Capítulo 12
Los remeros estaban ya en sus puestos cuando Laura y Lew Quayle llegaron al pequeño barco, guiados por un chicuelo harapiento que llevaba una antorcha encendida. Un hombre con una linterna se apresuró a salir a su encuentro.
—No debemos perder la marea, señor Quayle —dijo a Lew.
—Y no la perderemos —contestó el patrón, algo irritado.
El hombre de la linterna miró a Laura con curiosidad y murmuró algo entre dientes. Uno de los remeros, sin embargo, no fue tan discreto.
—Las mujeres en un barco son de mal agüero —gruñó.
—Haré que vosotros os quedéis entierra si escucho una palabra más —exclamó Lew, furioso. Tomó la mano de Laura para ayudarle a subir y añadió—: Mi futura esposa nos traerá buena suerte. Os presento a la señorita Laura Ruckley, del castillo Ruckley, donde viviré de ahora en adelante.
A la luz oscilante de la linterna, Laura vio la expresión de aquellos hombres: unos la miraban asombrados y otros con admiración. Sospechó que uno o dos sentían compasión por ella, pero no estaba segura.
Sin decir nada, caminó hacia el camarote. Lew tomó una linterna y la siguió. Al entrar Laura observó que estaba otra vez atestado de mercancía. Pero vio que había algo más: un sofá colocado contra la pared, cerca de la puerta, cubierto con cojines de satén.
Era un mueble llamativo y vulgar que, sin duda, había pertenecido a una de las casas de mala nota que abundaban en el muelle, para satisfacción de los marineros.
Lew alzó la linterna para alumbrarlo.
—Como ves, pensé en tu comodidad —dijo.
—Gracias —contestó Laura con sequedad.
—Si tengo tiempo durante el viaje, lo compartiré contigo, mi cariñosa prometida. Eso te encantará, ¿verdad? —preguntó él, burlón.
La joven no contestó y Lew empezó a reír con suavidad, pero de una forma que a ella le pareció siniestra. Él colgó la linterna de un gancho y salió del camarote. Laura le oyó dando órdenes a los remeros para que se dieran prisa.
—Redoblad la velocidad, muchachos, y yo os doblaré la paga —dijo—. Habrá una buena recompensa para todos al final de este viaje.
Los crujidos del maderamen y el chapoteo de los remos al hendir el agua, así como el balanceo de la linterna, hicieron comprender a Laura que se estaban alejando de la costa. El barco se bamboleaba y Laura se sentó en el sofá, sintiendo los suaves cojines bajo su cuerpo y odiándolos por lo que representaban.
Se soltó un poco la capa, en la que se había arrebujado para protegerse del aire frío de la noche, y echó hacia atrás la capucha. Instintivamente se arregló el cabello, pero sin dejar de escuchar lo que sucedía en el exterior.
Lew estaba dando instrucciones al timonel para sacar el barco de la bahía y los remeros conversaban entre ellos, pero Laura no podía escuchar lo que decían.
Se preguntó qué tiempo se necesitaría para que una persona dejara de sentir, y fuera del todo indiferente a lo que le sucediera a su cuerpo. Se preguntó también si su corazón y su mente serían alguna vez sometidos, de modo que desapareciera de ellos hasta el último vestigio de rebeldía.
Estaba sentada con una expresión desolada en los ojos y las manos unidas, en actitud de oración, cuando Lew volvió al camarote. La puerta había quedado entornada. Ahora él la cerró y Laura le miró tratando de mostrarse indiferente, pero sabiendo que todos los nervios de su cuerpo estaban tensos y que sus ojos se agrandaban por el temor.
—Estamos ya en mar abierto —dijo Quayle.
Cruzó el camarote y se sentó junto a Laura, recostándose sobre los cojines. Vio que la muchacha se alejaba de él tanto como le era posible.
—¿Estás cómoda? —preguntó con una sonrisa maliciosa.
—Sí, gracias —contestó Laura—. Ha sido muy bondadoso por su parte… proporcionarme algo donde sentarme.
Era un esfuerzo decir aquello, pero comprendió que la cortesía lo exigía.
—¿Bondadoso? ¡Bah! Es la primera vez que «me acusas» de serlo. Bueno, ya estamos en camino a casa. Eso era lo que querías, ¿no?
—¿Cuánto tiempo nos llevará llegar? —preguntó Laura, temerosa de que se hiciera el silencio entre ellos.
—No más de tres horas. Todo está arreglado. Cuando dejemos la carga, tomaremos un carruaje que nos llevará a ti y a mí al castillo. Pero antes nos detendremos en la vicaría y diremos al pastor que esté listo para casarnos más tarde.
Laura se estremeció al oírle.
—¿Hay… necesidad de que nos demos tanta prisa? —preguntó con voz trémula.
—Eso lo tendrás que decidir tú —contestó él—. Pero yo pienso dormir en Ruckley mañana por la noche.
Los ojos de él se clavaron en los labios de Laura y ésta volvió la cabeza a otro lado, comprendiendo el sentido de sus palabras.
—Ven aquí —ordenó él de pronto.
Laura le miró con expresión interrogante y vio que él extendía una mano.
—Acércate —insistió—. Estoy cansado de verte sentada ahí, con el aspecto de una santa que va al martirio, mirándome como si fuera yo algo sucio con lo que temes rozarte. Vas a ser mi mujer, pequeña. Cuanto antes te acostumbres a mí, mejor será. ¡Que vengas he dicho!
Laura estaba a punto de ponerse de pie, pero Lew se le adelantó, la cogió de una mano y la arrastró a su lado. Ella trató de resistirse, oponiéndose a su fuerza, pero de forma lenta e irresistible, Lew la fue acercando más y más.
—Tengo que enseñarte a obedecer —dijo con una risa sardónica—. Eso es lo que vas a prometer durante la ceremonia nupcial: obediencia. Y yo haré que lo cumplas, puedes estar segura. ¡Repito que te acerques! ¡Más cerca!
Laura decidió obedecerle porque no podía hacer otra cosa. Lew sólo tuvo que pasarle un brazo alrededor de la cintura para que la cabeza de ella le cayera sobre los hombros.
—Eso, así es más cómodo —dijo satisfecho y, con la mano libre, rodeó la columna tibia y blanca del cuello de Laura, cuyo pulso latía aceleradamente, debido al miedo que sentía.
—¿No tiene que ir afuera… a ver hacia dónde vamos? —jadeó ella y las palabras salieron con dificultad de sus labios.
—Mis hombres conocen la ruta —contestó Quayle—. Y saben también que estoy ocupado ahora. ¿Estás tan ansiosa por librarte de mí?
La pregunta era burlona. Ahora su mano hizo que la cara de Laura se volviera hacia él.
—Por favor… por favor, Lew… —suplicó la joven. Había pensado no decir nada, sufrir en silencio, pero aquella proximidad era demasiado horrible para resistirla.
—¿Por favor qué? —preguntó él con aire burlón—. ¿Me vas a implorar todas las noches para que no reclame lo que es mío? ¡Oh, no! ¡Tienes que cumplir tu parte! Tienes que pagar y de buena gana. ¡Son ocho mil libras! Mucho dinero, preciosa…
La estaba acariciando y Laura se sintió paralizada bajo la presión de sus manos. Tenía los ojos clavados en el rostro masculino, agrandados por el terror como los de un cervatillo caído en la trampa.
Lew se inclinó de pronto y la besó. Su aliento olía a alcohol, pero sus manos la retenían con la fuerza de unas tenazas y ella no pudo rehuir su boca codiciosa. Se limitó a resistir inmóvil, hasta que él se incorporó y se recostó de nuevo en los cojines, sin soltarla.
—¡Maldita seas! —exclamó Quayle—. Eres capaz de congelarle a uno la sangre en las venas con esa frialdad tuya. Pero te enseñaré a amarme, como he enseñado a mujeres que valían más que tú. Con el tiempo pedirás a gritos mis besos y entonces, tal vez, habré encontrado alguna más ardiente y sin tantos melindres.
Se detuvo un momento y luego la zarandeó con furia.
—Pero hasta que me canse de ti —amenazó—, tendrás que darme lo que yo quiera y hacerlo de buen grado, ¿me oyes? ¡Contesta! ¿Me oyes?
—Sí…, le oigo —murmuró Laura con un gran esfuerzo.
—Entonces no lo olvides —dijo Lew—. ¡No olvides que serás la señora Quayle, del castillo Ruckley! ¡La señora Quayle! ¡Mi esposa! ¡La mujer que me pertenece!
La sacudió de nuevo, como si la impasibilidad de ella lo excitara, empezó a hurgar bajo su capa, poniendo las manos sobre sus senos. Ella lanzó un gemido y trató de forcejear, pero comprendió que, siendo tan débil, en cuestión de segundos obtendría Lew lo que deseaba.
Pero en el momento que él la arrojaba sobre los cojines y ella sentía que su vestido se desgarraba, llegó un grito desde fuera:
—¡Señor Quayle! ¡Señor Quayle!
Lew se puso inmediatamente de pie. Sin decir una palabra, soltó a Laura y se lanzó hacia la puerta. La abrió con brusquedad, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Luego, la cerró a sus espaldas.
—¡Hay un cañonero allá! ¡Por ese lado!
Laura oyó estas palabras con claridad y también la orden de Lew:
—¡A babor! Y tú, timonel, mantén el rumbo en esa dirección. Tal vez no nos hayan visto.
Giró el barco y Laura oyó otra vez a Lew.
—¡Remad, maldita sea! ¡Remad con todas vuestras fuerzas! ¡Nos han visto!
Laura notó que ahora el barco avanzaba a una velocidad que nunca hubiera creído posible.
—¡Nos estamos alejando de ellos! —dijo Lew—. Seguid así, muchachos… ¡Ya les llevamos ventaja! Nos deslizaremos en la oscuridad y no podrán seguirnos.
Se hizo el silencio, interrumpido sólo por los gruñidos de los remeros, el crujido de la madera y el leve chasquido que producían los remos al introducirse en el agua.
—¡Estamos escapando! —dijo Lew con alivio. Pero entonces se escuchó otro aviso:
—¡Mire, a babor, patrón, a babor!
—¡Otro maldito barco! —exclamó Quayle, colérico.
—Tal vez sea un mercante —sugirió uno de los hombres.
—¡No, es un barco de la Armada!
—¡A estribor! ¡A estribor! —ordenó Lew.
De pronto se escuchó un ruido ensordecedor, una gran explosión, en el agua y la voz de alguien que debía de ser muy joven, apenas un chiquillo, aterrorizada:
—¡Están disparando! ¡Nos van a matar!
—¡Seguid remando! —gritó Lew—. Nos libraremos de ellos. ¿Tenéis las armas dispuestas?
—Sí, patrón.
—Cuando se acerquen, ¡listos para disparar! Nos abriremos paso a balazos.
Se escuchó otro disparo, más cercano y ensordecedor. Luego, en la distancia, se oyó gritar:
—¡Alto! ¡Alto en nombre de Su Majestad el Rey Jorge IV!
—¡Seguid remando! —ordenó Lew—. ¡Remad con toda la velocidad de que seáis capaces!
Hizo virar de nuevo el barco, esta vez a estribor.
—Todavía podemos escapar… —dijo.
—¡Ahí viene otro, señor! Un cañonero… ¡Avanza hacia nosotros!
—¡Remad con fuerza, imbéciles! —vociferó Lew.
—¡Deténgase o hundiremos el barco!
No había la menor duda de la orden esta vez. Era lo bastante clara como para que todos la escucharan.
—Nos van a abordar —se oyó decir a Lew—. ¡Listos para luchar! ¡Recordad lo que sucederá si nos atrapan!… Siete años de cárcel, ¡o la horca! Si tenemos que morir, ¡que sea llevándonoslos por delante!
Hubo otra explosión, que dio esta vez en la proa del barco. Laura oyó que un hombre lanzaba un grito de agonía y luego empezaron a escucharse numerosos disparos. Algunos provenían sin duda del cañonero que se acercaba y otros debían de ser hechos por los contrabandistas, que habían dejado de remar.
Lew daba órdenes a gritos y Laura, en el camarote, se puso de pie, pero fue arrojada con violencia al suelo cuando el barco chocó contra algo, posiblemente el cañonero. Se quedó donde había caído, demasiado asustada para moverse. El ruido de cubierta era indescriptible. Se escuchaban juramentos y ayes de dolor, que se elevaban por encima de los disparos y un repentino entrechocar de acero. Los hombres, supuso la joven, estaban usando los machetes que llevaban a la cintura.
El tumulto cesó paulatinamente. El barco se balanceaba de un lado a otro, golpeando contra algo. Laura se incorporó sobre un codo y, en aquel momento, la puerta del camarote se abrió con violencia. Vio a varios hombres que la miraban sorprendidos y se dio cuenta de que llevaban uniformes de la Marina.
—¡Caramba! —exclamó uno de ellos—. ¡Pero si hay una mujer a bordo!
—Llevémosla ante el capitán —dijo otro.
Avanzó hacia Laura, la tomó del brazo y la ayudó a incorporarse.
—Todo ha terminado, señorita —dijo—. Tenga la bondad de acompañarnos a bordo del barco de Su Majestad, El halcón del mar.
—¿Qué… qué ha sucedido?
—El capitán se lo explicará todo, señorita.
El hombre que había hablado, y que parecía ser un oficial, tomó la linterna del gancho en que Lew la había colgado y guió a Laura hacia la puerta del camarote. Ella vio, afuera, una escena de destrucción que la hizo proferir un grito de horror.
Los cadáveres de varios hombres estaban tendidos en cubierta, algunos en posición grotesca. La embarcación estaba haciendo agua por la parte de proa y junto a él se elevaba un navío de guerra, cuyos cañones sobresalían bajo la cubierta superior.
—Tengan mucho cuidado con esa carga —gritó una voz por encima de sus cabezas.
—Hay una dama aquí, señor —contestó el oficial.
—¿Una dama? ¡Santo cielo! ¿Qué más iremos a encontrar? ¡Mándela aquí, Stevens!
—Sí, señor… No es una subida fácil, señorita, pero pienso que puede hacerlo —dijo el oficial y, con su ayuda, Laura subió por la escalera de cuerdas a la cubierta de El halcón del mar.
Docenas de hombres se movían de un lado a otro y ella vio que estaban ocupados en retirar a los heridos del barco de los contrabandistas y en colocarlos a un lado de la cubierta. Había un pequeño grupo de oficiales en el extremo opuesto del barco y cuando la vieron subir a bordo, la miraron asombrados. Laura advirtió entre ellos a alguien que no vestía uniforme, sino una larga capa oscura, y se tocaba con sombrero de copa.
El corazón le dio un vuelco repentino y comprendió, cuando se volvía hacia ella, que, sin saberlo, esperaba encontrarle allí. Vio que el rostro de Andrew parecía transfigurarse y sintió que también ella, con la imaginación, había corrido a su encuentro, aun sin moverse de donde estaba.
—¡Laura! ¡Jamás pensé que estuvieras a bordo!
La joven trató de contestarle, pero las palabras se negaban a salir de sus labios. Mas pronto sintió sus manos en las de él y se aferró a ellas como quien se está ahogando a un cable de salvación.
—¡Y disparamos contra ti! ¡Podíamos haberte matado! —exclamó Andrew y ella percibió en su voz el cálido acento que había escuchado en sus sueños.
Se limitaba a mirarle, brillantes los ojos por el increíble consuelo de saber que él la tomaba de la mano, que estaba a salvo. El grito repentino de uno de los heridos recordó a Lord Chard dónde se encontraban y lo que estaba sucediendo.
—Ven, te llevaré al camarote del capitán —dijo entonces a Laura.
La hizo bajar desde la cubierta hacia una parte de la proa, donde un marinero abrió la puerta del camarote principal para dejarlos entrar. El cuarto estaba amueblado con una sencillez que a Laura le pareció muy acogedora. Colgaban linternas de las vigas del techo y había cómodas sillas junto a una mesa de roble. En un rincón se encontraba la cama, oculta por cortinas rojas.
Ella se sentó en la silla que Andrew le indicó y, al mirarlo a él de nuevo, le pareció más fuerte y apuesto que nunca.
Andrew colocó el sombrero y la capa sobre una silla y se volvió hacia ella con evidente ansiedad.
—No puedo creer que sea cierto —dijo—; que estés aquí, sana y salva. Cuéntame, ¿dónde has estado? ¿Qué te sucedió?
Laura lanzó un profundo suspiro. Se disponía a contestar pero, en aquel momento, llamaron a la puerta del camarote.
—¡Adelante! —dijo él sin volverse, fijos los ojos en Laura como si no pudiera apartarlos.
—El capitán le envía sus respetos, milord —dijo el marinero que entró—, y le comunica que han encontrado al hombre que Su Señoría buscaba. Se encuentra muy malherido, dice el cirujano, y pregunta por la señorita.
—¿Por Laura? —preguntó Andrew como si no pudiera dar crédito a lo que estaba oyendo.
—Sí, señor —dijo otra vez y el capitán franqueó la puerta. Al ver a Laura se quitó la gorra y se inclinó con cierta torpeza—. Perdone, señorita, pero creo que debe saber que Lew Quayle, creo que ése es su nombre, quiere verla. El cirujano dice que no le queda mucho tiempo. Está mortalmente herido.
—Entonces debo ir a verle —dijo Laura y se puso en pie sin mirar a Andrew, pero él la siguió.
El capitán los condujo a la cubierta inferior, donde estaban transportando a los heridos.
Lew no estaba con los otros. Se encontraba en un camarote muy austero: sólo tenía un camastro donde yacía el herido.
El cirujano estaba inclinado sobré él cuando el capitán abrió la puerta para que Laura entrase. Lew estaba con los ojos cerrados y, por un momento, ella pensó que ya había muerto.
—Recibió un impacto en el pecho, señorita —dijo el médico—. Lo tiene prácticamente destrozado. No hay nada que yo pueda hacer.
—¿Está consciente? —preguntó Laura.
—Lo estaba —contestó el cirujano—, y preguntaba por usted.
Al escuchar la voz de la joven Lew abrió los ojos.
—¿Estás ahí, Laura? —preguntó.
—Sí —contestó ella—; aquí estoy.
—¿Y el capitán? ¿Dónde está el maldito capitán? —dijo Lew y ahora su voz era más fuerte, como si la hubiera obligado a salir de sus labios haciendo un esfuerzo sobrehumano.
—Aquí estoy —contestó el capitán acercándose al camastro, y a continuación dijo a Lord Chard por encima del hombro—: ¿Hay algo que quiera preguntarle a este hombre?
—No —contestó Andrew—; ya no es necesario.
—¿Es usted el capitán… de este barco? —preguntó Lew con voz entrecortada.
—Así es. Soy el capitán Dalgeish, si desea saber mi nombre.
—Entonces, capitán Dalgeish —dijo Lew—, exijo que me case, aquí y ahora, con esta dama, como tiene derecho a hacerlo siendo comandante de un barco de Su Majestad.
—¿Casarle… a usted? —exclamó el capitán, asombrado.
—¡Sí, casarme! Es el último deseo de un moribundo y usted… no puede negarse.
—No, pero… —El capitán, atónito, miró primero a Lew, después a Laura y dijo por fin—: Debe ser de acuerdo con los deseos de la señorita.
—Será dé acuerdo con mis deseos —exclamó Lew—. ¿Me oye?
Era evidente que sufría intensos dolores. Tenía hundidas las comisuras de la boca y su rostro estaba pálido, mientras gruesas gotas de sudor cubrían su frente.
El cirujano le había cubierto el pecho con vendajes, pero la sangre empezaba a impregnarlos, tiñéndolos de escarlata. No podía mover una mano, pero con la otra pareció palpar el aire y, llena de piedad, comprendiendo lo que buscaba, Laura puso su mano en la de él y sintió que los dedos masculinos se cerraban sobre los suyos.
—Cásenos —insistió Lew—. Cásenos ahora mismo… mientras aún… hay tiempo.
—¿Realmente lo desea usted, señorita?
El capitán había hablado a Laura en voz baja, pero Lew le oyó.
—Díselo —pidió entonces, oprimiendo su mano—. Contéstale.
—Sí, lo deseo. Me casaré… con él.
Su voz sonaba extraña a sus propios oídos, pero era muy clara. No miró a Andrew Chard, no se atrevía, mas estaba consciente de que él se mantenía inmóvil al fondo de la escena, como si se hubiera vuelto de piedra.
—¡Muy bien!
El capitán miró a su alrededor y vio una Biblia y un libro de oraciones en la mesa junto a la cama. Tomó el libro y empezó a pasar las páginas, buscando el servicio matrimonial.
—¡Aprisa! ¡A… prisa!
Lew apenas pudo decir estas palabras, pero siguió oprimiendo la mano de Laura. Ella sentía como si no sólo la estuviera asiendo, sino también ayudándole a sostenerse de pie. El piso del camarote parecía vacilar bajo ella, pero comprendió que no era el momento de desmayarse.
Pudo escuchar con toda claridad la voz del capitán diciendo las primeras palabras del servicio matrimonial. Las leía con el tono grave y rutinario de un hombre que ha celebrado muchos actos similares y está familiarizado con las palabras.
—¿Cómo se llama?
El capitán había interrumpido la lectura y Laura pudo ver que a Lew le costaba trabajo contestarle.
—Llewelyn… Alexander.
Las palabras salieron titubeantes de sus labios y el cirujano dio un paso adelante como si quisiera ayudarle, mas se detuvo al comprender que no podía hacer nada.
El capitán se volvió hacia Laura.
—¿Y su nombre?
—Laura Ann.
—Muy bien. Repitan conmigo: Yo, Llewellyn Alexander…
—Yo…, Llewellyn… Alexan… der…
—Te tomo por esposa, Laura Ann.
—Te… tomo… por esposa, Laura… Ann.
Laura sintió que los dedos de Lew apretaban los suyos, y le oyó enfatizar la palabra «tomo», pero al empezar a decir su nombre, un repentino estertor de muerte salió de su garganta y todo su cuerpo se estremeció, preso de convulsiones.
Ella lanzó un grito sofocado y Lew se quedó inmóvil.
«Te tomo por esposa, Laura Ann…». Aquellas palabras parecían haberse quedado suspendidas en el aire. Laura creía seguir oyéndolas; creía percibir el tono de triunfo con que Lew las pronunció al morir. El cirujano cubrió el rostro del cadáver con la sábana.
—Lo siento, señora; no hay nada más que podamos hacer —dijo con sincero pesar.
Laura se apartó del camastro y sus ojos buscaron inconscientemente a Andrew, como esperando comprensión y consuelo. Pero él ya no estaba allí. La puerta del camarote estaba abierta y Andrew se había marchado.
—¿Me permite acompañarla a cubierta?
El capitán la condujo por entre las hileras de heridos que esperaban la atención del cirujano, y después subieron la escalerilla hasta cubierta. Para entonces, el viento hinchaba ya las velas y los marinos corrían de un lado a otro. En un rincón, estaba apilada la carga recogida del barco de los contrabandistas.
Las sedas y los encajes, los barriles de coñac y los bultos de té… Todas las cosas valiosas que Lew había intentado vender, estaban ahora incautadas por la aduana de Su Majestad.
El capitán abrió la puerta del camarote destinado a Laura.
—Espero que se sienta cómoda aquí, señora. Le enviaré un vaso de vino. Supongo que le hará bien después de lo que acaba de pasar.
Laura se sentó con las manos unidas y cuando le llevaron el vino, no lo tocó. ¡Estaba esperando! Esperando a que se abriera la puerta y Andrew Chard entrara a buscarla.
Pero como pasaba el tiempo y el suave balanceo del barco le reveló que estaban en medio del Canal, Laura comprendió que él no acudiría. Y sintió entonces una impotencia casi tan aterradora como la desolación que había sentido en las primeras horas de la noche.
¿Cómo podría hacerle comprender? ¿Cómo podía decirle que, obligada por un juramento, no había podido negarse a casarse con Lew?
Se quedó sentada en su silla muy rígida, esperando, esperando…, aunque, en el fondo de su alma, tenía la certidumbre de que él no llegaría. Antes del amanecer, el capitán entró para decirle que tenían ya tierra a la vista.
—Lord Chard me ha pedido que la informe, señora, de que hemos hecho los arreglos necesarios para enviarla al castillo Ruckley. Anclaremos remos en la bahía y un bote de remos la llevará a tierra firme.
—Gracias; es muy amable por su parte —dijo Laura.
—Fue idea de Su Señoría —explicó el capitán—. Vamos a llevar a los prisioneros a Newhaven; pero él consideró que usted no querría ser sometida a la molestia de atestiguar contra ellos hasta que hubiera tenido oportunidad de descansar.
—¿Atestiguar… contra ellos? —repitió Laura, sorprendida.
—Por supuesto, señora —contestó el capitán—. Me temo que será necesario.
—Pero no desearía hacerlo. La mayor parte de esos hombres fueron metidos con engaños o amenazas a ese nefasto negocio.
El capitán sonrió.
—Me temo que va a encontrar difícil convencer a los jueces de eso —dijo—. Esos hombres cometieron muchos crímenes, especialmente los de la pandilla de Quayle.
Comprendió el capitán que su referencia a Lew Quayle había sido de poco tacto. Tosiendo un poco para disimular su error, se apresuró a decir:
—Si tiene la bondad de acompañarme a cubierta, verá que todo está listo. Encontramos un baúl que, según creemos, le pertenece, señora, y mis hombres lo han bajado ya al bote.
—Sí; muchas gracias —dijo Laura—. Vamos; estoy dispuesta.
El capitán abrió la puerta y ella salió. Ya estaba amaneciendo. El cielo se teñía de gris pálido casi transparente y los primeros rayos del sol aparecían por el oriente, pero las estrellas no se habían apagado del todo. Hacía frío. Ella se envolvió en la capa y se echó la capucha sobre su cabello.
Andrew Chard estaba esperando. Laura le miró y se dio cuenta de que él evitaba deliberadamente sus ojos.
—Muchas gracias, capitán Dalgeish —dijo Andrew tendiendo la mano al capitán—. Informaré a Su Majestad del excelente trabajo que hicieron anoche usted y sus hombres. Pueden estar seguros de que Su Majestad lo tendrá en cuenta.
—Nos sentimos muy orgullosos, milord, de haber tenido oportunidad de realizar el servicio que se esperaba de nosotros.
Laura hizo una reverencia al capitán.
—Gracias, señor —dijo en voz baja y luego, ayudada por varias manos, descendió por la escala de cuerdas hasta el bote.
Andrew Chard bajó después y se sentó en el extremo opuesto. Había cuatro marineros a cargo de los remos y llegaron a la playa en sólo unos minutos. En medio de la neblina de la mañana, Laura vio los acantilados que se elevaban en la playa y la entrada de la cueva, donde los encargados de transportar la carga solían esperar la aparición del barco de los contrabandistas.
Nunca más, pensó, aguardarían allí. Nunca más usarían el túnel que cruzaba el castillo.
Oyó el bote rozar contra la arena y entonces salió de su abstracción. Los marineros saltaron para arrastrarlo a tierra firme, de modo que Lord Chard pudiera bajar sin mojarse los pies. Uno de ellos levantó a Laura en brazos y la soltó más allá de donde llegaba la marea.
Laura oyó un tintinear de monedas y comprendió que Andrew Chard estaba dando una compensación a los hombres. Luego se volvió hacia ella y dijo:
—¿Podrás ir andando desde aquí?
—Lo he hecho muchas veces —contestó ella intentando sonreír, pero se dio cuenta de que él no la estaba mirando. Laura sintió, por la frialdad que advertía en su voz, que era un desconocido quien se encontraba a su lado, un hombre al que jamás había visto antes.
Dos de los marineros se habían encargado del baúl de Laura. Ella miró hacia atrás y Andrew dijo:
—Tu equipaje está seguro y, con esta mañana tan fría, es una suerte que lleves puesta esa buena capa.
Laura sintió que el rubor inundaba su rostro al comprender el sarcasmo que encerraban tales palabras. Él pensaba que Lew Quayle le había comprado aquella capa y el baúl lleno de ropa que transportaban los marineros.
Recordó el pobre chal que llevaba puesto cuando fue a Clantonbury. ¿Cómo podía explicarse él de otra manera la costosa capa de terciopelo y piel que ahora lucía? ¿O un baúl lleno de ropa, cuando nadie sabía mejor que Lord Chard que, cuando escapó de casa de la Duquesa, Laura no llevaba más que lo puesto?
En vano buscó las palabras con que explicarle la verdad. No tuvo valor para hablar. Caminaron en silencio, cruzaron la playa y tomaron el sendero que avanzaba junto al río serpenteante, hasta donde se desviaba y entraba en los jardines del castillo.
Las campánulas doradas, tan doradas como el sol que empezaba a elevarse en el cielo, inundaban la llanura y una brisa suave, que agitaba la hierba, parecía murmurar una alegre canción. Pero Laura no veía nada sino el rostro del hombre que caminaba junto a ella, ni oía otra cosa que no fueran sus pisadas.
Por fin divisaron la entrada al castillo y el edificio medio en ruinas, pero hermoso a la luz del sol, se irguió ante ellos un momento después.
«Estoy en casa, pensó Laura. ¡En casa! Y no necesito volver a tener miedo jamás». Y sin embargo lo tenía.
Eran sólo las cinco y media, pero la señora Mildew debía de estar ya levantada, pues Laura vio abierta la puerta principal y varios útiles de limpieza en los escalones.
—Sin duda querrá desayunar, milord —logró decir y había un acento de súplica en su voz que él no pareció advertir.
Como respuesta, sacó un reloj de su bolsillo.
—Apenas se levante uno de tus sirvientes —dijo—, te agradecería que fueran al pueblo a pedir un carruaje que me lleve a Clantonbury.
—Tal vez prefiera un caballo, milord —dijo Laura—. Debe haber alguno en la caballeriza.
—Eso sería todavía mejor, si fuera posible conseguirlo —dijo él.
Seguía evitando mirarla y ella comprendió, desesperada, que la despreciaba. Tenía el rostro serio, los labios apretados. No era el hombre que había retenido sus manos en El halcón del mar y la había mirado con ternura y comprensión.
Se preguntó qué haría él si le tendiera los brazos y suplicara que volviera a sonreírle. ¡Pero tal cosa era imposible!
—¿Tiene la bondad de esperar en el salón, milord? —dijo en tono convencional y, mientras él cruzaba el vestíbulo con calma, Laura echó a correr por el pasillo hacia la cocina. Allí encontró a la señora Barnes, ocupada en hornear el pan, mientras la señora Mildew estaba sentada ante la mesa, conversando con ella.
Las dos se sobresaltaron al verla aparecer.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó la señora Mildew—. ¡Pero si es la señorita… y nosotras que nos volvíamos locas pensando qué podía haberle sucedido!
—He vuelto —dijo Laura casi sin aliento—, y Lord Chard está en el salón. Por favor, prepare el mejor desayuno que le sea posible, señora Barnes, y avísele en cuanto esté listo.
—¿Y qué nos dice de usted, señorita? —preguntó la señora Barnes.
—Tengo que cambiarme primero —contestó Laura, que salió aprisa de la cocina y subió a su cuarto por la escalera posterior.
Una vez en su alcoba se detuvo un momento para mirar su imagen reflejada en el espejo. Vio su rostro pálido asomando entre la fina piel de la capucha y el terciopelo de la capa que le caía en graciosos pliegues desde los hombros hasta los pies.
Sí, comprendía lo que él estaba pensando. ¿Cómo podía ser de otra manera?
Se quitó la capa y la dejó caer al suelo. Entonces vio, junto a la cama, abierto y vacío, el viejo baúl de cuero que había llevado a Clantonbury. Alguien debía haberlo devuelto, tal vez por órdenes de Andrew…
Se dirigió al armario, lo abrió y, como esperaba, vio su ropa colgada allí. La señora Mildew la había ordenado. Laura se quitó ahora el vestido, barato pero bonito, que ella misma se había hecho en Dieppe. Aprisa, se puso el de algodón gris con que él la había visto en otras ocasiones. Lanzando un suspiro, se miró al espejo. Ahora se lo diría. Ahora le explicaría lo que había sucedido.
Bajó corriendo la escalera recordando cómo, en una ocasión, él la había contemplado desde allí, hipnotizándola con la mirada, mientras ella permanecía quieta, incapaz de reaccionar.
Abrió la puerta del salón, pero lo encontró vacío. Entonces corrió ansiosa por el pasillo hacia el comedor. Andrew se levantó de la mesa al verla llegar, empujando hacia atrás la silla.
—¡Oh! ¡Ya ha terminado! —exclamó Laura casi sin aliento.
—No tengo hambre —contestó él—, aunque te agradezco mucho que me hayas proporcionado un buen desayuno en tan poco tiempo. Tu mayordomo me ha dicho que el caballo ya está dispuesto.
—¿Ya? —exclamó Laura—. Pero si no se lo había encargado todavía…
—Me tomé la libertad de pedirle que me lo prepararan —dijo Andrew—. El caballo te será devuelto mañana. Mientras tanto, estará bien cuidado.
—Pero… ¿debe irse en… seguida? —preguntó Laura con voz débil.
Por primera vez, él la miró atentamente. Observó el vestido que llevaba puesto y, por un momento, su expresión se suavizó; pero casi en el acto volvió a adoptar la actitud severa de antes.
—Temo que tengo muchas cosas de las que ocuparme —dijo—. Los jueces de Newhaven me estarán esperando.
Esperó a que ella le precediera y Laura no pudo hacer otra cosa que caminar con lentitud por el pasillo.
—Creo que podré arreglar que no tengas que declarar en público —dijo Andrew—. Tu testimonio por escrito será suficiente. Enviaré a mi abogado a verte, quizá mañana mismo.
Habían llegado al vestíbulo y Laura vio que Bramwell esperaba, sosteniendo la capa y el sombrero de Su Señoría.
—Hay algo que quisiera pedirle —dijo, volviéndose hacia Andrew.
—Por supuesto, lo que desees —contestó él en actitud cortés, pero todavía altivo y lejano, con una reserva que ella pensó que jamás lograría penetrar.
—Tengo que hacerle una súplica… —añadió Laura, encaminándose al salón.
Él la siguió pero se detuvo en el umbral, como si no quisiera estar a solas con ella. Luego, con gesto de cansancio, cerró la puerta, pero no avanzó hacia el centro de la habitación, sino que permaneció de pie, como si la solicitud de Laura fuera una gran inconveniencia.
—Es solo… esto —dijo ella en voz baja—: Hay un joven contrabandista, Jim Howard, de quien yo quisiera que Su Señoría hablara con benevolencia ante el tribunal. Era su primer viaje y fue obligado a ir por el señor… Quayle porque estaba escaso de hombres.
Tartamudeó un poco al mencionar a Lew Quayle, porque le costaba trabajo incluso pronunciar su nombre.
—Lo recordaré —dijo Andrew—, y tal vez tú tengas la bondad de mencionar eso en tu testimonio y decir cómo obtuviste tal información.
—Tomé su bote prestado cuando fui a advertirles que… que usted les había tendido una trampa en el castillo —confesó Laura.
—De modo que fue así como lo lograste… —comentó Andrew—. Bien, como ya he dicho, haré lo que esté de mi parte por el chico, pero creo que todos recibirán sentencias severas. Mi abogado también hará un escrito para que recibas los bienes que el señor Quayle haya dejado a su muerte, ya que eres su esposa, e imagino que única heredera.
—¿Y cree realmente que yo tocaría ni un solo penique de su dinero… o algo que le hubiera pertenecido?
—Tal vez no todo lo que tenía lo ganase con el contrabando —sugirió él.
—¡No me importa cómo lo ganase! —exclamó Laura—. Sólo sé que no quiero nada suyo; únicamente… olvidar.
Volvió la cabeza para ocultar las lágrimas que asomaban a sus ojos y entonces notó que Andrew adoptaba un tono algo diferente al decir:
—Pero estabas dispuesta a casarte con él…
—¿Y qué otra cosa podía hacer? —replicó Laura—. Había hecho esa promesa…, había dado mi palabra de honor a Hughie.
—¡A tu hermano!
Escuchó la exclamación de asombro de él y pronto, en dos rápidas zancadas, Andrew estuvo a su lado, mirándola. La frialdad y la reserva habían desaparecido de su rostro. En su lugar había una angustiada expresión inquisitiva.
—¡Hugh! —exclamo—. ¡Pero está muerto…!
—No —contestó ella—; vive. Va a casarse con una mujer a la que ama y que le corresponde. Vivirán en Francia y sé que él estará bien.
—Entonces, ¿no estabas en Dieppe… sola con Lew Quayle?
Laura notó cómo la voz de él casi se quebraba al decir esto y le miró con los ojos muy abiertos.
—No, por supuesto que no. Hughie estuvo conmigo hasta ayer por la tarde. ¿Qué se imaginaba usted…? ¿Cómo ha podido pensar que…?
—¿Qué otra cosa podía pensar? —preguntó él con vehemencia—. Pensé que Hugh estaba muerto. Luego, te presentas con esa ropa y te muestras dispuesta a casarte con Quayle.
—Tenía que casarme con él. Se trataba de cumplir una promesa —dijo Laura—. Pero ¿cómo pudo pensar… otra cosa de mí?
—¡Laura! —exclamó Andrew de pronto y ella se quedó inmóvil—. Dijiste que me odiabas. Te creí, pero tenía que encontrarte para estar seguro. Cuando te vi a bordo anoche, pensé que no podía existir odio entre nosotros, que nunca podría haberlo. Y luego, tú accediste a casarte con ese hombre, el hombre con quien creí que habías estado…
—¡Él me había comprado! —le interrumpió Laura—. Me compró por ocho mil libras, el dinero que Hughie le debía. Era la única forma en que mi hermano podía pagarle.
—¡Dios mío! ¡Qué ciego he sido!… —Andrew dijo estas palabras casi entre dientes. Ahora su rostro parecía transfigurado y miró a Laura como si la viera por primera vez—. ¿Sabes lo que me has hecho? —dijo en voz tan baja que parecía estar hablando consigo mismo—. ¿Sabes lo que me has hecho sufrir? ¿Sabes el infierno en que he vivido esta última semana?
Ella contuvo el aliento. Algo trascendental estaba sucediendo; algo que hacía que el mundo entero pareciera envuelto de pronto en una luz dorada. Y, sin embargo, sólo pudo balbucir:
—¿Sufrir, milord? ¿Yo le he hecho sufrir?
—Cuando descubrí que te habías ido —repuso él—, cuando supe lo que había sucedido, cuando te vi en la playa y me dijiste que me odiabas…, pensé que había bebido hasta la última gota del cáliz del sufrimiento. Pero cuando volví y me enteré de que ese hombre te había llevado con él… ¡entonces pensé que iba a volverme loco!
Aspiró una profunda bocanada de aire.
—Descubrí, por medio de uno de los hombres de Quayle que lo delató, que te habías ido con él a Dieppe, pero yo tenía que esperar hasta que estuviera fuera del territorio francés para tratar de apoderarme de él. He tenido barcos patrullando toda la costa, día tras día, noche tras noche, y he estado esperando allí yo mismo, listo para arrojarme a su cuello y ahogar con mis manos a esa bestia asesina, hasta que me dijera lo que había hecho contigo. Jamás soñé, ni por un momento, que tú estabas a bordo. Y luego, cuando te vi…
Calló de pronto y la miró, todavía sin tocarla, con los ojos clavados en los de ella.
—Entonces te vi, Laura —continuó diciendo—, y pensé, por un momento, que te emocionaba tanto verme como a mí encontrarte inesperadamente.
Los ojos de ella se habían iluminado como estrellas y sus labios temblaban levemente al exclamar:
—¡Por supuesto que así era! Pero…
—¿Pero qué?
—Yo había prometido casarme con él… y pensé que no había esperanza de salvación para mí.
—¡Y ahora él está muerto! —dijo Andrew—. ¿Ahora qué, Laura?
Se quedaron mirándose el uno al otro y se produjo un largo silencio. El mundo entero parecía haberse detenido esperando la respuesta de ella.
De pronto, con un grito inarticulado, Laura se arrojó en brazos de él, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Levantó el rostro para mirarle y Andrew la oprimió contra su pecho como si no fuera a soltarla nunca, inclinando la cabeza para buscar sus labios.
—¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado! —dijo tras un largo intervalo—. Me sentía aterrorizado de perderte y no volver a encontrarte nunca. ¡Te amo, Laura! Y te enseñaré a amarme. Esperaré todo el tiempo que sea necesario, pero dime que algún día me dejarás cuidarte, llevarte lejos de todo lo que te ha asustado y herido, hacia la paz y la seguridad.
—¡Llévame contigo, Andrew! ¡Llévame contigo, pero ahora mismo! No necesito esperar. No quiero esperar. Sé hace mucho tiempo que te amo; lo supe desde el momento que te vi por vez primera, aunque no quería admitirlo. Me revelaba contra mis sentimientos porque yo creía que tú llegabas a invadir el mundo que yo me había construido y amenazabas destruirlo. Pero ahora sé que eras todo lo contrario: mi salvación. Y que allí donde tú estés, estará mi mundo.
Andrew la había escuchado mirándola fijamente, sin parpadear apenas. Primero con incredulidad, después profundamente conmovido.
—¡Laura! —exclamó—. ¿Es cierto… puede ser cierto lo que acabas de decir?
—¡Lo es, Andrew! ¡Jamás en mi vida he dicho nada más sincero! Te lo suplico, Andrew, llévame contigo y no me abandones nunca.
Y cuando él habló de nuevo, vibraba en su voz la firme convicción de un juramento:
—¡Así será, amor mío! ¡Te llevaré siempre conmigo, junto a mi corazón!
FIN