Capítulo 5
Mientrás el duque y Fabia volvían a caballo hacia el Rincón de la Reina, él pensó que nunca había disfrutado tanto de una tarde.
Habían partido poco después del almuerzo para visitar las partes más lejanas de la finca y algunas de las secciones de beneficencia. Allí encontraron que todos los pensionados se sentían felices y vivían con comodidad.
Después se detuvieron en la cumbre de una de las colinas bajas y en un trozo de terreno abierto compitieron entre ellos a fin de determinar cuál de sus caballos era más obediente.
El duque tuvo que reconocer, de mala gana, que Sprite había ganado con facilidad, pues aunque Perseo podía hacer las pruebas ordinarias de obediencia, como acudir cuando se le llamaba, detenerse y hasta marchar con lentitud, Sprite conocía una docena de trucos mejores y más complicados.
—La única excusa que puedo decir —dijo a Fabia al terminar—, es que usted ha tenido más tiempo para enseñarlo que yo.
Ella le había dirigido una mirada traviesa que decía, sin palabras, que no era sólo tiempo lo que él necesitaba, sino una habilidad que nacía del amor y, desde luego, de las «vibraciones».
—Muy bien —replicó con voz aguda—. Confieso que tiene usted talento para los animales, aunque siempre pensé que yo también lo tenía.
—Por supuesto que lo tenía usted en esos días —contestó Fabia y sospechó que eso iba a irritarlo.
—Si menciona una vez más mi falta de vibraciones —protestó él furioso—, la echaré al río y le meteré la cabeza en el agua. ¡Estoy harto ya de oír hablar de eso!
—Perdóneme —dijo ella con humildad, pero al darse cuenta de que él estaba bromeando, agregó—: es difícil alejarse de un tema que me ha mantenido tan absorta. Sobre todo porque, si quiere saber la verdad, sus vibraciones se han fortalecido mucho estos últimos dos días.
—¿Me está halagando? —preguntó él, casi retador.
—Eso es algo que jamás haría. Siempre digo la verdad —contestó ella muy seria y él supo que era cierto.
Se quedaron sentados, conversando largo rato a la sombra de los árboles, mientras Perseo y Sprite mordisqueaban la hierba.
Cuando por fin iniciaron el regreso a casa, el duque pensó que nunca había pasado tanto tiempo con una mujer hablando de temas tan desconcertantes.
Si hubiera estado en la compañía de alguna de las bellezas que perseguía en Londres y en otros sitios, sin duda habrían estado coqueteando con él, tratando de atraer su atención y deseando, por supuesto, que él las enamorara.
Estaba seguro de que como Fabia había llevado una vida tan tranquila en el campo, no pensaba que debía actuar o hablar de una manera distinta, por el hecho de estar con un hombre.
«Es muy joven y muy inocente», se dijo, y se preguntó cómo sería cuando despertara a su condición de mujer.
Tal vez, pensó, ello haría que su mundo de fantasía, de cuento de hadas, desapareciera.
«Sería una lástima», reflexionó, «porque significa mucho para ella». Pero estaba seguro de que cuando Fabia llevara una vida normal vería las cosas desde un ángulo mundano, como otras mujeres.
Cabalgaron en silencio, uno al lado del otro, aunque el duque comprendió que ambos apreciaban la belleza de la campiña. El sol penetraba a través de las gruesas ramas de los árboles del bosque, pintando diseños dorados en el suelo cubierto de musgo y las orillas de los arroyos por los que pasaban se veían amarillas de flores silvestres.
Por fin, apareció a la vista el Rincón de la Reina y al duque le pareció tan bello que su alma se inundó de gozo al contemplarlo.
—He sido muy feliz estos dos últimos días —dijo Fabia— y creo, su señoría, que usted también lo ha sido.
—Eso es algo que no me gustaría discutir —contestó el duque—. Admito que, como Perseo, me siento contento y siempre me alegro de que mañana sea otro día.
La forma como Fabia sonrió le reveló al duque que ella sabía que estaba controlándose y evitando ser demasiado efusivo.
Fabia desmontó, dio unas palmadas en el cuello a Sprite y corrió a su cuarto para despojarse de su traje de montar y ponerse un vestido más fresco.
—Lo que debía usted hacer es descansar —sugirió Hannah mientras la ayudaba a cambiarse de vestido.
—¿Por qué iba yo a hacer tal cosa —preguntó Fabia—, cuando hay tantas cosas emocionantes en qué ocuparse?
—Comprendo que quiera sacar el máximo provecho a la visita de su señoría, porque supongo que él no se quedará aquí mucho tiempo.
Fabia se quedó inmóvil.
—¿Por qué dices eso?
—Oí decir a su valet, que lo conoce muy bien, que su señoría se aburre con más rapidez que cualquiera otro caballero que él haya conocido.
Hubo una ligera pausa antes que Fabia contestara:
—No creo que su señoría se haya aburrido todavía. ¿Y cómo puede aburrirse en el Rincón de la Reina?
Sin esperar la respuesta de Hannah, bajó corriendo, ansiosa de reunirse con el duque, pues estaba segura de que debía estar en la biblioteca.
Al entrar lo vio de pie frente al librero que contenía los volúmenes referentes a la familia Minster.
Tenía un libro en la mano y exclamó cuando ella se acercó:
—¡Veo aquí que uno de mis parientes era tan terrible, que se jacta de haber ganado una guerra prácticamente solo! Supongo que no deseará que yo siga su ejemplo.
Fabia miró el libro que él sostenía y respondió:
—Él era un comandante impetuoso y su osadía costó la vida a muchos hombres. La guerra es perversa, cruel y equivocada. Al mismo tiempo, comprendo por qué los hombres la disfrutan.
—¿Por qué? —preguntó el duque.
—Es una forma de probarse, a sí mismos. Creo que es parte dela naturaleza de un hombre luchar por lograr algo y la guerra es un medio sencillo de hacerlo.
El duque meditó acerca de ello por unos momentos y comprendió que, debido a que él no había tenido que ir a la guerra, había luchado por lograr la excelencia en la pista de carreras.
—¿Con qué frecuencia habla usted en la Cámara de los Lores? —preguntó Fabia interrumpiendo el curso de sus pensamientos.
—No tengo deseo alguno de ser político —contestó el duque con voz aguda.
—De cualquier modo, eso le daría una plataforma en la cual luchar por las cosas que son importantes para el país, y la gente le escucharía.
El duque la miró sonriendo.
—Creí que era la casa la que se suponía que me iba a impulsar a realizar grandes hazañas, no usted.
—Tal vez sólo estoy interpretando lo que la casa le está diciendo. Si lee todos esos libros, encontrará que el mensaje ha sido declarado con toda claridad a través de cientos de años.
El duque miró los anaqueles llenos de libros.
—Tomaría demasiado tiempo —dijo al fin—, y sin duda encontraría esta lectura muy aburrida después de los primeros dos o tres volúmenes.
—En eso está usted equivocado… —empezó a decir Fabia. En ese momento la puerta se abrió y Barker anunció:
—¡El Mayor Bicester, su señoría, y dos señoras!
El duque se volvió con brusquedad hacia la puerta y cuando Eddie entró en la habitación, acompañado por dos mujeres, muy atractivas, pero vestidas con exceso de adornos, lanzó una exclamación.
—¡Eddie! ¡No te esperaba cuando menos en otros tres días!
—Me enviaste una petición tan evidente de ayuda —contestó Eddie—, que sentí que debía darle respuesta. Además, el campeonato de box ha sido pospuesto.
Estrechó la mano del duque y después miró con franca curiosidad a Fabia. Antes que el duque pudiera hablar, Gigi corrió ansiosa a su lado y entrelazó su brazo al de él.
—Es muy emocionante estar aquí —dijo—, ¡y Betsy y yo estamos muy contentas de que nos hayas invitado! Pronto te alegraremos y ya no te sentirás tan aburrido.
Habló de forma efusiva, con su fascinante acento. Sus ojos oscuros y misteriosos se elevaron hacia él en un gesto invitante y sus labios rojos se curvaron provocativos.
Betsy lo tomó del otro brazo.
—Nunca había sido huésped de un duque de verdad —comento—, pero, ahora que estamos aquí, supongo que podremos animar un poco las cosas, aunque la verdad sea dicha, el campo me parece muy deprimente.
El duque se zafó con habilidad de las manos de las dos mujeres y se volvió hacia Eddie:
—No creo, Eddie, que conozcas a una prima mía, la señorita Fabia Wilton… el Mayor Edward Bicester.
Advirtió que Eddie estaba sorprendido, no sólo porque Fabia era joven y hermosa, sino porque esperaba encontrarlo solo y sin duda se estaba preguntando si su presencia no complicaría las cosas.
Era algo que también causaba preocupación al duque y decidió que era un problema que tendría que resolver.
Todo lo que había hecho desde que llegó al Rincón de la Reina había sido tan interesante, que olvidó por completo la carta que, desesperado, había enviado a Eddie la noche en que se hospedó en la posada, cerca de Oxford.
Si se hubiera acordado, habría supuesto que tenía tiempo de cancelar sus invitaciones a Gigi y a Betsy antes que Eddie llegara con ellas.
Ahora era demasiado tarde. Estaban aquí y él se preguntaba qué podría hacer.
Sin esperar a ser presentada, Gigi estaba hablando con Fabia.
—¿Usted vive aquí? —preguntó—. ¿O es invitada también?
Al decir eso miró el vestido de Fabia y comprendió que era barato, hecho en casa y un poco antiguo.
Fabia, por su parte, se daba perfecta cuenta de que las das mujeres que acababan de llegar eran muy diferentes de todas las que había visto antes.
Llevaban puestos elaborados trajes de viaje, en colores muy vivos, y sus sombreros estaban decorados con plumas y flores.
Ambas usaban ostentosas joyas, demasiado llamativas a la luz del día. Y Fabia nunca creyó que una dama pudiera usar tanto polvo facial, colorete y pomada para los labios.
—Yo vivo aquí —contestó.
—¿Todo el año? —preguntó Gigi—. Entonces lo siento por usted; aunque, desde luego, tiene mucho terreno para cabalgar.
—¡Claro que lo hay —reconoció Betsy—, pero sin público, y eso es algo sin lo cual yo no me la podría pasar!
Betsy se echó a reír con una risa muy vulgar.
Fabia se volvió hacia el duque.
—Si las señoras van a quedarse a dormir aquí —dijo—, ¿puedo ir a avisar a la señora Feather para que les prepare habitaciones?
—Sí, desde luego —contestó el duque.
Se dio cuenta de que ella quería huir de allí y le pareció buena idea. Pero cuando Fabia se volvió hacia la puerta, alcanzó a ver que Gigi había entrelazado de nuevo su brazo con el del duque.
—Espero que me den una habitación cómoda —dijo Gigi—, y ya sabes dónde debe estar situada.
Como le sorprendió lo que había escuchado, Fabia volvió la vista y notó que Gigi miraba al duque y que sus labios estaban muy cerca de los de él.
A Fabia le pareció que aquélla era una manera muy extraña de comportarse.
Al salir de la biblioteca y caminar por el corredor, se dijo que ahora que el duque ya tenía allí a sus amigos para divertirlo, seguramente no la necesitaría a ella.
Aquel pensamiento le hizo el mismo efecto que si le clavaran un puñal en el corazón. Cuando subió por la escalera para buscar a la señora Feather comprendió que la felicidad que sintió hasta entonces se había desvanecido y le pareció que el sol se ocultaba detrás de las nubes.
Encontró, como era de esperarse, que la señora Feather estaba en una de las alcobas, inspeccionando cómo se sacaban las cosas de un baúl que habían subido los lacayos.
La doncella acababa de sacar un camisón negro y lo sostenía en lo alto para que la señora Feather lo inspeccionara. Fabia llegó a la puerta y se quedó en el umbral antes que las mujeres se dieran cuenta de su presencia. Oyó a la señora Feather decir:
—No sé qué diría la señora duquesa si viviera… no lo sé.
—Si me lo pregunta —contestó la doncella que estaba de rodillas frente al baúl—, mujeres de este tipo no tienen derecho de hospedarse aquí…
Antes que la señora Feather pudiera contestar, Fabia entró en la habitación y se dirigió hacia ellas para hacerles notar su presencia.
—Subí, señora Feather, para comunicarle que llegaron invitados —dijo—, pero veo que ya se ha enterado.
—¡Así es, señorita! —contestó la señora Feather.
Fabia advirtió que la doncella había sacado del baúl prendas íntimas de brillantes colores, pero volvió a guardarlas, a fin de que ella no las viera.
Lo hizo demasiado tarde, Fabia ya había notado el encaje corriente, las cintas color de rosa y las telas de las prendas, tan delgadas que las hacían transparentes.
De súbito, Fabia se sintió muy joven y muy inexperta.
Si eso era lo que al duque le gustaba y ése era el, tipo de mujeres que prefería no era extraño que su valet esperara que se aburriera muy pronto de estar sólo con ellas.
Salió de la habitación y corrió por el pasillo, pensando en lo emocionante que había sido conversar y discutir con el duque y estar a solas con él.
Ahora todo se había arruinado y sentía deseos de llorar.
Como solía hacer cuando algo la perturbaba, cruzó el pasillo, dirigiéndose a una parte muy alejada de la casa, en el ala sur, hacia las habitaciones que habían pertenecido a la vieja duquesa y que habían permanecido tal como estaban mientras ella las ocupó.
Cuando Fabia abrió la puerta aspiró la dulce fragancia de las flores que ella misma ponía allí cada semana.
Había dos habitaciones: un dormitorio y una salita, donde la duquesa acostumbraba sentarse junto a la ventana para contemplar el jardín y el bosque más allá.
Las persianas estaban bajadas, pero en la habitación había claridad porque las cortinas habían sido descorridas.
Cuando Fabia se acercó al lugar donde la duquesa se había sentado siempre, le pareció verse a sí misma de nuevo a los ocho años, cuando entró por primera vez a aquella habitación con su madre, poco después de llegar a la casa solariega.
—¡Ésta es Fabia, su señoría! —había dicho su madre. La duquesa extendió la mano diciendo:
—¡Qué niña tan preciosa! Se parece mucho a ti, Elizabeth.
Fabia había hecho una reverencia y cuando la duquesa tomó entre las suyas su pequeña mano, sintió una extraña y cosquilleante vibración que jamás había olvidado.
La duquesa la había atraído desde entonces como un imán y todos los días encontraba alguna excusa para ir montada en su pony, de la casa solariega al Rincón de la Reina, a fin de visitar a la anciana que allí vivía.
«Por favor, mamá ¿puedo llevar estas flores que corté para la señora duquesa?».
«¿Puedo mostrar a la señora duquesa el cuadro que acabo de pintar?».
«¿Puedo hablarle a la señora duquesa del nido de petirrojos que encontré esta mañana?».
Siempre había algo que quería mostrar a la señora duquesa.
Volviendo ahora la mirada al pasado, Fabia comprendió que, aunque tenía en aquella época sólo ocho años, la duquesa había hablado con ella como si fuera una persona adulta. La anciana parecía disfrutar de su compañía y hacía reminiscencias del pasado, como si la niña fuera su contemporánea.
Había sido una relación extraña, pero muy satisfactoria y Fabia pensó ahora que el duque, de algún modo, había ocupado el lugar que había quedado vacante en su vida cuando la duquesa murió.
Se sentó ahora en una silla cercana a la que ocupaba siempre la duquesa y le pareció estar hablando con la anciana, diciéndole lo que había sucedido y explicándole que, de pronto, había perdido al duque cuando menos lo esperaba.
Cuando hizo mentalmente una pausa, como si esperara que la duquesa le contestara, supo que amaba al duque.
A pesar de que había dicho que el duque no lanzaba «vibraciones», tal como ella las conocía, había algo en él que la obligaba a estar consciente de su persona.
—¡No puede ser cierto! —exclamó como si la duquesa pudiera escucharla—. ¿Cómo puedo estar enamorada de un hombre que no me ama?
Fabia sabía, y la idea la hacía muy desdichada, que el duque no sentía lo mismo por ella. A él le interesaba la clase de mujeres como las que estaban abajo; mujeres que, estaba segura, ni su madre ni la duquesa habrían aprobado.
—¿Qué voy a hacer? —se preguntó.
Le pareció que la duquesa había sonreído.
—Lo que me está usted diciendo —continuó Fabia—, es que si el destino decreta que signifiquemos algo el uno para el otro, sucederá. De lo contrario, él se irá y yo volveré a quedarme sola.
Se detuvo antes de continuar diciendo:
—He sido tan feliz aquí, con usted, en la casa… pero ahora, cuando me quede sola de nuevo, voy a extrañarlo y las cosas nunca volverán a ser lo mismo.
Lanzó un leve sollozo y después, casi sin darse cuenta de lo que hacía, se arrodilló junto a la silla en la que la duquesa se sentaba.
—¡Por favor… por favor… ayúdeme!
Fue un grito que salió del fondo de su corazón y cuando tuvo la indefinible sensación de que la duquesa había puesto una mano sobre su cabeza, experimentó un consuelo más allá de las palabras.
Fabia permaneció largo rato en la habitación de la duquesa y luego se dirigió hacia el otro lado de la casa, donde estaba su cuarto, situado junto a aquel donde, dormía Hannah.
Había también un saloncito, donde Hannah pasaba buena parte del tiempo cosiendo y donde Fabia solía leerle en voz alta antes que el duque llegara.
El saloncito era el primer aposento que daba al pasillo, y cuando Fabia pasó por la puerta, al dirigirse a su dormitorio, escuchó sorprendida la voz del duque y se quedó inmóvil.
—Le haré saber a la señorita Fabia lo que su señoría ha dicho —oyó decir a Hannah—. Yo iba a sugerir lo mismo, pero su señoría se adelantó.
—Soy perfectamente capaz —contestó el duque con voz helada y Fabia comprendió que estaba irritado—, de decidir lo que es correcto o equivocado para un familiar mío.
—Por supuesto, su señoría —replicó Hannah en un tono conciliatorio.
—Como no sé dónde está la señorita Fabia —observó el duque— enviaré a un sirviente a buscarla para decirle que suba con usted.
—Gracias, su señoría —contestó Hannah.
Fabia comprendió que el duque se disponía a salir del saloncito y como no quería que él pensara que había estado escuchando, se apresuró a entrar en su habitación.
Cuando cerró la puerta, al escuchar que las pisadas de él se alejaban por el pasillo, se dirigió hacia el saloncito.
—¿Qué estaban ustedes hablando? —preguntó.
—Su señoría vino a decirle que debe quedarse aquí conmigo y que cenará arriba esta noche —contestó Hannah.
—¿Por qué? ¿Por qué no quiere que baje?
Se hizo el silencio y Fabia comprendió que Hannah no deseaba contestar su pregunta. Por fin, después de una larga pausa, la doncella explicó:
—Su señoría tiene invitados.
—Sí, ya lo sé. Las conocí cuando llegaron.
—¿Las conoció? Su señoría no tenía derecho de presentarle a esa basura. ¿Qué habría dicho la madre de usted, me quiere decir?
—Las señoras son muy elegantes y bonitas. ¿Son actrices? —preguntó Fabia.
Sabía que las actrices eran consideradas mujeres «ligeras» y que una dama jamás se convertiría en actriz.
—Creo que montan caballos como… profesión —contestó Hannah y parecía que las palabras le habían sido arrancadas a la fuerza de los labios.
—¿De veras? —exclamó Fabia—. ¡Oh, me hubiera gustado saberlo! Entonces tendremos un interés en común del cual hablar.
—¡Tendrá que pasar por mi cadáver para hablar con ellas! —replicó Hannah furiosa—. Y quiero dejar esto bien en claro, señorita Fabia: si no hace lo que dice su señoría, me la llevaré de aquí inmediatamente.
—¿Llevarme? Pero ¿adónde podríamos ir?
—Eso no tiene importancia —contestó Hannah—, pero no voy a permitir que se relacione con mujeres como ésas. Usted es una dama… ¡y esas criaturas debían haberse quedado en el arroyo al que pertenecen!
—Pero el duque debe quererlas aquí… tal vez las necesite para domar los caballos que vienen de Leiscestershire. Él me dijo que los estaba esperando.
Fabia pensó que aquélla era una explicación lógica, pero recordó cómo miraba al duque una de las mujeres cuando estaban en la biblioteca y se dijo que era muy extraño que una empleada se comportara de esa manera.
—No hay nada más que decir —agregó Hannah con brusquedad—. Usted se quedará aquí arriba, por órdenes del señor duque, y cenará conmigo.
Hannah tomó su costura y salió del saloncito, dirigiéndose a la puerta que comunicaba con su dormitorio.
Fabia se acercó a la ventana. Estaba desconcertada, aunque no tan deprimida como al principio.
Si las mujeres que estaban abajo habían venido a montar los caballos del duque, suponía que estaban en la misma categoría que los jockeys o los palafreneros.
Casi sin darse cuenta de lo que hacía, sintió que llamaba al duque, enviándole una onda tras otra de vibraciones, para recordarle que estaba cerca y que lo amaba sin esperanza.
* * *
La cena que les subieron a Fabia y a Hannah era la misma que se servía en el comedor, y aunque a la doncella le agradó mucho, Fabia descubrió que no tenía hambre.
Comprendió que le habría gustado ver al duque sentado a la cabecera de la mesa, como en las noches pasadas, con esa arrogante elegancia con que se sentaba en la alta silla tallada, como si fuera un trono.
Cuando la duquesa le hablaba de los reyes y las reinas que habían sido sus invitados, Fabia siempre se los imaginó sentados en esa silla en particular, que había sido adquirida durante él reinado de Carlos II y estaba rematada por una corona.
Jamás pensó que un hombre pudiera ser tan apuesto ni tan autoritario como el duque y, sin embargo, nunca hasta ahora había pensado en él como en alguien a quien podía amar. Supuso que podía admirarlo, como había admirado a su abuela y a sus otros ancestros, acerca de los cuales había leído en los libros de la biblioteca.
«Siempre estuve segura», pensó, «de que no amaría a un hombre a menos que sus vibraciones se entrelazaran con las; mías y estuviéramos unidos por algo místico y maravilloso que es parte de la vida misma».
Cuando terminaron de cenar, Hannah salió del saloncito para ir a buscar su labor de costura, que había dejado en el dormitorio, y eso dio a Fabia la oportunidad que estaba esperando para escapar.
Sabía que había un solo lugar al que podía ir, un lugar en el que podía pensar y tratar de comprender las nuevas sensaciones que la dominaban y que eran tan diferentes a cuanto había sentido jamás.
Estaba sin aliento cuando llegó al templo y se sentó en los escalones, apoyando la cabeza contra un pilar, como lo había hecho antes con tanta frecuencia, para contemplar la escena que se extendía ante ella.
El sol se hundía en el horizonte tras los arbustos del parque. Las estrellas brillaban por encima de la cabeza de Fabia y todo parecía tener un mágico brillo dorado, excepto el sitio, bajo los árboles, donde las sombras se volvían de un tono púrpura.
«¡Es tan hermoso!», se dijo. «Y puesto que pertenece al duque y es parte de él, ¿cómo puedo evitar amarlo?».
Contestó a su propia pregunta: comprendió ahora que lo amaba desde que lo había percibido como un niño, que reía aquí, en el templo, y corría a través de los bosques.
Al volver la vista atrás, le costó trabajo recordar en qué momento se había dado cuenta de su presencia por primera vez.
Quizá había ocurrido poco después de que llegaron a vivir a la casa solariega, cuando ella iba todos los días al Rincón de la Reina.
Algunas veces le parecía verlo de lejos y en otras ocasiones lo sentía junto a ella, riendo, gritando de alegría, escondiéndose entre los árboles o corriendo a través de los prados.
«Eran imágenes y sonidos muy vivos, porque él mismo era un niño lleno de vida», pensó.
Aunque Fabia amaba al duque, sabía que no poseía ahora la radiante personalidad que tenía cuando era pequeño.
«El Rincón de la Reina se la devolverá», se aseguró a sí misma. Recordó que todos los que habían vivido aquí y que habían proyectado desde este sitio su influencia al mundo, se habían convertido posteriormente en héroes o líderes.
«Eso es lo que él debe ser», pensó.
Sin importar lo mucho que lo alabaran sus sirvientes, su instinto le decía que algo faltaba en la vida de él, aunque era difícil definir con exactitud de qué se trataba.
Estaba pensando en él de manera tan insistente, que no le sorprendió verlo aparecer por el sendero, entre los arbustos, y llegar al templo, cuando ya no había en el cielo más luz que las estrellas y la luna ascendente.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo el duque, tuteándola por primera vez.
Fabia no contestó. Sólo se dio cuenta de que su corazón palpitaba locamente y sintió como si un rayo de luna penetrara en su cuerpo y lo hiciera brillar con una luz iridiscente que ella podía ver y sentir.
El duque se sentó en el escalón junto a ella.
—Perdóname, Fabia.
—¿Por qué?
—Me olvidé que había invitado a mi amigo Eddie Bicester a hospedarse conmigo y le había dicho que trajera dos… damas con él.
—Sé que son amazonas. ¿Montan bien a caballo?
El tono de tristeza de su voz reveló al duque que Fabia estaba pensando que tal vez eran mejores que ella y sonrió al contestar:
—Sí, son muy expertas, pero no creo que puedan compararse contigo.
—Me… alegra saberlo.
—Se irán mañana, porque tienen un compromiso que cumplir en Londres.
No era verdad, pero el duque pensó que era la mejor explicación que podía dar. Ya había dicho a Eddie que tendrían que marcharse y que él las recompensaría generosamente por la molestia que se habían tomado en venir hasta aquí.
—¡Santo cielo! —había exclamado Eddie—. No puedo hacer que se vayan, por lo menos en cuatro o cinco días y, por cierto, el venir aquí les costó mucho dinero. El dueño de la caballeriza donde trabajan no quería dejarlas ir.
—Eso no tiene importancia —contestó el duque—, y no quiero argumentos al respecto, Eddie. Tú las trajiste y puedes decirles que nuestros planes han cambiado. Un cheque por una generosa cantidad suavizará mucho el golpe.
—¡Vamos, Vian! Creo que te estás mostrando demasiado dictatorial, casi insultante —exclamó Eddie y se detuvo un momento antes de añadir—: ¿Tiene esto algo que ver con tu bonita parienta? No tenía la menor idea de que estaba aquí contigo.
—Ella está viviendo en el Rincón de la Reina, con su vieja doncella. Es embarazoso… pero no puedo dejar que se mezcle con Gigi y Betsy.
El duque se dio cuenta de que Eddie lo miraba con curiosidad y se apresuró a decir:
—Ya que estás interesado en el asunto, no es nada de lo que te imaginas. Fabia es una buena chica y la encontré viviendo aquí cuando llegué. Como es una prima lejana, me siento responsable de ella. Y esas seductoras domadoras de caballos son compañía muy inadecuada para una debutante.
—Sí, lo entiendo muy bien —reconoció Eddie—, pero me parece extraño que haya estado viviendo aquí sin que tú lo supieras.
—Yo también lo consideré así, pero no hay tiempo ahora de hablar sobre ello. Sólo líbrate de Gigi y de Betsy, sin ninguna alharaca.
—Pensé que Gigi te interesaba. Es muy atractiva y me imagino que mucho más fácil de manejar que Dilys. ¡Por supuesto que ella no tratará de casarse contigo!
Eso era lo que el duque había pensado en una época que le parecía ahora muy lejana.
—No intentes discutir más el asunto. Haz lo qué te pido, Eddie, y devuélvelas a Londres.
Eddie suspiró.
—Debo confesar que algunas veces abusas de nuestra amistad, Vian. ¡En otra ocasión voy a insistir en que tú hagas tu propio trabajo sucio!
El duque no contestó. Se había limitado a salir del dormitorio de Eddie; donde habían estado hablando, y bajó al salón para reunirse antes de la cena con las dos mujeres que los esperaban.
Al mirarlas notó el contraste tan deplorable que ofrecían, vestidas con escandalosos y escotados trajes de noche, comparadas con las pinturas de los muros, las flores que. Fabia había arreglado sobre la mesa y la belleza del jardín de afuera, donde empezaba a caer el crepúsculo.
Durante la cena, él se había dado cuenta del error que había cometido al traerlas al Rincón de la Reina. Su presencia resaltaba tan desfavorablemente en aquella casa que, tal vez por primera vez en su vida, el duque se sintió avergonzado, porque había revenado una falta total de buen gusto.
Mientras Gigi lo adulaba, agitaba sus largas pestañas maquilladas, plegaba los labios, provocándolo, y se aprovechaba de cualquier excusa para, tocarlo, pensaba que Fabia se había sentado antes en esa misma silla.
Casi podía sentirla allí, junto a él. «¡Son estas malditas vibraciones otra vez!», pensó para sí.
Pero comprendió que Fabia había tenido razón al decir que él también podía sentirlas. Durante la cena, impidieron que escuchara lo que Gigi estaba diciendo aunque estaba seguro de que no debía haber sido nada que valiera la pena.
Al duque le disgustaba cada vez más la forma en que Gigi trataba de atraerlo.
«¡Me siento ridículo!», se dijo y advirtió que estaba librando una batalla perdida al tratar de actuar como lo habría hecho antes de venir al Rincón de la Reina.
No cabía duda de que Eddie la estaba pasando bien y que Betsy le atraía. Cuando la cena terminó hablaban con voz íntima y baja, dedicándose mutuos brindis, y era fácil deducir, por la expresión de sus ojos, lo que sucedería más tarde esa noche.
El, por supuesto, había esperado una cosa igual para sí mismo; pero, tan pronto como las mujeres salieron del comedor y se quedó sólo con Eddie, bebiendo el Oporto, sugirió:
—Divierte alas mujeres, Eddie, hasta que yo vuelva.
—¿Adónde vas? —preguntó Eddie con voz aguda.
Pero como el duque ya se había levantado de la mesa y estaba en la puerta, no oyó la pregunta o decidió no contestarla.
No tuvo que preguntarse dónde estaría Fabia. Lo sabía.
Al cruzar los prados sintió que iba desapareciendo la irritación que había surgido en él durante la cena. Era como si hubiera vuelto a la paz y a la magia del Rincón de la Reina y dejado atrás ese otro mundo quedo había abrumado temporalmente.
No se dio prisa, porque sabía que tenía mucho tiempo y se detuvo en el jardín acuático para escuchar la suave música de la cascada que caía en el estanque antes de seguir caminando.
Al llegar al templo, vio que lo inundaba la luz de la luna y que las estrellas se reflejaban en los ojos de Fabia cuando él se sentó a su lado.
«Esto es lo que he estado deseando hacer» se dijo, «desde que llegué a casa».
Se apresuró a justificarse ante sí mismo diciéndose que el templo lo atraía como siempre lo había hecho. Era una coincidencia que Fabia se encontrara allí, aunque no dejó de recordar que ése era el sitio en que la vio por primera vez.
Hablaron unos cuantos minutos, pero luego se sentaron en silencio, mirando hacia el jardín. Ambos se sentían contentos de estar juntos y no había necesidad de palabras.
El duque sintió que Fabia le proporcionaba lo que siempre había anhelado: la serenidad, la paz, la convicción de que nada más tenía importancia alguna.
Aquí podía olvidar a Gigi, el enfado de la reina, la desaprobación de sus parientes.
Lanzó un leve suspiro de contento y, sin pensar en lo que estaba diciendo, murmuró con voz alta:
—Esto es todo lo que he querido siempre. Y como ya lo tengo, ¿por qué voy a preocuparme por nada más?
Hubo una pausa antes que Fabia contestara:
—Porque no es… suficiente para usted… y nunca lo será.
Fue como si ella le hubiera arrojado un vaso de agua fría y el duque se puso rígido y preguntó:
—¿Por qué dices eso?
—Porque usted es demasiado inteligente para no darse cuenta de que en este momento se está arrullando a sí mismo en un sentimiento muy cómodo de seguridad.
—¡Pero eso es lo que quiero!
Aunque estaban a oscuras, el duque advirtió que Fabia había movido la cabeza, dudando.
—¿Cómo puedes saber tanto de mí? —preguntó.
—Porque antes que llegara, había estado pensando en usted como era antes y ése es el verdadero hombre que encierra su alma: ese chiquillo que conocí dispuesto a actuar con heroicidad.
—Todavía me siento así en ocasiones —declaró el duque.
Fabia no contestó, pero él comprendió que no la había impresionado en modo alguno.
—Entonces, ¿qué sugieres que haga? —preguntó enfadado.
—Si se queda aquí, estoy segura de que se le presentará una oportunidad para hacer algo grande, algo importante, no sólo para usted, sino para otras personas.
—¿Estás adivinándome la suerte?
—Estoy mirando hacia su futuro.
—Ése es un talento que no sospechaba que poseyeras —repuso él con sarcasmo.
—No lo hago con mucha frecuencia; pero ahora, tal vez porque está usted sentado en el templo, puedo ver que gobernará a muchas personas y que ocupará una posición en la que tendrá gran autoridad y el poder suficiente para hacer mucho bien.
El duque trató de reír con ligereza.
—¿Te estás imaginando que alguien podría ofrecerme uno de esos tambaleantes reinos europeos, cuyos tronos están siempre vacíos, buscando posibles ocupantes?
Al decir aquello estaba pensando en Grecia y en Bélgica, cuyos tronos eran motivo de disputa entre varios príncipes jóvenes de las casas reales.
—No creo que sea eso —contestó Fabia—, pero sé que sucederá y, cuando eso pase, usted hará lo correcto y lo que su abuela, habría querido que hiciera.
A Fabia le pareció que no era ella la que había pronunciado esas palabras y que la difunta duquesa las había puesto en su boca y añadió suplicante:
—Por favor… cuando le ofrezcan algo semejante, recuerde que es una posición en la que podrá seguir las tradiciones de la familia.
El duque volvió la cabeza hacia ella, a punto de decirle que no creía en ninguno de sus pronósticos y que era poco probable que ocupara una posición más elevada de la que ya tenía en esos momentos.
Pero, al mirar a Fabia, a la luz proveniente del cielo, le pareció, no sólo muy hermosa, sino insustancial, irreal, como si fuera un espíritu del templo.
—Me asustas —dijo con voz baja—. Si fuera inteligente me marcharía del Rincón de la Reina ahora mismo y no volvería jamás.
—¿Por qué iba a hacer tal cosa?
—Porque estás trastornando mi vida. Estás tratando de cambiarla y no estoy seguro de que se trate de algo que desee o que yo vaya a disfrutar.
Fabia lo miró largamente y luego extendió una mano.
—Permítame tocar su mano.
Por un momento el duque titubeó, como si tuviera miedo, pero luego puso su mano en la de ella.
Los dedos de Fabia estaban fríos y él experimentó, al tocarlos, las extrañas vibraciones que había percibido antes.
La palma de ella se cerró contra la suya y el duque se sintió por primera vez tan consciente de la presencia de Fabia que pensó que ella debía sentir lo mismo con respecto a él.
Fabia guardó silencio y después de un momento él preguntó:
—¿Y bien? ¿Cuál es el veredicto?
—Las vibraciones están allí ahora —respondió Fabia—, pero usted está luchando contra ellas y no pueden manifestarse.
El duque apartó su mano de la de Fabia.
—Eso no es muy alentador que digamos.
—Yo quiero que lo sea —replicó ella con voz baja—. Quiero alentarlo, como lo habría hecho su abuela.
El duque se puso de pie.
—Mi abuela no está aquí —señaló—, y tú me deprimes con tus adivinanzas del futuro. Creo que es más sensato disfrutar del presente. Después de todo, es tangible y real y, por supuesto, mucho más alentador.
Al decir eso se alejó y desapareció en la oscuridad de los arbustos.
Fabia lo miró marcharse. Luego, lanzó un leve suspiro que pareció subir de las profundidades de su ser y se cubrió los ojos con las manos.
No estaba llorando.
Estaba sólo pensando, desesperada, que le había fallado el duque, a su abuela y al amor que sentía por él.