Capítulo 6

Al día siguiente Bethany imaginó que, entre el mediodía y la una, Robert podría aparecer para invitarla a almorzar con él. Aunque no sucedió así. Como de costumbre, la chica comió su almuerzo envuelto, en el cuarto contiguo a la tienda y luego salió a dar un breve paseo.

Durante los siguientes tres días, la joven se encontró pensando, en la fiesta de la señora Fitzhoward, más frecuentemente de lo que hubiera deseado.

El cuarto día, cuando respondió el teléfono en medio de la tarde, una voz femenina preguntó:

—¿Me puede comunicar con la señorita Castle?

—Ella habla.

—Soy la secretaria de la duquesa de Dorset. ¿Es una hora conveniente para que hable con usted? No es en relación con flores, sino para algo personal. Si usted prefiere, ella podrá llamarle a su casa, si tiene teléfono allí. Podría buscar su número en el directorio.

—Nuestro número, está a nombre de mi compañera de cuarto —respondió Bethany—. Pero podría hablar ahora con la duquesa.

—Un momento, por favor.

Hubo una breve pausa, antes de que la duquesa de Dorset dijera por el aparato:

—Buenas tardes, señorita Castle. Mi hijo Robert me contó, que usted comparte su gusto por las acuarelas y me pareció, que quizá le gustaría ver nuestra colección. Si está libre, ¿podría hacernos el honor de su visita, este fin de semana?

—Me… me encantaría. Es usted… muy amable.

—Mi esposo pasará el viernes por la noche en Londres. Puede traerla el sábado en la mañana en su auto, para almorzar con nosotros y yo tengo una cita con mi dentista el lunes por la mañana, así que yo la llevaré de regreso. Será un fin de semana tranquilo, con sólo mis hijos aquí y no nos vestimos formalmente para cenar, ni nada por el estilo cuando estamos en familia. Le aconsejo que traiga consigo alguna ropa abrigadora y unos zapatos para caminar. Robert la invitará seguramente, a dar algún paseo por los alrededores. Es un gran andarín. No sé si a usted le guste caminar.

—Sí, lo hago mucho, incluso en Londres —respondió la joven.

—Magnífico; entonces, no le importará que la lleven montaña arriba y valle abajo; Ya tengo su dirección. ¿Podría darme su número de teléfono, por si surge alguna dificultad?

Bethany se lo proporcionó y la duquesa terminó su breve charla, diciendo:

—Mi esposo pasará por usted a su apartamento, a las diez y media. Trate de no hacerlo esperar, ya que es un fanático de la puntualidad. Tengo muchos deseos de verla el sábado. Adiós, querida.

Cuando Cressida supo de la invitación, exclamó:

—¡Caramba! Quizá se enamoró de ti y tiene intenciones honorables, para variar.

—Eso me parece tan poco factible, como que mañana se acaba el mundo.

De algo estaba segura: no intentaría seducirla bajo el techo paterno. Podría disfrutar tranquilamente de la estancia en casa de los Dorset, sin preocuparse de que el joven libertino hiciera, en cualquier momento, honor a su fama.

* * *

A los veinte minutos después de las diez, estaba parada afuera del apartamento en espera del duque. A los veinticinco para las diez vio acercarse un Rolls Royce pardo, y esperó hasta que vino a estacionarse a su lado.

El duque no lo conducía, sino un chofer de librea. Éste salió y después de un cortés; «Buenos días, señorita», le abrió la puerta y tomó la maleta de sus manos. Mientras el chofer guardaba el equipaje, el duque expresó a Bethany, en tono pomposo:

—Buenos días, señorita Castle. Permítame felicitarla por su puntualidad. Es una cualidad regia, como dijo Luis Dieciocho. Pero no es muy común entre los miembros de su sexo, señorita, si me permite el comentario.

—Buenos días —saludó ella, sonriendo.

Cuando el chofer regresó ante el volante, el noble hizo una leve señal con la mano, para que iniciara la marcha.

Durante diez minutos el duque charló con la muchacha. Luego dijo:

—Bueno, no creo que podamos hablar de boberías durante toda una hora, o al menos yo no puedo, de modo que le sugiero se entretenga con estos libros que compré para mi esposa y yo leeré el Times.

Bethany tomó una biografía, que le pareció interesante.

Luego de abrir el libro, no volvió a levantar la vista, sino hasta que el duque anunció:

—Ya llegamos.

Se hallaban ante el portón, de uno de los más bellos castillos habitados de la Gran Bretaña.

El castillo se levantaba en una isla, al centro de un lago rodeado por un parque de venados, y lo habían fotografiado con frecuencia para innumerables guías de viaje, como un ejemplo extraordinario de fortaleza medieval.

El automóvil entró en el sendero particular, que rodeaba el lago y pronto pasaban bajo el arco de la caseta de guardabarrera, hacia el amplio patio frontal.

La duquesa esperaba ante el portón para darles la bienvenida, cuando el auto se detuvo.

El chofer abrió la puerta y el duque descendió para saludar a su esposa, Bethany observó con qué amor lo miraba ésta y el afectó que manifestaba el noble, al inclinarse para besarle en la mejilla.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

Luego se volvió para ayudar a su invitada a bajar, diciendo:

—La señorita Castle estuvo leyendo una biografía durante todo el camino y sin duda, le gustaría terminarla antes de su partida.

—Por supuesto. ¿Cuál es? —inquirió la duquesa, mientras estrechaba la mano de la joven. Cuando ésta le mencionó de qué libro se trataba, agregó—: Lo pondré en tu habitación. Ven a conocer a mi hijo mayor, James. Robert no ha llegado aún. Estuvo fuera toda la semana, pero lo esperamos hoy.

—Voy arriba a cambiarme, Laura —comentó el duque, al entrar en el vestíbulo.

Mientras el duque desaparecía escaleras arriba, su esposa dijo:

—Quizá deba mencionar, que James está reducido a silla de ruedas. Es víctima de una dolorosa enfermedad, para la que todavía no hay cura. Lleva su infortunio con enorme valor y afortunadamente, sus facultades intelectuales no han sido mermadas y compensan su incapacidad física.

James, el vizconde Hartigan, estaba sentado junto a una ventana que daba al lago, cuando entró su madre con la joven visitante a la habitación donde escuchaba música orquestal que Bethany no pudo reconocer.

El vizconde las oyó entrar, giró su silla hacia ellas y apagó la música, antes de que se acercaran a él. Su sonrisa era amistosa y alegre al decir:

—Discúlpeme por no ponerme de pie, señorita Castle… ¿o puedo ser informal y llamarte, por tu encantador y raro nombre de pila?

—Por supuesto… por favor, hazlo.

Al llegar Robert al castillo, Bethany ya conocía su habitación, había disfrutado un delicioso almuerzo ligero y empezaba a sentirse a gusto con los otros miembros de la familia, especialmente con la duquesa.

La dama le mostraba los compartimentos privados, cuando se les unió su hijo menor. Después de besar a su madre, le entregó un paquete.

—Un regalo de París. Hola, Bethany. Me alegra verte otra vez. Como ya te habrán informado, estuve al otro lado del Canal toda la semana, de modo que tuve que dejar a mis padres, la misión de concertar este nuevo encuentro contigo. Me alegra que hayas podido venir.

Mientras hablaba, le entregó un paquete envuelto en el mismo papel plateado.

La duquesa ya estaba abriendo su obsequio, que era un par de guantes de gamuza con forros de seda. Estaba encantada y abrazó a su hijo con afecto.

—Gracias, querido. Qué amable de tu parte.

Bethany no estaba segura, de si debía aceptar un regalo de él. Para su alivio, vio que se trataba de una pañoleta poco costosa.

—Muchas gracias —alzó la mirada hacia Robert.

—Espero que te guste el color. La primera vez que te vi llevabas blanco y negro. La otra noche, violeta. Y ahora nuevamente blanco y negro.

—Dejaré a tu cargo la labor de guía, Robert —comentó la duquesa—, muéstrale la casa a Bethany. ¿Ya viste a tu hermano?

—Sí, lo salude cuando entré. Parece abatido. ¿Tuvo una mala semana?

—Eso temo. No quiere admitirlo, pero basta con verlo. No olvides que tomaremos el té a las cuatro.

La dama se alejó.

—¿A qué fuiste a París? —preguntó la chica.

—Sólo estuve allí un par de horas, antes de mi vuelo. El resto del tiempo lo pasé en el campo, lejos de París. Si mi padre no hubiese heredado todo esto, hubiera escogido la agricultura como actividad. Como está la situación, sus otros compromisos, lo obligan a confiarme la administración de la granja doméstica. Tenemos un gran rebaño de Charoláis, el ganado francés blanco, que seguramente habrás visto pastando en el llano, y rebaños más pequeños, de reses y ovejas inglesas. Como ya me advertiste de tu antipatía por los equinos, no quiero fastidiarte con cuestiones de bovinos y ovinos.

—Me gustan las ovejas —comentó Bethany—. ¿Has visto ese encantador libro de dibujos sobre ovejas, por Henry Moore?

—Sí. Mi madre me lo regaló. ¿Quieres saber lo que opinó de ti mi padre, cuando hablamos hace un momento? Ganaste su aprobación inmediata, lo que no es el caso con la mayoría de mis amigas. Su veredicto fue el siguiente: Una joven muy agradable. Bonitas piernas, puntual y… le gusta leer. Tiene toda la razón respecto a tus piernas. Yo también las había notado, desde el día en que te conocí. Hay algo en un par de bellas piernas con medias negras, que resulta de lo más erótico.

Bethany tuvo la fuerte intuición de que, si no lo refrenaba, iba a besarla. Estaban a varios kilómetros del resto de la familia, en una parte del castillo que nunca fue habitada, excepto cuando los Dorset recibían a la nobleza o a ministros de estado.

Aunque la joven era alta, incluso en zapatos de tacón bajo, el joven noble la sobrepasaba con mucho. Resistírsele físicamente sería imposible. Tenía que detenerlo, antes que pusiera las manos sobre ella.

Retrocediendo rápidamente un paso, dijo con la voz más fría posible:

—Me alegro que tu padre me apruebe, aunque debo señalar que no soy tu amiga, en el sentido que se le da usualmente a esa palabra. Una conocida tal vez, pero nada más.

—¿Por qué nada más? Si tuvieras interés en otro hombre, no creo que hubieses aceptado la invitación de mi madre.

—No estoy interesada en nadie más… ni planeo estarlo. Ciertamente, no con alguien a quien apenas conozco —respondió Bethany, con firmeza—. Si pediste a tu madre que me invitara para flirtear conmigo, temo que quedarás desilusionado. Vine porque deseaba conocer el castillo y todos los objetos hermosos, que ha coleccionado tu familia a través del tiempo. Me sorprendió la invitación, sin embargo no estoy tan agradecida como para… iniciar una aventura contigo.

—No estoy sugiriendo nada por el estilo. Sólo estaba manifestando mi admiración por tus piernas, pero parece que tú concedes a eso las proporciones de una proposición, ¿verdad?

—Sólo estoy… aclarando la situación desde el principio, para evitar cualquier mal entendido.

—Mensaje recibido y comprendido. Creo que será mejor, que pospongamos el resto del recorrido para más tarde. Son las cuatro, hora de tomar el té.

Bethany observó que James casi no comía. Mientras estaba hablando y bromeando, era menos notorio, pero cuando su rostro estaba en reposo era claro que se trataba de un hombre abatido por la enfermedad. Si ésta era progresiva e incurable, parecía poco factible que diera a su robusto padre un heredero.

Quizá era el terrible mal de su hermano, lo que explicaba las correrías de Robert. Sin embargo, seguramente sería más satisfactoria para él la relación más profunda del matrimonio, en lugar de una sucesión de aventuras frívolas.

—¿Adónde te has ido, Bethany?

Cuando la voz de Robert penetró sus ensueños, Bethany se sobresaltó.

—Lo siento… estaba a muchos kilómetros de aquí —se disculpó.

—Es claro pero ¿en dónde? —preguntó él, en son de broma.

—En un partido de críquet hace setenta años —respondió Bethany, evasiva.

Esa noche antes de la cena, Robert le mostró los retratos de familia de la sala de recepciones.

El que le pareció más interesante, fue el de la bisabuela norteamericana de Robert, la novena Duquesa de Dorset ¡una mujer muy atractiva!

Aparte del comedor para ocasiones especiales, el castillo tenía otro para comidas menos formales. Sin embargo, esa noche cenaron en un cuarto redondo, conocido como la sala de recibo, en uno de los torreones.

Ahí era donde estaban colgados, los cuadros comprados por el actual duque y su familia y las paredes, estaban casi tapizadas con ellos.

Cuando la duquesa indicó a Bethany el sitio donde debía sentarse y Robert sacó la silla para que se sentara, la chica observó un cuadro que, aunque nunca lo había visto, era perturbadoramente familiar en estilo para ella.

—Oh… ¿ése es un Warren? —preguntó trémula.

—Sí, es mío. Lo compré hace algunos años en Nueva York —respondió Robert, detrás de ella—. Debes conocer bien su obra, para reconocerlo a primera vista.

—Lo conozco. El pintor es mi tío.

—Hermano de tu madre, posiblemente, ¿no? —preguntó James.

—No, de mi padre. Warren es el segundo nombre de David.

—Sabía que es inglés, pero que no vive aquí, sino en algún país del extranjero —comentó Robert, que se había sentado frente a Bethany.

—En Italia.

—¿Fue con él y su familia que pasaste una temporada allí?

—Sí —le parecía innecesario explicar, que David no tenía familia.

El duque, que se había acostado tarde la noche anterior, se retiró temprano y la duquesa con él. James se fue a sus habitaciones mucho antes. Un sirviente lo acostaba y lo ayudaba a vestirse por las mañanas.

Bethany dio las buenas noches a Robert, mientras los padres de éste todavía estaban en el salón, pero él le expresó con un brillo extraño en los ojos:

—Tenía la esperanza, de que jugaras una partida de naipes conmigo.

—Temo que soy ave diurna, más que nocturna y tuve que levantarme muy temprano esta mañana, para hacer mi parte del quehacer de la casa. No sería justo dejárselo todo a Cressida.

—En ese caso no debo ser egoísta e impedirte reposar. Yo también soy madrugador. Tengo la costumbre de vagar por la orilla del lago, a las primeras luces de la mañana. Buenas noches, Bethany.

Ella estaba en la cama leyendo, cuando alguien llamó a la puerta.

—Entre —ordenó.

Robert abrió la puerta, llevaba en una mano una jarra con asa de plata.

—Viendo tu luz encendida todavía en la ventana de tu cuarto, deduje que tenías dificultades para dormir y te traje una sosiega —dijo Robert, cerrando la puerta tras él y acercándose al lecho de la muchacha.

Dejo la jarra sobre la mesita de noche. Se enderezó y miró a la joven, que tenía el cabello trenzado, un camisón antiguo y un libro.

—Pareces tan virtuosa como una virgen victoriana, pero pienso que no posees el respeto a la verdad de éstas —comentó burlonamente—. Sospecho que te acostaste temprano porque deseabas leer, no porque estuvieras cansada.

—Bueno… en parte quizá sea cierto —admitió ella.

—Y en parte, porque tenías miedo de quedarte sola conmigo, después de que mis padres se retiraron.

—Cuando dijiste «mensaje recibido y entendido», concluí que no había necesidad de sentir temor de ti —respondió Bethany, serenamente.

—Por el momento, sí; lo jugaremos a tu manera. ¿Puedo sentarme, mientras tomas tu bebida?

Dando por sentado su asentimiento, se sentó en una orilla de la cama.

—¿Qué es? —preguntó ella, extendiendo la mano hacia la jarra.

—Una infusión de hierbas, con un poco de brandy. Me gustaría hacerte una pregunta muy personal.

Bethany permaneció en silencio, mirándolo por encima de su taza.

—Fue claro, quizá sólo para mí, que no te gustó que te interrogaran sobre tu estancia en Italia. Cuando nos vimos en la fiesta de la señora Fitzhoward y yo recité algo en italiano, te acongojaste mucho —prosiguió él—. Y esta tarde me expresaste, que no querías involucrarte con ningún hombre. Todo eso permite deducir, un romance desdichado con algún italiano; un romance que terminó mal y del que no te has recuperado. ¿Son correctas mis deducciones?

—Sí, estuve enamorada en Italia.

—Me lo imaginé —evidentemente, Robert no quería insistir en el tema; tomando el libro de la mesa de noche, comentó—: Es una buena biografía, ¿verdad?

—Oh, sí… excelente. Desde el punto de vista erudito, tiene todos los datos exactos, aunque está escrito con mucha agilidad y estilo. No tiene un solo pasaje aburrido.

—Me propondré leerlo. No dejes que te desvele mucho. Si no llueve, después del desayuno espero que me acompañes a pasear —se puso de pie y se encaminó a la puerta.

—Me gustaría mucho —dijo Bethany—. Gracias por esto —refiriéndose al té.

—Eso, como podrás suponer, fue solo un pretexto para venir aquí. Buenas noches.

* * *

Por el resto de ese primer fin de semana, Robert se portó muy educado con ella. Un mes después, luego de verlo varias veces en Londres, la invitaron otra vez al castillo y le pidieron que llevara a Cressida.

En esa época, Cressida estaba enamorada con más intensidad que de costumbre. Por mucho que le hubiera gustado pasar un fin de semana en el castillo, prefería no dejar de ver a su enamorado. Había dejado de ser virgen en los Estados Unidos y Bethany sospechaba que, durante su ausencia, Cressida no dormía sola.

Su amiga pensaba que ya era tiempo, de que Bethany se graduara como mujer y que, el mejor candidato para perder su condición de doncella era Robert.

—Sé que alguna vez te previne contra él, sin embargo eso fue antes de que lo conocieras —dijo—. Ahora lo he conocido también, aunque fugazmente, y parece una persona mucho más agradable de lo que esperaba, pero obviamente muy experto en cuestiones de amor. Y, créeme, eso es muy importante, si una no quiere que su primera experiencia sea un fiasco.

—Me parece que sería un fiasco, si no se involucran sentimientos profundos. Esperaré a encontrar alguien a quien ame, para tener mi primera experiencia.

Robert llevó a Bethany a Crammer el viernes por la noche.

El sábado, la duquesa daría una cena y baile. La mayoría de los invitados serían jóvenes. Había dicho a Bethany, que llevara un vestido adecuado.

—Mamá organiza estas fiestas cuando James está en el hospital, piensa que el ver gente bailar y a las chicas con las que pudo haberse casado, sólo empeoraría las cosas para él —dijo Robert sombríamente, durante el trayecto.

—Pobre James —fue el único comentario de Bethany.

El sábado por la mañana pasearon, precedidos por varios perros.

En la tarde, la duquesa insistió en que Bethany debía descansar por una hora. Aunque no esperaba quedarse dormida, la larga caminata antes del almuerzo y el fresco aire de la campiña, la hicieron dormir por más de una hora.

El día anterior, obedeciendo un impulso poco característico en ella, se había comprado un nuevo vestido de noche. Con este vestido no usaría ninguna joya, sólo sus pendientes de oro.

Conservaba los pendientes florentinos, en un estuche en un cajón de ropa interior.

Cuando la duquesa vio el vestido de Bethany, exclamó:

—¡Qué lindo! Te queda muy bien. Ese color es precioso. Tengo algunos juegos de lapislázuli, en mi colección victoriana, que combinarían maravillosamente. Bethany, ¿querrías usar alguno de ellos?

—Es usted muy amable, duquesa, sin embargo no me importa dejar de usar joyas.

—Claro, claro… ¿para qué las necesitas, después de todo? Tu hermoso cuello largo, no necesita ningún adorno y tu cutis juvenil y tus ojos brillantes, son preferibles a cualquier joya. Es simplemente que mi juego de lapislázuli, pareciera hecho especialmente para tu vestido. Déjame mostrártelo.

El juego era tan perfecto para su nuevo vestido, que Bethany no pudo resistir la amable oferta de la dama. Se preguntaba si la duquesa sería tan amable, con todas las amigas de su hijo.

A veces le intrigaba un poco, que Robert no diera muestras de querer propasarse con ella. Quizá después de haberlo intentado, había descubierto que una relación platónica era refrescante, después de tantos amoríos candentes.

Cuando Robert la vio con su vestido azul y oro, su reacción fue un poco decepcionante. Le dijo que estaba preciosa, pero sus ojos no reflejaron entusiasmo.

Durante la velada, la chica estuvo consciente de ser el foco de atención de los invitados, que habían venido a Crammer por varios años y eran amigos de la familia.

Por nacimiento y educación, Bethany y Cressida pertenecían a los estratos más bajos de la aristocracia. Aunque, después de salir de la escuela, ambas habían desaparecido, Bethany inmediatamente y Cressida poco después. Ahora, sin apoyo paterno, habían perdido su sitio en el círculo encantado, donde, en otras circunstancias, habría sido reconocida de inmediato, como «la hija de los Castle».

En consecuencia, estaba en situación similar a Cenicienta en el baile del príncipe; una misteriosa recién llegada a la que, a pesar de su precioso vestido y encantadoras joyas, los asistentes sólo miraban de soslayo.

También, dada la reputación de Robert, tal vez estaban especulando, si se trataba de una de sus conquistas fáciles.

Sin embargo, conforme avanzaba la velada, nada en la actitud de Robert hacia la joven, denotaba que ella fuese uno de sus caprichos pasajeros.

Hacia la medianoche, bailó con Bethany con más frecuencia, que en las primeras horas de la reunión.

—¿Te diviertes? —le preguntó, al iniciarse un vals.

Cada tercer baile era un ritmo más lento, para que los invitados más viejos y menos activos pudieran disfrutar y que daba a los más jóvenes, la oportunidad de bailar más ceñidamente.

Robert, sin embargo, no aprovechó la oportunidad. Con una mano en su cintura, la otra sosteniendo la mano derecha de la chica en forma reservada, fría, la mantenía ligeramente apartada.

—Sí, mucho, gracias.

Mientras hablaba, la joven podía sentir la sólida estructura muscular de los hombros y espalda del joven aristócrata, bajo su esmoquin.

Cuando, por un instante, la atrajo un poco hacia él, para evitar una colisión con otra pareja, la chica percibió el suave aroma de su loción y se asombró, al sentir un súbito impulso de rozar con sus labios la mejilla masculina.

Al retirarse los últimos invitados, el duque y la duquesa se fueron a sus habitaciones, pero parte de la servidumbre todavía estaba allí. Robert dijo:

—Si no estás cansada, hay algo que debes ver…, la vista desde las almenas a la luz de la luna. Hoy hay luna llena. ¿Quieres subir? —Como la chica vacilara, agregó secamente—: No tengo intenciones aviesas, te lo aseguro.

—Está bien —asintió Bethany, un poco indecisa.

Había una habitación junto al cuarto de armas, donde se guardaban los impermeables y las botas altas. Robert la condujo, hacia el nivel más alto de las almenas.

Era en realidad un paisaje espléndido, miles de kilómetros de terreno, iluminados por la luz de la luna que, inmediatamente abajo de ellos, rizaba la superficie del lago.

—No puedes imaginarte lo maravilloso que era este lugar, para jugar en mi infancia —comentó Robert—. Me pasaba horas aquí arriba, defendiendo el castillo de ataques, enemigos y hazañas por el estilo.

—¿Qué querías ser cuando crecieras?

—Todo. Explorador… corredor de autos… pirata… todas las ambiciones usuales de un chiquillo, que finalmente se convierten en nada.

Llevó a Bethany a recorrer los techos, todos conectados por pasadizos angostos y escaleras metálicas.

Al bajar una de las escaleras más cortas en sus zapatos de tacón alto, la joven casi resbaló y lanzó un suave resuello de alarma.

Robert la alzó en vilo y la bajó de la escalera, haciendo que volviera su rostro hacia él. Bethany se preguntó si quería besarla y nuevamente aspiro profundamente, sacudida por una extraña y dolorosa emoción.

—Podemos bajar por la torre occidental, donde tú duermes —dijo Robert, apartando el rostro.

Pocos minutos después, luego de ayudarla a quitarse el impermeable ante la puerta de su habitación, Robert le dio las buenas noches y se fue.

* * *

La semana siguiente al baile en Crammer, Bethany se hallaba en un dilema. Sabía que debía dejar de ver a Robert. El impulso de besarlo mientras bailaban y de que él la besara más tarde, eran prueba clara del peligroso poder de la proximidad.

Se había sentido disgustada consigo misma y traidora a David, quien todavía cautivaba su corazón.

Al mismo tiempo, no quería renunciar a la amistad de Robert, porque también significaba renunciar, a la creciente simpatía por su madre.

La duquesa empezaba a ocupar el lugar que, primero la señora Suffolk y luego Francine, tuvieron en sus sentimientos. Sabía que para ella, por haber perdido a su madre a tan temprana edad y debido a la pésima relación que llevara con su madrastra, era importante un vínculo afectivo con una mujer, que representara el papel de madre afectuosa y tierna.

Aunque sabía que era imprudente, cuando Robert llamó por teléfono para decirle que tenía entradas para una nueva obra de teatro, no titubeó. Conforme se acercaba la Navidad, lo veía a intervalos de tres o cuatro días.

—Debe estar enamorado de ti —decía Cressida—. Un hombre corteja a una mujer sólo por dos razones: un revolcón en la paja o… matrimonio. No parece ser la paja, entonces debe ser el tálamo nupcial.

Una semana antes de Navidad, Robert llegó a la florería diez minutos antes de la hora de cerrar. Venía cargado de paquetes, envueltos para regalo.

Derrumbándose en una silla, dijo:

—Estuve haciendo mis compras navideñas y estoy exhausto. Me encuentro cansado, hambriento y sediento y faltan horas para que el tránsito disminuya. ¿Qué tal si me invitas a tu apartamento, para disfrutar un poco de comida casera?

—Con gusto. Tenemos una comida muy especial, en el horno esta noche. Vamos a pasarla envolviendo nuestros regalos —contestó Bethany.

Iba a pasar la Navidad en Crammer y, muy inesperadamente, Cressida iría a Escocia a conocer a los padres de su amante.

Al llegar al apartamento, encontraron una nota sobre la mesa.

Cambio de plan; salgo con Robín. Quizá regrese tarde. Tomé prestado tu bolso y tu pañoleta blanca. Espero no te moleste. Amor, C.

—No importa. Podremos comer más —comento Robert, que había leído la nota por encima del hombro de Bethany.

—Sí, pero ¿cuándo va a envolver sus regalos? —Fue la reacción de Bethany—. Ella y Robin tomarán el tren para Edimburgo, mañana por la noche. Qué típico de Cressy, salir de farra cuando tiene miles de cosas qué hacer.

—No es tan responsable como tú. Quizá confía en que tú le hagas la tarea —sugirió Robert.

—Lo haría si pudiese, aunque cómo podría hacerlo, sin una lista de qué cosa es para quién.

—Tú preocúpate ahora de la cena. Tu problema inmediato, es darme algo que me vuelva a la vida. Un vodka tonic haría el milagro. Creo que los dos deberíamos tomar uno. Los prepararé.

Después de preparar las bebidas, Robert se paró en el umbral de la cocina, para observar los preparativos finales de Bethany para la cena.

Al terminar de comer, Robert la ayudó a lavar la loza, luego se sentó a ver un programa de televisión, mientras la joven buscaba papel de envoltura, etiquetas y todo lo necesario para envolver los regalos.

Estaba afanándose con un paquete de forma bastante irregular, cuando Robert apagó el televisor y acercándose a ella le preguntó:

—¿Quieres un poco de café?

—Mmm… sí, por favor —respondió la chica, sin alzar la mirada.

Robert salió de la sala.

Pocos minutos después algo tibio le rozó la nuca. Se puso tiesa, su concentración en la tarea había sido bruscamente sacudida, al percatarse de que lo que había sentido era el más leve de los besos.

Al incorporarse, sin saber qué hacer, las fuertes manos de Robert la volvieron hacia él, como sucedió antes, en las almenas.

Esta vez, no se preguntó si Robert quería besarla. Comprendió que lo iba a hacer.

Lo que no sabía era, si el beso sería el preludio a una propuesta o una proposición en sí.

Fuese como fuera, sería el fin de su amistad.