Sueños

SUEÑOS

F. PAUL WILSON

Otra vez la pesadilla.

Casi tengo miedo a dormirme. Siempre igual, y sin embargo, nunca exactamente igual. Los acontecimientos cambian de un sueño a otro, pero siempre estoy en el cuerpo de un extraño, un engendro cosido a retazos, enorme y monstruoso, que pasea en la oscuridad su horrenda apariencia. Y siempre en el sueño es de noche, porque al parecer soy una criatura nocturna, que trata perpetuamente de ocultarse.

Y no consigo recordar mi nombre.

Ahora los sueños son coherentes. En ellos mi cabeza está más clara. No me ocurre como en los primeros sueños, que apenas consigo recordar. Para mí no son más que un montaje de imágenes borrosas; un laboratorio iluminado por el fulgor de los relámpagos, un jorobado empuñando un látigo, miedo, una celda con muros de piedra, cadenas, soledad, una niña que se ahoga en medio de capullos de flores que flotan, una mujer vestida de novia, un grupo de pueblerinos armados con antorchas, fuego, un molino en llamas, dolor, rabia, ¡dolor!

Pero ahora me encuentro perfectamente. Con cicatrices, pero repuesta. Y mi mente está clara. El dolor del fuego hizo desaparecer las nieblas. De un sueño a otro recuerdo cosas, y más y más fragmentos y detalles de mucho tiempo atrás.

¿Pero cuál es mi nombre?

Sé que debo mantenerme apartada de los hombres. No quiero ser quemada otra vez. Por esa razón paso las horas diurnas escondida aquí, en el desván de este establo abandonado de los alrededores de Goldstadt. Paso durmiendo la mayor parte del día, y durante la noche paseo. Siempre por la ciudad, y siempre por las cercanías de la Facultad de Medicina de Goldstadt. La Facultad parece atraerme. La razón está sin duda en algún lugar de mi cerebro, pero se me escapa cada vez que intento atraparla. Un día lo conseguiré, y entonces sabré.

Hay tantas preguntas sin respuesta en esos sueños. ¿Pero no dicen que los sueños son siempre así? ¿No plantean más preguntas de las que responden?

Ahora tengo la tripa llena. He roto el escaparate de una pastelería, me he atiborrado de los dulces que había allí, y recorro los callejones oscuros, bebiendo el agua de lluvia de los barriles y espiando desde las sombras las ventanas iluminadas que encuentro a mi paso. La vista de una familia, sentada delante del fuego del hogar, despierta resonancias cálidas en mi interior. En tiempos yo también disfruté de una vida así. Pero el calor se transforma en rabia si miro demasiado rato, porque sé que nunca volverá a ser mía una escena como ésa.

Sé que se trata sólo de un sueño. ¡Pero es tan real la rabia!

Al pasar por la trasera de una taberna, se abre una puerta y salen dos personas. Me acurruco un poco más en las sombras, y contengo los deseos de correr porque sé que armaré un estrépito horroroso. Nadie debe saber que estoy viva. Por eso me quedo totalmente inmóvil, esperando que se alejen.

Entonces oigo la voz. La voz profunda, deliciosa, de un hombre joven y guapo, con cabellos rubios rizados y la tez clara y fresca. Lo sé sin necesidad de verle. Incluso conozco su nombre.

Karl.

Me inclino un poco a la derecha y miro callejón abajo. Mi corazón salta al verle. No es mi corazón, sino el enorme y pesado corazón de un extraño, pero sin embargo responde, y martillea desacompasado en mi pecho. Escucho su risa clara y melodiosa cuando se despide con un gesto de su amigo y se aleja hacia la calle principal con zancadas resueltas.

Karl.

Le sigo. Sé que es peligroso, pero debo hacerlo. No recorro el callejón detrás de él, sino que me escurro por los callejones traseros, chapoteando en los charcos, asustando a las ratas, evitando malolientes montones de basura al tiempo que mantengo la distancia respecto a él sin perder de vista su figura coronada de cabellos rubios entre los edificios, mientras él pasea por la acera.

No se dirige a su casa. En algún rincón de mi cabeza está el lugar en que vive, y él camina en dirección contraria. Le sigo hasta una casa de campo situada en las afueras de Goldstadt, al norte. Llama a la puerta y veo cómo una hermosa mujer de cabellos negros como ala de cuervo abre la puerta y se precipita en sus brazos. Luego los dos desaparecen en el interior de la casa. También la conozco a ella.

María.

La rabia que me domina es casi tan incontrolable como inexplicable. A duras penas consigo dominarme para no reventar la puerta que tengo frente a mí y separar a los dos a viva fuerza.

¿Por qué? ¿Qué significan esas emociones? ¿Quiénes son esas personas? ¿Y por qué sé sus nombres y en cambio ignoro el mío?

Me tranquilizo. Espero, pero Karl no vuelve a aparecer. El cielo empieza a clarear con las luces del alba y todavía no ha salido Karl. Debo irme antes de que me vean. Mientras regreso al establo que se ha convertido en mi refugio, mi rabia desaparece y se convierte en una desesperación fría y negra. Antes de trepar al desván, me detengo a aliviarme. Cuando me bajo los pantalones bastos y mal remendados, ruego porque este sueño sea distinto, pero no: ahí está el miembro largo, grueso y fláccido, colgando entre mis piernas. Me repugna. Intento orinar sin tocarlo.

Soy una mujer. ¿Por qué mis sueños me colocan en el cuerpo de un hombre?

De nuevo estoy despierta.

He pasado el día charlando, riendo y discutiendo sobre la sabiduría de los tiempos pasados. Es un alivio volver a la realidad y estar de nuevo dentro de mi propio cuerpo: joven, ágil, más pequeño, más suave, con piernas esbeltas, dedos delicados y un pecho firme y compacto. Es magnífico volver a ser una mujer.

Pero mis horas de vigilia no están totalmente libres de confusión. No estoy segura de dónde me encuentro. Sólo sé que hace calor y el lugar es hermoso. Verdes prados que se extienden bajo los rayos del sol en dirección hacia unas majestuosas montañas de color amatista, que se elevan a lo lejos. Dulces pajarillos revolotean en el perfumado aire primaveral.

Al menos, despierta conozco mi nombre: Eva. Eva Rucker.

Me gustaría saber por qué razón he venido aquí. No me malinterpretéis: me gusta estar en este lugar. Es algo que siempre deseé. Gente amable que pasea por las colinas, hombres sabios que discuten las grandes filosofías de todas las épocas. Es como los Campos Elíseos de la mitología griega, salvo por el detalle de que yo estoy viva y todo es real. Sencillamente, no sé qué he hecho para merecer estar aquí.

Tengo la sensación de que me han traído aquí como compensación por algún episodio desagradable de mi pasado. Me parece entrever que hace poco sucedió una fea historia en la que me vi envuelta sin querer, y que se me acusó injustamente de algo tan siniestramente traumático que mi mente se niega a recordarlo. Pero el error fue corregido, y me han enviado aquí a recuperarme.

Pienso en Karl y en cómo entró a formar parte de mi sueño de la noche pasada. Karl… tan guapo, tan brillante, tan apuesto. No había vuelto a pensar en él desde que llegué aquí. ¿Cómo he podido olvidar al hombre al que amo?

Una nube oculta el sol al tiempo que mis pensamientos se oscurecen al recordar al Karl del sueño en los brazos de la María del sueño. ¡María es la hermana de Karl! ¡Nunca harían una cosa así!

¡Qué perversas son las pesadillas! No debo dejar que me inquieten.

El sol reaparece cuando arrojo lejos de mí ese recuerdo. Esto es maravilloso, no quisiera irme jamás de aquí. Pero ahora me siento cansada. El vino de color dorado que he bebido al almorzar me ha dejado un poco atontada. Me echaré y cerraré los ojos sólo por un momento. ¡Oh, no! ¡El sueño otra vez!

Estoy en ese horrible cuerpo, caminando en la noche. ¿No puedo cerrar los ojos ni siquiera unos segundos sin caer en esta pesadilla? Quiero gritar, escapar de la cáscara del sueño y regresar a mis prados dorados. Pero la pesadilla me aferra con sus garras de acero y yo sigo avanzando a trompicones.

Me detengo delante de una escuela. Estoy hambrienta, pero ahí dentro hay algo más importante que la comida. Rompo la puerta y entro en la única aula, con sus hileras de pequeños pupitres. Arranco la cubierta de uno tras otro de los pupitres hasta encontrar el papel y el lápiz que busco. Los llevo a la mesa del maestro. Mi cuerpo es demasiado voluminoso para poder sentarme, de modo que me arrodillo junto a la mesa y fuerzo a mis enormes y torpes dedos a coger el lápiz y escribir.

Sé que se trata de un sueño, pero algo me empuja a hacer saber a Karl que, aunque mi cuerpo se ha metamorfoseado en esta horrenda mole monstruosa, su Eva sigue pensando en él.

Después de muchos intentos, consigo redactar una nota legible:

Pliego el papel y me lo llevo conmigo. En la casa del tío de Karl —donde Karl vive—, deslizo la nota por debajo de la puerta y luego me escondo a esperar entre las sombras. Mientras espero, voy recordando más y más cosas de Karl.

Nos conocimos cerca de la Universidad de Goldstadt, donde estudiaba Karl, en la Facultad de Medicina. Estoy hablando de mi vida real; supongo que en mis sueños sigue siendo un estudiante. Yo también quería ingresar en la Universidad, pero los regentes no quisieron oír hablar de semejante cosa. Mi petición les escandalizó. No hay mujeres en las Facultades de Artes y Ciencias, y en especial no las hay en la Facultad de Medicina. En especial si una es una pobre muchacha del campo.

De modo que me escondí en el fondo de las aulas y escuché las lecciones del doctor Waldman sobre anatomía y fisiología. Karl me vio, pero guardó el secreto y me dejó seguir escuchando. Yo me enamoré de él inmediatamente, lo recuerdo muy bien. Recuerdo todos nuestros encuentros secretos, en los prados, en los desvanes. Me enseñaba las cosas que aprendía en clase. Y después me enseñó también otras cosas. Nos convertimos en amantes. Nunca antes me había entregado a un hombre. Karl fue el primero y juro que será el único. No recuerdo cómo nos separamos. Yo…

Aquí viene. ¡Oh, miradle! Quiero correr en su busca, pero no podría soportar que me viera de esta forma. ¡Qué tortura representa esta pesadilla!

Le veo entrar en la casa de su tío y encender las luces de la entrada. Me acerco un poco cuando encuentra mi nota y la lee. Pero ninguna sonrisa de enamorado ilumina su rostro. Por el contrario, su rostro palidece y ha de apoyarse en la pared para no caer al suelo. Luego sale por la puerta y echa a correr calle abajo, con mi nota apretada en la mano. Le sigo tan aprisa como puedo, pero se aleja cada vez más. No importa, conozco el camino. Me figuro adonde va.

Cuando llego a la casa de María, él ha entrado ya. Me aproximo a una ventana iluminada y espío el interior. Karl está de pie en el centro de la habitación, con ojos extraviados y las mejillas privadas de su color habitual. María rodea su cintura con los brazos, le sonríe y le consuela.

—… sólo una broma —está diciendo—. ¿No te das cuenta, amor mío? ¡Alguien se ha inventado un truco para engañarte!

—¡Pues es un truco condenadamente bueno! —dice Karl, colocando mi nota delante de los ojos de ella—. Así es como ella firmaba siempre sus notas… «Tu Eva». Nadie más lo sabía, ni siquiera tú. Y quemé todas sus cartas.

—¿Qué es lo que pretendes decirme? —contesta María con una carcajada—. ¿Que Eva te ha escrito esa nota? Está claro que la letra no es la suya.

—Cierto, pero…

—Eva está muerta, amor mío.

Esas palabras penetran en mi cerebro como si fueran martillazos. Quiero gritar que estoy aquí, viva, transformada en esta criatura. Pero guardo silencio. No tengo una voz capaz de articular palabras. Y después de todo, se trata tan sólo de un sueño. Debo repetírmelo continuamente.

Sólo un sueño.

Nada de lo que me ocurre es verdad, y por consiguiente nada tiene importancia.

A pesar de todo, encuentro en ello una horrible fascinación.

—La ahorcaron —está diciendo María—. Lo sé porque fui a contemplar la ejecución. Tú no pudiste soportarlo, pero yo fui a verlo por mí misma. —Su sonrisa se desvanece y en sus ojos aparece una luz maligna—. La ahorcaron, Karl. La colgaron hasta que dejó de patalear y se meció inerte, acariciada por la brisa. Luego cortaron la soga y la llevaron a la Facultad de Medicina, tal como había pedido ella misma. ¡Qué pensamiento más noble tuvo! Donó su cuerpo a la ciencia. Bueno, ahora está dividida en mil pedacitos pequeños.

—Lo sé —dice Karl, que ha recuperado el color, pero su rubor parece más un signo de culpabilidad que de buena salud—. Vi su cerebro, María. ¡El cerebro de Eva! El doctor Waldman lo colocó en un frasco de cristal sobre una de las mesas del laboratorio, como ejemplo de un cerebro anormal. La etiqueta decía: Dysfunctio cerebri, y lo colocaron al lado de un cerebro supuestamente normal. Tuve que estar sentado delante de él durante todas sus lecciones y mirarlo, sabiendo todo el tiempo a quién había pertenecido, y que no era en absoluto anormal.

—La etiqueta debería haber puesto «estúpido» —contesta María riendo—. Estaba convencida de que la amabas. Se tragó que yo era tu hermana. Creía todo lo que le decíamos y de ese modo cargó con las culpas por el asesinato de tu tío. Y como resultado, tú eres rico y no estás obligado en absoluto a pensar nunca más en ella. Ha desaparecido. —Su cerebro también ha desaparecido. Me alegré cuando lo robaron unos bromistas y ya no tuve que seguir mirándolo.

—Ahora puedes mirarme a mí —dice María.

Da un paso atrás y se desabrocha la blusa dejando al descubierto sus senos desnudos. Mientras Karl la abraza, yo me alejo de la ventana sollozando, jadeante, y corro a ciegas en busca del establo que llamo mi hogar.

De nuevo estoy despierta.

Otra vez me encuentro en mis Campos Elíseos, pero no consigo sacudirme los efectos de aquella horrible pesadilla. Las palabras de la Mafia del sueño han despertado nuevos recuerdos en mi mente despierta. En parte, sus palabras eran ciertas.

—¿Cómo había podido olvidarlo?

Hubo un asesinato. Se trataba del rico tío de Karl, y yo fui acusada. Ahora recuerdo…, recuerdo aquella noche. Debía reunirme con Karl en su casa. Él iba a presentarme a su tío y hacer público por primera vez nuestro amor. Pero cuando llegué allí, la puerta estaba abierta y en el suelo yacía un anciano corpulento, ensangrentado, moribundo. Intenté ayudarle, pero había perdido demasiada sangre. Y entonces llegaron los hombres del burgomaestre y me encontraron con la sangre del hombre muerto en las manos, y el cuchillo que lo había matado a mis pies.

Y Karl no aparecía por ninguna parte.

Nunca volví a ver a Karl. Nunca vino a visitarme. Nunca respondió a mis notas. De hecho, su abogado se presentó en la cárcel y me advirtió que dejara de escribir a Karl; dijo que Karl no sabía quién era yo y no quería saber nada de la asesina de su tío.

Nadie creyó que yo conocía a Karl. Nadie, a excepción de su hermana María, nos había visto nunca juntos, y María declaró que yo era una perfecta desconocida para ella. Recuerdo el abatimiento que sentí cuando me dijeron que María no era en absoluto su hermana.

Después de aquello, mi corazón me abandonó. Me rendí, perdí todo deseo de defenderme a mí misma. Les dejé que hicieran conmigo lo que quisieran. Mi única petición fue que donaran mi cuerpo a la Facultad de Medicina. Fue una broma privada dedicada a los regentes: después de todo, por fin ingresaría en la Universidad. Recuerdo haber caminado hacia el patíbulo. Recuerdo la presión de la soga en mi cuello. Después…

… Después me encontré aquí. De modo que finalmente no me ajusticiaron. ¡Si pudiera recordar lo que sucedió! No importa, todo llegará. Lo que importa es que, desde que llegué aquí, mi vida ha sido una sucesión de días maravillosos, perfectos…

Si no fuera por los sueños.

Pero ahora los nubarrones se ciernen sobre mis Campos Elíseos, al recordar la traición de Karl. Yo había creído que me evitaba para proteger el nombre de su familia, pero las palabras de la María del sueño no sólo han refrescado mi memoria sino que han arrojado una luz nueva sobre todo lo que me sucedió después de la noche en que acudí a la casa del tío de Karl.

Las nubes se oscurecen y el trueno retumba en las lejanas montañas a medida que crecen mi rabia y mis sospechas. No sé si Karl me mintió y me traicionó, tal como afirmaba la María del sueño, y también ignoro si fue él quien mató a su tío, pero sé que me abandonó en la hora en que más angustiosamente lo necesitaba. Y por esa razón, nunca le perdonaré.

Las nubes ocultan el sol y oscurecen el cielo. Amenaza tormenta, pero no llueve. Aún no.

De nuevo la pesadilla.

Pero en esta ocasión no lucho contra ella. En realidad me encanta estar dentro de este cuerpo monstruoso. Es una cosa curiosa, este cuerpo. No es un organismo simple, sino un agregado de pedazos humanos. Y poderoso, muy poderoso. Los años que pasé trabajando en la granja me proporcionaron una fuerza considerable para una muchacha, pero nunca pude hacer nada parecido a lo que hago ahora: levantar en vilo un caballo o derribar un árbol de un puñetazo. Es una sensación agradable tener tanta fuerza.

Me encamino a la casa de María.

Está en casa. Está sola. Karl no aparece por ninguna parte. No me molesto en llamar, derribo la puerta y entro. María empieza a gritar, pero yo la agarro por la garganta con una de mis manos de poderosos dedos, y ahogo su voz. La noche pasada se reía de mí, me llamaba estúpida. Siento que la rabia me invade y aprieto con más fuerza, hasta ver cómo su cara adquiere un color purpúreo. Estiro el brazo, levanto sus pies del suelo, y observo cómo patalean en el aire del mismo modo que ella dijo que hacían los míos en la muerte soñada de la que ella fue testigo. Aprieto, aprieto y aprieto, y veo cómo estallan las venas de sus ojos y su rostro, y su lengua asoma y se oscurece hasta que su cuerpo cuelga en mis manos como un muñeco. Aflojo mi presa y la agito, pero sigue inerte.

¿Qué es lo que he hecho?

Permanezco allí, convulsa por la rabia que me invade y por la violencia que suscita en mí. Por un momento compadezco a María, me compadezco a mí misma. Luego me rehago.

Esto es un sueño. ¡Un sueño! No es real. Puedo hacer cualquier cosa en este cuerpo de pesadilla, sin que tenga la menor importancia, porque sólo ocurre en el interior de mi mente dormida.

Esa comprobación es como una cegadora luz blanca que se enciende en mi cerebro. Puedo hacer todo lo que se me antoje en mi vida soñada. ¡Todo! Puedo desahogar cualquier emoción que sienta, seguir el menor capricho, deseo o impulso, por violento u ofensivo que resulte.

Y voy a hacerlo. No me contendré mientras esté soñando. A diferencia de mi vida de vigilia, actuaré sin vacilaciones ante cualquier cosa que me ocurra. Mi vida soñada no se verá frenada por consideraciones de simpatía, de empatía o de cualquier otra consideración razonable.

¿Por qué no? Es sólo un sueño.

Miro abajo y veo la nota que escribí a Karl en mi sueño de la pasada noche. Está arrugada en el suelo. Miro a María, que pende inerte de mi mano. Recuerdo su risa despectiva al comentar que había donado mi cuerpo para el progreso de la ciencia, su regocijo al pensar que mi cuerpo había sido dividido en mil pedacitos.

Y de súbito he tenido una idea. Si pudiera reír, lo habría hecho.

Después de acabar con ella, vuelvo a colocar la puerta sobre sus goznes y espero detrás. No tengo que esperar mucho rato.

Llega Karl y llama. Como nadie contesta, empuja la puerta. Ésta cae, y entonces ve a su amante, María…, esparcida por toda la habitación…, en mil pedacitos. Lanza un grito ahogado y se vuelve para escapar. Pero yo estoy allí, cerrándole el paso.

Karl retrocede al verme, con el horror reflejado en su rostro. Intenta echar a correr, pero yo lo sujeto por el brazo y se lo impido.

—¡Tú! ¡Buen Dios, decían que habías muerto en el incendio del molino! ¡Por favor, no me hagas daño! ¡Nunca te he hecho ningún mal!

Qué maravilloso es dominar físicamente a un hombre. Nunca hasta este instante me había dado cuenta de hasta qué punto el temor había influido en mis relaciones cotidianas con los hombres. Es verdad que gobiernan el mundo y cuentan con el poder de sus influencias; pero también tienen un poder físico. En algún lugar de las profundidades de mi mente, como una caudalosa corriente subterránea, había estado presente la constatación de que casi cualquier hombre podía dominarme a su antojo desde el punto de vista físico. Aunque nunca antes había reconocido la existencia de esa corriente oculta, ahora veo en qué medida coloreaba mi vida de vigilia.

Pero en mi sueño ya no formo parte del sexo débil.

No golpeo a Karl. Sólo quiero que sepa quién soy. Le muestro la nota de la noche pasada y la aprieto contra mi pecho.

—¿Qué? —dice con voz ahogada—. ¿Qué es lo que quieres de mí?

Le muestro la nota de nuevo, y otra vez la aprieto contra mi pecho.

—¿Qué intentas decirme? ¿Qué eres Eva? Eso es imposible. ¡Eva ha muerto! Tú eres la criatura de Henry Frankenstein.

¿Henry Frankenstein? ¿El hijo del barón? He oído hablar de él: es uno de los antiguos discípulos del doctor Waldman, al parecer brillante pero muy poco ortodoxo. ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

Gruño, sacudo la cabeza y agito el papel, al tiempo que aumento la presión sobre su brazo. Hace una mueca de dolor.

—¡Mírate a ti mismo! ¿Cómo puedes ser Eva? Has sido construido con mil retazos diferentes de distintos cuerpos. Eres… —Los ojos de Karl se agrandan, su boca se abre—. ¡El cerebro! ¡Buen Dios, el cerebro de Eva! ¡Lo robaron poco antes de que tú aparecieras!

Me asombra la consistencia lógica de mi pesadilla. En la vida real doné mi cuerpo a la Facultad de Medicina, y en mi sueño mi cerebro ha sido colocado en otro cuerpo, construido a retazos por el hijo del barón Frankenstein a partir de órganos y fragmentos de tejido de distintos cadáveres. ¡Qué imaginación tengo!

Sonrío. —¡Oh, Dios mío! —solloza Karl. Sus palabras se atropellan las unas a las otras, en su prisa por salir—. ¡No puede ser! ¡Oh, Eva, Eva, Eva, lo siento tanto! No quería hacerlo, pero María me convenció. No quería matar a mi tío, pero María me indujo a hacerlo. ¡Fue idea suya hacer que las sospechas recayesen sobre ti, no mía!

Mientras yo le contemplo horrorizada, siento que la rabia estalla en mi corazón como una bomba. ¡De modo que conspiró para que me ahorcaran! Una niebla carmesí me invade cuando tomo su cabeza entre mis manos. Aprieto con toda la fuerza que poseo y no me detengo hasta que oigo un crujido apagado y siento correr entre mis dedos un líquido caliente.

Y luego sollozo, unos extraños sonidos guturales surgen de mi pecho mientras abrazo estrechamente la forma inerte de Karl. Es sólo un sueño, lo sé, pero de todos modos me duele. Sigo allí, inmóvil, largo rato, hasta que oigo una voz a mis espaldas.

—¡Hola! ¿Qué ocurre ahí dentro?

Me vuelvo y veo que se acerca un vecino. Al verle, noto que mi corazón vuelve a hervir de ira. Él y sus compinches me persiguieron hasta aquel molino e intentaron quemarme viva. Dejo caer a un lado los restos de Karl y me dirijo hacia él, pero es demasiado rápido para mí y corre dando gritos calle abajo.

Temo que regrese con más gente y huyo. Pero no sin antes prender fuego a la casa de María. La veo arder unos momentos, y luego me alejo en dirección a los campos, amparada en la oscuridad amiga.

Estoy despierta otra vez.

He pasado todo el día pensando en el sueño de la noche pasada. No veo ninguna razón para seguir escondiéndome por más tiempo en la oscuridad cuando sueño. ¿Por qué había de hacerlo? Las gentes de la ciudad saben ya que sigo estando viva. Muy bien. Hagamos que todos esos buenos ciudadanos se enteren de que he vuelto y de que tienen que entendérselas conmigo: pero ya no con la pobre Eva Rucker, sino con la criatura remendada de los delirantes experimentos de Henry Frankenstein. Y no voy a ser maltratada de nuevo. No me mirarán de arriba abajo ni me cerrarán las puertas en las narices por el simple hecho de que soy una chica de pueblo. ¡Nadie volverá a decirme «No» nunca más!

Volveré. Mañana por la noche, y todas las noches siguientes. Pero ya no andaré errante, sin ningún propósito; ahora mis sueños tendrán un objetivo. Empezaré por tomarme en sueños la venganza sobre los regentes de la Universidad que me negaron el ingreso en la Facultad de Medicina. Emplearé mis horas de vigilia en idear planes astutos para hacerles morir, y en mis sueños llevaré esos planes a la práctica.

Será divertido, y no habrá ningún mal en irlos matando uno a uno en sueños.

Estoy empezando a disfrutar de verdad con mis sueños. Es maravilloso sentirse poderosa y no reconocer ningún límite. Me proporciona un alivio enormemente estimulante.

Estoy deseando volverme a dormir.