De noche el fuego en la cabaña se contempla en la mirada de tierra. Engastado por el silencio el gran ballet de palmeras susurra en el joven aire danzante.
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Encopetada de bambúes mi salvaje cabeza de montaña choca un sueño de nube y observa al colibrí —suspendido en su vuelo— zambulléndose en un maelstrom de follaje.
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Pelaje arborescente de la tierra destripada abanico de deseo impulso de savia[2] sí es la rueda de pesada hoja en el aire frutado. Interroga a la sensitiva[3] ella responde no pero roja en el corazón de la sombra vaginal reina la flor carnal del balicero[4] —la sangre se ha coagulado en la flor insigne. Lava espermática te ha nutrido modelando el vidrio banal la mano de fuego lo irisa de mortal nácar. La gran mano acaricia el seno del morro a menos que sea tu grupa Venus de antracita ella irrita la crin de las palmeras alza la pluma de los excesos y se desliza bajo el vellón enamorado de la enorme Selva.
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En el cielo de tu frente el grito del flamboyán[5]
En el césped de tus labios la lengua arrancada del hibisco
En el cálido campo de tu vientre los cañaverales coronados de sabor
En los verdores perforados tus ojos de luciérnagas
En tus mamas el mango fino
Tus banianos a las muchachitas
El árbol del pan para todos los tuyos[6]
Y el árbol del veneno[7] para la bestia encasquetada.