Capítulo 3
Después de ocho días de felicidad, Bethany voló a Londres para pasar dos noches con los Suffolk antes de volver a la escuela con Cressida. En cuanto las chicas quedaron solas, Cressida comentó:
—Debiste haber oído a mi mamá rabiar, cuando le leí la carta que me mandaste antes de irte de Inglaterra. Estaba casi enferma de ansiedad. Dijo que era absolutamente escandaloso que cualquiera, incluso alguien tan insensible y sin escrúpulos como tu madrastra, dejara a una chica inocente de dieciséis años irse a vivir con un soltero del que no sabían nada. Papá también se puso furioso. Luego al día siguiente, cuando Sir David nos llamó de Italia, para pedirnos si podíamos irte a recibir al aeropuerto y darte hospedaje por dos días, se tranquilizaron un poco y se dieron cuenta, de que no se trataba del vil seductor que imaginaban.
—No le gusta que lo llamen Sir David —expresó Bethany—. Prefiere que le digan señor Castle a secas o profesionalmente David Warren.
—Estás preciosamente bronceada —comentó Cressida—. Me haces sentir como un cadáver. Cuéntamelo todo… cada detalle.
Bethany le describió el lugar.
—Cuando terminamos las compras, vamos a Massone a comprar hekdos. Hacen uno rojísimo al que llaman mirtilli de moras que crecen en las colinas. ¡Ah, qué helados, Cressida! Sabores que nunca probarás aquí.
—Si comiera tanto helado, reventaría los pantalones. Pero tú no has subido un kilo, tienes suerte.
La señora Suffolk, interrogó a Bethany sobre David y su modo de vida.
—Cressida me contó que mi carta los preocupó. Lo lamento mucho, señora Suffolk.
—Te queremos mucho, Bethany. Cuando leímos que tu tío era artista, empezamos a imaginarte rodeada de una sarta de bohemios desarrapados, borrachos y drogadictos. Debo admitir que estábamos horrorizados. ¿No sentiste ningún recelo de ir a vivir al extranjero, con alguien de quien no sabías nada antes de que te recogiera en casa de tus padres?
—Ya escuché algo de él —respondió Bethany—. En realidad lo sabía por Cressida.
—¿Por Cressida? —dijo la señora Suffolk, asombrada.
—Sí, hace años… Ella la oyó a usted comentando con alguien, respecto al disgusto entre David y mi padre. Señora Suffolk, ¿conoce el motivo de su disputa?
Laura Suffolk era una mujer de estampa diferente a Lady Castle. Ejercía una disciplina estricta sobre su hija, pero la escuchaba y era comprensiva.
—No, no sé que la provocó. Escuché varias conjeturas al respecto. Tenía amistades que vivían en ese barrio y ocasionalmente charlaban conmigo. Aunque sólo tu tío sabe la verdad de la cuestión… al menos su versión y creo que debías preguntárselo a él, querida.
—Lo hice. Confiesa que hizo algo malo, sin embargo dijo que no debía desconfiar de él por eso y que había circunstancias atenuantes.
—Sí, supongo que las habría. De cualquier manera, eso fue hace mucho tiempo y la gente cambia. David era muy joven… casi un adolescente.
Para Bethany su último período escolar, parecía pasar con interminable lentitud, dado su ferviente deseo de regresar a Italia.
En la víspera antes de los exámenes, hubo en Inglaterra una desacostumbrada ola de calor. Todas las estudiantes se quejaron, de que la temperatura en el salón de clases dificultaba la concentración para el examen. Bethany se preparaba para las pruebas, en apartados lugares de los jardines de la escuela, más interesada en recuperar su bronceado que en sacar buenas notas.
Decidió que sería lingüista a fin de cuentas y lo único que le interesaba, era obtener buenas calificaciones en idiomas.
Finalmente, terminó su vida escolar. El ancho mundo se abría ante ella. En su última noche en Inglaterra, los Suffolk la llevaron junto con Cressida a ver el más reciente éxito musical, en el London Palladium. Habían alquilado una casa en Hydra, una de las islas de Grecia y volarían allá al día siguiente.
Siendo éste su tercer vuelo a través de Europa, Bethany llegó al aeropuerto, sintiéndose como una experimentada viajera.
David la estaría esperando en Génova. El vuelo no estaba atrasado, de modo que él no tendría que aguardarla mucho.
Decidió ser más considerada de lo normal, para que nunca se arrepintiera de haberla tomado a su custodia. Aun cuando no fuese una carga en otros sentidos, lo podría resultar sobre sus ingresos.
El avión empezó a descender. Algunos de los demás pasajeros eran evidentemente vacacionistas, pero la mayoría eran hombres de negocios italianos y británicos.
«Y yo voy a casa», pensó felizmente Bethany, pues ya sentía la Villa Delphini, más como hogar de lo que nunca considerara a Blackmead Manor.
Era fácil distinguir a David, entre las personas que esperaban a los demás pasajeros. Aunque algunas italianos eran altos, él era el más alto entre ellos, su rubia cabellera descolorida por el sol, contrastaba con las oscuras cabelleras de los demás.
David le abrió los brazos, invitándola a un abrazo. Cuando se separaron, él dijo en son de broma:
—Esperaba verte todavía ojerosa y cansada, después de los agotadores exámenes, pero te ves llena de energía.
—¡Y así me siento! Oh, David, es maravilloso haber regresado… y no sólo por ocho días esta vez.
—Me alegra tenerte de vuelta, encanto. Nos espera un desayuno de celebración en la villa y en cuanto lleguemos, abriré una botella de champaña y brindaremos por el fin de los días escolares y el principio de la vida, con V mayúscula.
Qué hombre tan maravilloso era, pensó la joven con adoración, mientras el auto se deslizaba rápidamente por la autopista.
—Entonces, ¿qué hubo de nuevo desde tu última carta? —preguntó David, dirigiéndole una sonrisa de soslayo.
Bethany le contó, sobre la comedia musical que habían visto la noche anterior. Mientras entraban en Rapallo, la chica le cantó una de las canciones que más le gustaron. Aunque no recordaba la letra por completo, la tonada la guardaba perfectamente en la memoria.
David parecía impresionado por su habilidad para cantar.
—Nunca sospeché que tuvieras tanto talento musical. ¿Tocas algún instrumento o el canto es tu fuerte?
—¡Después de escuchar mi voz… qué pregunta! —respondió riendo, la chica.
—Creo que tienes una voz encantadora.
—¿De veras? Temo que la señorita Hawker, nuestra maestra de música, no opinaba lo mismo. Nunca me escogió para el coro. No es que me interesara mucho entrar. Los dulzones himnos que cantan, no es precisamente el tipo de música que me gusta. Me fascinan Charles Aznavour y Bryan.
—¿Y qué hay de la música instrumental? ¿Estudiaste piano o algún otro instrumento?
—No, en realidad nunca me llamó la atención. Me gusta cantar, pero no soy ningún genio musical.
—Quizá no, sin embargo es un talento que podrías haber desarrollado, o todavía lo puedes cultivar —replicó él—. Esta mañana, vi un arpa en venta en una tienda de Génova. ¿Te llama la atención?
—Me encanta el sonido del arpa, aunque nunca sentí el deseo de aprender a tocarla. Voy a seguir tu sugerencia y convertirme en una brillante lingüista.
Cuando llegaron a la casa, David estacionó el auto a la sombra.
Después de desabrocharse el cinturón de seguridad, Bethany se quedó sentada por un momento, deleitando su vista con los muros color albaricoque y los detalles pintados de la casa, en la que tantas veces pensó durante su ausencia.
David rodeó el coche para abrirle la puerta.
—No sé tú, pero yo me muero de sed. ¡Antes de guardar mis pertenencias, necesito un trago de champaña!
Avanzaron hacia la puerta principal. Inesperadamente, se abrió antes de que llegaran hasta ella.
—No estaba segura de si oí o no que llegaba el coche. Estaba medio dormida junto a la piscina —dijo la mujer que apareció. Llevaba sobre el bikini una blusa corta de algodón de color verde intenso.
Bethany la reconoció. Era la mujer pelirroja, que subió al yate norteamericano la noche en que cenaron en Portofino.
—Espero que tengas la champaña en hielo, Francine, Ambos estamos muy sedientos —dijo David.
—Bethany, te presento a la señorita Valery, cuyo estupendo arte culinario, pronto podremos comprobar.
—Mucho gusto —Bethany extendió una mano.
—Mucho gusto, señorita Castle —dijo la mujer formalmente—, pero si no te importa, preferiría que nos tuteáramos, Bethany. ¿Te molestaría si hago, lo que los ingleses llaman un comentario personal?
La mujer prosiguió antes de que Bethany respondiera.
—Estás mucho mucho más bonita que la noche que te vi por primera vez en el puerto. Entonces parecías más niña, ahora te has convertido en una mujer. Veo que has empezado a arreglarte. El cabello largo te queda muy bien.
—Gracias —dijo Bethany, empezando a sentir simpatía por la mujer.
Fueron a la terraza comedor donde, una botella verde envuelta en una servilleta blanca, estaba sumergida hasta la mitad en una cubeta con hielo.
Hubo un ruido sibilante, cuando David la descorchó, luego llenó tres copas que estaban sobre la bandeja. Ofreció una a Francine, otra a Bethany y luego de tomar para él la tercera copa, dijo:
—En las palabras de Jonathan Swift: que vivas todos los días de tu vida. A su salud signo riña.
Los tres alzaron las copas.
El almuerzo que Francine había preparado, estuvo delicioso.
—¿Recuerdas el yate americano, que estaba anclado en la bahía aquella noche, Bethany? —preguntó David—. Venía del Caribe, con Francine como cocinera. Desafortunadamente para su dueño, y por suerte para mí, logré convencer a Francine que abandonara los viajes marítimos y cocinara para mí, por algún tiempo.
—Por algún tiempo —repitió la francesa.
Parecía, que no tenía intención de quedarse mucho tiempo en Portofino.
Después del almuerzo, Bethany guardó sus pertenencias en la habitación que David le asignó en la pascua.
La actitud de ambos a la hora del almuerzo, no había sido precisamente de amantes. Pero Bethany pensó que seguramente, la francesa cumplía otras funciones aparte de cocinar y arreglarle la casa.
No era de esperarse que un hombre de la edad de David, con su virilidad evidente y su buena apariencia, llevara una vida de castidad. Seguramente había tenido muchas aventuras en su vida, aunque no había hallado aún a la mujer con quien quisiera casarse; el amor de su vida.
Bethany contempló su propio reflejo, en el espejo de cuerpo completo.
¿Cuánto tardaría en madurar por completo? ¿Un año? ¿Dos?
Legalmente, las muchachas en Inglaterra, tenían derecho legal a casarse sin necesidad del consentimiento paterno, desde los dieciocho años. Sin embargo, la mayoría de la gente, consideraba esa edad demasiado temprana.
Ella estaba a un año y medio de cumplir sus dieciocho años. Le parecía mucho tiempo. Veinte meses. Quién sabe cuantas semanas… y días…
Francine llamó a la puerta y entró.
—¿Tienes todo lo que necesitas aquí, Bethany? —le preguntó—. ¿Bastantes anaqueles para tus libros? ¿Suficiente espacio para tu ropa en el armario?
—Sí, gracias, más que suficiente. No traje mucho equipaje conmigo.
—¿Te molestaría si entro, para que charlemos un poco?
—Claro que no, pasa.
—Ése es muy lindo —dijo la francesa, señalando un vestido veraniego color verde mar, doblado sobre los pies de la cama—. Es un modelo Laura Ashley, ¿verdad? Sus diseños son de un gusto exquisito y el algodón puro, es el único material que puede usarse en este clima. Los materiales sintéticos, son muy calurosos y pegajosos. Siempre prefieren usar telas naturales, incluso en los Estados Unidos, donde hay aire acondicionado en las casas.
—¿Has vivido en Norteamérica, Francine? —preguntó su interlocutora.
—Sí, allí me fui después de separarme de mi esposo. Tengo una hermana casada con un norteamericano y me pareció un buen lugar para iniciar mis viajes. Durante los diez años anteriores, viví en un pequeño pueblo de Francia y quería ver todos los sitios, sobre los que sólo había leído. San Francisco… Nueva Orleans… La Martinica… Lisboa… Alicante… Monte Cario. Ahora ya los conocí, pero todavía hay una larga lista, de otras ciudades que me encantaría conocer antes de hacerme vieja.
—¿Eran como los imaginaste o te decepcionaron en alguna forma?
—No, algunas veces distintos de lo que esperaba; aunque nunca decepcionante.
Era la primera de muchas charlas. Francine todavía no había visitado Inglaterra y tenía curiosidad por saber, todo lo que Bethany pudiese contarle.
Conforme pasaron los días, mientras David andaba afuera haciendo bocetos o mientras componía un cuadro en su estudio, una amistad empezó a establecerse entre la francesa y Bethany. Aparte de ser una excelente cocinera, Francine tenía grandes dotes de costurera y le gustaba diseñar y coser preciosas piezas de ropa interior. Había asistido a un colegio de monjas, que eran famosas por sus trabajos de costura.
—No podía evitar el hallar divertida la idea, de que esas pobres mujeres que irían a la tumba vírgenes, pasaran sus días cosiendo ropa interior que nosotras, las mundanas, usaríamos cuando deseáramos que un amante nos la quitara —dijo la francesa—, imagínate ir a la tumba con labios que ningún hombre besó, y un cuerpo que nunca fue acariciado. Estoy segura de que algunas lo lamentarán. Es más difícil para una de esas pobres criaturas romper sus votos religiosos, que para una romper con un matrimonio que ha sido un error.
—¿Tu matrimonio fue una equivocación? —preguntó Bethany.
—Una falla tremenda. Me casé con un muchacho porque era atractivo y no podía esperar más, para saber lo que era hacer el amor. Cuando tenía dieciocho años, hace veinte, las chicas como yo, en pequeños pueblos provincianos, no nos atrevíamos a tener relaciones físicas antes de casarnos. Las que lo hacían, usualmente se metían en problemas. Si hubiéramos tenido hijos, todavía estaría con mi esposo. Aunque no vinieron bebés y después de algunos años, me pregunté: ¿Qué hago aquí desperdiciando mi vida en este pueblucho, con un hombre que no me divierte y a quien no amo? Incluso el sexo con él era decepcionante, él lo disfrutaba, sin embargo yo no. De modo que, un día le dije que me iba. Se puso furioso, no porque me amara, sino porque yo era una buena esposa. Le resultaba fastidioso, buscarse otra mujer que le cocinera y se acostara con él.
Alzó sus verdes ojos, para mirar a Bethany.
—Nunca cometas el mismo error, chérie. Nunca te cases con tu primer amor… a menos que estés absolutamente segura, de que será el último. Algunas veces son la misma persona, aunque no con frecuencia.
Cuando Bethany recibió los resultados de sus exámenes, calificaciones de excelente en dos idiomas extranjeros y de bueno en las demás materias, David le dijo:
—Te felicito, linda. Mereces un premio; ¿qué te parece un viaje a Florencia?
—¡Oh, David! ¿De veras? ¿No será muy caro?
—Por el momento, me está yendo bien. Mis pinturas se exhibirán en las Galerías Kennedy de Nueva York y las Laing en Toronto; ambas con una amplia clientela, que no escatima en gastar algunos miles de dólares en algún cuadro que les llame la atención. Podemos pasar una semana en Florencia. Quizá no en el Excélsior, pero hay otros hoteles muy decentes y no tan caros.
Aunque compartían una habitación, en presencia de Bethany, David y Francine no demostraban sus sentimientos. Nunca los había visto besarse ni siquiera de manera informal; ni habían intercambiado alguna sonrisa de complicidad, que ella recordara desde su primer encuentro.
Pero, pocos días antes de salir de Portofino, sucedió algo que perturbó la aceptación que la joven, sentía respecto a la relación entre su tío y Francine.
Al despertarse, a causa del calor poco después de la medianoche, acalorada y sedienta, Bethany bajó a la cocina en busca de agua mineral.
Dos semanas antes, habían adoptado a una gata callejera que bautizaron como Caterina.
Mientras Bethany bebía el agua fresca, Caterina salió de su canasta y se bajó para ronronear entre las piernas de la joven. Ésta se inclinó para acariciar a la gatita detrás de las orejas.
Finalmente la volvió a meter a su canasta y después de apagar la luz de la cocina, regresó a su habitación.
La puerta de la alcoba de David, estaba frente a la salida de la escalera. Un ruido desde el dormitorio de su tío, la hizo detenerse de repente. Volvió a escucharlo; una especie de quejido suave, seguido de jadeos entrecortados.
Creyéndolos dormidos, y sin intención de espiar, Bethany se acercó a la puerta, para escuchar mejor los quejidos de uno de los durmientes.
—Oh… no… oh, no… por favor, basta… —La voz suplicante, agitada era de Francine.
Hubo una risa breve. Era de David. Luego un grito y una súplica diferente. Esta vez, la francesa le suplicaba que no dejara de hacer lo que hacía.
Cuando Bethany se dio cuenta alarmada, de que lo que estaba escuchando era el ruido de dos personas que hacían el amor y los gritos ahogados de la mujer, la expresión de un éxtasis inimaginable.
Aterrada de que pudiesen notar su presencia y salir a la puerta, para encontrarla allí, corrió a su habitación al otro extremo del pasillo.
Hasta ese momento no le había costado trabajo cerrar su mente, a la índole de la relación existente entre su tío y la cocinera. Después de lo que había oído, le resultaría imposible. Incluso ahora, contra su voluntad, en su mente se formaban imágenes de David y Francine realizando los diversos actos amorosos, que la joven había visto en un libro que circuló entre las chicas mayores en la escuela.
El libro había ampliado hechos, que la joven conocía desde mucho tiempo atrás. Pero no le había llamado tanto la atención, como a Cressida y las demás muchachas. Ahora deseaba nunca haber mirado ese libro, pues así su imaginación no habría sido alimentada con tan vividas imágenes, de lo que podría estar sucediendo entre su tío y la francesa en esa habitación iluminada por la luz de la luna.
Recordaba cómo Francine le había confiado, que su esposo había sido un amante decepcionante. Obviamente, David hacía el amor con mucha mayor habilidad.
Al día siguiente, y por varios días más, Bethany siguió sintiéndose perturbada por lo que había escuchado.
Incluso cuando se dirigían en auto hacia Florencia, se preguntaba si preferirían estar solos, sin ella sentada a su lado.
Pero pronto la emoción de encontrarse, en una de las ciudades más fascinantes del mundo, apartó todo lo demás de su mente. Faltaba poco para la hora del almuerzo y David estacionó el auto, en uno de los puentes que se extienden sobre el Arno y las llevó a tomar bocaditos en un restaurante.
Como en Rapallo, las tiendas en Florencia estaban cerradas entre la una y las cuatro y media. Después del almuerzo, regresaron al coche para dirigirse al hotel donde se alojarían.
El Hotel Villa Belvedere, estaba a varios kilómetros del centro de la ciudad y la alcoba que había reservado David para él y Francine, tenía una gran terraza soleada, con vista a los techos de Florencia, dominados por el domo de la catedral y las colinas circundantes.
El dormitorio de Bethany, estaba en el secundo piso, en la parte trasera del edificio, pero tenía una agradable vista al jardín de la villa vecina.
—En cuanto hayas guardado tus pertenencias, baja para que compartas nuestra terraza.
—Creo que me gustaría nadar un poco —respondió Bethany.
—Como gustes. Reposaremos hasta las cuatro y luego, saldremos a ver la ciudad.
Bethany pasó las siguientes dos horas en la piscina. Siempre que alzaba la mirada de su libro, podía ver a David y Francine en su terraza privada. La francesa parecía dormitar y David dibujaba. Hacía bocetos cuando se le presentaba la oportunidad, siempre llevaba consigo cuaderno y lápiz.
En este momento, cuando la chica alzó la mirada, ambos entraban en el dormitorio, quizá a dormir, quizá a hacer el amor.
Al cuarto para las cuatro, tomó una ducha y se puso un vestido ligero de colores claros, uno de varios que Francine le había confeccionado, en una máquina de coser prestada. Luego bajó la escalera al bar y esperó a que su tío y la francesa llegaran, cosa que sucedió medía hora después.
Para Bethany, el deambular por el corazón de la ciudad por vez primera, fue una experiencia maravillosa. Sólo tenía que alzar los ojos, por encima del nivel de las modernas tiendas, para sentirse nuevamente en la antigua Florencia.
Ahí, en esas angostas callejuelas, entre los altos y espléndidos palacios, con sus aleros sobresalientes, habían caminado genios como Miguel Ángel y el magnífico orfebre Benvenuto Cellini.
Los banqueros florentinos, habían sostenido las riendas financieras de Europa, con sucursales en todas las ciudades importantes. Sabía que un grupo de banqueros, encabezado por las poderosas familias Bardi y Peruzzi, habían financiado las batallas del Rey Eduardo III contra los franceses; como siempre en la historia del mundo, los banqueros lucraban con las guerras ajenas. Cuando Eduardo III se declaró en quiebra, hizo tambalear la estructura financiera de Florencia. Sólo temporalmente. Pronto la ambición y el entusiasmo de los principales hombres de la ciudad, había hecho a Florencia más rica y poderosa que nunca.
Como a las seis y media, tomaron unas copas en un café al aire libre en la Piazza dela Signora, la enorme plaza frente al Palazzo Vecchio.
Antes de que se sentaran a reposar, David les mostró un perfil tallado en una de las piedras bajas del muro del palacio. Se decía que Miguel Ángel lo había modelado, realizado «a ciegas», con las manos a la espalda, para ganar una apuesta.
En el centro de la plaza, les hizo notar una piedra que marcaba el sitio donde Savonarola, el fanático fraile dominico, exhortó a los florentinos a quemar sus vanidades, incluidos algunos cuadros de Botticelli, cuatro años antes de que él mismo, fuese quemado por hereje.
—Mañana, mientras ustedes visiten los museos, yo voy a disfrutar una orgía de tiendas —comentó Francine, mientras sorbía su cocktail Negroni—. Me interesa la obra de algunos pintores modernos —agregó, con una sonrisa dirigida a David—. Pero no mucho la de viejos maestros.
—¿No quieres ver El Nacimiento de Venus de Botticelli y el David de Miguel Ángel? —pregunto Bethany.
—Ya lo he visto… allí —la francesa ondeó una mano en dirección de la estatua de un hombre desnudo sobre un pedestal, cerca de la puerta del palacio.
—Me refiero al David original en la Academia. Ésa es sólo una copia.
—No, tú y David pueden ir juntos. Yo soy lo que podría llamarse una ignorante. Preferiría visitar las tiendas de la Vía Tornabugni.
—Está bien, carissima —dijo David—, haz lo tuyo y nosotros haremos lo nuestro y nos reuniremos luego, en alguna parte a la hora del almuerzo. Hablando de comida, ¿tienen apetito, chicas? ¿Les gustaría comer una pizza?
Era la primera vez que Bethany lo oía llamar a la francesa, con la palabra italiana que significaba «querida». No era dado a los adjetivos cariñosos informales, excepto por el ocasional «cariño» con el que se dirigía a su sobrina.
Había varias clases de pizzas para escoger. David sugirió, que cada quien ordenara una diferente y las compartieran.
Bethany estaba observando a uno de los cocineros, un joven de cabellos rizados vestido con una inmaculada camiseta blanca, mientras daba forma a la pasta de la pizza, cuando éste alzó la vista y le cerró el ojo.
La joven se ruborizó y desvió rápidamente la mirada. Suponía que eso era habitual en Italia, aunque no pudo evitar sentirse un poco halagada.
Al día siguiente, David y Bethany pasaron buena parte de la mañana en la Galería de los Uffizi. En el costado al margen del río entre las dos alas del museo, había muchos jóvenes estudiantes de arte estacionados con sus caballetes. Sobre éstos había retratos, para mostrar a los posibles modelos, la habilidad de cada estudiante. Algunos eran copias fieles al carbón y otros, meras caricaturas.
—¿Por qué no dejas que te retraten? —sugirió David—. Tu rostro todavía no está plenamente formado. Será un bello recuerdo de tu adolescencia y tu primera visita a Florencia. Ese muchacho de allá parece bastante talentoso.
Un poco contra su voluntad, Bethany se dejó convencer, de que posara para un muchacho barbudo y vestido con unos pantalones excesivamente parchados.
Cuando el joven terminó el retrato, lo roció con fijador y lo enrolló. David le pagó su tarifa y Bethany murmuró:
—Grazie. Arrivedercci —y se ocultó tras sus anteojos para sol.
Encontraron a Francine, sentada en el sitio en que se habían citado.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando el rollo de papel que David llevaba en una mano.
—Un retrato de Bethany. ¿Qué te parece? —lo desenrolló, para que Francine lo contemplara.
—Está bastante bien, aunque la boca no es la de Bethany. ¿Por qué hacer que te dibuje un estudiante, cuando en la familia tienes un artista mucho mejor?
—No fue idea mía, sino de David. ¿Has pintado retratos, David?
—Sólo en mis días de estudiante. Quizá intente hacerte un boceto esta tarde. Creo que la mitad del problema era, que te sentías incómoda de que te dibujaran en público y eso te hizo adoptar una pose poco natural. Conmigo estarás tranquila. Ahora, veamos a qué se ha dedicado Francine. ¿Qué traes en esos paquetes?
—Temo que he sido un poco extravagante, —admitió Francine.
Lo dijo con un tono y una expresión, que hizo deducir a Bethany que David habría financiado la expedición de compras y que posiblemente Francine, no tenía sino el dinero que éste le daba.
Bethany pensó que ella era una mujer, a la que las novelas anticuadas se referían con el epíteto de «concubina». Ciertamente, se ganaba su manutención de otra manera aparte de la complacencia erótica, pues cocinaba para él y le arreglaba la casa.
Pero Bethany no podía dejar de pensar que, a menos que estuviera casada con un hombre, no se sentiría a gusto de gastar su dinero. Si ella tenía alguna vez un amante, le gustaría ser independiente de él en el plano financiero. De otra manera, su relación quedaría maculada por un elemento mercantilista que, para ella, la estropearía.
—Pero no compré sólo regalos para mí —prosiguió Francine—. También tengo obsequios para ustedes dos. Para ti, David, una camisa que si no te gusta me la cambiarán —le mostró una camisa azul a rayas—. Y para Bethany un cinturón y unos pendientes —puso dos paquetes en el regazo de la joven.
—En realidad son un regalo de David, que me pidió que los escogiera para ti —explicó Francine.
—Una recompensa por ser buena chica y salir bien en los exámenes —agregó él.
—Creí que mi premio era este viaje a Florencia. No son de oro verdadero, ¿verdad? —preguntó la chica, al ver los pendientes.
—En la ciudad de Cellini. ¿De qué otra cosa podrían ser? La orfebrería es todavía excelente aquí y los precios muy accesibles —comentó David.
Bethany observó que eran para orejas perforadas.
Al mismo tiempo, Francine dijo:
—He arreglado que te perforen las orejas, un día antes de regresar a Portofino. La perforación no es dolorosa, pero algunos lóbulos son delicados y quedan algo sensibles, uno o dos días después, así que será mejor que te los perforen poco antes del fin de nuestro paseo.
—Gracias. David, están preciosos. Siempre los guardaré con mucho cariño —Bethany se detuvo, para depositaran leve beso en la mejilla de su tío.
—Sí, gracias también por mi regalo, David —expresó Francine.
—Es un placer, queridas mías —su sonrisa las incluyó a las dos.
En la tarde, en el hotel, el pintor realizó un rápido esbozo de Bethany, en el que captó con mayor precisión sus finos rasgos.
Abajo del dibujo escribió Bethany, dieciséis entrados a diecisiete y su firma y la fecha. Luego le manifestó:
—Debo volverte a dibujar, algún día el año próximo. A tu edad, doce meses traen muchos cambios.
* * *
El día siguiente persuadieron a Francine de que, aunque no viera otra cosa, debía conocer el Museo degli Argenta, museo de la joyería, en el Palazzo Pitti.
Pero no fue la inapreciable colección de joyas, camafeos, plata, cristal, mármol y porcelana que pertenecieron a los Medici, lo que causó la impresión más perdurable en Bethany. Incluso la colección personal de Lorenzo el Magnífico, de exquisitos vasos hechos con piedras semipreciosas, no permaneció más tarde en su recuerdo tan clara e indeleble, como un retrato que vio en un edificio lleno de pinturas.
Aunque había leído la vida del más famoso de los Medici, nunca contempló su retrato. Súbitamente, allí estaba: Lorenzo di Piero di Medici, un hombre con largos cabellos negros, vestido con un manto rojo oscuro con un toque de blanco en el cuello, evidentemente divertido por algún secreto pensamiento, que curvaba su sensual boca en una leve sonrisa irónica y hacía brillar sus negros ojos.
Más tarde esa mañana, y durante todo el tiempo que permanecieron en Florencia, habría de ver otros retratos de Lorenzo el Magnífico. Pero ninguno tenía el dramático impacto de este primer.
Supo que, si hubiese vivido allí, en esa época, se habría enamorado de él.
* * *
Muchos puentes cruzaban el Arno en su fluir a través de la ciudad. El Ponte Vecchio era el más antiguo, de allí su nombre y el único que no fue dañado en la segunda guerra mundial. Difería de los otros puentes en que en ambas orillas existían tiendas, dedicadas casi todas a la venta de joyería de oro y plata.
En el centro del puente había un espacio abierto, lugar preferido de estudiantes universitarios y guitarristas vagabundos, de todas partes del mundo.
Dejando a Bethany allí, contemplando fascinada a la multitud que iba y venía, David tomó a Francine de la mano y la llevó a una de las tiendas, para comprarle un recuerdo, más perdurable que la ropa.
Cuando regresaron, la francesa llevaba al cuello una cadena de oro, delicadamente trenzada. Pero aunque se pasó el resto del día lanzando miradas de admiración a su cadena, Bethany tenía la intuición de que la francesa hubiese preferido, que David le comprara un anillo para su tercer dedo.
Demasiado pronto, fue tiempo de regresar a Villa Delphini. Con los lóbulos de las orejas ligeramente doloridos y con los pequeñísimos alfileres que debía mantener en su lugar día y noche, durante tres meses, Bethany regresó a Portofino en un estado de ánimo más alegre que cuando salió.
Por alguna razón, el sentimiento de ser una intrusa y los celos latentes que la habían asaltado en el trayecto hacia el sur, ya no la perturbaban.
El otoño en Portofino era como el verano en sitios más al norte y el principio del invierno, tan tibio y seco como un otoño benévolo en Inglaterra. En la época de Navidad, los tres fueron a un lugar para esquiar en Italia.
Poco después de la Navidad, era cumpleaños de Bethany; el aniversario más feliz de su vida. Para entonces, ya hablaba bien el italiano y comprendía bien el francés y el alemán.
Después de esas fechas, el clima se tornó un poco frío y húmedo.
Dos semanas antes de la Pascua, David llevó algunos cuadros a Londres. Fue solo, porque se trataba de un viaje de negocios. Sólo estaría fuera dos noches.
Francine lo llevó al aeropuerto en el coche. Cuando regresó le dio una noticia a Bethany. Una noticia sorprendente.
Entrando en la cocina donde Bethany estaba alimentando a Caterina, dijo:
—Yo también me iré, Bethany. Compré un boleto para una hora antes, de que aterrice el avión de David. Supe desde el principio, que no había mucho futuro si me quedaba aquí, aunque he estado posponiendo la decisión de marcharme. Ahora he comprado mi boleto, me iré… y no regresaré.