Capítulo 9

-¡La señorita está encantadora! —exclamó Marie, apartándose un poco para admirar el trabajo que las doncellas a sus órdenes habían hecho en la persona de Laura. Ésta escuchaba distraída, pues todos sus pensamientos se concentraban en lo que la esperaba y en los peligros y dificultades a que se enfrentaría antes que terminara la noche. Sonrió, sin embargo, cuando Marie agregó:

—Le dije a mi señora que ese vestido parecía hecho para usted. Si se me permite decirlo, es demasiado delicado, demasiado pálido para la belleza de la señora Duquesa, pero para la señorita es… ¡sensacional!

Dijo las últimas palabras con todo el entusiasmo de un artista frente a su obra maestra. Laura se obligó a dar las gracias y, al contemplar su imagen en el espejo, comprendió que Marie no estaba exagerando.

El vestido era de un azul muy pálido, y las flores de gemas diminutas con que estaba bordado de arriba abajo, brillaban como gotas de rocío. En la cabeza, en lugar de la diadema convencional, como la que luciría la Duquesa, llevaba una guirnalda de flores azules y rosadas.

Laura, abrumada por los elogios de las doncellas, salió de la habitación y se dirigió hacia la escalera. Se sentía temerosa de bajar y alternar con los distinguidos invitados de los Duques. Helen ya le había hablado de ellos y sabía que todos eran gente notable, miembros de la alta sociedad.

—¿Puedo acompañarla? —preguntó una voz a su espalda.

Laura, sobresaltada, se volvió. No le sorprendió ver quién estaba allí. Aquella voz grave y tranquila era inconfundible. Pero no esperaba que su corazón latiera tan aprisa y que, al verle, la emoción hiciera brillar sus ojos.

—¡Qué preciosa está! —exclamó Andrew—. Casi tenía miedo de que no fuera real, sino un fantasma de las ruinas del viejo Clantonbury.

—No, soy muy real —contestó ella, sin darse cuenta apenas de lo que decía, consciente sólo del magnífico aspecto de Andrew.

Y entonces recordó, como si le hubieran clavado una daga en el corazón, que él los había engañado y ¡traicionado! Los había traído allí casi como prisioneros, mientras sus tropas avanzaban hacia el castillo y, a menos que ella pudiera hacer algo, el futuro de ambos se vendría abajo y hasta la vida misma de su hermano estaría en peligro.

Sus ojos se nublaron de pronto y su sonrisa desapareció. Como si pudiera leer sus pensamientos, él dijo:

—Me gustaría pedirle que confiara en mí. Usted es demasiado joven para… poder hacer frente a muchas de las cosas que ahora forman parte de su vida.

Ella sabía con exactitud lo que quería decir, pero volvió el rostro hacia otro lado y mantuvo la cabeza en alto.

—Me temo que no le comprendo, milord. Habla usted de forma enigmática.

—Laura, no juegue conmigo —suplicó Andrew.

—¿Por qué no, cuando usted es un adversario tan hábil?

Lo oyó contener el aliento y comprendió que había dado en el blanco. Entonces, al ver que la joven se dirigía a la escalera, él exclamó:

—¡Laura, espere! Hay algo que quiero decirle.

Su voz era suplicante y, una vez más, ella sintió arder aquella pequeña llama en su interior. Tuvo el deseo de tender las manos hacia él, de pedirle que los salvara. Y la invadió la extraña sensación de que si se lo pedía, él acabaría por acceder.

Pero entonces comprendió que aquella idea era una locura. Sería entregar a Hugh al enemigo. ¿Podía algo ser más irracional? Y sin embargo, ¿por qué Lord Chard le daba la impresión de ser fuerte, digno de confianza y, en cierto modo, una promesa de seguridad?

Andrew le había dado alcance y dijo en tono de ruego:

—Después de la cena, salga a la terraza en mi compañía. Necesito hablar con usted.

Laura le dirigió una enigmática sonrisa.

—Lo pensaré, milord.

—Y no se enfade conmigo —añadió él en voz muy baja.

—No estoy enfadada —contestó Laura—. Sólo tengo miedo.

En seguida empezó a bajar la escalera y él no pudo hacer otra cosa que seguirla.

Llegaron al vestíbulo y, en su ansiedad de liberarse de Andrew, Laura entró, más calmada, en el salón donde estaban reunidos los invitados. Todo era un caos de color, ruido de conversaciones y risas, tintineo de copas y brillo de alhajas deslumbrantes. La Duquesa vio a Laura aproximarse a ella y acudió a su encuentro, tomándola de la mano.

—Querida mía, está usted encantadora —exclamó—. Debo presentarle a mis amigos.

A Helen también se la veía muy hermosa aquella noche. Con una enorme diadema de rubíes y brillantes sobre el cabello oscuro y un vestido de brocado rojo y blanco, brillaba como una libélula exótica, mientras iba de grupo en grupo riendo y conversando, y haciendo que todos se sintieran más alegres sólo porque ella estaba allí.

Laura fue presentada a innumerables personas, cuyos nombres olvidó al instante. En el estado de agitación en que se encontraba, sólo veía rostros imprecisos y se limitó a intercambiar saludos y frases convencionales.

Por fin, mientras Helen se alejaba para atender a otro invitado, Laura se encontró junto a Hugh.

—Todo está arreglado —dijo él casi en un susurro.

—¿A qué hora?

—A las nueve y media.

Laura miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea y vio que faltaban unos minutos para las siete.

—Lo haré lo mejor que pueda, querido —le prometió con voz muy suave.

La cena transcurrió en un ambiente cordial y Laura logró conversar y reír con sus compañeros de mesa. Eran casi las nueve de la noche cuando la Duquesa se levantó de su asiento e indicó a las demás señoras que era el momento de dejar solos a los caballeros.

Al levantarse, Laura advirtió que Andrew la estaba observando. Sentía sus ojos clavados en ella, pero no se volvió a mirarle. Con la cabeza un poco inclinada, siguió a la Duquesa, mezclándose con las demás invitadas.

Cuando llegaron al salón, Laura lanzó un profundo suspiro. Se dirigió a Helen y esperó un momento, antes de intentar atraer su atención.

—¿Qué sucede, mi amor? —le preguntó Helen, tan pronto como reparó en ella.

—Debo pedirle que me perdone, milady —contestó la joven—. Tengo un espantoso dolor de cabeza. Si subo a mi habitación, creo que nadie notará mi ausencia, pero no me gustaría darle a usted molestia alguna.

—¡Oh, querida, cuánto lo siento! —exclamó Helen, toda bondad y simpatía—. Llame a Marie cuando llegue a su cuarto y pídale que le dé una medicina que tengo para la jaqueca. Y si no puede dormir, tome un poco de láudano. Es lo que yo hago siempre cuando me dan esos dolores terribles de cabeza.

Se detuvo un momento y añadió:

—Ha hecho muchas conquistas esta noche y muchos caballeros se sentirán desilusionados de no encontrarla aquí.

—Quisiera poder quedarme —dijo Laura con vaguedad, llevándose la mano a la frente—. Pero no sería una compañía agradable esta noche, dadas las condiciones en que me encuentro.

Era cierto que le dolía la cabeza, y le palpitaba con fuerza el corazón, pero era debido al repentino terror que la invadía al pensar en lo que tenía que hacer.

Cuando llegó a su habitación, procedió a llamar a Marie. La doncella se mostró muy solícita y llevó dos frascos de medicina que dejó junto a la cama de Laura, después de ayudarla a desvestirse.

Laura le pidió que no permitiera que nadie la molestara, porque necesitaba dormir, y la doncella se lo prometió.

Apenas salió Marie de la habitación, Laura se levantó de la cama, cerró la puerta con llave y empezó a vestirse de nuevo. Afortunadamente, había incluido entre sus ropas su traje de amazona. Era muy viejo, pero estaba bien cortado; había pertenecido a su madre. Se alegró también de haber llevado sus botas de montar, pero no pudo encontrar su sombrero, por lo que se ató un pañuelo a la cabeza.

Tomó los guantes y la fusta y se dirigió a la puerta apresuradamente. La abrió y se asomó con cuidado. Podía oír las voces de las damas en el salón y los caballeros parecían seguir en el comedor. No había nadie en el pasillo.

Salió del cuarto, cerrando la puerta firmemente tras de sí. Hugh le había dado instrucciones precisas y ella las siguió al pie de la letra, aunque el camino le pareció mucho más largo de lo que esperaba. Descubrió la escalera de servicio cuya situación le había indicado y, al bajar por ella, se encontró en un pequeño vestíbulo con una puerta que daba a la parte trasera de la casa.

La puerta no tenía llave y Laura vio en ello la mano de Hugh. Al abrirla, el aire frío le azotó la cara y se encontró detrás de unos arbustos de laurel. Rodeándolos, salió a una explanada. Una leve luz, procedente de la casa, le permitió ver un caballo bajo las ramas de un árbol frondoso.

Al acercarse advirtió que un joven palafrenero, de expresión algo estólida, sostenía la brida del caballo y supuso que Hugh había logrado sobornarlo para que les ayudara.

—Ah, milady, por fin llega usted —dijo al verla—. Ya hasta tenía miedo de haber venido al lugar equivocado.

—No, aquí era donde debías esperarme. Gracias —contestó Laura.

Vio que el caballo era Kingfisher, el favorito de Hugh, y pensó que sólo la urgencia de su misión le había impulsado a prestárselo. Estaba provisto de una silla para mujer y, mientras el jovenzuelo le ayudaba a montar, Laura elevó una breve oración para que el muchacho no tuviera ningún problema.

Tocó a Kingfisher con la fusta, y el caballo respondió enseguida, lanzándose ansioso hacia delante, como si adivinara que iba a volver a casa y estuviera ansioso de llegar a su propia caballeriza.

Hugh le había descrito a Laura, con gran precisión, el camino que debía seguir, pero ella comprendió que le costaría trabajo hacer el recorrido hasta Ruckley en el tiempo que su hermano esperaba. Cruzó el parque, encontró el camino que conducía a las dunas y, una vez en éstas, puso el caballo a un trote regular.

Se preguntó si Hugh no habría sido demasiado optimista al suponer que podría regresar a Clantonbury antes del amanecer. De cualquier modo, la había tranquilizado diciendo que, si no aparecía al día siguiente, él diría que había sentido nostalgia de su casa y que había regresado a caballo a Ruckley, a pesar de sus repetidas súplicas para que no lo hiciera.

Laura sabía, por supuesto, que Andrew Chard no creería una sola palabra de tal explicación. Se preguntó qué diría cuando saliera del comedor y, al llegar al salón, descubriera que ella no estaba. ¿Esperaría un poco, pensando que había subido a arreglarse el cabello? ¿O preguntaría a Helen dónde estaba? Tal vez pensase que ella le estaba esperando en la terraza.

Se encontró con que sus pensamientos corrían más velozmente que su montura y, en su imaginación, se veía esperándole. ¿Qué iba a decirle en el jardín cuando fueron interrumpidos? Sintió que su corazón daba un vuelvo.

¡Entonces lo comprendió! Se dio cuenta de ello mientras la brisa del mar agitaba los rizos que le caían sobre la frente y los hacía revolotear en torno a sus mejillas. Lo supo al percibir el fresco aroma de las dunas, mientras espoleaba a Kingfisher y escuchaba el grito de las aves marinas por encima de su cabeza.

¡Le amaba! ¡Parecía absurdo, increíble, pero así era!

Le amaba, y aquella noche estaba arrojando al aire la única oportunidad de conquistar su amor.

Empezó a reír con amargura y, en la oscuridad, su risa sonó como el lamento de un animal herido. ¡Qué absurdo pensar siquiera que él podía haberla amado! Lord Chard, el soltero más codiciado, el héroe de la guerra con Francia, que podía tener una mujer a sus pies…

No, había sido bondadoso con ella como podía haberlo sido con un niño. Lo que iba a decirle no tenía ninguna relación con el amor, estaba segura. Sin duda deseaba suplicarle que abandonara Ruckley y escapara a todas las consecuencias de la descabellada empresa de Hugh. Tal vez le habría ofrecido amparo junto a algún familiar suyo. Sería capaz de ofrecerle una docena de cosas para compensar el caos que él estaba produciendo en «su mundo». ¡Todo, menos amor!

A pesar de todos sus esfuerzos por concentrarse en el camino y pensar tan sólo en el peligro que corría su hermano, la imagen de Andrew Chard acudía a la mente de Laura una y otra vez.

—¿Voy a pensar en él toda la vida? —exclamó en voz alta y entonces se dio cuenta, con una sensación de alivio, de que se estaba acercando a Ruckley.

Aquella parte de las dunas le resultaba tan familiar como la palma de su mano. Presionó a Kingfisher para que fuera más aprisa. El caballo también conocía el camino, y estaba ansioso de llegar a su caballeriza.

Hugh, sin embargo, le había advertido que tuviera cuidado.

Cuando llegó a la orilla del arroyo, lo cruzó, pero en lugar de dirigirse a Ruckley, cabalgó hacia la cabaña de Dan, en las afueras del pueblo, como le había indicado su hermano.

Era una casita muy pobre y Dan, que se suponía que estaba empleado en la finca de los Ruckley, era un holgazán que nunca retenía un trabajo mucho tiempo. Laura sabía también que se embriagaba y algunas veces golpeaba a su mujer.

Al llegar a la tapia que rodeaba la casita, Laura desmontó y ató a Kingfisher a un poste de la entrada, lo que provocó en el caballo un relincho de protesta. Luego recorrió el sendero que conducía a la entrada de la casa y llamó a la puerta con la fusta.

Encontró a Dan bebiendo solo, a la luz mortecina de una vela. Su esposa y sus hijos estaban dormidos en otra habitación.

El hombre se sorprendió al verla, pero la hizo entrar y Laura no tardó en descubrir que estaba más asustado que ebrio.

—Hay soldados por todas partes —le dijo en voz baja, mirando aun lado y otro como si temiera verlos surgir de las paredes—. Surgieron en la noche cuando todos volvíamos de trabajar. Dos o tres de los nuestros están atrapados en las cavernas, pero allí no los descubrirán. Arrestaron a Ted, a Ben y al viejo Coby en la posada, pero no les pueden probar nada. Sólo estaban bebiendo, pero los retendrán hasta que llegue la carga.

—¿Quieres decir que los soldados están esperando la llegada del barco? —preguntó Laura.

—Sí, señorita, es lo que están esperando.

Laura advirtió que Dan temblaba como una hoja. Siempre había sospechado que, en el fondo, era un cobarde.

Sir Hugh dijo que tú y yo debemos conseguir un bote y hacernos a la mar, para advertir a los del barco antes que llegue a la bahía.

—No podemos hacer eso —contestó Dan con expresión de terror—. Debe de haber soldados en la playa. Los he visto con mis propios ojos. Y andan alrededor del castillo también, y en la posada… ¡en todas partes! No podemos hacer nada. Nos matarían antes de llegar a la orilla…

Laura se dejó caer en un banquillo. Hugh había supuesto que los soldados estarían ocultos y que no aparecerían hasta el último momento. No contaba con que tendrían ya rodeado el pueblo y asustada a la gente cuando ella llegara.

—¿Dónde puedo conseguir un bote? —preguntó, decidida sin embargo, Dan la miró con expresión vaga.

—En ninguna parte…, que yo sepa.

—¡Piensa, Dan! ¡Piensa! —insistió Laura—. ¿Qué me dices del viejo Ben Howard? Él solía pescar y me llevaba en su bote cuando era niña.

—Hace ya más de dos años que murió.

—¿Y su hijo?

—No sé. Puede tener un bote y puede no tenerlo. Hace más de un año que no le veo.

Laura lanzó un suspiro de impaciencia. Dan no iba a servirle de nada. Tendría que ir ella sola a ver lo que podía encontrar. Era inútil pedirle siquiera que la acompañara; estaba demasiado ebrio y, sobre todo, asustado.

—Veré lo que puedo hacer, Dan —dijo, poniéndose de pie—. No digas a nadie que he estado aquí.

—No claro… Ni un alma lo sabrá, señorita.

Laura comprendió que lo único que preocupaba a Dan era salvar su propio pellejo. Cuando la vio salir, cerró la puerta sin ceremonia alguna. Ella volvió a montar y se dirigió por el cauce de un arroyo seco hacia la parte de la playa donde había una o dos casitas de pescadores.

Tras un momento de vacilación, se detuvo en la segunda casa y llamó a la puerta, que, después de algunos momentos, abrió una mujer de edad, la cual llevaba puesto un chal sobre el camisón.

—¿Qué quiere a estas horas de la noche? —preguntó con expresión sospechosa.

—¿Usted es la señora Howard?

—Sí, ¿y quién es usted?

—Soy la señorita Ruckley, del castillo.

—Sí, ya la reconozco. Es que con esta oscuridad… Pero ¿qué desea a estas horas?

—Quiero saber si su hijo está aquí y si tiene una barca —contestó Laura.

La anciana bajó la voz en el acto.

—Usted sabe dónde está… o al menos debería saberlo.

—¿Quiere decir que está en el mar?

—Esta noche, sí —murmuró la señora Howard en un susurro.

—Déjeme entrar.

—No puedo, señorita. Mi yerno está durmiendo esta noche aquí. Es forastero y no se puede confiar en él.

—Entonces escúcheme —susurró Laura—. Su hijo está en peligro. Tengo que lanzarme al mar y advertir a los del barco que no entren en la bahía porque están esperando los soldados.

Al escuchar la palabra «peligro», la anciana salió de la oscuridad del umbral, donde había permanecido, y cerró la puerta de la casa.

—¡Dios tenga piedad de mi Jim! —exclamó, y su voz se quebró al decirlo.

—Yo trataré de salvarlo, si usted me ayuda —contestó Laura—. Necesito conseguir un bote. ¿Hay alguien en su casa en quién confiar?

—No, no hay nadie por aquí —respondió la mujer—. ¡Ay, Señor, Señor!… Le rogué a mi Jim que no se juntara con esos pillos. Pero el mismo señor Quayle vino a buscarlo hace dos días. Dijo que estaban faltos de gente y que la paga era muy buena. Jim quería ese dinero, pero yo sabía que nada bueno iba a salir de esto.

La anciana parecía a punto de echarse a llorar.

—No hay tiempo para lamentaciones —señaló Laura con voz firme—. Venga y ayúdeme a sacar el bote al mar. Luego, ya me las arreglaré sola. Pero debe prestarme una linterna.

Sin decir palabra, la señora Howard volvió a entrar en la casa y Laura la oyó moverse con gran cuidado por la cocina, como si temiera despertar a su yerno. Cuando salió traía puestas botas de pescador, una falda sobre su camisón y se había envuelto la cabeza con el chal. En la mano llevaba una linterna del tipo que los pescadores usan para pescar de noche. En silencio, empezó a bajar hacia la playa.

Laura desató a Kingfisher y le echó las riendas al cuello.

—Vete a casa, muchacho —dijo con suavidad, dándole unas palmadas—. No queremos que nadie se pregunte a quién esperas aquí.

El caballo pareció comprender la orden y emprendió el camino de regreso hacia su caballeriza.

Laura corrió para dar alcance a la anciana en la playa. Había tres botes atados, más allá de donde llegaba la marea alta. Por fortuna, la marea comenzaba entonces a bajar y no les costó mucho trabajo llevar basta: la orilla el más pequeño.

La falda de la anciana se había empapado, pero Laura, recogiéndose la de su traje de montar, logró mantenerla seca, hasta que por fin, con el último empujón, saltó al interior del bote.

—Gracias —dijo—, muchas gracias, señora Howard.

No se atrevió a levantar la voz, pero la respuesta de la anciana le llegó con toda claridad.

—¡Dios la bendiga! Rezaré para que llegue a tiempo con mi muchacho.

El bote se balanceaba sobre las olas y Laura tomó los remos y lo impulsó, alejándolo de la orilla. Remó un buen rato, por temor de que el oleaje la hiciera estrellarse contra los acantilados. Poco después, levantó los remos y cogió la linterna. Tuvo que agazaparse en el fondo del bote y usar su cuerpo como protección contra el viento. Por fin logró encender la linterna y ésta arrojó una luz brillante.

Pero aquello era un peligro. Podía haber ojos que vigilaban el mar desde lo alto de los acantilados. Se tuvo que quitar la chaqueta de montar y cubrir con ella la linterna. No llevaba debajo más que una fina camisa de algodón y se estremeció cuando el viento frío la azotó.

«Remando entraré en calor», pensó y empezó a mover los remos de la forma rítmica y precisa que su padre le había enseñado cuando era niña.

Se preguntó qué hora sería. Debía de ser ya cerca de la medianoche y Hugh había dicho que, en aquel momento, se esperaba la llegada del barco. Siguió avanzando hasta llegar casi frente a la bahía de Ruckley. Era imposible ver nada en la oscuridad; sólo las rocas de los acantilados perfilándose contra el fondo del cielo.

Se preguntó cuántos ojos, sumados a los suyos, estarían esperando también la aparición del barco. Éste no debía de llevar luces y ella sabía demasiado bien que le sería imposible verlo hasta tenerlo casi encima.

Al dejar de remar, sintió mucho frío. Pero no se atrevió a retirar la chaqueta de la linterna y se contentó con frotarse las manos y darse palmadas por todo el cuerpo, como había visto hacer a los mozos en las mañanas frías, antes de empezar a ordeñar.

De pronto, se estremeció. Estaba segura de haber oído un leve ruido frente a ella. Se repitió… Era el sonido de veinte o treinta remos que se movían en el agua. Quitó la chaqueta de la linterna.

—¡Eh, los del barco! —gritó—. ¡Peligro! ¡Peligro en la costa! —Metió los remos en el bote y se puso de pie moviendo la linterna—. ¡Peligro! —repitió.

Su voz, aguda y fina, se perdía en la oscuridad, pero siguió gritando:

El barco se acercaba y ahora podía verlo, como una alta silueta recortada contra el cielo. Vio también a los hombres que remaban.

—¿Quién es? ¿Qué quiere? —gritó alguien.

—Deben de ser los guardacostas —dijo otro hombre y el pánico se reflejaba en su voz.

—¡Peligro! ¿Está Lew Quayle ahí? —gritó Laura.

—¡Señor Quayle! ¡Señor Quayle! —gritaron varias voces a un tiempo.

—¿Quién es? ¿Quién es usted?

El pequeño barco estaba más cerca de ella ahora y pudo ver a Lew inclinado sobre la barandilla de proa.

—No entren en la bahía —gritó—. Los soldados están esperando.

Levantó en alto la linterna al decir esto y la luz le dio en la cara.

—¡Por todos los diablos! —oyó exclamar a Lew Quayle.

—¡Por las barbas de Neptuno, pero si es una mujer! —exclamó uno de los remeros.

Oyó a Lew dar algunas órdenes y lo vio caminar hacia el centro de la embarcación para quedar más cerca de ella.

—Reme hasta colocarse junto al barco —le dijo—. La subiremos a bordo.

—No, gracias. Volveré remando —contestó Laura—. Sólo venía a advertirles que los soldados esperan en la bahía.

—¡Haga lo que le digo! —ordenó él.

—Tengo que volver —se obstinó Laura—. Mientras ustedes no se acerquen a la bahía, estarán a salvo.

Vio que Lew Quayle volvía la cabeza para decir algo por encima del hombro. No lo escuchó porque estaba ocupada en bajar la linterna y apagar la vela. Cogió la chaqueta y empezó a ponérsela.

Sólo cuando oyó un chapuzón cerca de ella, comprendió lo que había pasado. Uno de los hombres se había arrojado al mar y nadaba ahora hacia el bote.

A toda prisa, trató de coger los remos para alejarse de allí, pero era demasiado tarde. El hombre se había aferrado al borde de la barca e, impulsándose con fuerza, logró saltar a su interior.

—No quiero subir a bordo —protestó ella, furiosa, dirigiéndose a Lew.

—Es muy peligroso que vuelva sola —dijo él—. Es posible que hayan visto la luz de la linterna. De cualquier modo, no tardarán en darse cuenta de que no hemos caído en la trampa que nos tenían preparada.

Sin poder hacer nada, Laura vio cómo el hombre que había subido al bote tomaba los remos y lo acercaba más al barco. Iba sonriendo y Laura comprendió que le divertía que el patrón hubiera logrado salirse con la suya.

Furiosa, advirtió que una docena de hombres subía los remos para que el bote pudiera acercarse a la parte más baja del barco, casi en el centro de éste. Y antes que pudiera hacer nada o protestar de nuevo, unos fuertes brazos la cogieron, subiéndola a bordo, y se encontró frente a Lew.

—¡No tiene usted derecho a hacer esto! —exclamó irritada—. Hugh lo había arreglado todo. En cuanto les advirtiera, yo debía volver.

—Le estoy haciendo un favor —replicó Quayle—. La voy a llevar con su hermanito.

—¿Qué quiere decir?

—He estado pensando lo que hacer con la carga, y he dado con la solución perfecta.

Laura no tenía el menor deseo de dialogar con Lew, pero no pudo evitar sentir curiosidad.

—¿Qué piensa hacer? —inquirió.

—Voy a dejarla en la bahía de Clantonbury —contestó él, satisfecho—. Allí no nos esperan.

—¡No, no haga eso! —suplicó Laura—. Llévesela más adelante de la costa o devuélvala a Francia.

—¡¿Qué?! ¿Y perder todo lo que pagamos por ella? —preguntó Lew, no muy seguro de si debía echarse a reír o proferir maldiciones—. Usted debe pensar que estamos locos. ¡A la bahía de Clantonbury muchachos! Y que alguien ate ese bote atrás.

—Es de Jim Howard —dijo Laura y entonces oyó una voz joven exclamar:

—¡Con razón me parecía reconocerlo! ¡Atadlo fuerte! ¡No quiero tener que comprar uno nuevo!

—Tendrás suficiente dinero para comprar una docena, hijo, después de este viaje —replicó un hombre mayor.

—Venga conmigo —dijo Lew Quayle al oído de Laura—. Yo cuidaré de usted.

Al sentir que la tomaba del brazo, ella se sintió asqueada por su contacto. Pero no había forma de escapar. La ayudó a caminar entre los remeros hacia la proa del barco. Había un camarote allí, pero se hallaba lleno de bultos y sólo había espacio para que dos personas permanecieran de pie junto a la puerta. Estaba oscuro y Laura, instintivamente, retrocedió.

—Prefiero estar fuera —dijo.

—Quiero hablar con usted donde nadie pueda escucharnos —contestó Lew.

—Sabe bien que yo no quiero hablar con usted.

Estaban tan cerca uno del otro, que ella lo oyó contener el aliento.

—Usted me ha salvado la vida esta noche. ¿No es justo que le dé las gracias? —Había en la voz del hombre aquella nota burlona que siempre la hacía estremecer.

—He venido por salvar a Hughie —contestó—, y a todos los pobres tontos implicados en esta loca aventura…, no por usted.

—De verdad que es usted fascinante —contestó él y Laura tembló al oírlo porque comprendió, desesperada, que allí no había escapatoria.