Capítulo 3

El duque se encontraba en la galería de los cuadros, contemplando con placer algunas de las magníficas pinturas que habían coleccionado sus ancestros.

Se dijo que, de forma muy inteligente y tal vez inconsciente, habían coleccionado las obras de los más importantes pintores de su tiempo.

Se encontraba admirando un retrato pintado por Van Dyck, con el cual sabía que él tenía cierto parecido, cuando oyó suaves pisadas por el piso sin alfombras de la galería y vio que Fabia avanzaba hacia él.

Al llegar a su lado ella lo miró y el duque notó la preocupación que asomaba a sus ojos, y la silenciosa súplica que reflejaban.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Tengo… algo que… decir a su señoría —dijo—, y temo… hacerlo enfadar.

El duque sonrió.

—No puedo imaginar nada que pueda hacerme enfadar en estos momentos; pero, por supuesto, escucharé con mucho gusto lo que tenga que decirme.

—Me acaban de decir… que trajo… con usted… a su propio chef.

—Soy muy exigente con la comida —contestó el duque—, y si voy a pasar algún tiempo aquí, exijo que los platillos que me sirvan sean los mismos que como en otras casas.

—Temí… que… respondiera eso.

Ella parecía tan alterada, que el duque preguntó con curiosidad:

—¿Por qué le preocupa tanto a usted?

¿No… comprende… que todo el personal de… esta casa estaba deseando… y rezando, porque viniera por aquí? ¿Y que no pensaban en otra… sino en cómo… complacerlo cuando llegara?

El tono de su voz hizo que el duque enarcara las cejas, sorprendido, mientras ella continuaba:

—La señora Godwin, que solía cocinar para su abuela, usted siempre la llamó «Goody», según creo, me ha hablado, una y otra vez, de los platillos especiales que a usted le gustaban y quería inventar otros nuevos sólo para complacerlo. Creo que si… se le arroja de su… cocina… se le romperá el corazón.

Y no había duda, pensó el duque, de que eso también alteraría mucho a Fabia.

Después de una breve pausa, él contestó:

—Si la señora Godwin está aquí todavía, por supuesto que debe cocinar para mí, como lo hacía en el pasado.

Fabia lanzó un grito de deleite.

—¿Lo dice de veras? ¿Lo dice… en serio?

—¿Me quiere hacer el favor de ir a decirle a la señora Godwin que espero con entusiasmo disfrutar de la cena que ella me preparará esta noche? Y pida a Barker que me envíe al sirviente principal que llegó de Londres, para que hable conmigo por favor.

—¡Iré ahora mismo a decírselo! —exclamó Fabia—. ¡Y hará usted muy feliz a la señora Godwin! ¡Muchas gracias!

Se alejó de la forma que era peculiar en ella, con movimientos rápidos y graciosos y el duque se sorprendió sonriendo al notar que su visita al Rincón de la Reina estaba tomando un giro muy diferente de lo que esperaba.

Por, propia experiencia, sabía que los sirvientes más antiguos que trabajaban tanto en Minster como en sus otras casas, se otorgaban ciertos derechos de propiedad y no cabía duda de que Garston había cometido un error al tratar de completar el personal del Rincón de la Reina con sirvientes de Londres.

El duque suponía que, como hacía mucho tiempo que no visitaba la casa, nadie tenía idea de cuántos de los sirvientes originales permanecían aún allí.

Volviendo la vista atrás, recordó que la señora Godwin era una mujer voluminosa y alegre, que hacía galletas de jengibre en forma de hombrecitos para que él las comiera a la hora del té y que preparaba bizcochos muy bien decorados para su cumpleaños y en Navidad.

Le proporcionaba, también, golosinas especiales en las vacaciones, aparte de las que le ordenaban hacer.

«Debo ir a hablar con ella más tarde», pensó el duque, al ver que uno de los sirvientes de Londres, que desempeñaba el puesto de mayordomo, avanzaba hacia él. Sabía muy bien que a Barker le molestaba la llegada de este último y que ello provocaría fricciones entre la servidumbre.

Cuando el hombre llegó hasta él, el duque le dio instrucciones para que todos los sirvientes que habían llegado de Londres regresaran a la ciudad al día siguiente. Mientras, no debían interferir en el manejo de la casa ni debían ocuparse de atenderlo a él.

En tanto impartía esas órdenes pensó que Fabia se sentiría satisfecha y no le sorprendió que, tan pronto como se quedó sólo de nuevo, ella acudiera a la biblioteca a buscarlo y dijera con voz rebosante de felicidad:

—¡Gracias! Ha hecho usted muy felices a todos los de esta casa. ¡La señora Godwin va a prepararle un verdadero festín!

—Espero que me ayude a comer todo eso —repuso el duque riendo.

Hubo una leve pausa antes que Fabia preguntara:

—¿Está su señoría… sugiriendo que… cene con usted?

—¡Por supuesto! —contestó él—. No esperará que me lo coma todo yo solo.

—Hannah dijo que usted no… querría que me sentara a su mesa y que, de cualquier modo, sería… incorrecto.

—Creo que sería mucho más incorrecto que usted, como invitada mía, me dejara comer solo. O, mirándolo desde otro punto de vista, como para usted esta casa es como su hogar, sería en extremo incorrecto que se mostrara poco hospitalaria conmigo.

Fabia se echó a reír con suavidad.

—No creo que Hannah estaría muy de acuerdo con la lógica de su respuesta. Pero, desde luego, me encantaría cenar con su señoría, si no le parece un fastidio.

—Insisto en que cene conmigo —declaró el duque con firmeza—. Después de todo, necesito que me hable de mi casa y de la forma como debo portarme en ella.

—Está bromeando… ¡al menos, espero que sea una broma! —exclamó Fabia con voz baja—. Y fue tal vez… una impertinencia… de mi parte… interferir en sus decisiones.

—No, hizo muy bien. Era algo que yo debía haber pensado, si no hubiese dejado pasar tanto tiempo sin visitar el Rincón de la Reina.

—¡Demasiado tiempo! Todos los años, Barker y los demás servidores viejos solían decir: «Tal vez su señoría venga esta primavera». «Tal vez su señoría venga en el otoño», pero siempre, terminaban desilusionados.

—Ahora me está haciendo sentir culpable. Así que… mejor hablemos de usted.

—Hay tantas cosas que me gustaría saber acerca de su señoría —contestó Fabia a toda prisa.

El duque pensó que la mayor parte de las mujeres sólo querían hablar de sí mismas y era una paradoja que él quisiera saber más acerca de Fabia.

Por el momento, sin embargo, se limitó a escuchar lo que ella quería decirle sobre la casa, del crudo invierno en que se cayó una parte del techo, y de otro año en el que los vientos derribaron algunos de los mejores árboles.

Rió al enterarse de la terrible conmoción que se había suscitado cuando se descubrió que los ratones habían mordisqueado parte del bordado de la cama en la que había dormido la Reina Isabel.

—La señora Feather, a quien usted recordará como el ama de llaves —dijo Fabia—, se echó a llorar y dos de las doncellas fueron despedidas por no haberlo notado antes.

—¿Despedidas? —exclamó el duque—. Como sospecho que eran chicas de la localidad, me parece que fue un castigo muy duro.

Fabia sonrió.

—Como estaban tan desesperadas, su sentencia fue conmutada: volvieron a sus casas en el pueblo por tres semanas, sin sueldo.

—Ya veo que esta casa se maneja con mano de hierro. ¿No es casi una dictadura?

—No, todo se hace para mantenerla en perfectas condiciones para usted.

El duque no supo qué contestar y empezaron a hablar sobre el jardín, hasta que fue hora de subir a vestirse para cenar.

Cuando el duque bajó de nuevo al vestíbulo, donde Barker lo estaba esperando con una botella bien fría de champaña, pensó que la casa parecía aún más espléndida a la luz delas velas que a la del sol.

Al asomarse desde la ventana había visto la neblina que se elevaba sobre el rió y las sombras color púrpura bajo los árboles y pensó que el Rincón de la Reina tenía cierto misterio que no había encontrado en ninguna de sus otras propiedades.

El vestíbulo estaba impregnado de la fragancia de las flores y el duque se dio cuenta de que, con su traje de noche, su camisa blanca y su levita, encajaba muy bien en la elegante atmósfera del lugar.

—Como esta noche es muy especial —dijo al levantar su copa de champaña—, debo brindar por Su Majestad y darle las gracias, como mi abuela solía hacerlo, por haber ordenado que se construyera esta casa para ella.

—Éste es un día muy feliz para todos nosotros, su señoría —contestó Barker.

El duque pensó, una vez más, cuánto significaba el Rincón de la Reina para la gente que allí vivía.

Fabia entró en ese momento por la puerta que conducía al pasillo y él pensó que ella parecía haber salido de uno de los cuadros que había estado admirando en la galería.

Llevaba puesto un vestido blanco de amplia falda y cuello de encaje sobre los hombros, en el estilo que había puesto de moda la Reina Victoria. Se había peinado el cabello partido en el centro, con suaves bucles que caían a cada lado de la cara.

Debido a que estaba excitada, los ojos parecían enormes en su pequeño rostro y el duque, que era un experto en lo que a la apariencia de una mujer concernía comprendió que, para celebrar su llegada, Fabia se había puesto su mejor vestido y adornado la parte posterior de la cabeza con una pequeña guirnalda de flores frescas.

Dos capullos de las mismas flores adornaban su talle y de pronto salió de la sombra, joven y primaveral hacia la luz de las velas.

Parecía flotar cuando se acercaba al duque antes de hacerle una reverencia, y cuando levantó la cabeza, sus ojos brillaban.

—¡Buenas noches, Fabia! —dijo él—. Estaba diciéndole a Barker que debíamos brindar en honor de la Reina Isabel.

—¡Sí, por supuesto que debemos hacer eso!

Barker entregó a Fabia una copa de champaña y el duque preguntó:

—¿Debo hacer yo el brindis, Fabia, o lo hará usted?

—¡Usted, por supuesto!

—Muy bien —contestó el duque y levantó la copa hacia el cuadro de la reina, diciendo—: ¡A Su Majestad, como lo hemos hecho los Minster en el pasado y continuaremos haciéndolo en los siglos por venir!

Él bebió la champaña de su copa y comprendió que Fabia había tomado un sorbo de la suya antes de decir:

—¡Fue precioso! Un brindis muy hermoso, que recordaré siempre.

Cuando entraron en el comedor, el duque descubrió que esta habitación, particularmente hermosa, también estaba decorada con flores.

Barker había sacado la mejor plata de la caja fuerte. El centro de mesa era un enorme galeón de plata maciza con las velas hinchadas y había flores en las bases de los candelabros.

El duque vio muchos otros objetos de plata que recordaba del pasado y supo, sin que nadie se lo dijera, que, aunque no había nadie para admirarlos, Barker los había mantenido bien pulidos y listos para usarse en todos esos años en que él había estado ausente.

Fabia tenía mucha razón al decir que la señora Godwin les serviría una espléndida cena. Mientras saboreaban platillo tras platillo, el duque se dio cuenta de que todos los guisos que le habían gustado de niño y cuando era joven habían sido incluidos en el menú.

Aunque eran diferentes de lo que solían servirle en Londres, advirtió que estaba disfrutando de la mejor cocina inglesa que era posible obtener. Debido a que estaba de moda emplear cocineros franceses, se había acostumbrado a los platillos con salsas espesas y era un agradable cambio probar el sabor natural de la comida.

Al notar que Fabia observaba con ansiedad para ver si todo le gustaba, pensó, divertido, que ella parecía la anfitriona y él el invitado en su propia casa.

«El día que ella se case», pensó, «le va a costar trabajo apreciar la casa de su esposo tanto como aprecia ésta. Tal vez sea un error que se involucre de este modo con algo que no es realmente suyo».

Estaba a punto de decir algo al respecto, cuando Fabia continuó diciéndole lo que había sucedido durante su ausencia y hablando con amor de los tesoros de la casa.

Cuando terminaron de cenar y los sirvientes se retiraron, el duque se sentó cómodamente en un sillón de respaldo alto a beber una copa del mejor coñac que había en la bodega desde fines del último siglo.

Miró a Fabia sentada junto a él y se sorprendió al darse cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo desde que se sentaron a cenar, Había disfrutado cada momento y no se había aburrido en lo más mínimo, como esperaba.

—¿No es esto muy solitario para usted? —preguntó—. ¿No necesita compañeros y amigos de su propia edad? ¿No tiene amigos que la visiten?

—No estoy… sola —contestó Fabia.

—Entonces, tiene amigos del pueblo. Dígame quiénes son. Tal vez yo los recuerde.

—No hay nadie por aquí que venga a esta casa.

—Entonces, ¿cómo dice usted que no está sola?

Pensó, una vez más, que en la finca debía de vivir alguien de quien ella estaba enamorada.

Era difícil que una mujer se sintiera tan feliz como ella a menos que hubiera una razón. Y la razón, pensó el duque con cierto cinismo, era invariablemente un hombre.

—No es eso —dijo Fabia, casi como si pudiera leer sus pensamientos.

—Entonces, ¿qué es? Es tiempo ya de que me hable un poco de sí misma —añadió al ver que ella no contestaba—. De otra manera, voy a pensar que mi «Bella Durmiente» es una creación de mi imaginación y que desaparecerá como esperaba que lo haría cuando la vi por primera vez. También me gustaría que me explicara por qué, al abrir los ojos, dijo que estaba soñando conmigo… y después, no me reconoció ni supo quién era.

Se produjo un denso silencio, hasta que, sin levantar la vista de la mesa, Fabia repuso:

—Si tratara de… explicárselo… creo que sería difícil para… usted comprenderme.

El duque arqueó las cejas.

—¿Está sugiriendo que soy demasiado tonto para comprender algo? ¿O piensa que va a escandalizarme con lo que me dirá?

Él estaba pensando que alguien más estaba mezclado en el asunto y el tono burlón de su voz no pasó inadvertido a Fabia.

Ella se quedó pensativa por un momento y luego dijo:

—¿No recuerda haber oído… hablar sobre su antepasado, Lord Prothero Minster?

El duque se preguntó qué relación tendría eso con lo que había preguntado:

—Me parece que he oído mencionar su nombre —contestó—. Hay un retrato de él en lo alto de la escalera.

—¡Por supuesto! ¡Ahora recuerdo! Creo que era un hombre extraño que estudiaba astrología. Hizo algunas declaraciones muy peculiares que convencieron a la gente de que estaba loco.

—No estaba loco —contestó Fabia—. Estaba sólo muy adelantado a su época.

—Creo que cuando mi tío tatarabuelo vivía, porque eso era Lord Prothero de mí, estaba en el trono Jorge II comentó el duque.

—Así es. La abuela de usted me habló de él y me permitió leer sus diarios.

El duque pareció sorprendido.

—¿Sus diarios? No sabía que los tuviera.

—Son muy valiosos y están encerrados bajo llave en la biblioteca.

—Pero a usted le permitieron leerlos, ¿no es así?

—Sí. Me parecieron fascinantes y me ayudaron a comprender el Rincón de la Reina.

—¿De qué forma?

Fabia se quedó callada de nuevo y mientras el duque observaba su exquisito perfil, miró hacia otro lado.

—Me gustaría saber —señaló el duque después de un momento—, qué tuvo que ver el tío Prothero con eso que dice de que no está sola aquí.

—Antes de decírselo, debería leer usted mismo sus diarios. Pero trataré de explicarle un poco… de lo que él… creía.

El duque la miró asombrado, pensando que aquella conversación era poco usual. Sólo esperaba que ella no fuera a aburrirlo con una larga historia sobre su pariente ya muerto.

—Su tío Prothero —empezó Fabia— pensaba que el mundo está rodeado por ondas de vibración que dan vueltas eternamente, reteniendo todo lo que sucede en la tierra y tal vez en otros planetas. Estaba seguro de que un día podríamos captar estas ondas y escuchar, no sólo las cosas que sucedieron hace miles de años, sino lo que está sucediendo en el tiempo en que vivimos.

El duque pareció todavía más desconcertado que antes.

—Estoy tratando de comprender esto —observó—, pero lo encuentro un poco oscuro.

—A mí también me lo pareció al principio —reconoció Fabia—, pero ¿no comprende que existe la posibilidad de que, mientras estamos hablando, todo lo que decimos sea llevado en ondas vibrantes y que, si alguien en otra parte del mundo fuera lo bastante receptivo para captarlas, podría escucharnos?

—¡Qué idea tan extraordinaria! —exclamó el duque.

—¡Pero muy emocionante! Y su ancestro fue todavía más allá.

—No me imagino cómo —comentó el duque con escepticismo.

—Pensó que un día, en un futuro lejano, la gente podría ver lo que había sucedido en el pasado y contemplar la muerte de Julio César, admirar la belleza de Cleopatra y cosas así. Y algo todavía más emocionante: podríamos ver lo que está sucediendo, por ejemplo, en el Palacio de Buckingham. ¡Podríamos ver cenando a la Reina Victoria con el Príncipe Consorte!

El duque rió al escucharla.

—¡No puedo imaginar nada más embarazoso que no saber nunca quién podría estarlo espiando a uno!

—Lord Prothero pensaba que tendríamos que usar algún tipo de instrumento, que él supuso que debía ser algo así como el telescopio con el que vemos las estrellas.

—Cuando eso suceda, espero no estar vivo para verlo. Pero como no está sucediendo por el momento, no puedo comprender por qué los extraños vaticinios de mi ancestro pueden haberla salvado de sentirse sola.

Fabia titubeó antes de contestar y él comprendió que estaba escogiendo sus palabras con cuidado.

—Mucho antes de leer lo que Lord Prothero pensaba sobre las vibraciones que rodean al mundo en ondas —dijo por fin—, percibí las… vibraciones que hay dentro de esta… casa.

—¿De qué forma?

—Creo que lo hice con especial claridad después que la abuela de usted murió… —Fabia miró al duque un poco temerosa al añadir con suavidad—: aunque el cuerpo de la duquesa había sido ya colocado en la cripta de la familia, yo… supe que ella seguía aquí.

El duque se puso rígido.

—¿Acaso vio su fantasma?

Fabia negó con la cabeza.

—No, no su fantasma… pero su espíritu estaba aquí, en la casa que ella había, amado y que no deseaba abandonar.

El duque pensó que estaba mal, y que tal vez era malsano, que una jovencita se preocupara por la muerte y por la idea de sobrevivir en el más allá.

El siempre había creído que los fantasmas eran una tontería y que la gente que pensaba que los veía tenía una imaginación demasiado viva, o había bebido demasiado.

—Creo que debe explicarme eso un poco más —le pidió después de un momento.

—¿De veras… le… interesa?

—Le aseguro que lo que está diciendo me interesa muchísimo. Estoy tratando de seguir el curso de su razonamiento, pero me resulta un poco difícil.

—Lo entiendo, porque hace ya mucho tiempo que no vive en el Rincón de la Reina. Ahora que ha vuelto, supongo que la casa se explicará a sí misma con usted, como se explicó conmigo.

—¿Qué fue lo que le explicó?

—Cuando vine aquí —contestó Fabia con sencillez—, me di cuenta de… la existencia… de usted.

—¿De mí? —preguntó el duque sorprendido—. Supongo que se refiere a que mi abuela hablaba acerca de mí.

—No. Lo percibí a usted de niño. No podía verlo, pero podía sentirlo y en ocasiones escuchar su voz en los lugares donde había jugado… los bosques y, desde luego, el templo.

—¿Supo eso sin que nadie se lo dijera? —preguntó el duque.

—Podía sentirlo con tanta intensidad —asintió Fabia—, que era casi como si usted estuviera junto a mí. Fue entonces, después de leer lo que Lord Prothero escribió, que comprendí.

—¿Qué fue lo que comprendió?

—Las vibraciones que salen de nosotros, si son lo bastante fuertes, porque somos fuertes nosotros mismos, pueden permanecer en la atmósfera o en cualquier lugar, de modo que puedan ser captadas, tal como Lord Prothero pensó que algún día podrían serlo por medio de una máquina.

—¿Y usted cree que todos puedan hacer tal cosa?

—No. Creo que la mayor parte de la gente no tiene tiempo para ello, o tal vez nunca esté sola, o no le interesa, simplemente.

—Y por eso no es tan perceptiva.

—A mí me gusta pensar que yo lo soy —repuso Fabia—. Además, creo que cuando usted era niño emitía fuertes vibraciones. Por lo tanto, han quedado impresas en la atmósfera y no me resultó difícil captarlas.

—¿Y ya no emito esas vibraciones ahora? —preguntó el duque. Para su sorpresa, Fabia no contestó.

—¿Me quiere decir que las he perdido? —insistió incrédulo.

—No… exactamente… o tal vez debiera decir… no por completo.

—Pero ¿no las siente?

Ella movió la cabeza, negando, y al duque le pareció que eso no era muy halagador para él y Fabia, como si pensara lo mismo, dijo:

—Eso es comprensible. Cuando usted venía aquí de niño y el Rincón de la Reina significaba tanto para usted, existía la maravilla, el asombro y la excitación que le producía venir aquí. Todo lo que sentía y pensaba… todo su ser, se concentraba en un solo lugar y su alegría de vivir era muy intensa.

—¿Y cree que haya perdido todo eso? —preguntó el duque, como si no pudiera creer que tal cosa pudiera suceder.

—Está… tal vez… un poco… disperso… —repuso Fabia incómoda.

—No puedo entender por qué. Usted dice que estaba soñando conmigo debido a mis vibraciones pasadas. Sin embargo, cuando despertó por completo, no me reconoció como la misma persona.

Fabia no contestó, pero él advirtió que se sentía desdichada.

—Dígame la verdad —insistió—. Quiero saberla.

Ella se volvió hacia él, estiró el brazo a través de la mesa y dijo:

—Por favor, deme su mano.

El duque puso su mano en la de ella, que había colocado con la palma hacia arriba y pensó, al hacerlo, que aquélla era la conversación más extraña que había sostenido en toda su vida.

Estaba tan acostumbrado a que todas las mujeres con las que cenaba fueran coquetas y lo miraran provocativas, que le costaba trabajo adaptarse a la actitud impersonal de su compañera de esta noche. Cuando los dedos de Fabia se cerraron sobre los suyos, la miró a la cara, esperando que ella tuviera los labios entreabiertos y una encantadora expresión en los ojos.

Pero las oscuras pestañas de Fabia sombreaban sus mejillas y ella tenía los ojos cerrados.

Se quedó inmóvil y silenciosa hasta que por fin observó:

—Las vibraciones están todavía allí. Puedo sentirlas. Son un poco confusas y muy diferentes de las de antes.

—¿Se refiere a cuando era niño?

—Cuando era muy joven, y creo que todavía estaban grabadas en la atmósfera, en la época en que murió su abuela, pero no estoy segura.

Ella retiró su mano de la de él y continuó diciendo:

—Volverán… ¡perderlas sería muy triste!

—¿Para mí? —preguntó el duque.

—Por supuesto, porque entonces no sería parte vital del universo, de nuestra tierra, de las flores, de los árboles y las estrellas. Y si somos receptivos o débiles ello depende de lo que podamos dar a la atmósfera.

—¿Esta teoría es de usted o de mi ancestro?

—Creo que todos tenemos que descubrir lo que pensamos y lo que creemos por nosotros mismos —contestó Fabia—. Pero me ha ayudado mucho descubrir que lo que yo estaba sintiendo había sido ya escrito en los diarios de su tío.

—¿Qué más sintió además de mis vibraciones? —preguntó el duque.

—Naturalmente, en una casa que ha existido por tanto tiempo como el Rincón de la Reina, las vibraciones de la gente que ha vivido aquí pueden encontrarse en todos los cuartos, pero de una manera muy especial en el vestíbulo.

—¿Por qué allí?

—Porque ha sido siempre el centro de la vida familiar; el sitio donde se reunían, donde hablaban, donde se tomaban decisiones y donde algunas veces había tragedias.

—¿Qué clase de tragedias?

—Un hombre fue asesinado y un duelo tuvo lugar una vez en el vestíbulo. El perdedor, que murió allí, era el amante secreto de la hija de la casa. Ella sufrió y lloró por él, hasta que también falleció y volvieron a estar juntos.

Fabia habló con voz muy suave, como si estuviera tratando de recordar.

Debido a que el duque se sentía casi hipnotizado por lo que ella decía, preguntó con voz aguda:

—Usted leyó eso en algún libro de la casa, ¿verdad?

—No —contestó Fabia—, ¡nunca se ha escrito nada sobre ello!

—Entonces, ¿cómo sabe que fue cierto?

Ella lo miró y después de un momento el duque preguntó:

—¿Me está diciendo que lo vio suceder?

Fabia asintió con la cabeza y respondió:

—Lo vi una vez nada más. Debe haber sido el aniversario del día en que ocurrió y las condiciones atmosféricas eran sin duda las debidas.

—Entonces, lo que está usted diciendo —murmuró el duque—, es que los hechos pasados pueden aparecer algunas veces como imágenes frente a nosotros, ¿no es así?

—Sí, así es —contestó Fabia—. He leído acerca de personas que han visto batallas que tuvieron lugar hace mucho tiempo, o cómo en un gran castillo de Escocia la gente que se hospedó una noche en él vio cómo asesinaban a un rey en su habitación y al día siguiente le dijeron que era sólo un fantasma.

—Lo que está usted diciendo —exclamó el duque con lentitud, como si tratara de deducirlo él mismo—, es que no se trataba de un fantasma, sino de una escena real de otro siglo, reproducida o repetida porque las vibraciones que giran en torno al mundo todo el tiempo habían llegado a ese lugar en el momento oportuno, ¿no es cierto?

Fabia aplaudió en un gesto instintivo de alegría.

—¡Lo comprende! —exclamó—. Nunca pensé que lo haría.

—Estoy tratando de hacerlo —contestó el duque—, y considero que es insultante que lo haya dudado.

—Lo siento mucho —dijo ella a toda prisa—. Lo que pasa es que cuando desperté y no lo reconocí como el niñito con quien había estado sonando, pensé que era usted un hombre muy apuesto, pero no sentí que sus vibraciones me rodearan.

—¿Es eso algo que siente con frecuencia?

—No con mucha frecuencia, pero cuando su abuela murió apareció ante mis ojos una intensa luz: Por eso sé que ella está todavía aquí, aunque no siempre la percibo.

—¿Y qué sucede cuando siente su presencia?

—Siento que me dice que se alegra de que esté aquí, porque yo sí comprendo.

El duque tomó un sorbo de su coñac, pensando que si Eddie, o cualquiera de sus otros amigos, oyeran lo que Fabia estaba diciendo, se reirían de ella.

A pesar de todo, mucho de lo que ella decía era plausible. Por alguna razón inexplicable pensó que si no estuviera en el Rincón de la Reina le costaría aún más trabajo creerlo.

Mientras escuchaba a Fabia, comprendía con exactitud a qué se refería cuando hablaba de las vibraciones qué procedían de su abuela. Era algo que él mismo había sentido; pero pensó, cuando ella murió, que se debía tan sólo a que la había amado profundamente y a que ella había significado mucho en su vida en una época en que no era feliz en su hogar.

No había profundizado el asunto y ahora comprendía cómo había brillado su abuela en la sociedad en que vivió y cómo tantos hombres inteligentes de varias nacionalidades habían gravitado hacia su persona y por eso el Rincón de la Reina guardaba tantas reminiscencias de ella.

Era un poco humillante pensar que no se había percatado de ello hasta este momento y que necesitó de la intervención de una chiquilla para descubrir lo que él mismo debía, haber averiguado.

Como él se había quedado callado por un buen rato, Fabia añadió, un poco nerviosa:

—Siento mucho que… piense que he sido… grosera con usted. Perdóneme, su señoría. Lo admiro mucho, pero no podía evitar decirle… la verdad.

—Me alegro de que lo haya hecho, aunque confieso que estoy un poco sorprendido.

—Algunas personas no tienen vibraciones, o son tan indecisos que mueren y desaparece con ellos la Fuerza Vital, para no volver a ser vistos nunca más.

—¿La Fuerza Vital?

—Ésta es otra de las teorías de su antepasado: que la Fuerza Vital crece y se fortalece a medida que nace más gente. Sólo quienes se vuelven intelectual y espiritualmente grandes, por sí mismos, sobreviven individualmente después de la muerte del cuerpo.

—Nunca había pensado en eso —observó-el duque—, pero me parece del todo posible.

—Los demás son como las hojas de los árboles, la hierba del campo y las flores de los jardines. Cuando mueren, la vida que tenían vuelve a la gran Casa de la Energía, de donde todos tomamos la energía necesaria para existir: los seres humanos, los animales, la naturaleza en sí. Pero algunos, que son más fuertes que los demás, viven por sí mismos.

—¿Cree que eso le sucederá a usted?

—No aspiro a nada tan exaltado por el momento —contestó ella—, pero siento que tal vez he pasado ya por muchas vidas para llegar hasta donde estoy ahora —sonrió antes de agregar—: De una cosa estoy segura: si muero en el Rincón de la Reina no estaré sola, más de lo que estoy ahora. Mis vibraciones se unirán a los que están aquí, porque es el lugar donde fueron felices.

Éste era un pensamiento que no se le había ocurrido antes al duque y cuando salieron del comedor, después de haber hablado largo rato, se dirigió a una de las ventanas del vestíbulo para descorrer las cortinas de terciopelo y mirar hacia afuera, a la noche.

El cielo estaba tachonado de estrellas y una luna creciente se elevaba por encima de los árboles.

La luz nocturna prestaba un aire misterioso al paisaje y convertía el río en una cinta de plata.

El duque se quedó inmóvil un momento y Fabia permaneció a su lado, A él no le extrañó que ella no hablara. La noche parecía hablar por ella, casi continuando la conversación en el punto en que la habían dejado.

Cualquier otra mujer se hubiera mostrado parlanchina y llevado las cosas que se habían dicho a un nivel personal, de modo que habría sido difícil pensar en nada, excepto que él era un hombre y ella una mujer.

Tuvo la sensación de que aunque Fabia estaba de pie a su lado, cuando levantó la vista hacia las estrellas se olvidó de su existencia.

Como eso lo irritó un poco, el duque dijo, casi como si la desafiara:

«Camina bella como la noche,

por cielos sin nubes y sin estrellas,

y todo el esplendor de las tinieblas

se refleja en sus ojos».

Era algo que había dicho una docena de veces a distintas mujeres, que a su vez le habían dicho a él, con sus ojos o con sus labios que, en tanto él las considerara hermosas, nada más importaba.

Fabia, sin embargo, no volvió el rostro hacia él, limitándose a contestar:

—Creo que los versos de Shelley serían más apropiados al tema sobre el que hemos estado hablando.

Era cierto, y al duque le irritó no haber pensado en ello antes. Pero Fabia estaba mirando de nuevo a las estrellas y él advirtió, incrédulo, que, una vez más, ella se había olvidado de él.