Capítulo 4

-¿No regresarás? —Bethany la miró azoradamente—. ¡Francine! ¿Qué quieres decir?

—¿Deseas prepararme una taza de café, chérie? —La francesa se sentó—. Había abrigado la esperanza, de que David y yo estableceríamos una relación permanente, sin embargo ahora sé que no es posible… ya no puedo mantener el tipo de unión que llevamos, es emocionalmente agotador —dijo Francine pesadamente—. Ya eres mayor —continuó—. Puedo hablar más francamente contigo. No sé si lo comprenderás, pero después de dejar a mi esposo y antes de vivir con David, ha habido varios hombres en mi vida. A los ojos de mucha gente, eso me convierte en una mala mujer. Aunque creo que hay muchas muchas mujeres, respetables amas de casa, honorables y aburridas, que desearían ser como yo, si tuvieran el valor para ser libres y vivir como quisieran. De cualquier manera, cualquiera que sea la opinión que otros tienen de mí, yo sé que no soy una mala mujer. Siempre he buscado el amor… el amor permanente.

—Creo que eres una persona maravillosa —expresó Bethany—. Yo anhelaba que tú y David se casaran.

Los ojos de Francine, se llenaron de lágrimas. Parpadeó para controlarlas.

—Gracias, chérie —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo también te quiero mucho… los quiero a los dos. Desgraciadamente, David no siente lo mismo por mí. Es amable… es tierno a veces… mas no me ama y nunca lo hará. Creo que nunca amara a nadie. Estoy segura de que alguna vez en su vida sucedió algo, que lo dejó incapacitado para sentir profundamente. Físicamente es muy viril, muy apasionado, quizá demasiado. Aunque, emocionalmente ha sido castrado. Le es imposible entregar el corazón, porque no lo tiene.

—Francine, si lo amas es mejor que permanezcas aquí junto a él y disfrutes, aunque sea un poco de felicidad en lugar de ninguna en otra parte.

—Tengo treinta y nueve años, cuatro más que David. Aunque me cuido mucho, dentro de algún tiempo, mi piel empezará a colgarse un poco aquí —se tocó la mejilla cerca de la barbilla—, otro poco acá —se tocó los pechos.

—Sólo cuando dos personas se aman, no se notan esos detalles, o se aceptan sin actitud crítica. Una vez conocí a una anciana de setenta años, cuyo esposo todavía era su amante. Para todo mundo eran un par de viejos. Muy sanos y fuertes… aunque viejos. Sin embargo, podía notarse que aun se consideraban y se sentían atractivos, uno al otro. En realidad, después de haberlos tratado por algún tiempo, ella me confió que si uno se preocupaba por mantener el cuerpo esbelto y en buenas condiciones, el amor físico era algo que podía disfrutarse hasta el último día de la vida.

—Estoy segura de que tenía razón. Aunque a tu edad, incluso la gente de treinta años parece vieja. Debes hallar grotesca, la idea de personas muy viejas haciendo el amor.

—No sé. Nunca he pensado en eso. Pero tú y David no me parecen viejos.

—David será atractivo por mucho tiempo. Hay un cierto tipo de inglés, al que la edad le sienta muy bien; ahí tienes a Richard Burton. Su cabello se torna gris, aunque sigue siendo espeso. Se vuelve más delgado, sin embargo la estructura ósea se vuelve más firme. Quizá algún día, David tendrá algunas arrugas profundas, mas no harán sino darle un aire más interesante, más mundano.

—Querida Francine, no te vayas —le suplicó—. Te necesitamos aquí. Estoy segura de que David se sentirá muy trastornado, si vuelve y no te encuentra aquí…, si descubre que te fuiste, sin siquiera despedirte de él.

—Me despedí de él anoche… Nos besamos, como si fuera la última vez. Cuando regrese comprenderá. Entenderá que esperarlo para decirle adiós, sería terrible para mí, haría la situación aun más difícil. Claro que me sentiré desdichada por algún tiempo. Es inevitable. Todo en la vida tiene un precio y este último año con David y contigo, vale algunas lágrimas… un poco de soledad. Pero ¿quién sabe? Quizá todavía encuentre el amor. Aunque no, si me voy demasiado tarde lejos de David.

Antes de partir a Génova, Francine le dio la dirección de un pequeño hotel en París, donde pensaba hospedarse por dos o tres semanas. Aparte de andar por las costas de St. Tropez y Monte Carlo, mientras estaba en el yate americano, no había pasado una noche en Francia, desde hacía mucho tiempo y nunca antes había ido a París.

—Si David me extraña, podría ir a decírmelo. Mas no lo hará —expresó con tristeza.

—¿Tienes suficiente dinero para…, para mantenerte mientras surge algo? —preguntó Bethany ansiosamente.

—Sí, sí… no te preocupes por mí. Tal vez conseguiré un empleo en París. Alguien que cocina tan bien como yo, siempre puede conseguir trabajo. Mientras tanto, tengo suficiente dinero para vivir por varias semanas. ¿Has visto toda la ropa interior que hice, desde que llegaste a Italia? No podía usarla toda. Vendí la mayor parte, a una mujer que tiene una tienda en Rapallo. Me la pagó bien. Incluso en este país, no es fácil encontrar buena costura a mano. Todos mis diseños son muy femeninos, muy sensuales. Por cierto, encontrarás un paquete en tu cama; lo hice especialmente para ti. Guárdalo para tu noche de luna de miel, chérie.

Cuando llegó el momento de decir adiós, Francine tenía los ojos húmedos y Bethany también lloraba. Después de que Francine desapareció, a través de la puerta para abordar, la joven se encaminó al tocador de damas, para recuperarse a solas.

El vuelo de David estaba una hora retrasado, lo que prolongó la dura espera, para darle la mala noticia. Él la saludó al llegar a la casa.

—Hola, cariño. Siento que hayas tenido que esperar. ¿En dónde está Francine?

—Francine… no está conmigo. Siento decírtelo.

—¿No está contigo? ¿En dónde está? No me digas que el auto se descompuso —preguntó, frunciendo el ceño ante la posibilidad.

—No, el coche está afuera en el estacionamiento. Francine se encuentra en camino a París. Tomó el avión hace dos horas. Se fue para siempre, David. Te dejó.

—¿Qué? —Estaba estupefacto.

Después de algunos segundos, David preguntó:

—¿Por qué? ¿Te explicó por qué?

—Sí —asintió la joven—. Está enamorada de ti, y cree que tú no sientes lo mismo. Tengo su dirección en París, por si se encuentra equivocada en eso.

—No, tenía razón. Me gustaba. Sentía mucho afecto por ella. Es una persona excelente, estupenda en la cama y una cocinera magnífica. Pero no estoy enamorado de ella.

Luego pareció avergonzado por su franqueza.

—Vámonos de aquí —comentó abruptamente—. Estoy cansado de la gente. Quiero llegar a un lugar tranquilo y silencioso.

La tomó del brazo y la condujo, hacia la puerta de salida.

—Creo que debió esperar a decírmelo, en lugar de dejar que fueras tú la que me diera la noticia.

Ahora que había tenido tiempo, de asimilar lo que había sucedido en su ausencia, parecía muy fastidiado por ello, mas de ninguna manera abatido ni decepcionado.

Cuando llegaron a la villa, David dijo que iba a darse una ducha. Como había comido en el avión, no quería almorzar.

Bethany, que no tuvo apetito a la hora del desayuno, descubrió que tenía un hambre atroz. Fue a la cocina y se cortó un trozo de pan. Mientras lo comía, preparó una ensalada de frutas y la cubrió con yogurt.

Comprendió que desde ese momento, las comidas serían responsabilidad de ella.

Fue mucho después, cuando Bethany subió a su habitación y encontró sobre su cama, el regalo que Francine le dejara.

El juego incluía una bata de noche y una chaqueta de dormir, bragas francesas y un fondo. Todas las prendas eran de satén blanco, embellecidas con encaje.

La forma de colocar el encaje, era deliberadamente erótica, pero de manera sutil y encantadora.

Era ropa interior hecha para una muchacha, más que para una mujer, aunque estaba diseñada también para que cualquier hombre, quisiera quitarla.

—Bethany, ¿estás allí? —David entró en la habitación—. ¿Tienes una idea de dónde…? —Se paró en seco.

Tardaron algunos segundos, para que él recuperara su aplomo, pero a Bethany le llevó más tiempo. Los penetrantes ojos de artista de David recorrían su figura, sintió un extraño escalofrío, una sensación que nunca había experimentado.

—Lo lamento —dijo David, lacónicamente—. No tenía idea de que te estuvieras cambiando, o no habría entrado.

Se volvió y salió del cuarto.

* * *

Esa noche fueron a cenar a Rapallo. La comida era excelente, sin embargo pocos restaurantes podían competir, con la cocina de una mujer que ama cocinar y quiere a la persona para quien cocina.

Pero no sólo su comida iban a extrañar, sino su presencia. Sus ojos verdes. Su voz aterciopelada. Su risa.

En cuanto llegaron a la villa, David comentó que no había dormido bien la noche anterior, de manera que deseaba acostarse de inmediato para recuperar el sueño perdido.

Por la mañana, al despertar, lo primero que vio Bethany fue el rostro de Lorenzo de Medici. Era una reproducción del retrato del Palacio Pitti. Lo había pegado en el centro del enorme espejo, que estaba frente a ella.

Los eventos de la vida del Magnífico, eran ya tan conocidos para ella como su propio pasado.

A los diecinueve, Lorenzo se casó con Clarice Orsini, heredera romana de dieciséis años, que escogió su familia. No fue la esposa ideal para él y en años posteriores, lo describieron como licencioso y muy amoroso. Uno de sus amores fue con Bartolomea dei Nasi, mujer casada con la que pasaba muchas noches en su villa en el campo, y después regresaba a su casa dé la ciudad por la madrugada.

La mañana siguiente de la llegada de David y la partida de Francine, no permaneció mucho tiempo en la cama, contemplando a su héroe. Había trabajo que realizar en la cocina y deseaba que cuando David bajase, encontrara como de costumbre una taza humeante de café y un pedazo de pan con mermelada.

Por varias semanas, la vida en la villa se salió de cauce, debido a que Francine no estaba. Aunque a la larga, terminaron por acostumbrarse a su ausencia.

Un día, mientras David estaba en Rapallo, donde llevó el coche a servicio, llegó una carta de Inglaterra. Era una nota breve de Cressida para informar a Bethany, que un conductor borracho había embestido el coche de sus padres. Su madre murió inmediatamente. Su padre había permanecido vivo algunos días, pero sus heridas eran tan terribles que más valía que hubiese muerto. La carta concluía con las noticias de que una tía, se llevaría a Cressida a los Estados Unidos con ella, con la esperanza de que un ambiente desconocido pudiese desvanecer el terrible impacto, que había sufrido la muchacha.

Dándole la dirección de su tía allá, Cressida concluyó la nota de este modo:

Comprenderás si no sabes de mí por algún tiempo. Siento como si el mundo se hubiese acabado para mí.

Para Bethany, que había tenido en Cressida y sus generosos y amables padres, el único afecto familiar auténtico, la noticia de la muerte de los bondadosos señores Suffolk resultaba más dolorosa, que la pérdida de un padre que nunca demostró ningún amor por ella.

Cuando David regresó, Bethany estaba recostada en la silla de playa junto a la piscina, donde se había sentado a leer la carta, exhausta después de una tempestad de llanto.

—Mi querida muchachita, ¿qué pasa? —preguntó David, en cuanto la vio.

Por supuesto, Bethany le extendió la carta.

David la leyó, frunciendo el ceño conforme la terminaba.

—¡Caramba! Es una noticia terrible. ¿Cuándo llegó la carta?

—Oh… hará una hora, supongo.

—Y has estado aquí sola, mi pobre criatura —le extendió un pañuelo, para enjugar las lágrimas y le pasó un brazo alrededor de los hombros.

—David, ¿cómo podrá soportarlo? Eran unos padres tan amorosos, tan perfectos. Pobre Cressy… ¡Pobrecita amiga mía!

—Pobrecita Bethany —expresó David, tiernamente—. Tú también los amabas.

—Sí, pero ahora te tengo a ti. Ella no tiene a nadie. ¿Por qué ellos? ¿Por qué debía sucederles a ellos? —exclamó y volvió a soltar el llanto.

Cuando estuvo más tranquila, David le habló calmadamente de la vida y la muerte y del dichoso matrimonio que habían disfrutado los Suffolk, que seguramente haría más penosa su muerte para Cressida, pero al mismo tiempo, menos trágica, pues ellos vivieron y lograron compartir incluso el último momento.

—Sí, quizá tengas razón —suspiró la joven—. Aunque me parece tan cruel e injusto, que un estúpido borracho irresponsable haya cortado el resto de su vida. No eran muy viejos, ni siquiera llegaban a los cincuenta años.

—Es injusto. La vida es injusta. ¿Por qué algunos tienen la suerte de nacer con talento, que les permite vivir en un lugar como Portofino, sin carencias ni estrecheces, mientras otros deben matarse cotidianamente, para conseguir un mendrugo? El mundo está lleno de arbitrariedades, nena. Tú deberías saberlo más que nadie. Tú misma tuviste bastante que sufrir, por la injusticia del mundo.

—Pero vivir aquí contigo, compensa todo lo pasado. Has sido tan bueno conmigo, David…

—Como han surgido las cosas, más vale que te haya traído aquí. ¿Qué haría sin ti? Me ayudas en todo, eres mi brazo derecho.

La besó en la punta de la nariz.

Y luego, cuando Bethany esbozó una sonrisa llorosa, la expresión de David cambió. Su mirada se desvió a la boca de la chica. Ella creyó que la iba a besar allí y su corazón comenzó a palpitar con violencia.

Pero él se puso de pie y dijo animadamente:

—¿Por qué no subes a darte una buena ducha, para refrescarte? Yo prepararé el almuerzo hoy.

* * *

Durante varias semanas después del acontecimiento, Bethany se despertaba por las mañanas con un extraño sentimiento de vacío y tristeza. Luego, con una dolorosa sensación de pérdida, recordaba a las dos personas que, junto con David y Cressida, más quería y ya no estaban vivos; pensaba con dolor, que su mejor amiga era ahora huérfana como ella.

Una noche cuando ambos estaban en la cocina, Bethany cocinando y él con la gata en las piernas y un vaso de Chianti en la mano, preguntó:

—¿Has leído El Viento entre los Sauces?

—Es uno de mis libros favoritos; o lo era, cuando estaba más chica.

—El mío también. Quizá fue mi ejemplar el que leíste. ¿Recuerdas cuando la rata de agua, conoce a la rata de mar y la invita a comer a su agujero?

—Y la rata de mar se pone a charlar sobre todos sus viajes hasta, que la pobre rata almizclera se pone tan inquieta que también se habría ido al mar, a no ser que el topo la disuadiera. ¿Es así como te sientes, David?

—Qué rápido captas las cosas —le sonrió David.

—Quizá más tarde, la rata almizclera resentiría la interferencia del topo. Tal vez habría sido más bondadoso, dejarla ir al mar y tener algunas aventuras. Nunca me gustaría ser un estorbo para ti, David. Si quieres reanudar tus viajes, puedes dejarme aquí con toda tranquilidad. No me importará en absoluto, quedarme sola.

—No es a eso a lo que iba yo. Sí, empiezo a sentir la nostalgia de pasear. Hace dos años, que no conozco ningún sitio nuevo y me encanta viajar, pero… quiero llevarte conmigo. ¿Adónde iremos? ¿Tienes alguna sugerencia?

—No sé dónde no has estado.

—En Europa, conozco casi todo. Pero no he ido al sur de los Pirineos.

—¿Qué tal si vamos a España?

Dos días después, se pusieron en camino a España.

Era mayo. Sobre las colinas y a los lados de la carretera, las flores salpicaban de color el verde del follaje.

La primera parada de esa noche, debería ser en el famoso restaurante y hotel Oustaü de Baumaniére en Les Baux, Francia.

Sin embargo, ese plan se frustró cuando David tomó la precaución de llamar, para apartar dos habitaciones por teléfono desde una zona de servicio.

—Sólo tienen una alcoba vacante esta noche, así que tendremos que pensar adonde iremos —dijo a Bethany.

—¡Oh, caramba! Qué lástima. Sé cuánto querías comer allí. Sí yo no estuviera contigo, podrías haberlo hecho —exclamó, apesadumbrada.

—Para disfrutar la buena comida plenamente, hace falta tener buena compañía —fue la réplica de David—. No importa, nos quedaremos allí en nuestro viaje de regreso. Veamos qué otra cosa nos ofrece la guía Michelín. Veo que Arles es un lugar interesante. Quizá tenga un buen hotel para alojarnos.

Era temprano en la tarde, cuando entraron en Arles. David decidió que tratarían de hallar habitaciones, en un hotel llamado Mas de la Chapelle.

La enorme, invitadora piscina fue lo primero que vieron, cuando estacionaron el coche junto a varios otros.

—Espero que aquí no esté lleno —comentó David.

Antes de llegar a la recepción vieron la capilla, su fachada era mucho más alta que los edificios anexos a cada lado. Lo que llamó la atención de Bethany, fue la estatua de piedra de la Virgen en el prado fuera de la capilla, tenía una orla rodeado por un arbusto de follaje verde y flores amarillas diminutas.

—¡Oh, de veras espero que tengan dos alcobas vacantes! —exclamó la muchacha.

Para su alivio, los propietarios las tenían.

David ya estaba metido en la piscina, cuando Bethany se le unió. Mientras la joven dejaba su toalla sobre una silla y se quitaba las sandalias, él salió del agua, con su ancha y musculosa espalda empapada brillando al sol. Bethany lo contempló admirándolo, mientras se lanzaba desde el trampolín y luego siguió su ejemplo.

Después del largo viaje en coche, era refrescante nadar en una piscina larga, donde podían mover vigorosamente los brazos, en lugar de llegar al otro extremo en dos o tres brazadas.

Después de pasar un buen rato en el agua, dos familias francesas vinieron a nadar.

Sentados a la orilla de la piscina y observando los juegos de los recién llegados, David y Bethany se divertían, con las gracias de los dos niños más pequeños.

Sus radiantes sonrisas, cuando volvían a surgir a la superficie y sus resuellos y bufidos mientras nadaban hacia la orilla para volverse a lanzar, hicieron que David riera ruidosamente. Bethany, que también observaba a los otros miembros de las dos familias, pensó en lo agradable que sería pertenecer a una familia grande y feliz, en la que hubiera niños y niñas.

Ella había extrañado estos lazos, pero quizá los disfrutaría como madre de una familia numerosa, alegre y entusiasta.

Luego, David dijo que iba a dar un paseo. No sugirió que Bethany le acompañara, de modo que esta supuso que quería estar solo.

Quizá el estar en Francia, le recordaba a Francine y se arrepentía de haberla dejado ir. Podría ser incluso que su inquietud y su decisión de hacer este viaje, tuvieran que ver más con la nostalgia que el instinto nómada. Aunque ahora, si deseaba visitarla, ¿cómo podría, si la francesa ya se había cambiado del hotel que había sido su destino?

¡Qué terrible sería para David si, a última hora, demasiado tarde, se hubiera dado cuenta de que, Francine, significaba algo para él!, pensó la joven preocupadamente. Seguramente existían medios para localizar a una persona, cuando la necesidad era apremiante.

David regresó de su paseo, una hora después de que Bethany regresara a su habitación, para darse una ducha y lavarse el cabello. Estaba sentada sobre la cama, pintándose las uñas, cuando oyó que alguien silbaba en el prado y supo que era su tío.

La alegre melodía que silbaba, no denotaba a un hombre abatido por el descubrimiento tardío, de que quería recuperar a su amante.

Unos minutos después, llamó a la puerta de la joven.

—¡Entra, no está con llave! —gritó Bethany.

Cuando entró, la chica quedó sorprendida, al ver que llevaba en las manos un ramo de flores silvestres.

—Un ramillete para usted, madeimoselle.

—¡David, qué lindas! Gracias. Las pondré en agua.

En un rincón de la alcoba, había una mesita redonda. Antes de poner el ramo sobre la mesa, contempló las flores que lo componían.

—Qué encantadoras son las flores silvestres, cuando se las observa. En Inglaterra casi han sido extinguidas, a causa de los rocíos químicos, pobrecillas. Es claro que los franceses, son más civilizados en ese aspecto.

—Como en muchos otros, debo admitir. ¿Qué te parecería si tomamos un aperitivo? Me gustaría beber uno, antes de darme una ducha.

Él sacó dos copas pequeñas, que traía en una bolsa de lona y una botella de vino blanco seco Frecciarosa, que era el que tomaban siempre con el pescado.

—Creo que no debía estimularse, a una chica de tu tierna edad, a beber vino con tanta frecuencia como yo. Trataré de reducir mi consumo de vino, mientras estamos en España —comentó David.

—Sólo bebes uno o dos vasos, a la hora de la comida y ocasionalmente, uno con el almuerzo. Y rara vez ingieres bebidas más fuertes. En cuanto a mí, no soy tan joven como dices. Tengo ya diecisiete años y medio… casi. En unos cuantos meses, seré mayor de edad —le recordó al pintor.

—En efecto. Serás libre de hacer lo que te plazca. Yo tuve que esperar hasta los veintiún años. No es que mi padre fuese intransigente. Era John quien se oponía a mi vocación de pintor.

—¿En dónde estaremos, mañana por la noche? En algún lugar de España, seguramente.

—Sí, pero tal vez no muy lejos de la frontera, si es que hemos de pasar la mañana visitando Arles. Hay un anfiteatro romano y una arena que quiero ver, también deseo visitar el Museo Réattu, donde exhiben obras de Picasso y Gauguin. Van Gogh vivió en Arles durante dos años, pero un hombre que me encontré en mi paseo me dijo, que las casas donde vivió fueron destruidas durante la segunda guerra mundial.

—Es divertido viajar así, ¿verdad? Sin saber dónde estaremos mañana… a quién nos encontraremos… qué veremos.

—Siempre me ha gustado, hacerlo de ese modo. Pero también conviene tener una base.

En su súbito momento de claridad, Bethany comprendió que un hogar no era un lugar sino una persona. Para Cressida su hogar no había sido la hermosa casa al lado del Támesis, sino la presencia amada de sus cariñosos padres. Bethany misma, hasta que conociera a David, nunca había tenido uno.

Donde quiera que estuviese David, ella se sentía segura y feliz.

El artista regresó a su habitación, dejándola arreglarse para la cena.

Ella encontró un paquete de horquillas y algunos peines de concha de tortuga, que había comprado en Rapallo algunos meses, antes con la idea de copiar un peinado que vio en una de las revistas de Francine.

Esa noche tuvo mucho éxito. Bajó para reunirse con David para la cena, con el cabello en una buena imitación del moño, que Francine usara el día de su partida y con sus aretes florentinos, y un vestido, que la francesa le confeccionó y que David, no había visto antes.

El pintor ya la esperaba en el jardín, sentado en una banca metálica, dibujando los pliegues del manto de la virgen.

Se levantó, cuando vio acercarse a Bethany.

—No te detengas, termina tu dibujo. Yo daré un paseo por el jardín —dijo ella.

El clima estaba más fresco ahora, aunque todavía había sol. Los árboles, los arbustos y el pasto, tenían todavía el frescor del principio de verano.

Se preguntaba, si David había observado su vestido y su peinado. Estaba segura de que sí, aunque no hubiese hecho ningún comentario.

Cuando volvió junto a él, había dos vasos de limonada sobre la mesa.

—Ordené unas limonadas, ya que tomaremos vino con nuestra cena. Pareces muy mujer esta noche. Me gusta tu peinado.

—Gracias.

—Me alegra que tengas la sensatez de no embadurnarte de maquillaje, para parecer mayor. Una muchacha de tu edad no lo necesita.

Volvió su cuaderno a una página en blanco y empezó a dibujar a la joven.

Cuando la chica dio el último sorbo a su limonada, el pintor ya había terminado su dibujo.

¿La había favorecido?, se preguntó con incertidumbre, cuando se lo mostró. Sabía que estaba mejor de lo habitual, pero en el boceto la hacía aparecer… hermosa.

¿Era su cuello realmente tan grácil, como él lo había dibujado? ¿Sus ojos tan grandes? ¿Su cabello tan lustroso?

—¡Caramba! Me dibujaste muy glamurosa —exclamó, con ligereza.

—Dibujo lo que veo. Te has convertido en una hermosa chica —fue la respuesta casual del artista—. Vamos a cenar, ¿te parece?

Fue una noche inolvidable y no sólo porque la comida estuviese deliciosa.

La música invadía el salón y era tranquila, para poder charlar.

La primera vez que llamó su atención la música, fue cuando tocaban la Rapsodia en Azul de Gershwin, Después, reconoció la composición de Aznavour, Ella.

Era una grabación orquestal sin vocalista. Pero Cressida había tocado tantas veces el disco de Aznavour en inglés, que Bethany se sabía de memoria la letra.

Ella puede ser el rostro que no puedo olvidar.

Un rostro de placer o de pesar.

Puede ser mi tesoro o el precio que debo de pagar.

Puede llegar a mí desde las sombras del pasado.

Que recordaré hasta el día que me muera.

Súbitamente recordó a Francine diciendo:

—Creo que David nunca amará a nadie. Estoy segura de que hace mucho tiempo, algo sucedió que lo dejó incapacitado para sentir, nada profundo por una mujer. Es imposible que entregue el corazón, porque no lo tiene.

¿Era eso cierto? Por alguna razón, Bethany no podía creerlo… no quería hacerlo.

Porque se había enamorado de él.

* * *

Afortunadamente, cuando la joven se percató plenamente de esto, David estaba totalmente concentrado en su comida. En un súbito momento de claridad, comprendió que había empezado a amarlo mucho tiempo atrás; pero entonces, el pintor parecía pertenecer a Francine.

—No estoy seguro, de que hubiéramos cenado tan bien en otro sitio —comentó David, mirándola.

—No, la comida es excelente, ¿verdad? Me pregunto qué tal será la comida española. Aparte de haber visto fotos de la paella, no sé mucho al respecto.

—No creo que se compare con la comida italiana o la francesa, pero he sabido que tienen unos vinos excelentes —dijo el pintor—. Este lugar debió ser una granja alguna vez. Mas, quiere decir granja en un dialecto del sur de Francia. Debe haber en Inglaterra, cientos de granjas con capilla, ¿no crees?

—Sí, pero usualmente toman su nombre de una fea capilla, no conformista de ladrillos rojos, no una como ésta. Parece más la capilla privada de un chateau.

—Sí, posiblemente uno de los castillos destruidos durante la revolución.

Bethany arrancó, antes de partir, una flor violácea del macizo del jardín y la metió entre las hojas de un cuaderno, que usaba como diario de viaje. Aunque obviamente, nunca olvidaría el menor detalle de su permanencia en Mas de la Chapelle.

El día siguiente era miércoles y Arles estaba atestado de gente, porque era día de mercado. En el Boulevard Emile Combes, bordeado de árboles, había dos hileras de puestos, entre los que se movía una agitada multitud.

Compraron pan integral, tomates, manzanas y queso. Bethany adquirió también, una bolsa de hierbas provenzales de olor.

Después de dejar sus provisiones en el coche, visitaron las ruinas romanas y salieron al Boulevard des Lices, donde tomaron otro café al aire libre.

En camino al museo Réattu, pasaron ante una tienda llamada Souleiado, cuyos escaparates mostraban vestidos y accesorios hechos de grabados provenzales, como los que recordaba Bethany haber visto en una tienda de Londres, llamada Brother Gun, mientras andaba de compras con Cressida y su madre.

David vio una falda que le gustó y que insistió, en comprar para Bethany.

Después, cuando estuvieron nuevamente en la carretera, Bethany pensó, que el momento en que un paisaje era transformado por el sol, era como el momento en que una vida era transformada por el amor.

Ayer había sido feliz. Hoy estaba en el paraíso. Su primera noche al otro lado de la frontera, no fue un auspicio para su estancia en España. La pasaron en Barcelona, que les pareció una ciudad bulliciosa, comparada con la quietud de Portofino.

—Ojalá esto no sea típico de España —comentó David a la hora de la cena, mientras separaba dos hebras de espárragos, casi transparente por ser tan delgados, de su ensalada especial que también contenía atún de lata.

La emoción de estar en un país extranjero, exótico, hizo a Bethany menos crítica. Se encontraban en la parte de España, conocida como Cataluña, donde la gente hablaba lo mismo catalán que español.

Hasta el momento, lo que había podido ver del paisaje, desde los Pirineos hasta Barcelona, no difería mucho del sur de Francia.

La mañana siguiente, fue estropeada por dos incidentes.

El primero sucedió en Valencia que no tenía vía de circunvalación, de modo que se vieron obligados a pasar por el centro de la ciudad.

Casi enseguida notaron que la moderna ciudad de Valencia, no era tan alegre y pintoresca como la describía la canción escrita en su honor. En la primera intersección importante, cada vez que los semáforos los detenían, los conductores eran importunados por niños gitanos, que aparentemente querían limpiar sus parabrisas, aunque en realidad estaban mendicando. Como su auto tenía aire acondicionado, David y Bethany llevaban las ventanas cerradas. Cuando una chiquilla de unos trece o catorce años, blandió un trapo sucio en dirección a su parabrisas para pretender limpiarlo, David bajó el vidrio para alejarla con un gesto de la mano.

Inmediatamente, ella y otra niña metieron la cabeza y dijeron:

—Bombones… bombones —y miraron en el asiento trasero, para ver qué encontraban allí.

Sus miradas eran tan voraces, que Bethany alargó un brazo y agarró su bolso y la cámara fotográfica, para evitar que las chiquillas se apoderaran de ellos.

David gritó con aspereza:

—¡Largo! —Y empezó a subir la ventana.

Mientras lo hacía, la niña mayor trató de rasguñarlo con sus uñas sucias. Sin embargo, el inglés fue demasiado rápido para ella y la gitana, tuvo que apartar la mano para evitar que la lastimaran.

Otra impresión desagradable, de la capital de la provincia, la provocó su arquitectura, o al menos lo que vieron en su paso por el centro. Los nuevos edificios de apartamentos eran horrendos y las más bellas construcciones antiguas, con sus ventanas y balcones de hierro forjado, estaban deterioradas.

—¡Nada que valga la pena! —Fue el veredicto de David—. Quizá en el camino de regreso, le echaremos otro vistazo; me han dicho que el Museo de Bellas Artes es digno de visitarse.

Al sur de la ciudad, la autopista se reabrió, mostrando amplios paisajes de campos labrantíos y naranjales, que se perdían en la serranía yerma y atezada, más de acuerdo, con la idea que Bethany tenía de España.

David conducía rápidamente, aunque no más rápido de lo que resultaba prudente. Adelante, estaba estacionado un sedán en el borde de la carretera.

Cuando se acercaban al vehículo, la joven se horrorizó al ver que una anciana bajaba del auto y se encaminaba, sin mirar siquiera el camino, con toda lentitud hacia la línea central de adelfas.

—¡Santo Dios!

La abrupta exclamación de David, fue acompañada por un bocinazo de advertencia y frenó, tan rápidamente como le fue posible a la velocidad que iban.

La mujer miró azoradamente en dirección a ellos y afortunadamente, corrió hacia el centro.

Lo que dijo cuando pasó el peligro, no era lenguaje habitual en él. Pero Bethany, también perturbada por el incidente, consideró que eran adecuadas esas rudas palabras dadas las circunstancias.

La mujer no parecía española, sino de algún lugar del norte de Europa.

—Esa tonta no debía salir a la carretera —comentó David, furioso.

El resto del viaje fue sin incidentes. Como iniciaron el trayecto temprano, hacia la hora del almuerzo que, en España como en Italia empezaba, a la una y media, ya habían llegado a su destino.

Un bocado en un bar de la playa y una zambullida en el mar, los tranquilizó. Pero Bethany podía percibir que David, cuyo sentido de la forma y la proporción era más agudo, que en la mayoría de la gente, no estaba muy impresionado por la manera en que habían convertido, el original pueblo pesquero en un centro vacacional moderno, sin planificación general y sin un sentido estético en su diseño.

En las primeras horas de la tarde, ya estaban instalados en una vivienda llamada La Casa de los Ángeles. El nombre se debía, a que los dueños del lugar tenían una amplia colección de ángeles; uno de piedra en el patio, otro de terracota tocando una lira en la sala y varios más, en diversos rincones de la mansión.

La casa estaba cerca, de la ciudad costera de Benisa. La campiña circundante, la dedicaban principalmente al cultivo de la vid.

Esa noche cenaron en un restaurante, que les sugirió el agente que les alquiló la residencia. También allí la comida fue regular.

—Mañana cocinaré —anunció Bethany, cuando regresaron a la Casa de los Ángeles—. ¿Quieres una taza de café, David?

—No, gracias. Estoy exhausto. Me voy a la cama. Buenas noches.

El artista se retiró a su habitación y Bethany se quedó preguntándose, si sería el incidente en la carretera y la decepcionante cena, lo que le provocaba el malestar. O si algo más agobiaba su mente.