Capítulo 4

El duque tardó mucho en conciliar el sueño debido a que estaba pensando en lo que Fabia había dicho durante la cena.

A pesar de todo se despertó temprano, y como decidió que iría a cabalgar se vistió y se dirigió a las caballerizas.

Pensó entonces que, mientras permaneciera en el Rincón de la Reina, probaría varios de sus otros caballos, además de Perseo, que era su favorito.

Pero, esta mañana, se dijo, Perseo le convenía más que cualquier otro animal, y apenas llegó a la caballeriza los palafreneros se apresuraron a ensillar al potro.

—¡Buenos días, su señoría! —lo saludó el viejo palafrenero que lo había conocido desde niño—. Quisiera preguntarle si mandará a buscar más caballos a Minster, y si su señoría querrá probar algunas de las bestias de aquí, antes que estén listas para recibir a sus visitantes.

—Ya lo pensaré —repuso el duque, diciéndose que no quería que los mozos de Minster supieran dónde estaba.

—Hay una persona que ayudará a su señoría a domar cualquiera de ellos que ofrezca alguna resistencia —continuó el palafrenero.

El duque adivinó desde el primer momento lo que el hombre iba a decir, pero esperó hasta que añadió:

—La señorita Wilton es la mejor caballista del sexo femenino que he visto en mi vida.

El duque no contestó, pero pensó para sí que era lo que podía haber esperado.

Aunque Fabia tenía una apariencia etérea, como de hada o de ninfa, estaba convencido de que tenía un talento especial para manejar a los animales, una cualidad que faltaba a las bellezas que él perseguía en Londres.

Cuando Perseo salió de la caballeriza y comenzó a lanzar coces a diestra y siniestra para demostrar su independencia, el duque preguntó:

—¿La señorita Wilton saldrá a montar esta mañana?

—Ya hace rato que salió de aquí, su señoría —contestó el palafrenero con su claro acento provinciano—. Ella siempre madruga. Algunas veces viene tan temprano que sorprende durmiendo a los muchachos.

El viejo palafrenero empezó a reír al agregar:

—Eso era algo que su señoría solía hacer cuando era muy jovencito… si no había nadie por aquí, usted mismo ensillaba su caballo.

El duque sonrió y recordó que también bajaba a veces a la caballeriza antes de despuntar el alba para escapar de sus tutores, quienes querían que estudiara matemáticas o griego antes del desayuno.

Montó a Perseo y en cuanto el animal sintió las manos de su amo en las riendas, se tranquilizó por completo.

El caballo estaba fresco y el duque comprendió que le haría bien galopar. Se preguntó hacia dónde habría ido Fabia, pero luego comprendió, instintivamente que, como él mismo lo hacía siempre, debía haber cruzado el parque y después el pequeño bosque que había al fondo, hacia lo que se conocía en la finca como «la pista larga», un trozo de terreno plano con bosques a ambos lados.

El duque no sólo había galopado allí solo, sino cuando venía de vacaciones con sus amigos de Eton, y luego de Oxford, y competía con ellos cabalgando de un extremo a otro del terreno. Recordó con satisfacción que, invariablemente, él era el ganador.

Controló a Perseo, que estaba ansioso por correr, hasta que terminaron de cruzar el parque y salieron del bosque hacia «la pista larga» y vio, en la distancia, a la persona que buscaba.

Fabia, hacía volverse a su caballo en esos momentos y el duque esperó, mirando cómo después de soltarle la rienda aumentaba la velocidad a cada paso, hasta que pasó frente a él con la velocidad del rayo.

Comprendió que estaba en lo cierto al pensar que Fabia sabía montar. La forma como se sostenía en la silla y la gracia con que manejaba el caballo, eran excepcionales.

Como ella pasó con tanta rapidez junto a él, no estuvo seguro de que lo había visto. Oprimió firmemente el sombrero de copa sobre su cabeza y se lanzó tras ella, sabiendo, al hacerlo, que Perseo estaba decidido a pasar a cualquier otro caballo contra el que tuviera que enfrentarse.

«La pista larga» tenía casi tres kilómetros de extensión y al duque le llevó algún tiempo ponerse a la altura de Fabia.

Cuando lo logró, ella le dirigió una leve sonrisa. Había una expresión traviesa en sus ojos, como si advirtiera que él estaba tratando de pasarla para demostrar su supremacía, no sólo a caballo, sino también en otros campos.

Un momento después competían para ver quién podía correr a más velocidad. El duque estaba decidido a ganar, como siempre, aunque en este caso no estaba muy seguro de lograrlo.

Iban a la misma altura, cuello con cuello; cuando, al ver el final de la pista, se vieron obligados a frenar sus caballos.

Cuando se detuvieron el duque dijo con voz un poco jadeante:

—Me imagino que aun sin jueces, podemos considerar que empatamos.

Fabia sonrió.

—Desde luego, estoy dispuesta a conceder la victoria a su señoría, si insiste en ella.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Sprite y yo estamos muy agradecidos por permitirnos utilizar su caballeriza.

El duque miró el caballo que montaba Faba y se dio cuenta de que era un magnífico pura sangre, aunque no era uno de sus propios caballos.

—Así que Sprite es suyo —comentó.

—Es lo único de valor que poseo —contestó Fabia—, y me preocupaba muchísimo, si usted nos hubiera arrojado anoche de la casa, qué hubiera hecho con Sprite.

El duque sonrió.

—¿Y cree usted que a él no le hubiera gustado dormir en un pajar?

—No le hubiera importado, mientras yo estuviera cerca. De cualquier modo, él me preocupaba más que yo misma.

El duque estuvo seguro de que hablaba con sinceridad. Le pareció muy elegante al verla montando un caballo negro azabache que tenía una estrella en la frente y una cerneja blancas.

—Tengo la impresión —dijo al fin—, de que Sprite la obedece a usted como Perseo a mí.

—Sprite hace cuánto le pido, y tal vez un día me permita darle una demostración.

—Me encantaría, pero creo que, por ahora, tanto Sprite como Perseo necesitan recobrar el aliento.

—Es bueno para Sprite tener con quién competir.

—También para nosotros.

El duque contempló entonces el hermoso rostro de Fabia y pensó que jamás había visto a una mujer tan radiante a una hora tan temprana del día. No se trataba sólo de que sus extraños ojos brillaban con intensidad, sino que, también, como traía el cabello atado con cintas, su apariencia era impecable, a pesar de haber cabalgado como lo hizo.

Llevaba puesta una amplia falda de montar de color verde oscuro y, en lugar de la chaqueta, una blusa delgada de un verde más pálido. Fabia parecía ser parte de la campiña y los primeros dedos del alba, surgiendo del cielo, brillaban sobre su cabello rubio.

«¡Es preciosa!», pensó el duque. «¡Si estuviera bien vestida, causaría sensación en Londres!».

Luego pensó que trasplantar una flor tan delicada como ella del Rincón de la Reina y llevarla a Londres sería un error:

Casi como si estuviera siguiendo el curso de sus pensamientos, Fabia preguntó:

—¿Cuánto tiempo piensa permanecer su señoría aquí?

—No lo he decidido todavía —contestó el duque—. Tal vez me vaya a otra de mis casas, cuando el Rincón de la Reina dejé de divertirme.

—¿No debía estar en Londres en esta época? —preguntó Fabia—. He oído decir que la temporada social mantiene muy ocupados a aquellos que se mueven en los círculos aristócratas y que se celebran bailes y recepciones todas las noches.

—¿Le gustaría disfrutar del mundo social? —preguntó el duque.

Fabia se echó a reír al contestar:

—¡No, claro que no! No tengo ambición alguna de figurar en los círculos sobre los que mi madre solía hablarme tanto, aunque si ella hubiera vivido sé que habría querido presentarme a la Reina. Pero dudo mucho que hubiéramos tenido suficiente dinero para comprar vestidos, ya no digamos para alquilar una casa en Londres.

—Sé que habría disfrutado de ello, de haber sucedido así —insistió el duque.

—No puedo imaginar nada más maravilloso que estar aquí y estaba, pensando anoche, que no le agradecí lo suficiente por comprender que, cuando vine a vivir al Rincón de la Reina, me sentí como si hubiera llegado a casa.

—¿Cómo puede sentirse así? —preguntó el duque con voz aguda—. Ninguno de sus padres está con usted y, a pesar de lo que hablamos anoche, no puedo creer que sus «vibraciones», como usted las llama, compensen por la falta de compañía humana, ni sustituyan a los admiradores que debían estarle diciendo lo hermosa que es.

Habló de forma deliberada, porque pensó que no debía alentar a Fabia para que siguiera pensando en las cosas extrañas de las que habían hablado la noche anterior.

Fabia volvió el rostro hacia él y por un momento el duque temió haber sido demasiado brusco. Sin embargo, lejos de ofenderse por sus palabras, ella le sonreía con los ojos y con los labios.

—Ahora su mente está desafiando a su instinto —observó.

—¿Por qué dice eso?

—Porque es cierto. Está tratando de convencerse, a la luz del día, de que lo que hablamos anoche y que usted aceptó, no era sino un producto de mi imaginación. No hay necesidad de que yo trate de convencerlo —agregó Fabia al notar la inquietud del duque—. La casa misma lo hará, si se queda aquí el tiempo suficiente.

Fabia espoleó a Sprite y se alejó a toda prisa y al duque le tomó algún tiempo darle alcance.

El desayuno los estaba esperando cuando llegaron a la casa. El pequeño comedor que la abuela del duque había usado siempre porque le parecía una muestra de debilidad desayunar en la cama, daba hacia el jardín de rosas y lo inundaba la luz de la mañana.

Cuando el duque miró las fuentes de plata que había en un aparador, cada una de ellas con una vela encendida debajo para mantener caliente su contenido y, sobre la mesa, un gran trozo de panal de abeja y una fuente de fruta recién cortada, sintió, una vez más, que estaba retrocediendo en el tiempo.

Era la forma en que él y su abuela siempre habían desayunado y ahora se sentó con Fabia bajo la luz del sol, como lo había hecho en otros tiempos, a comer huevos, hongos frescos y jamón, todos procedentes de la granja que se encontraba dentro de los límites de la misma finca.

El duque comió con un apetito que casi nunca tenía en Londres y al servirse una segunda ración de los huevos endiablados que nadie preparaba mejor que la señora Godwin, comentó:

—Si me quedo aquí mucho tiempo, voy a ponerme tan gordo que necesitaré un caballo más pesado que Perseo, para llevarme de un lado a otro.

—No me parece probable —contestó Fabia—, y estoy segura de que todavía le sirve la ropa que usaba cuando venía antes a esta casa.

—¿Me quiere decir que mi vieja ropa sigue aquí?

—Por supuesto. Se ha atesorado, como todo lo demás que le perteneció.

—Me asusta usted. Empiezo a pensar que el Rincón de la Reina es como un santuario… una especie de mausoleo. Si me quedo aquí mucho tiempo me dedicaré a mirar hacia el pasado, en lugar de hacerlo hacia el futuro.

—En eso se equivoca. Creo que el Rincón de la Reina, no sólo inspira a los que viven aquí, sino que extiende su capacidad dé vivir y su disfrute de la vida.

—¿Cómo puede creer eso? Viviendo sola, como lo hace, ¿cómo puede saber qué efecto podría tener la casa en otras personas?

—Ya veo que cuando estuvo aquí antes no era un gran lector.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Encontrará en la biblioteca todo un anaquel lleno con la historia de los Minster. Reuní todos los libros, desde el que se refiere a su ancestro que construyó la casa, hasta los diarios de su abuela, en los que escribió todas las impresiones de su vida.

—Yo sabía que llevaba un diario —contestó el duque con lentitud—, pero no pensé que lo que ella escribía contuviera nada interesante.

—Es un relato tan fascinante de su vida y de sus tiempos, que estoy segura de que debía ser publicado.

—¿Publicado? —exclamó el duque.

—Sí, ¿por qué no? Usted tuvo mucha suerte de conocer a la señora duquesa por tanto tiempo. No sólo era una mujer muy inteligente, sino una juez sabía y astuta del carácter humano.

—Sí, en eso estoy de acuerdo con usted —reconoció el duque.

—Ella escribió todo lo que pensaba y sentía sobre la gente famosa que iba a su casa de Londres, a Minster y, desde luego, aquí. Es fascinante lo que dice de ella y estoy convencida de que debe tener un gran valor histórico. —Entonces debo leer el diario, por supuesto— convino el duque —pero eso no contesta mi pregunta.

—Muchos de sus ancestros escribieron con mucha elocuencia sobre ellos mismos o sobre miembros anteriores de la familia —respondió Fabia—, y hay un común denominador en todos los que vivieron aquí. Si usted sigue esa característica a través de los siglos encontrará que es muy reveladora.

—¿De qué forma?

—Todos se convencieron, gradualmente, de que tenían el deber de contribuir con algo importante para el futuro del país.

El duque miró a Fabia con fijeza.

—¿Está tratando de convencerme de que eso fue consecuencia de la influencia de la casa? —preguntó.

—Para mí resulta muy evidente que la inspiración procedía de aquí y cada generación sucesiva pensó y sintió lo mismo, y poco a poco tradujo sus pensamientos en acciones.

El duque guardó silencio por un momento y luego observó:

—Supongo que, de una forma no muy sutil que digamos, me está usted sermoneando.

Fabia sonrió y, por primera vez, el duque se dio cuenta de que al hacerlo aparecía un hoyuelo en cada una de sus mejillas.

—¡Nunca pretendería hacer nada tan impertinente, su señoría! —contestó—. Pero, por supuesto, si le viene bien el saco…

—¡Está usted siendo impertinente! —replicó el duque entre serio y bromista—. Rincón de la Reina o no, intento seguir las tradiciones de los Minster. Y si hago alguna cosa de mérito, no se deberá a la casa, sino a mí mismo.

A pesar de sus arrogantes palabras, él comprendió que, desde que se había convertido en duque, él había hecho pocas cosas meritorias, como no fuera en el mundo deportivo. Su reputación social no embellecía exactamente la historia de la familia en el sentido en que lo estaba diciendo Fabia.

Debido a que este pensamiento lo molestó, se levantó de la mesa y anunció:

—Si vamos a cabalgar, puesto que deseo ver qué está sucediendo en la finca en general, creo que ya debemos partir.

—Si, por supuesto —reconoció Fabia—. Pero ¿está seguro de que desea que vaya con usted? ¿No preferiría ir solo?

—La he invitado a venir, aunque, desde luego, si tiene otros compromisos…

—No son nada serio, ni importante —contestó—, y como se trata de cosas y no de personas, esperarán por mí sin molestarse por ello.

—Quiero partir en quince minutos —insistió el duque y salió del pequeño comedor.

Fabia lo estaba esperando ya cuando él bajó quince minutos más tarde y el duque advirtió en el acto que el hecho de cabalgar con él sólo la había impulsado a ponerse un sombrero.

Sus ojos experimentados le revelaron que no era un sombrero nuevo, pero el velo que rodeaba la copa y le caía sobre la espalda era muy favorecedor, y como era verde acentuaba la impresión de que Fabia formaba parte del paisaje.

Perseo y Sprite los esperaban y el duque no había sugerido que llevaran caballos más frescos porque comprendía que Fabia prefería a Sprite que cualquier otro caballo.

Para entonces, habiendo decidido que necesitaría más caballos había enviado una nota al señor Garston dándole instrucciones al respecto, con la recomendación de que no comunicara a nadie su paradero.

Eso significaba que, planeaba pasar algún tiempo en el Rincón de la Reina y era lo que deseaba hacer, pues no sentía el menor deseo de marchar a ninguna otra parte.

Cabalgaron primero hacia la granja de la finca, que estaba, según pudo ver el duque desde el primer momento, en óptimas condiciones.

El granjero y su esposa lo recibieron con efusivas muestras de afecto, ansiosos de hablar de los viejos tiempos. El duque disfrutó de sentarse en su sala y de beber la fresca sidra hecha en casa que se guardaba en los fríos sótanos.

Notó que el ganado estaba gordo y los becerros muy fuertes y que el resto del ganado parecía salido de un cuadro idealizado de la Inglaterra rural.

Cuando se alejaron de la granja, el duque comentó a Fabia:

—¡Estoy muy sorprendido!

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Porque siempre pensé que cuando los señores de una propiedad se alejan de ésta, o descuidan sus deberes, como diría usted, las cosas empiezan a marchar muy mal.

Ella no contestó y él continuó diciendo:

—¿Se da cuenta de que no hubo queja alguna por parte del granjero y yo, por mi parte, no encontré nada que criticar tampoco? —Al verla sonreír, el duque agregó—: ¿Va a decirme que esto es también prueba de la magia del Rincón de la Reina?

—¡Por supuesto que lo es! —contestó ella—. Su abuela me decía que era parte de las tradiciones que heredó, no de su padre, que nunca vivió aquí, sino de su abuelo y su bisabuelo, quienes permanecían aquí buena parte del año.

Miró al duque fijamente antes de proseguir:

—Como creo que ya le he hecho comprender, aunque usted está tratando de rechazarlo, las vibraciones del Rincón de la Reina abarcan, no sólo a la familia Minster, sino a quienes le sirven.

—¡Me niego a creerlo! —exclamó el duque con firmeza—. Si los empleados son felices en Minster, se debe sólo a la buena administración de que disfrutan.

—¡Por supuesto! Pero ¿quién es responsable de eso?

—El administrador —contestó el duque.

—¿Y quién selecciona al administrador?

—¡El propietario… yo!

—Su abuela fue quien seleccionó al padre del administrador actual del Rincón de la Reina, el señor Durwood, así que todo se reduce a lo mismo: son los Minster los que crean la atmósfera adecuada y, por lo tanto, poseen granjas como la que acabarnos de ver.

—Es demasiado plausible y demasiado sencillo —protestó el duque.

Mientras se dirigía hacia la siguiente granja, pensó que tal vez encontraría una situación muy diferente. Sin embargo, aunque no era tan pintoresca como la primera, funcionaba con la misma eficiencia y la gente que trabajaba allí se mostró encantada de verlo.

Cuando volvieron a la casa, el duque iba, silencioso. Estaba pensando que debía ser una simple coincidencia que todo aquí pareciera estar en mejor orden que en el resto de sus propiedades.

Aunque las granjas, tanto en Minster como en sus otras fincas, eran eficientes, no había en ellas la misma atmósfera que había encontrado esta mañana.

Se dijo, sin embargo, que no iba a reconocer tan fácilmente lo que Fabia había dicho, ni se dejaría llevar por el entusiasmo de una jovencita, quien no tenía suficientes cosas prácticas de las, cuales ocuparse y que, por lo tanto, se había entregado a lo sobrenatural.

Durante el almuerzo habló de forma deliberada sobre las diversiones de que disfrutaba en Londres: los teatros, la ópera, el ceremonial del Palacio de Buckingham y las reuniones sociales que tenían lugar todas las mañanas en esa avenida del parque llamada Rotten Row, donde los aristócratas ingleses se dejaban ver en caballos y en carruajes.

—Sprite sería muy admirado allí —dijo—, al igual que usted. Es una tristeza que aquí no tenga más público que los pájaros y las mariposas, Creo que, puesto que tiene sangre Minster en las venas, voy a hacer arreglos para que conozca al resto de la familia. Y el año próximo me encargaré de que pase una temporada social en Londres y que sea presentada a la Reina.

Fabia lo miró con curiosidad.

—¿Habla en serio? —preguntó.

—¡Muy en serio! Es una idea que se me acaba de ocurrir. Y creo que, como soy su primo, por remoto que resulte nuestro parentesco, debo hacerme responsable de usted.

Fabia volvió la mirada hacia otro lado y el duque notó que estaba reflexionando. Se le ocurrió pensar que cualquier otra jovencita a quien hubiera hecho tal oferta habría saltado de gusto ante la oportunidad de convertirse prácticamente en su pupila y de que su futuro estuviera asegurado bajo la protección de una familia tan influyente como aquélla.

Fabia guardó silencio por largos minutos hasta que por fin dijo:

—Me pregunto qué es… lo correcto… qué debo hacer. Jamás imaginé que usted, o algún familiar suyo, llegara a sugerirme una cosa así. Aunque sé que es algo que a mi madre le habría encantado, no estoy segura de que preferiría eso a quedarme aquí.

—¿Quiere decirme que preferiría quedarse aquí sola, como lo ha estado haciendo desde que murieron sus padres hasta que llegué yo, a ocupar su sitio en el mundo social, como miembro de la familia, de modo que se le abran todas las puertas?

—Pero… si hago… eso —preguntó Fabia con voz baja—, ¿qué… sucederá después?

—Eso es fácil de contestar. Conocerá a algún hombre encantador que querrá casarse con usted. El pedirá mi consentimiento y, si yo lo considero un pretendiente adecuado, y seré muy exigente al respecto, se casará y vivirá feliz de allí en adelante.

El esperaba que los ojos de Fabia se encendieran de entusiasmo ante la idea. Pero la expresión de ella era pensativa; no dio señales de querer sonreír, ni aparecieron los hoyuelos en sus mejillas.

—¿Qué tiene eso de malo? —preguntó el duque.

—No estoy… segura —contestó ella—. Pensaré sobre ello en el templo, donde es más fácil reflexionar que en cualquier otro sitio.

El duque recordó que él opinaba lo mismo cuando era niño, pero se abstuvo de decirlo.

—No veo qué tiene que ver el templo con esto —replicó con voz aguda—. Y es ridículo imaginar que, cuando yo me marche, pueda quedarse aquí sola, sin nadie con quién hablar, excepto los sirvientes. Ahora que he decidido su futuro, no necesitamos preocuparnos más por él, excepto seleccionar a cuál de mis parientas debemos escoger como su dama de compañía.

—Por favor, no haga… nada… precipitado —contestó Fabia—. Es… muy bondadoso de su parte… pero todavía no he… aceptado su… sugerencia.

—Insistiré en que lo haga. No puede ser tan tonta como para no darse cuenta de las ventajas de lo que acabo de ofrecerle. No hay alternativa, no es cuestión de decir «sí» o «no». Es lo que hará, porque, como jefe de la familia que soy, espero que me obedezca.

Ahora apareció una sonrisa en los labios de Fabia.

—Se está usted mostrando muy autoritario —declaró—, y tal vez ésa sea buena señal.

—¿Quiere decirme que me he mostrado débil en otras cosas?

—No, creo que es usted muy decidido en todo lo que a usted se refiere. Pero ésta es una decisión que me corresponde a mí, y soy yo quien debe hacerla, sin dejar que nadie más intervenga.

—Ahora se está mostrando provocativa —observó el duque—, y no olvide que yo siempre puedo tener la última palabra.

—¿Arrojándome del Rincón de la Reina? —contestó Fabia furiosa—. Si hace eso, en cuanto usted se vaya me iré a vivir al templo y lo desafiare a que me saque de allí.

—Creo que le resultaría muy pequeño, con el curso del tiempo. Y lo sería, desde luego, para Hannah y para Sprite.

—Es cierto. Pero… por favor… no permita que Hannah sospeche siquiera… lo que me ha sugerido… hasta que yo haya tomado una… decisión.

—¿Quiere decir que Hannah tiene más sentido común que usted y que me apoyaría?

—¡Por supuesto! Hannah me quiere mucho y deseó siempre que yo viviera en el ambiente social, aunque mis padres no tenían dinero para llevar ese tipo de existencia.

El duque no contestó y ella siguió diciendo:

—Todos los sirvientes son muy estirados. Mamá siempre me lo dijo y estoy segura de que sus sirvientes y empleados, aunque lo quieren a usted como persona, se sienten muy orgullosos y muy conscientes de su propia importancia, porque ustedes un duque.

El duque lanzó una carcajada, sabiendo que eso era verdad y luego dijo:

—No puedo garantizarlo, pero para complacer a Hannah, trataré de buscarle un duque como marido.

Fabia negó con la cabeza.

—No creo probable que yo me case nunca.

El duque la miró asombrado.

—¡Qué cosas tan extraordinarias dice! —exclamó—. ¿Por qué habla así?

—No aprobaría mis razones… si se las dijera.

—Ése es un riesgo que tendrá que correrse. Como ahora soy su tutor, es muy importante que conozca sus sentimientos en este importante asunto.

—Muy bien, pero no estará de acuerdo conmigo… y pensará que estoy… diciendo tonterías… pero estoy segura de que yo sólo podría ser feliz si las vibraciones de mi esposo coincidieran con las mías.

—Así que volvemos a las vibraciones —observó el duque con sequedad—. Creo que eso tiene muy poca relación con el matrimonio.

—Por el contrario, están muy relacionados. La vibración más fuerte que existe en el mundo es el amor. Si amamos a alguien, sabemos en el acto si vibra con nosotros y si nosotros vibramos con él. Así no habría la menor posibilidad de aburrirnos, o de estar en desacuerdo en cuestiones realmente importantes.

El duque la miró y se dijo que tal vez ésa era la razón por la que se aburría tan pronto con las mujeres y por qué, después de un corto tiempo, dejaban de interesarle.

Pero al instante se dijo, una vez más, que todas esas ideas eran simples tonterías y que la gente había estado felizmente casada desde los tiempos de Adán y Eva sin preocuparse por sus vibraciones.

—La duquesa me dijo una vez, cuando yo miraba el retrato del abuelo de usted —dijo Fabia con voz muy suave—, que cuando ella lo vio comprendió que él era el único hombre que importaría en su vida y él, también se enamoró de ella a primera vista.

El duque recordó que había oído eso antes. Pensó entonces que eso le ocurría a dos personas en un millón y que, por lo tanto, era muy poco probable que le sucediera a él.

—Así que eso que llamamos «amor a primera vista» —replicó con sequedad—, usted lo atribuye a esas ondas hipotéticas que dan vuelta alrededor del mundo.

—Nosotros lanzamos esas ondas hacia todas las personas con las que entramos en contacto, y si usted se sintió feliz esta mañana fue porque la gente a la que vimos lo quiere y lo admira. Ellas lanzaron sus vibraciones de amor hacia usted y eso lo llenó de contento.

—¿No es eso una cosa muy diferente? —preguntó el duque.

—No, es lo mismo. Así como Perseo y Sprite captan las vibraciones de la gente que los maneja y reaccionan a ellas, así lo hacemos nosotros respecto a toda persona y todo animal con el que tenemos contacto.

El duque no lo expresó con voz alta, pero pensó que ésa era la razón de que Perseo se portara tan mal con los palafreneros que lo cuidaban: ellos le tenían miedo. En cambio, lo reconocía a él como su amo.

Como quería desafiar a Fabia, dijo:

—Está simplificando demasiado la vida. Cuando haya vivido tanto tiempo como yo en un mundo lleno de gente conflictiva, de caracteres muy diversos, comprenderá que es difícil encontrar una explicación universal o razonable para su conducta.

Fabia no discutió con él, limitándose a contestar:

—Piense en el Rincón de la Reina y dígame la primera palabra que se le ocurra.

El duque pensó en lo que había visto esa mañana cuando cabalgaron a través del bosque. Frente a ellos, había surgido el Rincón de la Reina, brillante bajo la luz del sol, sonrosado y suave como la cáscara de un melocotón, con el estandarte real, blanco y rojo, ondeando contra el azul del cielo, las ventanas resplandecientes y el río que corría al pie de la casa como una cinta dorada.

—¡Belleza! —contestó él.

—¿Y la siguiente palabra?

El duque estuvo a punto de decirla; pero impidió que escapara de sus labios, porque sería conceder demasiado a Fabia.

Se dio cuenta, sin embargo, de que la palabra que había surgido en su mente, a continuación de «belleza», era… ¡amor!