Capítulo 8

Laura no podía dormir. No se debía a que la enorme cama, de grandes almohadas bordeadas de encaje y delicadas sábanas de lino, le pareciera demasiado imponente como tampoco la atmósfera de lujo que la rodeaba. Ni siquiera a lo sucedido aquella noche durante la cena.

Lo que le impedía conciliar el sueño era la pregunta que le había hecho Helen de Clantonbury cuando se disponía a bajar a cenar, y que resonaba una y otra vez en sus oídos: «¿Tanto le ama?».

Ahora, en la soledad de su habitación, pensó que podía haber respondido de modo muy diferente. Pero la sangre se había agolpado en sus mejillas y sólo pudo balbucear:

—No, por supuesto que no… En realidad… no he pensado siquiera… en tal cosa.

La Duquesa rió con suavidad y, poniendo una mano bajo la barbilla de Laura, le había hecho volverse hacia ella.

—Creo que está mintiendo, queridita —aseveró.

Un momento después, antes que Laura pudiera contestar, se dirigió a la escalera y ella no pudo hacer otra cosa que seguirla. El vestido color salmón de Helen, bordado con perlas y brillantes, crujía al caminar y a la joven se le antojó que las grandes esmeraldas que rodeaban su cuello la miraban como pequeños ojos maliciosos.

Al llegar al vestíbulo, la Duquesa le había recordado en voz baja:

—No olvide lo que hemos planeado. Haga bien su papel. Le juro que será muy divertido ver la reacción de nuestros caballeros cuando usted aparezca.

Laura recordó inquieta que Helen, mientras se vestían, había planeado anunciarla a ella como si fuese otra persona, visitante habitual de Clantonbury, y que tratarían de ver quién se daba cuenta primero del engaño.

—Es una suerte que el Duque no la haya visto antes, porque él hará su papel con naturalidad. Es a mi hermano y a Nicholas Weston a los que debemos observar. Y, desde luego, su propio hermano la reconocerá en el acto.

Al principio, a Laura le había parecido una idea muy divertida, pero luego, mientras esperaba el momento de entrar en el salón, tuvo miedo.

—Está preciosa, querida, así que tranquilícese —fueron las últimas palabras de Helen antes de separarse de ella al pie de la escalera y Laura atravesó una gran puerta de doble hoja que abrieron los lacayos y entró en otro salón.

Esperó, de acuerdo con las instrucciones de la Duquesa, dos minutos que le parecieron eternos. Media docena de lacayos, permanecían en el vestíbulo inmóviles, mirando al frente, pero Laura tenía la impresión de que la estaban vigilando.

Cuando vio que dos de ellos se acercaban al gran salón, comprendió que el tiempo convenido había pasado. Aunque invadida por un terror repentino, se obligó a caminar, atravesando las puertas que habían sido abiertas. Entonces escuchó una voz que anunciaba estentóreamente:

—¡La Vizcondesa Mayfield, Su Señoría!

Era un nombre que habían escogido al azar, pues la Duquesa decidió que sonaba muy real. Y ahora Laura se encontró atravesando una enorme estancia. La envolvían las luces, las flores y un calidoscopio de vivos colores. Su mirada se fijó en una sola figura: la de la Duquesa, que avanzaba hacia ella, con ojos de expresión traviesa, pero una sonrisa muy convencional en sus labios rojos.

—¡Qué amable por su parte haber venido, mi querida Lady Mayfield! —dijo Helen con la que Laura comprendió era su voz «social»—. Estaba diciendo a mi esposo y a mis invitados lo afortunados que éramos de que hubiera aceptado cenar con nosotros.

Laura había hecho una reverencia y Helen procedió a presentarla con mucha formalidad a su esposo, quien se inclinó sobre la mano que ella le tendía. El Duque era un hombre bajo de estatura, casi calvo, de cara larga y con un sorprendente aire de sencillez que ni siquiera sus elegantes pantalones de satén hasta la rodilla ni su levita de brocado podían disimular.

—Y ahora, debo presentarle a mis otros invitados —prosiguió la Duquesa, llevándose a Laura a su lado—. El señor Nicholas Weston, un viejo amigo.

—Su servidor, milady —dijo el señor Weston con gran solemnidad y Laura sintió un deseo repentino de reír, porque al menos él no la había reconocido.

—Y Sir Hugh Ruckley, nuestro vecino —continuó la Duquesa.

Laura vio que Hugh, no sólo no pareció sospechar quién era la recién llegada, sino que ni siquiera se le notaba interesado por ella. Sólo tenía ojos para la Duquesa, a quien contemplaba con evidente admiración.

—Por último —dijo Helen—, deseo presentarle a mi querido hermano, Lord Andrew Chard.

—Milord —murmuró Laura e hizo una reverencia, sin poder sostener la mirada de él. Bajó los ojos y las pestañas sombrearon sus mejillas teñidas de rubor.

«Él tampoco me ha reconocido», pensó, mas al incorporarse, oyó decir a Lord Chard:

—Has hecho que se la vea encantadora, Helen.

—¡Oh, Andrew! ¡Ya la reconociste! —exclamó Helen en tono de reproche.

—¡Por supuesto! —contestó Lord Chard—. ¿Pensabas que podrías engañarme?

—¿Qué dice? —intervino Hugh—. ¡No me digan… que es Laura!

—¡Qué transformación! ¡Jamás lo hubiera creído posible! —exclamó Nicholas Weston.

—¿Me quiere alguien explicar de qué están hablando? —preguntó el Duque.

—Sí, mi amor, claro que lo haremos —contestó su esposa—. Es lamentable que Andrew la haya reconocido después de todo el trabajo que me tomé en transformarla. ¿Cómo lo has adivinado? Nicholas y Sir Hugh no lo sospecharon siquiera.

—Olvidaste alterar sus ojos —contestó Andrew Chard y su hermana hizo un gracioso mohín.

—¡Qué tonto eres! Como si eso fuera posible… Pero engañamos a Sir Hugh, ¿verdad?

—Jamás había visto a Laura así —contestó el joven Ruckley.

—¿Debo entender —comentó el Duque con impaciencia—, que no es Lady Mayfield, sino la señorita Laura Ruckley? ¿Cómo es que su hermano y Nicholas no la reconocieron?

Fue Laura quien le contestó:

—Porque llegué aquí vestida con mi propia ropa, anticuada y fea. Pero su esposa ha logrado, Señoría, como por arte de magia, convertirme en una dama elegante. Y como puede ver lo hizo muy bien, porque ni mi propio hermano me ha reconocido.

—Habría sido muy divertido si lo hubiéramos podido prolongar un poco, pero Andrew siempre arruina nuestros juegos. Es demasiado listo.

—Es su entrenamiento, querida —declaró el Duque intentando consolarla—. Un hombre que manda un regimiento adquiere mucha experiencia en averiguar la verdad. Y ahora ese entrenamiento le servirá en su nueva misión.

—¿Qué misión? ¡Andrew no me ha dicho nada! —exclamó Helen, volviéndose con expresión de reproche a su hermano.

—Su Majestad le ha encargado la misión de limpiar la costa de contrabandistas. Es una tarea que asustaría a la mayor parte de los hombres, pero, por supuesto, él no tiene miedo a nada.

—¡Oh, pero qué aburrido! —exclamó la Duquesa—. Pensé que sería algo más romántico. ¡Contrabandistas, bah! ¿Qué daño causan? Si haces más difícil que traigan las telas francesas, los precios en la calle Bond, se pondrán por las nubes, fuera del alcance de todos los bolsillos.

—Son las mujeres como tú las que alientan a los delincuentes —dijo el Duque con severidad—. Creo que Andrew hará bien en dejar caer sobre ellos todo el peso de la ley.

—¡La cena está servida, Señoría!

La voz del mayordomo había retumbado en el extremo opuesto del salón y Laura se sintió aliviada de que ello pusiera fin a la peligrosa conversación. Advirtió, sin embargo, que los ojos de Lord Chard la seguían cuando el Duque le ofreció su brazo para conducirla al comedor.

Allí les sirvieron una gran variedad de deliciosos manjares que los lacayos llevaron a la mesa en fuentes de oro. La mesa estaba adornada con orquídeas y grandes candelabros que podían sostener hasta doce velas.

Laura se encontró sentada entre el Duque, a su derecha, y Lord Chard a la izquierda. Después de intercambiar unas frases convencionales con su anfitrión, se volvió hacia Andrew y vio que éste le sonreía.

—¿En qué está usted pensando? —preguntó ella.

—En lo fácil que es para una mujer cambiar de plumaje.

—Así que el humilde gorrión se convierte en pavo real, ¿no? —preguntó Laura, procurando disimular su tristeza—. Pero es sólo por una noche, milord.

—Por mucho más que eso, espero —respondió él—. Mi hermana está ya haciendo planes para presentarles a otras personalidades del condado. Oiga lo que está diciendo a su hermano.

Era cierto. La Duquesa hablaba en aquellos momentos con Hugh de las numerosas actividades que tenía preparadas para ellos y el joven Sir lo aceptaba todo con evidente entusiasmo.

Laura no supo si alegrarse o entristecerse por no tener que regresar al día siguiente a su casa. Había una gran confusión de sentimientos en su corazón. De una cosa estaba segura: se sentía tímida ante Lord Chard. Había algo en los ojos de él aquella noche que no le permitía mirarle de frente.

Cuando, después de tomar los licores y fumar sus cigarros, los caballeros se reunieron con las damas en el salón, la Duquesa había propuesto que jugaran a las cartas e insistió en que Laura tocara el piano.

Al principio la joven se sintió temerosa de hacerlo, pero no tardó en darse cuenta de que los demás estaban tan enfrascados en el juego y en la conversación, que nadie la escuchaba. Y, como siempre le sucedía, no tardó en dejarse llevar por la música.

—¿Qué sueño está forjando ahora? —preguntó de pronto una voz.

Se estremeció al ver que Andrew Chard estaba de pie a su lado. No le había oído aproximarse. Y después se sentó tan cerca de ella, que su rodilla rozaba el vestido de Laura.

—Siga tocando y hábleme con su música del mar, porque yo sé que es parte de su vida.

—¿Por qué dice eso? —preguntó ella, sorprendida.

—Yo sé que usted lo ama y lo teme a la vez. Son nuestros sentimientos respecto a una cosa los que importan, no la cosa en sí.

—No… sé —repuso ella, pero sabía que él estaba diciendo la verdad. Amor o temor de algo o de alguien. Eso era cierto en su caso. Y no estaba segura de estar pensando en el mar o en Andrew Chard. Sólo sabía que ambos provocaban una tempestad dentro de su pecho, porque su corazón parecía estar empeñado en una lucha mortal consigo mismo—. No puedo tocar… con usted aquí —declaró azorada y se puso de pie.

—Vamos a la terraza —propuso él y, antes que la joven pudiera decir nada, la condujo por uno de los ventanales de tipo francés a la terraza que daba al jardín. Éste podía distinguirse con claridad gracias a la luz procedente de la casa, porque era una noche sin luna.

—¿Puedo darle un consejo, Laura? —preguntó Andrew Chard de forma inesperada, tras unos momentos de silencio.

—Si lo desea… —contestó en voz ligera—. Pero le advierto que no es muy probable que lo siga, porque los consejos invariablemente exhortan a hacer algo que no se desea o a renunciar a algo de lo que se disfruta.

Él había echado hacia atrás la cabeza, riendo, y Laura se dio cuenta de que, cuando reía, tenía un aspecto más joven.

—Es usted incorregible —dijo Andrew por fin—. Una contradicción completa en todos los sentidos.

—¿Una contradicción? —preguntó, desconcertada.

—Sí, Laura. Parece frágil y débil, fácil de manejar; pero en realidad es fuerte, decidida y, a decir verdad, un poco obstinada.

—Esa descripción me suena horrible —protestó Laura.

—Ésa es una palabra que jamás podría aplicarse a usted —contestó Andrew—. ¿Tiene idea siquiera de lo hermosa que está esta noche?

La voz acariciadora del hombre la atemorizaba, haciéndole desear la huida. Pero, tal vez debido a la quietud que los rodeaba, y al cielo cuajado de estrellas, se había quedado mirándole con expresión inquisitiva.

—Ya le he dicho que es sólo el plumaje del pavo real —murmuró sonriendo.

—A mí me parecía más hermosa aún con aquel sencillo vestido gris que llevaba cuando la traje aquí —contestó Andrew—. Fue usted, si lo recuerda, quien se quejó de él, no yo.

—Ahora se está burlando de mí —murmuró Laura con timidez.

Andrew extendió una mano para cubrir la de ella. Al contacto de sus dedos, Laura esperaba sentir la sensación de seguridad y consuelo que había sentido en otra ocasión. En cambio, consternada, experimentó algo muy diferente.

Sintió que la recorría un repentino estremecimiento; era como si algo despertase en su interior, cobrando vida. Percibió cómo se aceleraba su respiración y mientras permanecía allí, temblando porque él la había tocado, vio que el rostro de Andrew se acercaba más y oyó que su voz enronquecía al pronunciar su nombre:

—¡Laura…!

No tuvo tiempo de contestarle porque, en aquel momento, se escuchó un grito procedente del salón:

—¿Qué haces? ¡Vamos a empezar otra partida y te estamos esperando!

La voz de la Duquesa había roto la magia del momento. Apresuradamente, Laura retiró las manos que Andrew Chard había aprisionado entre las suyas y entró en la iluminada estancia.

No tenía idea de lo que se dijo o se hizo el resto de la velada. Sólo sabía que aquella extraña sensación que había invadido su pecho continuaba allí, que sentía pulsaciones inexplicables en sus venas y la garganta oprimida por una rara emoción.

Horas más tarde, habían subido a acostarse. Hubo muchas despedidas, acuerdos de último momento para la mañana siguiente, el suave beso en la mejilla de la Duquesa y luego, por fin, se quedó sola en su habitación.

«¿Tanto le ama, chiquilla?».

No podría descansar nunca hasta que encontrara la respuesta a tal pregunta. Tenía que enfrentarse a ella. No podía rehuirla por más tiempo.

De pronto, Laura se cubrió el rostro con las manos.

—¡No! —murmuró en voz alta—. ¡No puede ser verdad!

* * *

La mañana siguiente resultó muy agradable, sin alteraciones emocionales. Los caballeros, según explicó la Duquesa a Laura, se habían ido a una subasta de caballos al terminar de desayunar y no volverían hasta bien entrada la tarde.

A Laura le agradó la idea de pasar el día sola con Helen, y ésta se mostró cordial y entusiasta en su afán de mostrarle todas las bellezas de Clantonbury, que ella veía con mucha naturalidad, pero que dejaron a Laura casi sin aliento.

—Ahora que nos hemos conocido mejor —observó la Duquesa en cierto momento del recorrido—, debe venir a visitarnos, y a pasar unos días con nosotros con toda la frecuencia que le sea posible… Pero venga a ver nuestro invernadero de claveles. Son mis flores favoritas.

Habían salido ya de los invernaderos y se encontraban en la rosaleda, cuando vieron regresar a los caballeros. Laura no pudo evitar que el corazón le diera un vuelco en el pecho cuando vio a Lord Chard acercarse a ella.

Helen corrió al encuentro del Duque y de Hugh, con quien habló animadamente, mientras Nicholas Weston entraba en la casa.

Por unos momentos, Andrew y Laura se encontraron solos y él se quedó contemplándola en silencio.

Como Laura temía su proximidad se apresuró a decir:

—Espero que hayan tenido un buen día, milord. Me gustaría oír los comentarios de Hugh sobre lo que han hecho…

Se apresuró a reunirse con el grupo donde estaban los Duques y su hermano, seguida por la mirada pensativa de Andrew.

—¿Qué has hecho todo el día, mi amor? —Estaba preguntando el Duque a su esposa.

—Laura y yo nos hemos entretenido recorriendo la casa y hablando sobre los invitados que vienen esta noche… En fin, lo hemos pasado muy bien —contestó Helen con una sonrisa.

—Me alegra saberlo, querida —comentó su marido—. Temía que nos echaseis mucho de menos.

—¡Mira qué vanidoso! —bromeó la Duquesa—. No diré si los hemos añorado o no. Dejaré que lo adivinen…

Caminaban hacia la casa, pero de pronto Helen se detuvo y se volvió, como si hubiera recordado algo.

—¡Oh, por cierto, cariño! El administrador estuvo aquí poco después que te fueras esta mañana. Dijo que era urgente y yo lo recibí. No tenía gran importancia, en realidad. El capitán del regimiento de dragones que acamparon aquí anoche quería darte las gracias por tu hospitalidad y por la cerveza que mandaste a sus hombres.

—Oh, sí, ya recuerdo —repuso el Duque—. Le dije a Richardson que enviara un par de barriles al campamento.

—Pues se mostraron muy agradecidos —sonrió Helen—, y me parece que lamentaban tener que marcharse.

—¿A dónde iban?

—A un pueblo llamado Al… Alfriston, creo. Tienen órdenes de atrapar a unos contrabandistas. ¡Esperemos que no tengan éxito en su misión! Ya sabes que mis simpatías siempre están con el zorro y no con los cazadores.

La Duquesa lanzó una alegre carcajada y entró en la casa con su marido. Los ojos de Laura se encontraron con los de Hugh y luego, sin decir palabra, siguió a su anfitriona y subió con ella la escalera, dirigiéndose a su habitación. Sabía con certeza que su hermano iría a buscarla tan pronto como pudiera.

Unos cinco minutos más tarde, en efecto, escuchó que llamaban impacientemente a la puerta. Ésta se abrió y entró Hugh en la habitación.

—¿Has oído eso? —preguntó en voz baja y furiosa—. Deben haberse enterado de lo del alijo que esperamos.

—¿Está seguro de que el barco llegará esta noche? —preguntó Laura.

—Ya lo creo que lo estoy —contestó Hugh—. Por eso quería alejar a Chard del castillo. Y por eso Lew tuvo que sacar de la bahía la carga anterior.

—Pero no estamos absolutamente seguros de que los soldados iban a Alfriston —comentó Laura sin convicción.

—¡Por supuesto que estamos seguros! —replicó Hugh—. Todo está ahora muy claro. Chard, al venirse aquí con nosotros, tranquilizó las inquietudes de todos. Me tenía desconcertado. Parecía haber abandonado la idea de capturar una carga en ese lugar en particular. ¡Ahora comprendo con exactitud lo que se proponía el muy ladino!

Paseaba nerviosamente de un lado a otro de la habitación, diciendo como si hablara consigo mismo:

—Lew llegará muy tranquilo con el barco y los dragones asaltarán la playa en el último momento. Es posible que incluso estén ocultos en el castillo… No me asombraría que su insolencia llegara al punto de tener escondidas sus tropas en nuestra propiedad.

—¡Oh, Hughie, estás sacando conclusiones precipitadas! ¡No podemos estar seguros! —exclamó Laura.

—Puedes estar segura de una cosa —contestó Hugh—, y es que los dragones, por instrucciones de Chard, están rodeando ya el lugar. Y si es así, ¿cómo pueden escapar los ponis con la carga, aun en el caso de que Lew tuviera la oportunidad de bajar a tierra la mercancía?

—¿Qué… qué vamos a hacer? —preguntó Laura con desesperación.

—Tenemos que prevenir a Lew —respondió su hermano.

—¿Cómo podríamos lograrlo?

—Es imposible que yo lo haga. Si intentara siquiera alejarme de aquí, Chard me detendría, por la fuerza en caso necesario. ¡Tienes que ir tú, Laura! —exclamó Hugh de pronto—. ¡Tienes que advertir a Lew para que no desembarque!

—No te entiendo… —murmuró Laura, desconcertada.

—¡Lew viene a bordo del barco, tonta! —exclamó él con impaciencia—. Partió para Francia ayer por la mañana. Todo estaba ya arreglado y la carga esperaba en Dieppe. Lo único que tenían que hacer era llevarla al barco y traerla. Deben llegar a la bahía poco después de medianoche. ¡Por Dios, Laura, tienes que detenerlos antes que lo hagan!

—¡Pero es imposible, Hughie! ¿Cómo podría hacerlo?

—Tienes que hacerlo —insistió él—. Si no, estamos arruinados. Además, si Chard captura a Lew y a los demás, obtendrá suficientes pruebas para colgarme a mí también. ¿Quieres que eso suceda, Laura?

Hugh se arrojó de rodillas junto a la silla de su hermana.

—¡Estoy al borde del abismo! ¡Sálvame, Laura! ¡Por lo que más quieras, sálvame, porque no hay nadie más que pueda hacerlo!

La súplica llegó directamente al corazón de Laura. Sin pensar si podría hacer algo, abrazó a su hermano y, apretando su mejilla contra la de él, dijo impulsivamente:

—¡Claro que te salvaré, mi querido Hughie! ¡Sea como sea, juro que te salvaré!