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MARTES, MEDIODÍA - 5 TARDE
Mi camisa ya no era una camisa, sino un pedazo de trapo pegajoso y empapado de sudor. Me dolían los pies a causa del terrible calor de las planchas de acero de cubierta. La gorra blanca de visera me hacía daño en la frente por la presión, siempre en aumento, de la badana del forro, lo que hacía que el desollamiento de mi cuero cabelludo fuese sólo cuestión de tiempo. Me dolían los ojos por el resplandor acerado que el sol reflejaba en el metal, en el agua y en los edificios del puerto pintados de blanco, y también me dolía la garganta a causa de la sed. Me sentía terriblemente desdichado.
Sentíase desdichado. La tripulación era desdichada. Los pasajeros eran desdichados. El capitán Bullen era también desdichado y esto último me hacía doblemente desdichado, no porque albergase algún sentimiento de ternura hacia el capitán, sino porque cuando las cosas iban mal para el capitán Bullen, éste descargaba su mal humor en su primer oficial. Y su primer oficial era yo.
Me encontraba apoyado sobre la barandilla, escuchando crujir los cables y la madera y observando cómo nuestra grúa trasera iba forzándose a medida que levantaba del muelle una caja desusadamente grande cuando una mano se posó en mi brazo. «El capitán Bullen otra vez», pensé con tristeza. Había transcurrido por lo menos media hora desde que se me había acercado la última vez para hablarme de mis descuidos y de mis faltas, y entonces me di cuenta de que cualesquiera que fuesen los caprichos del capitán, usar «Chanel núm. 5» no era uno de ellos. Se trataría de Miss Beresford.
En efecto, era ella, y además de «Chanel» llevaba un vestido blanco de seda y mostraba aquella sonrisa extraña, burlona y medio divertida que había embobado a la mayoría de los oficiales, pero que a mí únicamente lograba irritarme.
Tengo mis debilidades, pero las jóvenes mundanas, altas, frías y con un sentido del humor ligeramente malicioso, como era Miss Beresford, no son una de ellas.
—Buenas tardes, señor primer oficial —dijo dulcemente.
Poseía una voz suave y musical, con un acento apenas perceptible de superioridad o de condescendencia cuando hablaba a personas de rango inferior como yo, pero lo suficiente para hacerme comprender que ella se había educado en las mejores escuelas y colegios del Este, y yo, no.
—Hemos estado preguntándonos dónde estaría usted. No suele usted ausentarse a la hora del aperitivo.
—Así es, Miss Beresford. Lo siento.
Lo que dijo era muy cierto. Lo que no sabía era que yo acompañaba a los pasajeros en el aperitivo como obligado, más o menos, por el cañón de una pistola. El reglamento de la Compañía estipulaba que entretener y agasajar a los pasajeros constituía para los oficiales el mismo deber que gobernar el buque, y como el capitán Bullen aborrecía a todos los pasajeros con una absoluta aversión, se las arreglaba para que el entretenimiento recayera, en su mayor parte, sobre mí. Señalé con un movimiento de cabeza la gran caja que había sido izada de un montón de ellas apiladas en el muelle y que a la sazón se balanceaba colgando sobre la escotilla de la bodega número cuatro.
—Me temo que aún tendré trabajo. Cuatro o cinco horas más, por lo menos. Hoy ni siquiera tendré tiempo para comer y mucho menos para tomar el aperitivo.
—Miss Beresford, no. Llámeme Susan.
Parecía que solamente hubiera oído mis primeras palabras.
—¿Cuántas veces se lo he de decir?
«Hasta que lleguemos a Nueva York —me dije a mí mismo—. Y tal vez, entonces, también será inútil».
Alzando la voz, le dije sonriendo:
—No debe usted complicarme las cosas. Las ordenanzas disponen que tratemos a todos los pasajeros con cortesía, consideración y respeto.
Mi propia estimación provocaba en mí cierto resentimiento hacia las pasajeras jóvenes y solteras, que me consideraban un medio de entretenimiento, de distracción, para llenar sus muchas horas de aburrimiento. Y esto aún se acentuaba más con las jóvenes ricas y ociosas… Por otra parte, era del dominio público que Julius A. Beresford necesitaba el servicio permanente de una sección completa de contabilidad para determinar sus beneficios anuales.
—Con todo respeto, seguiré llamándola Miss Beresford —concluí.
—No tiene usted remedio —dijo riendo.
Era yo muy poca cosa para alterar con mi actitud la sonriente expresión de su engreimiento.
—Y quédese sin comer, pobrecito. Ya me pareció verlo malhumorado cuando venía hacia acá.
Observó un momento al operador de la grúa y después a los marineros ocupados en recibir y colocar en el fondo de la bodega la caja suspendida del cable.
—Sus hombres no parecen tampoco demasiado satisfechos. Dan la sensación de ser un grupo triste y desanimado.
Los miré brevemente. Era, en verdad, un grupo triste y desanimado.
—¡Oh, sí! Pero ellos comerán a su hora. Lo que sucede es que tienen sus propias preocupaciones. Debe de haber ahí abajo, en esa bodega, unos ciento diez hombres, y en virtud de una ley ya antigua, aunque no escrita, los marineros blancos de las tripulaciones no deben trabajar por la tarde en los trópicos. Además, todavía se encuentran atribulados bajo los efectos de las pérdidas que acaban de sufrir. Piense que no han transcurrido aún setenta y dos horas desde que fueron objeto de una batida despiadada por parte de los agentes de Aduanas en Jamaica.
La batida fue realmente exhaustiva. Puede asegurarse con firmeza, sin temor a incurrir en una exageración, que a unos cuarenta miembros de la tripulación les fueron confiscados por los aduaneros no menos de veinticinco mil cigarrillos y más de doscientas botellas de licores espirituosos que debieron haber sido almacenados en los depósitos de mercancías del barco antes de entrar en aguas de Jamaica. Que los licores no hubieran sido guardados en aquellos depósitos era comprensible hasta cierto punto, puesto que a la tripulación le estaba expresamente prohibido tener en los camarotes ninguna clase de bebidas alcohólicas, pero que ni siquiera los cigarrillos hubieran sido depositados con las mercancías que transportaba el barco, sin duda había sido debido al propósito de la tripulación de seguir la vieja costumbre de ocultar en tierra ambos productos, licores y cigarrillos, e ir vendiéndolos después a los traficantes indígenas con un beneficio sustancioso, en vez de pagar unos derechos aduaneros exorbitantes por el lujo de disponer de cigarrillos americanos y del bourbon de Kentucky en las horas libres de servicio. Pero en esta ocasión, por primera vez en los cinco años de viaje por la ruta de las Indias Occidentales, la tripulación no había sido prevenida de que el Campari sería registrado de proa a popa con tanto rigor y tanta ferocidad que los agentes de Aduanas se llevarían por delante todo lo que no estuviera en regla. Fue algo así como un huracán que barrió el barco hasta el último rincón, dejándolo limpio como un silbido. Un día negro para la tripulación.
Esta era la causa de la depresión de aquellos hombres. Y cuando Miss Beresford se despedía consolándome con unos golpecitos en el brazo, al mismo tiempo que murmuraba unas palabras de simpatía que no estaban en consonancia con el parpadeo luminoso de sus ojos, vi al capitán Bullen encaramado en lo alto de la escalerilla que conducía a la cubierta principal. Para definir la expresión de su cara en aquel momento, el término más adecuado sería probablemente «enmascarado». A medida que bajaba por la escalerilla y se acercaba a Miss Beresford, el capitán Bullen hizo un esfuerzo heroico para articular su cara y dar a sus rasgos la apariencia de una sonrisa, que mantuvo por espacio de dos segundos, hasta que rebasó a Miss Beresford. Entonces volvió a enmascarar rápidamente su rostro.
Para un hombre impecablemente vestido de blanco de la cabeza a los pies, no es una proeza despreciable dar la sensación de llevar consigo la aproximación de una negra tormenta, pero el capitán Bullen lo conseguía sin ninguna dificultad. Era un hombre corpulento, pues medía muy cerca de los dos metros de estatura y tenía una complexión robusta. Sus cabellos eran rojos y encrespados e igualmente las cejas. Tenía una cara suave que el sol no lograba tostar nunca y unos ojos azules que no conseguía nublar todo el whisky del mundo.
Dirigió una mirada al muelle, después a la bodega y finalmente a mí, siempre con la misma e imparcial desaprobación.
—Y bien, Mr., ¿cómo va eso? Miss Beresford está echándole una mano, ¿eh? —me dijo en tono seco.
Cuando estaba de mal humor me llamaba invariablemente «Mr.»; cuando su humor era regular, es decir, ni bueno ni malo, entonces decía «Primero», y cuando se encontraba de buen talante, lo que, dicho sea en honor a la verdad, ocurría casi siempre, me llamaba «Johnny, hijo mío». Pero en aquel momento dijo «Mr.». Me puse en guardia adecuadamente, ignorando aquella repulsa implícita por la pérdida de tiempo.
El día siguiente se disculparía ceñudamente. Siempre lo hacía.
—No mal del todo, señor. Un poco lentos en el muelle.
Señalé con la cabeza un grupo de hombres, algunos de ellos con barba. Todos llevaban unos pantalones de rayadillo y camisas de aspecto vagamente militar y luchaban denodadamente para sujetar las eslingas de la grúa a una caja que debería de tener, por lo menos, cinco metros de longitud por uno y medio de anchura.
—No creo que los estibadores de Caraccio estén acostumbrados a manejar elevadores tan pesados.
El capitán miró con atención.
—Esta gente no sabe manejar ni siquiera una condenada carretilla —estalló finalmente—. No he visto en mi maldita vida tanta chapucería y tanta incompetencia. Es la primera vez que vengo a este hediondo y apestoso agujero del demonio, lleno de moscas, y espero, por todos los cielos, que sea la última…
Caraccio era, a la sazón, uno de los puertos más limpios bellos y pintorescos del Caribe. El capitán no parecía darse cuenta.
—¿Podrá usted terminar esto para las seis, Mr.? —preguntó.
A las seis haría ya una hora en que la marea alta se encontraría en su punto culminante y tendríamos que aprovechar aquel momento para salvar el banco de arena de la entrada del puerto. De lo contrario, nos veríamos obligados a esperar otras diez horas.
—Creo que sí, señor.
Y para alejar de su mente, aunque sólo fuera por un momento, sus preocupaciones y también para satisfacer mi curiosidad, le pregunté:
—¿Qué hay en esas cajas? ¿Motores de coche?
—¿Motores de coche? ¿Está usted loco?
La mirada de sus fríos ojos azules se extendió por el conglomerado de casas blancas de la pequeña ciudad y por el verde obscuro de los bosques de las colinas que se alzaban más allá.
—Esa gente no es capaz de fabricar siquiera un cofre de piel de conejo para la exportación, y muchísimo menos, desde luego, un motor de automóvil. Maquinaria. Eso dicen los documentos de embarque. Dínamos, generadores, frigoríficos, acondicionadores de aire y maquinaria para refinería. Para Nueva York.
—¿Quiere usted decir —observé cautelosamente— que el Generalísimo[1], después de haber completado con éxito la confiscación de todas las refinerías americanas de azúcar, las está ahora desmantelando y vendiendo su maquinaria a los mismos americanos? ¿Un robo tan descarado como ése?
—El latrocinio mezquino efectuado por el hombre es un robo —dijo el capitán Bullen ásperamente—, pero si un Gobierno efectúa expoliaciones en gran escala es un sistema de economía… ¡Oh, sí…! Será todo muy legal, no lo dudo. Sin embargo, esa legalidad no impide que me sienta un poco contrabandista. De todas maneras, si no lo hacemos nosotros, otros lo harán. Y el precio de los fletes es doble que el normal.
—¿Qué hace que el Generalísimo y su Gobierno se sientan tan sumamente necesitados de dinero?
—¿Qué cree usted? —rezongó Bullen—. Nadie sabe el número de muertos que hubo en la capital y en una docena de otras ciudades durante los desórdenes que se produjeron el martes a causa del hambre. Las autoridades de Jamaica los cifran en varios centenares. Desde que se expulsó en masa a los extranjeros y se cerraron o confiscaron casi todos sus negocios, no han podido conseguir un céntimo en el exterior. Los cofres de la revolución están más vacíos que un tambor. Los hombres se desesperan por lograr dinero.
Se volvió y se quedó mirando con la vista fija en el puerto, con las manazas completamente extendidas sobre la barandilla y la espalda, erguida como un palo, apoyada en el borde. No parecía tener prisa por marcharse, y, sin embargo, el ocio sin causa ni objeto nunca había constituido parte de la vida del capitán Bullen. Siempre tenía prisa.
Yo ya conocía los síntomas. Después de tres años de navegar con él, resultaría imposible no descifrarlos. Había algo que deseaba decir; llevaba dentro, a presión, una carga de vapor que necesitaba expulsar a toda costa. ¿Y qué mejor conducto que la ya probada y segura válvula de escape que para él era el primer oficiar Cárter?
No obstante, cuando deseaba soltar vapor constituía para él una cuestión de orgullo personal no iniciar el asunto. De todos modos, no era difícil adivinar qué era lo que le estaba preocupando. Así, pues, me decidí a abrir la válvula.
Como siguiendo una conversación, dije:
—Enviamos a Londres los cables, señor.
Habían sido puestos por el mismo capitán Bullen, pero el «enviamos» repartía la responsabilidad si las cosas habían salido mal, lo que seguramente habría sucedido.
—¿Se ha recibido alguna respuesta?/p>
—Hace exactamente diez minutos. Se volvió como si mis palabras hubieran despertado su memoria, pero la ligera sombra purpúrea que tiñó su roja cara lo delató y, además, no había acento casual en su voz cuando prosiguió:
—Darme una bofetada, Mr. Eso es lo que han hecho conmigo. Abofetearme. Mi propia Compañía. Y el Ministerio de Transportes. Los dos. Me aconsejaron que olvidara el asunto, me dijeron que mis escrúpulos estaban absolutamente injustificados y llamaron mi atención sobre las consecuencias de una futura falta de colaboración con las autoridades competentes cualquiera que fuese la condenada competencia de las autoridades. ¡A mí…! ¡Mi propia Compañía! Treinta y cinco años navegando con la «Blue Mail Line», y ahora… y ahora…
Apretó los puños y se calló, ahogada su voz por la ira que sentía.
—Así, pues, tras todo esto había alguien que venía ejerciendo una fuerte presión —murmuré.
—Lo había, Mr… lo había.
En sus ojos azules, normalmente fríos, brillaba ahora una luz helada; se abrieron en toda su extensión sus manazas y se cerraron de nuevo con fuerza, tanta que a poco apareció en sus nudillos el color del marfil. Bullen no era tan sólo capitán, sino algo más: era el comodoro de la flota «Blue Mail», e incluso el Consejo de Administración guardaba cierta consideración para con el comodoro de la flota. Al menos, no lo trataban como a un meritorio. El capitán Bullen prosiguió suavemente:
—Si alguna vez consigo poner las manos sobre el doctor Slingsby Caroline, le retorceré el cuello.
Al capitán Bullen le hubiera gustado echar mano al singularmente llamado doctor Slingsby Caroline. Decenas de millares de policías, agentes gubernamentales y agentes especiales americanos empeñados en detenerle, experimentarían un gran placer en echarle también la mano encima. Y lo mismo sentirían millones de ciudadanos ordinarios por la simple y excelente razón de que había una recompensa de cincuenta mil dólares para quien suministrase alguna información que facilitara su captura. Pero el interés del capitán Bullen y de la tripulación del Campari era todavía más personal: el hombre desaparecido era la causa de todas sus tribulaciones.
El doctor Slingsby Caroline se había desvanecido totalmente en Carolina del Sur.
Había trabajado en un supersecreto Instituto de Investigación de Armas establecido en la parte sur de la ciudad de Columbia, un establecimiento creado, según había llegado a saberse la semana anterior, para la investigación y desarrollo de alguna clase de arma táctica pequeña de fisión para ser utilizada por aviones de combate y a bordo de cohetes transportables lanzados en guerras nucleares locales. Aunque era un arma atómica, constituía una insignificante nimiedad comparada con los monstruosos cinco megatones ya logrados por los Estados Unidos y Rusia. Aquella pequeña arma nuclear desarrollaba escasamente una milésima parte de la potencia explosiva de sus hermanas gigantes y era apenas capaz de devastar una milla cuadrada de extensión. No obstante, con su poder destructivo equivalente a cinco mil toneladas de T.N.T., no podía considerarse como un juguete.
Un buen día, una noche para ser precisos, el doctor Slingsby Caroline se esfumó. Esto ya era de por sí sumamente serio teniendo en cuenta que el doctor Slingsby era el director del Instituto de Investigación, pero lo que había producido mayor consternación era el hecho de que hubiera desaparecido llevándose consigo el prototipo del arma en la que se había estado trabajando. Se suponía que había sido sorprendido por dos guardas nocturnos y que había matado a los dos, probablemente con un arma silenciosa, puesto que nadie oyó ningún ruido extraño. Había franqueado las puertas del Instituto a eso de las diez de la noche, conduciendo su «Chevrolet» azul. Los guardias de la entrada reconocieron el coche y a su jefe, y sabiendo que habitualmente se quedaba a trabajar hasta una hora muy avanzada, lo habían saludado al pasar con un gesto del brazo, sin dirigirle una segunda mirada. Aquella era la última vez que se había visto al doctor Caroline, o al «Torcedor», como se denominaba por alguna obscura razón el arma secreta. Pero no fue aquella la última ocasión en que el coche fue visto. El «Chevrolet» azul había sido encontrado abandonado en las afueras del puerto de Savannah unas nueve horas después de cometido el crimen y una hora más tarde de su descubrimiento, lo que acreditaba un trabajo rápido e inteligente por parte de la policía.
Y precisamente nuestra condenada mala suerte había hecho que el Campari fuera llamado al puerto de Savannah la tarde del día en que se cometió el crimen.
Apenas había transcurrido una hora del descubrimiento de los cadáveres de los dos guardias asesinados en el establecimiento de investigación cuando todo el tráfico interior y exterior por mar y aire, en todo el sudeste de los Estados Unidos, había sido paralizado. A partir de las siete de la mañana, todos los aviones quedaron detenidos en tierra hasta que fueron minuciosamente registrados. Desde las siete de la mañana, la policía detenía y examinaba todos los camiones que cruzaban la frontera de un Estado. Desde luego, a todas las embarcaciones superiores a un bote de remos les fue prohibido hacerse a la mar. Pero, desgraciadamente para las autoridades en general y para nosotros en particular, el Campari había abandonado el puerto de Savannah a las seis de la mañana. Automáticamente, el Campari se convirtió en el «blanco» de todas las pesquisas, en el sospechoso número uno de alojar al fugitivo.
El primer radio-mensaje que se recibió a las 8:30 de la mañana, «¿Quiere el capitán Bullen volver inmediatamente a Savannah?», le sorprendió. El capitán, que no tenía la menor idea de lo ocurrido, preguntó por qué diablos debía volver. Se le contestó que era desesperadamente urgente que regresara en seguida. El capitán contestó que no volvería a menos que se le diera una razón absolutamente convincente. No quisieron satisfacer las lógicas exigencias del capitán y éste se negó a volver. Punto muerto. Entonces, como no les quedaba otra alternativa, las autoridades federales, que ya habían reemplazado a las del Estado tomando a su cargo el asunto, le informaron simplemente de los hechos.
Él capitán Bullen solicitó más detalles requiriendo se le facilitara la descripción del científico desaparecido y la del arma y afirmando que en seguida comprobaría él mismo si se encontraba a bordo o no. Siguieron quince minutos de silencio, demora indudablemente necesaria para tomar precauciones en torno a la revelación de información de alto secreto, al término de los cuales fueron facilitadas, aunque con reluctancia, las descripciones.
Existía una curiosa similitud entre las dos descripciones. Ambos, el «Torcedor» y el doctor Caroline, medían un metro setenta y tres centímetros de longitud y de estatura, respectivamente. Los dos eran también muy delgados; el arma tenía solamente veinticinco centímetros de diámetro. El doctor pesaba setenta y dos kilos y el «Torcedor» ciento doce. El «Torcedor» estaba enfundado en una vaina pulimentada de aluminio anodizado y el doctor en una gabardina gris de dos piezas. La cabeza del «Torcedor» estaba cubierta por una especie de gorra de visera gris, de Pyroceran, y la del doctor por una cabellera negra con una guedeja gris en el centro.
Las órdenes con respecto al doctor eran identificarlo y detenerlo, y para el «Torcedor» identificarlo y, sobre todo, no tocarlo.
El arma debería estar completamente quieta y segura. En condiciones normales, cualquiera de los dos expertos que estaban suficientemente familiarizados con ella, podría armarla en diez minutos, pero nadie podía predecir qué efectos habría causado el traqueteo sufrido durante el viaje sobre los delicados mecanismos del «Torcedor».
Tres horas más tarde, el capitán Bullen pudo informar con absoluta certeza que ni el científico desaparecido ni el arma estaban a bordo. Para describir la búsqueda efectuada en el barco la palabra «vehemente» resultaría una pobre expresión. Cada centímetro cuadrado, desde la cadena del ancla a la cabina del timón, fue registrado una y otra vez. El capitán Bullen había radiado su informe a las autoridades federales y se olvidó del asunto…, o se hubiera olvidado si las dos noches siguientes nuestra patrulla de radar no hubiera registrado dos veces consecutivas la presencia de un navío misterioso sin luces de navegación, muy cercano a la popa, que se desvanecía poco antes del amanecer. Fue entonces cuando llegamos a nuestro puerto de escala más meridional, Kingston, en Jamaica.
Y en Kingston se produjo el estallido.
No habíamos acabado de echar el ancla cuando las autoridades portuarias subieron a bordo requiriendo al capitán para que permitiera examinar el Campari a una patrulla de la tripulación del destructor americano que estaba anclado casi junto a nosotros. La patrulla, compuesta por unos cuarenta hombres, estaba ya formada en la cubierta del destructor.
Cuatro horas más tarde todavía estaban allí. El capitán Bullen, con unas palabras sencillas y bien escogidas, que habían resonado con claridad sobre toda la extensión de las soleadas aguas del puerto de Kingston, había advertido a las autoridades que si la armada de los Estados Unidos se había propuesto abordar a plena luz del día a un barco de la marina mercante británica en un puerto británico podía probarlo, pero que sería adecuadamente recibida. Y había añadido que podía prepararse a soportar, además de los daños y el derramamiento de sangre que se produciría en el intento, las fuertes sanciones que le serían impuestas por un tribunal internacional competente en jurisprudencia marítima tanto el que se le acusaría de delitos como asalto, piratería y acto de guerra. Y el citado tribunal, como había acabado diciendo enfáticamente el capitán Bullen, no tenía su sede en Washington, D.C., sino en La Haya, Holanda.
Esto dejó fríos a los que querían registrar nuestro barco. Las autoridades se retiraron para celebrar algunas consultas con los americanos. Entre Washington y Londres se cambiaron cables cifrados, según supimos más tarde.
El capitán Bullen permaneció inconmovible. Nuestros pasajeros, de los cuales eran americanos un noventa por ciento, le expresaron entusiásticamente su adhesión y su apoyo. Se recibieron mensajes de la oficina central de la compañía y del Ministerio de Transportes ordenando al capitán Bullen que cooperara con la armada de los Estados Unidos. La presión se hacía cada vez más difícil de soportar. Bullen destruyó los radiogramas, aprovechó la oferta del agente local de la casa «Marconi» para revisar el equipo de radio, excusa llovida del cielo para alejar a los radiotelegrafistas de la cabina y dio orden al marinero de turno en la pasarela que no aceptara ningún mensaje más.
Este estado de cosas se prolongó treinta horas. Y como las preocupaciones nunca vienen solas, la mañana siguiente de nuestra llegada los Harrison y los Curtis, familias emparentadas que ocupaban las dos suites delanteras de la cubierta «A», recibieron cables con la espantosa noticia de que miembros de ambas familias habían sido víctimas de un fatal accidente de automóvil. Por esta razón aquella misma tarde abandonaron el barco. Un negro abatimiento se cernía sobre el Campari.
Al atardecer se salvó el punto muerto gracias a los buenos oficios del comandante del destructor americano, un marino diplomático, cortés y completamente turbado, que se llamaba Varsi. Se le había autorizado para subir a bordo del Campari y se le invitó ásperamente a pasar al despacho de Bullen donde aceptó un trago y se disculpó respetuosamente sugiriendo una fórmula para resolver el conflicto. Afirmó que se daba cuenta de lo intolerable que debe de ser para el capitán de un barco que se dude, no sólo de su palabra, sino de su habilidad para llevar a cabo una búsqueda adecuada. En lo que a él concernía, sentíase muy disgustado por haber sido designado para aquella misión.
Puntualizó casi desesperadamente que él tenía que cumplimentar las órdenes recibidas, pero ¿cómo podría hacerlo si el capitán Bullen y él tenían cada uno su interpretación de aquellas órdenes? ¿Qué le parecía si el registro lo efectuaban los oficiales de aduanas británicos, en el desempeñó normal de su función, estando presentes sus hombres, solamente como observadores y con órdenes estrictas de no tocar nada? Después de mucho gruñir y tartamudear con aire de hombre ultrajado, el capitán Bullen acabó por aceptar esta solución, que no solamente resolvía el dilema, sino que salvaba, hasta cierto punto, el honor, aunque él de todos modos, se encontraba en una situación imposible y lo sabía.
Mientras el registro no se llevara a cabo, las autoridades se negarían a extender el certificado médico y sin este certificado sería imposible descargar las seiscientas toneladas de alimentos y maquinaria que había que desembarcar allí. Las autoridades portuarias podrían hacerle las cosas muy difíciles, verdaderamente, con sólo negarse a facilitarle los papeles del despacho de aduanas, con lo que le impedirán que pudiera partir.
Se procedió, pues, a lo que parecía el trámite normal de cualquier aduana de Jamaica y se inició el registro a las nueve de la noche. Duró hasta las dos de la madrugada. El capitán Bullen fumaba tan continua y violentamente que parecía un volcán a punto de entrar en erupción. Los pasajeros fumaban en parte por la indignación que sentían de haber tenido que soportar que sus camarotes fueran tan meticulosamente registrados y en parte porque habían tenido que permanecer fuera de sus lechos hasta las primeras horas de la madrugada. Y la tripulación también fumaba porque, esta vez, los oficiales de aduanas normalmente tolerantes se habían visto obligados a decomisar centenares de botellas de licor, y millares de cigarrillos descubiertos en el registro.
No se encontró, desde luego, nada más. Se ofrecieron disculpas y éstas fueron ignoradas. Se extendió el certificado médico y comenzó la descarga. Aquella noche salimos de Kingston muy tarde.
Durante las veinticuatro horas del día siguiente, el capitán Bullen estuvo cavilando sobre aquellos hechos y al final envió un cablegrama a la oficina central en Londres y otro al Ministerio de Transportes diciéndoles lo que él, el capitán Bullen, pensaba de ellos. Yo leí los dos cables y me parecieron realmente sustanciosos. Tal vez no eran muy sensatos, pero era mejor enviarlos que verse expuesto a sufrir un ataque de apoplejía.
Seguramente, volviendo las tornas, ellos también habían dicho al capitán lo que pensaban de él. Yo podía comprender sus sentimientos acerca del doctor Slingsby Caroline, que a aquellas horas probablemente estaría en China.
Un grito agudo, de aviso, nos hizo volver bruscamente a la realidad de lo que sucedía a nuestro alrededor. Una de las dos eslingas que sujetaban la gran caja que en aquel momento pendía exactamente sobre la escotilla de la bodega número cuatro, se soltó de repente y la caja se inclinó hacia abajo, en un ángulo de sesenta grados, dando al cable por el impulso de su peso un tirón que hizo temblar incluso la grúa. El peligro de que la caja se desprendiera de la única eslinga que la sujetaba y se estrellara contra el piso de la bodega, allá abajo, era inminente y probablemente así habría sucedido si no hubiera sido por dos hombres de la tripulación que sostenían la soga-guía de la grúa y tuvieron la suficiente rapidez de reflejos para colgarse de ella con toda su fuerza y evitar que la caja basculara demasiado hacia un lado y se escurriera de la eslinga. Pero entonces se perdió el control de la dirección de la grúa.
La caja se balanceó y volvió hacia el costado del barco, con los dos hombres colgando todavía de la soga-guía, desesperadamente. Allá abajo, en el muelle, pude ver de una ojeada a los estibadores con sus rostros contorsionados en una expresión de mudo terror. En la nueva democracia del pueblo, según la cual todos los hombres eran libres e iguales, la pena por esta clase de descuidos sería, probablemente, el pelotón de ejecución. Ninguna otra cosa podría justificar aquel pánico.
La caja se columpiaba otra vez sobre la bodega. Ordené gritando a los hombres de abajo que despejaran corriendo y di simultáneamente la señal de emergencia para bajar la carga. El encargado del cabrestante era afortunadamente un hombre experimentado y mientras la impetuosa caja volvía, zarandeándose espasmódicamente, hacia el centro muerto, él la hizo bajar a una velocidad dos o tres veces superior a la normal, frenando unos segundos antes de que se estrellara contra el piso de la bodega. Unos momentos más tarde, la caja descansaba en el suelo.
El capitán Bullen pescó un pañuelo en sus bolsillos, se quitó la gorra galoneada y se enjugó con calma la frente sudorosa y los encrespados cabellos. Parecía estar platicando consigo mismo.
—Esto —dijo— es el final endemoniado de este maldito embrollo. El capitán Bullen en la ratonera La tripulación más afligida y encolerizada que el demonio. Los pasajeros indignados. Dos días de retraso. Registrados por los americanos desde la bola a la sobrequilla como unos vulgares contrabandistas. Ahora, probablemente, llevando contrabando. Sin noticias de nuestro último grupo de pasajeros. Y tener que atravesar el banco de arena del puerto a las seis… Y por si faltaba algo esa pandilla de idiotas intentando echarnos a pique… No sé cómo un hombre es capaz de aguantar tanto, Primero, tanto…
Se puso otra vez la gorra.
—Shakespeare tenía una frase para todo esto, Primero.
—¿Un mar de adversidades, señor?
—No, algo más. Pero suficientemente elocuente.
El capitán suspiró.
—Que le releve el segundo oficial. El tercero está pasando revista a las bodegas. Avise al cuarto… Pero no, no diga nada a ese badulaque… Ordene al sobrecargo que cuide de la parte del muelle; ése, al menos, habla español como un nativo. Si hacen alguna objeción ahí abajo no tomaremos más carga. Después, usted y yo comeremos, Primero.
—Le dije a Miss Beresford que yo no podría…
—Si usted cree —interrumpió el capitán Bullen bruscamente— que voy a soportar a toda esa gente escuchando cómo hacen sonar sus bolsas y tolerando sus estúpidas fanfarronerías desde los entremeses hasta el café, quíteselo de la cabeza. Comeremos en mi camarote.
Y comimos en su camarote. Se nos sirvió la minuta corriente del Campari, una comida con la que soñarían hasta los más epicúreos sibaritas y en la que el capitán Bullen, por una sola vez, hizo comprensiblemente una excepción de la regla de que ni él ni sus oficiales debían beber en el almuerzo. Cuando acabamos de comer, el capitán volvió a sentirse casi humano y llegó incluso a llamarme una vez «Johnny, hijo mío». Pero no duraría. No obstante, todo ello era sumamente agradable y sentí cierta contrariedad cuando tuve que cambiar la frescura reconfortable del aire acondicionado del camarote de día del capitán por el sofocante calor del exterior para relevar al segundo oficial.
Este se echó a reír abiertamente al ver que me acercaba a la bodega número cuatro. Tommy Wilson estaba siempre riéndose. Era un inglés delgado como un alambre, de mediana estatura, moreno, con una sonrisa contagiosa y un placer infinito por las cosas de la vida, vinieran como vinieran. Nada lograba preocupar a Tommy y nada consiguió nunca abatirlo. Al decir nada he de exceptuar las matemáticas… Su debilidad en esta materia ya había sido observada por el capitán. Era una rara combinación de marino experto y de buen recurso para el entretenimiento de pasajeros. Fue por esto por lo que el capitán Bullen había insistido en tenerlo a bordo.
—¿Cómo va eso? —le pregunté.
—Usted mismo puede verlo.
Complacido, señaló con la mano las cajas amontonadas en el muelle y que habían disminuido en una buena tercera parte desde la última vez que yo las había visto.
—La rapidez mezclada con la eficiencia. Cuando Wilson se encarga del asunto, no hay hombre que…
—El sobrecargo se llama Mac Donald, no Wilson —le contesté.
—Así es.
Sin dejar de reír, dirigió una mirada hacia abajo donde el sobrecargo, un isleño de las Hébridas, corpulento, fuerte y muy competente, arengaba a los barbudos estibadores y movió la cabeza con un gesto de admiración.
—Me gustaría poder comprender qué les está diciendo…
—La traducción sería superflua —le contesté secamente—. Me haré cargo de esto. El viejo quiere que vaya usted a tierra.
—¿A tierra?
Su cara se iluminó. En menos de dos años, las hazañas que el segundo oficial había realizado en tierra habían entrado en el reino de la leyenda.
—No hay hombre que pueda decir que Wilson no acude a la llamada del deber. Veinte minutos para una ducha, afeitarme y…
—La oficina del agente está junto a la entrada del muelle —le interrumpí—. Puede usted ir como está. Pregúntele qué ha sucedido con nuestros últimos pasajeros. El capitán está empezando a preocuparse, y si no están aquí a las cinco dará orden de zarpar sin ellos. Si el agente no lo sabe, dígale que lo averigüe… De prisa.
Wilson partió. El sol comenzaba a descender por el Oeste, pero el calor se mantenía igual. Gracias a la competencia de Mac Donald y a su amplio dominio del español, la carga del muelle iba disminuyendo rápidamente. Wilson volvió diciendo que no se sabía nada de los pasajeros. Su equipaje había llegado dos días antes y aunque sólo era para cinco personas, había suficiente, según dijo Wilson, para llenar dos vagones de ferrocarril. Acerca de los pasajeros, el agente se había mostrado demasiado nervioso.
—Es gente muy importante, señor[2]… muy importante. Uno de ellos es el personaje más importante de toda la provincia de Camafuegos. Ya ha salido un jeep a buscarlos por la carretera occidental de la costa. Pero algunas veces ocurre… el señor lo comprende, ¿verdad…?, que se rompe una ballesta del coche a causa de alguna brusca sacudida por algún profundo bache…
Cuando Wilson le preguntó con ingenuidad si esto era debido a que el Gobierno revolucionario no tenía suficiente dinero para llenar los enormes agujeros que había en las carreteras, el agente se puso aún más nervioso y le contestó indignado que era por la mala calidad del metal que los pérfidos americanos utilizaban en la fabricación de los vehículos.
Wilson dijo que había salido de la oficina del agente con la impresión de que en Detroit funcionaba algún comité especial con el único propósito de fabricar deliberadamente coches inferiores destinados exclusivamente a aquel rincón del Caribe.
Cuando Wilson se retiró, la carga continuaba siendo embarcada a gran ritmo en la bodega número cuatro. A eso de las cuatro de la tarde oí el chirrido de unos engranajes y el jadeo de un motor extremadamente viejo. Pensé que serían, por fin, los pasajeros.
Pero no eran ellos. Lo que apareció ante nuestros ojos rechinando escandalosamente al doblar la esquina de la entrada del muelle, era un camión destartalado con un poco de desvaída pintura en la carrocería, mostrando ya la blanca lona de los neumáticos y con la tapa del motor levantada. Desde una altura parecía un sólido bloque de herrumbre. Uno de los trabajos especiales de Detroit, probablemente. Sobre su plataforma resquebrajada y astillada llevaba tres cajas de tamaño medio recientemente embaladas y reforzadas con tiras de metal.
Envuelto en una humareda azul, por los estallidos traseros de su tubo de escape, exhausto y trepidante como un diapasón rajado y traqueteando como una carraca hasta el último tornillo de su chasis antediluviano, el camión rodó pesadamente sobre el empedrado y se detuvo a menos de cinco pasos de Mac Donald. Un hombre pequeño, con pantalones blancos de dril y una gorra de visera, salió por la abertura donde debió de haber habido una portezuela, quedó inmóvil un par de segundos hasta que se amoldó a la tierra firme y echó a correr en dirección a nuestra pasarela. Reconocí en él a nuestro agente de Caraccio, aquél que tan pobre opinión tenía de Detroit y me pregunté qué nuevo problema traería consigo.
Me enteré en menos de tres minutos cuando el capitán Bullen apareció en la cubierta y vi al agente con una expresión de viva ansiedad en el rostro escurrirse detrás de él. Los ojos azules del capitán echaban chispas y su tez encarnada había adquirido un tinte amoratado, pero tenía ajustada la «válvula de seguridad».
—Ataúdes, señor —dijo secamente—. Ataúdes, nada menos.
Supongo que hay una contestación rápida e inteligente para situaciones semejantes, pero no pude dar con ella y un poco confuso repuse cortésmente:
—¿Ataúdes, señor?
—Ataúdes y no vacíos. Hay que embarcarlos para Nueva York.
Mostró algunos papeles.
—Autorizaciones, notas de embarque, todo en orden. Incluso hay un requerimiento sellado nada menos que por el embajador. Tres extranjeros. Dos súbditos ingleses y uno americano. Los tres murieron en los desórdenes del otro día.
—A la tripulación no le gustará eso, señor —le dije—. Especialmente a las camareras goanesas. Usted conoce sus supersticiones y como…
—Todo irá perfectamente, señor —cortó apresuradamente el hombre pequeño vestido de blanco.
Wilson había tenido razón acerca del nerviosismo, pero había algo más que esto. En aquel hombre se notaba una extraña ansiedad que rozaba casi la desesperación.
—Ya hemos dispuesto…
—¡Cállese! —intervino el capitán Bullen con sequedad—. La tripulación no necesita saber nada. Ni tampoco los pasajeros. Los ataúdes estarán embalados, según creo. ¿Es aquello que hay en el camión?
—Sí, señor… Murieron en la revuelta la semana pasada…
Después de una pausa, dije con la mayor delicadeza posible:
—Con este calor…
—Están forrados de plomo —contestó.
—Por tanto —dijo el capitán—, pueden ir en la bodega. En algún rincón apartado. Uno de los… ¡hum…!, fallecidos es pariente de uno de los pasajeros de a bordo. Supongo que no pondrán los ataúdes entre las dínamos… Pónganlos encima de todo. Estamos metidos en un negocio de funeraria. La vida, Primero, tiene estas cosas. Vaya acostumbrándose…
—Así, pues, ¿acepta usted esto… como carga, señor?
—Desde luego desde luego —interrumpió de nuevo el hombre pequeño—. Uno de ellos es un primo del señor Carreras, que embarca con ustedes. ¡El señor Carreras! El señor Carreras es el hombre más importante…
—Esté tranquilo —dijo el capitán Bullen con aire cansado.
Hizo un gesto con los papeles en la mano.
—Sí, acepto. Nota del embajador. Más presiones. Ya he tenido bastantes cables a través del Atlántico. Demasiados disgustos. Soy un hombre viejo y derrotado, Primero… Precisamente eso, viejo y derrotado.
Permaneció allí unos momentos, con las manos en la barandilla, haciendo todo lo posible por aparecer como un hombre viejo y vencido pero representaba el papel con escaso éxito. Entonces se irguió bruscamente al ver una caravana de vehículos que doblaba a través de las puertas del muelle y se dirigía hacia él Campari.
—Una libra contra un penique, señor, a que vamos a tener aún más disgustos.
—¡Bendito sea Dios! —murmuró el agente pequeño.
El tono, no menos que las palabras, era una acción de gracias.
—¡El señor Carreras en persona! Sus pasajeros, por fin, capitán.
—Eso es lo que he dicho —rezongó Bullen—. Más disgustos.
El hombre pequeño lo miró asombrado como lo haría cualquiera que no comprendiese la actitud de Bullen hacia los pasajeros. Se volvió y se lanzó apresuradamente hacia la pasarela. Mi atención, en aquel momento, estaba ocupada por otra caja que estaba colgado sobre cubierta, pero oí a Bullen decir suave y desconsoladamente:
—Como le decía, señor, más desgracias…</ La caravana la formaban dos «Packard» de antes de la guerra, conducidos por chóferes. Uno de ellos, remolcado por un jeep, se había detenido junto a la pasarela y los pasajeros estaban apeándose. Los que podían, claro, pues había uno que no podía. Uno de los chóferes, vestido con un traje tropical verde, de dril, y con un sombrero enorme había abierto el porta-equipajes de su coche y sacaba de él una silla plegable de ruedas, impulsada a mano. Con la facilidad de la experiencia, la montó en menos de diez segundos mientras el otro chófer, con la ayuda de una enfermera alta y delgada vestida de blanco desde la atractiva y almidonada toca hasta la falda que le llegaba a los tobillos, levantaba suavemente del asiento trasero del otro «Packard» a un hombre viejo y encorvado y lo depositaba con cuidado extremo en la silla de ruedas. El viejo, del cual pude observar desde aquella distancia la cara arrugada y la blancura de sus cabellos todavía abundantes, hizo cuanto pudo para ayudarles, pero no fue mucho.
El capitán Bullen me miró. Yo miré al capitán Bullen. No parecía haber ninguna razón para decir algo. A nadie le gusta, en una tripulación, tener inválidos permanentes a bordo. Causan molestias al médico del barco, que tiene que cuidar constantemente de su salud; a las empleadas de las habitaciones, que deben limpiar sus camarotes; a las camareras del comedor, que se ven obligadas a darles la comida y, en fin, a los miembros de la tripulación encargados de pasearlos por la cubierta. Además, cuando los inválidos son viejos y achacosos —si éste no lo era, no supe adivinarlo— existe siempre la posibilidad de que se mueran durante la travesía; cosa que los marineros odian con sus cinco sentidos. Era incluso perjudicial para el negocio de pasajeros. Pero como la enfermedad no era contagiosa ni infecciosa y el médico del inválido certificaba que el enfermo estaba en condiciones de realizar el viaje, no podíamos hacer nada.
—Bien —dijo el capitán Bullen gravemente—. Supongo que lo mejor será que vaya a dar la bienvenida a nuestro último huésped. Acaben eso tan rápidamente como sea posible, señor.
—Lo haré, señor.
Bullen hizo una ligera inclinación de cabeza y se marchó.
Observé a los dos chóferes como deslizaban unos palos largos por debajo del asiento de la silla del inválido. Después la levantaron en vilo y la transportaron con facilidad hasta la pasarela.
Detrás de ellos seguía la angulosa y alta enfermera y ésta, a su vez, precedía a otra, que iba vestida exactamente igual, aunque era más baja y más rechoncha. El viejo llevaba consigo todo un servicio médico, lo que significaba que tenía más dinero que el que convenía para su salud, o que era hipocondríaco, o que estaba francamente mal o un poco de todo. Por otra parte era patente que las dos mujeres tenían el aspecto de esa indefinible competencia que caracteriza a las enfermeras profesionales, como lo tenían las que componían el equipo del cirujano del barco, el viejo doctor Marston, que algunas veces tenía que trabajar una hora en todo un día y aún le hacían más fácil su tarea.
Pero yo estaba más interesado en las dos últimas personas que se apeaban de los «Packard».
El primero era un hombre aproximadamente de mi edad y estatura, pero el parecido se acababa ahí. Era como una mezcla de Ramón Novarro y Rodolfo Valentino, pero más bello. Alto, de anchos hombros, con unos rasgos latinos perfectos y unas facciones totalmente bronceadas, lucía el clásico bigote largo y delgado; sus dientes eran fuertes, incluso parecían haber sido fabricados con la fosforescencia del neón, que brilla con cualquier luz, igual en pleno día que al anochecer, y cubría su cabeza una frívola maraña de morenos rizos. Si se le dejara unos minutos en el patio de cualquier universidad femenina sería un hombre perdido. A pesar de todo, parecía tan lejos de ser afectado o amanerado como el más varonil de los hombres que jamás haya visto. Tenía el mentón fuerte, el porte equilibrado y el paso ligero y ágil de un boxeador. Ofrecía el aspecto de un hombre seguro de sí mismo, que tiene conciencia de poder ir por el mundo sin niñera. Pensé con cierta acritud qué aquel hombre se llevaría a Miss Beresford de mis propios brazos con sólo proponérselo… si no se llevaba algo más.
El otro individuo era una edición ligeramente reducida del anterior. Los mismos rasgos, los mismos dientes, igual bigote e idénticos cabellos, sólo que estos eran ya grises. Tendría unos cincuenta y cinco años. En su semblante y en su porte flotaba ese halo indefinible de autoridad y de firmeza que genera el poder, el dinero o una impostura cuidadosamente cultivada.
Pensé que éste debía de ser aquel señor Miguel Carreras que tanto temor inspiraba a nuestro agente de Caraccio. Yo me preguntaba por qué.
Diez minutos más tarde la última parte de la carga se encontraba ya a bordo y lo único que quedaba en el muelle eran los tres ataúdes sobre el camión. Estaba observando al sobrecargo cómo colocaba una eslinga alrededor del primero de ellos cuando oí a mis espaldas una voz que yo detestaba en grado sumo:
—Este caballero es el señor Carreras, señor. El capitán Bullen me ha enviado para que se lo presente.
Me volví y dirigí al cuarto oficial, Dexter, la mirada reservada especialmente para él. Dexter constituía la excepción de la regla seguida siempre por el comodoro de la flota de lograr lo mejor disponible en la Compañía en lo que a la tripulación se refiere. Pero esto era enteramente culpa del viejo. Hay hombres a los que incluso un comodoro de la flota tiene que hacer objeto de una excepción y Dexter era uno de ellos. Un joven de veintiún años, de acusada personalidad, rubio, con ojos azules ligeramente saltones, un acento extremadamente marcado de escuela pública y una inteligencia limitada. Dexter era el hijo, y desgraciadamente heredero, de Lord Dexter, presidente y director gerente de la «Blue Mail».
Lord Dexter, que había heredado unos diez millones a la edad de quince años y que nunca se había preocupado por nada, tuvo la rara idea de que su hijo debía empezar por el principio, por lo que lo había enviado al mar como cadete hacía cinco años. Dexter tuvo un pobre concepto de esta disposición y todos los miembros de la tripulación del buque, desde Bullen para abajo, conceptuaron aún de una manera más pobre a los dos, a la disposición y a Dexter. Pero no había nada que hacer con él.
—¿Cómo está usted, señor?
Estreché la mano que me tendía Carreras y le dirigí una mirada escrutadora. Los ojos obscuros y firmes y la sonrisa cortés, no lograban disimular el hecho de que había en su rostro más surcos si se le miraba a cincuenta centímetros de distancia que a cinco metros. Pero tampoco podía ocultar la realidad compensadora de que el aire autoritario y de mando se notaba ahora redoblado en fuerza y energía. Deseché la idea de que aquello pudiera ser originado por la impostura. Era un producto genuino, desde luego.
—¿Mr. Cárter? Mucho gusto.
La mano era firme. La inclinación que distaba mucho de ser un simple gesto formulario y su cultivado inglés eran el resultado de un largo internado en algún antiguo colegio británico.
—Tengo interés en que se embarque mi equipaje… Si usted me permite…
—Desde luego, señor Carreras.
Cárter, ese diamante en bruto anglosajón, no podía ser superado en cortesía latina. Señalé con el brazo hacia la trampa de la escotilla.
—Si usted fuera tan amable de ir a estribor a la derecha… de la trampa…
—Estribor es suficiente, Mr. Cárter —sonrió—. He mandado barcos míos.
Se quedó allí un instante observando cómo Mac Donald apretaba la eslinga mientras yo me volvía hacia Dexter, que no mostraba intención alguna de marcharse. El cuarto oficial rara vez tenía prisa por hacer algo. Era de una frescura notable.
—¿En qué está ocupado ahora, Dexter? —pregunté.
—Estoy ayudando a Mr. Cummings.
Esto significa que no hacía nada.
Cummings, el contador, era un competente y extraordinario oficial que nunca pedía que le ayudaran. Solamente tenía un defecto, adquirido a través de muchos años de tratar con pasajeros: era excesivamente educado y cortés. Especialmente con Dexter. Entonces le dije:
—¿Y esas cartas que recogimos en Kingston? Usted podrá continuar con las correcciones, ¿no?
Esto quería decir que probablemente nos haría encallar en algún arrecife de las Bahamas, un par de días después.
—Pero Mr. Cummings está esperando…
—Las cartas, Dexter.
Me miró unos instantes, su cara enrojeció lentamente y dando media vuelta se fue. Dejé que anduviera tres pasos y entonces lo llamé con voz no muy alta:
—Dexter…
Se detuvo y se volvió despacio.
—Las cartas, Dexter —repetí.
Permaneció inmóvil por espacio de unos cinco segundos mirándome fijamente. Después distendió su mirada.
—Bien, señor.
El acento en la palabra «señor» fue leve, pero inconfundible. Se volvió otra vez y prosiguió adelante. Ahora el sonrojo podía apreciársele alrededor del cuello y andaba con la espalda erguida, tiesa como una tabla. Aquel muchacho no me preocupaba. Cuando él se sentara a la mesa de los consejeros, ya haría mucho tiempo que yo habría sido olvidado. Lo observé mientras se marchaba y cuando me volví sorprendí a Carreras mirándome con una expresión especulativa. Estaba pesando al primer oficial Cárter, pero se guardó para sí la conclusión a que había llegado, pues se volvió sin ninguna prisa y se dirigió hacia la parte de estribor de la bodega número cuatro.
Al volverse, noté por primera vez la delgada cinta de seda negra que llevaba en la solapa izquierda de su americana tropical de color gris. Esto no parecía conjugar muy bien con la rosa blanca que ostentaba en el ojal, aunque tal vez las dos cosas juntas eran consideradas en aquellas latitudes como un signo externo de pesar.
Así debía de ser, pues se quedó perfectamente erguido, casi en posición de firme, con los brazos caídos mientras los tres féretros eran izados a bordo. Cuando el tercer ataúd pasó balanceando sobre la barandilla, se quitó el sombrero como si quisiera gozar del placer de la ligera brisa que se levantaba por el Norte y venía hacia el mar. Entonces, mirando casi furtivamente a su alrededor, alzó la mano derecha, oculta bajo el sombrero que sujetaba con la izquierda, e hizo una rápida y abreviada señal de la cruz. A pesar del calor que hacía, sentí la fría sacudida de un ligero estremecimiento, como un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y sin saber por qué, quizá por una jugarreta de la imaginación, vi en aquella prosaica escotilla una abierta sepultura. Una de mis abuelas era escocesa y es posible que me encontrara en un especial estado anímico o que viera el más allá, o como quiera que lo llamasen en Escocia. Podía ser igualmente que había comido demasiado bien.
Fuera lo que fuese, lo cierto es que lo que a mí me había perturbado no parecía haber trastornado lo más mínimo al señor Carreras. Apenas la última de las cajas se posó suavemente sobre el piso de la bodega, se volvió a poner el sombrero, miró hacia abajo unos instantes y se dirigió hacia la proa levantando otra vez su sombrero al tiempo que me ofrecía una clara y despreocupada sonrisa. A falta de algo mejor, le devolví la sonrisa.
Cinco minutos más tarde, el camión antediluviano, los dos «Packard», el jeep y el último de los estibadores se habían ido y Mac Donald estaba supervisando la instalación de las tablas de la bodega número cuatro.
A eso de las cinco, una hora justa antes de que el agua descendiera hasta la línea crítica, exactamente cuando la marea se encontraba en su punto culminante, el Campari, echando al aire nubes de humo blanco, se dirigió hacia la parte septentrional del puerto y después hacia el Oeste-Norte-Oeste cara al sol poniente, llevando consigo su carga de cajas de maquinaria y de hombres muertos, su enojado capitán, su atribulada tripulación y sus pasajeros profundamente disgustados. A las cinco de aquella resplandeciente tarde de junio, el Campari no era precisamente lo que se podría llamar un barco feliz.