Capítulo 2

A Hugh se le estaban subiendo las copas a la cabeza. Laura, que lo observaba desde el extremo opuesto de la mesa, se sentía cada vez más tensa, a medida que la voz de su hermano aumentaba de volumen y sus carcajadas se hacían más frecuentes.

El joven había querido embriagar a Lord Chard, pero el vino no le causaba a éste, en apariencia, el menor efecto. Hugh y el señor Weston, en cambio, estaban casi ebrios.

Ahora el secretario parecía una persona diferente; había perdido su aire de desconfianza y se mostraba afable. El Oporto y el coñac habían soltado en él cadenas invisibles.

La conversación había versado, en su mayor parte, sobre la guerra. Se contaron anécdotas sobre amigos y conocidos mutuos que hicieron reír a Hugh estrepitosamente y que, en ocasiones, provocaban una leve sonrisa en Lord Chard.

En cualquier otra circunstancia, Laura habría disfrutado de la reunión. Le agradaba oír hablar a Hugh de sus experiencias y verle feliz. Pero ahora estaba demasiado nerviosa para concentrarse en otra cosa que no fuera la forma en que se servía la comida y en que las manecillas del reloj avanzaban implacables.

La cena resultó mejor de lo que esperaba. La señora Barnes parecía haber hecho milagros y logró servir una pierna de cordero, dos pollos asados y una gallina de Guinea con salsa de champiñones, además de los pichones que preparó la señora Mildew, y que resultaron tan deliciosos que hasta el propio Lord Chard pidió una segunda ración.

De postre tomaron fresas cultivadas en su propio jardín, con crema de la granja. Laura pensó con alivio que Hugh no tendría que dar excusas a sus invitados por la comida.

Ella intervino poco en la conversación. Casi no se atrevía a mirar a Lord Chard, después de haberse perturbado tanto cuando él le preguntó por qué tenía miedo. Había recordado en aquel momento que, a pesar de la favorable impresión que le había causado, él era su enemigo; más peligroso quizá por ser un hombre tan agradable.

Se alegraba ahora de haber sido lo bastante lista como para ocultar la angustia que le causaba su inesperada pregunta.

—¿Miedo, milord? —había preguntado con expresión inocente—. No tengo miedo, pero me siento un poco nerviosa por la llegada de Su Señoría. Nos ha dispensado un gran honor, teniendo en cuenta que hay muchas otras casas más grandes y cómodas a su disposición. Pero me temo que estamos mal preparados para recibirle.

—Le aseguro que no busco un hospedaje lujoso —contestó Andrew Chard.

—Es un alivio saberlo.

—¿Usted lleva sola esta enorme casa? Me parece muy joven para una carga tan pesada.

—No hay nadie más —contestó Laura—. Mi madre murió hace diez años, cuando yo todavía era una niña. Cuidé del castillo hasta la muerte de mi padre y ahora seguiré haciéndolo, hasta que mi hermano se case.

—¿Y no se siente sola aquí?

—¿Por qué iba a sentirme sola? Es mi hogar.

—Y está situado en un lugar encantador, si me permite decirlo.

Lord Chard se dirigió a la ventana para contemplar el mar, que brillaba con tonalidades de esmeralda y zafiro bajo la luz vespertina.

El castillo de Ruckley estaba en lo alto del pueblo, por encima del río, y a la mitad de un acantilado, pero protegido al mismo tiempo por la elevación de la tierra y por los, árboles que lo rodeaban. Podía ser un lugar muy frío cuando soplaba el viento pero, en las tardes veraniegas, no había nada más hermoso que la amplia extensión que cubrían las dunas de Sussex y, más allá, el Canal de la Mancha. Por el lado norte, se admiraba el camino serpenteante que conducía a la población, serpenteando entre campos llenos de verdor.

—¿No había visitado usted nunca Sussex? —preguntó ella con el corazón palpitante, porque sabía con exactitud lo que Lord Chard quería insinuar al decir que el castillo estaba situado en un lugar encantador.

—Sí, he venido por aquí con frecuencia —contestó él—. Mi hermana vive no muy lejos. Tal vez haya oído hablar de su casa, Clantonbury.

—¿Quiere decir que la Duquesa de Clantonbury es su hermana? —exclamó Laura y vio que él afirmaba con la cabeza—. He oído hablar mucho de su belleza. ¿La visita usted a menudo?

—Cuando está en su casa, cosa que sucede raras veces porque ella prefiere St. James y todas las alegrías de la temporada social en Londres.

Sonrió al decir esto, como si así explicara por qué no había ido a Clantonbury, en lugar de estar con ellos en Ruckley.

La joven se alejó de él para ir a tomar su bastidor de la silla en que lo había dejado. Andrew Chard observó la línea graciosa del cuello de Laura y su nuca, cubierta por un vello suave y dorado. Advirtió la sensibilidad de sus finos dedos y la larga sombra que proyectaban las oscuras pestañas sobre sus pálidas mejillas.

—¿Ha estado usted en Londres alguna vez, señorita Ruckley? —preguntó él de manera inesperada.

—No, nunca —contestó Laura, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Y no tengo deseos de hacerlo. Estoy contenta de permanecer aquí, donde todo es tranquilo.

—¿Está usted segura de que realmente es un lugar pacífico?

Ella había contenido la respiración. La mirada intensa de los ojos masculinos la atravesó, como una espada. ¡Él lo sabía!, pensó, pero antes que pudiera responder entró Nicholas Weston y pudo escapar.

—¿Otra copa de coñac, milord? Es de las bodegas de mi padre y debe usted admitir que se ha añejado bien —estaba diciendo ahora Hugh.

Lord Chard levantó la copa para observar su contenido a la luz de las velas.

—Me recuerda el coñac que bebí la última vez que estuve en Calais —dijo con lentitud—. Tiene el mismo sabor. Ojalá cuente con una buena provisión de él.

—Suficiente para que beba usted todo lo que quiera y más, milord —contestó Hugh, jactancioso.

Laura se puso de pie, sin poder resistir más. ¿No se deba cuenta su hermano de que todo lo que Lord Chard decía tenía una doble intención?

—Con permiso de Su Señoría, me retiro al salón —dijo Laura suavemente—. Espero que se reúnan conmigo más tarde.

—Será un placer —respondió Lord Chard.

Nicholas Weston se apresuró a abrirle la puerta, con un gesto servil que disgustó a Laura.

Ella se dirigió rápidamente a sacar las llaves del sótano de su escondite en el panel de madera cercano a la chimenea. Luego corrió hacia el sótano, abrió la pesada puerta recién aceitada y la cerró con llave a sus espaldas.

A la luz de una ventanita que había a nivel del suelo, pudo ver sobre un banco lo que buscaba: una linterna con una vela en su interior, y una cajita de fósforos al lado. La encendió y la luz sonrosada que arrojó le permitió ver los escalones que conducían a los sótanos del castillo. Éstos se hallaban divididos en varios cuartos. En el primero, no había más que algunos muebles desvencijados y unos polvorientos barriles que contenían pequeños restos del vino adquirido por el padre de los jóvenes Ruckley y que, según la experta opinión de Hugh, ya no se encontraba en buen estado.

Al fondo había una puerta muy pesada, que Laura logró abrir haciendo acopio de todas sus fuerzas. Después recogió la linterna y pasó a otro cuarto en el que se almacenaban algunos toneles, cuyo aspecto delataba que no llevaban mucho tiempo allí. La muchacha sabía bien que de ellos había salido el brandy francés cuya calidad encomiara Lord Chard.

Pero ahora Laura no reparó en ellos. Palpando nerviosamente una pared, consiguió dar con el punto que buscaba y entonces se abrió un hueco suficiente como para permitir el paso de una persona. A través de aquella abertura, se coló en el sótano una ráfaga de viento impregnado de sal y yodo.

Reprimiendo un estremecimiento, Laura se obligó a pasar por el hueco y, a continuación, bajó unos cuantos escalones hasta llegar al suelo irregular de un túnel excavado en el corazón mismo del acantilado.

El castillo había sido construido en tiempos de los normandos, pero a excepción de algunos muros, nada quedaba del edificio original, ya que cada generación de propietarios lo había ido modificando a su antojo. En épocas de persecuciones políticas y religiosas, se habían abierto pasajes secretos y escondites de diversas formas y tamaños.

Uno de los Ruckley había ocultado contrabandistas, ganando una buena cantidad de dinero con ello. Pero sus descendientes habían sido más convencionales y respetuosos con la ley.

Fue Lew Quayle quien descubrió el túnel, en unos viejos planos del castillo, que estaban archivados en la oficina de su padre en Alfriston.

Laura avanzaba ahora por el túnel apresuradamente. Se detuvo un instante para recobrar el aliento y descansar el brazo del peso de la linterna.

¡Lew Quayle! Sólo pensar en aquel hombre la aterrorizaba. Hubiera querido echar a correr para volver por donde había llegado y decir a Hugh que no podía hacer lo que le encomendara.

Sólo una vez había recorrido el túnel con anterioridad, experimentando la sensación de que las paredes se le venían encima y la ahogaban. Ahora se le antojaba más horrible aún, porque ir por allí significaba que tendría que hablar con Lew Quayle y soportar la mirada de sus ojos llenos de lujuria.

Aprisa, temerosa de que le faltara el valor, levantó la linterna. Tenía que seguir adelante y volver al salón antes que los caballos abandonaran el comedor.

El túnel se hacía más angosto para convertirse en una cueva que no era más qué una entre muchas, como Laura sabía bien. Titubeó, temerosa de las sombras y del fuerte rugido del mar, que se encontraba a poca distancia.

Percibió un confuso rumor de voces masculinas y vio la luz parpadeante de una hoguera que penetraba por una abertura a la izquierda. Se metió por ella y se encontró en la cueva contigua, más grande que la anterior.

La hoguera no era muy alta y había sentados unos veinte hombres alrededor. Laura reconoció a algunos de ellos: era gente de la localidad. En el centro, atado con cuerdas y sentado con la espalda contra un barril de vino, se veía a un hombre cuya sangre manaba en abundancia de un corte en la mejilla y de una gran herida en la frente.

Laura le miró estupefacta un momento, y tal vez profirió una exclamación involuntaria, porque de repente todas las cabezas se volvieron hacia ella y alguien murmuró unas palabras soeces.

Dos o tres hombres se pusieron de pie con rapidez, pero una voz burlona exclamó:

—No hay nada que temer. Es sólo la preciosa señorita Laura, que viene a hacernos una visita.

El hombre que había hablado avanzó hacia ella y Laura, sin proponérselo, retrocedió. Había en él algo que le hacía sentirse casi enferma al mirarle.

—¡Éste es un honor inesperado! —agregó él con tono burlón.

—Me envía mi hermano —declaró ella con esfuerzo. Como le sucedía siempre, la mirada de Quayle la hizo tartamudear de pronto—: envía… a… prevenirles.

—¿A prevenirnos? ¡Vaya! ¿No quiere sentarse? Puedo ofrecerle un vaso del mejor vino que se produce en Francia.

—No hay tiempo. Tienen que escucharme…

Laura miró a Lew y encontró sus ojos oscuros y atrevidos, que observaban con avidez cada detalle de su figura. La joven sabía, desde tiempo atrás, que Lew Quayle se sentía atraído hacia ella y Hugh insistía siempre en que fuera menos arisca con él.

—Tienes que ser amable con Lew. ¿Qué haríamos sin él? Le ofendes cuando te muestras tan altiva. Después de todo, ese tipo está llenando nuestras arcas de dinero —le había dicho repetidas veces.

¡Lew! ¡Lew! ¡Lew! Aquel nombre la perseguía y con frecuencia le provocaba pesadillas por la noche, de las que despertaba gritando, porque sentía que él la tenía a su merced y no podía escapar.

Le odiaba en aquellos momentos. Detestaba la sonrisa de sus gruesos labios y el brillo malicioso de sus ojos. Era un hombre apuesto, sin embargo, y Laura sabía que las muchachas de los contornos se disputaban sus favores.

Se rumoreaba que no era, en realidad, hijo de Arnold Quayle, el notario, sino que éste lo había adoptado porque uno de sus mejores clientes le había pagado bien por hacerlo. Algunas historias referían que era hijo bastardo de un Príncipe de sangre real y de una dama aristocrática del condado.

Otros rumores señalaban que Quayle, que era muy apuesto en su juventud, había seducido a la hija de un noble y que, cuando nació el fruto de esos amores, lo había llevado a casa, haciéndole pasar como su hijo legítimo.

Sin importar cuál fuera la verdad, Lew había detestado siempre su respetable hogar de clase media, tanto como la prosaica y polvorienta oficina de su padre, llena de archivos con documentos.

La guerra contra Bonaparte le ofreció la oportunidad que esperaba. Los contrabandistas no estaban mal vistos por el gobierno, pues se les utilizaba para obtener información del enemigo. Espías de ambos bandos iban y venían desde Francia e Inglaterra, transportados por los contrabandistas, que se enriquecían con aquella actividad.

Lew Quayle, que se había introducido en aquel asunto con cierta timidez, se fue volviendo cada vez más ambicioso. Había odiado la pobreza toda su vida y ahora tenía la oportunidad, no sólo de hacerse rico, sino de obtener el poder que siempre había anhelado y que, en el fondo de su corazón, consideraba su derecho de nacimiento.

Organizó su banda con la astucia y estrategia de un general. La ley especial que se decretó después de la guerra para evitar el contrabando le hacía reír despectivamente y los agentes de la aduana temblaban sólo con escuchar su nombre.

Lew Quayle vestía como un aristócrata elegante e imitaba los modales afectados de los nobles, porque estaba seguro de ser uno de ellos. Pero si alguien se cruzaba en su camino o le desafiaba, no tardaba en descubrir que, bajo su elegante exterior, poseía músculos de acero y una impetuosa crueldad que no se detenía ante nada.

—Se la ve muy hermosa esta noche —dijo ahora con una voz que sabía irresistible para muchas mujeres.

—He venido solo a prevenirle —repitió Laura.

—Y veo que trae puesto el vestido que escogí para usted.

Sus ojos se detuvieron en la desnudez de los hombros de Laura y en la suave curva de sus senos, que el amplio escote dejaba casi al descubierto.

Instintivamente, Laura levantó las manos, arrepentida de no haber traído un chal para cubrirse.

—¡Usted lo escogió para mí! —dijo—. Hughie…, mi hermano me lo regaló.

—¿Y cree, de verdad, que Hugh se acordó de su bella hermana? Yo mismo se lo hubiera dado, pero temía que, en ese caso, no se lo pusiera. Sin embargo, debe reconocer que es una muestra de mi buen gusto.

El rostro de Laura se encendió de furia.

—¡Si lo hubiera sabido, lo habría arrojado por la ventana! —exclamó iracunda.

Él echó la cabeza hacia atrás y rió a carcajadas.

—¡Tan feroz y tan adorable! —Como si comprendiera que había ido demasiado lejos, se puso serio de pronto—. Está bien, no le gastaré más bromas. Dígame en concreto a qué ha venido.

Laura comprendió que, aunque su conversación no había sido escuchada por los hombres, todos los que se encontrabas, sentados alrededor de la hoguera estaban tensos. Sin duda se decían que ella no habría acudido allí de no llevar noticias importantes. Laura, después de haber recorrido con la mirada los rostros rudos pero atentos de los contrabandistas, miró de nuevo al hombre amordazado, cuya mejilla sangraba, y preguntó:

—¿Quién es?

—Un delator —contestó Lew, siguiendo la dirección de su mirada.

—¿Quiere decir que ha revelado secretos acerca de este lugar?

Lew negó con la cabeza.

—No, no sabía tanto como eso. Sólo había averiguado algo, pero esperaba conseguir más datos. Por fortuna lo descubrimos a tiempo.

—¿Qué… qué piensan hacerle?

Aunque conocía la respuesta, Laura no pudo evitar hacer aquella pregunta. Era terrible ver al hombre que, con la boca entreabierta y los ojos cerrados, casi parecía estar muerto. Tenía las ropas sucias y desgarradas, lo cual era señal de que lo habían golpeado y arrastrado por el suelo.

—¡Me pregunta qué pensamos hacerle! —dijo Lew elevando la voz—. Vamos a sacarle los ojos y a cortarle la lengua. Y como todavía podría escribir información sobre nosotros, le cortaremos las dos manos. Pero para que no pueda huir, le cortaremos los pies. Y luego…

Con un grito sofocado, Laura se llevó las manos a los oídos.

—¡Basta! —exclamó con voz temblorosa—. ¡Basta! No diga más… no quiero oírlo. Debo volver ahora… mismo. Sólo venía a decirle, porque Hughie me pidió que lo hiciera, que Lord Chard ha llegado a hospedarse en el castillo inesperadamente.

—¡Lord Chard! —repitió Lew entre dientes.

—Ha recibido la comisión de Su Majestad de acabar con el contrabando en estas costas. Intenta sorprender a los que burlan a los aduaneros y piensa entregarlos a… a la justicia.

Laura apenas podía articular las palabras, pero Lew la escuchó.

—Así que Su Señoría va a pasar la noche con ustedes, ¿no? —preguntó Lew y la burla había desaparecido de su voz. Hablaba en el tono e un hombre cuya mente está ya trazando un plan estratégico.

—No sabemos cuánto tiempo va a quedarse —contestó ella—. Él se invito solo… porque sabe lo que está sucediendo aquí. ¡Estoy segura!

Había levantado la voz sin querer y dos o tres hombres que estaban cerca se incorporaron.

—¿Quién lo sabe? —preguntó uno de ellos—. ¿A quién se refiere?

—¡Tranquilos y a callar! —ordenó Lew con brusquedad—. La señorita Laura ha venido a decirnos que hay invitados en el castillo esta noche. Por lo tanto, no traeremos la carga a tierra firme, sino que haremos las señales convenidas al barco para que la tiren a la bahía. Podremos sacarla en cuanto no haya moros en la costa.

—Sí, eso sería lo mejor —convino un viejo contrabandista—. No podemos correr riesgos.

—¿No sería mejor hacer regresar al barco? —preguntó Laura a Lew en voz baja.

—Mantenga a Su Señoría entretenido y no deje que se asome por las ventanas —contestó él—. Eso debe resultarle fácil, con esa apariencia que trae ahora. No tendrá ojos para ver el mar, mientras usted lo tenga encandilado.

Laura levantó con orgullo la barbilla, molesta por aquella impertinencia.

—Ya le he dado el mensaje —dijo—. Debo irme.

—Diga a Hugh que no habrá problemas. Ahora, permítame acompañarla.

—Gracias, pero prefiero ir sola. Será más rápido. Saldrán del comedor en cualquier momento y debo estar esperándolos en el salón.

Se dispuso a tomar la linterna, pero Lew se movió con mayor rapidez. Laura se vio obligada a tomarla de manos del hombre, que apretó la suya durante unos momentos.

—¿Sabrá cuidarse, querida mía?

Se estaba burlando otra vez y ella, roja de furia, le arrebató la linterna y echó a correr por donde había venido, seguida por el eco de las carcajadas de Lew.

El temor dio alas a sus pies y recorrió la distancia en un mínimo de tiempo. Dejó la linterna donde la había tomado y la apagó. Dio vuelta a la llave y abrió la puerta con gran cuidado. Las velas del pasillo la deslumbraron después de la penumbra del túnel y los sótanos.

Todo parecía muy tranquilo. Pero cuando, a mitad del pasillo, escuchó las voces de los caballeros en el comedor y el ruido de las sillas al moverse, comprendió que había llegado con el tiempo justo.

Con la rapidez de un pequeño animal perseguido, entró en el salón. Dejó las llaves del sótano en un cajón del escritorio y se sentó en el sillón que acostumbraba ocupar, con un libro en las manos.

De pronto recordó su aspecto. Se puso de puntillas para verse en el espejo que había sobre la chimenea. Tenía el cabello un poco alborotado y se lo alisó con la mano. Notó que su rostro estaba muy pálido y que a sus ojos, muy grandes y oscuros, asomaba una expresión de terror.

No podía olvidar al hombre que había visto atado en la cueva, y el destino que le esperaba…

No tuvo más tiempo para pensar. Las voces de los caballeros se acercaban. Se volvió, tratando de recibirlos con una sonrisa, pero sentía rígidos los labios.

Lord Chard fue el primero que entró en la habitación, tranquilo e imperturbable, sin sospechar, al parecer, la tempestad que se desarrollaba en el pecho de ella.

—Me alegra que se reúnan conmigo tan pronto, milord.

—Yo pensé que nos habíamos entretenido demasiado —contestó él con una leve sonrisa—. Y esperaba que así le hubiera parecido a usted también.

Al hablar, los ojos de Lord Chard se quedaron fijos, por un momento, en la falda de ella. Laura, siguiendo la dirección de su mirada, se quedó paralizada.

En el blanco vestido de seda, a la altura de su rodilla, justo en el lugar que la había rozado Lew al inclinarse para tomar la linterna, había una mancha de sangre…, la sangre del hombre que iba a morir aquella noche.