Capítulo 21

Pocos días después la hermana del rey francés solicitó ir a ver al emperador, que se hallaba en Toledo, pues tratar de la libertad de Francisco quería. A pesar de que se mostraba desagradable y distante conmigo decidí acompañarla.

Apenas llegamos la princesa se entrevistó con Carlos. La conversación para mí fue vedada pero la curiosidad me invadía. Sobre todo porque en una pequeña discusión que aquella señora y yo tuvimos durante el viaje, me insinuó que yo había de tratarle con más respeto en vistas al futuro.

Diez días pasaron sin que pudiese hablar con Carlos y sin que me aclarara qué era lo que acontecía. El acuerdo con Portugal estaba casi cerrado y Carlos ya estaba pensando en cómo utilizar la dote de Isabel para la guerra.

Sentados en su antecámara del Alcázar, yo bordaba y mi hermano leía. No andaba de buen humor pues una de sus monterías se había cancelado debido a las inclemencias del tiempo.

Sin levantar la mirada de mi labor, rompí el silencio.

—Cuando vine y durante el trayecto la princesa Margarita dijo que había de guardarme de ella. ¿Sabéis a qué se refería?

Carlos me miró sonriente.

—Lo que ellos quieren es la Borgoña, y como bien sabe que nunca la recibirán de mis manos estarán pensando en la fórmula de siempre. Si Francisco se casara con vos, la Borgoña sería vuestra dote.

Quedé estupefacta y sólo pude balbucear:

—Pero ¿por qué siempre soy yo la que ha de servir de moneda de cambio?

Carlos soltó el libro, se levantó, y me acarició la mano. Un gesto de afecto tan poco usual en él que terminó por pincharse con la aguja.

—No os preocupéis. Margarita nunca podrá hacer que su voluntad pase por encima de la del emperador. Ellos saben cuánto os aprecio.

Aquel comentario de Carlos pareció un elogio. Sin embargo, conociendo su manera de actuar, no me tranquilizó.

Meditaba sobre mi probable destino cuando una de mis damas solicitó permiso para comunicarnos algo urgente.

—Tengo noticias de que el rey francés está planeando escapar.

Carlos soltó una sonora carcajada.

Estuve a punto de echar a aquella mujer que con tan absurda excusa interrumpía nuestro descanso. Pero Carlos divertido, me lo impidió y dirigiéndose a ella preguntó:

—Decidme, señora, cómo puede ser eso. Difícil veo que el prisionero huya impunemente de tan robusta Torre de los Lujanes.

La mujer inspiró.

—Piensan hacerlo pasar por un esclavo negro, que a su servicio está. Éste llegará mañana por la noche con un haz de leña. La guardia lo dejará entrar, como siempre. Nada más cerrarse la puerta el rey saldrá de su lecho caliente, para brindárselo al esclavo a cambio de sus ropas. Se tiznará todo el rostro y saldrá por el mismo lugar por el que accedió el subyugado.

Carlos quedó pensativo para luego decir:

—Menosprecian a los carceleros. De todos modos, las medidas de seguridad nunca están de más, sobre todo ahora que. Francisco empieza a desesperarse, y más lo hará en cuanto ordene su siguiente traslado. Su próxima morada no será tan cómoda: la torre más alta y olvidada del Alcázar.

Pero a pesar de las palabras de mi hermano, el francés intentó el plan. Sólo que el esclavo fue apresado antes de conseguir su propósito y la intención de Francisco se vio frustrada.

Ante todo aquello, la desesperación del rey se acentuó. Tanto, que amenazó con firmar un acta en la cual abdicaría en favor de su hijo.

Esto hizo que Carlos decidiera abandonar Toledo y saliera hacia Madrid. Si Francisco abdicaba, ya sólo tendría a un simple caballero en los calabozos y su precio no sería nunca tan alto como el que él quería.

El primero en romper el silencio fue Francisco.

—Me sorprende que os toméis semejante molestia presentándoos ante mí justo ahora que somos desiguales. Si estáis bien informado, sabréis que en pocos días el regio morador de este lugar se habrá convertido en un simple rey destronado —y diciendo esto se inclinó ante Carlos.

Mi hermano le levantó y con gesto amistoso le pasó el brazo por el hombro, ordenando a todos los presentes que abandonaran la estancia.

Yo me rezagué.

Carlos me miró con reproche.

—Vuestra hermosa hermana vela por vos en todo momento. Y su discreción conocida es —dijo el rey francés.

Sigilosamente me retiré a un rincón donde había una silla y me senté.

—Francisco, ¿habéis pensado qué consecuencias puede acarrear vuestra abdicación? —dijo mi hermano como aceptando el hecho consumado—. Por la simple satisfacción de ver mis deseos frustrados, ponéis a vuestro estado en peligro.

El hasta aquel momento rey de Francia se mantuvo en silencio, sopesando sus verdaderas fuerzas. Finalmente dijo:

—Todavía hay una solución para que no abdique. Mi cerebro andaba embotado, pero antes de firmar mi renuncia, la claridad se hizo y he ideado otro posible canje.

Carlos escuchaba atentamente.

—Aceptaré todas vuestras peticiones, excepto la restitución de la Borgoña, a cambio de mi libertad.

Carlos frunció el ceño y con seguridad censuró:

—No hay pacto.

Me enfadé con mi hermano.

¡Cómo podía precipitarse tanto!

Cuando se obstinaba en algo, no había quien le sacara de su empeño. Estábamos entre la espada y la pared. Teníamos el riesgo de perderlo todo si Francisco abdicaba y ahora que había un rayo de esperanza, él lo tapaba con terquedad.

Francisco comenzó también a irritarse.

—¡No me dejáis finalizar! Se diría que no deseáis llegar a ningún acuerdo. Perdonad, pero me exaspera tanta divagación.

Suspiró, y en susurros, como si para sí mismo hablase, dijo:

—A la Borgoña podría renunciar…

Quedé perpleja.

Mi desconfianza hacia aquellas palabras era clara.

Pero ¿pensaba Carlos como yo?

Mi hermano contestó:

—Paz y amistad perpetua entre los dos, libre trato y comercio entre nuestros estados…

Francisco miró hacia el lugar donde yo me encontraba. No parecía tan humillado y apaleado como seguro debía estar. Muy al contrario, me sonreía.

—Para asegurar nuestra paz y solidificar la amistad será necesario un enlace —dijo.

Mi corazón menguó de inmediato.

Carlos, entendiendo la solicitud, se limitó a responder:

—Así sea. Os la entrego como símbolo de nuestra reciente paz.

Francisco me miró con deseo.

Mi hermano ni siquiera me miró.

Me levanté corriendo y volé escaleras abajo.

¡Maldito el momento en el que decidí estar presente en aquella conversación! ¡Nada podía hacer contra mi destino sino abandonar el lugar donde mi futuro marido se encontraba!

Celebrado en Toledo por poderes mi desposorio con el rey de Francia, le dije a Carlos que no me importaba regresar a Madrid para cumplir con el acto físico de la unión. Pero mi hermano se negó argumentando que no quería que ésta se consumara hasta que el acta de ratificación viniese de mi nuevo reino.

Era como si mi hermano tuviese la esperanza de que aquel desposorio no siguiera adelante.

Así, a pesar de la insistencia de Francisco y de que ya se me llamaba reina de Francia, no consumé mi unión con él.

Carlos me decía que me mostrara amistosa y confiada, pero al mismo tiempo no dejaba de alertarme sobre la posibilidad de que mi esposo mintiera.

—Más que a él —dijo— te debes a tu emperador.

Al final se despidieron los dos reyes. Mi hermano dejó partir a Francisco, quien mandaría a sus hijos como rehenes hasta cumplir con su cometido.

Carlos quiso enviarme inmediatamente a Francia. Pero a diferencia de la vez en que no me permitió acompañarle a Barcelona, pues yo debía ir al encuentro de mi marido portugués, ahora logré convencerle de que me dejara ser testigo de su boda en Sevilla.

Al fin y al cabo, si la unión con Isabel había fraguado, había sido en gran parte gracias a mis servicios.