Azalea suspiró levemente. Él le puso la mano en los hombros y le hizo darse la vuelta.
—Dime qué es lo que ocultas. ¡He de saberlo!
Azalea movió la cabeza de un lado a otro.
—Es algo que no podré decir nunca a nadie… y menos a usted.
—¿De verdad crees que vas a conformarme con una declaración así? Yo averiguaré la verdad, puedes estar segura.
—¡No! —exclamó Azalea y logró soltarse de las manos de él—. ¡Déjeme en paz! No hay nada que pueda averiguar, nada que deba saber… ¡Váyase y olvídese de mí!
—¿Y tú? ¿Me olvidarás tú, Azalea?
Ella hubiera querido contestar de manera desafiante, pero le fue imposible. Las palabras se ahogaron en su garganta. Sabía que nunca podría olvidarle, como sabía que porque él estaba cerca, su corazón latía con rapidez sofocante y percibía la debilidad que siempre provocaba en ella.
Sentía un indescriptible anhelo de que lord Sheldon volviese a besarla, pero también sabía que, si lo hacía, correspondería con frenesí al deseo de él y de nuevo surgiría la magia que le hacía olvidarse de todo.
Angustiada exclamó con un gemido:
—¡Debo volver! ¡Se ha hecho muy tarde! Si no estoy en casa cuando vuelvan, luego me acosarán a preguntas.
Mirvin sacó su reloj de oro del bolsillo y lo miró. Como si la hora le indicase que no quedaba tiempo para discusiones, dijo con voz tranquila:
—Está bien; te llevaré.
—No, no puede hacerlo —protestó Azalea.
—Te dejaré cerca de Flagstaff House y puedes llegar a pie. No creo probable que tu tía haya dejado tan temprano la fiesta del gobernador, pero nunca se sabe…
—¡Tengo que cambiarme antes! —exclamó Azalea y cruzó casi corriendo el jardín. Kai-Yin la esperaba en el patio interior.
—¿Has tenido charla feliz? —preguntó.
—¡Es tarde ya! —dijo Azalea—. Debo cambiarme y volver cuanto antes. Si mi tía se entera de que he estado fuera, se enfadará.
—Ella no sabe dónde tú has estado —intentó calmarla su amiga.
Ya en el dormitorio, Azalea se quitó la túnica color rosa y se puso su ropa interior habitual que, por contraste, le pareció calurosa y pesada.
—¿Cuándo venir otra vez? —preguntó Kai-Yin.
—Tan pronto como pueda —repuso Azalea y de pronto lanzó una exclamación.
—¿Qué ocurre? —preguntó su interlocutora.
—Acabo de recordar que mañana mis tíos y mis primas irán a comer en la bahía de Renombre. Partirán temprano y, como él tiene que revisar allí unas tropas, no volverán hasta tarde.
—¡Buenas noticias! —exclamó Kai-Yin y, tras un momento de reflexión, añadió—: ¡Tengo idea mejor! ¡Vamos en el junco de honorable esposo para tú ver la bahía! ¡Muy hermosa! Podemos visitar islas.
—¿De veras? —Se entusiasmó Azalea. Había oído hablar de lo bonitas que eran las islas y deseaba también navegar en un junco.
Sabía que los mercaderes ricos se hacían construir juncos especiales, muy confortables, en los que hacían pequeños cruceros, como los caballeros occidentales en sus yates.
—¿Venir aquí o ir al muelle? —le preguntó Kai-Yin.
Azalea se quedó pensando. Cualquiera de las dos formas era peligrosa. Sabía que no debía salir sola de Flagstaff House; pero si decía que había ido de compras sería más excusable que si declaraba que había ido de paseo con una pareja china o visitado su casa.
—Iré al muelle —decidió.
—Esperamos a ti donde están atracados juncos grandes.
Azalea ya había terminado de ponerse el traje de algodón azul pálido con el que había llegado. Cogió su sombrero y besó a Kai-Yin en la suave mejilla.
—Gracias. Eres muy amable.
—Tú… graciosa muchacha —contestó su amiga y Azalea comprendió que la había conmovido su gesto de cariño.
Lord Sheldon la esperaba en la puerta principal. Ella dio las gracias nuevamente a Kai-Yin y subió al carruaje que aguardaba frente a la casa. Los lacayos vestían la librea de la casa de gobierno y los caballos estaban equipados de manera espléndida; pero Azalea no se dio cuenta de nada, excepto de que lord Sheldon iba sentado junto a ella.
Cuando el carruaje se puso en marcha, él le tomó una mano entre las suyas.
—Pretendo verte otra vez, Azalea —dijo—. Y no intentes impedírmelo. Es mejor que no sigas oponiéndote a mí y dejes que me enfrente a tus tíos.
—¡No, por favor! —suplicó Azalea—. Se lo ruego, no les digas nada a ellos.
Lord Sheldon no contestó, pero ella notó que apretaba los labios y que su mandíbula se ponía más rígida.
—Sólo haré lo que me pides —dijo al cabo de un momento—, si me dices cuál es ese horrible secreto que, al parecer, impide que pueda acercarme a ti aunque sólo sea como amigo.
—Quisiera decírselo —contestó Azalea—, quisiera poder hacer lo que me pide, ¡pero no puedo! ¡Es imposible! No hay nada… nada que podamos decirnos el uno al otro.
—¿E imaginas que voy a aceptar eso? —preguntó Mirvin.
—¡Tiene que hacerlo! Además…
Debido al énfasis con que hablaba, Azalea estaba oprimiendo de manera inconsciente los dedos masculinos. De pronto, al darse cuenta de ello, lo que iba a decir murió en sus labios.
—No hay ningún «además» —aseveró Mirvin—. Sólo existimos nosotros dos, Azalea: tú y yo. Sabes tan bien como yo que tenemos mucho que aprender el uno del otro, mucho que descubrir, y no puede hacerse en unos cuantos momentos robados, mirando siempre el reloj.
Mientras hablaba, el carruaje se detuvo y Azalea se dio cuenta de que estaban frente a los muros que rodeaban Flagstaff House. Cincuenta metros más adelante, se hallaba la puerta principal. El lacayo bajó del pescante y Mirvin se llevó una mano de la joven a los labios.
—Nos volveremos a ver, Azalea —dijo con voz suave—. Déjalo todo en mis manos.
Debido a que se había vestido apresuradamente, Azalea no se había puesto los guantes y ahora sintió los labios de Mirvin, cálidos e insistentes sobre su piel. Un estremecimiento de deleite recorrió todo su cuerpo. Enseguida, el lacayo abrió la puerta del coche y ella se vio obligada a bajar.
Había mucho que hubiera querido decir a lord Sheldon y, sin embargo, no sabía lo que era exactamente; sólo que le era muy difícil dejarle. Quería decirle otra vez que se fuera; pero, al mismo tiempo, ansiaba que se quedara.
Mirvin no bajó con ella. Se limitó a saludar levantando su sombrero y, cuando el lacayo volvió a subir al pescante, el carruaje se puso en marcha.
Azalea se quedó observándole hasta que se perdió de vista. Entonces, mientras descendía por la calle algo inclinada para llegar a la entrada de Flagstaff House, comprendió que se había enamorado de lord Sheldon.
Azalea despertó a la mañana siguiente notando una excitación casi incontrolable. No se había equivocado al suponer que sus tíos y sus primas se irían temprano. Pidieron el desayuno a las siete y media y a las nueve ya habían salido de la casa, escoltados por cuatro soldados a caballo y seguidos por otro carruaje en el que iban dos oficiales del Estado Mayor y los ayudantes de campo del general.
La noche anterior, lady Osmund había vuelto de la fiesta del gobernador con muy buen humor. Sus hijas habían tenido mucho éxito, no sólo entre la alta sociedad de Hong-Kong, sino también con los oficiales del regimiento destacado en la isla. A todos les atraía su belleza juvenil y, de cualquier modo, una cara nueva era siempre un aliciente para los militares que se encontraban lejos de su hogar.
Lady Osmund se mostró también encantada por la forma atenta en que la había tratado el gobernador, y hasta tuvo una leve discusión con su marido, defendiendo a sir John Pope-Hennessy.
Cuando las gemelas le dijeron que iban a celebrar un baile al aire libre el viernes siguiente y lamentaron en voz baja que su madre no la hubiera incluido a ella, Azalea justificó a su tía generosamente. Sin embargo, no pudo dejar de pensar que habría sido maravilloso bailar al aire libre con Mirvin Sheldon.
Más tarde, en la oscuridad de su cuarto, admitió para sí misma que le había amado desde que la besara por vez primera. Había sido imposible que un hombre provocase en ella sentimientos tan maravillosos, sin que hubiera amor de por medio.
Como había vivido tan necesitada de bondad y afecto en los dos últimos años, aún resultaba más maravilloso saber que lord Sheldon se había fijado en ella.
—«¡Le amo, le amo!» —murmuró en la oscuridad y creyó sentir de nuevo la extraña magia de los labios de Mirvin sobre los suyos.
«¡Nos pertenecemos el uno al otro!», se dijo, pero comprendió desesperada que era sólo cuestión de tiempo que él volviera a Inglaterra y ella dejara de verle para siempre.
Mirvin confiaba en que podría arreglarlo todo entre los dos, mas Azalea sabía que su tío temía demasiado que ella pudiera revelar la verdad sobre la muerte de su padre, para permitirle cualquier tipo de relación con un hombre.
Pensó en lo tonta que había sido al no aprovechar las oportunidades que el viaje en el Orissa le había brindado de estar con lord Sheldon. Pero entonces le había rehuido para evitarse sufrimientos.
Ahora pensó que era inevitable que le amara desde el momento que la besó en la biblioteca, aunque aquel amor le acarreara el dolor de la separación y la tortura indescriptible de tener que decirle adiós.
Había intentado protegerse y no lo había logrado. Ahora estaba irremediablemente enamorada. Todo su ser clamaba por él de una forma que casi la asustaba. Azalea comprendía que había mucho en ella de la emotividad de su madre, que poseía muchos de los profundos sentimientos rusos, los cuales jamás serían comprendidos por los ingleses, que nunca se dejaban consumir por el fuego de la pasión.
Ese fuego ardía en sus venas cuando pensaba en Mirvin Sheldon; un fuego que corría como azogue por su sangre y la hacía desearle con una intensidad que teñía de rubor sus mejillas.
Estaba convencida de que le quería y, si él le hubiera pedido que caminase descalza a su lado hasta la India, lo habría hecho.
Pero siempre, irguiéndose ante ella como un ángel vengador de espada flamígera, estaba el recuerdo de la muerte de su padre y la desgracia que caería sobre la familia y el regimiento si salían a la luz los hechos que la habían provocado.
Los aristócratas ingleses estaban intensamente orgullosos de su familia y sus antecedentes, y sin duda la historia de lord Sheldon era de honor e integridad. Si hubiese algo escandaloso en su pasado lady Osmund se habría enterado; Azalea estaba convencida de ello. Sospechaba incluso que hasta el propio general sentía una involuntaria admiración hacia él, pese a sus ideas progresistas y a la simpatía que demostraba por las reformas del gobernador.
Azalea procuraba eludir, incluso mentalmente, la palabra «matrimonio». Era evidente que si, por un verdadero milagro, Mirvin Sheldon la amaba, jamás le pediría que fuera su esposa. Así pues, ¿qué objeto tenía que la incitara a amarle cada vez más, sabiendo que aquel amor nunca podría materializarse?
Tan pronto como sus tíos se marcharon, Azalea subió a su dormitorio el cuaderno en que había anotado todos los encargos de lady Osmund. La mayor parte de ellos podía realizarlos en el curso de los siguientes días. Ninguno era urgente y sabía que su tía le daba aquellas órdenes sólo para tenerla ocupada durante su ausencia.
Por esta vez, estaba decidida a desobedecer sus órdenes. Tomó su sombrero, se echó al brazo un chai ligero y bajó corriendo al vestíbulo. Se alegró de ver que Ah-Yok estaba allí, y le pidió que le consiguiera un rickshaw.
—¿No quiere que vaya con usted, señorita? —le preguntó el anciano en cantones.
Aunque ella nunca le había dicho que siempre debía hablar inglés con ella cuando sus tíos estuvieran presentes, Ah-Yok pareció adivinar lo que ella deseaba y le hablaba en cantones sólo cuando no había nadie más delante.
—Voy a las tiendas del muelle y quiero comprar con mucha calma —dijo Azalea—, así que prefiero ir sola. Por favor, consígame un rickshaw y dígale al conductor que me lleve al muelle. Yo buscaré uno que me traiga cuando termine.
—Muy bien, señorita.
Si al anciano chino le sorprendió la resolución de Azalea, no lo demostró. Hizo lo que le pedía y, unos cuantos minutos después, la joven viajaba colina abajo, llevada por un muchacho que parecía querer demostrarle lo rápido que era capaz de correr.
Pasaron frente al campo de cricket del impresionante club de Hong-Kong y siguieron a través del Viejo Prya hacia la parte del muelle donde estaban anclados los juntos. Azalea tuvo que indicar al chico que fuera un poco más allá de donde Ah-Yok le había dicho, por fin vio varios juncos grandes y le dijo que se detuviera.
Mientras estaba pagando la carrera, un sirviente chino llegó a su lado y le hizo una profunda reverencia.
—¿Honorable invitada del señor Chang? —preguntó con su voz cantarina.
Azalea asintió con la cabeza y él la condujo al lugar donde estaba anclado el junco más grande e impresionante de todos, pintado de rojo y con tallas de madera sobredorada. Sus velas como alas de murciélago estaban siendo desplegadas cuando Azalea subió a bordo donde Kai-Yin la esperaba.
—¡Tú venir! ¡Tú venir! —exclamó entusiasmada—. Yo temer algo detenerte.
—No, ya ves que estoy aquí —contestó Azalea, mirando a su alrededor con deleite; pero Kai-Yin, tomándola de la mano, tiró de ella hacia el interior del junco.
Entraron en un salón amueblado con cómodos divanes, cojines de seda y escabeles de tapicería bordada.
—Honorable esposo sugiere tú poner ropa china —dijo Kai-Yin.
Por un momento, Azalea se sintió sorprendida, pero enseguida comprendió.
—¿Crees que si la gente me ve se preguntará por qué estoy en un junco? —preguntó.
—Damas inglesas no navegan con chinos —explicó Kai-Yin.
—¡Ah, comprendo! No se me había ocurrido pensarlo.
—Traigo ropa para vestir como yo —le dijo Kai-Yin y se dirigió a una pieza que, según pudo ver Azalea cuando entró siguiendo a su amiga, era un dormitorio adjunto al salón.
Rápidamente, se quitó la ropa y se puso la cómoda túnica que Kai-Yin le había llevado. Era de color rojo peonia, con flores de manzano bordadas. Estaba forrada y ribeteada con satén rosa y los botones eran de cuarzo rosado. Los pantalones tenían el mismo color, y las zapatillas eran también rojo peonia. Kai-Yin le había llevado a su amiga no sólo broches para el cabello del material de los botones, sino también pendientes y un brazalete a juego.
Por su parte, la joven china lucía una túnica verde jade, con bordados amarillo y naranja.
Después de arreglarle el cabello a Azalea, Kai-Yin tomó un cepillo de su tocador y una pastilla del kohl negro con el que se delineaba los ojos. Se lo aplicó a Azalea y le pintó el rabillo un poco hacia arriba.
—¡Ahora tú parecer china! —exclamó.
Aquel pequeño truco cambiaba mucho su apariencia, reconoció Azalea, observando su aire enigmático en el espejo y preguntándose sí, al verla así lord Sheldon, no la consideraría todavía más rodeada de secretos.
—¡Honorable tía no conocerte! —gritó riendo Kai-Yin y la propia Azalea iba sonriendo cuando subieron a la cubierta para ver cómo el junco se alejaba de la bahía.
Pasaron varios cañoneros británicos y hasta un barco de guerra. Aunque los marineros se inclinaron para verlos pasar, Azalea estaba segura de que ninguno había adivinado que ella era inglesa.
Pero más que los barcos de su país, los grandes juncos y los dhows, le interesó observar de cerca los sampanes. Vio mujeres inclinadas sobre la borda lavando la ropa; una iba sentada en la proa, amamantando a un bebé; otra desplumaba un pollo. En aquel sampán había incluso un pequeño gallinero. Todo era fascinante y Kai-Yin, entre bromas, la obligó a hablar chino, antes de contestar a sus preguntas o señalarle cosas que podían interesarle o divertirla.
Soplaba un viento favorable que hinchaba las velas y hacía avanzar el junco a buena velocidad. A lo lejos se veían las altas montañas de China, algunos de cuyos picos estaban envueltos en nubes. El sol era candente y Azalea se alegró de la sombra que proporcionaban los toldos instalados para ellas en la cubierta.
Cuando el señor Chang, que había estado de pie en el puente, dirigiendo las maniobras al salir de la bahía, fue a hacerles compañía, Azalea tuvo por fin oportunidad de preguntarle sobre sus tesoros.
Él le habló sobre los «caballos celestiales» y las figuras de los guardianes de tumbas que había en su colección; las copas aladas del período Han, que eran de madera lacada, así como las imágenes en cerámica que poseía de las deidades budistas. También explicó a Azalea algunas de las leyendas e historias de los dioses.
—Tien-How era la Reina del Cielo. Cuando nació, una extraña luz apareció en el cielo y su habitación se llenó de perfume. Después de su muerte, ocurrida a una edad temprana, el emperador Sung estuvo a punto de naufragar durante una tormenta en el Mar Amarillo y se descubrió que su barco era el único que llevaba la imagen de la diosa.
El señor Chang lograba hacer que sus relatos fueran no sólo interesantes, sino también estimulantes para la mente.
Toda persona china, empezó a comprender Azalea, tenía una historia relacionada con su pasado y cada historia poseía un significado esotérico especial para quien deseaba buscarlo.
Al mediodía tomaron una deliciosa comida que constituyó la primera muestra de comida china que Azalea saboreaba.
En una mesa redonda dispuesta por los sirvientes, había palillos de madera para comer, así como varios platos que contenían ostras, salsa de soja, salsa de tomate y vinagre. Unas toallitas calientes, humedecidas en agua de rosas, fueron presentadas en una bandeja y Azalea cogió la suya con las tenazas de plata que le proporcionaron. La comida empezó con té de jazmín servido en tacitas sin asa. Después les sirvieron coquinas en salsa, con rebanadas de abulón, trozos de jengibre, camarones y aceitunas rellenas.
Después les sirvieron pato y pollo cocinados con semillas de loto, nueces y almendras, bolitas de carne rebozadas en una pasta finísima, pichones con setas muy pequeñas y un lechón poco mayor que un conejo.
Para beber le sirvieron un vino dulce y tibio, destilado del arroz, en tacitas de porcelana.
Azalea empezaba a sentir que no podía tomar nada más, pero la sopa, le explicó Kai-Yin, era de «aletas de tiburón» y se trataba de «especialidad típica».
—En una gran fiesta —añadió—, a la hora de la sopa debes brindar con tu anfitrión diciendo: «¡Yam-Seng!».
Ruborizándose un poco, Azalea levantó su taza de sopa hacia el señor Chang, inclinó la cabeza y pronunció las palabras indicadas.
—Gracias, honorable Heung-Far —contestó él.
Azalea pareció sorprendida y Kai-Yin le explicó que era la forma cantonesa de decir «Flor Fragante».
A la sopa siguió una carpa en salsa agridulce. Después sirvieron diversas golosinas y, por último, finas rebanadas de naranja en miel, que se introducían en agua helada para comerlas como postre frío.
Durante la sobremesa, el señor Chang le habló nuevamente de los numerosos dioses adorados por los chinos. Existían Pei-Ti, dios supremo del cielo profundo, y Tam-Kung, que tenía poder sobre el tiempo, tomado dé los nueve dragones de Kowloon.
—Él provocar tifones tirando puñados de guisantes al aire y apagando el fuego con una taza de agua —contó Kai-Yin, pero sus ojos brillaban con expresión traviesa y Azalea comprendió que en realidad no creía ni una palabra de lo que decía.
—En el cumpleaños de Tam-Kung celebramos grandes fiestas —continuó diciendo el señor Chang—. Se asan cerdos en su honor y se baila la danza del león. Pero lo más importante que hay que hacer ese día es tomar una pajuela encendida en el templo y llevarla a casa, todavía ardiendo, para colocarla ante los dioses protectores del hogar.
Azalea había visto en los aposentos de Kai-Yin el pequeño altar dedicado a los dioses, y ahora supo que daba buena suerte tener las pajuelas perfumadas en grupos de tres y las velas de dos en dos.
—Creemos que es muy importante —dijo el señor Chang—. Aplacar a Tso-Kwan, el dios de la cocina. Lo encontrará usted en casi todos los hogares chinos. Su altar está casi siempre en un nicho cerca del fogón, representado por caracteres de oro sobre una tabla roja.
—Si se debe a Tso-Kwan que hayamos disfrutado una comida tan deliciosa como ésta —sonrió Azalea—, estoy dispuesta a encender muchas pajuelas perfumadas en su honor.
—Se supone que es un dios gordo y jovial, como resultado de la buena vida que se da añadió el señor Chang, pero tiene también gran importancia porque una vez al año visita a todos los demás dioses y les informa sobre la conducta de los miembros de la familia.
Azalea se echó a reír.
—¡Es terrible la idea de que lleve una lista de todo lo malo que uno hace!
—Sí, es impresionante reconoció el señor Chang. Por eso, antes de que se marche la noche de Año Nuevo, la familia le hace una gran fiesta en que se le ofrecen grandes cantidades de miel. Esto es para sellar sus labios o, por lo menos, para hacer que sólo diga palabras dulces.
—¡Supongo que la miel será muy efectiva! —apuntó Azalea.
—Ésa es nuestra esperanza. Además, se queman cohetes para ahuyentar a los demonios durante su ausencia y, cuando vuelve cuatro días más tarde, se le recibe con una abundante cantidad de comida, lo más rica posible. Entonces su tabla es respuesta en el altar, entre reverencias y quema de incienso.
Más tarde, el señor Chang subió a la cubierta; pero debido a que hacía mucho calor, Azalea y Kai-Yin se quedaron descansando en el salón y la joven inglesa se durmió unos minutos. Cuando despertó vio que el junco se encontraba detenido en el muelle de una isla.
—¿Podemos bajar a tierra? —preguntó. Kai-Yin movió la cabeza de un lado a otro.
—No; honorable esposo dice quedarnos aquí mientras cargan. Sorprendida, Azalea se asomó y vio que un grupo de culis estaba subiendo a bordo numerosos cofres de buen tamaño. Sin saber por qué, sospechó que contenían opio, cuyo comercio estaba en manos de los parsis, unos hombres que usaban altos sombreros, rígidos y negros.
Tan pronto como el junco estuvo cargado, dio la vuelta para volver a Hong-Kong y la joven comprendió con tristeza que aquel día delicioso terminaría pronto.
—Debemos subir a cubierta cuando nos acerquemos a Hong-Kong —dijo a Kai-Yin—. Quiero ver la bahía y los barcos al entrar a ella. Es una isla muy romántica, con ese gran pico elevándose por encima de la ciudad.
—Yo alegre tú gustar Hong-Kong —dijo Kai-Yin—. Lugar muy feliz. ¡Yo contenta ser esposa en Hong-Kong!
Azalea iba a decirle que era una esposa muy bonita, cuando de pronto se oyó ruido de disparos, seguido por voces muy alteradas. Sonaron nuevos disparos y después un grito penetrante.
Azalea se puso en píe de un salto.
—¿Qué sucede? —preguntó y habría corrido hacia la puerta, si Kai-Yin no la hubiera detenido rodeándola con ambos brazos.
—¡No! ¡No! ¡Muy peligroso!
—¿Pero? ¿qué es lo que sucede? —pregunto Azalea.
—¡Piratas! —contestó su amiga y tiró de ella para que se sentara en un diván. Allí permanecieron muy quietas, escuchando los ruidos de arriba. Los disparos habían cesado, pero se oían gritos penetrantes, como de hombres dando órdenes. Afortunadamente, no se escuchó ningún otro grito de dolor.
Esperaron, temblando, lo que les pareció un tiempo larguísimo.
Al fin se abrió la puerta del salón y apareció un grupo de seis o siete hombres. Azalea comprendió sin lugar a dudas que eran piratas. Vestían del modo habitual en China, pero alrededor de la cintura llevaban un ancho cinturón de cuero, con pistolas y cuchillos metidos entre éste y el cuerpo. Además, su aspecto era aterrador.
El que parecía el jefe, miró a ambas jóvenes con visible sorpresa. Después dio una orden por encima del hombro a los que le seguían y dos de ellos cruzaron el salón para abrir la puerta del dormitorio.
Azalea se distrajo observando sus movimientos y de pronto lanzó un grito de sorpresa y terror al sentir que un pirata la levantaba en brazos y otro hacía lo mismo con Kai-Yin.
La joven inglesa forcejeó desesperadamente con el hombre hasta que éste se la echó por encima del hombro y ella quedó con la cabeza colgando. De aquel modo la subió a cubierta, donde Azalea vio una escena de gran confusión.
Uno de los mástiles había sido arrancado y la vela estaba caída parcialmente sobre el puente. En el suelo se veía un hombre tendido, con una mancha roja sobre el pecho. Sin duda estaba muerto. A los otros marineros les estaban atando las manos a la espalda, pero no parecía haber señales del señor Chang por ninguna parte.
Cuando su raptor la transportaba desde el junco a otra embarcación más pequeña colocada junto a él, observó que el otro pirata les seguía llevando a Kai-Yin.
Tuvo una rápida visión de la cubierta de la nueva embarcación, donde se apilaban numerosos artículos traídos desde el junco, entre ellos los arcones que cargaron en la isla.
Ambas fueron bajadas por una estrecha escalerilla hasta un camarote pequeño y muy sucio, que estaba sumido en penumbras. Azalea sintió que la arrojaban sin miramientos sobre una pila de sacos y, antes de que tuviera tiempo de recobrar el aliento, Kai-Yin cayó a su lado.
Los hombres la miraron con expresión indescifrable y luego salieron de la cabina, cerrando la puerta con cerrojo a sus espaldas.
Azalea volvió con aire desolado hacia Kai-Yin.
—¿Qué sucede? ¿Adónde nos llevan?
Kai-Yin se llevó las manos al rostro y Azalea comprendió que estaba llorando.
—Matan honorable esposo —sollozó—. Yo no lo veo. ¡Segura que esta muerto!
Azalea la abrazó.
—No puedes estar segura de ello —le dijo intentando consolarla.
—¡Y nosotros ser vendidas! —gritó Kai-Yin.
—¿Vendidas? —exclamó Azalea—. ¿Qué quieres decir con eso?
Recordó entonces la conversación de su tío sobre las muchachas que eran secuestradas y vendidas como esclavas domésticas… o quizá con una intención peor.
¡Pero aquello no podía ser cierto, pensó Azalea! ¡Tenía que ser una pesadilla!