Capítulo 28
Nuestro séquito cruzaba los bosques cuajados de vegetación. Mi mirada buscaba desesperadamente un claro en el camino.
Los hijos de Francisco cabalgaban a mi lado a paso ligero y el traqueteo de las ruedas al chocar con las piedras del camino se hacía insoportable.
No pude evitar el recordar un viaje parecido pero en dirección contraria. Esta vez, al menos, la labor a la que encomendé mi vida por fin rendía los frutos ansiados: sellar la paz entre mi hermano y mi marido.
Como Francisco recaía continuamente a causa de su enfermedad, yo dispondría del tiempo necesario para expresar a Carlos mi pésame, sin interrupciones. Así le otorgaría el cariño y afecto del que se vio privado debido a la muerte de Isabel.
Los árboles por fin se abrieron permitiendo que el sol nos iluminase.
A lo lejos, mi hermano posaba el pie derecho sobre territorio francés sin titubear.
Bajé de mi carruaje y monté un corcel, para acudir galopando a su encuentro.
El delfín me siguió junto a su hermano dejando atrás a la guardia. Ajenos al sentimiento que me embargaba, se adelantaron y ya estaban hablando con Carlos cuando llegué a su lado.
Mi hermano sonrió al verme.
Por fin se apartaron los príncipes franceses y Carlos se dirigió hacia mí. Cogiéndome de la cintura me ayudó a desmontar, pero tropezó torpemente y a punto estuvimos de caer los dos.
Sus fornidos brazos ya no eran los mismos. Sus ojos eran incapaces de expresar la alegría que mostraron en otros reencuentros.
Estaba demacrado. Su prominente mandíbula parecía haberse forjado con un pedazo de bronce sobrante de alguna de sus armaduras. La herencia española era evidente en sus rasgos.
Aquel reino tan lejano que en nuestra niñez imaginábamos a medio camino entre las tierras cristianas y la de los moros, sin duda lo había transformado en lo que era.
Lo seguí hasta su tienda.
Acarreaba su pesadumbre en silencio. La gota sin duda era inflexible en su avance, pero en nada superaba a la tristeza que se adhería a su piel como la uña al dedo.
Nada más entrar, me aferré a él.
Apartándose, por fin me habló.
—No digáis nada. Sé que os hubiese gustado estar a su lado, al igual que a mí. Pero nuestros deberes nos lo impidieron y ella con seguridad lo comprendió.
Se dirigió hacia una mesa de campaña.
Escanció vino, lo bebió de un trago sin saborearlo ni gozarlo, llenó de nuevo la copa, cogió otra para mí y me la tendió.
Intenté contener las lágrimas.
Carlos me levantó la barbilla y enjugó mis mejillas.
Sonreí.
—Lo siento. Si nuestra madre me viera la reprimenda sería sonada. Creí haber aprendido a controlar la emoción, pero supongo que la edad abre una gran ventana a este defecto y las fuerzas fallan.
—En mi caso sólo hay una cosa que no logro controlar. Ver en sueños la cara de Barbarroja. Aquel pirata no fue nunca merecedor del sacrificio que el combatirlo me ocasionó: ¡Estar lejos de mi amada Isabel en su último momento! —dijo Carlos. Y luego continuó—: ¡Nunca más me desposaré con otra mujer!
Como muchas veces a lo largo de nuestra juventud, me senté a su lado y acaricié su cabeza, ahora canosa y ligeramente despoblada.
Sólo fui capaz de balbucear:
—Lo que Dios ha unido en el cielo, que no lo separe el hombre en la tierra. Pues en nuestros pensamientos quedó anclada aquella gentil mujer que consiguió transformaros en un verdadero emperador, dándoos la felicidad.
Con la mirada fija en el techo de su tienda, Carlos contestó:
—Tenéis razón, mi querida Leonor. Vos me la presentasteis una vez como la mejor candidata para un gobernante y ella se encargó de demostrar que no os equivocasteis. Pero si he de ser sincero creo que fui necio, pues sólo cuando la perdí supe valorarla.
»La imagen que guardo de ella es la de Granada. Aunque su majestuosidad y belleza superaban con creces a la Alhambra que tanto amaba.
Carlos empezaba a recuperarse y quise animarlo diciéndole que debía transmitir a sus hijos el gran amor que sentía por ella.
—¡Pero es precisamente Felipe el que me preocupa! —exclamó entonces—. A los doce años su frialdad es tal que sorprende, y mucho más ahora que su madre anda a la vera de Dios.
Calló un instante y me dio la impresión de que no le gustaba rememorar, pero luego continuó.
—Cuando murió Isabel, me faltaron las fuerzas para seguirla hasta su enterramiento en Granada. Siempre había pensado que la enfermedad de nuestra madre se debía en gran parte al hecho de haber prolongado su sufrimiento durante tantos días junto al féretro de nuestro padre. Así que me retiré al monasterio de los Jerónimos y ordené a Francisco de Borja que se ocupase del entierro. Felipe acompañó al cortejo fúnebre sin titubeos.
Carlos se detuvo un instante. No alcanzaba a comprender qué había de malo en lo que mi hermano acababa de decir.
—El viaje fue largo y la calurosa primavera los asaltó —prosiguió—. Tanto calor hacía que, llegados al panteón, destapado el féretro, Borja no pudo asegurar que la que allí yacía fuera Isabel, aunque él fuese quien la colocara en aquel lugar.
Carlos pasó de la tristeza al enojo.
—Pues bien, a pesar del estado del cuerpo de su madre, vuestro sobrino, impávido y sin pestañear, ¡no derramó una sola lágrima!
—Quizá se debió a que era consciente de que allí ya no moraba su alma. Hace bien en no demostrar la debilidad ante otros y orgulloso habéis de estar de ello, pues vuestro sucesor parece haber aprendido con rapidez a esconder lo que siente en realidad.
—Dime, hermana, ¿para qué sirve ser emperador y dueño de tantas tierras si no podemos mostrarnos tal como somos?
Quise cambiar de conversación, pues no soportaba ver a mi hermano derrotado. Pero no pude evitar pensar cómo pretendía, en ese estado, que se mantuviera la unión de la cristiandad.
Para animarlo le dije que, a pesar de todos los problemas en el norte, Francisco le era fiel.
—Ha desechado a los ganteses los ofrecimientos que le hicieron, a cambio de la lucha en vuestra contra —agregué, para confirmar mis palabras.
Carlos no pareció sorprendido.
De la tristeza pasó a la lucidez.
—Lo sé. Ya hace días que me envió las cartas originales de proposición. Pero no os dejéis cegar, pues es posible que prefiera Milán a Flandes.
—¿Se lo entregarás? —dije, más como hermana que como reina de Francia.
—Ya se verá.
Jugaba con su anillo.
Aquel gesto demostraba una negativa segura. Pero no se lo reprocharía, pues no era ni la primera ni la última vez que ofrecía algo sin intención de otorgar.
El anillo cayó. Me agaché, lo recogí y se lo tendí.
—Vuestro es Leonor.
Con una leve reverencia, lo agradecí.
Esa noche rogué a Dios que mantuviese la paz entre Carlos y Francisco, entre el Imperio y Francia. No queriendo retirarme a dormir inmediatamente, salí a dar un paseo en compañía de una de mis damas.
De repente, mi mirada se centró en una sombra cercana a un árbol que la luna iluminaba. La persona que la producía llevaba un cuello de piel sobre el abrigado sayo, que le tapaba medio rostro, pero aun así la reconocí.
Sin poder evitarlo conté con los dedos.
Aquel hombre superaba ¡la centena!
El que nos deleitara con sus predicciones astrológicas, ahora casi íntegramente cumplidas, advirtió la atención que puse en él. Y después de una breve y solemne inclinación de cabeza, desapareció.
Empezaba a arreciar el frío. Hice una señal a mi dama para que me trajera la capa. Me hubiese gustado preguntar al hombre de las estrellas sobre el futuro.
¿Cuándo se rompería de nuevo la paz?
Quizá nadie lo sabía, pero de lo que estaba segura era de que mi marido y mi hermano eran diferentes en todo menos en una cosa.
Ambos necesitaban un eterno contrincante con quien medir fuerza y poder. Y entre los dos, siempre habría una mujer que disipara sus diferencias.