La pequeña Frankie
LA PEQUEÑA FRANKIE
JOYCE HARRINGTON
Me estoy forzando a mí mismo a escribir esto. No es una tarea agradable. Me obliga a pensar en todas las cosas que podía haber hecho, que debí hacer, para impedir la tragedia. Pero yo no sabía, Dios mío, no tenía ni idea de lo que proyectaba Francesca, ni de los extraños caminos que había recorrido en sus investigaciones sobre los orígenes y el proceso de creación de la vida.
La creación de la vida. Es un chiste. Y muy malo, por cierto. Fuera lo que fuera lo que creó ella, no era vida. Y provocó la destrucción del ser humano en particular al que tanto ella como yo amábamos más que a nada en el mundo.
Pero estoy anticipando. Dejadme empezar por el principio.
Supongo que todo empezó con dos niñas pequeñas, íntimas amigas desde el día en que se conocieron en el jardín de infancia. Francesca, cuyos padres, el doctor Howard Stein y señora, eligieron de forma especialmente desafortunada el nombre de su única hija, tímida y retraída; y Johanna, de cabellos rubios, ojos azules y pizpireta como un capullo de rosa, que con el tiempo llegaría a ser mi esposa.
Casi desde el momento en que nos conocimos, Johanna me contó anécdotas de su brillante amiga. De cómo Francesca había sobresalido en todo durante sus años escolares, y de cómo sus éxitos siempre se habían visto empañados por las burlas crueles de los demás niños. Con su pelo oscuro y rizado hasta hacerse casi imposible de peinar, sus penetrantes ojos negros y su nombre evocador, era seguramente inevitable que todo el mundo la llamara Frankie Stein, «la Novia de Frankenstein».
Johanna era su defensora en aquellos días, además de su única amiga. Desearía haber conocido a Johanna de niña. Casi puedo verla combatiendo injusticias ocurridas en el patio de juegos, en favor de una compañera que no podía defenderse a sí misma. Cuando yo la conocí, acababa de graduarse en la Facultad de Derecho y trabajaba para la Sociedad de Auxilio Legal, en casos de personas pobres.
En aquella época, Francesca estaba todavía estudiando medicina en otro estado, y no la conocí hasta que vino a nuestra boda, unos años más tarde. Fue doncella de honor de Johanna, y parecía rígida y falta de naturalidad con su falda de volantes. Tuve la sensación de que la boda de Johanna le parecía una traición. Apenas cruzó unas cuantas palabras conmigo, y no habló en absoluto con el resto de los invitados. Sin embargo, a Johanna no le molestó la antipática actitud de su amiga. Se limitó a decir:
—Bueno, Frankie es así. Hace años hicimos el juramento tonto e infantil de no casarnos ni tener hijos jamás. Me imagino que todavía se acuerda, y que cree que yo debería haber obedecido aquel voto. Ya lo superará.
Lo cierto es que no volví a preocuparme de sí Francesca superaba o no su disgusto. Johanna y yo iniciamos nuestra vida en común. Como muchos de nuestros conocidos, decidimos esperar para tener niños a que nuestras carreras se hubieran consolidado. Johanna se especializó en casos de abusos y malos tratos a niños, una práctica legal que no proporciona precisamente unos honorarios suculentos, pero en la que ella se sentía enormemente realizada. Yo aporté mi granito de arena a la economía familiar ejerciendo de reportero de sucesos, mientras empezaba a emborronar cuartillas con esbozos de la novela que algún día escribiría.
La ciudad donde vivíamos era lo bastante pequeña para resultar cómoda, y lo bastante grande para permitirse un auténtico periódico. No dejábamos de tener, con todo, nuestra cuota proporcional de modernas plagas urbanas. Escribí sobre asaltos, delitos relacionados con la droga, políticos corruptos y cohechos de funcionarios casi cada día, aparte de ocasionales asesinatos atroces que parecían cometidos con el único fin de demostrar que nuestra ciudad participaba en el alza estadística de crímenes violentos en el país. Johanna veía la otra cara de las estadísticas, el lado humano, los niños golpeados y maltratados y las niñas violadas, demasiado asustados o demasiado pequeños para hablar de los crímenes de que habían sido víctimas.
Pasaron los meses y los años. Los dos considerábamos que estábamos haciendo un trabajo importante. Compramos una casa, nada lujosa pero que contaba con un par de dormitorios extra que utilizábamos «temporalmente» como estudios particulares de cada uno de nosotros. Nuestros horarios de trabajo eran una locura, de modo que por lo común picábamos cualquier cosa de comer cuando y donde podíamos. Pero una o dos veces a la semana nos las arreglábamos para cenar juntos. Yo me sentía desaforadamente orgulloso de mis almuerzos dominicales: las crepés con salsa de nueces eran mi gran especialidad.
Era una vida muy corriente. A nosotros nos gustaba, y también nos queríamos mucho el uno al otro.
Durante aquellos años, no vimos a la doctora Francesca Stein. Johanna recibió algunas breves notas de ella, por lo común para notificarle la concesión de una nueva beca para la investigación, o alguno de los muchos honores que empezaron a llover sobre ella. De tanto en tanto, yo me encontraba en el periódico con un despacho del servicio de telegramas de agencia en el que se mencionaba su nombre, pero siempre se trataba de titulares tipo «científico del futuro», y las reseñas apenas daban idea de lo que estaba haciendo; tan sólo constaba que se trataba de algo relacionado con la investigación genética.
Y luego, de súbito, un día Johanna escuchó el sonido del timbre de alarma en su reloj biológico.
—No estoy dispuesta a ser una vieja carcamal con un hijo en la universidad —fue su manera de expresarlo.
—Sólo tienes treinta y siete años —la tranquilicé—. Se es vieja a los noventa. Y nunca serás una carcamal, ni vieja, ni joven ni de edad mediana.
—Entiendes lo que te estoy diciendo, ¿no? —preguntó con su más punzante amabilidad en el estilo «eres un estúpido de remate, pero me armaré de paciencia»—. Quiero tener un hijo. Ahora.
—Ahora es imposible —le dije. Y antes de que montara en cólera, añadí—: ¿Qué te parece dentro de nueve meses?
Lo cierto es que me había estado preguntando cómo abordar el tema por mi parte. Ahora disponía de una columna fija, de tono liberal-satírico, en la que charlaba prácticamente de todo, desde abejas asesinas hasta el control de armamentos, y disponía de un poco más de tiempo para pensar en las cosas realmente importantes, como la propagación de la especie. De mi propia especie personal. Pensaba que iba a ser un padre condenadamente bueno.
¿He dicho ya que Johanna era una mujer eficiente? La eficiencia no es la virtud que más simpatías despierta en el mundo, pero con Johanna todo parecía transcurrir sin esfuerzo, y nunca nos hacía reproches a los torpones que la rodeábamos. A los nueve meses justos de aquella conversación, dio a luz un manojo gritón de energía femenil, a la que de inmediato adjudicó el nombre de Francesca.
—¿Estás segura de eso? —le pregunté—. No creo que la doctora Frankie se sienta halagada por el detalle, ni que nos lo agradezca de ninguna manera.
—¿Se te ocurre alguna alternativa? —me preguntó ella—. ¿Qué te parece si le ponemos el nombre de tu madre? ¿O el de la mía?
—Francesca me parece perfecto —contesté. Las dos abuelas se llaman Edwina y Gertrudis, respectivamente.
La doctora Frankie no envió ningún regalo a la niña, pero nos escribió que había establecido un fondo de fideicomiso, pagadero al cumplimiento de los dieciocho años de Francesca, para costear su educación, con la condición de que optara por estudiar alguna rama científica. Johanna comentó:
—Es una idea estupenda. Frankie no sabría comprar juguetes infantiles, y de este modo la niña cuenta con una opción de futuro.
—¿Y qué pasará si quiere ser abogada, o escritora, o belleza playera? —pregunté. —Será lo que ella decida ser —replicó Johanna—, pero si elige ser otra Frankie, dispondrá de una opción que a otros les ha faltado. No me fue fácil economizar el dinero preciso en los años de la Facultad de Derecho.
—De acuerdo —murmuré—, pero no me gusta. Y no quiero que lo sepa. Creo en la libertad de opciones, pero no si una de ellas está pagada de antemano.
—¿Te sientes como si hubieran usurpado un poco tus funciones? No te preocupes, que no se lo diré. No la teledirigiré. Y hasta los dieciocho años falta mucho tiempo.
El puro gozo de ver a aquella perfecta criatura infantil chapurrear, babear y crecer nos hizo olvidar por completo el fondo de fideicomiso de la doctora Frankie. Y cambié pañales. No con la destreza de Johanna, pero sí al menos de forma suficientemente adecuada al fin propuesto. Por entonces, trabajaba ya en casa. Mis columnas salían todas las semanas en más y más periódicos, y recibía invitaciones para dar conferencias en las escuelas de periodismo y en toda clase de convenciones industriales. Aquello era mucha tela para un exreportero de la sección de sucesos, y mi actitud predominante venía a expresarse del siguiente modo:
—¡Ándate con cuidado, Russell Baker!
Tal vez era inevitable que nuestra hija se convirtiera en la Pequeña Frankie. Sobre todo cuando la doctora Frankie llamó para anunciarnos su intención de hacernos una visita. No a nosotros exactamente. La habían llamado a consulta en algún trabajo en curso en un centro de investigación cercano, pero ella quería pasar con nosotros todo su tiempo libre. Nuestra Francesca tenía por entonces tres años y era una chiquilla precoz y, por supuesto, a nuestros ojos la niña más bonita del mundo. Se parecía más a Johanna que a mí, pero parecía estar desarrollando mis piernas largas y flacas y mi visión irónica de la vida. Se negó en redondo a ver Magnum por televisión, y expresó la opinión de que el Conejo de la Suerte haría un buen papel, asado, en la comida del Día de Acción de Gracias. Johanna me acusó de influir en sus puntos de vista. Bien, tal vez lo hice. Un poco nada más.
La doctora Frankie apareció el día fijado, con un mechón blanco que dividía netamente en dos el amasijo de sus cabellos erizados. Me reprimí como pude para no preguntarle por su misterioso parecido con Elsa Lanchester. En privado, sondeé a Johanna: —¿Crees que lo hace a propósito?
Johanna pretendió no saber de lo que le estaba hablando.
Por entonces, el estudio de Johanna se había convertido en un alegre dormitorio y cuarto de juegos para la Pequeña Frankie, pintado en vivos colores. Nada de visillos con volantes rosados para nuestra pequeña tigresa. Había una cama plegable para su eventual utilización por canguros que cuidaran de noche a la niña, y en ella alojamos a la doctora Frankie durante los tres días que pasó con nosotros. No habían ningún otro lugar en donde colocarla. Yo necesitaba mi propio estudio para la producción de columnas periodísticas, y era frecuente que trabajara en él hasta la madrugada.
La Pequeña Frankie congenió con su tocaya como un fideo con un caldo de pollo, y —sorpresa, sorpresa— la atracción fue mutua. La arisca doctora respondía pacientemente a todas sus preguntas, a las pertinentes y a las impertinentes, y se la llevaba con ella a las reuniones con los fans locales de la doctora Frankie. Pido perdón, quise decir con sus compañeros de investigación científica.
Los tres días transcurrieron rápidamente y de una forma bastante agradable. La doctora Frankie llegó incluso a admitir que leía ocasionalmente mi columna, aunque estaba en desacuerdo con todo lo que yo escribía. Sólo como una broma, la clase de broma propia de ella, nos convenció a Johanna y a mí de que contribuyéramos al banco de genes que estaba creando.
—Los dos sois magníficos especímenes —fue su forma de plantearlo—. Me gustaría tener en reserva muestras vuestras.
¿Cómo negarse a una petición tan irresistible?
Una semana después de la partida de la doctora Frankie, la Pequeña Frankie murió. No hay mejor manera de decirlo que así: directa y brutalmente. Fue algo repentino, y aterrador. Los médicos quedaron desconcertados. Un día, teníamos delante a una niña sana, activa, turbulenta. Al siguiente, a un joven animal postrado por el dolor, febril, atormentado. No hubo un milagro médico que salvara a Francesca; todo lo que pudieron hacer fue darle sedantes mientras intentaban frenéticamente diagnosticar qué era lo que la estaba matando. Todo acabó en veinticuatro horas. Un doctor agotado me dijo:
—Parece como sí todos sus sistemas se hubieran vuelto tóxicos, para después dejar de funcionar de golpe. Nunca he visto antes una cosa así. Johanna. ¿Cómo describir su dolor? Rabió, se encerró en un mutismo tétrico, lloró lo bastante para irrigar el Sahara. Se negó a dejarme que la consolara, y se fue a dormir al cuarto de la Pequeña Frankie. Incluso descuidó su trabajo forense.
—No puedo tratar con esos niños —se quejó—. Por lo menos, ellos están vivos.
Parecía que nada en el mundo podría consolarla. Y durante todo aquel tiempo, no recibimos ni una palabra de la doctora Frankie.
Finalmente, al cabo de seis meses durante los cuales Johanna se negó de plano a recibir cualquier clase de ayuda psiquiátrica, llamé a la doctora. Fue un intento desesperado, pero me temía que Johanna estaba empezando a pensar en el suicidio. No por nada que ella misma dijera —apenas hablaba, salvo para referirse a los temas más ordinarios—, sino porque se había instalado en un estado de desapego mórbido, como si estuviera contemplando la eternidad. Si alguien podía sacar a Johanna de aquella situación, probablemente esa persona era la chiflada doctora Frankie.
—Sí —me contestó—. Iré. Está todo listo.
—¿Qué es lo que está listo? —pregunté.
La doctora Frankie adoptó un tono evasivo muy raro en ella.
—Lo verás cuando esté allí —dijo—. Espérame dentro de dos días. Y no se lo digas a Johanna.
¿Cómo podía no decírselo a Johanna? Siempre nos lo habíamos contado todo el uno al otro. Al menos, hasta que Johanna se volvió silenciosa y solitaria. Pero me dije a mí mismo que sin duda la doctora Frankie tenía en perspectiva alguna clase de sorpresa. Si se trataba de una sorpresa capaz de devolver a Johanna a su propio ser y a mí, valía la pena guardar la boca cerrada. Dos días no era demasiado tiempo para callar un secreto.
Empecé a esperar el sonido del timbre de la puerta tan pronto como me levanté de la cama el segundo día. Johanna tenía la costumbre de dormir hasta tarde, acurrucada en la cama infantil de la Pequeña Frankie. Me asomé allí, le di los buenos días y le pregunté si quería una taza de café. Como de costumbre, no hubo respuesta. Como de costumbre, le toqué el brazo, para asegurarme de que respiraba. Todavía sumida, se encogió para evitar el contacto. Claro que me dolía, pero ¿qué podía hacer? Por lo menos, ese día podía tener la esperanza de que la doctora Frankie haría alguna especie de milagro. Fue un día muy largo. Intenté trabajar, pero las palabras que aparecían en la pantalla de mi ordenador se negaban a adquirir sentido. Johanna se levantó hacia el mediodía, picoteó el desayuno que yo le había preparado y se puso a ver la televisión. No parecía importarle lo que viera. Se limitaba a estar ahí sentada, con ojos vidriosos. Cambié de canal varias veces, y ella siguió mirando. Cuando desconecté el aparato, gimió con suavidad hasta que volví a encenderlo. Nunca había estado peor en todos aquellos largos meses. Si yo no estuviera esperando a la doctora Frankie minuto a minuto, creo que probablemente la habría empaquetado y expedido de inmediato a algún rancho psiquiátrico.
Durante toda una larga tarde de capítulos de series, reposiciones y programas infantiles, mi hermosa, inteligente y sarcástica esposa estuvo sentada sin moverse. Yo no podía soportar seguir allí observándola, y tampoco me atrevía a dejarla sola durante más de cinco minutos. En tres ocasiones intenté llamar a la doctora Frankie para saber si había variado sus planes y olvidado comunicármelo. Todo lo que conseguí fue oír su voz en el contestador automático, declarando no estar disponible. No dejé ningún mensaje. ¿Qué podía decirle? ¿«Estoy aquí esperando que vengas a salvar a mi mujer»?
Finalmente, cuando empezó el noticiario de las seis, Johanna se puso en pie y apagó el aparato.
—Cansada —murmuró—. Estoy muy cansada.
La seguí a la cocina, y allí exploró el interior de la nevera, abrió y volvió a cerrar todos los armarios y las alacenas, y finalmente se quedó inmóvil junto a la puerta trasera, con la cara apretada contra el cristal.
—¿Qué es lo que buscas? —le pregunté.
No me hizo caso. Igual podía no haber estado allí. Intenté rodearla con mis brazos, y me rechazó con impaciencia. Después, con toda deliberación, fue al cajón de los cuchillos, sacó el primero que se le vino a las manos —un pequeño cuchillo de pelar patatas— y se lo llevó a la garganta. Di un salto para detenerla, pero antes de que pudiera hacerlo, dejó caer el cuchillo y se derrumbó en el suelo, sollozando convulsivamente.
En ese momento, sonó el timbre de la puerta.
Cogí en brazos a Johanna y la llevé a la sala de estar. Era muy ligera, muy frágil, y su pobre carita triste estaba arrasada por las lágrimas. La tendí en el diván y la cubrí con una manta. El timbre de la puerta volvió a sonar. —Tenemos visita —dije a Johanna.
Ella se me quedó mirando, sin comprender.
—Voy un momento a abrir la puerta. ¿Estarás bien?
Cerró los ojos.
Crucé la habitación y el pequeño vestíbulo sin dejar de vigilar cualquier signo de que intentara repetir el truco del cuchillo. Abrí de golpe la puerta principal sin mirar quién había en ella. Y no miré hasta oír una voz familiar que gritaba:
—¡Papá!
Saltó a mis brazos de la misma forma en que solía hacerlo siempre, cruzando las piernas alrededor de mi cintura y frotando la cara contra mi cuello. Yo atisbé por entre sus rizos dorados la mueca triunfal de la doctora Frankie.
—Os he traído a vuestra hija —anunció—. A vuestra hija genéticamente perfecta.
La niña, quienquiera que fuera, se descolgó de mis brazos y cruzó a la carrera la habitación hacia Johanna.
—¡Mami, mami! —aulló—. ¡Levántate, mami! ¡Tengo hambre!
Y allí estaba mi milagro. Johanna con la cara alegre, los ojos brillantes, se levantó y, como si no hubiera ocurrido nada en el mundo, tomó a la niña de la mano y dijo:
—Muy bien, vamos a prepararte algo de comer.
Yo me quedé mirando estupefacto a la doctora Frankie.
—¿Qué ha pasado? —pregunté. Y sin esperar la respuesta, seguí a la cocina a mi mujer y a la niña, que era una réplica exacta de nuestra hija muerta.
Johanna preparaba un bocadillo con mantequilla de cacahuete. La niña estaba sentada a la mesa de la cocina, en la silla favorita de la Pequeña Frankie, bebiendo un vaso de leche.
—Espera un momento —dije, sujetando la mano de Johanna—. ¿Quién te crees que es?
—Mi niña ha vuelto. ¿No es maravilloso? —me contestó.
Se sacudió la mano de la mía para seguir preparando el bocadillo, y yo me quedé con el pulgar untado de mantequilla. Pensativo, lo chupé. Si lo miraba desde un punto de vista positivo, Johanna había salido de su marasmo, y yo había estado dispuesto a vender mi alma por conseguir aquello. Pero había demasiados puntos oscuros relacionados con aquella increíble recuperación, y lo más seguro es que yo ni siquiera sospechara la existencia de algunos de ellos. Al menos, no todavía. Confiado en que, en su actual estado de euforia, podía dejarla sola, regresé a la sala de estar. La doctora Frankie estaba allí, muy tiesa, esperándome.
—Sé que tienes preguntas que hacer —dijo—. Preferiría que te las guardaras. Quisiera que aceptaras esto del mismo modo que lo ha hecho Johanna.
—¿Quién es? No es mi hija. ¿Dónde la encontraste?
—Es tan hija tuya como la que murió. Digamos tan sólo que se trata de una versión mejorada del original.
No podía creer lo que oía. Pero la prueba estaba sentada en la cocina, comiéndose un bocadillo de mantequilla de cacahuete.
—¿Mejorada? ¿Cómo?
La doctora Frankie sonrió.
—Posee mi inteligencia. Es mi hija, tanto como vuestra. ¿Recuerdas aquellas muestras de genes? También tomé algunas de la Pequeña Frankie. Eliminé las imperfecciones, añadí una proporción mayor de las mejores características de Johanna y tuyas, y como remate añadí a la mezcla mi propia capacidad mental. Vas a estar muy orgulloso de tu hija.
—¿Todo eso en seis meses?
—En más de seis años. He estado trabajando mucho tiempo en este proyecto. Pero necesitaba sacarlo del laboratorio y llevarlo a una situación real. El vuestro era el caso ideal.
—No somos un caso, y ella no es mi hija —insistí—. Mi hija ha muerto.
—Y ahora está viva otra vez —interrumpió Johanna, que acababa de entrar en la sala de estar—. Frankie, ¿sabes lo que acaba de decirme? Me ha dicho: «Mami, quiero ser igual que tía Frankie, cuando sea mayor. Tendré montones y montones de niños». ¿Cuántos niños tienes tú, Frankie?
—Unos cuantos. Todos forman parte del proyecto. Y todos son más o menos perfectos.
—¿Y todos se parecen a ésta?
—No, no todos ellos. Ésta es la mejor del lote Francesca.
Johanna absorbió aquella información y reflexionó sobre ella, mientras miraba con fijeza a su amiga. Yo me quedé quieto, esperando a ver lo que haría.
Se aproximó un poco más a la doctora Frankie, con un brillo intenso en los ojos, cuadrando los hombros. La había visto así antes, cuando describía sus casos más horrendos, y no envidié lo más mínimo a la doctora Frankie. Johanna podía ser muy mordaz.
—Frankie, es perfecta. Pero tiene un detalle un poco fuera de lo común.
—Te acostumbrarás —replicó complaciente la doctora Frankie.
—No creo que lo haga —dijo Johanna—. Déjame explicarte por qué. Tuvo que ir al baño, y por supuesto yo la acompañé. No quería perderla de vista un solo momento. Y ahí está lo sorprendente, Frankie. No tiene ombligo. ¿Has visto alguna vez una niña sin ombligo?
—No creo que eso importe, Johanna. No sirve para nada útil —el tono de la doctora Frankie empezaba a mostrar síntomas de nerviosismo.
—Oh, sí que importa, ya lo creo. Pero tú no lo entiendes. Es la conexión, la evidencia física de que la niña y la madre estuvieron unidas durante un tiempo. Su ausencia me obligó a pensar por primera vez en varios meses. No fue una coincidencia que mi hija muriera una semana después de que tú te marcharas, ¿verdad, Frankie? Tú la mataste, ¿no es así? Le inyectaste algún maldito virus de desarrollo lento, algo que los médicos no podían curar. La mataste para poder sustituirla con esta creación tuya. Tal vez seas una brillante científica, Frankie, pero no tienes la menor idea de cómo son las personas. ¿Niegas que es cierto lo que estoy diciendo?
—No. ¿Por qué había de hacerlo? Deberías de estarme agradecida por devolvértela mejor de como era antes. Ésta nunca enfermará. Es genéticamente inmune a todas las enfermedades conocidas. Vivirá muchísimos años y contribuirá enormemente al progreso de la humanidad.
—Me temo que no lo hará —dijo Johanna—. No era inmune a esto.
Apareció el cuchillo otra vez, manchado de sangre, tembloroso en la mano de Johanna. Salté hacia ella, intentando apoderarme de su brazo. Pero antes de que pudiera alcanzarla, la doctora Frankie sacó una pistola y disparó. Johanna cayó al suelo. Yo me agaché a recoger el cuchillo. La doctora disparó de nuevo, y la bala pasó rozando mi cabeza. Yo lancé el cuchillo, aquel cuchillo pequeño de pelar patatas. Se clavó en la garganta de la doctora. Boqueó y dejó caer la pistola.
—Yo sólo intentaba —susurró— proteger a mi hija. No lo habéis entendido. Y se derrumbó.
Johanna estaba muerta; el disparo le había atravesado el corazón. En el baño, la criatura de la doctora Frankie estaba muerta también. Y la propia doctora Frankie se desangraba moribunda sobre la alfombra de mi sala de estar. Llamé a la policía.
No había nada de lo que pudieran culparme. La doctora Frankie vivió lo bastante para ser procesada por asesinato. Alegó defensa propia y fue absuelta. A Dios gracias, nadie parecía saber qué hacer con la niña muerta sin ombligo, salvo enterrarla decentemente. No fue mencionada en el juicio. Johanna bajó a su tumba bajo el estigma de desequilibrio mental. Algún día, conseguiré que se le haga justicia.
Todavía no sé si la acusación final de Johanna era correcta. Probablemente, nunca lo sabré. Pero sí sé que la doctora Francesca Stein mató a mi mujer, y que ha vuelto a su laboratorio en algún lugar remoto de las Montañas Rocosas para crear pequeños pseudohumanos perfectos.
¿Y yo? Bueno, sigo produciendo columnas periodísticas. Pero lo hago desde una solitaria cabaña en la montaña, mientras vigilo el lugar donde trabaja la doctora Frankie. Y mi fantasía favorita es hacer volar por los aires el laboratorio con todo lo que contiene. Tal vez algún día, esa idea fija mía dejará de ser una fantasía. Ese día escribiré mi última columna; búsquela en el periódico de su localidad.