Capítulo 1

1842

Lord Chambelán parecía nervioso. El duque lo observó tamborileando los dedos sobre su escritorio; después enderezó el entero y por último movió un abrecartas.

—Creo, su señoría —dijo por fin—, que debe usted sospechar lo que voy a decirle.

—¡No tengo la menor idea! —contestó el duque.

Estaba sentado cómodamente con las piernas cruzadas, en la silla que estaba frente al escritorio.

El Lord Chambelán lo miró y pensó que el duque era uno de los hombres más apuestos que había conocido. No era sorprendente que gozara de tan mala reputación respecto a las mujeres, al extremo de llegar a preocupar a Su Majestad, la Reina Victoria.

Pero, como el duque siempre actuaba con la mayor propiedad, en el Palacio de Buckingham y en el Castillo de Windsor, la Reina se abstenía de decir nada.

Sin embargo, como nadie podía evitar que las mujeres hablaran, lo mismo si vivían en una cabaña que en un palacio real, los rumores acerca del duque habían aumentado año con año, hasta adquirir proporciones alarmantes.

No podía negarse que Su Majestad había permitido al duque más libertad que la acostumbrada, tal vez debido a que a ella le gustaban los hombres apuestos y a que, en cierto modo, el duque tenía un leve parecido con su amado Príncipe Alberto.

Pero si ello era verdad en cuanto a la apariencia física, en todo lo demás los dos hombres eran muy diferentes.

El príncipe era formal, cuidadoso, solemne, siempre decidido a hacer respetar el protocolo en todas las ocasiones, de un modo muy diferente al tercer Duque de Ilminster.

Desde que saliera de Eton, el duque había disfrutado de la vida intensamente, yendo de un escándalo en otro, en los que estaban siempre mezcladas hermosas mujeres, con asombrosa rapidez.

En las pistas de carrera era un deportista admirado y aplaudido por las multitudes. Nunca habría faltado a las más estrictas reglas del deporte, como jamás habría hecho trampa jugando a los naipes.

Pero, en lo que a las mujeres se refería, no aplicaba las reglas del deporte y, cuando entraba en un salón de baile, los maridos rechinaban los dientes de furia y las madres alejaban a sus hijas con el instinto protector de la gallina que ve acercarse a una zorra.

Al duque no le interesaban en modo alguno las jovencitas. Sólo le atraían las bellezas de sociedad, ingeniosas y mundanas, que lo divertían por un tiempo, hasta que un nuevo rostro o las curvas de una nueva figura llamaban su atención.

Pero ahora, como era inevitable, sus errores le saltaban a la cara y el Lord Chambelán tenía el desagradable deber de comunicarle que Su Majestad desaprobaba su conducta, aunque lo admiraba.

—¿Por qué no me habla con franqueza? —sugirió el duque.

—Su Majestad está molesta, su señoría.

—Debí haberlo imaginado.

A pesar de que era tan apuesto, en los últimos años habían aparecido en el rostro del duque señales inequívocas de que se sentía desilusionado. Lo cierto era que ya le aburrían sus aventuras amorosas, las cuales duraban muy poco tiempo. La razón de que fuera tan veleidoso era que las mujeres, de un modo inevitable, siempre decían y hacían las mismas cosas una vez que pasaba la excitación de la conquista.

El Lord Chambelán se aclaró la garganta.

—Su Majestad, por desdicha, ha sido informada de lo que sucedió en la Galería de los Cuadros antenoche.

—Por supuesto, estoy dispuesto a sustituir el jarrón que se rompió —respondió el duque.

—Ella esperaba que usted hiciera eso, su señoría. Pero no es lo que se rompió lo que ha disgustado a Su Majestad, sino el incidente que desembocó en la rotura del jarrón.

El duque pensó que debía haber anticipado que Su Majestad y el Príncipe Consorte adoptarían esa actitud. Como el Lord Chambelán decía, había sido muy mala suerte que la reina se enterara del incidente.

Él había estado caminando muy tranquilo por la galería, ya que cumplía su turno como caballero acompañante de la reina, cuando vio venir hacia él a una de las damas más jóvenes y bonitas de Su Majestad.

Era una muchacha coqueta a quien él había sorprendido mirándolo provocativamente en varias ocasiones, pero él no le había prestado atención, porque en esos momentos estaba interesado en otra belleza.

Pero en aquel momento ella lo había detenido para charlar con él. Era imposible no darse cuenta de que la chica parecía excitada, y ansiosa de que él hiciera algo atrevido. ¿Cómo podía desilusionarla?

La había tornado en sus brazos y ella había correspondido a sus besos de una forma que le reveló a él, con toda claridad, que se había sentido frustrada al tener que esperar tanto por ellos.

El duque le hizo entonces una sugerencia que pareció escandalizada, y cuando ella forcejeó un poco, él la soltó inesperadamente. Como esto la tomó a ella por sorpresa se tambaleó y fue a caer contra un gran jarrón chino que estaba colocado, de un modo precario, sobre una base de ébano tallado, cerca de donde se encontraban ellos.

El duque extendió la mano para salvarlo, pero lo hizo demasiado tarde. Ella había empujado el jarrón con el codo, y la valiosa pieza cayó, destrozándose, sobre el piso pulido.

Ambos se quedaron mirando con aire desolado el jarrón roto y, con un leve grito de profundo terror, la dama levantó el frente de su vestido y se echó a correr rápidamente, a través del pasillo, hasta perderse de vista.

Por desdicha, uno de los ayudantes del Príncipe Consorte los había visto y él consideraba su deber informar a Su Alteza Real de cuanto sucedía, suponiendo que con ello aumentaba su propia importancia.

Se había acercado al duque con visible agitación, diciendo:

—¡Ha roto usted un valioso jarrón, su señoría!

—Eso es evidente —contestó el duque con sequedad.

—Su Majestad se disgustará mucho, porque Su Alteza Real, el Príncipe Alberto, acaba de arreglarlos muebles de esta galería.

—Entonces Su Alteza Real tendrá que conseguir otro jarrón —había comentado el duque y se volvió antes que el cortesano pudiera decir nada más.

Pensó ahora que el caballero en cuestión, oficioso y pomposo sin duda había sentido un gran placer en escribir un informe sobre lo sucedido.

—Y bien, ¿cómo se supone que debo expresar mi arrepentimiento? —preguntó—. ¿Poniéndome de pie en un rincón?

—Me temo que a eso equivale lo que voy a decir a su señoría —contestó el Lord Chambelán—. Su Majestad cree que a usted le sentará bien pasar los próximos dos meses en el campo, en lugar de cumplir sus arduos deberes en el palacio.

El duque echó la cabeza hacia atrás y rió a carcajadas.

—Tiene usted mucha razón, milord —convino—. ¡Me están castigando poniéndome en un rincón! Me sorprende que no le hayan dado una vara para agregar seis varazos al castigo.

El Lord Chambelán sonrió con cierta tristeza.

—No me ha agradado mucho la tarea de tener que decirle esto, su señoría, pero esperaba que sucediera, tarde o temprano.

—No se preocupe —replicó el duque—. Y déjeme decirle, sin amargura alguna, que ya me había aburrido el ceremonial del palacio.

—A todos nos pasa lo mismo en ocasiones —contestó el Lord Chambelán con un suspiro.

—Me hace sentir que nací en el reino equivocado —comentó el duque—. Me habría divertido mucho más si el tío de Su Majestad estuviera todavía en el trono.

El Lord Chambelán comprendió que se refería a Jorge IV, cuya conducta como regente, caracterizada por sus extravagancias y sus amantes gordas, había convertido la Casa Carton en el mejor centro de diversiones de Londres.

El Palacio de Buckingham también le debía su impresionante elegancia.

El duque tenía razón, pensó el Lord Chambelán, y sus peores excesos no habrían causado el menor asombro en la época del llamado «Príncipe del Placer», cuando la gente de la corte sólo se preocupaba en divertirse.

En contraste, el sincero deseo del Príncipe Consorte y de su amada Reina Victoria de ser «buenos» había convertido las reuniones de palacio en veladas tan recatadas como un servicio religioso.

El duque arrancó bruscamente al Lord Chambelán de sus reflexiones acerca de las diferencias entre Jorge IV y su sobrina, al preguntarle:

—¿Es eso todo?

—Yo diría que es suficiente. Sólo puedo decir de nuevo, su señoría, que lamento mucho tener que ser portador de tan malas noticias.

—No se preocupe. No lamento mi destino, ni me preocupará no estar en el Palco Real durante las carreras de Ascot. Tengo mi propio palco y espero que brinde usted conmigo cuando mi caballo gane la Copa de Oro.

El Lord Chambelán se echó a reír y se puso de pie.

—Tiene usted mucha confianza en su éxito.

—¿Por qué no? —preguntó el duque—. ¡Tengo el mejor caballo!

Cuando salió de la habitación, el Lord Chambelán pensó para sí:

—¡Y lo mejor de todo lo demás!

* * *

El duque despertó a la mañana siguiente con la cabeza pesada y la boca seca. Tenía la íntima convicción de que había sido muy tonto al escapar de su desgracia con un exceso de desacostumbradas indulgencias.

Aunque sus fiestas eran con frecuencia escandalosas y sus invitados bebían demasiado, él era casi abstemio y cuando bebía, lo hacía con moderación.

Ayer, después de haber salido de las oficinas del Lord Chambelán, había invitado a varios amigos íntimos a cenar con él en su casa de la avenida del Parque. Después de una excelente cena, en la que abundaron los brindis, habían asistido a una fiesta de Lady Duncan. Estas fiestas eran notorias por sus escándalos, pero el duque las consideraba muy divertidas.

Lady Duncan había sido una actriz que consiguió que un noble par, anciano y senil, se casara con ella, pero aunque su marido era muy rico, no había hecho ningún intento de entrar en la alta sociedad, que, de cualquier modo, le habría cerrado sus puertas.

En cambio, recibía en su casa de la Plaza Grosvenor a hermosas mujeres, las cuales, a su vez, conquistaban a los caballeros que apreciaban la hospitalidad de Molly Duncan.

Las mujeres que asistían a las fiestas de Lady Duncan procedían, al principio, de los escenarios teatrales o de una profesión más antigua y menos respetable. Pero luego, poco a poco, las damas bien nacidas que habían sido menospreciadas por anfitrionas demasiado exigentes empezaron a llenar sus salones.

Los invitados de Lady Duncan llegaron a convertirse en una mezcla de todos los tipos y clases imaginables, aunque todos debían tener una característica en común: ser divertidos.

Los hombres que no sabían adónde ir después de una buena cena, se dirigían a la Casa Duncan en las tres noches a la semana en que la «Reina Molly» estaba, en casa.

La noche anterior, cuando el duque había aparecido allí con sus amigos, ella le había echado los brazos al cuello con una exclamación de alegría y lo había besado apasionadamente.

Era todavía una mujer muy bonita, de figura exuberante, ojos que burbujeaban como la champaña y cabello que brillaba como una corona de oro.

Resplandecientes diamantes rodeaban su largo cuello blanco, pendían de sus orejas y llenaban sus esbeltas muñecas.

—¡Te he echado mucho de menos! —dijo al duque en tono de queja—. ¿Por qué me tienes tan olvidada?

—Es una historia aburrida —había contestado el duque—, y ahora que estoy de regreso aquí, no me abrumes con recriminaciones.

—Sabes muy bien que aquí no te aburrirás jamás —contestó Molly Duncan—. Y tus amigos tampoco lo harán. Acaban de llegar de París unas muchachas muy bonitas.

Las francesas eran muy alegres y atractivas, recordó el duque. Pero, en lugar de concentrarse en ellas, había cometido el error de permitir que lo monopolizara Dilys Chertsey.

Lady Chertsey, era otra aristócrata que había incurrido en el disgusto de la Reina y estaba definitivamente en la «Lista Negra» del Palacio de Buckingham.

Era la hija de un duque y estaba todavía en la escuela cuando se fugó con un apuesto oficial del ejército, quien le parecía irresistible en su uniforme y muy aburrido sin él.

Por fortuna para ella, el oficial murió en un accidente de arma de fuego cuando sólo tenían tres años de casados.

Dilys no había vuelto al lado de su familia. Estableció su propia casa y se dedicó a divertirse de una forma que las grandes anfitrionas consideraron en extremo impropia.

Sin embargo, considerando la importancia social de sus padres, no podían ignorarla por completo, ya que el duque era persona grata a la reina.

Las anfitrionas hacían todo lo posible por evitar a Dilys, que no hacía ningún esfuerzo por acercarse a ellas, de cualquier modo; pero hablaban de ella con frecuencia y con voz baja.

Pero la hermosa y adinerada Dilys no necesitaba el apoyo de nadie, y comenzó a llevar una existencia alocada y a gozar de la vida.

El duque se había dado cuenta de que ella lo perseguía desde hacía algún tiempo; pero, pensando que sería un error comprometerse con alguien de una fama tan notoria como la suya, la había evitado de forma deliberada.

Sin embargo, no podía dejar de admirarla por su belleza y su habilidad para coquetear. Debido a que la noche anterior él se había permitido demasiadas libertades, había sucumbido a sus encantos y, al amanecer, se levantó con dificultad de la cama de ella y empezó a vestirse para volver a casa.

Recordó ahora que le había parecido muy atractiva con su flameante cabello rojo extendido sobre las almohadas y sus ojos verdes que lo miraban con insistencia bajo las oscuras pestañas.

Repasando en su mente la escena, le pareció oír de nuevo la voz de ella que decía, cuando él se dirigía hacia la puerta:

—Adiós, Vian. Me has hecho muy feliz, y cuando te sientas menos cansado haremos los planes necesarios para…

El duque había llegado casi a la puerta para entonces. Y ahora, de manera increíble y aterradora, estaba casi seguro de que las tres últimas palabras que había oído, cuando salió al pasillo, fueron: «que nos casemos».

«¡No pude haber oído eso!», pensó de pronto. «¡Debo haber estado soñando!».

Pero ahora que su cerebro estaba más despejado y había pasado el efecto del alcohol, después de unas cuantas horas de sueño, estaba casi dispuesto a jurar que eso era lo que ella había dicho.

«¡Es imposible!», murmuró y tocó la campanilla para llamar a su valet.

* * *

Una hora más tarde, el duque estaba abajo haciendo un esfuerzo por desayunar cuando la puerta se abrió y el mayordomo anunció:

—¡El Mayor Edward Bicester, su señoría!

El duque apartó a un lado su plato, del cual no había probado bocado y levantó la vista con alivio al ver que su amigo más íntimo y confidente entraba en la habitación.

—Buenos días, Vian —dijo, acercándose a la mesa—. ¿Cómo es posible que te hayas levantado tan temprano después de una noche tan endemoniada?

—Tenía que verte, Eddie —contestó el duque.

El Mayor Bicester se sentó en una silla que el mayordomo sostenía para él y cuando el duque le preguntó qué iba a tomar contestó:

—¡Coñac, y en buena cantidad!

Con rostro impasible el mayordomo tomó un vaso, sirvió una buena cantidad de coñac con un poco de soda y dejó sobre la mesa tanto la botella como el sifón.

De acuerdo con las instrucciones que siempre le daba su amo, se retiró del pequeño comedor y cerró la puerta detrás de él.

Edward Bicester bebió un poco de su copa de coñac antes de decir:

—Te veo increíblemente bien después de una noche así.

—Pero no me siento nada bien —murmuró el duque.

—Ni yo tampoco. Si me lo preguntas, el vino de Molly se deteriora a medida que la noche avanza. Es un viejo truco y no debería asombramos a estas alturas. Estoy seguro de que lo que le ofrecen a uno al final de la fiesta no es de la misma calidad de lo que se bebe al principio.

—Eso sucede en muchas casas —comentó el duque—. Pero no te invité aquí esta mañana a discutir la hospitalidad de Molly… al menos de forma directa.

Eddie lo miró inquieto.

—¿Qué sucedió? —preguntó.

—Bebí demasiado anoche.

—Eso me pareció y es muy extraño en ti, Vian. Casi siempre eres muy moderado. Pero, desde luego, tenías razón para tus excesos.

—Una razón muy tonta y, después de todo, fue sólo una excusa para ir de fiesta.

—La cena estuvo espléndida —comentó Eddie con aire reflexivo.

—No quiero hablar de la cena, sino de lo que sucedió después.

Eddie tomó otro trago de su coñac.

—¿Qué sucedió? —preguntó.

—Debido a que estaba tan borracho, llevé a Dilys a su casa. Ella se encargó de que así fuera.

—Te ha estado persiguiendo desde hace algún tiempo. Supongo que te habrás dado cuenta de ello.

—Lo ha hecho ver con toda claridad y, como yo estaba en lo que podría llamarse un «estado de ánimo receptivo», estuve de acuerdo con todo lo que sugirió.

—Ella no es sólo hermosa, sino perversa como pocas.

—Por eso estoy tan temeroso. Está tratando de casarse conmigo.

—Eso no es nada nuevo. Todas las mujeres quieren casarse contigo y ¿,cómo puedes culparlas? Ya no hay muchos duques apuestos y solteros por aquí.

—Eddie, hablo muy en serio.

—¿Acerca de Dilys? No esperarás tomarla a ella en serio, ¿verdad?

El duque guardó silencio por un momento y luego contestó:

—Con toda franqueza, no recuerdo lo que dije anoche.

—¿Importa mucho?

—Tengo la impresión de que Dilys, no sólo sacará el máximo provecho a lo que dije, sino que inventará lo que no dije.

La forma en que el duque habló hizo que Eddie se inclinara hacia adelante en su silla con expresión incrédula.

—¿Quieres decir, Vian —preguntó—, que estás preocupado en serio por Dilys Chertsey? ¡Santo cielo! Con la reputación que tiene no puede esperar casarse con alguien como tú.

—Creo que lo intentará —respondió el duque—: pero, si he de ser sincero, no quiero un escándalo de ese tipo en este momento en particular.

Se produjo un silencio hasta que Eddie comentó:

—Lo que estás diciendo es que, a pesar de tu aire bravucón de anoche, no te gustó mucho que te arrojaran del Palacio de Buckingham.

—Muy bien. Si quieres saber la verdad, es algo que alterará a mis familiares más que cualquier otra cosa que me haya sucedido antes.

Eddie guardó silencio. Sabía que, a pesar de la vida alocada que llevaba en Londres, el duque era muy meticuloso y que trataba de no hacer nada inadecuado cuando se encontraba en su hogar ancestral de Buckinghamshire. Como allí vivía su madre, en la casa de las duquesas viudas, y había muchos otros parientes en la finca, se mostraba como el modelo de lo que debía ser un aristócrata y un terrateniente.

Eddie había pensado con frecuencia en estos dos aspectos del carácter de su amigo, reflexionando que sólo un hombre en extremo astuto podía haber mantenido el equilibrio de una manera tan perfecta entre lo que era y lo que sus parientes deseaban que fuera.

Con voz alta, dijo:

—Empiezo a comprender por qué bebiste tanto anoche.

—Fue una tontería de mi parte —respondió el duque—, y me molesta pensar que esto disgustará a mi madre, pues no se encuentra bien de salud en estos momentos.

—Tal vez no se entere —replicó Eddie esperanzado.

—Una de mis hermanas, que no simpatiza conmigo, es dama dela reina.

—¡Por supuesto! Se casó con ese tipo aburrido, Osborne, que siempre ha estado tan celoso de ti.

—¡Exacto!

—Lo siento —dijo Eddie—, y me doy cuenta de que un problema con Dilys no te ayudará mucho en estos momentos.

—Sí, por supuesto —contestó el duque—. Es algo que tengo que evitar a toda costa: La cuestión es… ¿cómo?

—¿Me lo preguntas a mí? —preguntó su amigo.

—Por eso te pedí que vinieras a esta hora tan estúpidamente temprana.

Eddie tomó el último trago de su coñac.

—Si Dilys Chertsey quiere casarse contigo —observó—, sin duda, a estas alturas, está ya harta de los reproches de sus parientes y de los desdenes de esas viejas gazmoñas que miran con desconfianza a las mujeres tan hermosas como ella.

—Las mujeres nunca juegan limpio —señaló el duque—, y siempre ganan a final de cuentas.

—Supongo que tienes razón —reconoció Eddie—, y nada podría ser mejor para Dilys, desde el punto de vista social, que se casara contigo.

El duque descargó el puño cerrado con violencia sobre la mesa, haciendo saltar las tazas.

—¡Maldita sea! ¡No tengo deseos de casarme con nadie —exclamó—, y menos aún con Dilys Chertsey!

Se dijo que no podía imaginar peor destino que estar casado con una mujer cuyos anteriores amantes llenarían un salón y que lo mirarían con burla adonde quiera que fuera.

El duque no había pensado en serio en el matrimonio, a pesar de que sus familiares, y en especial, su madre, insistían en que debía tener un heredero.

Había tenido una experiencia desafortunada en amores, cuando era muy joven, que lo había hecho sospechar que cualquier mujer que se acercara a él con miras al matrimonio estaba interesada sólo en su título y no en su persona.

Suponía que eso era inevitable con respecto a un hombre tan distinguido en el mundo social como él. Al mismo tiempo, le horrorizaba un matrimonio arreglado, frío y calculador, con una mujer que lo aburriría aun antes de llevarla a la cama y, sin duda más aún después.

Aunque nunca lo había dicho con voz alta, estaba decidido a casarse sólo cuando se enamorara; o, para expresarlo con más exactitud, cuando estuviera seguro de que una mujer estaba sinceramente enamorada de él.

Casarse con alguien como Dilys Chertsey ofendería, no sólo sus más altos principios, sino sus ideales. Aunque había roto muchas de las leyes de la decencia, en una u otra forma, no tenía intenciones de destruir por completo la confianza que algunos de sus familiares tenían todavía en él, como jefe de la familia.

Hablando con lentitud, le refirió a Eddie lo que había sucedido la noche anterior, y las palabras que había oído decir a Dilys cuando salía de su habitación.

—Me desplomé en la cama cuando llegué a casa —concluyó—, y no fue sino hasta esta mañana, que recordé con claridad lo que ella había dicho. Estoy seguro de que no me equivoqué.

—Dilys no puede obligarte a casarte con ella.

—Pero no confío en ella —replicó el duque con aire sombrío—. Sabes tan bien como yo que lo intentará y que me va a buscar problemas.

—Debes impedir eso.

—¿Cómo?

Ambos hombres guardaron silencio y como el duque sintió que necesitaba algo que lo calmara, se levantó para acercarse a un aparador a servirse una pequeña cantidad de coñac.

—Vamos, Eddie —dijo—. Tú nunca me has fallado en los momentos difíciles.

Recordó entonces que en Eton, Eddie le había ayudado a entrar por una ventana posterior una vez que regresó al internado más tarde de lo permitido. Y cuando estuvieron juntos en el ejército él le había salvado la vida al menos en una ocasión.

El duque siempre había procurado pagarle con la misma moneda, pero ése no era el punto a discutir por el momento.

—¿Y bien? —preguntó por fin cuando el silencio entre ellos se hizo opresivo.

—¡Lo mejor que puedes hacer es irte al campo ahora mismo! —respondió Eddie.

—¿Y si Dilys me sigue a Minster y hace una escena cuando me niegue a casarme con ella? ¡Eso sería desastroso!

—Una escena es lo que debes tratar de evitar. Dilys debe haberse dado cuenta de lo borracho que estabas anoche y espera que tú digas que no recuerdas nada de lo que sucedió. Pero es importante que ella no pueda recordártelo.

—Entonces, ¿qué puedo hacer si me sigue a casa? ¿Esconderme en un armario o escapar por la chimenea?

—Estás siendo muy tonto, Vian. Minster no es la única propiedad que posees.

El duque enarcó las cejas.

—Entonces, ¿adónde sugieres que me vaya?

—¡Santo cielo! Nadie tiene una elección tan amplia que tú. ¡Tienes casas en todo el país! Estaba mirando, la última vez que estuvimos en Minster, los mapas que están en la pared de las oficinas de tu finca, y hasta ese momento me di cuenta de la cantidad de propiedades que tienes. En todas esas grandes extensiones de terreno que están indicadas en tus mapas con color verde debe haber una casa adecuada para ti.

Se hizo una pausa antes que el duque respondiera con lentitud:

—Lo que estás sugiriendo, Eddie, es que me vaya a algún lugar donde nadie pueda encontrarme. ¡Es una idea!

—Es la única sensata. Si te vas al extranjero, la gente dirá que estás huyendo. Eso es lo que hacen siempre quienes se encuentren en alguna dificultad.

—Es cierto.

—Sólo tienes que anunciar que visitarás una de tus propiedades. Dilys tendrá que averiguar cuál de ellas y eso le tomaría algún tiempo.

—Si hay algo en ti, Eddie —observó el duque—, es que siempre sabes lo que es mejor para mi. Ahora que lo pienso, hace tiempo que no visito ninguna de mis casas para ver si están marchando como es debido.

—Lo importante es que desaparezcas de forma plausible, y no como si estuvieras huyendo asustado, que es lo que estás haciendo.

—Muy bien —decidió el duque—. ¿Adónde debo ir?

—A cualquier parte que no sea demasiado evidente.

Por primera vez desde que habían empezado a charlar, el duque sonrió.

—Espero que puedas venir conmigo.

—Me encantaría, pero no puedo hacerlo hoy, que es cuando debes irte.

—¿Hoy?

—¡Por supuesto! ¡Sin duda Dilys emprenderá su campaña hoy mismo! Puedes estar seguro de que vendrá a verte poco antes o después del almuerzo. Para entonces, debes haberte ido ya.

—Es imposible… —empezó a decir el duque y luego se detuvo.

Tomó una campanita de oro que tenía junto a él sobre la mesa y el mayordomo abrió la puerta casi en el mismo instante:

—¿Llamaba usted, su señoría?

—Diga al señor Garston que venga.

—Muy bien, su señoría.

Eddie se recostó en su silla y comenzó a reír.

—Ahora veré cómo se ponen las ruedas en movimiento —dijo—. He visto suceder esto antes y siempre me divierte.

—¡Me alegra que alguien se divierta! —exclamó el duque con ironía—. Personalmente, todo este asunto me parece un maldito fastidio.

—¡Considéralo como una aventura!

—¿Cuánto tiempo crees que debo permanecer lejos de aquí? ¿Y cuándo te puedes reunir conmigo?

—No puedo ir si no a fines de semana. Tengo que pedir un permiso al coronel, y como he inscrito a tres de mis hombres en el campeonato de boxeo de peso completo del ejército, no puedo dejarles y no estar presente en el campeonato, ¿verdad?

—No, por supuesto que no.

—Tan pronto como pase el campeonato, iré a reunirme contigo. Supongo que no te irás al fin del mundo; pero, aun así; puedes prestarme uno de tus buenos tiros de caballos.

—¡Ésa es una amenaza! —exclamó el duque—. Te puedes llevar a los bayos.

—Gracias —repuso Eddie—. Disfrutaré de conducirlos. Como te he dicho otras veces, no tengo ni tu resistencia ni tu habilidad para conducir carruajes.

—Muy bien, pero tal vez prefieras viajar en tren.

—¡No haré tal cosa! Esas máquinas sucias y malolientes no me atraen. Además, no creo que ni siquiera tú tengas una casa a la que llegue directamente el ferrocarril.

—Todavía no —contestó el duque riendo—, pero espero que llegará el día en que la tenga.

—Y yo espero no estar aquí para verlo —contestó su amigo—. No deseo vivir en un lugar donde el caballo no reine como ser supremo.

—¡Ni yo tampoco! —exclamó el duque—. Así que volvamos al punto original de discusión: al sitio donde debo ir. La puerta se abrió y su secretario, el señor Garston, quien había estado con él desde que heredara y que estaba a cargo de todos sus asuntos privados, entró en la habitación.

Era un hombre de unos cincuenta años, cuyo rastro ostentaba una expresión permanentemente de preocupación. Pero, como bien sabían el duque y Eddie, sus dotes de organización hacían que las posesiones de su amo marcharan a la perfección.

—Buenos días, su señoría —dijo el señor Garston con voz respetuosa, permaneciendo de pie junto a la silla del duque.

—Tengo que partir hoy mismo de Londres, Garston —le informó el duque—, en una hora o dos, a mas tardar.

La expresión del secretario no se alteró, y se limitó a preguntar con voz tranquila:

—¿Adónde irá su señoría?

—Eso es algo que todavía no he decidido. ¿En dónde tengo una casa cómoda que no haya visitado recientemente y que no requiera muchos días de viaje para llegar a ella?

El señor Garston se quedó pensativo por un momento y entonces dijo:

—Tiene usted su coto de caza en Leiscestershire, su señoría.

—Estuve allí el invierno pasado y me pareció, como le dije, en extremo incómodo.

—Ya se han hecho las alteraciones que su señoría sugirió.

El duque no contestó y como era evidente que no le complacía la idea, el señor Garston añadió:

—Tiene usted una casa que no ha visitado desde que era muy joven, su señoría. Tengo la impresión, aunque tal vez esté equivocado, de que no está muy interesado en ella que digamos.

—¿A cuál se refiere?

—Al Rincón de la Reina, su señoría, en Worcestershire.

—¿El Rincón de la Reina? Casi me había olvidado de ese lugar.

—Todavía es suyo, señor.

—Nunca te había oído hablar del Rincón de la Reina —intervino Eddie—. Es un nombre interesante.

—Fue construido para la Reina Isabel como refugio de sus onerosos deberes en Londres —explicó el duque y su boca se torció en una sonrisa—: me parece un lugar adecuado para ir en estos momentos. El Lord Chambelán dice que me castigaron en un rincón… muy bien, Garston, iré al Rincón de la Reina. Envíe a un palafrenero a advertirles de mi llegada. Iré conduciendo mi faetón, con cuatro jinetes acompañantes. Uno de los caballos debe ser Perseo, para que yo pueda montarlo cuando así lo desee. El equipaje puede transportarse en la carreta grande, tirada por seis caballos.

—Muy bien, su señoría —respondió el señor Garston y sin preguntar nada más salió de la habitación.

Eddie lanzó una alegre carcajada.

—¡Es increíble! —exclamó—. ¡Frotas la lámpara mágica, aparece el genio, le dices lo que deseas, y todo sucede!

—Eso espero —respondió el duque—. No he estado en el Rincón de la Reina desde que tenía veinte años. Mi abuela vivió allí hasta que murió. Riñó con mi padre y se negó a vivir en la casa de las viudas, en Minster. Yo solía disfrutar mucho de mis largas estancias en esa casa. Espero que el lugar no haya cambiado.

—Es muy probable que lo encuentres con el jardín invadido por las hierbas, el personal sin control y los arrendatarios en rebeldía. ¡Los amos ausentes merecen lo que les sucede! —bromeó Eddie.

—Bueno, al menos me dará algo qué hacer poner las cosas en orden, pero voy a aburrirme terriblemente mientras tú llegas.

—Entonces dedícate a arrepentirte de tus pecados.

—Eso es algo que no tengo intenciones de hacer, aunque sin duda Su Majestad se sentiría muy satisfecha si supiera que me había quedado reducido a eso.

—Esto tenía que suceder tarde o temprano. Cuando menos, lo pasaste muy bien mientras pudiste.

—Hablas como si me condenaras por mis acciones.

—No exactamente.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Si quieres saber la verdad —contestó Eddie—, en muchos sentidos estás desperdiciando tu brillante cerebro en placeres que no valen la pena, si lo piensas un poco.

Por un momento el duque pareció molesto.

—Ésa es a todas luces una condenación de mis actos.

—Tú me lo preguntaste —contestó Eddie—, y nosotros siempre nos hemos dicho la verdad.

—No tenía idea de que tú me estuvieras criticando, como todos los demás.

—No realmente. Pero creo que es un error que una fiesta se prolongue demasiado.

—Ahora sí estás hablando con sentido común —reconoció el duque. De pronto empujó su silla y exclamó—: ¡Maldita sea, Eddie! Me estás deprimiendo. La fiesta no ha terminado. Intento divertirme todavía mucho tiempo, antes de «sentar cabeza», como dicen mis parientes.

—La verdad es que no creo que vayas a aburrirte mucho que digamos. No faltarán lindas lecheritas que se volverán locas por ti en cuanto te vean.

—Deja ya de decir tonterías y vuelve a tu cuartel y a tus pugilistas.

Eddie rió de buena gana y terminó de tomar su coñac.

—Le avisaré a Garston en cuanto sepa que puedo reunirme contigo —dijo—. Y procura tener algo que ofrecerme, a modo de diversión, cuando llegue yo.

—Sin duda alguna me encontrarás sentado en una arpillera, entre cenizas, contemplando mi ombligo como un faquir.

—¡Apuesto cien contra uno que no será así!

—¡Ganarías sin la menor duda! ¡Te aseguro que soy un penitente impenitente! Desde luego, no le digas a nadie adónde he ido.

—Empezaré por decir que creo que estás en Minster y cuando descubran que no te han visto por Buckinghamshire, sugeriré todas tus otras propiedades, una por una.

—Asegúrate de que Dilys no te saque la verdad.

—Puedes estar tranquilo por esa parte. Cuando ella y yo terminamos, no quedamos como buenos amigos. Nunca es aconsejable volver la vista atrás.

El duque miró a Eddie con fijeza y luego, al comprender lo que había querido decir, murmuró:

—¡Maldita sea, Eddie! ¡Por esa razón, más que por ninguna otra, me asegurará de no casarme con Dilys!