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Prefacio

En Martinica, durante la primavera de 1941, nuestro ojo se divide. Se han producido, con el apoyo de una tesis fascinante, retratos extrañamente contrastados de un mismo ser, retratos obtenidos doblando fotográficamente la mitad izquierda y la mitad derecha de su rostro, como si cada una de ellas se reflejara sin corte visible en relación con el eje de la nariz. Recordamos lo que ocurrió, su imagen así tratada, con Paul Valéry y un criminal. Si recuerdo bien, el autor de la comunicación de que se trata[d] creía, en último análisis, poder asignar a los dos ojos del hombre una vida diferente, como si uno estuviera volcado hacia el exterior, el efímero, el social, el otro hacia el interior, el eterno, el individual[1]. Experimentaciones semejantes realizadas en Fort de France sobre André Masson y yo, hubieran sin duda revelado contradictoriamente una expresión de malestar intolerable y una expresión radiante. Tanto como no hay mirada susceptible de abrazar a la vez lo mejor y lo peor, no puede haber lenguaje común para decirlo. Así fuimos conducidos, en las páginas que siguen, a dar una parte al lenguaje lírico, otra al lenguaje de simple información. Fuimos locamente seducidos y al mismo tiempo resultamos heridos e indignados. De allí el uso en voluntaria oposición de esas dos formas que tan bien la unidad de voces pone al abrigo de la discordancia, pero que además están ligadas aquí por intermedio de una conversación entre nosotros donde, si bien nuestro espíritu cede sin reserva a la imantación de un lugar ideal y real, nuestras palabras mantienen el giro a la vez sinuoso y familiar que nos confirma ante nosotros mismos menos preciosamente como artistas que como seres humanos.