12.
«EL CARÁCTER DEL HOMBRE ES SU DESTINO»

Como todos los pueblos de la Antigüedad, también el griego primigenio tenía muy arraigada la idea de que el fatum o destino de los hombres era algo que no construían ellos mismos, sino dependiente del azar, de la voluntad de los dioses o de la fatalidad (de ahí, el término fatum). Semejante contemplación de la vida de los humanos y su decantación al margen de cuál sea su modo de ser, aparecen con claridad meridiana en la Ilíada, donde vemos a los héroes aqueos y troyanos precipitarse o salvarse de la tragedia por intervenciones divinas que quedan lejos de sus designios. Así, Aquiles, «el de los pies ligeros» o «de protectores pies», no puede eludir el trágico sino que pesaba sobre su cabeza, y él es consciente en todo momento de semejante situación. Lo mismo ocurre con Ulises, a pesar de que se le describe como «fecundo en ardides» y hasta de «émulo de Zeus en ingenio». Pero, sobre todo, se muestra imparable en Héctor, al que el propio Zeus intenta salvar cuando «Aquiles lo persigue con rápidos pies alrededor de la ciudad de Príamo», algo que motiva la intervención de su hija Atenea, «la ojizarca diosa», con airadas palabras: «¡Padre del blanco rayo y de la negra nube! ¡Qué has dicho! / ¿A un hombre mortal y desde hace tiempo abocado a su sino / pretendes sustraer de la entristecedora muerte?». Algo que conoce y acepta con calma el propio Héctor al dirigirse a su esposa Hécuba en términos serenos: «Desdichada. No te aflijas demasiado por mí en tu ánimo, / que ningún hombre me precipitará al Hades contra el destino. / De su suerte te aseguro que no hay ningún hombre que escape, / ni cobarde ni valeroso, desde el mismo día en que ha nacido».

Todo está escrito, pues, en el libro de la vida de cada uno, y suceda lo que suceda y háganse los esfuerzos y maniobras que se hagan, nadie podrá eludir su destino, nadie hay que escape de su suerte, pues al Hades se precipita el humano justo en el momento que le toque.

Pero en esta materia, como en tantas otras, el alma griega, al amparo de su poderosa razón, de su logos inabarcable y mutador, había de conocer profundas y significativas mutaciones. El tránsito se realizó de manera fundamental a través de la evolución del dentón. Originariamente, el dentón que sobrevuela al hombres es una especie de divinidad personal (el genius de los romanos) que atiende al cuidado de cada hombre y guía sus pasos («semejante al ángel guardián de los cristianos», dice García Calvo), hasta el punto de que nada bueno puede ocurrir a su tutelado sin su intervención. Así, Hesíodo considera que al desaparecer de la tierra los hombres de la edad de oro (los héroes), «ellos, los santos genios, se llaman sobreterraños, / buenos, amparos del mal, guardianes de hombres mortales, / dadores de hacienda». O Esquilo, cuando contempla al rey de los persas utilizando irresponsablemente a su viejo dentón para adquirir mayor poder y riqueza. En todo caso, se trata de una divinidad exterior que gira en torno al hombre sobre su cabeza, y del que dependen todos los beneficios que el mismo pueda recibir. Como dice Werner Jaeger, «el hombre que ‘tiene un buen dentón’ es, para la masa, el dotado de bienes abundantes y feliz en este sentido».

Semejante concepto religioso, al correr del tiempo y como fruto directo de la creciente capacidad racionalizadora de la psyché griega, había de mutar sensiblemente. La presencia del dentón humano se mantiene, pero se va interiorizando, se va introduciendo dentro del hombre en lugar de girar sobre él, hasta el punto, en palabras del mismo Jaeger, de que «el dentón no es (ya) algo que viva fuera del hombre, sino que la íntima relación que aparece establecida entre lo divino y su acción y el hombre individual como agente del destino, hace que éste forme una unidad con la esencia interior de aquél y con sus especiales condicionalidades». De ahí hasta la concepción de la areté moral interior, por parte de Platón, no hay más que una suave caída natural, que resume a la perfección Aristóteles cuando dice que «la areté es lo único que hace dichoso al hombre». De la divinidad se pasa al hombre mismo, del mundo exterior al mundo interior y desde el destino lejano e inmodificable se accede a otro que acaba por configurar cada humano de acuerdo a su especial modo de ser, esto es, de su carácter personal. El tránsito es portentoso, la dignificación del hombre extraordinaria y el poner la suerte del mismo en sus propias manos significa uno de esos momentos estelares de la humanidad en que la misma reivindica y alcanza máximos protagonismo, independencia y dominio de sí.

Ahora, la realización de cada ser en la vida, el acceso a los logros y la consecución de beneficios de toda índole, en definitiva, su fatum o destino, ya no dependerán de algo superior y ajeno al hombre, sino de sí mismo, de su ethos, de su especial caracterización interior, de su modo de ser, en suma, de su carácter (nous). El cambio de percepción y la mutación de un enfoque vital a otro, se van realizando de manera gradual y lenta, mediante los tanteos de identificar ethos con physis (Plutarco), ethos con tropos (Epircarmo), ethos con nous (Menandro), hasta llegar a la formulación definitiva de Heráclito en el sentido de que «el carácter del hombres es su destino», o, para caracterizar que no estamos en presencia del viejo dentón sino del nuevo interiorizado, en la traducción que también suele hacerse del texto de Heráclito como «el carácter (nous) es el dentón del hombre» (Jaeger), o como «su modo de ser es lo que es para un hombre su genio divino». El carácter humano, pues, el peldaño superior al que accede el hombre en su propósito de controlar su propia vida, es colocado en primer y determinante plano, e, incluso, por una conexión que hace Aristóteles entre los términos griegos carácter (nous) y costumbre (ethos) pasa a configurar el vocablo «ética», algo que sorprende e irrita a Hannah Arendt cuando denuncia que tanto «moral», de origen latino, como «ética» de origen griego, «no debieron haber significado nunca nada más que usos y hábitos» (costumbres sociales, mores maiorum).

Estamos ante un cambio copernicano en la materia de la responsabilidad humana y, por tanto, del protagonismo que cabe o no asignar al hombre en la realización de su propia vida. Se ha pasado del prehistórico criterio de que no es posible atribuir al hombre responsabilidad alguna por las consecuencias de sus propios actos, al histórico parecer de que es su propio carácter el que determina su destino personal, al margen de cualquier intervención divina o cuasidivina, mediante la presencia y actuación del dentón o genius asignado a cada hombre por el azar o los hados. Como escribe con acierto Guthrie, mientras en Homero (y también en Hesíodo) un dentón es el poder externo que controla el destino de cada individuo, en Heráclito dentón significa destino o capacidad de controlar el propio destino, con lo que este filósofo nos está «diciendo de una forma epigramática que lo que acontece a un hombre es responsabilidad suya». Por tanto, como antes se señalaba, el dentón ya no es algo que se halle fuera del hombre para guiarlo y determinarlo, sino que, al interiorizarse, se ha fundido con él, se ha unimismado y hasta cambia su sustancia, porque al pasar a ser el carácter del hombre o modo de ser del mismo, hay que atribuirle el poder de construir su propio futuro, de dar forma a lo que le suceda y, en definitiva, de diseñar su destino. El hombre sale de las manos tuteladoras de la divinidad y se adentra en la jungla de su propia vida con sus solas fuerzas, con sus escuetos brazos y con su estricta condición humana; en adelante, lo que le suceda tendrá una doble caracterización, ya que, por un lado, sólo a él será atribuible, en cuanto ni siquiera cabrá atribuirlo al azar o al sino, y, por el otro, con sus propias manos estará construyendo su destino, en una suerte de ciclópea, trascendental y superior tarea que nos hace pensar en el mito de Prometeo y en una suerte de «divinización humana» al modo que lo considera Ernst Bloch.

En adelante, el hombre caminará sobre sus propios pies, tomará los frutos de la vida con sus propias manos y adoptará sus decisiones con su propia mente, porque todo lo que le ocurra, a él y sólo a él le será imputable. Se habría alcanzado, a través de un poderoso pensamiento racionalizado y racionalizados la independencia humana, en el sentido de que la vida del hombre ya no la diseña ni guía nadie ajeno a él mismo y de que ha tomado en sus manos las riendas de su destino. ¿En qué medida, con semejantes afirmaciones pródigas, se está recogiendo la realidad de la nueva situación o, simplemente, se intenta sublimar y aun utopizar dicha realidad?

Dodds se ha planteado esta situación y pretende bajar los humos significativamente respecto a las pretensiones de encontrar en la fórmula de Heráclito el cambio de rumbo de los griegos en esta materia tan trascendental y definitoria. Resume que en una máxima de tres palabras, «carácter es destino», Heráclito despacha todo el conjunto de creencias relativas a la suerte innata y a la influencia divina. ¿Lo consiguió? El piensa que no, en cuanto con su proclama no alcanzó a debelar la superstición; y, a continuación, explica sus convicciones: «En Grecia, la época arcaica fue un tiempo de extrema inseguridad personal. La gran crisis económica del siglo VII (a. C.) fue seguida por los grandes conflictos políticos del siglo VI. La inseguridad de las condiciones de vida pudo alentar por sí misma el desarrollo de una creencia en los dentones, así como la experiencia prolongada de la injusticia humana pudiera dar origen a la creencia compensatoria de que hay justicia en el cielo. De esta arcaica cultura de culpa surgió parte de la poesía trágica más profunda».

Aunque pueda haber parte de exactitud en la proclama debeladora recién transcrita, hay también otra parte considerable de inexactitud en la misma. Heráclito probablemente no hizo otra cosa que dar salida escrita a una opinión que ya se daba en su época, no vulgarmente, pues la masa nunca se libera a plenitud de sus dioses, sino entre los incipientes pensadores presocráticos, en el sentido de que el hombre pensante evolucionado debía tomar plena conciencia de sí mismo y no trasladar hacia fuera lo que es de su propio y exclusivo dominio. Claro que puede resultar grato y relajante considerar que todo lo que nos sucede nos es ajeno en responsabilidad, por cuanto alguien ha decidido por nosotros, y escasamente podemos con nuestros actos conformar el destino, ya que éste está establecido férreamente desde el mismo día que nacimos (Homero y Hesíodo no se referían tanto a todo lo que nos ocurre durante la vida como al instante mismo del deceso y, en particular, de la muerte violenta en combate, que es la propia de los héroes, pues «no es una ignominia para quien defiende la patria quedar muerto»); como tampoco es ajeno a la situación personal estimar que un genio o dios menor privado nos acompaña y toma las determinaciones más convenientes para nuestro interés, y, en consecuencia, está diseñando nuestro propio destino. Pero ello no es gratis, sino que tiene un elevado precio: el precio de la pérdida de la autonomía e independencia personales, el precio de poner nuestro destino en manos ajenas y el precio de discurrir por la vida como autómatas, en cuanto otros toman las decisiones por nosotros, o, lo que es mucho más grave, es el ciego azar, el oscuro acaso o el ominoso sino, tan cercano al escueto instinto animal, el que resuelve qué cosas nos van a ocurrir y que otras no van a sucedemos, hasta el punto de que se haya podido hablar del «dios Azar que todo lo decide».

Por ello, Heráclito, al proclamar que «el carácter del hombre es su destino», quizá no cambiara las cosas en la realidad griega, y éstas siguieran su curso al margen de lo señalado, pero lo que escasamente cabe negar es que mediante su pensamiento se había dado en esta materia (la del diseño del propio destino) un golpe de timón significativo, y se había producido un punto de inflexión de consecuencias extraordinarias, tardaran más o menos tiempo en materializarse y su implantación fuera más o menos extensa. El golpe de timón y el punto de inflexión consistían en que, al menos para algunos hombres (los que piensan, los que creen en sí mismos y los que no se entregan al dominio ciego de los instintos, de los prejuicios o de la fatalidad), las cosas se iban a producir de manera diferente, pues ya no sería que estarían pendientes de lo que otros seres o la pura materialidad hubiese resuelto por ellos, sino que lo que ocurriera, el curso de las cosas, la exigencia de responsabilidades y la culminación de sus vidas en el destino, estarían determinados, en una medida más o menos importante pero siempre presente, por sus propios actos, por sus determinaciones y por el propósito de dibujar y poner en marcha la idea forjada acerca de su mismo destino. A esto se le puede dar la importancia que se quiera, desde toda la importancia del hombre de pensamiento y del que aspira a diseñar y conducir su destino, a la mínima importancia, propia del «hombre» que reniega del pensamiento emancipador (ése que, según Kant, permitía al humano salir de la propia minoría de edad consentida), se aferra a la rutina, sublima sus prejuicios y no quiere independizarse de las servidumbre que procura el discurrir material y mecánico de las cosas.

Pero es que hay más, pues el pronunciamiento de Heráclito abrió las puertas a un modo de contemplar la realidad que aunque, ni en Occidente mismo, nunca fue general y total, y ha estado sujeto en todo momento, y continúa estándolo, a todo tipo de concesiones, de retrocesos y aun de negaciones, ha supuesto, nada más y nada menos, que el innegable progreso del hombre en su milenaria marcha desde la animalidad a la humanidad y, dentro de ésta, del homo barbaras al homo humanas, tal como hemos tenido ocasión de considerar con antelación. Si ese progreso ha consistido, según piensa Hegel, en el incremento de «la conciencia de la libertad», y si ese progreso, pese a todo, se ha mantenido y continúa presente, algo tendrá que ver el que alguien, allá en los inicios de la especulación presocrática, proclamase que la forma de ser del hombre, su carácter, era el instrumento fundamental para la realización de su propia vida y para consumar su destino.

Por ello, quizá será oportuno realizar una serie de puntualizaciones al respecto. En primer lugar, que los hombres al nacer no somos asignados a una divinidad tuteladora que guiará nuestras vidas en un sentido o en otro, sino que aparecemos insertos en una sociedad concreta que nos va a aportar directrices básicas para nuestro desarrollo. En segundo término, que junto al factor familiar-social hay un componente individual, a la manera del suelo fértil que recibe la semilla exterior, que tiene importante participación en la puesta en escena del carácter del hombre. En tercer lugar, que semejante simbiosis fructifica en la producción de una determinada personalidad que se halla adornada por unas notas definidoras peculiares. En cuarto término, que a partir de ahí y mediante el instrumento de su carácter, el hombre va desarrollando posibilidades que acaban por conformar su destino, y, de esa manera, es cierto que cada uno de nosotros, día a día, vamos materializando la obra de nuestra propia vida a través de tirar del hilo del futuro. Y en quinto lugar, que con indiferencia de que al carácter del hombre se lo nomine nous, más cercano al pensamiento, o ethos, más próximo a la acción, lo cierto es que constituye el cincel con el que cada uno de nosotros vamos tallando la figura de nuestra propia persona, y, por tanto, prefigurando el destino.

Advertidas estas circunstancias y situada la materia en el marco que le sirvió de matriz configuradora, parece obligado que la siguiente tarea haya de consistir en preguntarnos en qué medida se mantiene la sentencia heracliana y qué aspectos deben resaltarse u oscurecerse para interpretar, trasladar y adaptar la misma al hombre moderno, en particular al hombre occidental de nuestros días. La empresa no es sencilla, porque en la misma se entrecruzan aspectos recibidos de nuestra matriz clásica, con tensiones generadas por un tipo de vida que se ha alejado sobremanera de los ideales que en otro tiempo influyeron decisivamente en el dibujo de la personalidad humana. El hombre-masa de nuestras sociedades, la desaparición casi total de aquellos matices que diseñaban la particularidad, el vertimiento excesivo hacia lo material y el ritmo trepidante de unas vidas que se consumen a toda velocidad, quizá no constituyan las mejores circunstancias para avistar el carácter medio del hombre de hoy, y, menos todavía, para tomar conciencia de que, por su través, estamos construyendo nuestros destinos. Aparecemos tan lejanos de aquellos aspectos que engrandecían y tensionaban positivamente a la vida de nuestros antepasados grecorromanos, que a veces se tiene la tentación de reconocer con Sartre que «la esencia del hombre es carecer de esencia», que el carácter individual identificable es una quimera, y que el destino del hombre es, precisamente, no tener destino alguno. Materiales con los que no resulta sencillo la percepción y el mantenimiento del pensamiento de Heráclito.

¿Deberíamos, en consecuencia, prescindir de él? Durante siglos, el hombre occidental ha visionado su futuro a través de una lente religiosa que lo acercaba a una oportunidad de vida ultraterrena superadora y generaba en su alma el preludium vitae aeternae de que nos habla san Agustín, algo que el antecesor hombre clásico no tuvo nunca, y sustituyó de manera muy cumplida a través de la inmortalidad cuajada en el buen nombre conseguido y en el recuerdo de las generaciones venideras. Nosotros, en una medida muy importante, no tenemos ni una ni otra visión, ya que, por un lado, hemos perdido o severamente disminuido la concepción religiosa sobre la vida en el más allá (Richard Rorty se lamenta del «mundo que perdimos cuando perdimos la religión de nuestros antepasados»), y, por el otro, no hemos sabido construir el sucedáneo de la vida eterna a través de la memoria de quienes nos han de suceder en la presencia terráquea. Es decir, que hemos renunciado a un tiempo al «regazo de Dios» y al «regazo de los hombres», por cuanto nos estamos moviendo en senderos que nos apartan de la divinidad y al mismo tiempo nos alejan también del calor humano que procura el vivir en el recuerdo de quienes han de seguirnos en este mundo.

En estas condiciones, considerar que cada uno de nosotros elaboramos en nuestra vida interior una forma de ser o carácter al que corresponde la tarea de dar cuerpo a nuestro propio destino, puede sonar a pretencioso, irreal y hasta temerario, pues ¿con qué materiales a nuestra disposición iríamos formando semejante criatura decisoria y cómo encaminaríamos la misma hacia la vacía estancia del destino, del fatum? Heráclito lo tenía más fácil porque avistaba dentro de sí una fuerza interior que laboraba en pro de ir cuajando un mosaico de posibilidades, un conjunto de sucesos y un abanico de decisiones que, casi indefectiblemente, debían conducir a configurar el propio destino. Aunque alejado de la participación divina en semejante menester, y por más que cercano al parecer de Demócrito en el sentido de que «el alma es la residencia del destino», dejaba traslucir un poso de identificación con el todo y hasta de panteísmo que le facilitaba sobremanera la misión de alcanzar el destino a través de la configuración anímica del hombre. Aristóteles cuenta al respecto la anécdota de que habiendo viajado a Éfeso unos estudiosos extranjeros para conocer a Heráclito, se sorprendieron grandemente al encontrarlo calentándose en la cocina de su casa («como cualquier otro») y al escuchar que los invitaba a entrar en la misma, «porque también aquí están los dioses».

El hombre de hoy ya no puede mostrar estas afinidades, confianzas y aproximaciones, porque se ha alejado tanto de todo lo que suponga identificación con lo etéreo que vaga por un páramo del que escasamente puede extraer algún nutriente para su alma. Habiendo transformado, como advertía Jaspers, «el tiempo en prisa», habiendo muerto en él la virtud de la paciencia, prisionero de la «niebla silente» del aburrimiento omniabarcante, y padeciendo la grave anomalía de que «lo que más merece pensarse en nuestro tiempo es el hecho de que no pensamos» (Heidegger), se entiende sin mayor problema que padezcamos unas carencias, luchemos por unas cosas y contemplemos nuestros futuros de una manera tan particular que hagan harto difícil la configuración de un carácter singularizado, dentro de cada uno de nosotros, que permita concluir que en el mismo se sustancia, cuaja, forma y expresa el propio destino. El filósofo Jaspers citado advertía que «el dentón es el yo mismo, el que soy en verdad, pero a quien no conozco».

¿Todos los hombres tienen carácter propio? No es pregunta de sencilla respuesta, ni cabe bordearla acudiendo a planteamientos como los que utilizaba el obispo Berkeley cuando decía «todos los hombres tienen opiniones, pero pocos piensan», que, por nuestra parte, hemos tratado de invertir en el Glosario filosófico, ni, quizá, admita contestación contundente positiva o negativa. Ocurre al respecto algo parecido a lo que nos sucede cuando nos vertimos a considerar el pronunciamiento de Terencio «el estilo es el hombre», ya que el interrogante que nos asalta de inmediato es el de ¿pero todos los hombres tienen estilo?

Desde una posición generalizadora, humanoide que no humanista, y ciertamente simplista, la respuesta a la pregunta recién formulada sobre si todos los hombres tienen carácter parece obligado debe ser sí. Igual que todos pensamos, tenemos nuestro estilo propio, estamos dotados de alma y desarrollamos una vida espiritual, poseemos también un determinado carácter, y, en este sentido se explica que algunos autores (por ejemplo, nuestro García Calvo) hablen del carácter del hombre como equivalente a temperamento, «el temperamento se convierte en divinidad», ya que todos tenemos temperamento, igual que albergamos riego sanguíneo, función de pensar o tracto hepático o renal. Paralelamente, si cada uno de nosotros estamos dotados de un específico carácter, desde el momento que se admita, con Heráclito, que «el carácter del hombre es su destino», habrá que concluir también que todos estamos abocados a nuestro destino particular.

Y esto último es cierto en sentido material, ya que nadie elude su proceso vital, deja de hacer determinadas cosas, no se ve inmerso en concretos acontecimientos y no acaba sus días cuando nos visita la ominosa muerte. Pero no es cierto o, al menos, está permitido dudar de su certeza plena en el plano espiritual, que en el mundo intelectual, en el universo de las posibilidades anímicas de los hombres y en la que con tanto acierto la sensible filósofa Hannah Arendt ha llamado «vida del espíritu», quepa afirmar que todos tenemos un destino que emana de nuestro mismo carácter. Jamás un clásico grecorromano habría llegado a conclusiones similares, porque para él, estilo, vida espiritual, carácter, mundo anímico y destino no cabía entenderlos de modo diferente al de considerar que los mismos, en su recto sentido y significado, quedaban circunscritos y reservados a pocos, en realidad a muy pocos hombres, pues entonces igual que hoy, aunque quizá hoy de manera mucho más acentuada, muchos seres humanos tenían almas bárbaras, y ya sabemos que «los ojos y los oídos son malos testigos para quienes tienen almas bárbaras» (Heráclito). Igual que Bías de Priene, uno de los Siete Sabios, consideraba que «la mayoría de los hombres son malos», e igual que Juvenal aseveraba que «ciertamente, raros son los buenos, su número apenas alcanza las puertas de Tebas o las bocas del abundante Nilo», así también los hombres dotados de una recia personalidad, esos hombres que, al decir de Aristóteles, han realizado algo sobresaliente y «son palmariamente melancólicos», aquéllos que tienen una vida espiritual rica y desbordada, constituyen una pequeña minoría, un reducido círculo de seres humanos sobresalientes que ejemplifican con su existencia y acceden en buena medida a la inmortalidad en el sentido heleno-latino en que ésta era considerada.

¿Ocurrirá lo mismo hoy entre nosotros? Casi recién leída esta pregunta, parecen escucharse voces airadas que reclaman a la misma ser ajena a las elementales prescripciones democráticas, resultar atentatoria de los derechos humanos fundamentales y estar teñida toda ella por el ocre color de un factor discriminador, elitesco y aristocratizante. No es, empero, prudente precipitarse al respecto.

En efecto, aunque la democracia sea, en definitiva formulación de Abraham Lincoln en 1865 en Gettysburg, «el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo», nadie desconoce que en el seno de la misma se mueven elementos, factores y segmentos de clara diferenciación y supremacía de unos hombres sobre otros, porque ésa es la condición humana, lo mismo en tiempos de Pericles, que atribuía a unos pocos la alta misión de elaborar las políticas, que en los de Schumpeter, para quien el gobierno democrático no es la ausencia de élites, sino la lucha entre éstas por el acceso al poder; y es que, en palabras de Charles Taylor, «la democracia occidental jamás estuvo escrita en los genes». Otro tanto ocurre en relación con los hoy justamente omnipresentes derechos humanos, porque los mismos no dan lugar a una igualación obligatoria y esterilizante, sino tan sólo a la exigencia de unas condiciones que permitan a los hombres partir de una plataforma común (el principio de igualdad de oportunidades), y luego sean su capacidad, su esfuerzo y su legítima ambición los que den lugar a escalar las distintas posiciones que los mismos adquieran en la vida (no hay mayor desigualación y mayor imposible que intentar igualar forzadamente a todos los hombres).

Por todo ello, pienso que, rectamente miradas las cosas, igual que en otro lugar (Glosario filosófico) intentábamos darle la vuelta al apotegma de Berkeley «todos los hombres tienen opiniones, pero pocos piensan», por el de «todos los hombres piensan, pero pocos tienen opiniones», en razón de que la tenencia de una función espiritual no garantiza, ni mucho menos, el acceso a los mejores frutos de la misma, aquí también cabría ensayar una suerte similar; todos los hombres tienen temperamento, esto es, una determinada manera de posicionarse vitalmente o de ostentar condiciones humanas propias de la especie, pero carácter, ese modo de ser que singulariza a unos hombres y les imprime una condición o les otorga una vitola que permite su neta diferenciación de los demás, eso es un privilegio no al alcance de cualquiera, sino de aquellos pocos a los que el dens sive natura de Spinoza, sacado del contexto, permite atrapar la singularidad, la neta diferenciación y la condición de, como dice Aristóteles, «ser humano sobresaliente».

Y es que de la misma manera que Pericles en su Oración fúnebre abría las puertas del régimen democrático de Atenas a todos sus ciudadanos, que podían participar y juzgar las políticas, pero sólo unos pocos, los más entregados, los más capaces y, en definitiva, los mejores debían ser los que accediesen a la gobernación de los «asuntos de la polis»; así también, en el plano humano general, únicamente respecto a aquellos hombres que alcanzan la excelsitud, escalan las mejores alturas de la mente, destacan por sus realizaciones (Aristóteles hablaba de haber hecho algo sobresaliente en la filosofía, en la política, en la poesía o en las artes plásticas, a las que hoy, indefectiblemente, habría que añadir la ciencia y la tecnología), y muestran a plenitud que han sublimado la condición humana, cabría señalar que tienen carácter, es decir, una cualificación tal que sirve para individualizarlos, diferenciarlos y singularizarlos en el seno de la sociedad que los acoge. Curiosamente, aunque hoy se haya superado la concepción griega de un dentón exterior o interior al hombre que lo condicionaría en tan fuerte medida que cabe hablar de «el carácter de un hombre es su parte inmortal y divina» (Guthrie), con la posición que hemos esbozado líneas arriba, por más que nos hallemos fuera de esa visión helena tan particular que, incluso evolucionada, era capaz de decir por boca de Marco Aurelio, «basta al hombre estar con el dios que reside en su interior», no acabamos de desgajarnos del todo, aunque profundamente secularizado, del magma griego en esta materia, ya que, aunque leídas de otra manera y dotadas del sentido propio de nuestro tiempo, siguen estando presentes y merecen reflexión las siguientes palabras de Platón en la República: «No seréis escogidos por un demon, sino que lo escogeréis vosotros. Cada uno elegirá un modo de vida, al cual quedará necesariamente ligado. La responsabilidad es de quien elige. Dios está exento de culpa».

Bajo semejante referencia, resulta difícil adoptar una posición respecto al carácter del hombre diferente de la que acabamos de anunciar nos parece es la propia en nuestros días. Ese hombre concreto que se posiciona en la vida asumiendo un determinado cometido, aspirando realizar cosas de cierta envergadura, diferenciándose del común y trazando su propio camino vital, al igual que el hombre de Platón que elige su demon responsablemente y el «hombre melancólico» de su discípulo Aristóteles, es un hombre que ha encendido una luz especial, está dotado de una llama orientadora, y adquiere un carácter que lo predetermina hacia su destino, destino que va ínsito y emana de manera natural precisamente de ese carácter que lo alumbra, ya que «carácter es destino».

Si las cosas funcionaran de la manera que proponemos deberían apurarse hasta sus últimas consecuencias. Si sólo unos pocos hombres tienen carácter, por más que todos estemos dotados de temperamento, y es en función de dicho carácter cómo se condiciona el destino, parece debería concluirse que únicamente aquel selecto grupo de los que tienen carácter estaría construyendo su propio destino o, quizá, de manera lógica más rigurosa, sería el exclusivo grupo abierto a la consecución de un destino. Igual que antes respecto al carácter, suena duro y aristocratizante reservar el destino a unos pocos privilegiados. No vamos a repetir argumentos, pero sí a puntualizar algunos extremos particulares.

Destino, en el sentido de que nos ocurran determinadas cosas que al final de la existencia quepa compendiar en un «así fue su vida» o «esto fue lo que hizo», tenemos todos, salvo el que muere al nacer o no alcanza la edad de la independencia mental. De una forma u otra, todos hacemos determinadas cosas, enfrentamos retos, asumimos proyectos y conocemos el éxito o el fracaso en nuestras realizaciones, pero ¿cabe decir que ello es el destino de un concreto ser humano? Pues sí y no. Sí, desde el ángulo de que cada vida es una vida singular e irrepetible, incluye un propio camino que uno debe transitar y se consuma en un conjunto mayor o menor de actuaciones y de resultados. Y no, desde el punto de vista de esos millones de vidas «iguales», que no contienen factores de singularización suficientes y destacados, no descuellan de lo anodino e intrascendente, y acaban como previsiblemente se sabía iban a acabar, porque difícilmente cabrá hablar de destino respecto a quien no se plantea construir, diseñar, formular o realizar algo que descanse en su propia singularidad, arranque de sus propias fuerzas y persiga la actuación diferenciada. Cuando Julio César, en Gades y ante el monumento funerario a Alejandro Magno, reflexiona sobre la vida de uno y otro, y, acongojado, lamenta hallarse próximo a cumplir cuarenta años y no haber hecho todavía nada para merecer la inmortalidad, está representando de la mejor forma gráfica posible lo que se comenta: que tiene un nivel de exigencias, un ansia de realizaciones y unas aspiraciones vitales que, entonces como ahora, no cabe nominarlas de otra manera que no sea la del término «carácter» (nomina numina). Cuando se está adornado de tal condición o cuando se posee semejante circunstancia, ¿qué duda puede haber de que en su seno y por obra de ella misma se está forjando el «destino» de su titular? Ese Julio César que se lamenta y abruma, lo hace, precisamente, porque tiene «carácter», y porque tiene carácter, está abocado a un «destino», que emana naturaliter de semejante condición que lo adorna, pues de la misma manera, pensamos, que sólo en condiciones muy específicas y determinadas cabe hablar de hombres dotados de carácter, así también respecto a los mismos cabe decir que están abocados a su destino y que éste, en buena medida, es obra, fruto y conclusión de aquél. Mientras todos los hombres tienen temperamento, que atañe al cuerpo, tan sólo unos pocos tienen carácter, que concierne al alma.

Respecto al común, aunque, como decíamos, de ninguna manera sería posible decir que no cumplieron su vida, plasmaron determinadas cosas y aspiraron a otras también señalizadas, en cuanto no provistos de carácter sino de mero temperamento, no cabe atribuirles destino, sino tan sólo realización de su vida, agotamiento natural y conclusión de sus días de acuerdo a estereotipos que no son de su propia instauración sino comunes y mecánicos. Nemo dat quod no habet, y, en consecuencia, si «el carácter del hombre es su destino», de la misma manera que el hombre adornado de carácter tendrá también destino y éste emanará de la simple actuación de aquél, pues viene impulsado y caracterizado por su impronta, así también cuando no se ostente carácter el destino desaparece, ya que el mero temperamento no es suficiente para impulsarlo, y lo que se produzca fruto de su presencia no tendrá la entidad precisa como para que pueda caracterizarse de «destino». Carácter y destino, destino y carácter, son partes de un todo, piezas complementarias de un conjunto que sólo puede darse cuando las dos resulten plenamente operativas, ya que sin carácter no hay destino y sin destino no es posible contemplar la presencia del carácter. Guardadas las oportunas distancias, casi cabría hablar de «completud» en el supuesto que nos ocupa, ya que la misma, según nos enseña el «dulce profesor» Kant, no es otra cosa que la «interconexión de los conceptos dentro de un sistema».

Y en esto, aunque pueda parecer un tanto paradójico, quizá sea en la filosofía pragmatista americana, ésa que la refinada philosophia pe-reunís europea, podríamos decir, recordando a Antonio Machado, desprecia en la misma medida que la ignora, donde encontremos algunas de las muestras más destacables de lo que venimos diciendo y sosteniendo. Cuando Ralph W Emerson nos dice que «la mayor empresa que tiene ante sí el mundo, por su esplendor, por el ámbito que abarca, es la formación de un hombre», o «siempre hay lugar para aquello que es superior»; y cuando el maestro pragmatista John Dewey revela que «cada espíritu construye para sí una casa, y más allá de esta casa un mundo, y más allá de su mundo un cielo»: ¿a quiénes se están refiriendo, a quiénes aluden, a los hombres en general e indiscriminadamente o a aquellos selectos hombres que se han impuesto el reto de la superación?, pues ellos son norteamericanos e igualitarios (Alexis de Tocqueville, con visión profunda y anticipatoria, decía en la década de los treinta del siglo XIX que «los Estados Unidos no necesitaron hacerse iguales porque nacieron iguales»). A mí me parece que a los segundos y no a los primeros, ya que los humanos que están abocados a la consecución de esos altos objetivos que enuncian Emerson y Dewey, desgraciadamente, no podemos ser todos, no es posible se extiendan a todos y cada uno de los miembros de la especie, sino tan sólo unos pocos, unos cuantos ejemplares aislados que se marcan en sus vidas unas aspiraciones, unos desafíos y unas metas que, con toda evidencia, trascienden al común y dan lugar a la conformación de un grupo selecto, conductor, ejemplar y ejemplificante, privilegiado y diferenciado. Considerar, tal como defiendo, que cada uno de ellos está provisto de «carácter» y que en función del mismo construye su «destino», no creo suponga vulneración esencial del pensamiento de Heráclito «el carácter del hombre es su destino», ni tampoco exceso de interpretación y de adaptación cuando sostengo que así debe contemplarse en los actuales tiempos a la hora de aplicarlo a nuestras vidas.

Y llegados a este punto, ya sería posible terminar el comentario interpretativo-adaptativo del texto de Heráclito. Pero, pienso, pueden hacerse todavía algunas añadidos clarificadores. Se ha visto en el mundo griego cómo de una posición fatalista, en la que nadie hace nada ni le sucede nada que no esté predeterminado por su destino, que, de ordinario y respecto a los más señeros héroes, trazan los propios dioses, tal como vemos en Homero y Hesíodo, se pasa a otra, en la que las determinaciones humanas se atribuyen o cobijan bajo la divinidad personal o dentón que sobrevuela a cada persona, y aun a una tercera, en la cual del dentón se ha interiorizado y transformado en el carácter del hombre, algo esto último que cristaliza con nitidez en Heráclito en el pasaje que estamos estudiando: «Heráclito ve correctamente —escribe Gadamer al respecto— que el destino humano no está troquelado por la guía de un dentón, sino por la que cada uno lleve de su propia vida (ethos)».

Así había de continuar después, tras los mundos heleno y latino, en el universo cristiano, bajo el nuevo imperativo de que cada uno responde de sus propios actos y labra su destino según cuál sea su forma de ser y de comportarse. Pero no se crea que el pasado estaba definitivamente arrumbado y ya no iba a reverdecer jamás, pues de manera periódica levanta cabeza y consigue dotar de vida a sus viejos predicados. A este respecto, la Reforma protestante, que tan favorables efectos tuvo en algunos aspectos del «despegue» humano (por ejemplo, creando la figura del «discrepante legítimo» o consagrando la fórmula «se deben tener los mismos derechos públicos aunque se profesen creencias distintas»), nos proporciona distintas muestras de ese reverdecimiento de la vieja idea de que no debe hacerse al hombre responsable de su propio destino. Así, el calvinismo y, en general, todas las corrientes protestantes fundamentalistas, sostuvieron que el destino humano, en especial la determinante salvación o condenación del creyente, no está sujeta a los comportamientos del hombre, ni éstos son algo respecto a los que el mismo posea libertad absoluta de elección, sino que está predeterminada desde el instante mismo del nacimiento. Dios estatuye al nacer quiénes se salvarán y quiénes se condenarán, y, en consecuencia, de poco servirán los esfuerzos para mutar la determinación divina; con la circunstancia añadida de que semejante resolución de Dios se manifiesta en la vida de los elegidos a través de signos visibles e indicadores, tales como la voluntad de trabajo, el espíritu emprendedor y el éxito en las actividades económicas, que tan bien supo captar y reflejar Max Weber en su importante obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

En nuestros días y en Occidente, en un ambiente en el que se han enfriado sobremanera los ardores religiosos tradicionales y el hombre se desinhibe de tantos clichés, a la par que cae bajo los dictados de las modas y captaciones publicitarias más variadas y extravagantes, también en la materia que nos ocupa («el carácter del hombre es su destino»), de manera constante, se observan reflejos de las viejas concepciones que van desde el fatalista e inmodificable «todo está determinado por el destino», hasta la adscripción a movimientos religiosos, posturas éticas o amalgamas mágico-esotéricas que dotan a sus seguidores, ora el concurso de divinidades y genios menores, ora la ilusión de una portentosa personalidad capaz de recrear el universo entero, ora la aceptación de que somos míseras hormigas que escasamente alcanzamos a mirar al cielo.

Dentro de ese maremágnum de prédicas orientalistas en su gran mayoría, muchos occidentales, esnobistas unos y sinceramente convencidos otros, arrancan de su personalidad histórica, a la que tanto ha costado alcanzar el logro de que «el hombre haya conseguido por primera vez caminar sobre su propia cabeza» como dijera Hegel, trazos, escamas, cortezas y adherencias de diversa clase, y, entre ellas, ese factor tan esencial y apreciable, que a partir de Heráclito asumimos, consagrado en la máxima «carácter es destino», esto es, que en medida apreciable el destino de las personas capaces de tenerlo se lo construyen ellas mismas, simplemente poniendo a operar su propio carácter. Renunciar a esta «conquista», dar pasos atrás respecto a ese «logro» y volver a extraer del hombre la convicción de que al menos algunos alcanzan a fabricar su destino mediante la puesta en marcha de sus más entrañables determinaciones, no es algo que merezca ser alabado y, mucho menos, imitado. Y es que, con frecuencia, ante el desbarrar, la poca altura y la desorientación creciente que nos invade, en ocasiones resulta difícil no suscribir la cínica observación de Chesterton, «la inteligencia existe incluso en la intelligentsia», y no coincidir con su demoledora afirmación «los tiempos modernos se han vuelto insoportablemente estúpidos para las personas inteligentes».

Otra consideración final que considero debe hacerse en relación con la operatividad actual de la fórmula heracliana, en sentido diametralmente opuesto al que se acaba de exponer, es la referente al sobredi-mensionado que siempre se ha hecho de aquélla, hasta el punto de que, en ocasiones, se sobrepasa con notorio exceso los naturales límites de la misma. Me refiero a lo siguiente: cuando en nuestros días se gozan-padecen los efectos de concepciones enaltecedoras de lo humano que beben en fuentes tan exultantes como las de «el hombre es un fin en sí mismo» (Kant) o «el hombre es lo único existente» (Heidegger), se explica que en la materia que nos ocupa haya quienes consideren que en la construcción de nuestro propio destino sólo opera la persona concreta que lo está haciendo, y tan sólo hay que contar con la disposición interior, con nuestro carácter o modo de ser que nos lleva a hacer algo en una dirección o en la contraria.

Si bien la postura antes comentada merece crítica y abandono por su carácter derrotista y por renunciar a uno de esos grandes logros que el hombre occidental ha alcanzado tan trabajosamente, nada más y nada menos que, en cierta medida, hacernos dueños de nuestro propio destino, ésta que ahora pasamos a considerar, la de que el hombre levanta con sus solas manos el edificio de su futuro, también adolece de severos defectos e insuficiencias, en especial, los de arrogancia, desmesurado optimismo e ingenuidad.

En primer lugar, porque nuestra propia vida es menos nuestra de lo que tendemos a pensar. Otros muchos seres nos acompañan en el desenvolvimiento de la misma y nos reclaman con justeza porciones importantes de su totalidad. Personas ligadas a nosotros con uno u otro afecto, desde las que amamos y nos aman con amor erótico, filial, paternal o fraternal; amigos que se consustancian con nosotros y con los que nos consustanciamos; enemigos, adversarios y contrarios, con los que peleamos, perseguimos, hacemos centro de nuestra venganza y procuramos vencerlos; compañeros profesionales, de partido, ideológicos, de religión o de doctrina, que, voluntaria o involuntariamente, destilan sus efluvios hacia nuestra persona: todos y cada uno de ellos forman parte de una inmensa malla de relación de la que extraemos po-sicionamientos, reacciones, conductas y actitudes que tanto tienen que ver en el moldeamiento de nuestra personalidad.

En efecto, el destino de todas y cada una de las personas que, por estar dotadas del pertinente carácter, proceden a su elevación, en ningún caso sería el mismo del que acaba siendo sin la presencia y concurso, en lo positivo y en lo negativo, de ese conjunto de seres, incluidos los que pueblan el mundo de nuestros sueños nocturnos, que consciente o inconscientemente nos aportan tantos materiales, inciden en una determinada dirección, nos apartan de otra o coadyuvan en la instauración de una tercera. El destino es nuestro, pero, como decimos, menos nuestro de lo que pudiera parecer, e, incluso, de lo que en tantas ocasiones se está dispuesto a reconocer o asumir. Lo admitamos o no, en nuestras vidas somos tributarios de tantos otras vidas ajenas, dependemos en tal medida de los demás y succionamos con tal fuerza las vivencias de otros, que lo verdaderamente sorprendente sería que fuésemos capaces de construir esa «casa» de que nos habla Dewey con nuestras solas fuerzas.

Y, en segundo término, porque, junto a los que nos rodean y rodeamos, y a nosotros mismos, está un tercer «personaje», un omnipresente y todopoderoso factor que incide de manera inexcusable en nuestras vidas y, por tanto, en el destino de aquellos que merecen tenerlo stricto sensu: el azar, suerte, acaso o sino. En qué medida la vida humana está configurada por el azar, no es posible determinarlo y, menos, predeterminarlo, pero pocas dudas puede haber de que el mismo resuelve, de esa forma ciega e insensible con que opera la naturaleza, en numerosas ocasiones aspectos de nuestras vidas que no acertamos, no supimos, no queremos o no llegamos a resolver. Aunque es obvio que nadie puede confiar su existencia al azar, ya que si lo hiciera esa existencia dejaría de ser humana, lo cierto es que en muchos casos nos atribuimos hazañas que no son nuestras, sucesos en los que no participamos y acontecimientos que «cayeron del cielo»; y, en consecuencia, en tales supuestos, aspectos que pueden ser las claves de nuestra personalidad y piedras sillares de nuestro propio destino, no son creación personal, no son obra de un determinado carácter, ni proyección vital de un modo de ser específico, sino tan sólo circunstancias fortuitas que el poderoso dios Azar ha depositado en nuestras vidas. Cuando impotentes, fracasados o desesperados nos acogemos al «que sea lo que Dios quiera», debemos saber que estamos delegando la edificación de parte de nuestro futuro o destino a la casualidad, al ciego discurrir de los acontecimientos.