Capítulo 5
Andrew Chard subió con lentitud la escalera, fijos sus ojos en Laura. Ella hubiera querido volverse y correr hacia su habitación, pero no pudo moverse. Se quedó como paralizada, hasta que él llegó a lo alto de la escalera y recorrió los pocos pasos que los separaban. Laura permanecía apoyada en el barandal con una mano y, con la otra, sostenía la pequeña jofaina.
Cuando, le vio acercarse, su altura y su aspecto fornido le parecieron impresionantes. Él, con expresión grave y seria, clavaba aún los ojos en su rostro con expresión interrogante.
—He estado pensando en usted —dijo de nuevo.
—Yo… yo me siento muy honrada, milord —tartamudeó Laura—, de… ocupar sus pensamientos.
—Considero que su vida aquí es muy extraña —comentó él de forma inesperada—. Una jovencita como usted, sola en este gran castillo, sin ninguna persona de respeto que la proteja… No está bien.
A Laura le pareció percibir cierto resentimiento en aquellas palabras convencionales.
—Tengo a… Hughie —murmuró.
—¿Y él está aquí con frecuencia? —preguntó Lord Chard y añadió al momento—: No. Su hermano disfruta de las alegrías de St. James. Pero ¿qué me dice de usted? ¿No debería divertirse también en Londres?
—No, detestaría esa agitada vida del «gran mundo» —contestó Laura—. Además, no tengo la ropa adecuada, ni nadie de importancia que me presente en sociedad. No, éste es el lugar adecuado para mí: las soledades de Sussex.
—¿Cómo puede estar segura de eso? No es más que una niña. Londres es siempre muy atractivo para una muchacha tan hermosa como usted.
—Yo creo, milord, que… que usted me está adulando —logró decir Laura, que jamás se había considerado ni siquiera bonita.
—No, de ninguna manera —protestó él—. Estoy convencido de que usted disfrutaría de Londres y causaría allí sensación, si se lo propusiera.
—Ahora se está burlando de mí —replicó Laura, algo resentida.
—Hablo con toda seriedad —declaró Andrew Chard—. ¿Quiere que yo arregle las cosas por usted? Puedo pedir a mi hermana, mejor aún, a mi abuela, que pase usted el resto de la temporada con ella.
No había la menor duda de que él hablaba con sinceridad y Laura se sintió de pronto conmovida.
—Creo que Su Señoría es realmente muy bondadoso. Pero le aseguro que en Londres me sentiría como un pez fuera del agua. Yo soy muy feliz aquí. Amo mi hogar y nunca me siento sola, ni siquiera cuando Hughie se ausenta durante… algún tiempo.
—Pero no es vida normal para una muchacha.
—Tal vez no para la gente que usted conoce, milord. Pero yo soy como era mi padre: de gustos muy simples. Sólo Hughie anheló siempre conocer el mundo y divertirse. Nosotros nos sentíamos contentos en la granja, con nuestros cerdos, ovejas y vacas, y con la compañía de las personas empleadas aquí, que nos han servido fielmente durante muchos años.
—¿Y su hermano no se siente satisfecho con eso? ¿Ni siquiera cuando volvió a casa después de la guerra? —preguntó Andrew Chard y su tono parecía tener un significado.
—Yo… debo irme, milord —dijo Laura, sintiendo que estaba pisando un terreno peligroso—. Tengo muchas cosas que hacer. Gracias de nuevo por su amable oferta. No me crea ingrata, pero es que… soy como las flores silvestres que encontrará en las dunas: trasplántelas y morirán.
—Discutiremos eso en otra ocasión —observó él como si no aceptara su decisión final.
—Seguiré diciendo lo mismo —advirtió Laura, sonriéndole—. Pero gracias de todos modos.
Cuando se disponía a marcharse, Laura rozó casualmente con la mano la levita de él y se estremeció.
—¡Está usted empapado, milord! No me había dado cuenta de que estaba lloviendo. Por favor, vaya a cambiarse de ropa. Lamentaría que se resfriara.
—En Francia resistí muchas tormentas a la intemperie. En realidad, no habría vuelto de no ser por su hermano y Nicholas, empeñados en que no se podía cabalgar bajo la lluvia.
—Tenían razón —señaló con decisión—. ¿Qué objeto tiene que arriesgue usted su salud? Por favor, quítese esas ropas ahora mismo. Enviaré alguien a su habitación para que encienda el fuego de modo que puedan secarse.
—Eso, desde luego, sería lo más sensato —convino él con una sonrisa—. ¿La veré más tarde?
—Sí, por supuesto —contestó Laura, antes de alejarse apresuradamente para ir a la habitación de Hugh. Llamó brevemente a la puerta y entró sin esperar la respuesta de su hermano. Encontró a éste renegando porque su ropa de montar se le había mojado con la lluvia.
Laura le ayudó a desprenderse de la levita, diciéndole algunas frases tranquilizadoras y prometiéndole que se encargaría de secarla. De pronto, recordando el propósito de su visita, miró por encima del hombro para asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada y murmuró en voz baja:
—Hughie tengo algo que decirte.
—¿Qué es? ¿Pasa algo malo?
Ella percibió la ansiedad que expresaban esas palabras. Instintivamente, rodeó a Hugh con los brazos e hizo que reposara la cabeza sobre su pecho.
—¡Oh, Hughie! —dijo con suavidad—. No me gusta preocuparte. Tienes ya tantos problemas…
—¡Así es! Pero ¿qué pasa ahora? —exclamó él, incorporándose—. ¡No me ocultes nada!
—Por supuesto que no —contestó Laura con un suspiro—. Pero no te va a gustar lo que he de decirte. Lew Quayle trajo a un hombre herido aquí. Está en el cuarto verde, al fondo del pasillo.
—¡Un hombre herido! ¡Por todos los…! ¡Esto es el colmo! ¿Se ha vuelto loco Lew o qué le pasa?
—No sabía qué hacer con él —explicó Laura—. Él dice que fue un accidente, que ese hombre se hirió al limpiar un arma, pero yo creo que estaba peleando con alguno de los contrabandistas en la cueva. De cualquier modo, la herida se le ha infectado y tiene fiebre.
—¡Pero demonios, podía haberlo llevado a otra parte!
—Quayle decidió que si las autoridades lo veían con un balazo, le detendrían para interrogarlo. ¿Qué labriego puede tener un arma de fuego por aquí?
—Sí, Lew no es ningún tonto —admitió Hugh—. ¡Pero me pone nervioso tener a un hombre herido en la casa, con Chard husmeando por todas partes!
—Eso fue lo que le dije a él. Pero el hombre está inconsciente, o más bien, delira. Voy a darle una infusión de hierbas que le quitará la fiebre. Tal vez mañana esté lo bastante bien para volver a su casa. No creo que Su Señoría penetre en ninguna habitación sin pedir permiso.
—No, en eso tienes razón —contestó Hugh—. No parece andar espiando. Pero, al mismo tiempo, no se le escapa nada. Así que no te dejes engañar por él. Está buscando pruebas contra nosotros y si existen, las encontrará.
—Mucho me temo que así sea —convino Laura, sintiendo que se le encogía el corazón al pensarlo—. Y por eso Lew Quayle no debe andar por aquí. Tienes que decirle, Hughie, que no venga por aquí. Lo encontré esta tarde sentado en mi habitación.
Su voz temblaba. Sentía de nuevo toda la indignación y el horror que había experimentado al descubrir a Quayle en su alcoba.
—No lo soporto, Hughie, ¿me oyes? No puedo permitir que considere esta casa como suya, que entre y salga a su antojo, y mucho menos que crea que tiene derecho a meterse en mi dormitorio.
—Supongo que consideró que era el lugar más seguro para esperarte —dijo Hugh tranquilamente—. Tenía que sentarse en algún sitio, ¿no?
—Pero no en mi habitación. ¡Nunca más! —replicó ella—. Voy a cerrar mi puerta con llave y me echaré ésta al bolsillo. Tendrás que decírselo, Hughie, ¿me oyes? ¡Dile claramente que no tiene por qué venir aquí!
—Está bien, está bien, no necesitas enfadarte tanto —exclamó Hugh, poniendo las manos en los hombros de su hermana en un gesto afectuoso—. Sé que Lew es un poco atrevido, pero es un hombre de vital importancia para mí…, para nosotros; de modo que no podemos darnos el lujo de ofenderle. Pero le diré que saque a ese herido de aquí cuanto antes.
—Bien. Ahora debo irme. Le prepararé una tisana para quitarle la fiebre y luego, bien vendado, se puede ir a casa. ¿Harás que se lo lleven, Hughie? Promételo.
—Por supuesto que me encargaré de todo. Y haré que Lew esconda a sus hombres en otra parte. Es muy peligroso que los tengamos aquí.
Laura iba a decir algo, pero luego cambió de opinión. Se dio cuenta de que Hugh no la había comprendido. No le preocupaba que Lew entrara o no en la casa, ni que invadiera el dormitorio de ella a su antojo. Sólo le preocupaba el peligro que pudiera correr él mismo.
Se dirigió rápidamente a su alcoba para buscar las hierbas que necesitaba, bajó a la cocina, preparó el cocimiento y después subió al cuarto verde.
El hombre aún deliraba; la fiebre había aumentado y él movía la cabeza de un lado a otro, mientras las gotas de sudor perlaban su frente cobriza. Era evidente que tenía sed y, cuando Laura le alzó la cabeza, bebió con ansia el contenido de la taza que ella había acercado a sus labios.
Ella había visto, en ocasiones anteriores, cuál era el efecto de las hierbas y sabía con exactitud lo que sucedería. En poco tiempo, el herido caería en un sueño profundo y la fiebre empezaría a ceder. Seis u ocho horas después despertaría, sintiéndose muy débil, pero con la cabeza despejada. La inflamación de la herida habría empezado a reducirse y ya no tendría fiebre.
Laura tomó una jarra con agua y un vaso y lo puso junto a la cama. Después, observando que la respiración del hombre se hacía cada vez más rítmica, salió de la habitación, cerrando la puerta con cuidado.
Cuando regresó a su habitación, se dio cuenta de que ya casi era hora de cenar. Sacó del armario un vestido de batista, y acababa de ponérselo cuando la puerta se abrió y Hugh entró de prisa, quedándose en silencio un momento, como si sospechara que le habían seguido. Luego, con los ojos brillantes por la excitación, se volvió hacia su hermana.
—¡Laura, van a mover la carga esta noche! Sin importar lo que suceda, debemos tener a Chard entretenido y no dejar que asome las narices fuera de la casa.
—Pero… es demasiado riesgo, ¿no?
—¡Claro que lo es! Pero Lew dice que no podemos esperar más tiempo. Tenemos otra carga esperando en Dieppe y la bahía debe ser despejada. Dice que no hay señales de los hombres de la aduana, ni de los dragones. Ha apostado vigías todo el día y el lugar está más tranquilo que un cementerio.
Laura se estremeció ante aquella comparación. Se acercó a la ventana y comprobó que todavía seguía lloviendo.
—No creo que Su Señoría se aventure en una noche así —comentó.
—Tenemos que asegurarnos de que no lo haga. Es tu turno, querida.
—¿Por qué el mío? —preguntó ella, sobresaltada.
—Debes entretenerlo, tenerle divertido. Lew está seguro de que puedes hacerlo si te lo propones.
—¿Lew? ¡No voy a aceptar órdenes suyas! —exclamó Laura, muy enfadada.
—Vamos, querida, no te pongas así —suplicó su hermano—. Tú sabes lo que esto significa para mí. Si Chard asoma las narices y ve a los hombres en la playa… bueno, me enviará a las colinas por lo menos, y tú lo sabes.
—Sí, sí —exclamó ella—. No podemos permitir que eso ocurra… ¿Crees que todo saldrá bien? ¿Que nadie los verá?
—¡Tiene que salir bien! —dijo Hugh con vehemencia—. ¡Cielos, Laura, cuando pienso lo que hay en juego, me siento enfermo!
—Todo saldrá bien —le tranquilizó Laura, acercándose a él para ponerle una mano en el brazo—. Lew no arriesgará su vida, y tú estarás aquí, en casa, ¿no es cierto?
Hugh asintió con la cabeza.
—No me atrevo a salir. Chard vería con desconfianza que yo desapareciera después de la cena. Pero no sé cómo voy a distraerlo. No bebe, no quiere jugar a las cartas…
—Tú y el señor Weston podéis jugar —sugirió Laura—. Él es mucho más peligroso que Lord Chard, cuando de espiar se trata. Tenlo ocupado y yo me encargaré de entretener a Su Señoría.
Laura se sintió avergonzada, porque aquella tarea le parecía muy grata en realidad. Hugh se inclinó y la besó en la mejilla.
—Eres muy buena, hermanita —dijo—. Y si logramos retirar ese cargamento, habrá de nuevo dinero en mis bolsillos.
Hablaba con repentino entusiasmo y Laura se apresuró a decir:
—Hughie, debes prometerme una cosa: que le pagarás a Lew con lo que ganes en esta operación.
—¡Malditas deudas! —exclamó Hugh y Laura notó que su entusiasmo había desaparecido—. Cuando tengo dinero en las manos, lo único que quiero es disfrutarlo.
—Sí, lo sé —dijo Laura en tono tranquilizador, como si estuviera hablando con un niño—. Pero tienes que pagar primero a Lew. Tú mismo dijiste que con las ganancias de dos o tres alijos saldarías la cuenta.
Hugh le besó la mejilla de nuevo.
—¡No tengo que preocuparme por Lew! —le aseguró—. Mientras tú seas amable con él, seguirá esperando. No olvides lo que te dije: tienes que mostrarte menos arisca.
—No puedo… —empezó a decir ella, pero. Hugh la interrumpió con una exclamación, alegando que era ya muy tarde y que llegarían con retraso a la cena.
Salió del dormitorio de Laura, cerrando la puerta tras de sí. Ella se miró en el espejo. El vestido de batista blanca le quedaba demasiado ceñido, decidió, contemplándose con aire crítico. Vestida así no le parecería atractiva ni a un mozo de las caballerizas. Se sentó frente al tocador y trató de arreglarse el cabello de modo más elegante, pero los rebeldes rizos que le caían alrededor de la cara hacían que sus atribulados ojos se vieran demasiado grandes en su pequeño rostro.
Lord Chard estaba ya en el salón cuando Laura llegó. Se había puesto pantalones blancos y una levita de satén azul. Su aspecto era tan resplandeciente, que Laura se sintió peor vestida que nunca.
—Espero que me perdone por haberme servido una copa de Madeira —dijo él.
—Yo soy la que debo ofrecerle excusas por no haber estado antes aquí para atenderle.
Laura bajó los ojos, pues la turbaba la intensa mirada de él. Siguió un profundo silencio, cargado de significativos secretos y de palabras que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar. Para disimular su miedo, Laura dijo al fin:
—Todavía está lloviendo. ¡Pobre de la gente que tenga que salir esta noche! Aunque con este tiempo, dudo que alguien lo intente.
—Siempre hay quien tienen cosas que hacer, llueva o truene.
—Sí, supongo que sí —concedió Laura, tratando de imaginar quién podía salir en una noche así, como no fueran los contrabandistas.
—Éste debe ser un lugar muy solitario en invierno.
—Sí, y puede resultar impresionante cuando hay tormenta —admitió Laura—. El viento silba alrededor de la casa y algunas veces parece el grito de alguien que quisiera entrar. Me asusto cuando lo oigo, he de reconocerlo.
—Pero aun así no quiere ir a Londres…
—No, a Londres no. Eso me daría todavía más miedo que pasar una tormenta aquí.
—Sí, creo que estaría fuera de lugar en Londres —dijo Andrew Chard de pronto, y al ver que ella lo miraba asombrada, continuó diciendo—: Usted es diferente de toda la gente que hay allí. Algunas veces me pregunto si es realmente humana; si no será una ninfa que ha escapado de la neblina del río, o de la cresta blanca de las olas que se estrellan contra los acantilados.
—Quisiera ser cualquiera de esas cosas —dijo Laura sonriendo—. Pero temo que soy muy humana, milord, y que tengo todas las debilidades y problemas de un ser humano.
—¿Por qué no deja esos problemas aquí y me permite mostrarle un mundo diferente?
Laura percibió un matiz de preocupación en la voz masculina que no había escuchado antes. Una vez más, los ojos de él la mantenían cautiva, despertando algo extraño y emocionante en su interior. No sabía lo que era…; sólo sabía que anhelaba escuchar lo que Andrew Chard tenía que decirle.
—¿Me lo permitiría? —preguntó él con mucha suavidad.
—¡Si llego tarde, le ruego me disculpe, señorita Ruckley! —dijo una voz desagradable desde la puerta y Laura se volvió con un estremecimiento para ver a Nicholas Weston, que avanzaba hacia ellos.
—No, no llega con retraso, señor Weston —contestó ella después de un momento, cuando logró ordenar de nuevo sus pensamientos y recordar quién era Lord Chard y qué estaba haciendo allí. Le parecía haber despertado bruscamente de un sueño.
—Creo, milord, que me he resfriado —dijo Nicholas Weston—. No debimos quedarnos tanto tiempo afuera, bajo la lluvia.
—Te estás volviendo demasiado delicado, Nicholas. Eso es lo que sucede —comentó Lord Chard.
Hugh apareció unos momentos después y, cuando todos estuvieron reunidos, Bramwell anunció la cena y pasaron al comedor.
A diferencia de la noche anterior, la comida resultó infame y Laura tuvo que explicar que sus sirvientes eran ya muy viejos y a veces fallaban en el cumplimiento de sus obligaciones.
—Comprendo muy bien sus dificultades —comentó Andrew Chard, sonriendo—. Y como ya les he dado demasiadas molestias, tengo una proposición que hacerles. Se trata, en realidad, de una invitación: quisiera que usted y su hermano fueran conmigo mañana a Clantonbury. Mi hermana habrá regresado sin duda de Londres y estoy seguro de que se mostrará encantada de recibirles.
—¡Caramba! —exclamó Hugh desde el otro lado de la mesa—. ¡Es una espléndida invitación!
Miró a Laura al decir esto y ella comprendió, por el brillo repentino de sus ojos, que estaba encantado con la idea. No era tan tonta como para no comprender la razón. La sugerencia de Lord Chard eliminaba el peligro que él representaba y la segunda carga llegaría sin problemas.
—Siempre he deseado conocer Clantonbury —declaró Hugh—. He oído que es una finca espléndida. Weston me estaba diciendo hace un rato que costó casi un cuarto de millón de libras. ¿Es posible?
—Me imagino que la cifra aproximada es ésa —contestó Lord Chard—. La casa fue construida por el difunto Duque, quien recorrió el mundo entero buscando tesoros para decorarla.
—Yo, desde luego, acepto la invitación de muy buen grado —dijo Hugh—. Por mi parte, podríamos partir ahora mismo.
—¿Y qué dice la señorita Ruckley? —preguntó Andrew Chard, volviéndose hacia ella.
—Sí, gracias; es muy amable por su parte —contestó Laura. No podía hacer otra cosa, pues los ojos de Hugh estaban clavados en ella. Pero, cuando se dirigía al salón, pensó desolada qué aspecto ofrecería en comparación con la Duquesa y sus elegantes amigas, con sólo dos vestidos, ninguno de los cuales era particularmente bonito.
Cuando los caballeros se reunieron con ella, Hugh y Nicholas Weston se instalaron en una mesita a jugar a las cartas, mientras Lord Chard se sentaba junto a Laura en el sofá. Ella había cogido su bordado, a fin de tener ocupadas las manos y no verse obligada a mirar a los ojos a su invitado.
—Borda usted exquisitamente —dijo él al cabo de unos momentos.
—Me gusta mucho hacerlo —contestó Laura—. Estoy tratando de hacer cubiertas nuevas para las sillas del comedor, pero me llevará mucho tiempo.
Miró hacia donde Hugh y Nicholas Weston jugaban a las cartas y, cuando comprendió que estaban demasiado enfrascados en el juego para escucharla, se inclinó hacia delante y susurró:
—Milord, tengo algo que pedirle.
—¿Qué es? —preguntó Andrew Chard y ella tuvo la impresión de que se ponía alerta de pronto.
—No me haga ir a Clantonbury —rogó—. Llévese a Hughie… Él disfrutará viendo la propiedad. Pero yo prefiero quedarme aquí.
—¿Y si yo le dijera que la única razón de que les haya invitado es porque deseo que conozca usted a mi hermana y vea su casa?
—Es muy amable por su parte, pero no puedo…
Andrew Chard se inclinó hacia delante y puso una mano sobre la de ella. Laura se quedó inmóvil al sentir su contacto y no pudo decir más. No imaginaba que los dedos de él pudieran ser tan fuertes y al mismo tiempo tan cálidos y confortadores.
—¿Qué le ocurre? ¿Por qué no quiere visitar a mi hermana?
—Es que… no tengo nada… que ponerme —tartamudeó Laura.
Los dedos de él oprimieron los suyos por un momento. Era evidente que no esperaba aquella respuesta.
—No necesita preocuparse por eso —dijo—. Creo que mi hermana usa la misma talla que usted, aunque en otros sentidos son muy distintas. Pienso que estará encantada de prestarle cuanto necesite. En realidad, será un placer para ella. Le encanta la ropa y, además, siempre está intercambiando con sus amigas sombreros, collares y chales.
—Con sus amigas es muy diferente. Además, tal vez yo no le sea simpática.
—Conozco demasiado bien a mi hermana —contestó Andrew Chard—. Puedo prometerle que la querrá mucho.
La firmeza de su tono hizo que Laura guardara silencio por un momento. Y cuando iba a protestar de nuevo, la mano de él volvió a cubrir la suya.
—Confíe en mí. Le prometo que todos esos problemas se resolverán. Su hermano quiere visitar Clantonbury y yo deseo, sobre todo, que usted venga y conozca a mi hermana. Dejemos que los pequeños detalles se resuelvan por sí solos.
Laura sintió que su corazón palpitaba con fuerza al sentir la presión de los dedos masculinos. Él le soltó la mano, pero no dejó de mirarla.
—Todo está arreglado, entonces —dijo con suavidad y ella comprendió que ya no podía objetar nada más—. Sé que usted toca el piano: interprete algo para mí. Estuve mirando las piezas que guarda esta mañana y advertí que hay muchas que no escucho desde niño. Eran las que mi madre solía tocar cuando yo estaba enfermo. Me gustaría oírlas e nuevo.
Sin voluntad para oponerse a nada que él le pidiera, Laura dejó el bordado y se dirigió al piano.
Tocó suavemente para no molestar a Hugh y a Nicholas Weston.
Al cabo de un rato, Andrew Chard se acercó y se inclinó sobre el piano, para ver a la joven de cerca.
Laura tocó pieza tras pieza; no sólo las que tenía en el atril, sino también otras que ella misma había compuesto. Era la música que interpretaba cuando estaba sola en el castillo. En tales ocasiones, las velas se agotaban y Laura seguía tocando en la oscuridad.
Con la música expresaba todo cuanto pensaba acerca de la vida, de su hogar, del mar y de todas las cosas que soñaba y de las cuales encontraba eco en los libros que leía.
Al principio, tocó con cierta timidez porque Lord Chard estaba escuchando, pero, después de un rato, al ver el creciente interés de él, le dijo por medio del teclado todas las cosas que nunca había dicho antes a nadie y que, quizá, nadie comprendería nunca.
Era ya muy tarde cuando dejó de tocar y las blancas manos cayeron sobre su regazo.
—¡Gracias! —exclamó Andrew Chard y el tono de su voz expresó mucho más que la escueta palabra.
Ella se levantó del escabel en el momento que Hugh abandonaba la mesa de juego.
—¡Caramba, Weston me ha dejado sin blanca! —exclamó—. Si sigo jugando perderé hasta los pantalones. ¡Además, tengo sueño! Me voy a la cama.
—Yo también —dijo Weston—. Siento la garganta un poco irritada.
Laura tomó uno de los candelabros que Bramwell había dispuesto sobre una mesa junto a la puerta. Lord Chard se lo encendió y, como ella se disponía también a retirarse, le abrió la puerta.
Laura dio las buenas noches y, cruzando el vestíbulo, subió la escalera, contemplando las extrañas sombras que proyectaba la luz de las velas en el techo.
Abrió la puerta de su dormitorio con suavidad. Se desnudó y se metió en la cama, sintiéndose extrañamente feliz. Apenas su cabeza tocó la almohada, se hundió en un profundo sueño.
Despertó de pronto al sentir que llamaban a la puerta suavemente pero con insistencia. Recordó que había cerrado con llave y supuso que era Hugh quien deseaba verla a tales horas.
«Tal vez algo haya salido mal», pensó. Invadida por un repentino pánico, se levantó de la cama, se echó sobre el camisón el chal blanco que solía usar y se dirigió a la puerta. Dio la vuelta a la llave y abrió. Las velas encendidas en el pasillo todavía seguían ardiendo y arrojaban suficiente luz para que ella pudiera distinguir quién esperaba frente a su alcoba.
Lanzó un grito ahogado cuando Lew Quayle, que llevaba algo pesado en los hombros, la empujó para entrar en su habitación.
—¿Por qué cerró la puerta con llave? —preguntó el hombre—. Es muy peligroso. Temí despertar a alguien llamando a la puerta.
—¿Qué quiere? —preguntó ella—. No tiene derecho a venir aquí. Le dije a Hughie que no lo quería en la casa.
—Sí, recibí su mensaje —dijo él y, aunque no podía verle la cara porque la habitación estaba a oscuras, Laura comprendió que estaba sonriendo.
Quayle depositó algo en el suelo y, antes que ella comprendiera qué estaba haciendo, había tomado un candelabro del tocador para ir a encenderlo en el pasillo. Volvió a entrar, cerró la puerta y colocó el candelabro en el tocador.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Laura—. ¿Y qué trae ahí?
Bajó la vista, mirando lo que él había depositado en el suelo y advirtió que se trataba de dos rollos de tela.
—Le he traído un regalo —dijo Lew.
—¿Y para eso ha venido aquí? —preguntó Laura, asombrada.
—Debe agradecérmelo. Me dijo que había quemado el vestido que le regalé. Bueno, le he traído tela suficiente para que se haga otro. ¡Mírela! ¡Directamente de París!
Laura abrió los rollos y, en un instante, la habitación se llenó con el esplendor del Oriente. Había una gran pieza de tela plateada, que lanzaba destellos a la luz de las velas. La otra era de satén recamado con pedrería. Laura sabía muy bien que aquellos materiales valdrían su peso en oro cuando llegaran a Londres, donde las damas de la alta sociedad sólo querían usar vestidos hechos con telas francesas.
Ella lo miró todo con incredulidad y luego preguntó en voz baja, conteniendo su irritación:
—¿De veras cree que yo aceptaría un regalo de usted? ¿De veras cree que voy a aceptar esto, cuando ha arriesgado la vida de tantos hombres y la libertad de Hughie, para traerlo de contrabando?
—Creo que es usted mujer —contestó Lew—. ¿Y qué mujer rechazaría estas telas? Nunca había visto yo nada más fino. ¡Imagínese lo que valen!
—Sería lo mismo aunque estuvieran cubiertas de diamantes —contestó Laura—. No las quiero. Lléveselas de aquí.
—¿Lo dice de veras? —preguntó Lew y en sus ojos hubo un destello de cólera.
—¿No he hablado bastante claro? ¡No quiero sus regalos, ni quiero que entre usted a esta casa!
Al decir esto en tono desafiante, recordó que Hugh le había suplicado que fuera amable con Lew, por lo que trató de mostrarse menos áspera.
—Es demasiado peligroso —añadió—. No debe correr estos riesgos. Es muy amable al pensar en mí, pero le suplico que se lleve estas cosas de aquí.
—Así está mejor —dijo Lew—. Ya se va ablandando, ¿eh? Lo sabía… Imagínese vestida con esta tela plateada… piense cómo se vería en contraste con la blancura de su piel y el oro de su cabello. Venga, vamos a verla en el espejo.
Desenrolló un buen trozo de aquella tela y, antes de que ella pudiera evitarlo se la echó sobre los hombros. Después la hizo volverse para que pudiera mirarse en el espejo. Laura contempló su imagen: el cabello algo revuelto, el rostro pálido y asustado… y detrás vio el rostro de Lew, sus labios sensuales, el fuego de sus ojos…
—¡No! —dijo, tratando de volverse.
Pero era demasiado tarde. Los brazos de él ya la habían rodeado y la estrechaban con fuerza.
—¡Parece una reina! —exclamó—. ¡Y eso es lo que voy a hacer de usted…, la reina de la costa!
Sus labios estaban ahora muy cerca, pero Laura, con una fuerza casi sobrehumana que no creía poseer, se desprendió de sus brazos.
—¡Suélteme! —gritó y él trató inútilmente de detenerla, porque la tela se interponía entre ellos e hizo que sus dedos se resbalaran. Tanto la tela como el chal cayeron al suelo, mientras ella echaba a correr.
Laura abrió la puerta rápidamente y corrió por el pasillo hacia la habitación de Hugh. Abrió la puerta del dormitorio de su hermano y la cerró tras de sí, buscando con manos temblorosas el cerrojo. Después, en la oscuridad, se acercó a la cama y se dejó caer sentada en ella. Su agitada respiración era entrecortada por los sollozos y su corazón latía de tal modo, que parecía estar a punto de salírsele del pecho.
—¡Hughie! —exclamó con voz que se estrangulaba en su garganta—. Lew está de nuevo en mi dormitorio. Me… me ha traído regalos, telas de Francia… He tratado de ser amable con él… ¡pero no puedo! ¡Me da miedo, Hughie, me aterroriza! Tienes que decirle de una vez por todas que se vaya. No puedo soportarlo. ¡No puedo seguir luchando y escapando de él… sabiendo que… volverá!…
Lanzó un sollozo conmovedor antes de continuar:
—Sí, Hughie, volverá porque está decidido… a tenerme, tarde o temprano. ¡No lo permitas! Por favor, Hughie, ¡no lo permitas!
Su voz se quebró, mientras las lágrimas brotaban incontenibles de sus ojos. Se arrojó hacia delante, para asirse a los hombros de su hermano. Pero, entonces un grito se ahogó en su garganta y oyó una voz grave y tranquila que decía en la oscuridad:
—Me temo que no soy Hugh.
Laura se sintió como si toda la sangre hubiera escapado de su cuerpo.
¡Era a Lord Chard a quien había dirigido sus súplicas!