Capítulo 24

El repicar del agua contra los cristales marcaba el paso de los segundos en la noche de Valladolid.

Carlos había estado desgastando la alfombra de la cámara de Isabel frente a su lecho desde la mañana.

Cada vez que el dolor la pinchaba, se le acercaba, retiraba el fino paño blanco que cubría su rostro y la besaba en la frente.

Cuando cesaba, regresaba a sus paseos dejando a las parteras y a las damas portuguesas con su ajetreado quehacer.

¡Qué diferencia con su propio nacimiento!

Su solicitud para con Isabel era digna de admiración, reflejo de un amor profundo, sorprendente en un hombre del común, y no digamos ya en un emperador.

¡Y pensar que hacía unos meses, en Granada, había estado a punto de provocarle un aborto con sus alardes!

Era esta unión de contradicciones lo que hacía entrañable a Carlos, cuyas grandes virtudes estaban a la altura de sus nada pequeños defectos.

Otra diferencia con su nacimiento: el recién nacido vino a luz fuerte.

Carlos, orgulloso, le tomó en brazos como hacían los romanos al reconocer a sus hijos y dijo:

—Dios nuestro Señor te haga un buen cristiano, te dé su gracia y te ilumine para el buen gobierno del reino que has de heredar.

Fue la única vez que le vi llorar de felicidad.

Prometió luego que los días sucesivos serían fastuosos porque su mente comenzaba a tramar uno y otro divertimento como si de un adolescente se tratara, en Flandes, para festejar el nacimiento de su heredero.

Y con una energía increíble, se puso manos a la obra.

Los más íntimos de su corte aprovechamos su ocupación para tomarnos un pequeño descanso, después de la tensión que había significado el difícil parto de la reina.

Francisco de Borja miraba a Isabel demostrando a todos cuánto la apreciaba y admiraba; Garcilaso de la Vega recitaba sus últimos poemas, acompañado por las notas de un laúd. Carlos entró de repente en el salón.

Con los ojos enrojecidos se dirigió a los presentes.

—Con mi más profundo pesar he de comunicaros la noticia más denigrante que nunca ha recibido mi reino.

Como pidiendo perdón por anticipado, mirando a su mujer, continuó:

—Tenías razón, los soldados de Borbón sólo ansiaban saciar su sed y resarcirse de la escasez sufrida. Para ello no han encontrado mejor forma que entrar a saco en Roma.

Isabel, sobrecogida, se puso de pie y se acercó a su marido, quien, tomándola de la mano, prosiguió:

—Los lansquenetes alemanes, sin jefe, libertinos, feroces y codiciosos, han degollado, violado, robado y saqueado sin importarles lo más mínimo edad, sexo, estado o clase, y casi siete mil romanos yacen muertos por todos los rincones de la ciudad.

Mi hermano pareció a punto de desplomarse, víctima de una congoja nada propia de su imperial persona.

—El Papa se ha refugiado en el castillo Sant’Angelo con algunos de sus cardenales. Las hordas más salvajes devastan los restos de vida que quedan, ensangrentando espadas sin descanso.

Isabel hizo el gesto de invitarlo a apoyarse en ella, pero él, con una sonrisa triste, se negó y siguió hablando.

—Los soldados, montados en jumentos, corren por las callejas haciendo mojigangas y bufonadas, vestidos con las ropas encarnadas del clero, hasta que hartos ya de lascivia, lujuria y vino, duermen en conventos hechos serrallos, pues incluso a sus moradoras expulsaron después de torturarlas.

Las lágrimas comenzaron a resbalar por las mejillas de Carlos.

Isabel lo guió hacia su cámara, dejándonos a todos su insondable amargura.

Pero, a pesar de su sincero dolor, el emperador aprovechó la ocasión en beneficio propio, obligando al Papa a cumplir con lo que él deseaba, antes de liberarlo, aun a riesgo de que toda la cristiandad se pusiera en su contra.

Al fin y al cabo, había conseguido indirectamente otra victoria en contra del rey de Francia, al cual demostraba que si incumplía su parte del trato esta vez se vería privado de la presencia de sus hijos, que seguían prisioneros en Madrid.

Incluso llegó a pensar en anular mi matrimonio, hasta asegurarse de que seguía valiendo como moneda de cambio.

En la situación en que me encontraba, esposa del mayor enemigo de mi hermano, con un matrimonio no consumado y madrastra de unos hijos prisioneros de su propio tío, poco podía hacer yo para aclarar mi situación.

De nada servía apelar a Carlos, que ahora atravesaba uno de los momentos de mayor conflicto interior sufridos jamás.

Quien lo conociera poco podía llegar a pensar que dentro de sí moraban dos hombres.

Uno escribía al pontífice, dándole el pésame y ofreciéndole su amistad, y, a petición de Isabel, suspendía los festejos por el nacimiento de Felipe, ordenaba el luto general, y que en todas las iglesias de sus dominios se hicieran rogativas hasta conseguir la libertad del Pastor.

El otro, se negaba a hablar siquiera de poner en libertad al Sumo Pontífice y dejaba que éste se pudriera de rabia en su prisión angélica.