Capítulo 2

El duque pasó una noche incómoda en una posada cerca de Oxford.

En circunstancias normales se habría hospedado en el Palacio Blenheim con el Duque de Marlborough, pero cuando el señor Garston lo sugirió, dijo a su secretario que el viaje era secreto y que nadie debía saber una palabra de ello.

El señor Garston estaba demasiado bien entrenado en cumplir los deseos de su amo para mostrarse sorprendido.

Su señoría dio instrucciones para que los sirvientes no hablaran sobre su viaje en las tabernas que frecuentaban después del trabajo. Ninguno de sus amigos debía ver que estaba ausente de Minster, y a quien preguntara por él debía decírsele tan sólo que se había ido al campo.

El duque siempre viajaba con todo lo necesario para su comodidad.

Dormía con sus propias sábanas, comía con sus propios cubiertos de plata y uno de sus jinetes acompañantes era un experimentado chef que le cocinaba lo que deseaba y de la forma que le gustaba en las cocinas de las posadas.

De todos modos, después de unas cuantas horas de sueño despertó en la oscuridad, sintiéndose deprimido. Era lo bastante inteligente para darse cuenta de que ello se debía a que se enfrentaba a varios días de absoluta soledad, sin gozar de la compañía de sus amigos íntimos, ni de alguna hermosa mujer.

Volviendo la vista atrás, no podía recordar haber vivido antes una situación como ésa. Se dijo que iba a aburrirse sin remedio y deseó que llegara Eddie cuanto antes.

Pero ni siquiera la compañía de Eddie podría hacer menos dura aquella larga temporada sin tener nada qué hacer.

«Debí marcharme al extranjero», pensó, diciéndose que la capital francesa le habría proporcionado el tipo de diversión que era parte de su vida.

Había descubierto, en su última visita a París, que las cortesanas francesas tenían un encanto y una experiencia que no podía encontrarse en ninguna otra parte.

«Las francesas conocen su negocio», había pensado entonces el duque y ahora se dijo que lo que necesitaba era una amante francesa para hacer menos difíciles las largas horas que debía pasar en el Rincón de la Reina, sin otra cosa qué hacer por la noche más, que leer:

No era que le disgustara la lectura, pues, de hecho, había leído mucho en su vida. Pero, con cada kilómetro que lo alejaba de Londres, le atormentaba más el hecho de que la reina lo estuviera desterrando, no sólo del Palacio de Buckingham, sino de su rutina habitual.

Estaba dispuesto a culpar a la reina, aunque sabía que él también era en gran medida responsable de aquella situación por haberse envuelto con Dilys Chertsey.

El simple hecho de pensar en ella lo hacía apretar los labios con dureza. Trató de convencerse de que sus sospechas eran infundadas, pero, en el fondo de su corazón, sabía que Eddie tenía razón al decir que no debía correr riesgos en lo que a Dilys se refería.

El duque se levantó antes del amanecer para escribir una breve nota a Eddie, urgiéndolo, no sólo a que se diera prisa para reunirse con él, sino a que trajera consigo a dos «amiguitas» que les permitieran pasar el tiempo de una forma más agradable que si estuvieran solos.

El duque meditó las cosas un rato antes de añadir los nombres de dos mujeres, una de las cuales era una atractiva muchacha, mitad francesa y mitad húngara, a la que había estado pensando en tomar bajo su protección.

Se había fijado en ella por primera vez mientras cabalgaba por el parque. Le pareció muy atractiva y advirtió que su rostro tenía un ligero aire de misterio, debido, sin duda, a su doble nacionalidad.

Pero no sólo le llamó la atención su rostro, sino la forma como montaba a caballo y la elegancia de su traje y, después de preguntar de quién se trataba, supo que su apariencia y su habilidad como amazona eran parte de sus recursos profesionales.

En Londres, las caballerizas que ofrecían caballos en venta y en alquiler estaban utilizando los servicios de algunas mujeres dispuestas a domarlos.

Aunque la mayor parte de los caballeros de recursos que llegaban a la ciudad desde el campo traían consigo sus caballos, había siempre una gran demanda por más cabalgaduras, sobre todo para sus esposas y sus hijas. Por ello, las caballerizas de prestigio proporcionaban, no sólo animales de buena calidad, sino muy bien entrenados.

Muchas damas a quienes parecía muy elegante montar, se ponían nerviosas cuando se subían a un caballo y eso daba lugar a que jóvenes procedentes del campo ganaran buen dinero asegurándose de que los caballos que se alquilaban fueran dóciles.

Las caballerizas descubrieron muy pronto que si una mujer atractiva montaba un excelente caballo que estaba en venta, ello aumentaba notablemente su valor.

El duque sabía que una de las caballerizas más famosas de Mayfair exhibía sus caballos en el parque con mujeres que llamaban tanto la atención como el animal que montaban, lo cual provocaba que resultaran muy costosas cuando se trataba de hacer algún arreglo con ellas.

El duque había llevado a cenar a Gigi, quien montaba a caballo como su padre húngaro, y descubrió que tenía una mente despierta y un ingenio estimulante, heredados sin duda de su madre francesa.

No había sugerido nada en esa ocasión, pero se daba cuenta de que, si ofrecía a Gigi una casa que tenía en Chelsea y que estaba desocupada por el momento, ella seguramente la aceptaría encantada.

El duque, en lo que a sus amantes se refería, nunca actuaba con precipitación.

Sabía mejor que nadie que se aburría rápidamente con una mujer, Cuando esto sucedía con alguna belleza de sociedad, que por lo general era casada, era fácil despedirse. A veces bastaba alejarse un poco de ella sin recibir muchos reproches, pues casi siempre la dama del caso era demasiado orgullosa para revelar que el olvido de su galán la había lastimado.

Su experiencia con mujeres de otra clase era muy diferente. Había descubierto que, aunque de acuerdo con una ley no escrita una amante debía aceptar el fin de un romance con espíritu filosófico y conformarse con recibir un espléndido regalo de despedida, en lo que a él se refería todas las reglas se tiraban por la borda.

Sus amantes solían enamorarse de él y con mucha frecuencia se volvían celosas y violentamente agresivas cuando insinuaba que habían sido sustituidas en sus afectos por otra mujer.

«¿En qué soy diferente de los otros hombres?», se había preguntado el duque una y otra vez. Pero no habría sido humano si no se hubiera dado cuenta de que eso se debía a que las mujeres, sin importar su clase o su posición, descubrían que era un amante irresistible y luchaban como tigresas para impedir que las abandonara.

Ello significaba que la casa de Chelsea estaba vacía con frecuencia y el duque se preguntó ahora si sería lo bastante tonto como para instalar a una nueva ocupante.

Gigi, desde luego, era muy atractiva y él sabía que estaba más seguro con una cortesana profesional que con una entusiasta aficionada como Dilys, que tenía ambiciones de casarse con él.

Gigi, por el momento, aceptaría gustosa la sugerencia de Eddie de pasar una temporada en el campo con el duque. Éste había reparado en otra atractiva amenaza de esa misma caballeriza y pensaba que resultaría divertida para Eddie, a menos que él prefiriera escoger su propia compañera de diversión.

Habían sido amigos íntimos por tanto tiempo que el duque conocía el gusto de Eddie tan bien como el suyo propio, y pensaba que Betsy, vivaracha, alegre y muy bonita, sería, con su cabello rubio y sus ojos azules, un contraste perfecto para la belleza morena de Gigi.

«Ellas animarán las cosas aquí», se dijo, mientras firmaba la nota. Selló la carta y la preparó para que fuera enviada por medio de la posta a primera hora de la mañana y volvió a la cama.

Se quedó dormido en paz hasta que su valet lo despertó a las ocho de la mañana y, media hora más tarde, estaba disfrutando de un abundante desayuno que preparó su cocinero antes de ponerse en marcha con destino al Rincón de la Reina.

Era un día soleado y partió temprano, antes que hiciera demasiado calor y como había llovido en la noche y no había mucho polvo el duque disfrutó, de la belleza de la campiña.

Recorrió la siguiente etapa en muy poco tiempo y, al entrar en la posada donde intentaba almorzar, advirtió sorprendido que lo esperaba afuera un sirviente con su propia librea.

Al detener los caballos el duque reconoció a uno de sus palafreneros, y comprendió que se trataba del mensajero a quien el señor Garston había enviado con anticipación para informar a la servidumbre del Rincón de la Reina que él llegaría muy pronto.

—¿Qué sucedió? —preguntó con voz aguda cuando el hombre se acercó al faetón.

—Lo siento, su señoría —respondió el hombre—, pero no pude seguir adelante.

—¿Por qué no?

—Rufus empezó a cojear, su señoría, justo cuando estaba llegando aquí. Llamé a un veterinario, pero él dice que no se le puede mover en varios días.

El duque apretó los labios.

Le disgustaba que se trastornaran sus planes, pero estaba seguro de que lo sucedido no había sido culpa del palafrenero, ya que todos los empleados que trabajaban en sus caballerizas eran hombres a los que podía confiar sus valiosos caballos.

Al inspeccionar a Rufus comprobó que el caballo se había torcido el tendón de una pata trasera. Por lo tanto, no se le debía hacer caminar hasta que estuviera completamente bien.

El duque dio instrucciones al palafrenero sobre lo que debía hacer y luego, sin prestar atención a las tartamudeantés disculpas del hombre por no haber cumplido las instrucciones del señor Garston, entró en la posada a almorzar.

No lo perturbaba demasiado el incidente, porque había dado instrucciones para que todas sus casas estuvieran listas para recibirlo, y bastaba un aviso, con unas cuantas horas de anticipación, para que todo estuviera dispuesto para atenderlo, no sólo a él, sino a los invitados que pudiera llevar consigo.

Hacía doce años que no visitaba el Rincón de la Reina, pero sabía que el señor Garston mantenía una vigilancia muy estricta con respecto a los administradores de sus propiedades y estaba seguro de que la casa debía contar con una buena servidumbre.

Entre tanto, descartó de su mente aquella pequeña catástrofe y se concentró en el almuerzo, que era excelente. Después reanudó su viaje, disfrutando del panorama y de la vista distante de las Montañas Malvern, cuya silueta se recortaba contra el cielo.

Había almorzado con calma y la tarde estaba ya avanzada antes que se encontrara a dos o tres kilómetros del Rincón de la Reina.

En esta etapa de su viaje iba solo. Después del almuerzo había ordenado que le ensillaran a Perseo y se había adelantado a su séquito, cabalgando a campo traviesa para acortar distancias, por tierras que no tardó mucho en reconocer.

Había cazado muchas veces en esa región cuando iba a visitar a su abuela.

Perseo, que estaba todavía fresco a pesar de los muchos kilómetros que había viajado por la mañana, le proporcionó un ejercicio que elevó su espíritu y borró la depresión que había sentido durante la noche.

Al contemplar la casa que había sido parte tan importante de su infancia, comprendió que como había cabalgado a toda prisa y tomado atajos, llegaría mucho antes que cualquiera de sus acompañantes.

Al salir de Londres, había notado divertido que la carreta qué tiraban seis caballos, llevaba mucho equipaje. Él sabía que esto se debla a que el señor Garston se preocupaba mucho por su comodidad, pero ello, unido a que ésta llevaba consigo a varios sirvientes, además del valet de su amo, retardaba mucho su avance.

El duque pasó a través de una arboleda y luego detuvo su caballo para contemplar la casa a la que regresaba siempre durante las vacaciones con intensa alegría cuando era niño.

El Rincón de la Reina, que había sido construido en tiempos de la Reina Isabel, tenía, como era lo tradicional, la forma de una E.

El intenso color rojo de sus ladrillos se había suavizado con los años y ahora éstos mostraban un exquisito tono rosado y sus ventanas de cristales en forma de diamante relucían como joyas bajo el sol de la tarde.

Por encima de la puerta del frente estaba tallado el escudo de armas de la reina, quien había decretado que fuera una casa muy especial que llevara su nombre y por eso los Minster, que la habían construido para ella, y sus descendientes, tenían autorización de Su Majestad para colocar el estandarte real en el techo.

El duque recordó lo orgulloso que se sentía de ese privilegio cuando era niño y cómo se había jactado de ello con sus amigos de la escuela.

El Rincón de la Reina era una posesión de la que uno podía enorgullecerse y él pensó ahora, al mirarlo, que se había olvidado de lo hermoso que era aquel lugar y de que tenía cierta cualidad espiritual que no había encontrado en ninguna de sus otras casas.

El sabía que si no había vuelto antes era porque su abuela ya no estaba allí. Él la había amado, aunque nunca lo había reconocido, más que a su propia madre o a cualquiera de sus otros familiares y no había querido visitar la casa, vacía sin ella.

Pero ahora se daba cuenta de lo tonto que había sido y se dijo que ella se habría sentido ofendida de que él hubiera descuidado una casa que había significado tanto para él cuando era joven.

Su padre, como tantos hombres, había sido injusto con su hijo y se sentía celoso de él. Por ello, el duque no fue feliz en su hogar. Fue su madre, porque lo amaba, quien había sugerido que pasara las vacaciones en el Rincón de la Reina, con su abuela, a fin de que molestara lo menos posible a su padre.

El duque recordó que al principio le había disgustado que lo enviaran lejos de Minster, pero después se sintió inmensamente feliz.

Su abuela era una mujer muy inteligente y comprensiva. Había sido una gran belleza en su juventud, y se había rodeado de los hombres de más talento de su época. Ser amigo de la «Duquesa Sheila» equivalía a tener un título universitario.

Las espléndidas fiestas que la duquesa ofrecía en Londres sólo eran superadas por las que daba en Minster y cuando el duque estaba con ella en el Rincón de la Reina le encantaba escuchar las historias que le contaba sobre los reyes, príncipes, primeros ministros y estadistas que se reunían en torno a su mesa en el gran salón de banquetes.

La risa de esos hombres retumbaba, le decía su abuela, por todos los rincones del alto techo pintado, o bien hacían historia mientras discutían los problemas de la nación y de otros países, bebiendo una copa de coñac o de oporto.

—Algunas veces pensé, querido niño —le había dicho a su nieto—, que yo cambié el mapa de Europa al hacer que los jefes de naciones en pugna se reunieran en mi mesa y al obligarlos a comprender el punto de vista del otro. Recuerdo dos ocasiones en que, estoy convencida, evité que se desatara la guerra.

El duque había escuchada todo, fascinado y, sin darse cuenta, aprendió historia, geografía y diplomacia desde un punto de vista personal, de una forma en que ningún maestro podía haberlo enseñado y ello le fue de gran utilidad en años posteriores.

«Sí», pensó ahora, «la razón por la que no volvía al Rincón de la Reina fue que jamás habría sido igual sin mi abuela».

Pero como de nuevo se sentía ansioso de verlo, espoleó a Perseo para descender por una suave pendiente y entrar en el huerto que desembocaba en los jardines, de la parte posterior de la casa.

Apartando de su mente los recuerdos del pasado, el duque decidió de pronto que no deseaba llegar de improviso y verse obligado a dar explicaciones a una asombrada servidumbre.

Sus sirvientes podían dar las explicaciones del caso y, para darles tiempo a que llegaran, decidió comprobar si el jardín era tal como lo recordaba y si no estaba descuidado.

Cruzó entre los manzanos, que estaban en esos momentos en floración, y vio el alto muro isabelino de ladrillos que rodeaba y protegía el jardín de las hierbas. Llegó al final del huerto y decidió explorar lo demás a pie y, por lo tanto, desmontó, ató las riendas frente a la silla y dejó suelto a Perseo.

Hacía tres años que Perseo era su caballo favorito y le complacía ver que, aunque a los demás les costaba trabajo manejarlo, se comportaba con él como un modelo de obediencia.

Si silbaba, Perseo acudía enseguida. Ahora le dio unas palmaditas en el pescuezo y comprendió que no se iría muy lejos y que acudiría cuando él lo llamara.

El duque se dirigió hacia una reja de hierro que daba acceso al jardín de las hierbas y al llegar descubrió complacido que no estaba cerrada con llave.

El jardín de las hierbas parecía estar en perfecto estado, Había sido el orgullo de su abuela, quien cultivaba exactamente las mismas hierbas enumeradas en las crónicas de la casa; las cuales, según se aseguraba, habían sido plantadas en 1562.

Todo estaba muy bien cuidado y el duque se propuso felicitar a los jardineros si las condiciones del resto del jardín eran tan buenas como en esa parte.

Otra puerta lo hizo salir hacia los lisos prados bordeados de lechas de flores. Aquí el duque titubeó, preguntándose si debía dar vuelta a la derecha, para dirigirse a la casa, o hacia la izquierda, en dirección del jardín acuático.

Más allá de éste había una sección de arbustos y, un poco más adelante, aparecían los bosques que protegían la casa. Éstas se elevaban siguiendo la ladera de una colina, en cuya cumbre había un mirador desde el que se podían contemplar la finca y la campiña por muchos kilómetros a la redonda.

«Debo subir al mirador en cuanto pueda», pensó el duque, pero el ascenso era pesado y podía esperar.

Sintiendo de pronto el calor que había en ese momento se quitó el sombrero, y recibió, no sólo el sol sobre su rostro, sino una leve brisa procedente de los árboles.

Era muy agradable y al duque le pareció que la paz, o tal vez la palabra correcta fuera la «magia», del Rincón de la Reina, comenzaba a disipar la tensión que lo dominaba desde que había hablado con el Lord Chambelán.

Siguió caminando y encontró el jardín acuático, como esperaba, con su pequeña cascada cantarina y sus exóticas plantas en flor, las cuales, según recordaba, procedían de los Jardines Botánicos de Kew y de muchas otras partes del mundo.

En el pequeño estanque al pie de la cascada, bajo los lirios acuáticos, se veían pequeños relámpagos rojos y amarillos: eran los peces dorados que él había amado tanto de niño. Experimentó una alegría casi pueril al ver que nada había cambiado en ese lugar, y saliendo del jardín acuático, siguió un estrecho sendero bordeado de azaleas y rododendros que empezaban a florecer, dirigiéndose al sito donde había un pequeño templo griego.

Éste había sido añadido mucho después de que se construyera la casa. Se trataba de un trofeo robado a los griegos por el primer Duque de Ilminster, en los primeros años del Siglo XVIII. Debido a que era tan hermoso y tan perfecto en su estilo clásico, parecía que el jardín había sido diseñado para él.

El duque pensó que aquélla había sido una de las principales obras de arte que habían refinado su gusto y que le inspiró a ser coleccionista, como sus antepasados.

El templo era pequeño y muy sencillo y al duque le pareció resplandeciente en su blanca pureza, como si se tratara de una joya.

Permaneció inmóvil, a cierta distancia, y en aquel momento se dio cuenta de que había alguien más allí.

Por un momento, debido a que se sentía tan feliz de estar sólo con sus recuerdos y de abandonarse a las extrañas emociones que el Rincón de la Reina había despertado en él, se incomodó.

Vio, sentada en los escalones del templo y recostada contra uno de los pilares blancos, a una mujer.

Lo primero que notó fue su vestido, blanco como el templo, y después las flores que tenía sueltas sobre su regazo.

Al dar un paso hacia adelante, advirtió que tenía la cabeza apoyada contra el pilar y que estaba dormida.

Al avanzar un poco más pudo darse cuenta de que estaba mirando a una muchacha bastante joven, aunque no estaba del todo seguro porque ella tenía los ojos cerrados.

Tenía un rostro pequeño, en forma de corazón y las pestañas que descansaban sobre sus mejillas eran oscuras en las raíces, pero, al curvarse en las puntas, eran doradas como las de un niño.

Su pelo rubio era tan claro que casi parecía mezclarse con la pátina del viejo mármol del pilar.

El duque se quedó mirando a la intrusa, preguntándose podría ser. Era, a no dudar, muy hermosa y él pensó divertido que había encontrado a la Bella Durmiente, lo cual iba de acuerdo con el ambiente de cuento de hadas del Rincón de la Reina.

En aquel lugar no había ningún recuerdo femenino, excepto aquella relacionados con su abuela. Y sin embargo, pensando en ella, decidió que el Rincón de la Reina era un lugar apropiado para el romance, y se preguntó por qué no había venido antes con alguna de las mujeres que le habían parecido atractivas y con quienes hubiera deseado estar a solas en algún sitio idílico para hablar de amor.

Pero ninguna de ellas, pensó, se parecía en absoluto a la muchacha que dormía al pie del templo griego.

Por un instante se preguntó si no estaría soñando, ella parecía parte del aquel hermoso recinto, pensó que tal vez desaparecería en cualquier momento, dejándolo sólo con sus recuerdos.

Entonces se dijo que estaba siendo ridículamente imaginativo, lo cual era muy diferente a su acostumbrada actitud hacia la vida y en particular hacia las mujeres.

Su curiosidad respecto a quién podría ser la intrusa lo hizo acercarse un poco más y sentarse junto a ella en los escalones del templo.

Al hacerlo, la espuela de su bota rozó contra el escalón más bajo y aquel leve sonido hizo que la muchacha dormida abriera los ojos. El duque estaba muy cerca de ella, pues se sentaba en esos momentos, y ella levantó la vista directamente hacia su rostro.

El percibió dos grandes ojos de extraño colorido y la oyó decir con una voz muy suave, mientras lo miraba con expresión ausente, todavía medio dormida:

—Estaba… soñando con… usted.

El duque se sentó junto a ella y preguntó:

—¿Conmigo? ¡Eso sí que es sorprendente!

Ella levantó la cabeza del pilar y lo miró como si se preguntara si él era real y se apresuró a decir:

—Estaba… dormida… ¿Quién es usted?

—Eso mismo iba yo a preguntarle —contestó el duque—. Pero entonces decidí que usted debe ser la «Bella Durmiente».

Ella sonrió.

—Parezco perezosa por dormir a esta hora del día, pero me levanté muy temprano y hubo mucho que hacer.

El duque se preguntó cómo era posible que hubiera tanto que hacer en el Rincón de la Reina, ya que la gente de la casa no se había enterado todavía de su llegada.

Iba a decirle quién era, pero pensó que sería un error y decidió averiguar qué estaba sucediendo antes de revelar su identidad.

—Si hubiera actuado como era debido —dijo—, debí haberla despertado can un beso.

Ella rió divertida con aire inocente.

—Eso es lo que uno podría esperar en un cuento de hadas —contestó—. Pero en la vida real no suceden las cosas así.

—¿Por qué no? —preguntó el duque.

—Porque usted no habría besado a alguien a quien nunca había visto antes, y si lo hubiera hecho me habría sentido enfadada y escandalizada.

El duque pensó que ésa no era la respuesta que habría recibido de otra mujer, si le hubiera sugerido besarla, o si se hubiera atrevido a hacerlo.

—Pero como no hice ninguna de las dos cosas, tal vez, quiera explicarme quién es usted y por qué ha estado tan ocupada en este día en particular.

—Usted es un forastero —contestó ella—, así que sin duda ignora que hoy es el aniversario de la fecha en que se terminó de construir el Rincón de la Reina. Es el cumpleaños de la casa y un día muy especial para quienes vivimos aquí.

El tono de su voz hizo comprender al duque que era sincera y, al volver la mirada al pasado, recordó que su abuela le había dicho que, en este día particular del año, ella siempre colocaba flores en el gran vestíbulo frente al retrato de la Reina Isabel.

—Debemos dar gracias a Su Majestad —le había dicho la duquesa—, porque ella pidió que fuera construido el Rincón de la Reina, y los Minster, que habían estado viviendo en otra parte de la finca en esa época, cumplieron sus deseos.

—Así que ha estado cortando flores —comentó el duque después de un momento—, para conmemorar el cumpleaños de una casa, como si fuera una persona.

—El cumpleaños de esta casa es más importante que el cumpleaños de cualquier otra persona —contestó la muchacha—. ¿No comprende lo que ha significado para quienes han vivido aquí por más de tres siglos? Ha sido su hogar, les ha brindado protección y amor; ha sido una inspiración que, según creo, ha cambiado la vida de la gente en este país y tal vez en otras partes del mundo.

Al duque le pareció estar oyendo hablar a su abuela y preguntó:

—¿Y por qué puede importarle eso a usted?

—¡Porque vivo aquí!

El duque la miró asombrado, pensando que eso era algo qué el señor Garston debía haberle dicho. O, si se lo dijo, no lo recordaba.

—¿Vive aquí con sus padres? —preguntó con lentitud, pensando que tal vez fuera la hija del administrador o del ama de llaves.

La chica negó con la cabeza.

—No —respondió—. Estaba sola en el mundo, pero ahora soy parte del Rincón de la Reina y, como lo amo, me pertenece.

Se levantó al hablar, recogiendo con cuidado sus flores.

—¡Debo irme! —exclamó—. Si sigue el camino a través del bosque, llegará al mirador, que, según supongo, es lo que desea usted encontrar. No debió haber entrado por el jardín, porque está invadiendo una propiedad privada.

Antes que el duque pudiera contestar, sonrió y añadió:

—Pero como éste es un día muy especial, lo perdonaremos.

Se volvió con la gracia de una joven gacela y empezó a alejarse con increíble rapidez a través de los verdes prados.

—¡Espere! ¡Espere! —llamó el duque.

Fue inútil. Ella se había perdido de vista y cuando se puso de pie con lentitud la vio desaparecer en la distancia.

Su cabello rubio resplandecía bajo la luz del sol y las amplias faldas de su vestido blanco se movían como si ella flotara, en vez de correr, por la suave hierba.

«¿Quién podrá ser?», se preguntó el duque y supo que era un enigma al que debía encontrar respuesta.

* * *

El duque se quedó sentado en el templo griego por algún tiempo, pensando que sería una buena idea permitir que la conmoción producida por la llegada de sus sirvientes se calmara un poco antes de hacer su aparición.

Después volvió por donde había llegado, a través del jardín de hierbas, para encontrar a Perseo y cruzar el huerto, pasar por el frente de la casa y sortear el río antes de llegar a las caballerizas.

El río, donde el duque había pescado truchas de niño, nadado cuando había calor en el verano y aprendido a impulsar una balsa clavando una vara en el fondo, no había cambiado.

Los iris en flor crecían en profusión en sus orillas y el puente que lo cruzaba parecía haberse empequeñecido con el tiempo.

El sol brillaba en el agua y los cisnes que se movían serenamente, seguidos por sus crías, eran parte de sus recuerdos.

La entrada a las caballerizas tampoco había cambiado, excepto por la enredadera, que casi oscurecía los muros de piedra, y el patio empedrado, más gastado ahora que unos años antes.

Sus palafreneros, tal como esperaba, habían llegado, ya y los caballos que tiraban de la carreta y del faetón se encontraban en sus correspondientes cubículos.

Cuando se llevaron a Perseo el duque se volvió y se dirigió a la casa para entrar por la puerta principal.

Dicha puerta se encontraba ahora a un lado de la casa, porque su abuela había pensado que el enorme vestíbulo isabelino, que ocupaba casi todo el frente, debía usarse como salón en lugar de recibidor.

Aunque la apariencia exterior de la fachada no había cambiado, ahora se entraba en la casa por un costado y se caminaba por un ancho pasillo decorado con armaduras de la época isabelina.

El pasillo conducía al gran vestíbulo y el duque se dijo que éste era el más impresionante que jamás había conocido en casa alguna.

El techo era muy alto, la chimenea de piedra tallada, magnífica, y los muros que no estaban cubiertos por escudos, alfanjes y lanzas, mostraban cuadros pintados casi en su totalidad durante la época de la Reina Isabel.

El duque se preguntó ahora, aunque no había pensado en ello antes, por qué nunca se había llevado esas valiosas y magníficas pinturas a una de las casas que visitaba con más frecuencia. Entonces comprendió que sería un crimen alterar o quitar cualquier parte del Rincón de la Reina.

Cuando entró en el vestíbulo vio que había flores frente al cuadro de la Reina Isabel y en el marco tallado.

Observó a su alrededor y advirtió que los marcos de los cuadros de los cortesanos y estadistas de la reina también estaban llenos de flores.

En la larga mesa que había en el centro, y en la que la reina misma había comido, se encontraba un enorme jarrón de flores exquisitamente arregladas y el duque estuvo seguro de que todo ello, así como la decoración de los muros, era obra de la «Bella Durmiente».

Se puso de espaldas a la chimenea y miró a su alrededor recordando con cuánta frecuencia se había sentado allí a hablar con su abuela, a leer, o agasajar a los amigos de él, que eran siempre bienvenidos.

Recordó, todavía con mayor claridad, a sus perras. Tenía dos, que lo seguían adondequiera que iba. Casi creyó encontrar, si bajaba la vista, a uno de ellos que lo miraba ansiosamente, como si le estuviera suplicando que lo llevara a caminar o a cazar con él.

«Creo que éste va a ser un viaje al pasado», pensó y trató de reír con cinismo, sin conseguirlo.

En ese momento, Barker, el anciano mayordomo de cabellos blancos, entró en el vestíbulo a toda prisa.

—¡Ésta es una gran sorpresa, su señoría! —exclamó el hombre.

—¡Me alegra mucho verlo, Barker!

—He estado esperando y orando, señorito Vian… quiero decir, su señoría… pidiendo a Dios que viniera a visitarnos un día.

—Bueno, aquí estoy —sonrió el duque—, y supongo que le habrán dicho ya que el mozo al que habíamos enviado para advertir a usted de mi llegada no pudo completar el viaje porque su caballo se lastimó.

—Eso fue muy desafortunado, su señoría, pero trataremos de que esté cómodo. Será como en los viejos tiempos tenerlo aquí, su señoría… ¡cómo en los viejos tiempos!

El duque, al darse cuenta de que la voz de Barker se quebraba y que sus ojos se humedecían, rehuyó instintivamente aquella expresión de sentimentalismo.

—Me gustaría tomar algo Barker —dijo.

—Por supuesto, su señoría. Se le servirá enseguida y espero que sea un clarete que agrade a su señoría.

En ese momento apareció un lacayo trayendo una botella en una bandeja de plata que colocó sobre una mesa en un rincón. El duque aceptó un vaso de clarete que Barker le sirvió, explicándole que el champan tendría que enfriarse antes que él pudiera beberla. Luego, dijo en tono casual:

—Las flores son encantadoras, pero como ustedes no sabían que yo iba a venir, no creo que sean en mi honor.

—No, su señoría. Es el cumpleaños de la casa, como su señoría debe recordar.

—Sí, por supuesto, lo recuerdo ahora; pero ¿quién las arregló?

—¡Yo lo hice! —contestó una voz desde el otro extremo del vestíbulo.

Antes que Barker pudiera hablar, la muchacha que el duque había visto dormida en el templo griego avanzó hacia él.

El duque esperó hasta que llegó a su lado y entonces hizo una reverencia.

—Creo que debíamos presentarnos —dijo.

—Soy Fabia Wilton, su señoría —contestó ella—, ¡y creo que fue poco amable de su parte dejarme creer que era usted un forastero, pues había entrado en su propia tierra!

Titubeó un momento, mirando a su alrededor para ver si aún había sirvientes en la habitación. Pero éstos se habían retirado y al ver que ella y el duque estaban solos, levantó la vista hacia él y dijo con expresión preocupada:

—¿Puedo hablar con su señoría? Creo que debo explicarle… mi presencia aquí.

—Estoy encantado de escuchar lo que tenga que decirme —contestó el duque.

—Sólo espero que… después de lo que tengo que… decirle, no desee… que me… vaya.

—¿Por qué iba a desear tal cosa?

—Porque… tal vez estuvo… mal que… el señor Durwood no haya informado a su señoría o al señor Garston que yo estaba… viviendo aquí.

El señor Durwood administraba la finca y al duque le pareció muy extraño que hubiera permitido que alguien viviera en el Rincón de la Reina sin informarle al respecto.

Por el momento, se sentía demasiado curioso para enfadarse.

—Creo que debe explicarme lo que sucedió desde el principio. ¿Me permite ofrecerle una copa de vino, o debía ser usted la queme la ofreciera a mí?

—Ahora está siendo cruel conmigo —contestó Fabia y suspiró—. ¿Cómo pude imaginar cuando lo vi, siquiera por un momento, que era usted el duque? Pero ahora veo que es tal como me lo imaginé.

—Me dijo que estaba soñando conmigo.

Un leve rubor apareció en las mejillas de Fabia y volvió la mirada hacia otro lado.

Como ella no contestaba, después de un momento el duque dijo:

—Le he sugerido ya que empiece por el principio.

—Sí… por supuesto.

—¿Por qué no se sienta?

Ella obedeció y se sentó, como una niña, en la orilla de la silla, con las amplias faldas extendidas y las manos en el regazo. Levanto la vista hacia él con expresión preocupada y el duque pudo ver ahora que sus ojos eran verdes, con destellos dorados, y tan grandes que parecían dominar su pequeño rostro.

Comprobó que había estado en lo cierto al considerarla hermosa, aunque de forma diferente a cuanta mujer conociera.

De nuevo tuvo la impresión de que no era real, de que iba a desaparecer y de que, en cualquier momento, se encontraría sólo en el gran vestíbulo.

—Llegamos a… vivir en la casa solariega un año antes que la señora duquesa… la abuela de usted… muriera —empezó a decir Fabia.

—¿Quiénes estaban con usted?

—Éramos mi padre, mi madre y yo.

—¿Por qué eligieron nuestra casa solariega para vivir?

—Andábamos buscando una casa, y como mi madre era familiar lejano de los Minster, la abuela de usted le sugirió que viniéramos a vivir cerca de ella.

—¿La mamá de usted se apellidaba Minster?

—No, pero su abuela sí. Yo siempre me he sentido muy orgullosa de tener sangre de los Minster en mis venas. Tal vez por eso amo tanto el Rincón de la Reina.

Había tanta sinceridad en sus palabras que al duque le pareció extraño que la casa significara tanto para una jovencita, pero, como no quiso distraerla de su relato, preguntó:

—¿Cuál era el nombre de su padre?

—Era el Coronel Gerald Wilton. Estaba en el regimiento de Granaderos, hasta que fue herido y tuvo que abandonar el regimiento.

Fabia se detuvo un momento antes de añadir:

—No teníamos mucho dinero, así que mi madre escribió a la abuela de usted, preguntándole si conocía alguna casa que pudieran tomar en venta y que no costara mucho.

—Así que mi abuela les rentó la casa solariega. Recuerdo muy bien esa casa.

—Fuimos muy felices en ella; pero papá no quedó muy fuerte a causa de su herida, y murió cinco años después que la duquesa. Su voz se quebró un poco, lo cual reveló al duque lo mucho que había sufrido al perder a su padre.

—¿Qué sucedió entonces? —preguntó, para evitar que ella se pusiera demasiado sentimental.

—Mamá y yo continuamos viviendo en la casa solariega hasta hace dos años. Yo tenía entonces dieciséis años y… mamá murió.

Fabia lo miró y el duque, comprendiendo lo que pensaba, dijo:

—¡Entonces vino a vivir al Rincón de la Reina!

—No tenía ningún otro lugar adónde ir, excepto a casa de parientes que viven muy lejos, en el norte de Escocia, y a quienes nunca he visto… y creo que tengo algunos primos en Northumberland.

—¿Quién sugirió que viniera a vivir aquí?

—Para ser sincera, yo lo sugerí. Pregunté al señor Durwood si no podía trabajar en la casa, recosiendo las cortinas que necesitaban reparación, lo que mi madre y yo hacíamos de cualquier modo. No podíamos soportar ver que bordados tan hermosos se arruinaran por descuido.

Dirigió al duque una mirada de súplica y él preguntó:

—¿Y qué contestó el señor Durwood?

—Dijo que Hannah y yo podíamos vivir aquí. No causaríamos ningún problema, nos aseguró, y a usted no le importaría.

—¿Quién es Hannah?

—Era mi niñera cuando yo era pequeña. Cuando papá fue herido no pudimos ya tener servidumbre y ella lo hacía todo.

—Así que está aquí, con usted.

—Ella trabaja, también, y hemos reparado el bordado de todas las colchas que hay en las habitaciones principales. Hemos cambiado el forro a las cortinas de las camas… y yo reparé los pequeños bancos bordados con un diseño Tudor, como mi madre me enseñó a hacerlo. ¡Le aseguro que… hemos sido… útiles!

Había tanto temor en aquella voz joven y titubeante, que al duque le pareció injusto permitir que ella siguiera temiendo que él se enfadara y la arrojara de la casa.

—Estoy seguro de que se ha hecho acreedora con exceso a vivir aquí. Ha pagado una docena de veces su estadía en esta casa —dijo—. Quiero dejar bien en claro que le doy la bienvenida como huésped del Rincón de la Reina.

Al ver que el color volvía a las mejillas de ella y aparecía un brillo repentino en sus ojos, se dio cuenta de lo asustada que se había sentido.

—¿Lo dice… en serio? ¿Es cierto… eso? —murmuro—. Si hubiera tenido que… irme, me habría sentido muy… asustada, porque no tenemos adónde… ir… y, además, creo que… ¡eso me hubiera roto el corazón!

—¿Significa tanto el Rincón de la Reina para usted?

—¡Lo es todo para mí! ¿No comprende? Nadie podría vivir aquí y no ser feliz, Para mí no es sólo mi hogar… es mucho más que… eso.

—¿De qué forma? —preguntó el duque.

Se le ocurrió pensar que tal vez ella estaba enamorada de alguien que vivía también en la casa y se preguntó quién podría ser, aunque no sería difícil averiguarlo.

—¿Así que una de sus tareas ha sido arreglar las flores, o tal vez sólo en ocasiones especiales, como hoy, hace ese esfuerzo? —inquirió dudoso.

—Siempre pongo flores en los salones principales —contestó Fabia—. Podría usted llegar un día cualquiera, y las vería. Aun en Navidad nos ingeniamos para encontrar flores suficientes para él vestíbulo y el salón.

El duque notó que la muchacha estaba tan identificada con la casa como si fuera suya y ello lo divirtió.

Pensó entonces que tal vez la casa estaba en tan perfectas condiciones y el jardín exactamente igual que cuando su abuela vivía, gracias a Fabia.

Sabía muy bien que cuando las casas permanecían desocupadas y eran ignoradas por sus dueños; los sirvientes se desanimaban y no hacían lo posible por mantener en orden las cosas.

No iba a felicitarla, sin embargo, hasta que supiera más sobre ella.

Fabia se puso de pie.

—¿Puedo ir a decir a Hannah que su señoría no nos va a echar de aquí? —preguntó—. A ella siempre la inquietó la idea de venir a vivir aquí, y cuando supo que usted había llegado se preocupó muchísimo.

—¿En dónde sugirió ella que debía irse usted? —preguntó el duque.

Fabia sonrió y, por primera vez desde que la conocía, él advirtió una expresión traviesa en sus ojos.

—Creo que, como tenemos muy poco dinero, Hannah pensó que la única solución a nuestro problema sería escondernos en un pajar hasta que usted se hubiera marchado.

El duque rió divertido.

—Pero me da mucho… gusto que podamos quedarnos —añadió Fabia Muchas… muchísimas gracias… por ser tan… ¡bondadoso!

Las palabras salieron de sus labios como si hubieran brotado de su corazón y al duque le pareció muy conmovedora su gratitud.

—¿Me permite decirle que estoy encantado de que esté usted aquí? Temía yo aburrirme aquí solo.

Fabia lo miró sorprendida.

—¿Quiere decir… que desea… verme y… hablar conmigo? —preguntó—. Hannah sugirió que debía… quedarme en mi cuarto y no molestar.

—Si hace eso, tendré que ordenarle que me haga compañía. Si hay algo que detesto es estar aburrido y para evitarlo, señorita Wilton, voy a declarar en estos momentos que, entre sus deberes, se cuenta el de acompañarme.

Fabia lanzó un leve grito de alegría.

—Eso será muy emocionante para mí —exclamó—. ¡No será un deber, su señoría, sino un gran placer!

De nuevo hablaba con innegable sinceridad, Luego, le hizo una leve reverencia y añadió:

—Debo ir a decirle a Hannah, antes que se ponga a recoger cuanto poseemos.

Dirigió al duque una sonrisa radiante y después, con la misma rapidez con que había corrido antes, desapareció del gran vestíbulo. Él se quedó mirando el sitio donde ella había estado hacía un momento, diciéndose que aquélla era una diversión que no esperaba y muy atractiva por cierto.