Capítulo 4
Las aguas estaban quietas. Habíamos salido de Flandes hacía diez días. No faltaba mucho para llegar. ¿Qué nos esperaba? Estaba cansada y a pesar de que la mar estaba reposada, me sentía ligeramente mareada. Apoyada en la regala mi mirada se perdía en la oscuridad. Por un momento mi mente había vuelto de nuevo a Enrique.
Al principio, su precipitado matrimonio con Claudia de Orange me había dolido menos que el creerlo producto de una venganza de Carlos por tener que marchar a España.
Tras escuchar cómo mi hermano argumentaba una serie de razones sustancialmente parecidas a las de tía Margarita, es decir que los miembros de casas reales y en especial los Austrias debíamos unirnos siempre a gente de la más alta condición, Carlos logró convencerme de que la decisión había sido tomada una hora antes de conocer la muerte de nuestro abuelo Fernando, que le obligaba a marchar a España.
En cuanto a su «decisión» de partir rumbo al sur no había sido nada fácil convencerlo.
Como conde de Flandes había llevado hasta ahora una vida alegre y nada sosegada. Los dominios en el norte, por donde había viajado, le parecían fabulosos. Los pobladores de aquellas tierras hablaban su idioma y se asimilaban a sus costumbres. Pero España era algo diferente. A juzgar por su experiencia con los preceptores de aquel país, los castellanos le parecían seres de otro mundo.
Varias veces se había preguntado si la corona de los reinos sureños compensaría de todos los problemas que allí le esperaban. Las rencillas de mi madre en su propia patria no le eran desconocidas.
Antes de partir de Flandes, juntos habíamos recordado su última despedida del mismo puerto en el que en ese momento nos encontrábamos.
Madre, exultante de felicidad, convencida de que por fin nuestro padre sería rey, aunque consorte, pues la abuela Isabel había muerto poco antes.
A ella nunca le habían interesado los negocios de estado y no le habría importado cedérselos a su marido, si los castellanos la hubiesen dejado.
En realidad, lo único que quiso, al partir a España, era alejarlo de las frívolas flamencas. Juzgando a las españolas no tan atractivas, esperaba que la actitud de mi padre respecto a las féminas de allí no persistiera. Temía también que el comportamiento de su marido lo pusiera en evidencia ante nuestro abuelo Fernando, que lo consideraba peligrosamente insustancial.
Todo ello había ocurrido puntualmente.
Pero antes de que mi padre decidiera que las castellanas eran «feas y secas de pecho», había malgastado tanto oro de las cortes para sus devaneos que sus maridos comenzaron a odiarle.
Observando la aparente mansedumbre del mar me dije que Carlos no podía repetir los mismos errores.
El comportamiento de mi imberbe hermano respecto de las españolas no me preocupaba; sólo a una mente calenturienta como la de aquel cortesano castellano se le habría ocurrido relacionarlo con la gravidez de Claudia de Orange. Pero sus maneras, a veces un tanto despreciativas, como las de nuestro padre, eran susceptibles de enajenarle las simpatías de sus nuevos súbditos.
Unos pasos sonaron a mi espalda.
El entablillado de la cubierta bajo mis pies se levantó ligeramente, y en ese momento sentí cómo me ponían sobre los hombros una capa.
—Estáis loca, hermana —dijo Carlos—, el relente os hará caer enferma y no querréis que los españoles os conozcan convaleciente y pertrecha. Quiero que las hermosas damas que encontraremos a nuestra llegada queden prendadas de vos. Pues sin duda, alguna española elegiréis como acompañante.
Apoyó su mentón sobre mi hombro y se quedó mirando al oscuro mar. A pesar de la gentileza de su gesto sus palabras me parecieron un tanto peregrinas.
—Cómo podéis pensar en hermosas damas, cuando lo que se os avecina toca todo tipo de negocios menos los de amores.
Carlos sonrió, zalamero.
—¿Ni siquiera los filiales?
Me hizo cosquillas en la espalda.
—¿Recuerdas esa vez que nos llamaron para que fuéramos a ver a nuestra madre? Según tu aya era seguro que la sacaríamos del trance. Llevaba días sin dormir y sin comer, postrada en su estancia y con la mirada perdida, la pobre.
¡Cómo no iba a recordarlo! Apenas entramos, los dos intentamos captar su atención y cuando Carlos se dirigió a ella yo le quité la palabra. El guantazo que me propinó motivó que comenzáramos a pelearnos.
A los sirvientes no les había quedado más remedio que arrastrarnos fuera de la estancia.
—¿Sabéis, hermana? —continuó—. Nunca podré olvidar el comportamiento de nuestra madre. Antes de cerrarse la puerta pude verla. Seguía en la misma posición en la que estaba cuando entramos, ni siquiera su mirada se había desviado lo más mínimo. Parecía uno de esos autómatas que gustan al garrulo de Sforza.
—Deberíais hablar de ella con más respeto. Si viajamos en estos momentos hacia Castilla es precisamente porque no queriendo o no pudiendo ella reinar, el poder ha recaído en vos. Lo cual me recuerda que es momento de hablar de vuestra actitud ante nuestro hermano Fernando.
Carlos, que hasta entonces había estado escuchándome relajado, se irguió y me sujetó con fuerza los hombros.
—No me habléis de Fernando ahora. Ya os he dicho que intentaré llevarme bien con él, pero ello no implica que tenga que ignorar lo evidente, esto es, que intenta usurparme el trono porque nuestro abuelo le prefería a mí en la sucesión.
—¡Pero Carlos, eso ya pasó! Adriano de Lovaina consiguió convencerle de que modificara su testamento y pusiera de regente a Cisneros. No miréis atrás, pensad en el futuro.
—El viejo cardenal es otro al que me tendré que enfrentar seguramente —continuó Carlos haciendo caso omiso de mis palabras—. A pesar de que se me haya dicho que es hombre de bien, de buenos deseos y sin parientes, me hace desconfiar.
La vehemente respuesta de mi hermano me hizo dar cuenta de que pensaba en su nuevo reinado mucho más de lo que aparentaba.
Tiempo después llegué a saber que, el día de nuestra partida, Sforza le había regalado un libro sobre el arte de gobernar, escrito por un diplomático florentino y dedicado en principio, paradójicamente, a nuestro abuelo Fernando. Después el tal Maquiavelo, autor de la obra, cambiaría de opinión y se lo ofrecería a César Borgia.
—Tendréis que demostrar que os esforzáis por seguir las costumbres del país. Respecto a Cisneros, tomad de sus consejos lo que estiméis necesario —le dije después de haber considerado una eventual oposición.
Esperaba impaciente su comentario cuando de pronto se empezaron a escuchar ruidos desesperados.
Corrimos hacia estribor.
A media milla de distancia podíamos ver una inmensa antorcha flotando en el mar.
Era la nao que portaba nuestros animales y parte de la servidumbre. Los mástiles y las velas ardían como si de teas se tratasen. Los ladridos y relinchos de las bestias se unían a los gritos de socorro de los sirvientes.
Carlos ordenó que arriaran un bote.
Se disponía a bajar para dirigir el salvamento, cuando Chièvres le cogió del brazo.
—¿Qué hacéis, señor?
—¿No lo veis? Intento salvar a mis leales servidores.
—Podría tratarse de una trampa. La costa española no está lejana.
—Más a mi favor —dijo Carlos, forcejeando para desprenderse de los brazos de los hombres a los que Chièvres había ordenado que le detuvieran—. Si se encuentran en ese trance por mi culpa, es mi deber hacer algo para tratar de socorrerlos.
—No os obcequéis, mi señor —continuó Chièvres—. Aunque tuvierais éxito pensad que sólo disponemos de una barca. Cuando se lucha por mantener la vida, el hombre se convierte en animal y olvida quién es el señor y quién el vasallo. Por muy pocos que sean los sobrevivientes, se echarán sobre vos y, más que agradecimiento, os darán una segura y desagradable muerte.
Carlos se deshizo de un tirón de aquellos brazos y se retiró muy enojado a su camarote, mientras yo, perpleja e inmóvil, veía cómo aquella hoguera flotante se apagaba y hundía sin remedio, rodeado de gritos y relinchos de angustia que se extinguieron tan pronto como el fuego.
Navegamos sin problemas hasta avistar aquel pequeña puerto de Asturias.
El verdor de los montes que lo rodeaban era parecido al que dejamos atrás y sólo eso me bastó para enaltecer el ánimo. Pero conforme nos acercábamos a la costa, los difuminados trazos de aquel diminuto pueblo se iban perfilando.
¡Qué insignificante, austero y pobre era comparándolo con el fastuoso puerto en el que embarcamos!
Los bajos y arrecifes se hacían más numerosos según acortábamos la distancia. El calado de nuestro barco era mucho mayor que el de aquellas pequeñas chalupas de pescadores que, como cáscaras de nuez, estaban atracadas en el puerto.
Como ya anhelaba sentir la firmeza de la tierra bajo mis pies, intenté localizar las barcas que nos recogerían con un catalejo.
Pero al mirar hacia la costa quedé perpleja.
¡Aquel diminuto puerto y el pueblo que lo rodeaba estaban completamente desiertos!
Carlos, engalanado para la recepción, me quitó el catalejo y miró hacia la costa.
—¡Cómo osan! —gritó—. El rey llega a sus dominios y nadie le aguarda. ¡Esto es obra de Cisneros!
El sonido de la gruesa cadena del ancla cesó. El capitán, ya seguro de su maniobra, se dirigió hacia Carlos.
—¿Qué os sucede, mi señor? Hemos arribado por fin sin más desgracias. Hace sólo un instante os mostrabais alegre y repentinamente habéis demudado.
Carlos detestaba tartamudear, lo que sólo le ocurría cuando se ponía muy nervioso, por lo que se limitó a pasar el catalejo al capitán señalando hacia el puerto.
Aquel marino estuvo durante unos largos segundos estudiando el paisaje.
Al separar aquella lente del ojo, esbozó una leve sonrisa.
—Olvidé decíroslo, la mala mar nos obligó a desembarcar en un puerto en el que no nos aguardaban. Pero no os enojéis. Todos estarán aquí en media hora.
Apuntó a las montañas y tendió el catalejo a mi hermano.
—Lo veis ahora, señor. Todos corren desaforados a esconderse. Si os fijáis bien, las chimeneas del pueblo están encendidas. Esas humildes casas de pescadores albergaban a sus habitantes hace tan sólo una hora.
»Os tienen miedo, han oído hablar de Barbarroja y sus piratas. Y una flota tan grande, seguramente la primera que han visto en toda su vida, no puede venir a otra cosa que a saquearlos y matarlos.
Carlos y yo lo escuchábamos pasmados.
—¿Te has fijado? —me dijo mi hermano—. El color de sus pieles es claro y no como el de esos esclavos que tan de moda se han puesto en todas las cortes.
Íbamos camino de Valladolid cuando nos anunciaron la inminente llegada de unos grandes señores. Así que decidimos detenernos en un pueblecito, a la espera de ser aprovisionados de nueva caballería y servidumbre.
A ello se unió un leve resfriado de Carlos.
La verdad es que siempre pensé que era fingido, porque un mensaje había llegado esa misma mañana con un apremiante billete del cardenal Cisneros, y tanto Carlos como Chièvres estaban fuera de sí.
—Ese viejo achacoso parece quererse agarrar al poder para siempre —se descargó entonces mi hermano—. ¡Y eso que, según dicen, está moribundo!
Aun así, Carlos no había manifestado el más mínimo interés en saber el contenido exacto del mensaje. Después de mirar el sello, se lo entregó a Chièvres sin siquiera abrirlo.
—Seguro que me manda a decir cómo debo gobernar el reino. Pero estoy cansado de que gentes que apenas conozco intenten dirigirme la vida, desde cerca o a distancia. Primero padre, luego el abuelo Maximiliano, después el abuelo Fernando.
Chièvres se sentía tan seguro de la influencia que ejercía sobre mi hermano que se permitió despojarse de su reciente enojo con una sonrisa complaciente.
—Y ahora un cardenal que, en el mejor de los casos, olerá a alcanfor. A propósito, hermana, ¿te has dado cuenta de qué mal huele esta gente?
Aunque no se caracterizara precisamente por desprender un delicado aroma, Chièvres dedicó otra sonrisa a su señor.
Estuve a punto de responder, pero un servidor irrumpió en el lugar donde nos encontrábamos con otro correo.
Carlos, que estaba a mi lado, me miró y dijo:
—Leonor, os juro que si ese billete procede de donde pienso tomaré duras represalias.
Hacía sólo unos instantes casi bromeaba, pero ahora enfureció en sólo un momento.
—Tranquilizaos, quizá sea sólo la notificación de la muerte de Cisneros —dijo Chièvres.
Carlos ordenó al mensajero que se acercara y cogió el billete.
Esta vez lo abrió, sólo que nada más comenzar a leer, lo tiró sobre la mesa furioso.
—¡Decid al obispo de Badajoz que venga!
Tuve miedo.
Era verdad que Cisneros se estaba excediendo. Pero recurrir al declarado enemigo del cardenal no era prudente.
—Carlos, recuerda que hay que ser muy sutil a la hora de imponer cualquier tipo de castigo, sobre todo si se dirige a quien ha estado ejerciendo la regencia hasta ahora —me permití decirle, en un intento de calmar mi ansiedad.
—Querida hermana, seréis muy diestra en latín, pero más os valdría haber leído ese libro que Sforza me regaló. Su autor dice que hay momentos en que es necesario cortar el mal de raíz.
Mi hermano miró a Chièvres con complicidad y le pidió que lo acompañara.
Cuando regresó, no me pude contener.
—¿Qué has hecho? ¿Dónde está el obispo?
Carlos dudó unos instantes.
—Está redactando una carta para Cisneros. No temáis No he ordenado ningún mal. Ni siquiera lo mando al exilio. Simplemente le agradezco sus servicios y le autorizo para retirarse a su diócesis.
Sobra decir que estas palabras no me tranquilizaron en absoluto. Es más, el tono de condescendencia me inquieté más aún, pero sabía perfectamente hasta dónde podía llegan con mis indagaciones. Carlos nunca fue muy paciente con los que intentaban sonsacarle.
Me dedicó una sonrisa.
—Mejor sería que os preparaseis para lo que vamos a encontrar en Tordesillas. ¿No os corroe la impaciencia por encontrar a nuestra madre, después de diez años sin verla? Las últimas noticias que hemos recibido de ella no son muy alentadoras. ¿No tenéis ganas de conocer a Catalina? ¡Pobre hermana! Ha vivido recluida desde que nació. Sin duda ella ha sido mucho más desdichada que cualquiera de nosotros en esta tierra inhóspita.