Capítulo 11

Hugh estaba mejor, no cabía la menor duda. Algunas veces le daban intensos dolores de cabeza, pero ya podía vestirse solo y sentarse junto a la ventana para entretenerse viendo pasar a la gente por la calle.

Laura sospechaba que, además del dolor que la herida le causaba, estaba también preocupado. Le veía dar vueltas en la cama por la noche, cuando ella entraba en la habitación para preguntarle si necesitaba algo.

Ahora, mientras se encontraba sentado junto a la ventana y el sol brillaba sobre su pálido rostro, Laura se situó frente a él para mostrarle su nuevo vestido.

—¡Tenía un precio ridículo! —le dijo—. Como dos chelines de nuestra moneda. La posadera me indicó dónde podía comprar la tela, en un puesto del mercado, y aun antes que yo dijera nada, ya habían reducido el precio que pidieron primero.

—¿Qué mujer resiste la tentación de ser despilfarradora en Francia? —comentó Hugh.

—¡Oh! No fue un despilfarro en realidad —contestó Laura, tomándolo en serio—. No podía seguir usando mi traje de montar. Los niños me gritaban en la calle que dónde había dejado el caballo y, además, la chaqueta estaba manchada de sangre.

—Sólo estaba bromeando —sonrió Hugh—. Es un bonito vestido y tú estás muy atractiva con él.

Laura le hizo una pequeña reverencia.

—Es usted muy amable, caballero.

La luz del sol hacía que su cabello se viera más dorado aún y el vestido, de algodón azul con cintas del mismo color, realzaba la blancura de su piel.

—¡Caramba! —exclamó Hugh de pronto—. Vas a convertirte en a auténtica belleza.

—¿Para qué ha de servirme? —exclamó Laura, y había en su tono una amargura que su hermano no le había escuchado nunca. Pero antes que él pudiera interrogarla, se apresuró a añadir—: Hughie, tenemos que hablar en serio. Sé que te sentías muy mal hasta ahora, pero ¿te das cuenta de que sólo tenemos unas cuantas guineas para los dos y vamos a morirnos de hambre?

—¡Tonterías! —exclamó Hugh—. Lew no permitiría que tal cosa sucediera.

—¡Lew! ¿Qué tiene él que ver con esto? —preguntó Laura con una nota apasionada en su voz—. No podemos seguir dependiendo de Lew, corriendo a él para cada penique que necesitamos y endeudándonos cada vez más.

—¿Qué alternativa queda? —preguntó Hugh con aire de resignación.

Laura se sentó junto a él y le puso una mano sobre el brazo.

—¿No podrías conseguir algún trabajo en Francia? —preguntó.

—¿Quién me lo proporcionaría? Soy un buen soldado, pero no creo que el ejército francés reciba con los brazos abiertos a un viejo enemigo.

—¡Pero tiene que haber algo que tú puedas hacer! —insistió Laura.

—Bueno, soy un gran conocedor de vino y de mujeres —sonrió Hugh.

Laura lanzó un suspiro de exasperación y volvió la cabeza para mirar por la ventana. Era siempre lo mismo cuando trataba de hablar en serio con Hugh. Sin embargo, suponía que él estaba en lo cierto: No había sido preparado más que para ser un soldado o un caballero de vida regalada, con dinero siempre en el bolsillo.

—Supongo, entonces, que seré yo quien tenga que buscar trabajo —suspiró.

—Tendrás que ver lo que dice Lew al respecto —contestó Hugh.

—¡Lew! ¡Lew! ¡Lew! —exclamó, furiosa—. ¿Es que no tienes un cerebro para pensar por ti mismo? ¿No hay una sola idea en tu cabeza que no la haya puesto en ella ese Quayle?

—Vamos, Laura, sé razonable. Lew ha sido un buen amigo para nosotros. Si no fuera por él, estaría en prisión o con la soga al cuello.

—Sí, lo sé, lo sé —reconoció Laura—, y le estoy muy agradecida por ello. Pero no se puede hipotecar la vida por una deuda de gratitud.

—Eso es lo que Lew quiere de ti precisamente —observó Hugh con aire burlón. Los ojos de Laura se llenaron de fuego, e iba a replicar cuando llamaron a la puerta.

Las palabras murieron en sus labios. Esperó, temerosa de quién pudiera estar afuera, cuando Hugh dijo:

—¡Adelante!

«Debe de ser Lew otra vez», pensó Laura. Todos los días los visitaba, y siempre, con el pretexto de que Hugh estaba demasiado débil para visitas prolongadas o para una discusión de cualquier tipo, ella había logrado que se marchara después de cruzar con el herido unas cuantas frases convencionales. Pero sabía que aquello no se podía prolongar indefinidamente. Tarde o temprano, tendría que enfrentarse a la realidad y Laura tenía un espantoso presentimiento de cuál sería ésta.

Por fortuna, Lew había estado muy ocupado preparando una nueva carga. «¡Es una ganga que no puede compararse con nada de lo que hayamos obtenido antes!» —había dicho a Hugh con un sonrisa triunfal, la última vez que le visitó.

—¡Entren! —gritó Hugh ahora en francés, al ver que nadie contestaba a la invitación que hizo la primera vez en inglés.

La puerta se abrió y apareció el posadero, un hombre gordo y rubicundo que parecía estar todavía recuperando el aliento después de haber subido la escalera.

—Una dama le busca, señor —dijo en su francés con acento de la región, que resultaba difícil de entender.

—¡Una dama! —exclamó Laura—. Debe tratarse de un error.

—No, no, señorita. Es cierto. Es una señora muy elegante la que pregunta por el caballero.

—¡Una señora elegante! —repitió Laura—. ¿Quién puede ser?

—No tengo la menor idea —contestó Hugh—. Debe de ser un error en efecto. Pero dígale que suba —ordenó en francés al posadero.

El hombre asintió con la cabeza, salió cerrando la puerta y bajó la escalera, que crujía como lamentándose bajo su peso.

—¿Quién podrá ser? —preguntó Laura.

—Tal vez sea mi hada madrina —bromeó Hugh—. Pero supongo que debe de ser una de las vulgares amigas de Lew. Ese pobre tonto del posadero no distinguiría a una dama si la viera.

—Estoy segura de que tienes razón —comentó Laura, contenta de ver a Hugh animado. Había temido, por unos días, que su herida le hundiera en la melancolía. El dolor le había puesto primero de mal humor, y últimamente se le veía deprimido, sin ningún interés por lo que pasaba en torno suyo.

—Aquí viene —dijo Laura, ya que su fino oído percibía unas pisadas ligeras y el roce de unas faldas de seda.

Llamaron a la puerta.

Entrez! —dijo Laura, disponiéndose a abrir.

Apareció ante sus ojos una visión que no hubiera podido imaginar ni en sus más atrevidos sueños: una mujer vestida a la última moda; morena, de ojos oscuros y brillantes; labios muy rojos y una dulce sonrisa que parecía desmentir, en cierto modo, la elegancia exagerada de su atuendo.

Llevaba un vestido de fina seda, la cual se ceñía a su cuerpo, revelando una figura sumamente atractiva y exuberante. Sobre el vestido usaba una capa de satén bordada en brillante tono esmeralda, y plumas del mismo color adornaban su alto sombrero puntiagudo, que se ataba con cintas bajo la barbilla.

Como si todo esto no fuera suficiente, sus joyas eran fabulosas. Llevaba un collar de brillantes y esmeraldas, que lanzaba destellos bajo la luz del sol, así como sus largos pendientes cada vez que movía la cabeza.

Permaneció un momento en el umbral, mirando a Laura y luego, antes que ninguna de las dos pudiera hablar, Hugh lanzó una exclamación desde la ventana:

—¡Yvette!

La «aparición» lanzó un grito de alegría y, feliz e impetuosa, corrió hacia él, dejando una estela de perfume caro en el aire al pasar junto a Laura. Se arrojó sobre Hugh, rodeándole el cuello con los brazos y oprimiendo una mejilla contra la suya.

—¡Mi amor! ¡Mi Hugh! —exclamó en una extraña confusión de inglés y francés—. ¡Mi adorado! Supe que te habían herido. ¡Es cierto! ¡Oh, mi pobrecito valiente! Pero ¿cómo sucedió?

—¡Yvette! Pero… pero ¿qué estás haciendo aquí? —tartamudeó Hugh—. ¿Cómo me has encontrado? ¿Quién te dijo…?

Por un momento, las voces de ambos se mezclaron incoherentemente, pues los dos hablaban con mucha rapidez. Después, Yvette apartó los brazos del cuello de Hugh, se enderezó el sombrero y dijo con voz muy diferente, fría y hostil:

—¿Y quién es ésa?

Señalaba a Laura, y Hugh lanzó una carcajada.

—¡Todavía sigues siendo celosa! Como siempre, Yvette, haces preguntas antes de contestar a las mías.

—¿Quién es ella? —insistió Yvette, dando una patadita rabiosa en el suelo.

—Soy Laura Ruckley, señora —respondió ella, haciendo una pequeña reverencia.

—Mi hermana —rió Hugh.

—¿Qué?

—¿Satisfecha?

—¡Tu hermana! —exclamó Yvette con una voz muy diferente al tono que usara momentos antes—. ¡Oh, encantada de conocerla, señorita! Su hermano y yo somos viejos amigos.

—Ya lo imaginaba —contestó Laura sin sarcasmo alguno.

—¡Viejos amigos! ¡Vaya descripción de lo que somos tú y yo! —exclamó Hugh—. Pero, dime, Yvette, dime pronto, ¿por qué estás aquí?

Yvette se dejó caer en una silla junto a él y unió las manos con expresión de éxtasis.

—No puedo creer que sea verdad… ¡pero estás aquí! ¡Aquí! Y yo que iba a zarpar hacia Inglaterra para buscarte…

—¿Para buscarme? —Hugh se inclinó hacia delante, con visible ansiedad—. Yvette, ¿me quieres decir…?

Yvette asintió con la cabeza.

—¡Sí, es verdad! Edouard ha muerto. Soy viuda, Hugh, y tal como te prometí, he venido a buscarte.

—¡Qué noticia más sensacional! —exclamó Hugh—. ¡Y yo que pensé que iba a vivir eternamente!

—Enfermó hace tres meses y los médicos me dijeron desde el principio que había poca probabilidad de que se recuperase —explicó Yvette—. Pero tenía miedo de escribirte, miedo de alentar nuestras esperanzas para caer de nuevo en la desilusión.

—Pero ahora es cierto: ¡eres libre! —Casi gritó Hugh.

—¡Sí, completamente libre!

Laura seguía de pie, asombrada, mirando alternativamente a Yvette y a su hermano. ¿Por qué Hugh nunca había mencionado a aquella mujer con la que parecía estar en términos de tanta intimidad?, se preguntó. Y entonces comprendió que su hermano, en realidad, nunca había hablado de sus amistades. Siempre la había tratado como a una niña…, una niña lo bastante grande para atender sola el castillo, pero no lo suficiente para hablarle de asuntos íntimos, ni de lo que le había sucedido mientras estaba peleando en el extranjero.

Con una leve sonrisa, Hugh le tendió una mano.

—Ven aquí, Laura —dijo—. Felicitame. Soy el hombre más afortunado y feliz de la tierra.

—¿Me quieres decir que… te vas a casar? —preguntó Laura en voz baja.

—Exacto —contestó Hugh—. Voy a casarme con la mujer que amo desde hace mucho tiempo. ¿Cuánto tiempo, Yvette?

—¡Vamos! No hablemos de años —exclamó ella—. Tenemos todo el futuro para nosotros y será mejor olvidar el pasado. Edouard nunca se enteró de que te amaba. Murió feliz, pensando que él era mi único cariño —se llevó un pañuelito de encaje al rabillo de un ojo—. «Has sido una buena esposa, Yvette», me dijo poco antes de morir. «Por eso te dejo todo lo que poseo».

—¡Caramba! —exclamó Hugh—. Yo pensé que se lo dejaría casi todo a su hijo.

—Pierre también ha muerto —declaró Yvette—. Murió en un duelo seis meses después que tú te marchaste a Inglaterra. Siempre fue alocado y disoluto y creo que, en el fondo, Edouard nunca confió en él.

—Entonces eres ahora una mujer muy rica —observó Hugh y su voz se volvió de pronto muy grave.

—Tengo mucho dinero —asintió Yvette en tono ligero—. Demasiado para que una mujer cuide sola de él. Por eso te necesito, Hugh, para ayudarme a mantener mis posesiones cercanas a París y las que Edouard tenía en América del Sur. Tenemos que ir a visitarlas.

Hugh guardó silencio unos momentos y luego dijo:

—Supongo que te das cuenta de que no tengo nada, ni un penique, y que soy un exiliado de mi propio país.

—Sí, sí —afirmó Yvette con impaciencia—. Él señor Quayle me dijo lo que había pasado, pero no tiene ninguna importancia. Yo quiero que vivas en Francia. No me interesa Inglaterra, y perdona.

Hugh guardaba silencio y ella continuó diciendo:

—¡Oh, la, la! No pongas esa cara larga. Sé lo que estás pensando: que no te gusta que sea tu esposa la que tenga el dinero, mientras que tú no tienes nada. ¡Los ingleses sois tan tontos! Un francés se sentiría encantado. ¿Qué importa eso? Yo tengo suficiente para los dos, ¡más que suficiente! Así que olvida eso. Demos sólo gracias al cielo de que por fin podamos estar juntos.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Hugh y, levantando una mano de ella hacia sus labios, la besó—. Si estás segura de que no te importa tener un mendigo por esposo, entonces… —añadió con una humildad que Laura jamás habría esperado de él.

—¡Dios mío! Sólo sé una cosa —contestó Yvette—. Si no te casas conmigo, me quedaré viuda por el resto de mis días.

Se miraron un momento a los ojos y Hugh, lanzando un profundo suspiro, besó de nuevo la mano de Yvette.

—¡Mi amor! —murmuró ella con una gran sonrisa—. Jamás pensé que volvería a ser feliz.

Laura comprendió de pronto que estaba de más allí, pero se había sentido casi hipnotizada al contemplar la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Todo había tenido lugar de forma tan inesperada, que no había tenido tiempo de pensar. Con repentina timidez, se volvió hacia la puerta, pero Hugh extendió la mano para detenerla.

—¡Laura! —llamó él—. Laura está aquí conmigo.

—Tu hermana, desde luego…, debe encontrar dónde vivir.

—Creo que tengo una sugerencia que hacer —dijo una voz desde la puerta.

Laura se dio la vuelta y reconoció a Lew con un estremecimiento de disgusto. Se preguntó cuánto habría oído aquel hombre de lo que se había dicho. Tal vez, pensó, había seguido a la francesa, quedándose a escuchar detrás de la puerta.

—¡Pasa, Lew! —exclamó Hugh con una sincera sonrisa de bienvenida—. ¡Pasa! No podías haber llegado en mejor momento. Ya conoces a madame Dupont, ¿no es cierto?

—Sí, tuve el gusto de conocerla —contestó Lew, haciendo una reverencia.

—¡Por supuesto! —exclamó Yvette—. Encontré a este encantador caballero en el muelle, cuando andaba averiguando qué barco me podía llevar a Inglaterra. Me preguntó si podía ayudarme y le dije que quería ir a Newhaven, porque tenía entendido que Sir Hugh Ruckley, del castillo Ruckley, vivía cerca de allí.

Sonrió a Hugh antes de seguir explicando:

—Entonces me dijo que no había necesidad de que yo cruzara el canal; que estabas aquí, en Dieppe.

—Fue un placer poder servirle, señora —dijo Lew—. Y ahora creo que puedo ayudarla de nuevo. Voy a resolver el problema de su futura cuñada.

Miró a Laura al decir esto y la vio rígida y pálida. Entonces, antes que ella pudiera hablar, agregó:

—Hugh, tengo el honor de pedir la mano de tu hermana en matrimonio.

Yvette palmoteó emocionada.

—¡Espléndido! ¿Qué puede ser mejor que un doble matrimonio? Eso simplifica todas las cosas.

—¡No me casaré con él! Tú sabes que no puedo, Hughie —dijo Laura, acercándose a su hermano y hablando en voz baja, pero trémula de emoción.

Él le sonrió, condescendiente.

—Pero, Laura, ¿qué otra cosa puedes hacer?

—Es tímida, la pobre pequeña —intervino Yvette—. Señor Quayle, usted ha turbado a la señorita pidiendo su mano de forma tan repentina. Pero, desde luego, ella debe sentirse feliz de casarse con un hombre tan encantador, tan elegante y tan apuesto.

Le miró a través de sus pestañas oscuras con una sonrisa de coquetería en los labios y luego, volviéndose a Laura, añadió:

—El señor Quayle también es muy afortunado, queridita, porque usted es una joven muy atractiva.

—Hughie, no me casaré con él —repitió Laura, con una nota de desesperación en la voz.

—Pero ¿qué otra cosa puede hacer? —preguntó Yvette—. Hugh dice que no tiene dinero; eso significa que no hay dote. ¿No comprende que es muy difícil encontrar esposo cuando no se tiene nada que ofrecer, más que la propia persona, por encantadora que ésta sea? ¡Caramba, todas las muchachas quieren casarse! Quedarse para vestir santos es una tragedia.

—Prefiero ser solterona a casarme con el señor Quayle —declaró Laura con determinación.

—Vamos, querida, sé sensata —suplicó Hugh—. Tú conoces la situación.

—¡Exacto! —intervino Lew Quayle con una desagradable sonrisa—. Hugh tiene mucho sentido común; eso es lo que siempre he admirado en él. Sabe que una deuda de siete mil guineas, ¿o son ya ocho mil?, no puede dejar de cancelarse por el capricho de una chiquilla bonita…

—¡Ocho mil guineas! —exclamó Yvette—. ¿Cuánto es eso en francos…? ¡Vaya, es una fortuna! ¿Es lo que Hugh le debe a usted?

—Así es, madame —contestó Lew Quayle—. Pero, como ya le he explicado a él en otras ocasiones, es una deuda que estoy dispuesto a olvidar de un plumazo…, cuando ponga mi nombre en un certificado de matrimonio con su hermana.

—Ése es un gesto muy generoso por su parte, señor Quayle.

—Algo que estoy ansioso de hacer —respondió Lew.

Yvette puso sus dedos enjoyados en el brazo de él.

—¡Caray, sería una lástima que su generosidad no fuera apreciada en lo que vale!

—¡Claro que lo sería! —suspiró él—. ¿Puedo contar con su ayuda, señora?

—Por supuesto que sí —contestó la francesa y se volvió hacia Hugh—. Cariño, haz comprender las cosas a tu hermanita. El señor Quayle es un hombre de mundo, encantador y, evidentemente muy rico. ¿Dónde conseguiría ella un marido mejor? ¡Ciertamente no aquí, en Francia!

—Ya les he dicho que no quiero casarme con nadie —insistió Laura, a pero advirtió que nadie la escuchaba y, con una sensación de profundo desaliento, comprendió su impotencia.

¿Qué podía hacer? ¿Qué arma podía esgrimir contra aquellas tres personas que estaban planeando su futuro con absoluta indiferencia para sus propios sentimientos?

—Podrán casarse aquí en Dieppe —oyó decir a Yvette—, un día antes o después que Hugh y yo lo hagamos. Nuestra boda tendrá lugar en la iglesia católica, pero sin duda alguna podríamos encontrar un sacerdote de su religión para casarles.

—¡No! ¡No! —exclamó Laura con tal violencia que, asombrados, todos se volvieron hacia ella—. Si he de casarme, será en Alfriston, en la iglesia donde fui bautizada, y en cuyo cementerio están sepultados mis padres.

—Muy bien —fue Lew quien habló entonces y Laura comprendió, por la odiosa sonrisa de triunfo que distendía sus labios, que se daba cuenta de que había ganado la partida—. Nos casaremos en Alfriston y, si te parece bien, pasaremos nuestra luna de miel en el castillo.

—¡Oh, el castillo! —exclamó Hugh de forma vaga, como si acabara de recordarlo—. Pienso que será mejor que te lo regale, Lew, porque yo no creo que pueda volver jamás a él.

—Lo tomaré como regalo de bodas —aceptó Lew—. Será útil mientras pueda usarlo para las pequeñas… transacciones comerciales de las que nos hemos estado ocupando tú y yo. Y cuando estas dejen de interesarme, me convertiré en el respetable señor Lewellyn Quayle, del castillo Ruckley. Suena impresionante, ¿no creen?

Laura se mordió los labios en un esfuerzo por no gritar. Vio ahora con exactitud lo que él estaba planeando. Siempre había sospechado que Lew Quayle era un esnob. Casado con ella y como dueño del castillo, ocuparía una posición muy diferente en el condado. La gente tenía mala memoria y si, como él decía, «se hacía respetable», los demás olvidarían muy pronto su pasado.

—Queda arreglado entonces —dijo Lew—. Laura y yo zarparemos mañana por la noche.

—Pero ¿cómo os iréis? —preguntó Hugh.

—En el barco de siempre, por supuesto. Tengo una carga que llevaré a un lugar muy seguro, al norte de Beachy Head. Me costará un poco más de dinero hacerla llegar a Londres, pero ése es un buen escondite, que es lo que importa por ahora. Las tropas de Lord Chard me andarán buscando, pero no en el sitio donde desembarcaré con Laura.

—¿Crees que mi hermana estará segura? —preguntó Hugh con cierta inquietud.

—Siempre estará segura conmigo —respondió Lew, jactancioso—. Y puedes estar tranquilo respecto a una cosa, Hugh: nunca la perderé, ni permitiré que escape de mí.

Era una advertencia, y Laura se percató bien de ello. Lew hizo una reverencia y besó la mano de madame Dupont. Cuando después besó los fríos dedos de «su prometida», ésta se negó a mirarle.

—Así que todo está arreglado —dijo en voz baja.

Ella no contestó. Tenía la cabeza inclinada. Lew la tomó de la barbilla y le hizo levantar la cara. Laura se resistió un momento con los ojos cerrados, pero después los abrió y le miró de frente. Él debió ver el odio y el temor que reflejaba su mirada, porque se rió con suavidad. Había en sus ojos un fuego que reveló a la joven que su resistencia sólo conseguiría excitarlo.

—Zarparemos mañana por la noche —repitió Quayle.

—Si no estoy muerta para entonces —contestó Laura y él rió de nuevo.

—Si lo estás —dijo—, te haré regresar de la tumba o de dondequiera que trates de esconderte.

Había una velada amenaza en sus palabras, a pesar de la aparente ligereza, y Laura comprendió que las decía con absoluta seriedad. Le oyó salir de la habitación y bajar por la crujiente escalera. Entonces corrió a refugiarse en su dormitorio.

Se arrojó en la cama, ocultando el rostro en la almohada. Trataba de encontrar alguna forma de escapar; de evitar tener que convertirse en esposa de Lew Quayle. Pero comprendió que no tenía salida alguna.

Hugh pareció comprender lo que estaba sintiendo y, cuando se marchó Yvette, la llamó alzando la voz. Laura acudió a su lado y lo encontró pálido y agotado, debido a tantas emociones. Le ayudó a meterse en la cama y, cuando estuvo ya instalado cómodamente, él levantó una mano y tomó la de su hermana.

—Escúchame, Laura —dijo—. Quiero hablar contigo. Yo sé que piensas que soy duro, tal vez hasta cruel al obligarte a esa boda con Lew. Pero no hay nada más que podamos hacer… ¡nada! Por una parte, debes tener la protección de un hombre que cuide de ti…

—¿Por qué no puedo vivir sola en el castillo?

—Querida mía, tú sabes que eso es imposible. Fue bastante difícil mientras eras una niña. Ahora te has convertido en una mujer. ¿Crees que tendrías un momento de paz o de seguridad, sola con los viejos sirvientes?

Laura cerró los ojos. Aquello era algo que no podía discutir, porque sabía que era verdad. ¿La dejaría Lew en paz? ¿Y no habría otros hombres como él que la considerarían presa fácil, al ver que sólo tenía la protección del viejo Bramwell, que no podría hacer nada para defenderla?

—Aparte de eso, de tu seguridad —continuó Hugh—, está el asunto de la deuda. ¡Son ocho mil libras, Laura! Bastante desgracia es ya que yo llegue a Yvette sin un penique. Pero pedirle una cantidad así al casarnos, sería demasiado. Por otra parte, si no aceptas a Lew, puedes tener la seguridad de que me hará la vida imposible… Se cobrará de algún modo. Él es así; un demonio si se le hace enfurecer.

Laura murmuró, estremeciéndose:

—Eso es lo que me parece a mí: ¡un demonio! Pero quieres ponerme en sus manos.

—Él te ama —dijo Hugh con sencillez—. Tú podrás hacerle cambiar como quieras. Trata de que te guste un poco, Laura. Entonces ya no serán tan difíciles las cosas para ti.

Ella no contestó porque sentía que un nudo le oprimía la garganta.

—¡Si tú supieras lo que Yvette ha sufrido! —añadió él—. Su marido era un monstruo. A pesar de su riqueza, era increíblemente avaro con ella. Y tan celoso que, si sonreía a un mendigo, la acusaba de ser infiel.

Hugh hizo una pequeña pausa y después continuó diciendo:

—Ella lo detestaba y, sin embargo, logró hacer creer al mundo que se llevaban muy bien. Deberías aprender algunas cosas de estas francesitas, saben siempre lo que les conviene. Trata de sacar el mejor partido posible de Lew. Podría tocarte un marido peor que él. Y como está loco por ti, al menos será generoso contigo.

Laura nada dijo y su hermano añadió:

—Es inútil, Laura. Ya sé que tratas de encontrar algún modo para escapar de esto, pero no lo hay. ¿Me oyes? ¡No lo hay! Así que quiero que me prometas algo.

—¿Qué, Hugh? —inquirió ella con voz inexpresiva.

—Que por todo lo que consideras más sagrado, no tratarás de huir de Lew; que te casarás con él y nos salvarás, tanto a ti como a mí. ¡No hay otra forma de hacerlo, Laura! ¡Prométemelo!

Ella cerró los ojos. Era consciente de que si hacía tal promesa, estaría firmando su sentencia de muerte. Hugh la conocía bien y sabía que cumpliría su palabra, sin importar el sacrificio que le costase.

Comprendió, en aquel momento que, en el fondo de su corazón, había abrigado la loca esperanza de que sucediera algo que la salvara en el último instante. Además, fiel al recuerdo de Andrew Chard, quería volver a Inglaterra.

—¡Prométemelo! —insistió Hugh.

—Te… te lo prometo —contestó Laura con voz ahogada, sintiendo que la llama de la, esperanza se apagaba definitivamente. ¡Ya no había salvación para ella!

Hugh le soltó la mano y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Laura se quedó sentada, mirando al mar que, de un tono azul zafiro, se tornaba verde intenso en el horizonte.

¡Más allá estaba Inglaterra! Y también el hombre que ella amaba, al que había entregado el corazón de forma irremediable, aunque él no lo supiera.

Súbitamente, se puso en pie y se dirigió a la puerta.

—¿Adónde vas? —preguntó Hugh.

—Voy a pasear un poco —contestó Laura con cierta irritación—. Quiero tomar el aire y huir de mis pensamientos. No tengas miedo. No escaparé. Te lo he prometido.

Se repitió a sí misma estas palabras al día siguiente, mientras Yvette hacía planes para llevarse a Hugh en un carruaje a su castillo cercano a París.

—Debemos partir poco después del mediodía si queremos llegar Amiens, donde pasaremos la primera noche. Hemos de hacer el viaje en etapas cortas para que Hugh no se fatigue.

—Sí, desde luego —convino Laura.

—Eso significa que se quedará algunas horas sola aquí, antes que el señor Quayle venga a buscarla para llevarla a bordo —dijo Yvette—. ¿Estará bien?

Laura comprendía perfectamente lo que aquella pregunta implicaba.

—Estaré muy bien y aquí seguiré cuando el señor Quayle venga a buscarme —repuso con sequedad.

Yvette le rodeó los hombros con un brazo, con gesto afectuoso.

—No se preocupe tanto, pequeña. Una mujer lista puede hacer de un hombre lo que quiera. Y a usted le será fácil, porque el señor Quayle la ama. Sólo un hombre muy enamorado tendría ese rasgo quijotesco de cancelar una deuda de ocho mil libras.

Suspiró antes de añadir:

—Mi caso fue muy diferente. Edouard se casó conmigo por que quería un heredero. No me amaba y, por desgracia, no fui capaz de satisfacer sus deseos a ese respecto.

—Lo siento —dijo Laura con repentina simpatía.

—¡Oh!, no me compadezca —repuso Yvette—. Ahora tengo a su hermano. Eso es todo lo que quiero de la vida. Cuando Hugh se fue, pensé que me moriría. Me sentía tan desventurada… Pero no había nada, absolutamente nada que pudiera hacer.

Su rostro se ensombreció al recordar el sufrimiento pasado.

—Hugh estuvo alojado durante un tiempo en nuestro castillo. ¿No se lo contó?

—No, no me dijo nada.

—Así fue como nos conocimos —explicó la francesa—. Él y varios oficiales del ejército de ocupación del Duque de Wellington se hospedaron con nosotros. Se portaron de forma muy correcta todos, pero en cuanto vi a Hugh, se estableció entre nosotros… ¿cómo podría explicárselo…? Una corriente inexplicable de emoción, algo que parecía vibrar siempre que estábamos juntos.

Unió las manos sobre el pecho y siguió evocando:

—Logramos robar algunos momentos de felicidad, pero luego Hugh volvió a Inglaterra y yo me quedé sola…, con mi esposo.

Un eco de dolor empañó la alegre voz de Yvette y Laura, impulsivamente, la besó.

—Todo eso ha pasado ya —dijo—. Y me alegro mucho de que Hughie cuente con usted para cuidarle. No debe permitir que vuelva al mal camino. Ahora comprendo que jugaba y gastaba dinero porque se sentía desdichado.

—Le voy a confiar un secreto —dijo Yvette—: Le tendré muy ocupado. Un hombre ocupado no tiene tiempo de hacer diabluras… Recuerde eso siempre, querida.

Yvette Dupont tomó las mayores precauciones para que el viaje de Hugh fuera cómodo. Había cojines especiales en el carruaje, un escabel para descansar los pies, frascos de coñac, agua de colonia y una caja de medicinas que, según ella, habían sido muy eficaces en casos similares.

Cuando se presentó a buscar a Hugh, llevaba un baúl de piel consigo.

—Esto es para usted —dijo a Laura—. Es mi regalo de bodas para que no vaya a su esposo con las manos vacías, sin un trousseau adecuado.

Laura abrió el baúl. En su interior había vestidos, chales y sombreros, todos de última moda.

—No hubo tiempo de hacerlos a su medida —explicó Yvette—. Pero estoy segura de que pueden arreglarse fácilmente.

—¡Qué amable es usted! —exclamó Laura, conmovida.

—No es nada. Sólo un pequeño regalo de su futura cuñada, que va a ser muy feliz… y espera que usted lo sea también.

—Gracias —contestó Laura con voz inexpresiva. El placer inicial de ver aquellas hermosas prendas se desvaneció al recordar para quién iba a usarlas, y para cuyo deleite le habían sido obsequiadas.

—Lo más práctico y útil por el momento —agregó Yvette—, es la capa de viaje. Me temo que ésa no es nueva, pero no puedo dejar que cruce el Canal sin ella.

La sacó del baúl y Laura vio que era, en realidad, un espléndido regalo. De terciopelo azul marino, estaba bordeada de piel gris muy suave, que orlaba también la capucha.

—Hace frío en el mar. —Yvette fingió un estremecimiento—. Yo compré esta capa para cruzar el Canal. Gracias a Dios, ahora que Hugh está aquí, no la necesitaré.

—Yo le agradezco mucho que me la ceda —dijo Laura—. Pero ¿está segura de que no va a necesitarla en cualquier otra ocasión?

—Completamente segura —contestó Yvette, inclinándose para besar a Laura. Después llamó a sus criados y les ordenó que bajaran a Hugh al carruaje.

—Puedo ir por mi propio pie —protestó él.

—¡Nada de eso! —Se opuso Yvette—. Ellos te llevarán. El esfuerzo de bajar esa escalera empinada puede hacerte mal después de tantos días en cama. Haz lo que digo. Cuando lleguemos a casa, ya harás todo el ejercicio que quieras.

Mientras los criados subían la escalera, Laura se dirigió al cuarto de su hermano y le abrazó.

—¡Adiós, Hughie! —dijo—. ¡Rezaré para que seas muy feliz… y te echare mucho de menos!

Su voz se quebró en las últimas palabras.

—Me escribirás, ¿verdad? —dijo el joven—. Cuéntame sobre tu matrimonio y procura que Lew no sea capturado al llevar una de esas cargas. No han podido probarle nada hasta ahora, pero recuerda que es un hombre marcado.

—No lo olvidaré —respondió Laura con voz opaca.

—Adiós entonces —se despidió Hugh, besándola en la mejilla. Después se volvió hacia Yvette, que esperaba en la puerta.

Cuando el carruaje se alejó, Laura se quedó ante la posada, agitando la mano con tristeza. Hugh se había marchado. El único familiar que tenía, se iba de su vida para siempre. Era muy poco probable que volviera a verle nunca.

Subió y empezó a guardar las pocas cosas que poseía en el baúl que había dado Yvette. No quiso cambiarse, sino que se dejó puesto el vestido que se había hecho ella misma por unos cuantos chelines.

Pero la capa le resultaría útil. Abrigaba mucho y, aunque el día era muy soleado, conocía el mar lo suficiente para saber que por la noche soplaría un frío viento.

Pasaba el tiempo y ella esperaba como el prisionero que aguarda el momento de ser conducido al cadalso.

Cuando ya casi había oscurecido, escuchó la voz arrogante de Lew hablando abajo con el posadero. Después le oyó subir la escalera. Todos los nervios de su cuerpo se pusieron en tensión. El corazón le latía como desbocado y los labios se le secaron a causa del miedo.

Lew, como siempre, iba muy bien vestido, con una elegante corbata y una capa sobre los hombros, sujeta por una cadena de oro. Llevaba el alto sombrero de copa un poco inclinado y a ella le pareció más afectado que nunca, pero también imponente.

—¿Estás lista? —preguntó y Laura, aunque hizo un esfuerzo, no pudo contestarle—. Se nota lo feliz que está mi novia de verme… Pero no hay que esperar demasiado entusiasmo ahora. Eso vendrá cuando te haya enseñado, mi querida Laura, a amar…, algo que no has aprendido todavía; es evidente.

La joven advirtió que había estado bebiendo, tal vez celebrando su próximo matrimonio. Y cuando le vio atravesar la habitación en dirección a ella, notó a la luz de las velas que tenía el rostro encendido y que sus ojos brillaban peligrosamente.

—Su humilde servidor, señorita —dijo haciendo una exagerada reverencia, y Laura comprendió que se estaba burlando de ella.

—¿Es hora de irnos? —preguntó, tratando de que su voz sonara fría y tranquila, pero únicamente logró que fuera titubeante y temerosa.

—Sí, ha llegado el momento de marcharnos —contestó él—. ¿No te atrae la idea de ver otra vez Inglaterra? ¿De volver a Ruckley? ¡Estarás de nuevo en tu propia casa, en el castillo que vas a compartir conmigo, el nuevo dueño!

Laura aspiró una bocanada de aire y apretó los puños. Él estaba tratando de que perdiera los estribos y ella decidió no hacer ni decir nada que le excitara más aún.

—Mi baúl está listo —dijo, señalándolo—. ¿No debemos irnos ya?

—Todo a su tiempo, cariño… No me has saludado con mucha cordialidad que digamos.

—Estaba pensando que es tarde —contestó Laura—. Debemos aprovechar la marea, ¿no es cierto?

Quayle se echó a reír con suavidad y Laura comprendió que estaba jugando con ella como un gato con un ratón indefenso.

—¡Tan práctica! ¡Tan sensata!… —exclamó—. ¡Qué útil vas a ser como esposa! Creo que realmente vales en oro lo que pesas; es decir, las ocho mil libras que he pagado por ti.

Laura sintió como si la hubiera abofeteado. El insulto era más de lo que podía resistir, pero se obligó a contenerse.

—Debemos irnos —dijo—. Tal vez pueda mandar a un hombre que baje mi baúl.

Trató de pasar frente a él pero, al dar el primer paso, comprendió que había cometido un error. Lew la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí, riendo.

—Un beso antes de marcharnos. Y no es que no vaya a haber tiempo para muchos besos cuando lleguemos a Inglaterra. ¿No te emociona pensar en mañana por la noche, cuando lleves mi nombre y estemos solos en la cámara nupcial de Ruckley, ya sin ningún secreto entre nosotros?

Laura trató de mantenerse tranquila y mostrarse accesible, pero no lo consiguió. Un momento después, estaba forcejeando con él, golpeándole el pecho con los puños, tratando de liberarse de aquellos brazos que la apretaban hasta dejarla sin aliento.

—¡Suélteme!

Era el grito de un niño asustado de la oscuridad.

—¡Por favor… suélteme!

Su voz se perdió bajo la presión de los labios de Quayle que, candentes, devoradores, la retenían agotando sus fuerzas y silenciando sus protestas. Pensó que se estaba ahogando, en un mar cenagoso del que nadie podía rescatarla. Pero cuando creyó que iba a sumergirse en la más abyecta profundidad del horror y la desesperación, él la soltó.

—No hay tiempo ahora —dijo con voz jadeante—. Y como has dicho, la marea nos espera.

La besó una vez más, antes de empujarla lejos con violencia, como si ella le hubiera provocado.

Laura se tambaleó un momento y después, al ver el rostro de Lew distorsionado por la lujuria, escapó aprisa por la escalera.

Cuando Lew descendió a su vez, ordenó que bajaran el baúl. Ella, al sentir el aire fresco de la noche en sus mejillas, pensó en seguir corriendo y arrojarse al mar… Era preferible morir a seguir sufriendo de aquel modo…

Pero entonces recordó la solemne promesa que había hecho a Hugh. ¡Tendría que casarse con Lew Quayle!