Capítulo 18
De acuerdo con Gattinara hice llegar un mensaje al embajador de Inglaterra para que viniera a verme de nuevo.
Entre yema y yema —el embajador era otro de los diplomáticos que compartía el gusto por los dulces españoles del canciller— me cercioré de que la dote de María Tudor fuese tremendamente suculenta, como se decía.
El embajador me confirmó que era la misma que nuestros abuelos católicos le habían dado a Enrique con motivo de su matrimonio con nuestra tía Catalina de Aragón, dote que se había acrecentado merced a los buenos oficios de los banqueros florentinos.
Mas entraba dentro de la lógica, y el embajador así me lo insinuó, que Enrique, necesitado de dinero como estaba, pudiera recurrir a ese preciado fondo para hacer frente al pago de sus tropas en cualquier momento.
Antes de que se marchara, di a entender al embajador que, dada la susceptibilidad de mi hermano respecto al tema, se esmerara en que esa información no trascendiera.
Me dirigí hacia la sala de armas en busca de mi hermano. Orgullosa y casi segura de lograr mi «pequeño plan» estaba, cuando la visión que en ese momento tuve de él me exasperó al punto de pensar que no se merecía tanto esfuerzo de mi parte.
Carlos había ordenado reproducir con una maqueta el asedio de Pavía.
—Es el regalo que me he hecho por mi pasado cumpleaños —dijo—. Dado que el emperador no puede reunirse con los suyos en esta contienda, he acercado la batalla a mi regia persona. Así, he logrado sosegar mi ánimo y me siento más cercano a ellos.
Miré aquella monumental maqueta, sorprendida.
Había hecho reproducir también los pueblos circundantes, los molinos e incluso nieve artificial cubría los picachos vecinos.
Envanecido por su creación, con una fina vara de plata, más como un adolescente que como un dux inspirado por un plan divino, empezó a explicarme.
—Veis, en vanguardia va la caballería ligera. Le sigue Carlos de Lannoy con sus armas doradas y blancas.
Inspiró levantando la nariz y continuó.
—Borbón con setecientas lanzas, sigue al anterior. Tras él va Pescara, armado con una celada borgoñona sobre su caballo tordillo. Mantuano, creo que se apoda. Lo acompañan seis mil infantes españoles.
—¡Sabéis hasta el nombre de los caballos! —exclamé irónica.
Abrió los ojos sorprendido.
—Conozco más detalles que los que allí luchan.
Al señalarlos con la vara, tres de ellos cayeron sin remedio.
Se impacientó.
Me recordó aquella lejana fiesta de cumpleaños en la cual demostró su gran capacidad dramática. Pero con una diferencia clara. Los protagonistas no eran personajes ficticios con los que el autor juega a su antojo, sino seres humanos reales que a punto de mostrar todas sus cualidades bélicas sin el menor reparo estaban.
Muchos de ellos desaparecerían de la maqueta y Carlos no parecía plantearse que también lo harían de esta tierra.
Observé a mi hermano con otros ojos.
Ante aquella escena se creía un Dios, dirigiendo el mundo y el destino de todos.
—Perdonad que os arruine la fiesta —le dije—. Necesitado de dineros como estáis, cuando la escasez de víveres acose a los soldados, ¿sabéis dónde hallarán pan?
Su ira iba a estallar, cuando un correo irrumpió en la sala.
Carlos cambió de inmediato su absurda actitud y con una sobriedad absoluta bajó de su nube para recibir la carta.
La alegría y el ímpetu anteriores desaparecieron y sin decir palabra salió de la sala y entró en la capilla lateral.
Me quedé en mi lugar mirándolo.
En su reclinatorio, en absoluto silencio, oraba fervientemente.
En breves minutos salió y se dirigió al correo, que aún aguardaba.
—¿Cuándo aconteció?
—El día de san Matías y vuestro aniversario, señor.
—Salid y aguardad, pues una réplica habéis de portar.
Quedamos solos en la estancia.
Carlos me miró, contempló serio la maqueta, cogió la vara plateada y arrojó a un lado la figura que representaba a Francisco de Francia, tirando al suelo a todas sus huestes.
Sonriendo, lo dejó todo sobre la mesa y agarrándome de la cintura me levantó en el aire.
—¡Hemos arrasado al enemigo!
Cuando por fin me dejó en el suelo soltó una carcajada.
La verdad es que había olvidado lo bien que se siente el espíritu cuando se libera de composturas.
—Tan alegre estoy que no pienso enojarme por lo que habéis dicho.
Se sentó, cansado por el esfuerzo.
Lancé mi estoque.
—No os habría dicho algo preocupante sin haber pensado antes en su posible solución. ¿Estáis de acuerdo en que, ahora más que nunca, necesitaréis dinero para continuar con vuestro «gran plan»?
—Sí. Sabe Dios que para luchar contra el infiel necesito antes que reine la paz en Europa.
—Entonces, ¿no creéis que va siendo hora de que vuestro futuro suegro, el padre de María Tudor, os adelante la dote?
Días más tarde toda la nobleza, los embajadores y alto estamento, se encontraban en la sala de la audiencia, deseosos de felicitar a Carlos. Pero éste rogó que se dieran gracias a Dios por el triunfo, prohibiendo cualquier regocijo público por la detención del rey Francisco de Francia, su más encarnizado adversario.
Llegado el prisionero al puerto de Rosas, Carlos ordenó que fuese trasladado de inmediato a Madrid.
Y haciendo honor a su caballerosidad, rogó a los nobles que a su paso por sus casas y palacios durante su viaje, lo recibieran como la real persona que era y no como a un simple villano. Que la fuerza de un gran señor más se demostraba agasajando que maltratando. Pues gran castigo llevaba ya el rey francés sobre sus espaldas.
Luego se celebró una misa en Atocha y pese a todos los que se morían por un festejo, no se conmemoró la victoria de ninguna otra manera.
Pero ello no justificaba el apesadumbrado semblante de Carlos.
—¿Qué os ocurre? —le pregunté al salir de la iglesia.
—Un problema nuevo nos acosa, el poder supremo tenía que enfrentarnos alguna vez con nuestros aliados. La envidia es un defecto achacado a los pobladores de estos lares por todos los estados vecinos. Sin embargo, aquellos que más les acusan son los que más la padecen.
—Por favor, ¿podéis ser menos críptico?
—El embajador inglés me ha dicho que Enrique no puede adelantarme un solo ducado de la dote de María. Dice que los necesita para pagar a sus soldados y consolidar su parte en la victoria.
Traté de contener mi alegría y con la voz más apesadumbrada que me fue posible, sentencié:
Siendo así, no podéis hacer otra cosa que romper vuestro compromiso con ella.
—Muy en lo cierto estáis, hermana. Lo siento porque su dote era enorme y me habría sido muy útil en estos momentos. Pero me alegro en parte, porque cuando la vi en Inglaterra, aunque todavía niña era, no presagiaba ser una belleza. Ha reunido los defectos físicos del lado inglés con los españoles de nuestra tía Catalina, la pobre.
Por un momento estuve a punto de recordarle que había una princesa casadera más rica que María Tudor y más bella y noble, pero le dejé continuar.
—Y hablando de ducados. Quiero que seáis testigo de la forma en que son capaces de gastarlos en estas tierras.
»El duque del Infantado, para festejar el triunfo de Pavía, ha decidido ofrecerme una fiesta en su palacio de Guadalajara. Desearía que os adelantaseis. Además, allí os encontraréis con una sorpresa que os tengo preparada.