La última comida y salchichón para el camino
LA ÚLTIMA COMIDA Y SALCHICHÓN
PARA EL CAMINO
GEORGE ALEC EFFINGER
En una noche ventosa de mediados de noviembre, con escarcha en los sembrados, dos hombres sentados en los asientos delanteros del coche patrulla del sheriff del municipio de Arbier se habían enzarzado en una discusión sobre a quién preferirían dar un revolcón, a Michelle Pfeiffer o a Kim Basinger. El más gordo de los dos dijo que no se quedaría con Kim Basinger ni aunque le dieran dinero, pero que no le importaría hacer un favor a Urna Thurman. El patrullero más flaco había empezado a decir que nunca había oído hablar de Urna Thurman, pero los dos se callaron en el mismo instante porque vieron algo en la fría oscuridad que no debería de estar allí. Estaban aparcados en el arranque del camino del dique, y su misión consistía en impedir el paso a los críos de la universidad que cogían los coches de sus papas para hacer carreras por la carretera llena de baches que llevaba hasta el embarcadero. Dejarse las gomas en el asfalto del camino del dique era desesperadamente ilegal en el municipio de Arbier, si bien nadie sabía decir por qué razón, y menos que nadie el oficial Kasparian y el oficial Block, los dos hombres del coche patrulla.
Por fortuna para ambos, que se habían visto obligados a interrumpir sus interminables debates relativos, bien a mujeres inalcanzables, o bien al auténtico sentido del Código Municipal de Arbier, lo que los oficiales Kasparian y Block vieron a través del parabrisas, era un tipo. Un tipo condenadamente grande. Medía cerca de dos metros y medio sin exagerar, y estaba plantado sobre el césped de Johnson, hacia la mitad del camino del dique, con una especie de confusión pintada en su fea carota.
—Vaya hijo de perra más feo —dijo el oficial Kasparian.
—Se nos ha instruido para hacer frente a toda clase de eventualidades —dijo el oficial Block al tiempo que abría muy despacio la portezuela del coche—. Pero los recursos del municipio de St. Didier son muy limitados, como bien sabemos tú y yo después del rechazo de las recientes medidas presupuestarias. De modo que creo tener razón al decir que no me pagan para enfrentarme con tipos feos. No si son feos hasta ese punto. A Dios no le gustan los feos.
—No empecemos a poner juicios de valor en la santa boca del Todopoderoso, al menos no de momento —dijo el oficial Kasparian—. ¿Te has dado cuenta de que el tipo feo tiene la cara cosida? ¿Te dijeron algo en esos seminarios tan modernos sobre procedimiento legal que os dan en el municipio de Orleans, sobre cómo tratar a delincuentes con la cabeza cosida?
—Nos hablaron de un fulano que tenía la punta de la lengua casi arrancada; lo llevaron corriendo al hospital, y a estas horas tiene la lengua casi tan normal como tú y como yo. Pero esto es bastante diferente.
—Ya, ya —dijo el oficial Kasparian, mientras salía sin prisa del coche patrulla por la portezuela. Los dos policías habían empuñado sus porras, pero las pistolas seguían enfundadas en sus caderas.
El oficial Block levantó los brazos por encima de su cabeza.
—No queremos hacerle daño. Somos amigos. Venimos en son de paz.
—Oye —le llamó el oficial Kasparian desde la posición defensiva que había pasado a ocupar junto al carenado de la rueda izquierda—, ¿por qué le hablas como si se tratara de una especie de Alien, el invasor del espacio, o algo por el estilo?
El oficial Block se giró y fulminó con la mirada a su compañero.
—¿Cuántos tipos de más de dos metros de estatura y con la cabeza cosida encontramos normalmente en los municipios de Arbier y Linhart?
—No muchos —admitió el oficial Kasparian.
—Entonces, déjame resolver esto a mi modo. ¿De acuerdo?
El oficial Block se adentró en el césped escarchado y volvió a levantar los brazos por encima de la cabeza, con obvio olvido de lo que les había ocurrido a todos los que lo intentaron en la clásica película de 1953 La guerra de los mundos.
El condenado gigantón miró al oficial Block, que andaba dando saltitos en un intento de establecer contacto, y al oficial Kasparian, todavía agazapado en su casi invisible posición defensiva, en el extremo más lejano del coche patrulla.
—Oigan, muchachos —gritó el tipo feo—, ¿puedo ayudarles en algo?
El oficial Block hizo una seña al oficial Kasparian, que gateó cautelosamente hasta introducirse de nuevo en el coche, y llamó desde allí a la oficina del sheriff de Linhart. Dio al sargento de guardia todos los detalles, y la decisión final fue que el tipo de la cabeza cosida no estaba haciendo nada ilegal en particular, pero que de todos modos los oficiales Block y Kasparian debían conducir a aquel patoso al Luterano de la Misericordia de Linhart, dejarlo en manos de una enfermera o un médico de la sección de urgencias, y regresar luego a su posición.
Los dos patrulleros tuvieron tiempo de intercambiar una mirada. Luego el oficial Block dijo:
—Bueno, hagámoslo. —Y llamó al grandullón—: Nos parece que será mejor que le acompañemos al hospital. ¿Está de acuerdo?
—Puede apostar a que sí —contestó aquel pobre primo de dos metros y medio de alto. Se acomodó mansamente en el asiento trasero del coche patrulla, separado por una fuerte reja de acero de los mantenedores de la paz que se sentaban delante. Y allí empezaron realmente los problemas para el gigantón feo.
El oficial Kasparian y el oficial Block llevaron al grandullón al Hospital Luterano de la Misericordia, con sede en el municipio de Linhart. Los dos policías dejaron al tipo de la cabeza cosida en manos de una enfermera, recibieron a cambio un recibo garabateado en un impreso, y volvieron encantados a su puesto de vigilancia, en aquella noche fría y clara.
El médico de la sección de urgencias tuvo grandes problemas para reunir la información precisa sobre el gigante feo, que no se acordaba de su nombre, no sabía dónde vivía y no podía citar a ningún amigo o pariente que pudiera venir a hacerse cargo de él.
El médico hizo desvestirse a aquel primo inocente, y se quedó asombrado al ver el catálogo completo de suturas que presentaba su cuerpo: no era sólo la cabeza, sino los brazos, las piernas, otros apéndices menores y la parte superior del cráneo, en la que un cirujano hábil y poco escrupuloso habría podido esconder joyas robadas o drogas extrañas y virulentas, de no estar allí el cerebro ocupando el espacio disponible. El doctor se encogió de hombros, trasladó al gigante feo a una habitación apartada, le inyectó una buena dosis de Thorazina, y lo mantuvo en observación.
Muy pronto, el hospital se dio cuenta de que no podía justificar por más tiempo la retención del grandullón, y su Departamento de Servicios Sociales lo envió al Hospital del Estado para Disminuidos Mentales, en Hanson, donde un asistente social apuntó a aquel bastardo extravagante en un programa de promoción de empleo. Le asignaron un puesto de trabajo con un salario suficiente para que pudiera alquilar un pequeño apartamento. Aquello debería de haber supuesto la solución para todos los problemas del pobre primo, pero por desgracia, cuando se presentó a trabajar el primer día, el jefe de personal descubrió que el gigantón contrahecho no tenía número de la Seguridad Social.
Sin número, el condenado feo hijo de perra no podía pagar impuestos, ni podía acogerse al programa de promoción de empleo. En el Departamento de la Seguridad Social fruncieron el entrecejo al saber que la única información que había podido proporcionar el inocente primavera era un nombre, Victor Frankenstein, cosido en una etiqueta en el bolsillo interior de la chaqueta sport del grandullón, que por lo demás le sentaba igual que el jersey de una quinceañera pizpireta al anuncio de los neumáticos GoodYear.
El cateto fue recorriendo agencias federales, agencias del Estado y agencias locales, todas las cuales prometían en sus anuncios trabajar esforzadamente en la promoción de los recursos humanos, de la mano de obra y del desarrollo económico. Incluso el Departamento de Bienestar Social le dio la patada al pobre bastardo cuando sólo fue capaz de contestar a la primera pregunta de su test de evaluación, y la gente de los Derechos Civiles tuvo serios problemas para decidir hasta qué punto se estaban recortando los derechos del fulano.
Después de ser expulsado de su apartamento, se instaló en un gran cartón de embalaje de un refrigerador Maytag, en el piso superior de un edificio incendiado y abandonado situado en un suburbio ruinoso de Linhart. En el mismo edificio habitaban muchas otras personas, cada una en su propio cartón, pero no tenían gran cosa que decirse entre ellos. De noche, en la oscuridad gélida, el grotesco hijo de perra podía oír el ruido de las patitas de muchos animalillos que corrían de un lado a otro.
Pasaron los días, y su frustración fue creciendo más aprisa incluso que su hambre física. No tenía dinero. Hacía varios días que no comía. Nunca había probado a mendigar, y después de todo, ¿quién dejaría un dólar o un puñado de calderilla en aquellas manos grotescas y deformes, que mostraban todos los signos de proceder del mismo almacén de repuestos orgánicos diversos que la horrible cabezota recosida?
El día siguiente era jueves, y el grandullón se despertó al son de la música. El viernes tenía una cita para visitar la Agencia de Acción Comunitaria y comprobar personalmente las dimensiones de esa acción, pero hoy era un día libre. Se arrastró fuera de su cartón Maytag, se puso en pie, y se desperezó mientras escuchaba distraído el lejano redoble de tambores. Podía oír a su alrededor a algunos otros residentes que revolvían las astillas de vidrio y los ladrillos rotos, y pudo ver sus figuras andrajosas cuando pasaron delante de un tabuco sin ventanas que aún no tenía ocupante. Se desperezó de nuevo, miró desafiante a su alrededor por si alguien mostraba pretensiones de adjudicarse su cartón Maytag, y descendió pausadamente por la maloliente escalera hasta la planta baja.
El sol se mostraba en tan baja forma como de costumbre en los meses otoñales, oculto detrás de unas nubes que podían llover, o nevar, o seguir inmóviles en el mismo lugar del cielo hasta el mes de abril. El aire conservaba aún el frío de la noche, y el bastardo feo metió sus enormes y torpes manazas en los bolsillos de la chaqueta sport. Desearía poseer guantes. Los guantes eran uno de los tesoros que podría adquirir si daba con el secreto de cómo conseguir un número de la Seguridad Social.
Llegaron a sus oídos los sones aflautados de una banda de música, desafinados por la distancia. El gilí se sentó en un murete bajo de piedra y miró en la dirección de la música. Por encima de las ramas desprovistas de hojas de los árboles, vio flotar amplias y fantásticas figuras, los globos del desfile anual del Día de Acción de Gracias de Linhart. No era Nueva York ni Macy’s, pero Linhart, Luisiana, se enorgullecía de su versión a escala reducida del gran desfile. El papanatas de la cabeza cosida se quedó estupefacto.
El cerebro que habían colocado recientemente en aquel cráneo deforme y mal recosido no era nuevo, es decir, no era una masa de neuronas vírgenes y vacías, receptivas a cada nueva experiencia. No, aquel cerebro procedía de algún lugar —de alguien, era preciso admitirlo—, y en su interior había vestigios peculiares de conocimientos y conductas anteriores. Eso explicaba la invariable cortesía y la triste resignación con las que el tipo encajaba la negativa a ayudarle de una agencia tras otra.
Sin embargo, también podían encontrarse residuos más positivos en aquella mente débil y desorientada. Uno de ellos era una imagen borrosa de un desfile del Día de Acción de Gracias, tal vez visto por la televisión o tal vez en persona, desde el bordillo de la acera de una calle de Linhart, de Nueva York o de cualquier otra localidad situada entre ambas. El tipo feo esbozó una lenta sonrisa, y movió torpemente los brazos al ritmo de la música. Se levantó de la piedra tambaleante que sostenía la pared, y marchó con paso inseguro hacia el lugar del desfile.
—Música buena —se dijo a sí mismo con su voz ronca.
Caminó durante unos diez minutos, subiendo y bajando cuestas y torciendo después por una avenida perpendicular a la calle que había seguido hasta entonces. Miró al cruzar una calle lateral y vio un globo gigante inflado como un milagro infantil, con la forma de una poderosa nave espacial de una serie televisiva que había durado nada más un año en pantalla. Una banda de música universitaria que marchaba delante del globo tocaba el casi olvidado tema musical de aquella serie de televisión.
El bastardo ignorante corrió excitado al bordillo de la acera, y desde allí pudo oír las quejas de los miembros de la banda. Hacía frío, y los que tocaban los trombones tenían problemas con sus pesadas boquillas metálicas. Las flautas y los pífanos movían continuamente los dedos para evitar que se les congelaran.
—Eh, tíos —refunfuñaba ceñudo un tambor—, ¿qué estamos haciendo aquí? No van a pagarnos ni un pavo, y me estoy helando.
A pesar del malhumor de los miembros de la banda, el espectáculo era muy superior a todo lo que el desgraciado inútil había visto en su vida. Giró su cabezota cosida y estiró el cuello para ver mejor lo que venía a continuación. Parecía ser un montón de muchachitas heladas y enfurruñadas vestidas con trajes de color rosa rematados en capuchas puntiagudas, que llevaban banderas azules y plateadas y las agitaban en el aire con precisión aproximada.
—Es un signo —se dijo el inocente bastardo—, un signo terrible, que me haya despertado esta mañana en un cartón Maytag de un edificio incendiado y sin saber que hoy era el Día de Acción de Gracias. Es la perfecta constatación de mi degradación irreversible.
El desfile continuó, con cierto aire de procesión religiosa aderezada con payasos adicionales, y el tipo empezó a sentir que le invadía una emoción profunda. Era algo más fuerte que nada de lo que había experimentado hasta aquel momento el gigante feo. Era una especie de purificación, una absolución que alcanzaba incluso a los elementos más básicos de su ser. Presenciar el desfile del Día de Acción de Gracias lo afirmaba en su condición de persona, por más que las perezosas autoridades civiles no hubieran tomado en sus agencias y en sus programas la iniciativa de ayudarle. El gigantón se encogió de hombros: todo se arreglaría en el futuro. Por el momento, él era igual que cualquier otra persona de las que se apiñaban en el bordillo de la acera y acogían con exclamaciones de asombro el paso de cada nuevo grupo de participantes en el desfile.
El supremo momento mágico llegó precisamente al final, como ocurre siempre. El cortejo que cerraba el desfile, el más trabajado, el más hermoso, el que tenía mayor número de candelas y de copos de nieve, era el cortejo de Santa Claus. Santa Claus había llegado aquel año a Linhart, Luisiana, bajo los auspicios de los grandes almacenes Suderin-Cooke.
El feo bastardo de la cabeza cosida vio a través de la luz parpadeante de las candelas cómo un grupo de muchachos y muchachas jóvenes vestidos de pajes de Santa agitaban los brazos para saludarle. El concepto y la firme creencia en la existencia de Santa existían ya en la conciencia truncada del grandullón patoso, y de repente se le ocurrió que, ya que el gobierno se empeñaba en arrastrarlo hacia el fracaso, sólo la magia podía dar al ingenuo mamón la oportunidad de salvar su vida desesperada.
—¡Aquí, Santa! —aulló el grotesco hijo de perra—. ¡Aquí, Santa! ¡Aquí, Santa!
Gritó y gritó hasta que Santa Claus cambió su posición en el trineo dorado que coronaba la carroza del cortejo, volvió lentamente la cabeza y dirigió la mirada hacia las filas de ávidos espectadores apiñados en la acera. Los ojos de Santa se cruzaron sólo un instante con los del grandullón, y el feo bastardo se quedó convencido de que aquella fracción infinitesimal había bastado para establecer una corriente de comunicación entre los dos. Lo sabía. Lo sentía. Pero nada más que por asegurarse, el grandote empezó a gritar como un desaforado:
—¡Mi número! ¡Mi número! ¡Mi número!
Por su parte, Santa siguió contemplando la multitud con aire aburrido, y luego se fijó en un muchachito vestido con un pesado e incómodo anorak de colores chillones.
—Hola, hola —le saludó Santa, ahogando un bostezo porque el desfile había durado ya mucho tiempo. El muchachito del anorak rompió a llorar y se marchó corriendo.
El feo bastardo vio alejarse el cortejo de Santa calle abajo, y se dio cuenta de que el desfile había terminado. Su pecho recompuesto rebosaba esperanza y alegría. Cada instante de aquel día había representado una nueva experiencia para él, y se preguntaba cuánto más podría saborear de aquella bendita vida, antes de morir y ser devuelto al almacén de órganos.
El pobre mamón caminó al azar por la avenida, en dirección a su domicilio incendiado. Mientras cruzaba un solar sin edificar, vio a tres hombres y una mujer agrupados alrededor de un fuego encendido en un viejo bidón de doscientos cincuenta litros de capacidad. Le invitaron a calentarse las manos en el fuego, y se sintió tan abrumado por su generosidad que no fue capaz de pronunciar una sola palabra. Se dio cuenta de que estaba llorando. En la misma calle, un poco más allá, había un hombre sentado en el porche de su casa, mirando un pequeño televisor portátil. El hombre invitó al patoso bastardo a mirar un rato, porque un equipo de fútbol profesional estaba a punto de hacerle algo ofensivo a otro. El gigantón no estaba seguro de desear quedarse allí a verlo; se sentía todavía rebosante de la felicidad de haber presenciado el desfile y visto a Santa.
Antes de que pudiera tomar una decisión, se acercó a él una joven que bajaba por la colina con una tablilla de escribir.
—Hola, señor —le dijo la joven—. Feliz Día de Acción de Gracias.
Al pobre mamón le encantaban las mujeres jóvenes con tablillas. ¡Eran siempre tan amables!
—Acción de Gracias —dijo, entre grandes cabezazos de asentimiento—. Acción de Gracias bueno.
—¿Ha tenido ya su comida de Acción de Gracias? —preguntó la muchacha. Sonreía al feo hijo de perra. Se colgó de su brazo, cosa que pocas personas se habían atrevido a hacer sin tener en la otra mano preparada una jeringuilla repleta de Thorazina.
—¿Comida? —preguntó el primavera.
La muchacha sonrió.
—Venga conmigo. Tenemos pavo relleno con puré de patata, salsa de arándanos y pastel de calabaza. Todo proporcionado por las asociaciones de beneficencia de Linhart, bajo la dirección del programa anual del sheriff «Alimente a Los Que Carecen de Hogar».
Y la acompañó a lo largo de un camino que descendía y se curvaba hacia la izquierda. El pavimento estaba agrietado y lleno de baches, y las ventanas de todos los edificios estaban reforzadas con tablas claveteadas, igual que el que albergaba su cartón Maytag.
—Me llamo Shanna —dijo la joven—. Éste es el lugar.
Y condujo al grotesco gigantón a un gran edificio metálico, que la mayor parte del año servía de zona de aparcamiento para los diversos vehículos utilizados por el sheriff en su lucha contra el crimen. En aquel día, todos habían sido trasladados a otros lugares, y el espacio polvoriento y frío que quedó libre en el interior del almacén metálico se había llenado con mesas y sillas metálicas claudicantes e inestables.
Había allí centenares de personas parecidas al bastardo feo: bueno, parecidas en el sentido de que no tenían ningún otro sitio adonde ir a celebrar el Día de Acción de Gracias. Todos ellos estaban sentados a unas mesas cubiertas con manteles de papel, aplicándose con entusiasmo a embaular tanta cantidad como podían de aquella milagrosa comida de fiesta, servida en unas bandejas de plástico por los ayudantes del sheriff y por mujeres de cierta edad dedicadas a las funciones de beneficencia.
Shanna tomó asiento a una de las mesas e indicó al ingenuo mamón que se sentara a su lado.
—¿Puede decirme su nombre, señor? —preguntó, con su bolígrafo y su tablilla listos para apuntar el dato.
—Victor —contestó aquel maldito tipo feo. Lo recordaba de su corta estancia en el Hospital Luterano de la Misericordia—. Victor, me dijeron. Lo recuerdo. Victor algo más. Algomastein. Rosenstein. No, no era eso exactamente. Lo sabía. Normalmente me suelo acordar.
El pobre imbécil ni siquiera se había dado cuenta todavía de que también a él le iban a dar una bandeja llena de comida.
—Victor Rosenstein —dijo Shanna, feliz—. Eso bastará. ¿Y vive usted en la vecindad?
En ese momento apareció uno de los ayudantes del sheriff con una bandeja rosa, que había conocido largos años de servicio. El ayudante dejó la bandeja con la comida delante del inocente hijo de perra, que abrió los ojos de par en par como si todas las gloriosas bondades de este mundo estuvieran desplegadas delante de él.
—Feliz Día de Acción de Gracias —dijo el ayudante, y se marchó a servir a otra persona.
—¿Es para mí? —preguntó el condenado lila.
—Buen provecho, señor Rosenstein —dijo Shanna—. No ha contestado usted a mi pregunta. ¿Vive en la vecindad?
Lo que más fácilmente podía llevarse a la boca era un panecillo, y el pobre idiota se lo metió entero en la boca, de modo que apenas si consiguió contestar:
—Sí. En un cartón de Maytag en uno de esos edificios.
Shanna hizo un concienzudo gesto de asentimiento y escribió algo en la tablilla.
—¿Utiliza usted drogas intravenosas, señor Rosenstein? —dijo en tono de conversación.
El panecillo estaba ya en las últimas, pero él había vuelto a llenarse la boca de puré de patata caliente. Tragó con esfuerzo.
—¿Quiere decir de las buenas, o de las malas?
—Bueno…
—Nada de drogas —dijo en tono resuelto—. Nada de comida, ni casa, ni drogas, ni número —cortó torpemente el pavo y sacudió la cabeza—. Mi número. Mi vida podría ser mía sólo con que me dieran mi número.
—Pero usted no utilizaría drogas intravenosas, ¿verdad que no, señor Rosenstein? —dijo Shanna con una risa forzada.
—No, por supuesto que no —dijo el tipo feo—. Diga «No, gracias». Son muchas las personas que dicen «No, gracias». A mí.
Shanna se puso en pie a su lado, y cubrió con la suya una de las manos llenas de cicatrices del tipo.
—Y aquí está usted sentado, en el Día de Acción de Gracias. Ya ve que la gente se preocupa. Debería usted dar gracias, señor Rosenstein, gracias a Dios por todo lo que le ha dado. Y ahora, por favor, excúseme. He de ir a buscar a alguna otra persona que no haya tomado aún su comida de Acción de Gracias.
—Gracias, Shanna —dijo el capullo—. Me ha dado usted el coraje para proseguir. Shanna, amiga. Buena amiga.
Shanna apretó la manaza del tipo con su manecita, y se marchó.
La comida era buena y estaba caliente, y el inocente mamón disfrutó de ella hasta el último bocado. Cuando acabó, siguió sentado a la mesa del mantel de papel hasta que otro ayudante del sheriff se lo llevó del brazo, con buenas maneras, fuera de aquel garaje de paredes metálicas onduladas, de vuelta a la intemperie. Empezaba a oscurecer, y también hacía más frío. El hombretón se estremeció. Levantó la vista y vio, por algunos claros que se abrían entre las nubes, brillar las estrellas con el mismo fulgor de la bisutería barata de la carroza de Santa. El pobre capullo había aprendido ya que no había nada que hacer después de oscurecido, y que la vecindad se volvía más peligrosa cuanto más avanzada era la hora, de modo que caminó despacio desde el garaje hacia la colina y el edificio en particular que albergaba su cartón Maytag. Había muchas plazas vacantes entre los escombros que cubrían los suelos de las ruinosas habitaciones, y bastantes cajas de embalaje que nadie había reclamado como suyas, pero el grandullón había llegado a considerar su cartón y su edificio en ruinas como el «hogar». Nunca había advertido las miradas atónitas y asustadas que le dirigían los paseantes que encontraba en su camino.
Quedaba aún luz suficiente cuando llegó a su cartón Maytag, y se dedicó a hacer un poco de limpieza. Empleó sus enormes pies calzados con botas para barrer los fragmentos de ladrillo y las agudas astillas de cristal coloreado y formar con todo ello un montón a unos cuantos pasos del cartón. Pensó en una escoba. Cuando tuviera su número, trabajo y dinero, se compraría una escoba y tendría perfectamente limpia toda la zona que rodeaba su cartón. Por ahora, sin embargo, aquello era sólo un sueño, e hizo las cosas lo mejor que pudo.
Durmió poco por culpa del frío, que le hizo despertarse varias veces y abrigarse con hojas de periódico. Podía ver su aliento solidificarse en el aire frío, ligeramente luminoso. Por la mañana se levantó, recordando que tenía citas a las que acudir. Primero, sin embargo, descendió la colina hasta el lugar mágico en el que le habían dado tan bien de comer. Les pediría un poco más. Ahora era de mañana, y tenía hambre.
Los ayudantes del sheriff se habían llevado todas las mesas y sillas claudicantes, y limpiado el lugar de desperdicios, que el servicio local de recogida de basuras se había llevado ya a alguna otra parte. Las grandes puertas del garaje estaban abiertas de par en par, pero no se veían por ningún lado muchachas jóvenes con tablillas de escribir, ni bandejas de comida, ni beneficencia de ninguna especie. En cambio, habían vuelto a ocupar sus puestos habituales los camiones, los bulldozers y el resto de la maquinaria pesada propiedad del municipio.
El grandullón se detuvo al llegar a la puerta, confuso.
—¡Quiero comida! —gritó.
Un ayudante del sheriff se acercó sin prisas.
—No hay comida —dijo con calma—. Eso fue ayer, pero hoy no. ¿Entiendes?
El maldito mamón estuvo durante un rato perdido en profundos pensamientos.
—Comida aquí ayer —dijo—, y Santa, y vaqueros persiguiendo a los indios. Hoy…
El ayudante se quitó el palillo de dientes de la boca y lo examinó con atención; le pareció lo bastante bueno para él, y volvió a colocarlo en su lugar.
—Como decía antes —dijo (tenía la reputación de entendérselas realmente bien con yonquis, alcohólicos, descuideros y toda clase de vagabundos)—, repartimos comida ayer, pero no vamos a repartir comida hoy. ¿Lo has captado?
El grotesco hijo de perra contestó que sí.
El ayudante hizo una inspiración profunda, y soltó el aire poco a poco.
—Ahora bien, lo de Santa es un caso totalmente distinto. Si quieres Santa, has de ir a los grandes almacenes Suderin-Cooke. Puedes conseguir incluso que te hagan una foto con él. ¿Sabes dónde están los almacenes?
—No, señor, no lo sé —dijo el pobre bastardo.
El ayudante miró atentamente el suelo y trazó en él una raya con el borde de la suela de su zapato.
—Sigue esta calle, todo recto, hasta una plaza muy grande en la que están los juzgados. Allí pregúntale a alguien más. ¿Me has entendido?
—Le estoy muy agradecido por su ayuda, oficial —dijo el capullo feo.
—No tiene importancia. Saluda a Santa de mi parte.
El maldito grandullón caminó calle abajo hasta la zona comercial, y encontró los almacenes después de aterrorizar a dos aprensivas damas con el cabello teñido de azul y guantes. El gigantón de la cabeza cosida entró en el local profusamente decorado y cumplió con la siguiente parte de su tarea por el sencillo procedimiento de abordar a hombres, mujeres y niños y gruñir:
—¡Santa!
A partir de ahí, seguía caminando en la dirección que le señalaban.
Suderin-Cooke era el último establecimiento comercial independiente de cierto volumen en Linhart, e intentaba mantener un cierto encanto de sabor antiguo en su decoración. Trabajaba mucho para evitar parecerse a los bien conocidos almacenes de ámbito nacional, que en los últimos años se habían ido apoderando de todos los locales de ese tipo. Aquel viernes por la mañana se decidió que para mantener la acogedora imagen centenaria del establecimiento, era indispensable hacer desaparecer de inmediato al hombre recosido de dos metros y medio de altura que al parecer estaba molestando a los clientes. Según todas las apariencias externas, el grotesco bastardo no parecía una persona dispuesta a abrir una nueva cuenta de compras a plazo en Suderin-Cooke, ni a utilizar una ya existente. El personal de seguridad de los almacenes telefoneó a la oficina del sheriff de Linhart.
La suerte quiso que no fueran el oficial Kasparian y el oficial Block los encargados de llevarse al grandullón de los grandes almacenes. El servicio correspondió al oficial Gautreaux y al oficial Williams. El oficial Gautreaux nunca decía gran cosa, y la actitud del oficial Williams hacia la vida en general se podía captar muy fácilmente. Así se lo dijo al gigante bobalicón mientras lo empujaba hacia la parte trasera del coche patrulla.
—¿Te crees muy grande? ¿Crees que eres grande tú, hijo de puta? Tengo unas sobrinitas que llevan calcetines rosas y saltan a la comba, y al lado de ellas tú pareces el enano ese que habla solo, el que vende tamales a la puerta del drugstore. ¿Te crees grande, con esa cabeza cosida? Escucha, hijo de puta, dónde te crees que estás, ellas no sólo se cosen lo que les da la gana, sino que además se ponen una cremallera.
La conversación siguió en el coche patrulla exactamente en el mismo tono de voz, con el oficial Williams monologando hasta que llegaron a la oficina del sheriff.
El sargento quiso saber cuál era el problema.
—En Suderin-Cooke dicen que estaba causando problemas —dijo el oficial Williams.
El sargento asintió.
—Andaba buscando a Santa —dijo el oficial Gautreaux.
El sargento volvió a asentir.
—No debe de haber hecho nada. Preguntadle quién es, metedlo en chirona y conseguid que alguien venga a buscarlo. Esas costuras deben de haber sido el problema. Los del maldito almacén nos han tenido que llamar cuando ese tipo probablemente no hacía nada, sólo porque es alto.
El oficial Williams rió sin alegría.
—El hijo de puta se cree que es alto, ¿eh?
—Mi mujer y yo hemos decidido no volver nunca a ese almacén —comentó el oficial Gautreaux—. Te tratan como si estuvieras esparciendo gérmenes patógenos en su porcelana de China.
—¿Nombre? —preguntó el sargento.
—Victor —dijo el feo bastardo—. Víctor Rosen, hum, stick.
—Victor Rosenstein. ¿Está correcto?
—Sí, señor.
—¿Dirección?
Hubo un largo silencio.
—No lo sé.
El oficial Williams dirigió una mirada significativa al oficial Gautreaux y puso los ojos en blanco.
—Ya empezamos —dijo.
Tuvieron al inocente hijo de perra todo un día y una noche en chirona —lo que ellos llamaban la celda preventiva—, e intentaron librarse de él a la mañana siguiente. El capullo no quería irse. El jergón, la almohada y la comida caliente era el trato mejor que había recibido desde que salió del Hospital Luterano de la Misericordia, aunque los ayudantes del sheriff no pudieran inyectarle Thorazina. Aquello era perfecto. Pidió en voz alta que volvieran a encerrarle en la celda, pero eso no le llevó a ninguna parte. Debido a un acuerdo tácito, todos dejaron que fuera el oficial Williams el que reintegrara al pobre mamón a la sociedad.
—Eh, eh, eh —dijo el oficial Williams al tiempo que se ajustaba las gafas de sol—, espera y verás adonde te llevo en el coche. Dime, chico, ¿de qué color eres tú?
No es propio de este mundo que las cosas vayan a mejor. El grandote sabía que las cosas sólo podían empeorar. Probó nuevas entrevistas, nuevas agencias y nuevas gentes compasivas que no habían aprendido aún que en el trabajo que hacían no se les permitía ni siquiera remover un ladrillo.
Finalmente, cuando llevaba varios días sin comer, absolutamente desesperado, vio a una niña con un bocadillo de salchichón en la mano. No se paró a razonar. Agarró el bocadillo de salchichón y salió corriendo. La madre de la niña corrió detrás de él, y otras personas la siguieron con una furia cada vez más enloquecida a medida que la historia se iba extendiendo, porque los recién llegados parecían creer que el gigantón había hecho a la niña cosas mucho más horribles que robarle el bocadillo. Él corrió hacia su refugio, su cartón Maytag en lo alto del apestoso edificio en ruinas.
Mientras corría, empezó a oscurecer, y mientras el reloj avanzaba lentamente hacia las cinco en punto, la gente de la ciudad experimentó un cambio. Se dieron cuenta de que algo nuevo, algo inconfundiblemente inocente se había introducido en sus desconcertados dominios. El aire se llenó del olor a sangre fresca; a los distintos grupos y a los cazadores solitarios les llevó poco tiempo seguir el rastro del pobre grandullón hasta sus ruinosas posesiones, hasta el mismísimo triste refugio del cartón Maytag.
Abajo, en la acera, enarbolando sus armas y sus antorchas llameantes, le concedieron finalmente el número de identidad de los de su clase, y luego —como lo exigía el ritual— le proporcionaron una brillante apoteosis final.