Capítulo 6

El duque volvió a la casa.

Como se sentía inquieto entró por la puerta del jardín, y en lugar de ir al salón, donde encontraría a Eddie y a las mujeres, se dirigió a la biblioteca.

Pero aun allí le perturbaron los anaqueles que contenían la historia de la familia y pensó que era absurdo que atrajeran su atención, recordando las palabras de Fabia, que parecían vibrar hacia él.

Se dejó caer en un sillón y trató de ordenar sus pensamientos.

Se dijo que la casa lo estaba deprimiendo y que el vivir en el campo, sin sus acostumbradas diversiones, estaba acabando con él, por lo que era mejor que se marchara a París o algún lugar semejante a la mayor brevedad posible.

Aún podía escuchar la suave voz de Fabia pronosticando su futuro. Antes de llegar al Rincón de la Reina él había pensado que vivía una vida plena, pero era demasiado inteligente para darse cuenta ahora de que no era así.

¿Qué quería en realidad?

La respuesta que acudió a su mente fue: «Una meta», y comprendió que, si iba a lograr algo meritorio, tendría que ser algo que beneficiara, no sólo a él en lo personal, sino también a otras personas.

¡Eso era lo que Fabia deseaba para él!

El duque se preguntó entonces, furioso, cómo podía prestar oídos a una muchachita que vivía sola en el campo y esperar que ella comprendiera las complejidades de su existencia.

No dejaba de reconocer que ella había despertado sus cualidades críticas y ahora empezaba a analizar todos sus actos y, lo que era todavía más extraño, a analizarse a sí mismo.

«¡Maldita sea, mañana mismo me marcharé a París», decidió «o al sur de Francia! ¡A cualquier parte que esté lejos de esta casa!».

Se sentó largo tiempo planeando adónde debía ir, qué iba a hacer y a quién llevaría con él.

Por alguna razón que no podía entender, Gigi no estaba incluida en sus planes, como no lo estaba ninguna de las bellezas que había conocido en Londres, aunque cualquiera de ellas hubiera podido irse con él; excepto, desde luego, Dilys.

—Lo que necesito es ver nuevos panoramas —dijo con voz alta.

En esos momentos se abrió la puerta y Eddie entró en la biblioteca. Miró a su alrededor y cuando notó que el duque estaba sólo preguntó:

—¿Hablando solo, Vian? Supongo que sabes que es una señal de locura, ¿no?

—Me voy a volver loco si tengo que quedarme aquí mucho tiempo más —contestó el duque—. ¿Qué ha sucedido?

Eddie se sentó en un sillón frente a su amigo.

—No fue tan malo como yo había anticipado —respondió.

—¿Por qué no?

Hubo una pausa antes que Eddie contestara:

—Gigi está convencida de que cambiarás de opinión antes de… mañana por la mañana.

El duque comprendió lo que las palabras de Eddie significaban y se limitó a contestar:

—Se va a llevar una desilusión. Deseo que se vayan y supongo que les aseguraste que compensaré generosamente las inconveniencias que les causé con este viaje.

—¡Muy generosamente… fueron mis palabras textuales! —contestó Eddie.

—¡Bien! Me voy al extranjero. ¿Quieres venir conmigo?

—Me encantaría, pero ante todo tengo que obtener el permiso del coronel. Y hay algo más.

—¿Qué es? —preguntó el duque.

—Prometí a las mujeres que las acompañaría de regreso a Londres.

El duque lo miró y entonces sonrió.

—Supongo que eso lo hiciste tanto por ti como por mí.

Eddie pareció un poco turbado.

—Lo cierto es que me siento bastante comprometido en lo que a Betsy se refiere.

—Me lo imaginé. Entonces te esperaré, pero no más de dos o tres días. ¡No soportaría este lugar más de ese tiempo!

Eddie iba a preguntarle qué tenía de malo ese sitio, pero cambió de opinión.

—¿Adónde piensas ir? —inquirió después de un incómodo silencio.

—A cualquier lugar donde pueda divertirme. A París, o tal vez al sur de Francia.

—Debe estar haciendo mucho calor. ¿Qué te parecería si nos hospedáramos con algunos de tus amigos que viven en esos grandes y cómodos castillos? Recuerdo que cuando los has agasajado en Londres y en Minster han insistido mucho en que los dejes corresponder a tu hospitalidad.

—Es una buena idea —reconoció el duque.

Se puso de pie para pasear de un lado a otro, con visible inquietud y luego exclamó:

—¡Siento deseos de volver a Londres y mandar al diablo a la reina! ¿Por qué ha de ordenarme lo que debo hacer? Desde luego, no tengo intenciones de reanudar mis deberes en el palacio, pero me siento más cómodo en mi propia casa de Londres que en ninguna otra parte.

—Sabes tan bien como yo que no puedes ir en contra de una orden real —replicó Eddie—. Estás en desgracia, Vian, y durante los próximos dos meses Londres está prohibido para ti.

—Entonces iré a Minster.

—Estoy seguro de que Dilys se sentirá encantada de reunirse contigo allí.

Se hizo el silencio y el duque dio una patada de pronto a un banquito que se había interpuesto en su camino, mandándolo a un extremo de la habitación.

—¡Estoy harto y fastidiado! —exclamó—. ¡Caramba, Eddie, vámonos mañana mismo! Betsy no va a huir. Te estará esperando a tu regreso.

Se produjo una pausa antes que Eddie contestara:

—No sé qué te ha puesto así, Vian; pero, por primera vez desde que te conozco… y es muchísimo tiempo… te estás portando como un niño malcriado. Sólo me alegro de que nadie más que yo pueda verte.

El duque lo miró incrédulo, como si no pudiera creer lo que había oído y Eddie continuó:

—Te admiro mucho, como todo el mundo. Pero debes comprender que no puedes hacer nada que pueda tener repercusiones, no sólo para ti, sino para toda tu familia.

El duque emitió un sonido incoherente, pero no interrumpió a su amigo y Eddie continuó diciendo:

—Te has metido en un lío, así que debes aceptar las consecuencias como buen deportista que siempre has sido. Pero eso, desde luego, no significa que debas hacer las cosas peores de lo que están.

—¡Está bien! —convino el duque irritado—. Comprendo tu punto de vista, pero intento irme de aquí.

—No hay nada que te lo impida —contestó Eddie—; pero, con toda franqueza, creo que estás más cómodo aquí que en cualquier otro sitio… en está época del año. Si quieres asarte como una salchicha, podernos ir al Sur de Francia, o adonde se te antoje, ¡pero no pretendas que también me guste!

—Muy bien —asintió el duque—; te llevaré a algún lado donde no te ases. Pero si debes ser galante con Betsy, date prisa en reunirte conmigo lo más pronto posible.

—Lo prometo —contestó Eddie—. Es una suerte que yo esté bien con el coronel en estos momentos.

Miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea y añadió:

—Me voy a la cama. Estoy cansado después de conducir tus caballos, aunque son excelentes. Y no me atrae mucho la idea de que volvamos a hacer ese recorrido de regreso mañana mismo.

Cuando se puso de pie, el duque dijo:

—Te estoy muy agradecido, Eddie, y no olvidaré lo que has hecho por mí, para pagarte en el futuro del mismo modo.

Eddie miró al duque por un momento.

—Hay una cosa más que quiero saber —dijo—. ¿Qué vas a hacer con esa preciosa primita tuya? Y por cierto, si está aquí sola, ¿no es necesario que tenga una dama de compañía?

—Eso es algo que dejaré arreglado antes de irnos —contestó el duque.

—Nunca había visto un rostro tan inolvidable como el suyo —murmuró Eddie casi como si estuviera hablando consigo mismo.

—¿Inolvidable?

—Bueno, tal vez no sea la palabra correcta. Encantador, si así lo prefieres… no, eso no es exacto tampoco. Pero es muy diferente de todas las mujeres que he conocido, y es preciosa.

—También es muy joven —comentó el duque con sequedad.

—Pronto madurará. Y, sin importar cuál sea su edad, no habrá dificultad alguna en encontrarle marido.

—Ése es un problema que no me concierne.

—No, por supuesto. Al mismo tiempo, comprendo que si has decidido librarte de Gigi y de Betsy es porque ella está aquí.

El duque advirtió que Eddie había hecho una deducción lógica. Sin embargo, negándose a analizar sus razones, se limitó a contestar:

—Trataré de tomar una decisión correcta con respecto a Fabia. Dejaré arreglado todo antes que nos vayamos.

—Me encantaría verla de nuevo. ¿Qué explicación le diste para que no se reuniera con nosotros a la hora de la cena?

—¡Caramba, Eddie! —exclamó el duque, impaciente de nuevo—. ¿Tengo que darte explicaciones de todo lo que hago?

Eddie miró a su amigo a través de la habitación y enarcó las cejas.

—Buenas noches, Vian —dijo—. Espero que duermas bien.

Acentuó las dos últimas palabras y, cuando salió de la biblioteca, pensó que el duque lo seguiría.

Pero el duque, cuando se quedó solo, empezó a caminar alrededor de la habitación antes de decidirse a ir a la cama.

Cuando llegó al vestíbulo, los lacayos estaban apagando algunas de las luces y el guardián de turno ya estaba en su sitio.

El duque subió por la escalera, pensando que ignoraba en qué habitación habían instalado a Gigi y que no le interesaba saberlo. Sabía con exactitud lo que ella había querido decir cuando le aseguró a Eddie que lo haría cambiar de opinión.

Llegó a la puerta de su dormitorio, pero al extender la mano hacia el picaporte tuvo una sensación extraña e inexplicable, que lo hizo quedarse inmóvil. Era como si alguien le estuviera advirtiendo que sería un error de su parte entrar en su habitación.

«Si Gigi está allí», se dijo, «lo cual no es probable, la sacaré del cuarto».

Al pensar en eso temió que no sería fácil. Alguien con la experiencia que tenía Gigi se aseguraría de que él la deseara físicamente, sin importar lo que pensara de ella en otros sentidos.

«¡No entres en tu habitación!“, parecía advertirle una voz y, —de manera inexplicable, empezó a pensar en su abuela, la duquesa.

Tuvo la desconcertante sensación de que ella estaba junto a él, avisándole, salvándole, evitando que se expusiera a que surgieran las pasiones más bajas de su naturaleza.

«¡Es la atmósfera de esta casa!», se dijo el duque y trató de nuevo de abrir la puerta. Pero como el recuerdo de la duquesa persistió, no lo hizo. Se volvió y, maquinalmente, se dirigió hacia el ala sur, donde estaban situadas las habitaciones de su abuela.

Se encontró de pronto en el pequeño vestíbulo donde había dos puertas: una conducía a la salita de ella y otra a su dormitorio. Esa parte de la casa estaba en tinieblas; pero él no titubeó, y abriendo la puerta del dormitorio entró en aquella habitación, en la que no había estado en los últimos diez años.

Se dio cuenta, de inmediato, de la fragancia de las flores, el dulce aroma de las azucenas que él siempre había asociado con su abuela.

La habitación no estaba completamente a oscuras.

La luna penetraba a través de las cortinas que cubrían las ventanas y su reflejo bastaba para guiarlo a través del cuarto.

Descorrió dos de las cortinas y abrió uno de los cristales en forma de diamante. Entonces, cuando el aire tibio de la noche le dio en el rostro y la luz de la luna entró a raudales en la habitación, se volvió a mirar a su alrededor.

Vio una enorme cama con cortinajes de seda azul. No era una cama isabelina, sino francesa, y había sido traída a la casa durante el reinado de Carlos II.

Siempre le pareció un marco perfecto para su abuela y sintió como si ella lo estuviera esperando para hablar con él. De pronto, comprendiendo que ella lo había apartado del peligro que esperaba en su propio dormitorio, el duque decidió pasar aquí la noche.

Debido a que había tenido una cena informal con mujeres como Gigi y Betsy, se había puesto una chaqueta de terciopelo adornada con trencilla y una camisa de lino muy suave, en lugar de la camisa almidonada que usaba en ocasiones más formales.

Se quitó la chaqueta, deshizo el nudo de su corbata y abrió los primeros botones de la camisa. Arrojó la chaqueta y la corbata sobre una silla que había junto a la cama, se quitó las zapatillas de terciopelo negro y se recostó sobre la colcha de satén, con la cabeza apoyada sobre las suaves almohadas.

Al hacerlo, se sintió como un niño pequeño que estuviera obedeciendo las órdenes de su abuela y se sintiera ansioso de complacerla. Seguía sintiéndola todavía muy cerca de él, y como estaba cansado y la luz de la luna era muy brillante, cerró los ojos.

* * *

Mucho rato después de que el duque la dejó, Fabia había caminado con lentitud, de regreso a la casa. Se dio cuenta de que el ver alterado al duque la lastimaba a ella y el dolor pesaba como una enorme piedra sobre su pecho.

Al llegar a la puerta de su dormitorio, se preguntó si Hannah se habría preocupado por su ausencia. Esperaba que la mujer hubiera sido lo bastante sensata como para acostarse sin esperarla.

Abrió la puerta con suavidad y advirtió con alivio que la habitación estaba vacía y que había sólo una vela encendida junto a la cama. Después oyó voces procedentes del saloncito, y como la puerta no estaba completamente cerrada pudo escuchar lo que se decía.

—El Mayor Bicester se marcha a las diez de la mañana, para llevarse a esas mujeres de regreso a Londres —decía la señora Feather.

—Ésa es buena noticia —contestó Hannah.

—Estoy de acuerdo con usted, pero mañana será demasiado tarde —respondió el ama de llaves.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Hannah.

La señora Feather bajó la voz, pero Fabia pudo oírla decir:

—Cuando, después de cenar, fui a ver a la mujer morena para ver si le faltaba algo, la oí preguntar a Emily cuál era el dormitorio de su señoría.

—¿Y Emily se lo dijo?

—Llegué demasiado tarde para detenerla… —contestó la señora Feather—. ¡Y es fácil suponer sus intenciones!…

Hannah suspiró.

—No debía haber traído a la señorita Fabia aquí, cuando el señor Durwood lo sugirió. Pero ¿cómo iba a adivinar que su señoría regresaría después de tantos años de ausencia?

—Es verdad. Y ninguno de nosotros hubiéramos imaginado que se atrevería a traer mujeres de ese tipo a la casa consagrada a la memoria de su abuela.

—¡Claro que no! —murmuró Hannah.

—Recuerdo a su señoría cuando era mucho más joven —continuó la señora Feather—. Era un chico decente, extraordinario. Le partiría el corazón a su abuela darse cuenta de lo que le está sucediendo ahora.

Tembló un sollozo en la voz de la señora Feather y Fabia, como no resistió escuchar una palabra más, cerró con mucha suavidad la puerta de comunicación, sin hacer el menor ruido.

Se desvistió a toda prisa y después de apagar la vela se metió en la cama. Volvió el rostro contra la almohada, sintiendo que el dolor que oprimía su corazón era ya demasiado intenso para soportarlo.

* * *

El duque despertó al percibir un ligero sonido y, sin abrir los ojos, trató de recordar dónde estaba. El olor de las flores le hizo recordar lo que había sucedido y por qué no estaba durmiendo en su propia cama, sino en la de su abuela. Cuando su mente se aclaró y abrió los ojos, reconoció a una figura esbelta de pequeña cabeza rubia.

Se preguntó qué hacía Fabia en el dormitorio de su abuela y por qué había venido esta noche en que él se encontraba allí.

Se quedó inmóvil, pensando que no era probable que ella lo viera entre las sombras de la cama y se dijo que, de cualquier modo, se iría en un momento más, sin darse cuenta de su presencia.

Ella retrocedió de la ventana a la que se había acercado y él pudo contemplar su exquisito perfil. Fabia, estaba mirando la silla en que la duquesa se sentaba habitualmente y que era idéntica a la que usaba en su saloncito.

De pronto, con mucha suavidad, con una voz que no parecía real, el duque la oyó decir:

—¡Ayúdeme… usted debe ayudarme! ¿Cómo puede él… rebajarse con una… mujer como… ésa? —Hizo una leve pausa y luego continuó diciendo—: Es malo para Vian… porque es un hombre noble y bueno… y podría hacer… grandes cosas… si sólo comprendiera qué es lo que se… espera de él.

Hubo una leve pausa, como si estuviera esperando una respuesta, antes de continuar diciendo:

—Usted lo ama… lo sé… y yo lo amo también… quiero que llegue a las alturas, pero ello sólo puede lograrlo… un hombre que no desperdicia su vida y que escuche… la voz de… Dios.

Fabia se puso de rodillas. Ahora tenía las manos unidas y la cabeza inclinada y el duque se dio cuenta de que estaba musitando una oración.

A él le pareció que la envolvía una luz casi sobrenatural, que no procedía de la luna, sino de ella misma y en aquel instante supo algo que su mente había estado tratando de rechazar con todas sus fuerzas.

No sólo comprendía a Fabia, sino que la amaba.

Era un amor muy diferente a cualquier pasión que hubiera sentido antes y se apoderó de su alma y de su cuerpo con violencia, con la furia de un ciclón.

Fabia levantó la cabeza y miró de nuevo a la silla, como si esperara ver sentada allí a la duquesa. Y, cuando se puso de pie, el duque se levantó también de la cama y se acercó a ella.

Fabia advirtió la presencia del duque y se quedó muy quieta, sin decidirse a mirarlo.

La cabeza y el cuerpo de ella parecían rodeados de luz y, cuando se levantó, el suave chal de lana que llevaba sobre su camisón cayó de sus hombros al suelo sin que se diera cuenta.

Se quedó de pie, insustancial, etérea, pero no parecía un fantasma, sino una ninfa que hubiera brotado de un arroyo, o tal vez una diosa que bajara del Olimpo.

Semejaba un ser divino y por un instante el duque se quedó inmóvil junto a ella. Sólo quería verla y saber, sin hablar, sin atreverse a tocarla, que eran uno sólo desde aquel momento.

A la luz de la luna, era fácil percibir el temor que reflejaban sus ojos, debido a que pensaba que él seguía enfadado, y el duque, sonriendo, dijo con voz muy suave:

—Creo que mi abuela te llamó aquí, del mismo modo que a mí.

—Yo tenía… que… venir.

—¿Porque estabas preocupada por mí?

—Tenía… miedo.

—No hay necesidad de tenerlo. Mi abuela cuidó de mí como le pediste que lo hiciera.

El duque comprendió que Fabia estaba recordando sus reveladoras palabras dichas con voz alta. Sus pestañas temblaron un poco y él estuvo seguro de que el color había aflorado a sus mejillas. Con mucha gentileza la rodeó con sus brazos.

—Tus oraciones han sido escuchadas —le dijo.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Quieres decir que…?

—Quiero decir que la única mujer que hay en mi vida eres tú y ahora sé que no puedo vivir sin ti. Seré todo lo que tú deseas para mí si me cuidas y me ayudas.

Fabia lanzó un leve grito y el duque la sintió temblar.

—¡Estoy… soñando! —murmuró—. ¡Sí… sé que estoy… soñando!

—Y yo estoy soñando también —contestó el duque.

Sus labios apresaron la boca de ella, besándola, al principio, con gentil ternura. No había pasión en aquel beso, porque todo lo que había sucedido lo hacía mirarla como si fuera un ser divino, casi sagrado.

Pero luego, al sentir la suavidad de su boca y al darse cuenta de que ella se acercaba más a él, los brazos del duque la oprimieron con fuerza y sus labios se volvieron más exigentes, más posesivos.

Al mismo tiempo, como sabía que aquel instante era distinto a cualquier otro que hubiera vivido nunca, él mantuvo sus instintos bajo estricto control.

Pero no pudo controlar el éxtasis que invadió su alma. Era tan perfecto que cuando por fin levantó la cabeza y miró a Fabia, sintió como si ambos estuvieran en otro mundo que él no sabía que existía.

—¡Te amo! —exclamó el duque con voz profunda.

—Yo te… amo… también —musitó Fabia—. No me di cuenta hasta… ahora. Y, cuando supe que… te amaba, comprendí que eras tú él que había… estado siempre… conmigo en el… templo… te oía, te sentía… y por eso, nunca… me sentí… sola.

—Ya nunca más estarás sola en el futuro —le aseguró el duque—. Estaremos juntos, mi amor, y trataré de ser todo lo que quieres que sea.

Contuvo la respiración un momento antes de añadir:

—Esto es vivir, ésta es la vida. Y ahora sé que puedo ser parte de las vibraciones que, según me dices, rodean al mundo, y nunca más, te lo prometo, volveré a perderlas.

Fabia lanzó un pequeño grito de felicidad, y apoyando la cabeza contra el hombro de él contestó:

—Tu abuela estaría… muy emocionada al oírte decir eso y… ¡estoy segura de que ella lo sabe!

—Eso estaba yo pensando también y éste es el lugar adecuado para que nos hayamos encontrado… aquí, en su habitación.

Besó la Mejilla de Fabia y agregó:

—Ahora sólo quiero saber una cosa: ¿cuándo puedes casarte conmigo, para que podamos estar juntos y puedas enseñarme todo acerca del amor celestial, mientras yo te enseño todo sobre mi propio amor?

—Será… amor verdadero…

—Por supuesto. Cuando te encontré en el templo y pensé que eras la «Bella Durmiente», no te desperté con un beso; pero ahora te besaré hasta despertarte y asegurarme de que tus vibraciones jamás te alejarán de mí, que eres mía por completo, no sólo en tu corazón, sino en tu mente.

—Te amo ya con mi corazón y con mi mente —murmuró Fabia—, y también con mi alma. Todo en mí te pertenece.

—Yo me aseguraré de que así sea.

El empezó a besarla de nuevo con pasión, hasta que Fabia se apartó un poco y dijo con timidez:

—¡No tengo puesto… mi chal!

Hablaba con cierta dificultad, como si le costara trabajo respirar, y el duque comprendió que, debido a que sus besos habían sido más feroces y exigentes, ella estaba despertando a su condición de mujer y se sentía avergonzada.

Al recordar que ella era muy joven e inocente y que debía ser muy gentil al enseñarle todo acerca del amor, el duque se inclinó a recoger el chal del suelo y se lo puso sobre los hombros.

—Cuando te vi de pie bajo la luz de la luna —dijo él—, pensé que eras una ninfa, o tal vez una diosa del Olimpo.

—Quisiera ser… ambas cosas para… ti —contestó Fabia—, pero… ¿no crees que cuando… me veas de nuevo… a la luz del día… puedes desilusionarte?

—No voy a responder a eso, porque puedes contestarte tú misma. Tus vibraciones, mi precioso amorcito, deben decirte con más elocuencia lo que yo siento por ti.

—¡Pensé que no querías… volver a oír hablar nunca más… de mis… vibraciones! —bromeo Fabia.

—Tengo la sensación de que van a significar mucho para mí en el futuro, así que tendré que acostumbrarme a ellas —declaró el duque—. ¡Pero si me las mencionas con demasiada frecuencia, te callaré a besos… y ésa es una promesa que cumpliré con mucho gusto!

—Nunca pensé —contestó ella—, que un beso pudiera ser tan maravilloso… tan absolutamente perfecto… y, sin embargo, supongo que supe siempre que sería así… si besaba al hombre cuyas… vibraciones concordaran con las mías.

Ella lo miró cerrando un poco los ojos y el duque se echó a reír.

—En tanto me permitas besarte —dijo—, no me importa cuáles sean las razones.

La rodeó de nuevo con sus brazos y cuando ella levantó sus labios hacia él, ansiando sus besos, el duque murmuró:

—¿Qué magia tienes que te hace tan diferente de cuanta mujer he conocido? Las otras son hermosas; pero, en tu caso, no es tu belleza la que te hace irresistible. Debe ser cosa de magia; pero no la de la casa, preciosa mía, sino la que emana de ti.

—Creo que la casa nos ha capturado a ambos —observó Fabia—, y no creo que podamos nunca… escapar de ella.

El duque sonrió.

—Traté de hacerlo esta noche —asintió—. Le dije a Eddie que intentaba irme al extranjero. Estaba huyendo, pero el Rincón de la Reina fue demasiado fuerte para mí… o más bien, lo fuiste tú.

—Si tienes… miedo de que el Rincón de la Reina o yo estemos tratando de tenerte… cautivo, tal vez será… mejor que te vayas al extranjero y… te alejes de nosotras, a fin de que estés seguro de que somos lo que realmente quieres, antes que… te comprometas… más.

El duque rió de nuevo, pero esta vez su risa estaba llena de ternura.

—Sé con exactitud lo que quiero —replicó—. ¡Te quiero a ti! Te quiero conmigo, cerca de mí, en mis brazos por el resto de mi vida. ¿Es ésa la respuesta?

Fabia lanzó un profundo suspiro.

—Es la que yo quiero escuchar, pero como te amo… de forma tan absoluta… tan completa… quiero que estés… seguro.

—Estoy seguro —insistió el duque con firmeza—. Estuve indeciso en el pasado, pero tú me has hecho ya un hombre más firme y decidido. Pienso salirme con la mía y eso es todo lo que importa.

—¡Eres maravilloso! —exclamó Fabia—. Y porque te amo… haré cualquier cosa que… me pidas… ¡cualquier cosa! Y rogaré a Dios no… desilusionarte nunca.

La forma como habló era muy conmovedora. El duque la oprimió contra su pecho, pero no la besó. Con los labios sobre su frente, exclamó:

—¡Eres preciosa! ¡Increíblemente hermosa, amor mío! Te juro ante Dios, aquí en la habitación de mi abuela, que en el futuro no les fallaré a ninguna dulas dos.

* * *

Se quedaron sentados hablando, abrazados, hasta que las estrellas empezaron a apagarse y los primeros rayos del alba aparecieron en el cielo.

—Debo enviarte a la cama, preciosa mía —dijo el duque.

—Y tú también debes dormir.

—No estoy cansado —contestó él—. Siento que ahora empiezo a vivir. ¡Nunca me sentí tan joven antes, ni tan lleno de alegría!

—De cualquier modo, debes dormir. Y cuando tus invitados se hayan ido, haremos planes.

—Deseo casarme contigo cuanto antes —insistió el duque—. Pero no será una gran boda, con todos mis parientes presentes.

Fabia no contestó. Se limitó a mirarlo y él continuó diciendo:

—La iglesia que hay aquí en la propiedad es a la que yo asistía con mi abuela todos los domingos cuando era niño. Es muy antigua. Fue construida antes que la casa, y muchos de mis antepasados están sepultados allí.

—Sí, lo sé. He ido a ella todos los domingos desde que vivo en el Rincón de la Reina.

—Estoy reviviendo mis propios recuerdos —explicó el duque—, y sé, aunque jamás había pensado en ello; que prefiero casarme aquí que en cualquier otro lugar.

El duque pensó en la boda de alta sociedad que sus amigos y parientes esperaban que tuviera, pero comprendió que era algo que a él le habría disgustado, dadas las circunstancias, sobre todo porque se casaba con Fabia.

No necesitaban más que las vibraciones del amor que existían entre los dos y la bendición de Dios y ello sería más hermoso si estaban solos, en lugar de encontrarse en una congregación donde sus votos se distorsionarían entre las voces de la gente.

—Nos casaremos en esta iglesia —dijo el duque con firmeza—. Iniciaremos nuestra luna de miel aquí, en el Rincón de la Reina, y después te llevaré, preciosa mía, adonde quieras ir.

—No me importa adónde me lleves… con tal de estar… contigo —contestó Fabia—. Eso es todo lo que importa… que estemos… juntos.

—Estaremos juntos para siempre —le aseguró el duque—. Y, mi amor, no puedo imaginarme nada más perfecto que el tenerte a ti como esposa… para ayudarme e inspirarme a realizar esas nobles hazañas… aunque todavía no me imagino cuáles puedan ser… que me hagan acreedor a ser incluido en algún libro, entre mis antepasados.

Fabia, no rió al escucharlo, y en cambio dijo con profunda convicción:

—Sé que eso sucederá algún día.

—¿Me estás adivinando de nuevo la suerte?

—Estoy declarando un hecho, porque sé que es la verdad.

—Veo que, entre otras cosas, me voy a volver muy vanidoso cuando esté casado contigo. Y como imagino que esperas que sea un hombre autoritario y dominante, voy ordenarte ahora que te vayas a la cama y sueñes conmigo.

—No podría soñar con otra cosa esta noche.

—Me pondré celoso si no estoy todas las noches en tus sueños.

Ella rió al escucharlo.

—Yo soy la que estará más expuesta a los celos en el futuro, pero aunque estés rodeado de hermosas mujeres y ellas te persigan, tengo la impresión de que siempre volverás a mí, porque no somos dos personas, sino una sola.

—Eso es cierto, preciosa mía, teniéndote a ti sé que nunca podré volver a mirar a ninguna otra mujer, ni darme cuenta siquiera de su existencia.

El habló con tanta sinceridad que Fabia lo miró con adoración y al duque le pareció tan hermosa que, una vez más, la besó.

Cuando el duque la llevó hacia la puerta, Fabia preguntó:

—¿En dónde vas a dormir?

—¡Aquí! Hemos sido tan felices aquí esta noche, mi adorable prometida, que siento que quiero quedarme en este sitio, con mi abuela.

Habló con sencillez y Fabia comprendió que, esto era algo que él no hubiera dicho antes. Se dio cuenta de cuán profundamente lo había cambiado el amor que sentía por ella.

—¡Buenas noches… —murmuró Fabia—, y que… Dios te bendiga!

El duque la besó de nuevo y abrió la puerta para que ella saliera. Aunque la luz de las velas era ya muy tenue en los candelabros del corredor, había suficiente claridad para que él la viera alejarse. Se quedó de pie hasta que desapareció, antes de volver al dormitorio y cerrar la puerta detrás de él.

Procedió a retirar las mantas de la cama y cuando terminó de desvestirse se metió entre las sábanas.

Para entonces el cielo estaba transparente, las estrellas casi se habían desvanecido y la luna era una pálida sombra de sí misma.

«Nadie ha sido tan afortunado como yo», se dijo el duque y, cuando se quedó dormido, sintió como si las dos mujeres que realmente lo habían amado, su anciana abuela y Fabia, estuvieran a su lado.

* * *

En la quietud de su dormitorio, Fabia se arrodilló junto a la cama y elevó a Dios una oración de gratitud.

—Gracias, Dios mío. ¡Mil gracias! ¿Cómo pude haber sabido… cómo podía adivinar que encontraría un amor tan perfecto?

Cuando se acostó en la cama, creyó sentir que los brazos del duque la rodeaban y que él la besaba.

No podía olvidar los sentimientos que él había despertado en ella y las sensaciones que experimentó y que hasta esa noche, no sabía que existían.

Comprendió que no sólo debía darle amor al duque, sino inspiración.

Por un momento tuvo miedo, porque era tan joven e inexperta. No sabía nada del mundo en que él vivía y al que ella debía pertenecer.

Sintió que no estaba sola y que la abuela del duque, del mismo modo que lo había ayudado a él, alejándolo de las tentaciones que lo esperaban, la ayudaría a ella.

El Rincón de la Reina y todos aquéllos por cuyas venas corría sangre de los Minster habían dejado su huella y las vibraciones de sus actos persistían aún en la mansión.

Antes de quedarse dormida, Fabia creyó ver una larga línea de Minsters que desfilaban a través de los siglos, desde el primero, que había construido el Rincón de la Reina, hasta el duque.

Y él no era el fin, sino el principio de otra serie de generaciones. Sus hijos y los hijos de sus hijos encontrarían también en el Rincón de la Reina la ayuda, el amor y las vibraciones que lo habían ayudado a él cuando más lo necesitaba.

«¡No le fallaré», se prometió Fabia antes que la rindiera el sueño, «ni él fallará en el futuro!».