Las islas del Cuarto Libro
Es decir, el mar y las islas del Quart Livre, de los hechos y dichos heroicos del buen Pantagruel, escrito por mestre Rabelais. El primer viaje de Pantagruel por mar se hizo paro ir a ver al oráculo de la Diva Botella Bacbuc. Doce eran las naves de la flota de Pantagruel, y en la almirante izaba éste por insignia una enorme botella, la mitad de plata, bien pulida y lisa, y la mitad de oro esmaltado, de rojo color. Así la botella denotaba que allí se bebía blanco y tinto. Antes de levar anclas, y temiendo tempestad en el mar, todos los viajeros bebieron durante varias horas hasta reverter, y ello con la intención de que durante la travesía nadie sintiese mareos, ni vomitase, si tuviese perturbación alguna de estómago ni de cabeza. Rabelais, el autor, que había estudiado Medicina en Montpellier, comenta que se hubieran ahorrado esta colosal ingestión de los grandes vinos, bebiendo desde algunos días antes de la partida agua de mar pura, o mezclada con vino, con corteza de limón o granada, u observando una larga dieta, o poniendo papel sobre el estómago.
El oráculo de la Diva Bacbuc estaba cerca de Catay —es decir, China—, «en la India superior». Pantagruel, siguiendo el consejo de su piloto mayor, decidió en su navegación no seguir la ruta de los portugueses hacia las Indias Orientales, «que, pasando la zona tórrida y el cabo de Buena Esperanza en la punta meridional de África, más allá del equinoccio, y perdiendo la guía del eje polar septentrional, hacen una navegación enorme». Pantagruel decidió pasar a la India Superior por el Noroeste, sin aproximarse al mar Ártico o Glacial, por miedo de ser retenido por los hielos. Hicieron, pues, el viaje por esta ruta, sin naufragios ni peligros en menos de cuatro meses, mientras los portugueses tardaban tres años por su camino. Esta ruta es la primera mención de la búsqueda de un paso por el Noroeste hacia Catay, hacia el Pacífico. Sorprendido de este hallazgo, Rebeláis se va a burlar de sí mismo, diciendo que esta ruta de fortuna fue la que usaron los indios cuando decidieron viajar a Germania, donde fueron honorablemente tratados por el Rey de los suecos. ¿En qué época? Pues en los días de los romanos, ya que, cuando los indios llegaron a Germania, la actual Alemania, era procónsul de Roma en las Gañas, la actual Francia, Quintus Metellus Celer, «como lo escriben Cornelio Nepote, Pomponio Mela y Plinio después de ellos». De hecho, este imaginado viaje de los indios a Germania estaba inspirado en los llamados indios de Ruán, que fue que unos balleneros encontraron en el mar de Iroise, al Sudeste del Gran Sol, una canoa con dos tripulantes muertos, vestidos de pieles y tocados de plumas, con cuyos trajes se hizo uno para una imagen de santo de la catedral de Ruán, unos dicen que San Martín, otros que San Juan Evangelista, y que allí fue venerado el santo vestido de indio canadiense hasta la Revolución de Francia. Hay textos.
La ruta seguida por Pantagruel y sus doce naves estaba llena de extrañas islas, como la de Chéli, en la que reinaba el Rey santo Panigon, y las de Tohu y Bohu —de la Confusión o del Barullo—, y de la Farouche, antigua residencia de las Andouilles —de los Embutidos o de las Longanizas, como quieran—. Más allá estaba la isla del Viento —lo que le permite a Rabelais glosar el refrán que dice, y es de gente de mar, «que pequeñas lluvias abaten grandes vientos»—. En cada isla, Pantagruel encuentra lo suficiente para sus desayunos, almuerzos y comidas, y ya saben que era hombre de apetito proporcionado a su gigantesca talla. Recuerden que un día quiso ensalada y salió a la huerta a buscar lechugas, que eran del tamaño de árboles, y bajo las cuales se habían echado a dormir unos peregrinos de Nantes. Los cuales fueron con la lechuga a la fuente, y Rabelais los metió en la boca, aunque hubo de escupirlos, por duros, y uno de ellos con su bordón le tocó una muela que tenía cariada, lo que le produjo al héroe rabelaisiano enorme dolor, y le obligó a beber un gran trago, con el cual estuvo a punto de ahogar a los peregrinos, quienes al fin, con el enjuague, cayeron a tierra y huyeron…
Conviene subrayar que la descripción del mar y de sus tempestades es cosa muy moderna, y Rabelais, por lo tanto, nada nos dice del paisaje marino, del alba en el mar, de los largos ponientes, ni siquiera de las aves marinas en las proximidades de las islas, cuyas disparidades le sirven para su varia crítica de las cosas y los saberes. Desde el capítulo XVIII hasta el XXIII se nos cuenta de una gran tempestad en el mar, pero excepto unas veinte líneas para decirnos en el XVIII cómo estalla: «Repentinamente, la mar comenzó a hincharse y a hervir desde el fondo de los abismos, las olas batían los flancos de los navíos; el mistral, acompañado de un torbellino desenfrenado, de negras borrascas, se puso a silbar a través de los cordajes, relampagueaba, llovía, granizaba, el aire perdía su transparencia, se hacía opaco, tenebroso, oscuro…»; el resto de los capítulos está dedicado a decirnos cómo la pasaron Pañurgo y fray Juan, y «un breve discurso sobre los testamentos hechos en mar». Con toda su brevedad, y aunque en ella se deslice algún tópico antiguo, esa descripción de la tempestad por Rabelais es insólita en las letras europeas del siglo XVI, y tiene un algo de veracidad de la terribilità de las tormentas marinas, bien que sepamos que Rabelais nunca salió al mar, ni que haya visto más agua marina que la de Narbona. Aunque el mar de Narbona haya sido un mar de naufragios. Ese viento mistral que ha conocido en Montpellier. ¿Nos está Rabelais diciendo de la mar una tempestad que ha conocido en tierra?
En fin, en cada isla hubo sus banquetes, y las copas estaban recibiendo constantemente vino. Las islas, ya dijimos, con sus diversos regímenes y costumbres le sirven a Rabelais para su crítica del mundo y para la carcajada, mientras va navegando de una en otra por la ruta de fortuna del Noroeste, camino de Catay y de la India Superior. Esta ruta de fortuna es verdadera novedad. Pero al almirante Pantagruel se le da un pito de la navegación, que lo que quiere es filosofar, comer, beber y combatir monstruos sopladores. Y, cuando la tempestad termina, recuerda que se llamaba Tempestad un gran latigacizador de alumnos del colegio Montaigu, con lo cual reduce toda la mar a una anécdota escolar.