15.
«EL SOL TIENE EL TAMAÑO DE UN PIE HUMANO»
He elegido quince fragmentos de Heráclito para conformar con sus comentarios este libro. Los quince textos seleccionados son enigmáticos, crípticos, polémicos y sugerentes en extremo, pues ésa es la condición imperecedera del maestro de Éfeso: la de provocar, hacer pensar y hasta escandalizar a través de pensamientos que rozan los límites de la racionalidad humana y de las posibilidades de nuestras mentes para organizar sensatamente las cosas. De todos ellos, éste con el que cierro el libro, elegido ex professo para tal cometido, es, probablemente, el que lleva al máximo las notas antes aludidas, propias del sophos efesio, con el añadido de que puede resultar burlón, capcioso y hasta despectivo. Ya veremos.
Si hubiera de señalar tres materias sobre las que el genio de Heráclito muestra predilección y se emplea a fondo, las dos primeras serían el fuego y el logos, y la tercera, con pocas dudas, el sol. Al fin y al cabo, Heráclito era jonio, y la Jonia era Oriente Próximo, y Oriente Próximo siempre tuvo especial fijación y devoción por el astro-rey. Egipto, Mesopotamia y Persia vieron en el sol la divinidad suprema por excelencia, el gran fecundador, el motor de la tierra y la fuente inagotable de luz y energía. Heráclito sigue la estela de Oriente, pero filósofo y no mago, pensador y no sacerdote solar, imprime a su visión del sol unas notas tan especiales que, con muchos siglos de antelación, nos hacen pensar en la extraordinaria aseveración de Goethe, «si el ojo no tuviera algo del sol en sí, nunca podría ver el sol». Recojamos, muy brevemente, algunos de sus pensamientos al respecto.
«El sol es nuevo cada día». Se enciende y apaga, se apaga y enciende todos y cada uno de los días del año y así será siempre. Reducir el pensamiento de Heráclito al burdo y grosero parecer, impropio de su creadora y profunda mente, de que «el sol andando por el mar de poniente y hundiéndose en él se apaga, y luego, tras recorrer la vía de bajo tierra y adelantarse al naciente, vuelve a encenderse, y eso sucede siempre», no es más que una alegoría y un mito. El sol no nace cada día al calor de las aguas bondadosas de Oriente y no muere también cada día bajo el frío de las aguas tenebrosas de Occidente, sino que ese proceso de nacimiento y muerte es propio de todas las cosas vivas y tiene lugar asimismo en el hombre y en sus brotes de sabiduría. Igualmente, cuando en otro fragmento, quizá apócrifo, Heráclito nos dice que «la enseñanza es otro sol para los que la reciben», nos está manifestando la misma idea de que la luz alumbra en nosotros cuando accedemos a la cultura y nos invade la oscuridad, caso de que la misma no llegue o se retire. Lo resume a la perfección Hesse cuando escribe: «La sabiduría cambia sus formas, pero descansa en todas las épocas sobre el mismo fundamento: la ordenación del hombre a la naturaleza, al ritmo cósmico. Estas antiguas e inagotables sabidurías no se hacen más viejas, sino que permanecen siempre nuevas, como lo es el sol de cada día».
También: «El sol no rebasará sus límites, y si lo hiciera, las Erinias, servidoras de la Justicia, lo descubrirían». Todo está sometido a unas reglas, todo responde a un orden y todo debe respetar la secuencia natural de las cosas, y, en consecuencia, ni siquiera el todopoderoso sol puede desconocer semejante esquema, ya que, en palabras de García Calvo, «tanto el individuo singular como el sol mismo están obligados a atenerse a los metra o razones que determinan su singularidad misma». Es la sublimación del sometimiento de todo a unas reglas superiores y la instauración de un orden supremo el cual nada ni nadie puede desconocer. El juego de las Erinias, guardianas de la justicia y ministras de la venganza, es ejemplificativo en extremo, porque de la misma manera que reconducen a los hombres al redil de la obediencia y del cumplimiento de las normas, así también reconducirían al sol a su curso, caso de que advirtieran que el mismo había transgredido sus propios límites. Es el profundo parecer presocrático, tan claro en Esquilo, Anaximandro y Parménides, de que existe una Justicia cósmica que llega a todo y a la que nada se desmarca. La referencia del sometimiento a la misma del propio sol, es la mejor prueba posible de la presencia global de Diké y la más clara confirmación de esa tendencia presocrática a «derivar de las experiencias del mundo humano los conceptos para la interpretación del mundo natural» (Mondolfo). Heráclito, como después Parménides, asociaron en un rapto de elevación y grandificación del orden, la sucesión del día y la noche propia del curso del sol con la misión vengadora de la Justicia, pues ni siquiera el astro-rey podía rebasar impunemente los límites que corresponden a la misión que le ha sido asignada.
Y, en fin, «sin el sol, ni siquiera todos los demás astros nos sacarían de las tinieblas». El sol es tan rutilante, tan fuente de luz y tan supremo iluminador que, de la misma manera que cuando se pone llega la negrura de la noche, así también, si él faltara, todos los restantes cuerpos celestes no serían capaces de sacarnos de las tinieblas. El propósito heracliano es claro: sólo la razón (el logos) proporciona al hombre la posibilidad de vivir elevadamente; sin ella, bien porque nunca se haya tenido o bien porque se oscurezca, el hombre retorna a la negrura de la noche, desciende a la escala de la animalidad, porque le falta el sol vivificante y elevador de la educación y la cultura. Todo lo demás a que pueda tener acceso el hombre, cualquier cosa que consiga o se dote y el mejor de los beneficios que pueda recibir será insuficiente, no lo sacará de su animalidad ni le mostrará el camino adecuado, de la misma manera que ni siquiera el juego combinado de los demás cuerpos astrales es capaz de reemplazar la luz debeladora de la oscuridad que nos proporciona el sol. Quizá por ello, Fränkel sugiere que «ascendemos en el mundo sensible hasta donde nos resulta posible, sólo para aprender que se necesita un impulso similar para elevarse a lo trascendente»; por lo que propone un segundo paso al texto de Heráclito con el contenido de que «aquel para quien no brille la luz del logos, vivirá, a pesar del sol, como un animal en la noche».
Pues bien, después de tan amplio recorrido por el universo solar de Heráclito y después de semejante ensalzamiento del protagonismo cósmico-espiritual y de la alta misión del sol, resulta, y ésta es la grandeza, la provocación suprema y el genio debelador de Heráclito, que «el sol tiene el tamaño de un pie humano». Parece como si, de un golpe y sin solución de continuidad, pasásemos de lo divino a lo humano, de lo grandioso a lo insignificante y de la magnificencia a lo intrascendente, vulgar y chabacano. Es uno de esos juegos portentosos, de esos saltos en el vacío y esos demoledores golpes con que el sabio efesio desmonta sus propias construcciones, levantadas con tanto rigor y cuidado (como cuando dice, «bien harían los adultos de Éfeso en ahorcarse y dejar el gobierno de la ciudad a los niños», después de considerar que «el pueblo debe defender la ley como a la muralla» y que «ley es también seguir la voluntad de uno solo»). Pero así es Heráclito, ahí reside su grandeza y a ello debe su imperecedera inasequibilidad.
Al enfrentarnos a este texto, se puede adoptar una postura trascendente e intentar encontrarle un sentido superior a su estricta literalidad material, que es lo que pretendemos hacer en las páginas subsiguientes, o contemplarlo como una banalidad, como una salida de tono, como una extravagancia y hasta como un exabrupto, tal como hace, por ejemplo, Jonathan Barnes en el siguiente fragmento: «Algunos eruditos lo interpretan como la afirmación banal de que el sol parece ser tan ancho como un pie; otros descubren la expresión metafísica de una cierta teoría psicológica. Pero si este fragmento no es una pura falsificación, debemos entender que significa lo que dice: es un simple texto de astronomía, y muestra un grave sensacionalismo. Los ojos nos dicen el tamaño del sol, y son los mejores testigos con que podemos contar». ¡Qué poco conoce y qué escasamente maneja el escocés Barnes la especial «madera» de que estaba hecho Heráclito!
El texto heracliano nos ha llegado a través de Aecio en un fragmento en el que se recuerda que «Anaximandro dice que el sol es igual a la tierra y su órbita», Anaxágoras que es muchas veces mayor que el Peloponeso, y Heráclito que «tiene el ancho de un pie del hombre». Diógenes Laercio se enreda en consideraciones escasamente rigurosas sobre las apariencias engañosas de cosas que a la vez tienen una concepción verdadera, como la que se da en el caso de que el sol semeja tener el ancho de un pie humano, cuando se da la creencia de que es mayor que el mundo habitado. Y Epicuro divaga también en cuanto al tamaño del sol, «en lo que es respecto a nosotros, es así de grande como parece, y en lo que es respecto a la cosa misma, o bien es mayor de lo que se ve o menor en un poco, o tal cual de grande»; que es tanto como decir una cosa y la contraria, pero sin integración posible.
La simple lectura de semejantes párrafos revela que no estamos en presencia de una estricta discusión astronómica, que nos hallamos lejos de cualquier consideración científica respecto al sol, y que, ni siquiera en ese contexto vulgarizador, el pensamiento de Heráclito engarza con comodidad, como no fuera a la manera de burlarse de la discusión y salir con una extravagancia disolutoria: como réplica festiva y burlona frente a los que dicen que el sol tiene el tamaño de la Tierra y su órbita o que es mucho mayor que el Peloponeso, Heráclito hace el quiebro irónico de que el astro-rey no tiene mayor volumen que el de un pie del hombre. Pero ello no es propio del genio de Heráclito, como tampoco lo son las consideraciones en que se sume García Calvo a propósito de las divagaciones de Cicerón en torno a si a Demócrito el sol le parecía grande, como hombre instruido en la Geometría, y en cambio a Epicuro (en realidad, a Heráclito) le resultaba del tamaño de un pie humano. Igual de intrascendente e inadmisible deviene el acertijo de que ese tamaño solar del pie de un hombre se nos manifiesta cuando, estando tendidos de espaldas en el suelo y con una pierna en ángulo apoyada en éste, colocamos sobre ella la otra, la dirigimos hacia el sol, y entonces observamos que la planta del pie de ésta cubre por entero el círculo solar. ¿Quién, sobre todo de niño, no ha practicado el juego de cerrar un ojo y frente al abierto y a muy corta distancia colocar un dedo pulgar, con el resultado de que el sol deja de ser visible porque se lo ha tapado por completo? ¿Deberíamos en este caso considerar, siguiendo el «juego» de Heráclito, que el sol tiene el tamaño del dedo pulgar del hombre? Es obvio que a través de semejantes trochas no llegaremos a nada apreciable y que mediante tales divagaciones escasamente alcanzaremos a columbrar qué quería decir Heráclito al hablar de ese modo, y, en particular, de qué manera nos puede resultar útil y adquirir sentido el texto heracliano en nuestros días.
Tampoco avanzaremos gran cosa en esa dirección si nos contentamos con referir que Epicuro consideraba que «el tamaño del sol es tal como aparece», o con reproducir con solemne seriedad que para Aristóteles existen apariencias engañosas, «como que el sol semeja el tamaño de un pie, cuando es mayor que el mundo habitado». El resultado de semejantes planteamientos, supuestamente serios, no puede ser otro que el que plantea Gigón en los siguientes términos: «Esta afirmación suena a burla descarada de las opiniones más razonables sobre el tamaño del sol. No se trata más que de desplantes polémicos, igual que Epicuro ha hecho suya esta tesis sólo para demostrar su absoluta indiferencia frente a la investigación de las ciencias de la naturaleza». Y, en fin, tampoco resuelven gran cosa posturas en apariencia realistas, como la de Guthrie, cuando escribe: «Puede sostenerse que la afirmación alude únicamente a las apariencias, como refuerzo de la tesis de que los sentidos se equivocan a menos que los interprete la inteligencia. No es posible que Heráclito creyera que su afirmación pudiera ser tomada al pie de la letra, por lo que su significado debe permanecer en el misterio».
Pienso, de entrada y aun sin necesidad de honda reflexión, que el texto de Heráclito, a poco que se conozca y respete el juego dialéctico del maestro efesio, no puede ser considerado como «burla descarada», «desplante polémico» o «absoluta indiferencia» frente a los dictados del conocimiento de la physis. Tampoco tiene sentido sostener, como gran descubrimiento y extraordinaria explicación del texto en estudio, que no es posible que Heráclito «creyera que su afirmación pudiera ser tomada al pie de la letra». Y, menos todavía, resulta de recibo la conclusión derrotista e impropia del pensamiento especulativo de que el significado del texto heracliano «debe permanecer en el misterio». A Heráclito no se le enfrenta de esa manera, a sus interrogantes no cabe responder con menospreciadoras palabras como las transcritas, a sus desafíos no se replica con tintas tan poco afortunadas y serias, y sus proclamas no es posible obviarlas mediante el torpe recurso de su remisión al misterio, porque si hubo un espíritu en Grecia más contrario a los movimientos religiosos de Dioniso, orfismo y Misterios, ése fue, precisamente, Heráclito (recuérdese su opinión de que «lo que el hombre común entiende por Misterios inicia en la impiedad»). Considerar que en el caso que nos ocupa, «no es posible que Heráclito creyera que su afirmación pudiera ser tomada al pie de la letra», es una de las más graves incongruencias en que cabe caer, pues ni en este lugar ni en ningún otro el maestro adoctrina para que sus palabras se entiendan literalmente, sino como simple medio para emprender el vuelo hacia otros objetivos más altos que el que las mismas sugieren en su mera lectura; no en balde, como tiempo después recordará Platón, «el pensamiento filosófico es el único que está dotado de alas», y «las alas sirven (precisamente) para elevar lo pesado». Si los textos de Heráclito, cualquiera de ellos, hubieran de entenderse al pie de la letra, en su mayor parte habrían quedado reducidos a tan poca cosa que haría siglos que el sabio efesio no figuraría en el elenco de los grandes filósofos de todos los tiempos. Las sentencias heraclianas valen lo que valen, no por lo que dicen literalmente, sino por lo que sugieren, por lo que indican y por lo que incitan a la especulación creadora. Quitarle a Heráclito ese hálito de oscuridad, enigma y profundidad que hacía decir a Sócrates a su amigo Eurípides que algunos de los textos del efesio requerirían ser «un buceador de Delos para comprenderlos», es mutilarlo y, probablemente, convertirlo en un decidor de gracias, bromas, chanzas y extravagancias; probablemente, hacerlo pasar del campo de la profunda filosofía al de la intrascendente comedia.
¿Qué querría significar Heráclito al advertir que «el sol tiene el ancho de un pie humano», una vez excluidas las sugerencias minusvalorativas recién expuestas? Comparar físicamente al astro-rey, el más grande, espectacular, poderoso y fundamental de los cuerpos celestes que podemos apreciar a simple vista, con la materialidad humana, incluso con el tamaño de uno de nuestros pies, es por completo absurdo y sin sentido. Y, sin embargo, en su literalidad, el texto heracliano encierra una comparación y una igualación entre el tamaño del sol y el del pie humano, igualación que hay que tratar de superar atribuyendo a las palabras, no su valor gramatical estricto, sino el comparativo, el simbólico, el representativo y el figurativo. Si nada menos que el sol no alcanza a superar el ancho de un pie del hombre, una parte física del mismo que no es, ni de lejos, la más importante y significativa de la criatura humana, ¿con qué se comparará realmente al astro-rey, cuál será el punto de referencia exacto y hacia dónde habrá que dirigir la mirada en dicho contraste?
El cuerpo humano no puede entrar en competición con el Cosmos exterior. El mundo estelar, esa miríada de estrellas que pende sobre nuestras cabezas y ha causado siempre al hombre admiración y extraordinaria sorpresa, es incomparable materialmente con nuestra carcasa corporal, pues la inmensidad, perennidad y fortaleza de aquél deja en un pobre lugar a la limitación, fragilidad y temporalidad de ésta. ¿A qué habrá que referir, pues, el sol, prototipo indiscutible de ese mundo cósmico, cuando se contrasta con el hombre? Necesariamente, no parece existir otra posibilidad que la de relacionarlo con la parte inmaterial, invisible e inabarcable del hombre, es decir, con su alma. Así la igualdad esencial de los términos en comparación se restablece, así cobra sentido el simbolismo de Heráclito, y así también se coloca a la humana criatura, tan singular y extraordinaria que choca in radice con todo lo conocido, en el sitial que por su propia naturaleza le corresponde.
El alma humana, ese misterio insondable que anida dentro de nosotros y que, más que cualquier otra circunstancia, nos caracteriza, es el único término de comparación frente al cosmos exterior simbolizado en el sol. Frente al macrocosmos, el microcosmos, frente a la inmensidad material, la inmensidad espiritual, y frente al gigantismo exterior, el gigantismo interior. Pero, además, no para concluir que el orbe encuentra su réplica en la psyché humana y se produce una situación de equilibrio, sino para constatar que en semejante comparación el sol se nos queda chico, es poca cosa contrastado con nuestra alma, resulta algo insignificante si el punto de referencia es esa inmensidad psíquica que albergamos. De ahí que para resaltar tal diferencia se equipare el tamaño del sol con el de un simple pie humano.
Heráclito fue muy explícito respecto a la entidad, trascendencia y carácter del alma del hombre. Su propiedad básica radica en la posibilidad de acrecentarse a sí misma, crece y crece sin mesura, se desborda y nos desborda, abarca lo abarcable y lo inabarcable, y en su inmensidad resulta que por muchos caminos que se recorran no se llega a los límites del alma, tan profundo es su fundamento (su logos). En estos pensamientos de Heráclito, que ya han sido comentados in extenso en el presente libro, es donde está la piedra de toque, el punto de contacto y contraste. Si el alma del hombre crece sin tasa ni medida y si, por muchos senderos que se caminen, no puede llegarse a sus límites, ¿no resulta apropiada y natural la comparación entre el orbe cósmico y el orbe anímico, la superioridad de éste y la equiparación entre el más representativo de los cuerpos celestes, el sol, con una simple parte del organismo humano, el pie? ¿Y por qué el pie, y no, por ejemplo, una mano, la nariz o una oreja del hombre?, pues, quizá, porque si la ilimitación de la psyché humana se patentiza a través de recorrer los muchos caminos que la atraviesan, parten de ella o llegan a ella, ¿no será lo más propio hacer referencia al pie del hombre que los transita? Si el pie humano es el que recorre las veredas anímicas, ¿qué puede resultar simbólicamente más comparativo que relacionar, a la hora de resaltar la superioridad del alma frente al Cosmos, el ancho de dicho pie con el ancho del rutilante sol? Obsérvese, que no se contrasta directamente el alma interior del hombre con el orbe exterior a la misma, sino que para significar la superioridad de la primera frente al segundo, Heráclito procede, con una llamada simbólica en extremo representativa, a poner en plano de igualdad el insignificante pie humano con el magnifícente sol, y deja a los destinatarios de su sentencia la responsabilidad de sacar las oportunas consecuencias intelectuales de semejante equiparación: si el escueto pie del hombre equivale en anchura al ingente sol, ¿qué cabrá decir del alma humana cuando se la compare con el Cosmos?
Por ello, tiene sentido la pretensión de Fränkel, siguiendo la estela que indicara Diógenes Laercio, de poner en relación y complementar los dos fragmentos de Heráclito al respecto, al objeto de formar un solo texto con el siguiente contenido: «El sol tiene la anchura del pie humano, pero no encontrarás los límites del alma, cualquiera que sea la dirección en que camines, tan profundo es su sentido». De esta manera, a través del contraste entre el pie que camina y el tamaño del sol, se revela el significado implícito del mensaje de Heráclito, ya que se camine en la dirección que se camine y sea cuál sea la extensión de la misma, jamás se llegará a alcanzar los límites del alma, tan profundo, tan inmensamente profundo es su logos.
Fränkel añade en este sentido algunas otras consideraciones interesantes, resaltando que «la naturaleza que sólo se nos muestra desde el exterior es secundaria»; secundaria, se entiende, comparada con la naturaleza anímica de nuestro interior, con esa especial physis que habita en nosotros, la psyché (guardadas las oportunas distancias, casi la diferencia que media entre natura reum y natura deorum, por utilizar los significativos términos comparativos que sugiriera Karl Löwith). Y añade el autor citado, «incluso el mayor de los cuerpos celestes representa un pequeño objeto comparado con el alma», que aunque sea una comparación que no se compadece con la que hace Heráclito entre el sol y un pie humano, sirve para representar adecuadamente la inmensidad superior que frente a la inmensidad exterior cósmica suponen las almas de los hombres.
¿Cabe extraer de la sentencia de Heráclito que se comenta semejantes conclusiones? Pienso que sí, que muy probablemente era eso lo que buscaba el filósofo efesio, y que, desde luego, semejante constructo especulativo encaja milimétricamente con su determinante y básica concepción del alma humana. En efecto, si en Heráclito, como luego ocurrirá en Sócrates, Platón y Aristóteles, el alma humana es una entidad ilimitada, y su inmensidad es tal que nunca, háganse los esfuerzos que se hagan, es posible llegar a alcanzarla toda y a considerar que se la ha circunvalado, parece propio y hasta obligado concluir que el fragmento heracliano, «el sol tiene el tamaño de un pie humano», no tiene otro cometido que el de poner de manifiesto, en forma harto gráfica y hasta llamativa y desafiante, que la grandiosidad espectacular del Cosmos se empequeñece ante la grandiosidad todavía más espectacular de nuestras almas. Algo que nos recuerda también el pensamiento de Heidegger respecto al logos, «como posibilidad fundamental de la existencia, como un dirigirse hablando al mundo que viene a nuestro encuentro y describirlo mediante el hablar»; y que nos patentiza, una vez más la cercanía y aun la similitud espiritual que se da entre el «gigante» efesio y el «gigante» alemán, entre el filósofo heleno y el filósofo germánico, al que, en algún otro lugar (Meditaciones filosóficas), hemos llamado «el Heráclito alemán».
Fránkel, incluso, hace una curiosa e interesante utilización del clásico símil antes comentado sobre la circunstancia de que si un hombre se tumba de espaldas y levanta una pierna, puede cubrir enteramente el sol, al resaltar que «ese mismo pie, caminando, no podría alcanzar las fronteras del alma, pues alberga el sentido de todo», ya que, «mientras el alma desciende a profundidades sin medida, el tamaño y el curso del sol están definidos estrictamente». Ya lo señalábamos antes, pero parece adecuado recordarlo e incrementarlo ahora. El simple pie humano que simuladamente puede equipararse en anchura al sol, camine lo que camine, no logrará nunca llegar a los confines del alma, pues ésta «alberga el sentido de todo», y el todo, ex definitione, es imposible alcanzarlo. Por lo que la disimilitud a favor del alma humana se nos representa con meridiana claridad, ya que mientras el alma es capaz de elevarse y de descender ilimitadamente, hasta el punto que poéticamente el Dante habla del ascensus ad coelos y del descensus ad inferos, ejemplificativamente, el tamaño del sol es perceptible y su curso está perfectamente establecido hasta el punto que si el astro-rey lo transgrediera, «las Erinias, servidoras de la Justicia —como dice Heráclito—, lo descubrirían» (y, se entiende, lo repondrían). El Cosmos en su inmensidad, en su ilimitud y en su inabarcabilidad se nos queda corto cuando lo contrastamos con similares notas de nuestra psyché, ya que mientras aquél está gobernado por unas leyes que lo sujetan, lo hacen previsible y lo tornan regular, ésta no «padece» semejantes restricciones y vuela libre de toda sujeción, pero no sólo cuando estamos prisioneros de los sueños nocturnos, sino también cuando tomamos el camino de los sueños diurnos, y, muy en especial, cuando despegamos las extraordinarias capacidades imaginativas, especulativas, elucubradoras y creativas que atesora.
¿Querrá decirnos Heráclito que los sentidos son engañosos, que proporcionan falsas impresiones y que hay que huir de sus datos si queremos apreciar la verdad de las cosas? De una forma u otra, incluso recurriendo al juego visual ya comentado, nuestros ojos nos pueden procurar la estampa de que el sol tiene un tamaño harto reducido, contra el dato del sentido común, hoy contrastado fehacientemente por el rigor de la astrofísica, de que constituye un cuerpo estelar gigantesco, enorme y espectacular. Se acepte el parecer escolástico de la verdad como adaequatio rei et intellectus o la tesis de Heidegger, reivindicando la idea griega de la aletheia, de la verdad como no-ocultamiento a des-ocultamiento, lo cierto es que la mente del hombre reelabora la información suministrada por los sentidos y llega a conclusiones de entraña netamente intelectual, aunque sólo fuera porque pensar es juzgar, y desde Kant sabemos que «los sentidos no se equivocan, pero no porque juzguen correctamente, sino porque no juzgan en absoluto».
Cuando nuestros sentidos advierten, constatan, admiten o estiman que el sol tiene el ancho o el tamaño de un pie humano, algo que, aunque difícil de imaginar en nuestros días, no tendría por qué resultar insólito o extravagante en una Antigüedad que juzgaba como regla general a través de los sentidos; que tenía una concepción geocéntrica y no heliocéntrica; que carecía de la finura de pensamiento precisa para poder rebasar los datos sensoriales y el influjo de lo físico, y adentrarse en los dominios del pensamiento meramente especulativo; y que, cuando lo intentaba, cuál era el caso, por ejemplo, Platón, la razón rompía amarras, invadía las estancias de la poesía y de la visión mística de las cosas, y acababa flotando en un éter que no era, precisamente, el más adecuado para la aproximación realista a las cosas: «sólo el pensar de los filósofos está dotado de alas, porque este pensar siempre está, en la medida de lo posible, cerca de Dios, y precisamente por ello es divino».
Pudo, por tanto, perfectamente Heráclito querer significar con esa sentencia tan espectacular y provocativa que no debemos conformarnos con los datos suministrados por los sentidos humanos, porque ante la información meramente sensorial el hombre reacciona aplicando el poderoso crisol de su inteligencia y poniendo a jugar su extraordinaria capacidad de raciocinio. Si las impresiones que nos llegan a través de los sentidos no son cernidas en el cedazo de la inteligencia, el resultado puede ser tan extravagante como el que patentiza la expresión «el sol tiene el tamaño de un pie humano».
Pero, según se ha estudiado en otro capítulo de este libro, el propio Heráclito proclama que «los ojos y los oídos son malos testigos para quienes tienen almas bárbaras». ¿Tendrá algo que ver esta proposición con la que ahora nos ocupa? Sin necesidad de reproducir lo que ya quedó dicho in extenso en ese otro lugar, parece obvio que ambos fragmentos, aunque ignoremos si en el libro de Heráclito del que proceden estaban o no próximos y conectados, han de considerarse íntimamente interrelacionados, porque atañen a la misma cuestión. Si se tiene el «alma bárbara», si se carece de la sensibilidad precisa para recibir los datos exteriores sin el preciso discernimiento, y si el entendimiento no procesa los mismos mediante el pensamiento (por utilizar las categorías kantianas al uso), el resultado puede ser tan extravagante, alejado de la realidad y falaz como proclamar que la estrella solar tiene la misma anchura que un pie del hombre. Por eso, de la misma manera que líneas arriba se comentaba la posibilidad de fundir en una sola proposición los dos pensamientos heraclianos relativos a la inmensidad inabarcable del alma y a la concreción solar a la extremidad humana, quizá aquí también deberían interrelacionarse y aun conjuntarse las dos sentencias que se comentan, ya que si la relativa al sol quiere cobrar algún sentido, no puede ser de otra manera que conectándola con la existencia de hombres cuyo cultivo intelectual sea tosco y al margen de los módulos culturales civilizatorios, y a la inversa, si la referente a la poca fiabilidad testimonial de los sentidos humanos caso de que pertenezcan a criaturas humanas bestializadas pretende tener plasmación práctica, quizá no encuentre «mejor» materialización que a través del desgarro intelectual que supone considerar que el ancho del sol es el mismo que el de la planta del pie de un hombre. En consecuencia, ambos fragmentos podrían, idealiter, engarzarse en otro refundidor que dijera, más o menos, lo siguiente: «los ojos y los oídos son malos testigos para quienes tienen almas bárbaras, como cuando se afirma que el sol tiene el tamaño de un pie humano».
En fin, también cabría considerar que cuando Heráclito formula una afirmación tan llamativa, insólita y rupturista como la que estamos comentando, quizá quería poner el ejemplo supremo de hasta dónde puede llegar la capacidad de error de los seres humanos. Somos tan dados a cometer errores, a equivocarnos en nuestras apreciaciones y a fantasear a tal distancia de la realidad, que el severo sabio de Efeso, a mitad de camino entre la recriminación y la burla, nos sonroja con su apreciación sobre el sol y su tamaño comparativo. No falta en los fragmentos que se han conservado otros ejemplos significativos, tales como, «los asnos prefieren la paja al oro», «todo animal es llevado a pacer a latigazos», «los cerdos se lavan con cieno», «al necio deja estupefacto cualquier razonamiento», «los que buscan oro cavan mucho y encuentran poco», «la mayoría se sacia como el ganado», «el niño es el rey» o «juguetes para los niños, opiniones para los hombres». En todos se entrevera la crítica y el desprecio a los que no logran alcanzar la estricta y exigente condición humana.
Pero Heráclito no es un cínico, un escéptico o un epicúreo, sino un pensador que cree profundamente en el cometido, hondura y alcance de la capacidad reflexiva de los hombres. Cuando fustiga, y lo hace acerbamente al observar las debilidades, incontinencias y pobreza mental de tantos humanos, no es porque no crea en la altura del pensamiento, porque dude de todo, a la manera de Demócrito y de algunos de sus más significados discípulos, como Metrodoro de Quíos («ninguno de nosotros sabe nada, ni siquiera el hecho mismo de si sabemos o no sabemos, ni sabemos qué es saber o no saber, ni, en general, si algo es o no es»), o porque juzgue que la mente del hombre no es capaz de la sublime altura que procura la filosofía, sino en razón de que estima que muchos humanos, incluidos algunos de los que entre los griegos gozaban de gran predicamento (Homero, Hesíodo, Pitágoras), desaprovechan, toman estéril o hacen mal uso de ese instrumento prodigioso que es el logos.
Si así no fuera, ¿cómo podría afirmar que «reflexionar es la virtud suprema, y sabiduría (es) decir verdad y obrar lúcidamente de acuerdo con la naturaleza», y ¿cómo significar que «el parecer particular es una enfermedad sagrada»?, que acerca el pensamiento de los hombres a la divinidad, y predispone a que, tras él, Platón pudiera considerar, en uno de esos «raptos» más sublimes que cabe imaginar, que el pensamiento es «el diálogo permanente del alma consigo misma», y Heidegger aventurase que «la filosofía está necesariamente en el resplandor de lo bello y en el soplo de lo sagrado». No, no podría, caso de estimarse que la criatura humana constituye un maligno ser que en poco se diferencia de las bestias, como parecen sugerir equivocadamente algunos de sus ejemplos adelantados.
Él no odia al hombre ni estima que siempre yerra, sino denuncia que algunos, los más, actúan torcidamente y caen en el error, cuando alaba a Bías de Priene («quien superó en valía a todos los demás») por su aserto «la mayoría de los hombres son malos». Él no cree, pese a su tendencia aristocratizante y a sus feroces denuncias del populismo pseudodemocrático que atenaza a su ciudad Éfeso, que sólo unos pocos estén dotados de la agudeza mental precisa para adentrarse en el piélago del pensamiento, sino que ve las cosas de manera diametralmente opuesta a ello, ya que parte del presupuesto, claramente optimista y facilitador, de que «común a todos es la capacidad de reflexión». Lo que sucede es que los más ni aprecian ni utilizan semejante capacidad, y caen en las denuncias que con tanto vigor formula el maestro efesio, mientras que unos pocos la valoran y se sirven de ella para «escalar los cielos». Pero, ¿acaso ocurre algo diferente ahora mismo entre nosotros?
Pues bien, pienso que escasamente desvelados los propósitos reales de Heráclito, pese a la argumentación y al aporte de explicaciones que se ha hecho en las páginas antecedentes, a la hora de actualizar el texto que comentamos, procede, empero, igual que hemos hecho en todos y cada uno de los comentarios del pensamiento de Heráclito hasta aquí realizados (leitmotiv de este libro), preguntarnos si él mismo será capaz todavía de prestarnos utilidad, de ser reconducido a los pagos donde se ubica el pensamiento moderno y de servirnos en un mundo que, aparentemente al menos, tan poco se parece al mundo jonio de los presocráticos. Digo, en apariencia, porque lo cierto es que en el campo de la especulación filosófica escasamente se han rebasado los grandes lineamientos que aquéllos marcaron, quizá porque, como con agudeza advierte el maestro Heidegger, «en lo esencial, adonde pertenece la filosofía, el comienzo nunca puede superarse», pues «no hay progreso en la filosofía», y quizá también porque en los pensamientos de Heráclito (filósofo inicial) hay un trasunto tal de eternidad, una pátina de haberse dicho para siempre y un ramalazo de que han sido asidos mediante ellos algunos de los grandes vectores imperecederos del espectro Dios, mundo y hombre. Algo que determina que veinticinco siglos después, cuando leemos a Heráclito y a otros presocráticos (Parménides, Anaximandro o Demócrito, por ejemplo), el ánimo se queda en suspenso, ya que, en ocasiones, no sabemos si estamos allí o estamos acá, e, incluso, si nuestro tiempo mental no es definitivamente peor que aquel que vivieron tamaños gigantes del pensamiento (¿dónde encontraríamos en la modernidad a un Demócrito que se ciega voluntariamente «para ver con mayor claridad», a un Pitágoras que se deja morir de inanición cuando comprueba que no avanza en sus conocimientos, a un Epicteto que se arroja al Etna para ser consumido por «el fuego sagrado», a un Sócrates que aprende a cantar en los días que anteceden a su injusta muerte, a un Séneca que se abre las venas cuando constata el fracaso de su labor pedagógica con relación a Nerón, o a un Catón que proclama que «jamás está más acompañado que cuando está solo»).
Desde luego que las reflexiones adelantadas sobre lo que pudo pretender Heráclito al formular la proposición nos siguen sirviendo todavía, pero parece obligado aditamentarlas con aquellos criterios que hoy podrían salimos al paso a la hora de interpretar y actualizar dicha proposición, pues de la misma manera que, con respecto a la Historia, Gadamer asevera que «debe escribirse desde cada presente», así también aquellas reflexiones que el saber filosófico ha proclamado en sus momentos excelsos, y pocas dudas puede haber que el de Heráclito fue uno de los más señalados, hay que proceder a releerlos, a repensarlos (a esto responde el presente libro), no sólo para perseguir su mantenimiento (sin hitos no hay camino), sino además para hacer llegar a ellas la savia de los nuevos tiempos, como tan felizmente reflejaba la estampa de la Querelle des anciens et des modernes en su imagen de «enanos a hombros de gigantes».
Vivimos en un mundo quizá excesivamente racionalizado, en el que lo que no responda a módulos preestablecidos, no se desarrolle de acuerdo a rigurosos procedimientos y no alcance metas estandarizadas, parece constituir una anomalía a denunciar y a desechar. Lejos de mi ánimo criticar la racionalidad, la acomodación de los medios a los fines y la persecución de lo que, con tanto tino, Max Weber llama «tránsito de la cultura mágica a la cultura dominada por el cálculo lineal», pero «nada en exceso», porque el abuso del racionalismo y la pretensión de sujetar los humanos a rigurosas reglas técnicas y criterios de actuación dictados por ese «cálculo lineal» de que nos habla Weber, pueden tener el contraproducente efecto de convertirnos en autómatas, en robots que dejan a un lado un sector vital de la personalidad humana: el sector de las emociones, de la visión romántica de las cosas, del lirismo, de la fantasía y de la presencia de unas cuantas «gotas de irracionalidad» en nuestra existencia. Por ello, aunque bajo ningún concepto reniegue del prodigioso proceso cultural «del mythos al logos», no he dejado de preguntarme en otro lugar (La bendición-maldición del pensamiento) si, con todas las cautelas y prevenciones pensables, no habremos llegado al momento de contemplar un cierto «desandar el camino», una cierta y limitada «regresión del logos al mythos».
Ésa podría ser una visión actualizadora del apotegma heracliano «el sol tiene el tamaño de un pie humano», pues, por su través, cabría introducir en nuestras vidas unas muy convenientes dosis de fantasía, de evanescencia, de ensoñación y de mito, de ese mito en el que están nuestras raíces culturales, que de forma tan peculiar ha modelado al hombre occidental y del que tan ingenua e irresponsablemente renegamos, al juzgarlo como algo «primitivo» que ha arrollado el signo del «progreso» que tan hondamente nos caracteriza. Si llevados por la fantasía y la imaginación, somos capaces de considerar, por más que lo sea poéticamente, que uno de nuestros pies puede tener la anchura del astro-rey, todo un mundo de revelaciones, de viajes singulares y de utopías se abre ante unas vidas que, por mor de querer controlarlo todo, han acabado controlando casi nada, y que, en aras de un exceso de racionalidad y control, terminan por dejar de volar, según recomendaba Píndaro, como el águila lo hace en la inmensidad del éter azul.
Cuando nada menos que en relación con el sol, por más que simbólicamente, somos capaces de admitir con Heráclito que una parte de nuestro cuerpo, el simple pie, puede igualarlo en anchura, no es una boutade, una extravagancia, una chispa de irracionalismo, una estricta y estéril provocación o un acto de arrogancia, sino muestra importante de que, por un lado, no nos conformamos con los fríos datos que nos suministra la ciencia ni con el efecto domesticador que procura la racionalidad extrema, y, por el otro, que algo muy hondo y particular se ha desprendido en nuestras vidas y echado a volar por cuenta propia: el impulso de no sentirte prisionero en un mundo regimentado en exceso, la rebeldía de querer participar en su proceso que, en tan gran medida, prescinde de nosotros, y, sobre todo, la tentativa de llevar a nuestra existencia el hálito de la esperanza, esa esperanza humana, que, mejor que cualquier otro, ha cantado Bloch, regeneradora que tanto necesitamos.
¿Se trataría, a través de planteamientos como el que queda dicho, de ensalzar al hombre? Sin vanidad alguna, sin egocentrismos y sin propósito divinizador de ningún género, creo debe contestarse claramente que sí. Aprovechar, servirse de Heráclito, de ese filósofo eterno e inmenso que sin piedad castiga la debilidad y los fallos humanos, pero al mismo tiempo alaba sin mesura los rasgos elevados y las posibilidades excelsas de los hombres (el logos), creo supone uno de los mejores tributos que somos capaces de brindar al sophos de Éfeso y uno de los más rendidores beneficios que podemos derivar de él hacia nuestras personas. En la mejor línea clásica y en la más saludable orientación de la philosophia perennis.
¿Y por qué, precisamente, a través del texto que se comenta? No es el único, ya que hay otros textos heraclianos válidos, algunos comentados en este libro y otros fuera de él, pero el mismo nos sirve perfectamente para semejante cometido. Si somos capaces, tal como el pensamiento de Heráclito sugiere, de reducir idealiter el tamaño del más formidable de todos los astros «familiares», el sol, a las proporciones de un pie humano, no sólo, según antes se advertía, damos entrada a la fantasía y soltamos al mito encadenado, sino también producimos en la figura del hombre un estiramiento tan peculiar de la misma que la dota de un aura de dignidad y de un perfume de grandeza muy estimables. El homo humanas, de que nos habla Heidegger, y el «hombre existe como fin en sí mismo», en el sentir Kant, cobran nueva fuerza, se elevan y adquieren distintas proporciones cuando «desafían a los astros», cuando asumen «curso sideral» y cuando abandonan todo prejuicio de cara a estimar que en la inmensidad del universo hay una galaxia, una constelación que podríamos llamar la «constelación humana». Sir Francis Bacon, ese pensador inglés que con tanto acierto desveló algunas de las más importantes claves íntimas de la existencia, escribió en cierta ocasión que «un poco de filosofía aparta de Dios, (pero) mucha vuelve a conducir a Él»; pues bien, cuando somos capaces de «reducir» el volumen del sol a las proporciones que plantea Heráclito, pocas dudas puede haber respecto al hecho de que se ha producido un meritorio ensalzamiento del hombre.
¿Hasta el punto de que ha tenido o puede tener lugar el proceso hacia un gran Cosmos humano que pueda equipararse, nunca contraponerse, al gran Cosmos astral? Quienes hayan leído mis modestas construcciones filosóficas, habrán observado que una especie de «idea fija» se da en todas ellas: el hombre está dotado de un poder tan estremecedor, el que John Dewey ha llamado gráfica y exactamente «poder Todo-Creador y Todo-Perturbador del pensamiento», que de la misma manera que nos ha conducido y conduce a inenarrables catástrofes, nos ha llevado también y nos puede continuar llevando a los cielos de la excelsitud y de la gloria. El pensamiento humano nos abre el infierno bajo nuestros pies, pero al mismo tiempo nos muestra esplendorosamente ese cielo que el propio Dewey, todo un pragmatista, ha llamado el «cielo del pensamiento».
Pues bien, en el interior psico-anímico del hombre, en su mundo de creación y recreación, en su inmensa capacidad de ingenio y figuración, y en la interconexión que se establece entre esa estrella individual de cada hombre y los millones de otras estrellas que suponen los hombres pasados y presentes, surge un extraordinario Cosmos humano que puede mirarse sin desdoro en el Cosmos sideral, e, incluso, sin exageración alguna, al revés. Vengo escribiendo con convicción desde hace años que cuando nuestra fragilidad, limitación y finitud se superan, como de ordinario sucede, con el «viento cósmico» del pensamiento humano desatado, no es que igualemos a las estrellas, sino que, incluso, recreamos el más espectacular, extraordinario e inigualable de todos los mundos posibles: el mundo (rectius los mundos) del espíritu. A semejante propósito, que no es una entelequia sino una gozosa realidad, colabora como pocos el genio de Heráclito, y esta última sentencia suya que hasta aquí nos ha ocupado, representa un impulso tan singular en pro de aquél que bien merece la pena cantarla en los términos que se acaban de plasmar.