Capítulo 6

Por un momento, Laura experimentó un pánico tan grande que no pudo pensar de forma coherente. Hubiera querido escapar, esconderse. Y sin embargo, no se sentía capaz de realizar el menor movimiento.

—Siento mucho haberla asustado —dijo Lord Chard con voz tranquila—. La chimenea de mi habitación estaba haciendo mucho humo y su hermano insistió en que durmiera yo en su alcoba.

Laura seguía inmóvil. Le faltaba el aire y su corazón palpitaba descompasadamente.

De pronto, al comprender lo que había hecho, su rostro se tiñó de rubor. Por fin sus miembros parecieron obedecerla e hizo un movimiento presuroso para levantarse de la cama.

¡Era demasiado tarde! Cuando su mano, buscando el pecho de su hermano, se detuvo en el de Lord Chard, éste se había apoderado de ella.

—¡La he asustado! Está alterada —dijo él con amabilidad—. Quédese tranquila un momento. ¿Quiere que encienda una vela?

—No, no, por favor… No quiero que me vea —exclamó Laura, avergonzada.

Notó que Lord Chard se sentaba en la cama, todavía sin soltarle la mano. La sujetaba con dedos gentiles y fuertes, tratando de tranquilizarla.

—No le haría sentirse turbada por nada del mundo —dijo—, pero está usted alarmada y debo ayudarla.

—No… no es nada. Es que… tuve una pesadilla.

—Una pesadilla muy realista por lo que parece —declaró él con sequedad—. Se imaginó que había alguien en su habitación.

Puso un ligero énfasis en la palabra «imaginó» y Laura sintió un estremecimiento. Ahora comprendía a dónde la había llevado su desesperada huida de Lew Quayle. ¿Qué había dicho? ¿Qué había revelado?

Lord Chard la soltó. Se inclinó hacia delante, tomó la colcha de seda que cubría la cama y se la echó a Laura por los hombros.

Ella la sujetó con firmeza sobre sus senos y se quedó sentada, tensa e inmóvil, mientras su cerebro buscaba con desesperación una salida de aquella situación comprometida.

—Ahora, dígame qué es lo que la ha asustado —dijo él.

—Debe creerme muy tonta, milord… pero tuve una espantosa pesadilla y vine corriendo, como lo he hecho muchas otras veces, para que Hughie me tranquilizara…

—Debe haber sido una pesadilla muy real —comentó Andrew Chard, y a ella le pareció adivinar que había cierto sarcasmo en su voz.

—¡Claro que lo era! —exclamó Laura—. Tal vez la causa haya sido algo de lo que cenamos. Eso no me sorprende… era una comida infame, por lo cual ya le pedí que me disculpase.

Hubo un momento de silencio y después Andrew Chard dijo:

—¿No me va a permitir ayudarla?

La pregunta era tan inesperada y el tono de su voz tan alentador que, por un momento, Laura casi cedió a la tentación de decirle toda la verdad. Pero antes que la idea acabara de tomar forma en su mente, recordó que había en juego mucho más que el simple peligro personal que para ella representaba Lew Quayle. Todos estaban comprometidos: Hugh, su hogar, la gente de la finca, la gente del pueblo que ella conocía y amaba desde niña… Todos estaban expuestos a perder la vida o la libertad si decía una sola palabra.

—Ya me ha ayudado —dijo con ligereza—. Le aseguro, milord, que estaba medio dormida cuando llegué aquí… rodeada aún por los demonios que poblaron mi sueño. Ahora estoy despierta y los demonios se han ido. De modo que le doy las gracias por su amabilidad y volveré a mi dormitorio.

—Creo que será mejor que la acompañe —sugirió él—. Si los… demonios están acechando aún, yo me encargaré de dispersarlos.

—No…, no hay necesidad —dijo Laura apresuradamente, notando que su voz sonaba angustiada.

—¿Así que no quiere confiar en mí?

—No es que no confíe —respondió en voz muy baja—, sino que… no puedo…

No habría dicho aquello si no hubiera estado hablando en la oscuridad. En ese momento no le temía a él en absoluto. Le parecía, en cambio, que se encontraban solos en un mundo imaginario. Sólo sabía que él estaba muy cerca y que su simple presencia le hacía sentirse segura.

Mas era una ilusión y ella lo sabía. ¡Aquel hombre representaba el peligro! Pero mientras la razón le decía una cosa, su alma le dictaba otra.

—Comprendo —dijo él con suavidad—. Jamás la obligaré a hacer nada contra su voluntad. ¿Me promete una cosa, Laura?

—¿Qué… qué cosa?

—Si vuelve a estar en peligro…, si esos demonios con los que sueña vuelven a amenazarla, prométame que acudirá a mí. Yo la salvaré, se lo juro.

Él calló, pero al ver que Laura no respondía, agregó:

—Es fácil hablar en este momento, ¿no le parece? No puedo ver su rostro, pero sé que está ahí. Puedo oír su respiración agitada y percibir el perfume de su cabello. Usted siempre huele a rosas, Laura.

Ella cerró los ojos un momento. Aquello era un sueño… sólo un sueño que surgía de la oscuridad, pero quería seguir oyendo la voz del hombre. En otras ocasiones, los cumplidos la habían asustado, pero se trataba de los que Lew de decía con burla, mientras asomaba a sus ojos la mirada sensual que tanto la atemorizaba.

Esto era diferente. Así había soñado, muchas veces, que un día le hablaría un hombre.

—Creo que cuando llegó aquí esta noche —agregó Andrew—, estaba soñando con usted. Al quedarme dormido, resonaba aún su música en mis oídos. ¿Sabe todo lo que me dijo a través de ella, Laura? Me habló de su soledad en este enorme castillo vacío. Me explicó cómo lo había poblado, en su imaginación, con seres maravillosos, extendiendo los brazos hacia una vida tan plena y variada como la que yo he llevado viajando por todo el mundo…

Laura le escuchaba conteniendo la respiración.

¡Él había entendido! Nunca imaginó que existiera una persona capaz de comprender todo lo que ella trataba de expresar cuando tocaba el piano.

Andrew lanzó un profundo suspiro.

—Y ahora, debe volver a su habitación —dijo. Su voz era profunda, llena de una emoción que ella no entendió—. Me gustaría retenerla aquí, que continuáramos hablando…, pero sé que es algo que no debo hacer, por razones que usted, demasiado joven, tal vez no comprenda.

—Puedo volver sola a mi cuarto —dijo Laura, saliendo bruscamente del sueño que había estado viviendo en la oscuridad. Y recordó de pronto a Lew Quayle. ¿Se habría marchado? ¿O sería tan tonto como para esperarla, pensando tal vez que Hugh la haría volver a su lado?

Se puso de pie y, al hacerlo, advirtió que Andrew Chard apartaba las mantas de la cama y se levantaba por el otro lado.

—No, por favor… Prefiero volver sola —dijo con voz trémula.

No pudo disimular su miedo. Él se puso rápidamente una bata y cuando ella llegó a la puerta, ya se encontraba a su lado.

—Voy con usted —dijo y, como se le veía muy decidido, ella abrió la puerta y salió al pasillo.

«¿Habré traicionado a Hugh?», se preguntaba Laura, mientras iba hacia su alcoba envuelta en la colcha.

Entonces empezó a orar con un fervor que surgía del fondo mismo de su alma: «¡Que mi habitación esté vacía! ¡Oh, Dios mío, haz que mi habitación esté vacía!».

No se volvió a mirar a Lord Chard, que caminaba junto a ella y, cuando llegaron a la puerta del dormitorio, se adelantó para abrirla.

Por un momento, Laura tuvo miedo de mirar, mas, cuando lo hizo, vio que sus oraciones habían sido escuchadas. Lew Quayle se había ido, llevándose consigo las brillantes piezas de tela, pero el chal blanco estaba aún tirado en el suelo.

—¿Lo ve? —dijo Laura con alivio—. No hay nadie aquí, milord. Todo fue una pesadilla.

—No, no hay nadie —aceptó él con expresión sombría, pero se dedicó a revisar todos los rincones para asegurarse de que era cierto.

Ella le miró a la luz de las velas que Lew había encendido y observó que tenía el cabello un poco revuelto y que, sin su impecable atavío habitual, parecía mucho más joven y menos impresionante.

Pero al recordar su misión, se obligó a decir:

—Puede ver, milord, lo tonta que he sido. Sólo huía de las sombras…

—Bien, eche la llave a su puerta para que los demonios no vuelvan a perturbarla —contestó él, y a Laura le pareció que había una extraña expresión en su rostro que no había visto antes. A continuación, él tomó su fría mano y le besó con gentileza—. Que duerma bien, Laura —dijo—. Durante el resto de la noche, al menos, no tiene porqué tener miedo.

Ella no supo qué quería decir, pero sospechó que estaría pendiente de que nadie se acercara a su puerta.

Cuando él salió de la habitación, Laura, automáticamente, cerró con llave.

Al meterse en la cama, sintió mucho frío, pero sus mejillas ardían. A solas, la asaltaron la angustia y el remordimiento, y vertió lágrimas amargas, con un profundo sentimiento de desesperanza.

Cuando abrió los ojos, húmedos todavía de llanto, el sol empezaba a penetrar por la ventana. Se levantó aprisa y tomando el chal, se envolvió en él.

Tenía que ir a ver cómo estaba el enfermo; debía verle antes que despertaran los demás. Dio vuelta a la llave de la puerta con mucha suavidad y salió casi como una sombra.

Reinaba en la casa un absoluto silencio y Laura se deslizó por el pasillo en dirección al cuarto verde. Éste se hallaba en penumbra y la atmósfera era pesada. Se dirigió a la ventana y abrió un poco las cortinas para dejar entrar al sol.

Al mirar hacia la cama, advirtió que estaba vacía. Por un momento, casi no pudo dar crédito a sus ojos. ¿Cuándo se había llevado Lew al herido?

Había manchas de sangre en la sábana y las mantas estaban tiradas a un lado, como si hubieran sido apartadas con precipitación. Laura se preguntó qué podía haber sucedido.

Pero no había tiempo para pensar. Rápidamente, salió de allí y se dirigió a su dormitorio para vestirse. Mientras lo hacía pensó que tenía que hablar con Hugh, contarle lo ocurrido cuanto antes. Sin duda estaba durmiendo en la que fuera habitación de los niños y que siempre estaba lista, pues en ella dormía el viejo tenedor de libros, una vez al mes, cuando iba a revisar las cuentas.

Sí, allí debía estar Hugh y, cuando abrió la puerta, le vio dormido profundamente, bajo un cuadro que representaba a unos corderitos blancos y que a ella le encantaba de niña.

Se sentó en la orilla de la cama y murmuró:

—¡Hughie! ¡Despierta! Quiero hablar contigo.

Él se dio la vuelta y abrió los ojos bostezando.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Bastante temprano —contestó Laura—. Pero despierta. Han estado sucediendo cosas de las que debes enterarte.

—¿Qué… cosas? —preguntó Hugh, bostezando de nuevo. Tenía el rubio cabello alborotado y necesitaba afeitarse.

—Lew vino aquí anoche —contestó Laura y vio que aquel nombre de Lew tenía el poder de despertar a Hugh, que se recostó en las almohadas diciendo:

—Ya lo sé. Me despertó para decirme que se llevaba a Sanders.

—¡Te despertó! —exclamó Laura—. ¿Cómo sabía dónde estabas durmiendo?

—Rose se lo diría, supongo —contestó Hugh—. Tú sabes que está enamorada de Gideon, el que tiene a su cargo los ponis. Siempre anda tras él y anoche la vi con los hombres que se llevaban la carga.

—Así que Rose también anda metida en esto, ¿eh? —Dilo Laura—. ¡Oh, Hughie! ¿Es que nadie está libre de esta espantosa pesadilla?

—No te parecerá tan espantosa —respondió Hugh con voz alegre—, cuando el trabajo de anoche rinda sus beneficios. Tuve que alojar a Chard en mi cuarto, porque su chimenea echaba humo suficiente para ahogara cualquiera. Cuando comprobé que ya se había retirado, salí a ver qué estaba sucediendo. Supe que habían recuperado todo el alijo y ordené a Rose que me preparase este cuarto para cuando volviera.

—Pero no se te ocurrió avisarme a mí del cambio… —le reprochó Laura y empezó a relatarle lo sucedido la noche anterior—. Hughie, no podemos seguir así —dijo al concluir.

—No digas tonterías. Todos estamos metidos en esto hasta el cuello. No hay modo de retroceder. Lo que quiero saber es si sospechó algo Chard.

—Sí…, me temo que sí.

—Entonces tendremos que andar con cuidado. Por fortuna, nos vamos hoy a Clantonbury. Recibiremos la carga mañana, tal como se acordó, y dejaremos las cosas tranquilas por algún tiempo. El dinero obtenido nos permitirá mantenernos durante algún tiempo.

—¿De veras piensan traer otra carga mañana? —preguntó Laura, sorprendida.

—Sí, ¿por qué no? Nosotros no perderemos de vista a Chard en Clantonbury y Lew estará muy alerta aquí. Tal vez tengamos que almacenar parte de la mercancía en los sótanos por un corto tiempo, mientras vuelven todos los ponis para llevársela.

—¡No aquí! ¡Por favor, Hughi, no en nuestra casa! —protestó ella.

—¿Por qué no? La hemos guardado aquí otras veces. Y si Chard registra el pueblo entero, no encontrará nada. Y tú sabes bien que no hay nadie en todo Sussex capaz de traicionar a Lew.

—Los tiene atemorizados, ¿no es eso lo que quieres decir?

Hugh se encogió de hombros.

—No me gustaría estar en el lugar de alguien que traicionara a Lew —dijo.

Laura contuvo un estremecimiento y preguntó:

—¿Cómo se llevó al herido?

—Por la puerta de atrás, creo. Había un par de hombres allí par ayudarle a llegar a su casa. Lew me dijo que te diera las gracias y que Sanders estaba mucho mejor. Por cierto, se me olvidaba decirte que Chard mandó traer su carruaje para llevarte a Clantonbury.

—¡Qué amable por su parte! —exclamó Laura.

—¿Amable? ¡Bah! Era lo que yo sospechaba. Los cocheros, sus jinetes acompañantes y demás servidores están hospedados en una posada de Worthing. ¡Mira que es humillante que un hombre como Chard no traiga su carruaje y a su ayuda de cámara consigo, para que sus criados no se den cuenta de lo pobres que somos!

—¿Crees que es ésa la razón? —preguntó Laura, sorprendida por la amargura que destilaba la voz de su hermano.

—¡Por supuesto! Y debes ser muy ingenua si no te das cuenta de ello. ¡Oh, sí! El estaba dispuesto a soportar la miseria de los Ruckley, pero no se atrevió a exponer a sus sirvientes a ella. Ése es el tipo de insulto que tengo que soportar, Laura. ¿Te sorprende que quiera tener dinero? ¡Y lo obtendré sin reparar en los medios!

—¡Oh, Hughie!, ¿te importa eso mucho? —preguntó Laura, con una nota de angustia en la voz.

—¡Claro que me importa! Quiero alternar con otros hombres de mi edad. Quiero poder jugar a las cartas, poseer caballos decentes y conducir un carruaje que no me avergüence. Quiero poder agasajar a mis amigos y no tener que volver a esta vieja casa que se está viniendo abajo. Recuerda la cena que nos sirvieron anoche. ¡No la hubieran comido ni los cerdos! Y servida por el viejo Bramwell, que ya debería estar en la tumba.

—¡Oh, Hughie, Hughie! No hables así —suplicó Laura—. Ésta es tu casa y yo quisiera que te sintieras feliz aquí.

—¡Feliz! —rió Hugh con amargura—. ¿Cómo puedo ser feliz sin dinero?

—Pero si la próxima carga llega aquí sin problemas, ¿será suficiente?

—¿Suficiente para qué? ¿Para poder sobrevivir algún tiempo? ¿Para pagar parte de la deuda de Lew? ¡Oh, supongo que sí! Pero debe haber más cargamentos; más y más, Laura. ¡Tenemos que hacernos ricos! Entonces podremos arreglar el castillo, emplear sirvientes adecuados y yo podré ir a Londres a divertirme. Y hasta es posible que te lleve conmigo.

—Gracias, Hughie —dijo Laura con voz apenas audible. Le era difícil hablar mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos y le oprimían la garganta. No había esperanza alguna, pensó. Hugh quería más y más dinero y no le importaban los riesgos. Era una espiral sin fin, y tras ella estaba Lew Quayle, esperando su ocasión…

Salió de la habitación y se enjugó las lágrimas con un pañuelito de encaje antes de bajar la escalera. Tenía muchas cosas que hacer antes de marcharse del castillo. Se dijo a sí misma que era inútil lamentarse de la suerte. Debía aceptar a Hugh tal como era y no tratar de convertirlo en un hombre diferente.

Se ocupó de otros problemas. Tendría que discutir más tarde con Hugh para que les diera algún dinero a los sirvientes, a fin de que, en su ausencia, pudieran comer. Y pensó también en su lamentable falta de ropa. Ya no le parecía tan aceptable la proposición de Lord Chard de que su hermana le prestara los vestidos que necesitase.

Como si todo ello no fuera suficiente, debía enfrentarse a Lord Chard casi de inmediato. ¿Cómo podría mirarle de frente, después de lo sucedido la noche anterior?

Sin embargo, de manera sorprendente, las cosas resultaron más fáciles de lo que había pensado. Cuando llegó al vestíbulo, vio que Lord Chard se dirigía al comedor y que Nicholas Weston empezaba a bajar la escalera.

Les dio a ambos los buenos días y descubrió que, después de todo, era fácil hablar del tiempo, comentar qué buen día hacía para viajar a Clantonbury y agradecer la bondad de Su Señoría al ordenar que fuera a buscarla al castillo su propio carruaje.

El desayuno estuvo mejor preparado que la cena de la noche anterior y, aunque los caballeros comieron con buen apetito, Laura tomó únicamente una taza de chocolate y unas cuantas fresas cortadas del jardín. No miró a Lord Chard, pero, aunque tenía los ojos bajos, se daba cuenta de que él la observaba con frecuencia.

Hugh bajó de muy buen humor y Laura comprendió que se debía a que su invitado forzoso se marchaba. Ella, en cambio, sintió una gran sensación de pena cuando vio sus elegantes maletas dispuestas y al observarle a él, resplandeciente con su capa de viaje, dar instrucciones.

Laura tenía tan pocas cosas que llevar, que todo cupo en un pequeño y viejo baúl. Se había puesto el vestido de batista y el único sombrero que tenía, aunque se daba cuenta de lo anticuado que era.

—Cuide de todo, Bramwell —dijo, antes de salir en dirección al carruaje que la esperaba.

—No se preocupe por nosotros, señorita Laura —contestó el anciano—. Diviértase… Es algo que está usted necesitando hace años. Como le decía esta mañana a la señora Barnes, si alguien merece pasarlo bien es usted, señorita Laura.

—Gracias, Bramwell —contestó Laura, conmovida.

Ojalá hubiera podido sentirse tan optimista como él respecto a lo que la esperaba en Clantonbury. Sabía lo fuera de lugar que iba a encontrarse y, un momento después de subir al carruaje, sintió deseos de bajar corriendo y negarse a ir con ellos.

El carruaje, provisto de lámparas de plata, suaves cojines y mantas de piel, era más lujoso de lo que esperaba.

Nicholas Weston y Andrew Chard viajaban con ella, pero Hugh iba a caballo. Lord Chard se lo había sugerido.

—Hay muchos buenos caballos entre los que puede escoger en Clantonbury —le había dicho—, pero si desea llevar uno de los suyos, no tengo el menor inconveniente. Personalmente, yo prefiero siempre mis propios caballos a los ajenos, por buenos que estos sean.

—Yo también soy así —contestó Hugh, decidido a no ser menos; pero Laura comprendió que, cuando llegaran a Clantonbury, Hugh querría montar los caballos del Duque, los cuales, sin duda, serían mejores que cualquier caballo que él pudiera poseer nunca.

«¡Pobre Hughie», pensó Laura con el corazón oprimido, mientras lo veía cabalgar, a través de la ventanilla del carruaje. Se le veía muy elegante con su nuevo traje de montar y le pareció advertir en él una actitud de desafío. No pudo menos de reconocer que su hermano era valeroso, y que su decisión de enfrentarse a tantas cosas como tenía en su contra no dejaba de ser admirable, a pesar de que hubiese errado el camino.

Lord Chard y Nicholas Weston iban enfrascados en una amigable discusión acerca de la calidad de la tierra en aquella parte del país. Ella notó que Andrew Chard la miraba de vez en cuando y se preguntó si estaría observando su modesto atavío.

Cuando pasaron por el pueblo, éste se veía tranquilo e inofensivo. Varios jóvenes labriegos se sentaban al sol, a la puerta de la posada, con sus jarros de cerveza. Laura supuso que estaban disfrutando de las ganancias de la noche anterior y se estremeció ligeramente al oír que Lord Chard decía:

—Esa posada, Nicholas, se supone que es usada por los contrabandistas a quienes, paradójicamente, llaman «los caballeros» en esta región.

—¿Por qué no la hace usted registrar? —preguntó Weston.

—Porque si lo hiciera no encontraría nada —contestó Lord Chard—. Estos «caballeros» no son tan novatos en el negocio como para dejar las cosas donde yo pueda encontrarlas.

—Me imagino que es una ocupación que deja buen dinero.

—Mientras dura —contestó Lord Chard.

Aquello era una advertencia y Laura lo comprendió. Volvió la cara para mirar por la ventanilla a Hugh, que cabalgaba un poco más adelante. ¿Cómo podría convencer a su hermano para que dejara de una vez por todas aquella peligrosa ocupación?

Como si escuchara la trompeta del juicio final, oyó que Lord Chard decía entonces con particular énfasis:

—Tarde o temprano, Nicholas, incluso el contrabandista más listo comete un error… y las consecuencias son siempre fatales para él.