El reino sumergido
Me regalan un disco de Alain Stivell, «Renacimiento del arpa céltica», para que me distraiga en las ya breves tardes de otoño. Y el primer tema que interpreta el músico bretón es «Ys», composición suya sobre antiguos temas folklóricos. Ys, como es sabido, capital de un reino en Armórica, fue sumergida por las aguas, y hay eruditos que aseguran que lo fue en el siglo V de nuestra era, y por divinal castigo de los pecados que allí había. Era como una especie de Place Pigalle entre los armoricanos, según unos, pero otros señalan que lo que era el pecado propio de Ys era el incesto, y en especial padres con hijas. Y, aunque Diógenes sostuvo que el incesto era algo que no tenía la menor importancia, el Creador no fue de la misma opinión, y mandó al mar que cubriese Ys en una terrible marea de olas como montañas.
Stivell, en el sobredisco, filosofa un poco, y nos dice que se trata de un tema eterno (Atlántida, Diluvio), que explica cómo el progreso material, sin progreso moral, sin un respeto creciente del hombre por el hombre, conduce a estas grandes catástrofes. En el disco se escucha el mar medrar. Stivell nos confiesa que trata el tema con técnicas nuevas, algunas tomadas del picking de la guitarra americana, «para acentuar el carácter universal de la leyenda».
A mí, personalmente, esto de las ciudades sumergidas me interesa de manera muy especial, con o sin música de Stivell, porque, como ha probado el arqueólogo Monteagudo, hay en Galicia más de un centenar de ciudades sumergidas —nosotros decimos en nuestra habla asolagadas—. Unas sumergidas por el mar, en horas de insólita violencia, mientras otras yacen en el fondo de nuestras lagunas.
Muchas de las historias que cuentan la sumersión, el asolagamento, de las ciudades, han sido cristianizadas. Pasa por Galicia, por ejemplo, en la huida a Egipto, la Sagrada Familia, y teniendo hambre y sed, José va a pedir pan y agua a un zapatero que remienda en un arrabal de una rica ciudad; el remendón niega el zatico y el jarro y, porque José insiste, le tira la lezna del oficio, que le alcanza en un tobillo y le hiere; por cuya herida comienza a manar agua que se multiplica a cada instante, y ahoga la ciudad entera con su torre, su arrabal y su zapatero remendón.
La más importante de nuestras ciudades sumergidas era la llamada Antioquía de Galicia, en la laguna Antela, en Orense. Cuando allá por los años cincuenta fue desecada la laguna por el Ministerio de Agricultura, éramos muchos los que aguardábamos noticias de la Antioquía nuestra asolagada. Y no apareció nada. Ni rastros de las murallas, ni de los siete castillos, ni del palomar del Rey, ni de la plaza de armas, ni de la iglesia, cuyas campanas sonaban en ciertas noches, tocadas por no se sabe qué campanero, quizás un humano convertido en sinuosa anguila.
Nunca sabremos quién tocaba las campanas en la catedral sumergida de Debussy. Tampoco sabremos por qué Antioquía fue castigada. Que lo que empareja a todas las ciudades sumergidas es que fueron castigadas por sus pecados. Cosa que, y que me perdone Alain Stivell, no parece haber sucedido con la Atlántida. Parece ser, me contó un día el etnógrafo Taboada Chivite, que hierbas de las riberas de la Antela fueron utilizadas por las brujas del país. O que decían haberlas cogido allí.
A uno le tienta creer que algunas de esas hierbas serían las mismas que menciona en el siglo XVII el médico Jean de Nynauld en su tratado de licantropía y de la transformación y éxtasis de las brujas: hierbas adormideras, otras que hacen contemplar figuras, lo mismo en la vigilia que en el sueño, y sobre todo dos plantas especialmente maravillosas, la synochitides, que hace aparecer ante quien la toma —la masca, creo— las sombras del infierno, y la anachitides, que permite contemplar los ángeles en plena luz…
El lugar donde la ciudad yacía bajo las aguas, la laguna Antela y su río Limia, pudo ser aceptado por los ojos humanos como lugar bien misterioso. ¿Qué fue lo que les indujo a creer a los romanos, cuando llegaron a aquellas aguas, que aquella lenta corriente era nada menos que el famoso Letheo, el río del Olvido? Quien cruzase el río se trocaría en un amnésico, olvidando su lengua, su patria, su familia. Tuvo, quien mandaba los legionarios, Décimo Junio Brutus, que atravesar el río y desde la otra orilla hablar latín y llamar por los nombres a los veteranos. Y Galicia quedó abierta. Siempre me imaginé que fue la cosa en una mañana de marzo, cuando tan espesas son por allí las nieblas y vuela el avefría.
No había tal Antioquía de Galicia. Al desecar la Antela, perdieron los orensanos unas de sus tapas favoritas: las ancas de rana, que allí daban rebozadas y fritas. Servidor las ha comido en salsa verde y en salsa de perdiz. Perdimos, pues, un mito y un plato. Sólo nos queda recordar que en Ys y en Antioquía, el hombre quiere que Dios castigue los terribles pecados. Renan en su plegaria ante la Acrópolis, dirigiéndose a la diosa de ojos azules, dice descender de padres bárbaros, entre los cimerianos, buenos y virtuosos… Si así fuese, no se hubiera hundido Ys bajo las aguas, ni ahora el suceso estaría en el arpa céltica de Alan Stivell.