LOS CUENTOS CAMBIAN

Los regímenes, en el fondo, son mentiras que se presentan a los hombres para ocultarles sus instintos. En realidad el circo romano había puesto las cosas en su sitio […] Panem et circenses, basta con eso, pan, y luego sangre de los gladiadores, que chorree bien, eso es lo que hace falta […] En fin, todo lo que se da aquí no es… literatura o striptease, es aburrido, eso es. Mientras que con una buena ejecución sí que se vería al pueblo satisfecho…

Louis-Ferdinand Céline

Es sabido que el moralismo es esa pulsión sádica que induce a sus víctimas a guardar sus propios cadáveres en los armarios de los demás. Y también es la única forma de perversión socialmente admitida, capaz de relegar a todas las demás a comparsas en el escenario de los actos prohibidos. El moralismo y la hipocresía, además, son cómplices, y su vínculo indisoluble rige el mundo del prejuicio. El moralista es capaz de dividir el mundo a fuerza de sentencias entre lo que es admisible y justo y lo que es condenable. Pero todo esto presupone la intencionalidad del mal, la programación consciente del crimen, el arrebato innombrable del delito. El moralista confirma su integridad moral acusando a los demás de una voluntad nociva para las personas y para todo el conjunto social.

¿Qué sucede, en cambio, cuando el mal aparece como nacido de la ausencia, de la completa falta de determinación, originado por individuos sin deseos ni conciencia que hacen sus correrías por cualquier parte causando el dolor y la muerte? Podemos llamarles zombis, cuerpos sin alma, asesinos en serie, homicidas de masas, o simplemente el producto de «nuevos escenarios sociales». El resultado es que frente a ellos el moralista pontifica en vano. Frente a ellos se descubre inevitablemente la hipocresía de sus criterios de juicio.

Mientras el delito ha permanecido unido a un móvil se han ocupado de él las páginas de sucesos, la novela negra y sus versiones cinematográficas. Después, en cambio, han sido necesarias nuevas formas de narración para dar cuenta en la imaginación colectiva de la preponderancia simple y originaria de la sangre. Entonces el moralismo no basta, y se revela tal cual es, forma y expresión del poder: un instrumento incapaz de explicar la ambigüedad que hay en el deseo de causar dolor y desgracia, o de contar cómo la indiferencia es el principal ingrediente del homicidio.

En Italia no existe una tradición narrativa que describa la evolución de las luchas confusas y mortales entre los polos opuestos de la vida. Apenas podemos citar a Federigo Tozzi, Enrico Morovich, Pier Paolo Pasolini —aunque en el caso de Pasolini suele prevalecer el compromiso cívico con su clave interpretativa sobre los hechos—, Giorgio Scerbanenco y Beppe Fenoglio. Si retrocedemos más podemos citar a Capuana o a Fucini, pero en todos estos casos, como en otros posibles (quizá con la única excepción de Tozzi y Morovich), prevalece la clave de un realismo social más o menos sombrío, y hay un evidente malestar ante la sangre, con todo lo que ello implica. En una palabra, se diría que no existen los presupuestos de un «imaginario de la sangre», y que el moralismo italiano ha censurado con eficacia toda posibilidad de llevar a la narración los efectos devastadores de las pulsiones primarias.

Qué extraña es la suerte del narrador italiano. Esperamos que nos cuente historias de la vida y que haga encaje con el ganchillo de una sintaxis elaborada, pero debe suprimir la sangre, como si su aparición hiciera que la novela degenerase en crónica de sucesos. Ahora bien, da la casualidad de que la crónica de sucesos es una fuente de historias, y las macabras, negras y sangrientas son las más fascinantes, con su capacidad para organizarse por sí solas formando un entramado misterioso.

Sin embargo, la tradición del relato italiano no las admite en el ámbito de la literatura si no van acompañadas de una interpretación moral o ideológica. De modo que son relegadas al mundillo de las revistas populacheras o, naturalmente, a las páginas de sucesos de los periódicos. Es la nefasta influencia de un pedagogismo perverso, que para evitar el mal censura cualquier forma de relato de la experiencia. En otros países, por el contrario, se ha desarrollado una literatura que con sus relatos ha dado instrumentos al imaginario para ser conscientes de nosotros mismos.

Si somos capaces de afrontar con nuestro cerebro fenómenos como los asesinos en serie o las sectas homicidas, fenómenos que no tienen ninguna posibilidad de ser descritos con eficacia en el ámbito tranquilizador de una rígida red criminal, se lo debemos a géneros literarios como el psico-thriller o el docudrama.

No obstante, en los años sesenta floreció en Italia el cine de género, con autores que, junto al crecimiento económico, lograron desvelar la aparición de pulsiones que acompañaban al nuevo consumo. El cine macabro o thrilling de Mario Bava y Lucio Fulci, hasta Dario Argento, junto con historietas como Diabolik, Kriminal y Satanik, transmitieron al imaginario italiano la idea de que todo tenía dos caras, de que en las promesas de bienestar acechaba la aberración. No bastó para dar a estos temas derecho de ciudadanía en la cultura oficial.

Hoy esa aberración está en su fase fría. Padres asesinados por una simple prohibición o por dinero, la ruleta de las piedras lanzadas desde los pasos elevados de las autopistas, los estupros en grupo perpetrados en las atracciones de los parques, los asesinatos con mutilaciones, las explosiones de violencia contra toda clase de minorías… son gestos carentes de pasión y sentido, actos que rasgan el velo superficial de la normalidad y muestran que sus cimientos descansan sobre un terreno incandescente de inquietud. Pero si el moralismo de la cultura académica ha relegado al limbo las palabras y las historias apropiadas para contar la ambigüedad de lo que nos rodea, decidiendo cuál es el límite entre lo que puede contar un escritor y lo que no entra en su esfera, ¿cómo podremos conservar un recuerdo y elaborar nuestra versión de los hechos? ¿Tendremos que remitirnos al bagaje de lugares comunes de las páginas de sucesos? Esta es la consecuencia del moralismo: privarnos de los instrumentos para entender, de la memoria para recordar.

Por suerte existe una generación de escritores que rechaza la homologación en una narrativa fuera del tiempo, hija del concepto romántico del escritor como artista, y se aventura en las zonas oscuras de nuestra vida diaria, descubriendo en ellas una lengua en proceso de formación que toma sin falso pudor sus palabras de la programación de televisión, la cultura callejera, el cine de género y la música pop. Al reorganizar estos materiales en formas narrativas, estos escritores no se limitan a hacer una imitación vacía de la realidad. Niccolò Ammaniti, Aldo Nove, Massimiliano Governi, Daniele Luttazzi o Andrea Pinketts, como Tiziano Scarpa y otros, se han mimetizado con el tejido narrativo de sus libros hasta confundirse casi con él, dejando que los lectores decidan si sus fantasías, contadas con un lenguaje verosímil, tienen algo que ver con la crónica de sucesos. Pero no hay nada mimético. La ausencia de cualquier tipo de contrato social (todos te pueden traicionar, no te puedes fiar de nadie) hace que estos nuevos autores se sitúen al margen de las convenciones literarias clásicas. El resultado es una escritura de laboratorio que mezcla sustancias muy dispares, como siguiendo la no lección de la «literatura posible»: picaresca estudiantil, eslóganes publicitarios, melodías populares, productos de consumo… todo ello revuelto por lo general con mucha, mucha sangre.

Fijémonos en la trayectoria de los escritores de terror norteamericanos. En el cuento tradicional de terror, el miedo sobrenatural siempre era derrotado, y lo excepcional de la situación era algo momentáneo, en una palabra, la norma social se veía confirmada precisamente gracias a la derrota del elemento sobrenatural. Cuando los escritores de terror pasaron de una escritura esencialmente consoladora y reconfortante a una escritura que ya no buscaba la aprobación de la sociedad, se centraron en la sangre. La sangre como materia de un horror fundamental, comprobación del umbral entre la vida y la muerte. Estos escritores se llamaron a sí mismos splatterpunk (splatter por salpicadura de sangre, y punk por la elección de un antagonismo radical), con lo que se declaraban irreductibles.

Algunos de los autores que participan en esta antología tienen modalidades de relato y motivaciones similares a las de estos escritores norteamericanos, pero los resultados no son nunca de una mera imitación, se nutren de encrucijadas y de la recuperación continua de detritos de sentido que, antes de ir definitivamente a la deriva, son salvados y organizados como lecturas. Los sostiene el ritmo, hasta cobrar la forma insoportable de un ruido. Ammaniti y Brancaccio, Nove, Pinketts, Luttazzi, Massaron, Galiazzo y Caredda han optado por fastidiar, por contarle al lector experiencias desagradables, con personajes antipáticos o traidores. Vemos entonces que el amor, la amistad o el sexo responden a razones distintas, descubren motivaciones inconfesables.

Su escritura es voraz e, insaciable, lo fagocita todo, hasta se traga a sí misma. El resultado es un cuerpo narrativo maltratado, que se difunde a través de los desgarros, listo para generar nuevas narraciones sin estructuras constrictivas. Es un lenguaje que va siempre más allá, y que en este «ir más allá» se libera del pasado, descubriendo nuevos territorios que eliminan los últimos restos de «literatura».

Más que una colección de relatos, esta antología pretende ser la señal de un nuevo rumbo del imaginario, que sale del limbo de la cultura cercado por el moralismo para apropiarse de una lengua sin compromisos.

Daniele Brolli