Andrea G. Pinketts
Diamonds are for never
¿Qué diferencia hay entre un hombre inmaduro y un caqui demasiado maduro? Ninguna, si el hombre se tira de un paso elevado y se despachurra en un suelo acogedor. Se llama suicidio. Suena mal. Mejor «echarse fuera», «echar el cuerpo fuera». Cualquier cosa fuera, antes que guardárselo todo dentro. Y si te tiras de un puente sobre el asfalto, dentro queda muy poco. La materia cerebral es la primera que salta fuera, por fin libre de ser inútil: ¡es primavera! El letargo ha terminado. Es el momento de salir del cráneo de una cabeza de chorlito.
Los coches corrían hacia el fin de semana persiguiendo el tiempo. Clima suave y automovilismos. El auto-inmovilismo es un estacionamiento, la parada en un puerto seguro, la siesta en un puerto de las nieblas a la espera de que se despeje la niebla. El automovilismo, en cambio, pone nervioso. El motor encendido obliga al movimiento, molesta al perro que duerme, aunque esté muerto. Un coche, por lo demás, es bonito, inalcanzable, y virgen solo detrás del escaparate de un concesionario. Lejos de la ciudad dormitorio, hacia el mar. Dejar atrás los autogrill para hacer una parrillada. Playas de Ferrara. Con el buen tiempo, por fin, volverán los mosquitos. Mamá le dijo a Papá:
—Has atropellado un perro.
—Espero que no haya ensuciado el guardabarros, el muy mamón.
El Niño protestó tímidamente:
—Papá, Dylan Dog dice que no hay que abandonar a los perros en la autopista.
—¿Quién es ese Dylan Dog? —preguntó Papá con fastidio.
—Es un tebeo. ¿Será posible que tampoco sepas lo que lee tu hijo? —intervino Mamá.
—Son cosas poco edificantes, cuando yo era niño leía Yacula, Espérmula y Clávala, por lo menos te enseñaban algo.
—Ah, sí, en teoría eres un fenómeno, es en la práctica en lo que estás jodido.
—No, monada, el que te jode soy yo, aunque tú ni te enteras. Te quedas rígida como un cadáver.
Y al cadáver le silbaron los oídos. Sea porque le habían mencionado, sea por el paso a ciento ochenta por hora de un utilitario con el motor arreglado. Las orejas se separaron, divididas por una rueda que pasó por el cráneo. Papá y Mamá siguieron discutiendo:
—¡Me has hecho darme este madrugón para evitar los atascos, cabrona, y aún te quejas!
—Mírale, si será imbécil, uno que suelta un coño cada dos palabras para acabar mamándosela él solo. ¿Sabes que la maestra ha dicho que tu hijo solo destaca en tacos? ¡Tiene a quien salir!
El Niño lo intentó de nuevo:
—¿Verdad que no hay que abandonar a los perros en la autopista?
Papá:
—¡Oye lo que dice, el hijo de puta!
Mamá:
—¿Quién es la puta?
—La que no te lo dice.
—¡Impotente!
—¿Y él cómo ha nacido?
—Con Gino, el de los seguros, ¿te acuerdas?
—¡Zorra!
—¡Cerdo!
—¡Sí, dímelo, que me excito!
Le puso una mano en el muslo. Pararon en el área de descanso. A las seis de la mañana no había ni un perro muerto. Sacaron al niño del coche e hicieron el amor, el horror, el error que les mantenía unidos. Sería la primavera, pero se comportaron exactamente igual que cuando eran novios. La edad de oro, en que los asientos eran solo abatibles y el esperma gran reserva era más embriagador que el champán. Se acabó. De prisa, como siempre. Se claxonaron, se bocinaron, follaron en quinta. Volvieron a cero. No contentos, pero vaciados, o llenados, según el caso. El Niño osó aparecer:
—Bueno, ¿vamos a la playa o qué?
—Sí, monín, basta con que en el colegio no digas más tacos —contestó Papá, rendido y conciliador.
Mamá, jodida y un poco exhausta, también ella era un utilitario con el motor arreglado, le hizo un guiño a Papá en plena broma post-coitum:
—En casa desde luego no las dice, cariño. No puede, las dices tú todas…
El Niño, que estaba hasta las narices, como no podía morder, se limitó a no soltar prenda:
—Dylan Dog dice que no hay que abandonar a los perros en la autopista.
—¿Quién lo ha abandonado? Yo solo lo he atropellado.
Pero no se trataba de un perro. Quizá, como el tipo se había suicidado, antes de saltar se había sentido tan solo como un perro. Pero ahora era un cuerpo, del que salían los órganos tristes como organillos que entonaran un «Cumpleaños feliz» a la impasible, innegable primavera. Luego llegaron los coches. Todavía esporádicos. Los domingueros duermen y tardan en atropellar a los supuestos perros que son cadáveres de suicidas. Un par de pasadas y el cuerpo ya no se pareció a un perro. Se convirtió en un bulto informe. Con el que estaba destinado a tropezarse el autocar que hacía el recorrido entre Milán y Lido della Pentola.
Veinticinco mil liras todo incluido. Salida de la plaza Frattini para recoger a otros peregrinos. Otras dos paradas en Lotto, y en la calle Eustachi, para recoger a los de los pabellones. El plan era perfecto. Apoyarse en la cooperativa de la calle Misurata, donde los borrachos jubilados organizaban excursiones sociales. Una perfecta vía de escape. Otros se habrían largado a Cuba después de robarle todos esos diamantes al hampa. Pero Nico lo tenía bien planeado. Había embaucado meticulosamente a los de la cooperativa y a los hermanos Manzo. Se había propuesto llegar a las playas de Ferrara en autocar, mientras los supervivientes de los Manzo (a dos de ellos les había disparado) le buscaban por los aeropuertos. Luego, desde las playas de Ferrara, se esfumaría pasado algún tiempo. A Gillo Manzo le disparó en un ojo. Con Furio Manzo se había limitado al paquete, a los huevos, vamos. Esos cabrones llevaban tiempo tiranizándole. Un plan perfecto para un psicópata. «Buen chico», decían de él, pero solo los de las afueras. Lo dijeron incluso de Pino La Rana, el que dio el pasaporte a Pasolini, y Pino, después del beso mortal al poeta, había vuelto hecho un príncipe. «¡Ostia! ¿Cómo se les ocurrió pensar en un complot en Ostia?» En Ostia las cosas son como son en Ostia. Nico había nacido allí, en Ostia. En octubre aún era verano, y Nico, con su físico de modelo, siempre quiso largarse, para llegar a Francia o a la plaza de España. El caso es tener para comer. Con sus entradas hereditarias («pareces un lord»), malo de nacimiento, su madre murió en el parto. Nico estaba pensando en la forma de deshacerse de los insulsos pasajeros y del cómplice que conducía el autocar. Una buena hoguera. Un accidente simulado, de modo que Chi l’ha visto? tardara días en identificar los cadáveres, un bonito horno crematorio a sesenta años de distancia. Hasta se había tragado la demostración de una rebanadora, él mismo se había puesto en contacto con la casa. Ahora observaba a esos jubilados idiotas convencidos de que se iban a ir de balde, sin comprar cazuelas y sin acabar fritos. Los odiaba. Le recordaban a sus padres. No veía el momento de acabar con ellos. Más adelante pensaría en lo que haría con los diamantes. Él siempre se salía del cine en la primera parte, si no moría nadie. Los pasajeros eran cantarines. «Romagnaaa miaaaa, Romagna in fiore…».
—Y ahora una demostración de Affettaqua, la mejor rebanadora.
Probó suerte como vendedor. ¿Por qué iba a tener remordimientos? A fin de cuentas, todos ellos estaban con un pie en la fosa: quemándolos les ahorraría a sus parientes el gasto de las flores. Algún imbécil le había comprado una olla al vendedor, un gordinflón de chaqueta roja y pantalones ceñidos. La muerte acaba. No con uno, con los demás. Solo los diamantes son para siempre. Los otros estaban destinados a la incineradora de un golpe exitoso. Él era el hombre de los pantalones ceñidos.
Los diamantes son para siempre, ellos, lo demás muere, como los amores que esperan ser correspondidos. Tino Pepe tenía poco tino. Parecía un tonel, pero le faltaba ese algo para ser simpático, anticonformista y un poco sinvergüenza. Brillante, en una palabra. De profesión orfebre, nunca había tenido problemas para conseguir brillantes y a veces incluso piedras un poco más serias para dárselas a quien, como él, que se untaba los pocos pelos que le quedaban con brillantina, no las merecía. Gente calva, para brindarle Calvados. Dado que, ya sea por timidez, ya sea por lo que él nunca hubiera querido, las únicas chicas, mujeres, personas a las que se atrevía a abordar eran las que estaban en quimioterapia, estaba convencido de que nadie sin pelo rechazaría su obsequio. Se había vuelto muy hábil reconociendo pelucas, peluquines. El sexo daba igual, con tal de que le dieran un beso con sus labios demacrados. La vida da asco. De acuerdo, la muerte es peor. Más o menos como tirarse desde un paso elevado. Nunca sabes bien cómo vas a acabar. Es mejor acechar, sinuoso, a personas cortejadas por la muerte que sin embargo tienen posibilidades y ganas de vivir. Es mejor apuntarse a estas excursiones con promoción de cacharros incluida, en las que resulta más fácil encontrar personas dispuestas a iluminarse ante el relampagueo de un brillante, aunque sea pequeño, que garantice un amor promovido con respecto a una muerte retrasada. Cuando Tino Pepe había intentado proponer su patético anillo con brillantes a personas aparentemente sanas, siempre se lo habían rechazado. Salvo una puta, pero él era un tío listo y a las putas solo les daba circones. Con otras mujeres le había ido mal. Se habían reído de él. Las más decentes no se dejaron comprar con una piedra por un hombre viscoso. Las menos decentes no sabían distinguir entre un mecenas y un chorizo, y pensaban que era tan falso como sus brillantes. Maria Teresa Ruta, a quien se lo había mandado por correo, se lo devolvió. La showgirl en las últimas lo hizo por educación. En suma, esa ridícula montura, para Tino, hacía de catafalco. Él, que solo habría sido brillante si hubiera sido otro, se encontraba solitario, de joyería en desuso. Una perla negra, un perla blanco, o blancuzco, que nadie aceptaba ni regalado.
Nunca hay que subestimar el día antes. Es el día en que se tiran los dados que tardan veinticuatro horas en dar un resultado. El día antes del Juicio Universal (Dios no juega a los dados) es aquel en el que preparamos nuestro alegato defensivo. El día antes de rendir cuentas es aquel en el que sacas brillo a las bolas del ábaco. Veinte de marzo, día antes de la primavera. Ostia. Un calor de la hostia, sobre todo para Sora Nella, con la cabeza metida en una olla de callos humeantes. Más que tortura china, tortura lombarda, con judías blancas, patatas en dados y dos trozos de zanahoria para dar color. Es el método con el que los hermanos Manzo supervivientes quieren sacarle información a la abuela de Nico. Bajos como su frente, impecables en sus vestidos príncipe de Gales, aparte de alguna salpicadura de callos, enmarañados en el alma como en las cejas. Sora Nella parece Katia Ricciarelli. Por la voz, nunca se había oído a nadie cacarear así:
—Nun lo so, te gginro che nun lo so!
El Manzo mayor la atrae hacia sí agarrándola por el moño:
—¡No hables en romanesco, vacaburra! ¡Soy de Cinisello Balsamo y odio a los romanos!
—Nun so’ romana, so’ de Ostia!
El Manzo menor la abofetea.
—¿No has oído lo que ha dicho mi hermano?
Con el bofetón la dentadura postiza de Sora Nella sale volando. Los dientes en caída libre se zambullen en la olla de callos. Sora Nella farfulla algo.
—Sin dentadura no se entiende un pijo lo que dices: ¡recógela!
Sora Nella mete las manos en los callos humeantes. Grita. Lágrimas cálidas y callos hirviendo.
—Nun so gnente degli ottanta brillocchi!
Otra hostia y habla en italiano.
—Mi nieto está loco. En Cinecittá miraba por encima del hombro a los otros extras, ni que fuera Amedeo Nazzari. Le gustan las cosas complicadas, cuando era un regazzino, perdón, en la escuela escribía de derecha a izquierda para distinguirse de los demás.
Manzo menor se impacienta:
—¡Me importan un carajo las historias de su vida! ¡Quiero saber dónde está!
—Podíais haber empezado por ahí. Me habéis preguntado que dónde están los brillocchi, perdón, brillantes, no dónde está Nico. Me dijo que mañana se iba a las playas de Ferrara, una excursión en autocar en la que va a vender artículos de cocina. Su primer trabajo honrado, cariñito de su abuela.
Manzo mayor le dice a su hermano:
—¿A quién conocemos en el cazuelamen?
—Nun so.
—Joder, ya te ha contagiado… a propósito de cazuelamen…
Agarra el moño de Sora Nella y la ahoga en el caldero. Los callos muerden la cara mofletuda con sus culebras abrasadoras. Se oye un sfffffrrrrshhh.
Nico estaba loco. Podía haber huido a las playas sin montarse esa historia del autocar, pero, cariñito de su abuela, quería lucirse. Le gustaba la idea de jugar a vendedor y hacer una escabechina. Había visto tres veces Asesinos natos y siete Asesinos putos (la versión hard de Udo Kuoio, el Rey del Látigo metido a director de cine). Ochenta y dos pasajeros estaban pendientes de su monserga. Setenta y nueve. Un hombrecillo sudoroso miraba con concupiscencia a una muchacha calva, delgada y macilenta como un clavo oxidado.
—Y ahora la demostración con la rebanadora. Quiero que presten atención a la hoja. Puede cortar un elefante… y no digamos un jamón.
La rebanadora eléctrica zumbaba a la perfección, como estaba previsto. Lo imprevisto era un cadáver en medio de la calzada. El impacto con el autocar hizo que Nico perdiera el equilibrio.
Las rebanadoras las arma el diablo. La hoja penetró en el cuello de la viuda Ciacci, que no era un elefante. Se portó. Una diarrea de sangre inundó a la viuda Mori, su vecina. El autocar empezó a aullar setenta y nueve versiones de espanto. Nico tuvo un orgasmo. Se sentía como el piloto de la película Aeropuerto (una cualquiera de la serie).
—Señores, por favor, mantengan la calma.
El conductor frenó.
—¡Avisemos a una ambulancia!
—¿Para qué? Ni que en los hospitales pegaran las cabezas.
Alguien se puso a vomitar el desayuno. Té y galletas. Nico perdió los nervios, algo que en Aeropuerto no le ocurría nunca al protagonista. La viuda Mori gritaba:
—¡Ay Jesús, ay Jesús, ay Jesús!
—¡Aug! —le espetó Nico clavándole la rebanadora en el esternón. Luego sacó la pistola—. Quiero que todos presten atención a la Magnun 44. Si el elefante del que hablábamos antes estuviera agonizando, con esta le podríamos dar el tiro de gracia. Hoy estoy en plan de hacer confidencias. Tengo ochenta diamantes en el bolsillo, inatacables por los ácidos, durísimos, en el grado diez de la escala de Mohs. He tramado un plan perfecto y no permitiré que nadie lo eche a perder: ni el perro al que hemos atropellado, ni menos aún vosotros. Dejad de gimotear que tengo que pensar.
Una mano gordezuela se levantó, tímida. Tino Pepe, ceceando, se atrevió:
—Señor, perdone, oiga. Mire, tengo este anillo. La montura no es gran cosa, pero la piedra es interesante. No, no pretendo compararla con las suyas, no hace falta que me las enseñe, le creo.
Nico sudaba:
—Déjate de rollos y dime qué quieres.
—Pues verá, señor. Yo soy muy reservado, pero tengo algo de mundo. Ya se ha cargado a dos. Quedamos ochenta, justo como sus diamantes. Ahora bien, dudo que tenga ochenta balas. Algunos de nosotros moriríamos, pero si nos rebelamos podremos con usted. Aunque estos cadáveres vivientes no lo saben, podrían vencerle. Como pienso que es una persona inteligente, le haré una proposición. Le cedo mi brillante como modesto obsequio, a cambio de un favor…
—Dispara ya.
—No, dispare usted. Dispárele al chófer.
Nico, intrigado por el juego, obedeció.
—Bien, señor, ahora le queda un tiro menos. Verá, me gustaría abusar sexualmente de la señorita quimioterápica. Después de hacerlo quisiera que usted me pegara un tiro.
—De acuerdo. ¿Y qué pasa con los otros pasajeros?
—Dispare las balas que le quedan contra el depósito.
—Buena idea. Siento tener que matarte, podíamos haber sido amigos…
Los hermanos Manzo que quedaban llegaron cuando Tino Pepe exploraba el sostén de la muchacha (la primera talla, y ni siquiera la llenaba). La primera y la última. Nico, distraído con la obscenidad (Asesinos putos en comparación era Mary Poppins). Abrieron la puerta.
—¡Cucú! —dijo Manzo mayor.
Nico adoraba a Clint Eastwood. Lo disparó. Le disparó no queda bien. Le disparó significa que le pegó un tiro. Lo disparó, en cambio, que lo lanzó disparado. Derechito al infierno. Manzo menor se convirtió en hijo único. La idea le puso frenético, pero no le frenó. Soltó la pistola y agarró a Nico del cuello. Lo que frenó a Manzo menor fueron todas las balas con que Nico enriqueció de ojales su príncipe de Gales.
Tablas. Justo un momento para reponerse.
—¿Dónde estábamos? Vamos, sigue…
Tino Pepe sacudió la cabeza.
—Deme un poco de tiempo, si es tan amable. El miembro no está en posición erecta, supongo que me entenderá. Soy un tipo sensible, la violencia de sopetón me bloquea.
La viuda Morisi, una mujerona de Trieste que había vencido varias veces al tumor, dejándole en contrapartida las tetas, se levantó.
—¡Basta ya, estamos hartos! —dijo abalanzándose sobre Nico.
Nico la disparó. Bueno, intentó dispararla. La pistola hizo clic clic clic clic… ad libitum. Buscó desesperadamente la rebanadora. Con las prisas la desenchufó. Intentó un patético: «Era broma».
Se le echaron encima. Intentó defenderse con la ridícula batería de ollas. Pero fue inútil. Unas manos artríticas le descuartizaron, unas personas a las que el tiempo había robado la juventud le robaron la vida. Pedazo a pedazo.
Tino Pepe, levantándose de su no condescendiente compañera de viaje, alardeó con un lastimoso:
—La montura no es muy allá, pero la piedra es bonita. Por lo menos dejadme terminar.
Su exnovia le mordió el pájaro flojo. Fue solo el primer mordisco. De los bolsillos de lo que quedaba de Nico salió una bolsita. Ochenta diamantes se desparramaron brillando para ochenta supervivientes. No tuvieron que pelearse. Bajaron del autocar. Con la pistola de Manzo menor prendieron fuego al vehículo siguiendo las instrucciones del no llorado Tino Pepe. Vieron cómo se quemaba, pensando en lo que iban a contar en la cooperativa. Luego hicieron autoestop con el puño cerrado y el pulgar suelto.
El Niño le preguntó al Papá:
—¿Por qué no hemos ido a comer con la abuela? Es domingo.
Papá contestó:
—Es que hoy tenía que ir a una especie de excursión…