Capítulo 15
Aquel encaje estaba quedando perfecto. No era fácil, pero al fin lo conseguí. Los hilos, invisibles en su recorrido, se deslizaban rápidamente entre mis dedos.
Catalina atisbaba desde la ventana.
La calma había regresado a los reinos pero no así Carlos.
Intuíamos que de un momento a otro pisaría estas tierras, aunque no nos había comunicado nada sobre su venida a Tordesillas. La esperanza me embargaba, desaparecida la preocupación desatada por su última carta.
A ello había contribuido mi confesor, un jerónimo italiano que me acompañaba desde Portugal. A él acabé comentando el temor que el macabro relato de mi hermano me desató. Estuvo de acuerdo en que, claramente, la visión de Carlos se refería a la batalla que decidió la suerte de sus reinos españoles. Pero donde yo vi un temible signo de la herencia de nuestra madre, mi confesor dijo entrever la mano de Dios. El poder que la divinidad confiere a reyes y emperadores no sólo se manifiesta en su potestas, su posibilidad de dar órdenes que sean obedecidas, me explicó el buen padre. Dios, a veces por medio de visiones, a veces de «revelaciones», les permite a los reyes conocer aquello que a los simples comunes les es vetado.
Para nada Carlos mostró síntomas de heredar las anomalías mentales de nuestra madre en su pesadilla. Simplemente, «amorosamente», fue la palabra del bueno de mi confesor, el Señor quiso mostrarle un camino a seguir a través de una advertencia, con la crueldad de aquellas imágenes para reforzarla.
Sin duda Dios estaba cerca de la misión de mi hermano pues «nuestro» Adriano de Lovaina, el sabio hombre de iglesia que había tenido siempre a su lado como maestro y consejero, y últimamente como regente, acababa de ser nombrado Papa.
Lo cual, en cierto modo, obligaba a Carlos a volver a los reinos del sur, pues, estando Lovaina camino de Roma, su vacante en España no podía mantenerse por sí sola.
Nuestro regente, a pesar de ser odiado por el pueblo romano, marchaba a su tarea con la austeridad, sencillez y humildad que indicaban en su carácter una clara repugnancia hacia el boato, la opulencia y la ostentación, tan características en sus antecesores.
Era de esperar, pues, que su antaño discípulo se decidiera a hacer otro tanto con estos estados que mucho lo necesitaban, aunque en nada fuera comparable su situación con la de Adriano. Porque, mientras en aquella corrupta corte romana a nadie pareció acertada su elección y lo aguardaban desganados, era evidente que los españoles ansiaban cada vez más la llegada de Carlos.
En cuanto a mí, la monotonía me embargaba.
Nuestras cotidianas costumbres en nada diferenciaban hoy del mañana. Sin embargo, algo en mi interior me decía cada noche, antes de apagar la vela que aquella uniforme vida cambiaría de un momento a otro. Carlos no me habría hecho dejar la corte portuguesa para convertirme en celadora de mi madre y de mi hermana.
Concentrada en mi labor al igual que Catalina me encontraba, cuando oí que alguien subía por las escaleras.
Esperaba percibir el ruido que los sirvientes hacían habilitando la sala contigua para el almuerzo, cuando alcé la vista y vi a mi madre mirando a la puerta.
Allí estaba el emperador, galante y sonriente, delante de nosotras.
Me levanté de inmediato y corrí a abrazarle.
Catalina, más recatada que yo, hizo una pequeña reverencia, tras lo cual se retiró.
Carlos acudió entonces al lecho de mi madre y la besó en la frente. Pero ni eso sacó a la perpetua enferma de su obnubilación.
No pude resistirlo.
Era más fuerte que yo.
Mi intención de reprocharle su larga ausencia pasó.
—Os veo igual de tranquila que siempre —sonrió él, acercándose.
Como otras tantas veces no alcancé a distinguir si hablaba en serio o se burlaba cariñosamente de mí.
—La que se ve tranquila por primera vez en mucho tiempo es vuestra corona —le dije, en cualquier caso—. Pero pendió de un hilo y a vos no pareció importaros demasiado.
—Advierto que os habéis castellanizado más de lo que suponía y comprendéis mejor que yo a los súbditos que de mí desconfían —sentenció Carlos, siempre con expresión sonriente.
La imagen de la batalla de Villalar acudió a mi mente de nuevo.
Mi indignación resurgió del escondite al que se había visto relegada y no pude disimular mis sentimientos ni siquiera en el tono de mi voz.
—Sobrevivo dignamente, a pesar de que me olvidasteis en estas tierras revueltas. Pronto comprobaréis que vuestra servidora ha intentado suplir con el celo debido vuestra falta.
»Gracias a vuestros fieles seguidores, muchos de ellos nobles castellanos y aragoneses, no lo ignoréis, las aguas regresaron a su cauce. Mientras vos me hacíais tía, ellos luchaban heroicamente y hoy os encontráis la guerra terminada. Sólo Francisco de Francia sigue molestando en el norte.
Al mentar a su más fuerte adversario Carlos me reprochó:
—Esas tocas de viuda os han agriado el carácter.
Pensé que mejor sería callarme.
Mi hermano prosiguió.
—De todo estuve enterado y grandes quebraderos de cabeza me produjeron estos negocios, os lo aseguro. Pero en vuestra voz encuentro cierto rencor hacia mí, querida hermana. Si lo que os altera es no haber sido informada de los pasos que os han llevado a ser tía, fue debido a que vuestra rectitud no admite devaneos.
Su mirada se desvió hacia el lecho de mi madre.
—¡Pero Leonor!, deberíais comprender que, además de emperador, pertenezco al reino de los hombres y se da el caso de que las debilidades de éstos me agradan.
De pronto vi cuánto había cambiado.
Se mostraba más seguro, sólo ya en su decir se apreciaba. La verdad era que a pesar de sus reproches estaba encantada de tenerlo de nuevo a mi lado. Sabiendo qué malo sería romper aquel esperado momento con amonestaciones, cambié mi tono.
—De acuerdo, Carlos, os puedo entender. Pero sólo os ruego que la próxima vez que tengáis un hijo sea el de vuestra reina.
Su rostro se mudó de inmediato.
—Leonor, dispensadme un favor, por muy arduo que os resulte. Debéis entender que Chièvres murió y mi tutor y querido maestro, Lovaina, tampoco está ya a mi lado. Por tanto dejadme tranquilo respecto a estos asuntos.
Mi señora madre, sin pronunciar palabra, me dirigió una mirada de reproche, a la cual no hice demasiado caso. Por mucho que le pesara, nunca nos había proporcionado el cariño que necesitábamos y en ese momento ya no me atemorizaba en absoluto.
Carlos continuó, indignándose un poco más con cada palabra que pronunciaba.
—No me intentéis dirigir en la moral, a no ser que pida vuestro consejo. Todos me habláis de lo mismo. Hasta ese culto y nada moralista piamontés al que he nombrado canciller, me habló ayer de ello. Pero siento deciros que en mi deseo no está el tomar estado todavía. Lo haré, os lo prometo, pues es mi obligación; pero os pido que no me agobiéis.
Asentí, sumisa.
Una sonrisa burlona surgió de su faz.
—Hasta ese día, tendréis que complacerme con un pequeño servicio que sólo vos podéis cumplir.
Intuí por su mirada una broma de mal gusto.
—Pero tenéis que jurarme que haréis que todos cuanto os rodean sean tan discretos como vos, ¿lo juráis?
Sin dudar, aunque remisa, contesté:
—Lo juro.
—Entonces, bajad conmigo.
Quedé estupefacta.
Al lado de la chimenea, Catalina mecía a una niña de pocos meses en los brazos. Una rolliza aya flamenca la miraba.
No podía ser Margarita, ¡aquella niña tendría ya que andar! ¿Quién era entonces?
—Aquí tienes a Juana, como se llama esta criatura de Dios, mi segunda hija —dijo Carlos, sacándome de dudas de inmediato.
Lo primero que pensé era que estaba jugando conmigo. Para apaciguar mis ánimos unos minutos antes me había hablado de su obligación de tomar estado y ahora aparecía con otro hijo bastardo. Difícil sería sofocar mi alteración.
¡Eso no era nada propio del emperador que vi partir años atrás!
—¡Carlos, vuestro corazón me asombra! De todos modos, esta recién nacida debería regresar a los brazos de su madre, de donde nunca debió ser arrancada. Y os ruego que borréis esa sonrisa de vuestro rostro. Mis palabras van en serio.
Como si no me escuchara, Carlos se acercó a la niña y le hizo una carantoña. Catalina estaba entusiasmada, probablemente nunca había visto a un ser tan diminuto entre los oscuros muros donde se crio.
—¿A que es extraño? —le dijo mi hermano—. No habla, ni siquiera centra su mirada en nuestros rostros. No conoce, ni desconoce. Se limita a comer y a dormir; y sin embargo, cautiva a todos los que a su lado se acercan… Excepto a los gruñones que se obstinan en no admitir su existencia.
Catalina se limitó a asentir con la cabeza mientras esperaba que mi hermano continuara su discurso.
—¿Qué culpa puede tener esta niña de que Dios quisiera llamar a su madre en el mismo momento en que ella veía la luz? Pero al menos Juana tiene suerte. Leonor me ha prometido hace unos instantes hacerse cargo de ella. Más suerte que las que acabaron enterradas en cualquier campo perdido o sirviendo a algún campesino deseoso de tener una esclava.
El cargo de conciencia me asaltó.
Carlos se volvió hacia mí y la súplica acudió a su mirada.
—Sabéis que nunca perjuraría o faltaría a mi palabra —le dije—. Pero a mi hija dejé en Portugal para seguiros. Renuncié a ella por vos. No podría sostener a vuestra hija entre mis brazos sin pensar en la mía y eso me haría sufrir día tras día.
Carlos me acarició y, mostrando aquel cariño que tanto le costaba exteriorizar, matizó:
—No os pido que criéis a Juana. Sólo os la entrego para que busquéis un lugar donde pueda crecer segura y junto a alguien que le dé cariño.
Pareció satisfecho cuando le hablé de un convento de agustinas en el que las monjas se sentirían orgullosas de tamaño honor.
Sería la última vez que veríamos a Juana.
Aya y niña partieron a la mañana siguiente hacia su destino.
A decir verdad, me sorprendió la ligereza y frialdad con que Carlos se despidió de una hija a la que todo hacía prever que nunca más vería. Aunque el transcurso de la vida me demostraría que a veces esos sacrificios eran necesarios, no puedo negar que esa actitud de mi hermano siempre me molestaría.
El pecado carnal estaba admitido aunque no consentido pero sus huellas debían ser borradas. Muchos conseguían legitimar a sus bastardos acudiendo a los Sumos Pontífices y a los reyes, y si alguien podía lograr eso sin esfuerzo era Carlos. Mas en ese momento en el que su preceptor Lovaina ocupaba aquel puesto, sin embargo renunció a ello. El haberse deshecho tan fríamente de algunos de sus hijos sólo le quitaría el sueño muchos años después, cuando la muerte y el arrepentimiento le requerían.
Pero la suerte de Juana no fue tanta como la que mi hermano proclamara. Pues a pesar de los cuidados de las monjas, aquella niña que soportó el duro viaje de Flandes a España tuvo una infancia sobrada de enfermedades y, después de proporcionar a aquellas santas mujeres mil quebraderos de cabeza, su vida se truncó cuando sólo contaba ocho años.