Chui Chai
CHUI CHAI
S. P. SOMTOW
Los muertos vivientes no son como los imagináis. Nada de tripas colgando, ni goteo de líquidos viscosos. Guardan los intestinos y la sangre en su interior, como vosotros y como yo. Vistos a una luz adecuada pueden resultar hermosos, por ejemplo de pie en el umbral de una puerta, iluminados por el parpadeo de las luces de neón. Si uno los considera con el adecuado toque de fantasía, resultan indistinguibles de nosotros. Escuchadme, yo lo sé. Los he tocado.
Durante la década de los ochenta, solía ir con frecuencia a Bangkok. Los asesores financieros para los que trabajaba hacían muchos negocios allí; sucios en algunos casos, en otros no. Había empezado el flujo de dinero desde Hong Kong y nuestra compañía, como buen buitre que era, trataba de llevarse la mayor porción posible de aquel pastel. Bangkok tiraba el dinero como si el mañana no existiera. Hacía que Los Angeles pareciera Peoría. Era algo salvaje, veloz, frenético y frustrante. Tenía templos y edificios construidos como robots gigantes. Se recortaba contra el cielo con un perfil que era un cruce entre Shangri-La y Manhattan. Para un yuppie dinámico como yo, siempre había reuniones a las que asistir, fax que pasar, tráfico en el que sumergirse, tarjetas de crédito que quemar. Y también estaba el sexo.
Estaba Patpong.
Yo era un adicto. Muchos días, después de horas de conversaciones de alto nivel, de lecturas de innumerables documentos y de banquetes que duraban desde la hora del cierre de las oficinas hasta la medianoche, recorría las concurridas calles de Patpong. La noche olía a orines y jazmín. El calor se filtraba en todas partes. Cada paso que yo daba estaba coloreado por un anuncio de neón diferente. Por las puertas entreabiertas de los night clubs veía nalgas que se agitaban sin descanso al airoso ritmo del synthrock. Allí todo estaba en venta: las mujeres, los muchachos, el software pirata, los falsos Rolex. Y todo sudaba. Yo vagaba por aquellas calles y en ocasiones, al azar, entraba en algún lugar donde se desarrollaba un Live-show con mujeres que disparaban pelotas de ping-pong con el cono y muchachos que se daban por el culo subidos en motocicletas. Yo era un adicto. En otros lugares, me sentaba en una sala de espera y contemplaba a través de un cristal de dirección única a mujeres esbeltas, gráciles, morenas, con un número colgado del cuello. Elegía número y palpaba en mi bolsillo los condones de fabricación americana. Nunca compres productos locales, hermano; tienen más agujeros que un colador.
Yo era un adicto. No sabía qué era lo que buscaba, pero estaba convencido de que no había nada que no pudiera encontrarse en Encino. Yo era un caballero andante, pero ignoraba que encontrar el Santo Grial es posiblemente lo peor que puede ocurrirle a una persona.
Tuve el primer atisbo del Grial en el Club Pagoda, que está cerca de mi hotel y que era el lugar adonde solíamos llevar a nuestros clientes. Él club estaba en el mismo extremo de Patpong, pero era respetable: la clase de lugar donde te ofrecen una imitación en plástico de Ana y el rey de Siam, que no es otra cosa, por supuesto, que una imitación en plástico de la vida en el antiguo Siam…, ya sabéis, un artificio que imita a otro artificio. Los camareros paseaban por el local vestidos con uniformes medievales y los clientes se sentaban en el suelo, pero debajo de las mesas había huecos para acomodar las piernas entumecidas de los hombres blancos. El espectáculo, por su parte, era eminentemente austero: danzas clásicas thai, con bailarinas tocadas con esos sombreros en forma de pagoda que se movían con una gracia penosa y lenta al son de una música tintineante y extraña. Un buen lugar para entrevistarse con potenciales receptores de créditos, porque tenía la cualidad de ponerlos muy nerviosos.
La doctora Francés Stone, sin embargo, no estaba nerviosa en absoluto. Estaba ya allí cuando yo llegué. Entretenía la espera picando los cacahuetes de su gaeng massaman y disponiéndolos en su plato de arroz de tal forma que parecían los ojos, la nariz y la boca de una cara blanca.
—¿Le gusta jugar con la comida? —pregunté, al tiempo que me quitaba los zapatos en el límite de nuestra cabina privada y deslizaba mis piernas bajo la mesa, frente a ella.
—No —contestó—. Pero los prefiero triturados a enteros. Los cacahuetes, quiero decir. Usted debe de ser el señor Leibowitz.
—Russell.
—El hombre al que se supone que debo convencer de que me consiga unos pocos millones de dólares.
Hizo un mohín de coquetería, algo muy distinto de lo que yo esperaba de alguien dedicado a la investigación médica. Tenía un rostro avejentado, pero su manera de sonreír evocaba el recuerdo de la belleza juvenil que debió de adornarla. Me pregunté qué podía haberle ocurrido para cambiar tanto; según su ficha, sólo tenía cuarenta y cinco años.
—Normalmente, nosotros aquí sólo nos dedicamos a recibir —le dije—, no a dar. Los procesos de I + D no son nuestro fuerte. Le aconsejo que acuda a Hoechst o a Berli Jucker, Francés.
—Pero, Russell… —no había tocado su curry, pero los cacahuetes formaban ahora sobre el arroz un rostro humano perfecto, en el que el cabello estaba representado por algunos churretes de salsa—. No se trata exactamente de I + D. Es un descubrimiento que se ha estado persiguiendo durante casi siglo y medio. Los papeles de mi bisabuelo…
—¿Los que provocaron su expulsión de la Academia Austríaca? Sí, tengo un expediente bastante completo sobre usted, doctora Stone; lo sé todo sobre su huida a América y su cambio de nombre. —Y mi expediente sobre usted, señor Leibowitz —sonrió—, también es bastante completo.
Sacó de su bolso un paquete de fotografías comprometedoras y lo colocó encima de la mesa.
Sonó un gong para anunciar el siguiente número de baile. Era un solo. El escenario se cubrió de niebla, y a través de ella emergió una mujer. Sus ropas estaban tachonadas de cuentas de vidrio, pero sus ojos inmensos relucían más que el circón. Me miró y yo sentí el estremecimiento de la adicción. Me sonrió y sus labios parecieron brillar con una humedad lúbrica.
—Le gusta lo que está viendo —dijo Francés en voz baja.
—Yo…
—La danza se llama Chui Chai, la danza de la transformación. En todos los dramas clásicos thai, se producen transformaciones: una mujer se transforma en una rosa, un espíritu se transforma en un ser humano, etcétera. Después de la transformación, el personaje realiza una danza Chui Chai, que expresa la alegría por la plenitud y la belleza de su yo transformado.
Yo no tenía el menor interés en el tema, pero por alguna razón insistió en contarme toda la historia relacionada con aquella danza.
—Este Chui Chai en particular se llama Chui Chai Benjakai… Benjakai es una mujer demonio enviada por el rey de los demonios, Thotsakanth, para seducir al héroe Rama… Disfrazada con la apariencia de la hermosa Sita, descenderá flotando río abajo hasta el campamento de Rama e intentará convencerle de que su amada ha muerto… Pero al ser colocada en la pira funeraria, despertada de su trance por las llamas, adquirirá de nuevo su forma demoníaca y huirá volando al reino oscuro de Lanka. Pero no me está escuchando.
¿Cómo podía escucharla? Tenía delante de mí la clase de mujer que existe únicamente en los sueños o en los poemas. Se movía con lentitud frente a un roñoso telón de fondo que representaba, ya bastante descolorido, un palacio con el tejado concluido en un alero amplio y puntiagudo. Sus pies apenas tocaban el suelo. Los brazos ondulaban. Y mantenía su mirada fija en mí, como si no viera ninguna otra cosa. Las mujeres thai hacen con sus ojos cosas que ninguna otra mujer es capaz de hacer. Sus ojos poseen un lenguaje secreto.
—¿Por qué la mira tanto? —dijo Francés—. No es más que una chica de bar de Patpong, que trabaja aquí ocasionalmente… Danza clásica por la noche y sexo de madrugada.
—¿La conoce? —pregunté.
—He tenido con ella cierta… relación profesional.
—¿Qué es exactamente lo que está investigando, doctora Stone?
—La relación entre la vida y la muerte —contestó. Señaló las fotografías. Al lado de ellas había un contrato redactado, un acuerdo para un préstamo I + D de alguna clase. Las letras estaban borrosas.
—Oh, no se preocupe, se trata sólo de un par de millones de dólares…, su compañía ni siquiera se dará cuenta del pellizco… y usted poseerá el mayor secreto de todos…, el árbol de la vida y de la muerte…, la manzana de Eva. Por lo demás, conozco su precio y puedo pagarlo —dirigió una mirada a la muchacha que bailaba—. Se llama Keo. No hay inconveniente en proporcionársela, puesto que todo ello irá en beneficio de la ciencia.
De súbito, me di cuenta de que la doctora Stone y yo éramos los únicos clientes del Club Pagoda. Aquél era un tinglado montado exclusivamente para mí.
La mujer continuó bailando, más aprisa ahora, trazando con las manos misteriosos gestos en el aire. En ningún momento dejó de mirarme. Era el personaje que representaba, seductora y diabólica. En todas sus miradas, en cada uno de los movimientos de su mano estaba presente la oscuridad. Apuré el resto de mi cerveza Kloster e hice señal de que me sirvieran otra. Una fuerte erección presionaba contra mis pantalones.
La danza finalizó; ella se postró delante de su auditorio compuesto por dos personas y juntó las palmas de las manos en un gracioso wat. Con la mirada baja, salió del escenario. Yo había firmado el contrato de préstamo sin darme cuenta siquiera de lo que hacía.
La doctora Stone dijo:
—Cuando suba a los lavabos del piso alto…, abra la segunda puerta de la izquierda. Ella le estará esperando.
Me bebí otra cerveza, y cuando levanté la vista, se había ido. No había probado un solo bocado. Pero la comida de su plato dibujaba el rostro de una hermosa mujer. Parecía tan viva que…, pero no. No estaba viva. No respiraba. Todavía llevaba puestos sus ropajes del baile cuando entré. Una niña cortaba cuidadosamente las puntadas de los adornos con unas tijeritas. En el suelo había un montón de prendas de vestir. A la luz cruda de una bombilla, la vestimenta de la diosa tenía muy escaso atractivo.
—No botones en vestidos de danza clásica —dijo—. Nos cosen dentro de ellos. ¡No podemos pipí! —y soltó una risita.
La niña recogió el montón de ropa y desapareció.
—Eres… muy hermosa —dije—. No entiendo por qué…, quiero decir, cuál es la razón de que necesites…
—Tengo problema —explicó—. Problema caro. ¿Doctora Stone no decirle?
—No.
Sus manos estaban púdicamente cruzadas sobre su regazo. Las aparté con suavidad.
—¿Quiere que yo baile para usted?
—Baila —contesté. Estaba desnuda. Olía de una forma distinta a la de las demás mujeres. Era una especie de aroma a flores exprimidas, tal vez con un ligero matiz marchito. Se sacudió los cabellos que cayeron sobre sus pechos como serpientes negras. Al verla en el escenario, me había entretenido en imaginar una especie de fantasía en la que la violaba, pero ahora quería hacer durar aquella situación tanto como pudiera. Dios, aquella mujer me estaba volviendo loco.
—Veo gran vacío en su interior. Venga conmigo. Yo lo llenaré. Nosotros dos, personas vacías. Necesitamos ser llenados.
Empecé a protestar, pero sabía que me había visto tal como era. Me salía el dinero hasta por las orejas, pero no era más que un jodido yuppie. Ésa era la raíz de mi adicción.
De nuevo ejecutó la danza de la transformación, en esta ocasión sólo para mí. Realmente, sólo para mí. Quiero decir que todas las chicas de Patpong conocen esa manera de hacerte creer que te aman. Es lo que alimenta tu adicción. Es la única calle del mundo donde puedes comprar amor. Pero ahora no se trataba de eso. Cuando me tocó, fue como si atravesara una barrera invisible, un hueco imposible de rellenar, para llegar hasta mí. Incluso cuando la penetré, seguía siendo intocable. Pertenecíamos a mundos diferentes y ninguno de los dos dejaba su infierno privado.
No es que no existiera pasión. Ella conocía todas las posiciones del libro, las conocía del derecho y del revés. Me tuvo allí toda la noche, y cada nuevo acto parecía recién inventado para nosotros dos. Fue la última vez en que llegué a pensar que había visto el Grial. En sus ojos, a la luz de la bombilla que colgaba del techo, parecía reflejarse el brillo de algún recuerdo triste. La amé con todas mis fuerzas, y luego el terror se apoderó de mí. Ella era un demonio de ojos amarillos y garras de dragón. Ella era yo, era mi ansia imposible de saciar. Estaba jodiendo con mi propia adicción. Creo que rompí a llorar. La acusé de haber mezclado alucinógenos en mi bebida. Lloré hasta quedar dormido, y entonces ella se marchó.
No me di cuenta de los bultos del colchón, ni de los jirones del empapelado de las paredes, ni de la manera en que temblaba la bombilla con la música que sonaba en el piso bajo. No me di cuenta de las cucarachas.
No me di cuenta hasta la mañana siguiente de que me había olvidado de usar mis condones.
Fue un viaje productivo, pero en los dos años siguientes no volví a Thailandia. Me ascendieron, dejé de viajar al exterior, trasladé mi residencia de Encino a Beverly Hills, adquirí una esposa nueva, último modelo, y envié a mis hijos a una escuela suiza. También encontré una nueva terapista y un nuevo grupo de apoyo. Diluí mi adicción en nuevas adicciones. Mi anterior terapista había sido un freudiano estricto. Intentó identificar la raíz de mi adicción en algún trauma de mi infancia —vejaciones, aprendizaje de la continencia de la orina, juegos edípicos—, pero nunca consiguió encontrar nada. Tengo una excelente capacidad para bloquear mis recuerdos. Los más antiguos que tengo se remontan a la edad de mis ocho o nueve años. Mis padres ya habían muerto, pero entonces conseguí un préstamo para completar mi beca de estudios.
Mis mejores amigos en el grupo de apoyo eran Janine, que había tenido ocho maridos, y Mike, un travestido que caminaba con un contoneo de caderas espectacular. La clínica estaba en Malibú, de modo que podíamos bajar a la playa entre sesión y sesión de arrancarnos la piel a tiras los unos a los otros. Un día surgió Thailandia en la conversación. Mike dijo:
—Conocí a una mujer en Thailandia. ¡Vaya si me divertí en Thailandia!, ¿sabes? Tope. Había montones de travestidos allí, palabra. Yo no soy marica, sólo me gusta la lingerie. Y encontré a esa chica. Pocas veces se expresaba de manera precisa, porque andaba continuamente trompa. Nuestra terapista, Glenda, descabezaba un sueñecito tendida en uno de los bancos de madera de secoya, y la playa estaba desierta.
—En Thailandia conocí a esa chica, una bailarina. Cuando bailaba, se transformaba. Se transformaba, de verdad. Tendrías que ver su piel: translúcida. Y olía de forma diferente. Un olor a drogas exóticas.
Yo empecé a estremecerme cuando dijo eso, porque había intentado no pensar en ella durante todo el tiempo, incluso cuando se me aparecía en sueños. Incluso antes de empezar a soñar, en el momento de cerrar los ojos, escuchaba el tintineo hueco de las marimbas y veía sus ojos flotando en la oscuridad.
—Me suena familiar —dije.
—De eso nada. No había nadie como esa chica, palabra, nadie. Actuaba en un espectáculo de danza clásica y luego se hacía las casas de putas. También tenía un empleo de día, trabajaba para una profesora chiflada…, una mujer paliducha, de cara arrugada, con gafas. Una especie de doctora, me parece. Como en Patpong no hay la menor higiene, reparte gratis a las chicas medicamentos para las enfermedades venéreas.
—La doctora Francés Stone.
¿Estaría mi compañía pagando medicinas gratis para las prostitutas? ¿En eso consistía aquella investigación sobre los secretos del universo?
—¡Eh! ¿Cómo sabes su nombre?
—¿Hiciste el amor con ella? —súbitamente, me había puesto a temblar de rabia. No sé por qué. Quiero decir que yo sabía cuál era el medio de vida de la chica.
—¿Lo hiciste tú? —respondió Mike. También él se había puesto nervioso. Se apartó un poco de mí y se puso a liar un canuto con una mano, mientras pasaba nerviosamente la otra por el listón de madera de secoya del banco en que estaba sentado.
—Yo he preguntado primero —grité, y pensé para mí mismo: «Cielos, parezco un niño de diez años».
—¡Por supuesto que no! Ella tenía problemas, ¿vale? Problemas caros. Pero era preciosa, mm-mm, estaba como para comérsela.
Miré furioso a mi alrededor. La terapista seguía durmiendo —una manera ideal de ganarse mil pavos a la hora—, y los demás estaban dispersos en pequeños grupos. Janine parecía escucharnos, pero le preocupaba mucho más el untar de aceite solar cada centímetro expuesto de su piel.
—Quiero volver —dije—. Quiero volver a ver a Keo.
—Eso es una, digamos, chorrada completa —intervino Janine acercándose a mí—. Estás tan sólo, digamos, exteriorizando tu trauma interior en una fantasía-objeto. Es como si, digamos, necesitaras mantenerte en contacto con tus hijos, ¿entiendes lo que quiero decir?
—Vas a conseguir enredar a todo tu grupo de apoyo, palabra —comentó Mike en tono belicoso.
—Oye, Russ, en lugar de, digamos, proyectarte en una mujer olvidable que conociste hace dos años y se encuentra a quince mil kilómetros de distancia, ¿por qué no, digamos, te concentras en alguien que está un poco más cerca de tu casa? Quiero decir, te he estado observando. Si me integré en este grupo de apoyo es sólo porque los grupos de apoyo son, digamos, el único sitio en el que puedes encontrar chicos sensibles.
—Janine, estoy casado.
—Entonces, liémonos.
Me gustó la idea. Mi matrimonio con Trisha había sido poco más que una broma: yo necesitaba un adorno nuevo que realzara mi presencia en los cócteles y las inauguraciones, y ella necesitaba seguridad. No nos habíamos dedicado demasiado al sexo, ¿cómo íbamos a hacerlo? Yo estaba colgado de mis recuerdos. Tal vez esta mujer me ayudara a curarme. Y yo deseaba angustiosamente curarme porque la historia de Mike había hecho añicos mi fantasía de que Keo había existido únicamente para mí.
Pero estábamos ya en los noventa y Janine insistió en que me hiciera un análisis de sangre antes de nada. Di resultado seropositivo. Me cagué de miedo al saberlo. Porque la única vez en que había sido tan descuidado como para olvidar usar el condón fue… aquella noche. Y habíamos hecho de todo, explorado todos los orificios, mezclado todos nuestros fluidos.
Había sido una auténtica danza de transformación.
No tenía nada que perder. Me divorcié de mi mujer y envié a los niños a un colegio todavía más caro en Connecticut. Me sentía en plena forma; quizás era que nada podía hacerme morder el polvo. Leí todos los libros y artículos que trataban del tema. No se lo dije a nadie. Metí en una maleta un par de trajes y ropa deportiva, más un repuesto de contrabando de AZT. Me sentía en plena forma. En plena forma, me repetí a mí mismo. Cogí el primer vuelo a Bangkok.
En la compañía se sorprendieron al verme, pero por entonces yo era un ejecutivo tan importante que dieron por supuesto que iba a organizar algún reajuste interno. Me alojaron en el Oriental y me asignaron 10 000 baht diarios. En Bangkok se puede comprar un montón de cosas con cuatrocientos pavos. Les pedí que me dejaran solo, ya que la investigación no les concernía. No sabían qué era lo que estaba investigando, de modo que se temieron lo peor.
Fui a Silom Road, donde estaba antes el Club Pagoda. Había desaparecido, y en su lugar se alzaban ahora un nuevo McDonald’s y un despacho de billetes de una compañía aérea. Tal vez Keo había muerto ya. ¿No era ése el olor que percibí en ella? Un aroma a flores aplastadas, marchitas…, el olor de la muerte que se acerca. Y la pasión con que me había hecho el amor. Ahora lo comprendía, era la pasión de los condenados. Se había aferrado a mí desde algún lugar situado entre la vida y la muerte. Había aspirado la vida de mi interior y me había dado él virus como una prenda de su amor.
Paseé por Patpong. Tenía que abrirme paso a codazos entre los vendedores callejeros que agitaban delante de mi cara sus Rolex falsificados. Era inútil preguntar por Keo, hay por lo menos un millón de mujeres que se llaman Keo. Keo quiere decir «joya», y también significa «cristal». En la lengua thai, muchas palabras se utilizan indiscriminadamente para designar la realidad y el artificio. Yo no tenía ninguna fotografía, y la belleza de Keo es difícil de describir. Además, todas las chicas de Patpong son hermosas. Cada noche desfilaban ante mí, en aquel laberinto de neón, miles de pares de labios y de ojos, sensuales e infinitamente tentadores. Pero eran otros labios, otros ojos.
En Patpong no hay más que unas cuantas manzanas de casas, pero recorrerlas de arriba abajo en medio del calor sofocante, preguntando, observando cada rostro en busca de algún signo del Grial entrevisto que conservamos en la memoria…, puede resultar agotador. Dejé de afeitarme y tomé esporádicamente drogas como pasatiempo. ¿Qué importancia tenía, de todos modos?
Pero seguía encontrándome bien, nada podía hacerme sucumbir.
Me encontraba bien, y entonces, un día, en el momento de pagar un Big Mac, vi sus manos. Miré al suelo mientras contaba el dinero. Oí el «bip» de la computadora de la caja registradora, y en ese momento las vi: me ofrecían la hamburguesa con las palmas hacia arriba, como si se tratara de una ofrenda a los dioses. Los dedos estaban ligeramente arqueados, con delicadeza y una fuerza oculta. Dios mío, conocía bien esas manos y su tacto delicado cuando me frotaban los omóplatos o cuando se deslizaban sobre mis testículos sin rozarlos, a una distancia no mayor que el espesor de un cabello. Conocía su fuerza cuando empujó su puñito cerrado en el interior de mi recto. Jesús, hicimos de todo aquella noche. Dejé caer mi billetero sobre el mostrador, me apoderé de aquellas manos, las apreté con hamburguesa y todo, y percibí su tacto familiar. ¡Oh, Dios, cómo me dolía todo!
—Mister, ¿quiere un blowjob?
No era su voz. Levanté la vista. No era ni siquiera una mujer.
Bajé de nuevo la vista hacia las manos. La alcé de nuevo hacia el rostro. No tenían nada en común. Se trataba de un muchacho con marcas de viruela, y cuando me habló miraba a un punto indeterminado del espacio. No había ninguna relación entre su expresión vacía y la pasión con la que aquellas manos acariciaban las mías.
—No me gusta hacer esas cosas —dijo—, pero soy un estudiante pobre y necesito el dinero. Si quiere, puede venir pasadas las cinco de la tarde. No le defraudaré.
Los dedos se aferraban a mis muñecas con la familiaridad de quien ha tocado cada centímetro cuadrado de tu piel, y ha memorizado las varices de tu pierna izquierda y la peca del testículo derecho.
Era obsceno. Sacudí las manos para librarme de su contacto, y a duras penas conseguí acordarme de recuperar mi billetero antes de salir corriendo a la calle.
Desde que llegué había intentado encontrar a la doctora Francés Stone, buscando en los archivos de la sede central de la compañía y abroncando a las secretarias. A pesar de que la empresa había financiado el proyecto de la doctora Stone, los registros parecían haberse volatilizado.
Finalmente, me di cuenta de que aquélla no era la forma adecuada de conseguir mi objetivo. Recordé lo que me había contado Mike, y al día siguiente del encuentro con las manos de Keo, estaba de vuelta en Patpong, preguntando a diestro y siniestro la dirección de alguna buena clínica venérea. La más prestigiosa de todas ellas resultó encontrarse en la esquina de Patpong con Soi Cowboy, encima de una tienda que vendía software pirata y cintas de vídeo.
Subí una escalera empinada que me llevó a una habitación minúscula sin ventanas, con un ventilador en el techo que movía de un lado para otro el mismo ambiente cargado de sudor. Una recepcionista me dedicó una sonrisa. Su mirada tenía la misma vacuidad que la del muchacho que servía hamburguesas en el McDonald’s. Me senté en una desvencijada silla de bambú y esperé hasta que la doctora Stone me introdujo en su despacho.
—Usted le ha hecho algo a ella —dije.
—Sí —estaba revisando una pila de papeles. Había en el despacho una ventana y un acondicionador de aire, dirigido hacia el lugar donde estaban colocados los ordenadores; pero yo seguía empapado de sudor.
Sonó el teléfono y ella intercambió por el auricular algunas frases en thai, cuyo sentido no pude captar.
—Está usted furioso, por supuesto —comentó ella al colgar el aparato—. Pero era preferible eso que nada. Mejor que el vacío helado de la tierra. Y ella no tenía nada que perder.
—¡Se estaba muriendo de sida! ¡Y ahora estoy infectado yo! —Era la primera vez que permitía que saliera de mis labios la palabra fatal—. ¡Usted me ha asesinado!
Francés se echó a reír.
—¡Vamos! —dijo—, ¿no nos estamos poniendo un poco melodramáticos? Tiene usted el virus, pero no está en coma ni nada por el estilo.
—Me encuentro estupendamente. Estupendamente.
—Me alegro. ¿Por qué no toma asiento? Encargaré algo de comida y charlaremos.
Había adquirido las costumbres locales. En Thailandia es de mala educación hablar de negocios sin ofrecer comida. Me senté ceñudo mientras ella abría la ventana y gritaba algo a uno de los vendedores callejeros.
—Para ser franca, señor Leibowitz —dijo—, desearía concertar un nuevo préstamo. Tuvimos que gastar una porción tan considerable del anterior en problemas accesorios sin interés (sistemas de seguridad, sobornos varios, etc)., que apenas quedó nada para la investigación propiamente dicha… Mire a su alrededor y verá lo que quiero decir… No malgasto el dinero en decorar mi despacho, ¿no le parece?
—He visto sus manos.
—Impresionante, ¿verdad? —Llegó la comida. Consistía en una especie de fideos fritos envueltos en hojas de bananero y crujientes por el peso de unos pepinillos con salsa picante. Ella no probó bocado, pero se entretuvo ordenando los pepinillos hasta formar la figura de…—. Quiero decir las manos. Más hermosas que nunca. Son vibrantes. Sensuales. Mi primer éxito.
Empecé a temblar de nuevo. Había leído algo sobre el bisabuelo de la doctora Stone y sus experimentos con cadáveres robados de sus tumbas. Rompecabezas de cuerpos devueltos a la vida con el choque de los relámpagos. No a la vida, sino a un simulacro de vida. ¿Podía haberle pasado una cosa así a Keo? Pero ella se estaba muriendo. Tal vez era preferible eso que nada. Tal vez…
—De cualquier forma, esperaba que viniera usted pronto, señor Leibowitz, porque hemos preparado otra petición de un préstamo. Tengo aquí los papeles. Sé que ahora es usted tan importante que basta su firma para proporcionarnos una cantidad diez veces superior a la que autorizó hace dos años.
—Quiero verla.
—¿Le gustaría bailar con ella? ¿Verla representar otra vez el Chut Chai?
Me llevó por unas escaleras distintas. Muchos tramos. Estaba seguro de que nos encontrábamos bajo el nivel del suelo. Supe que nos acercábamos a Keo porque el aire adquirió un sutil aroma a flores marchitas. Descendimos aún más. El frío de aquel lugar no era natural.
Por fin llegamos al laboratorio. No había allí ningún Igor que arrastrara los pies, ni retortas con líquidos burbujeantes. Tan sólo una nave bien iluminada y fría como los subterráneos de un depósito de cadáveres. Paredes cubiertas de azulejos blancos; techo estucado; lámparas fluorescentes; y el penetrante olor de los no muertos del todo.
Junto a las paredes se alineaban depósitos de plástico transparente, llenos de algún fluido y partes de cuerpos. Pasé delante de brazos y piernas flotantes. Unos torsos giraban en otro contenedor. Un pecho de mujer asomaba entre los muslos de un niño. Más allá se arremolinaban unos corazones, cada une de ellos con su aorta limpiamente seccionada. Había un contenedor de ojos. Otro de genitales. En un tercero colgaba un collar de lenguas, y en el cuarto se amontonaba una masa de intestinos. Los ordenadores trazaban complicados gráficos en una fila de pantallas. Los osciloscopios parpadeaban. Un gibón vivo estaba encadenado a un poste rematado por una calavera humana. Había algo tan estrafalariamente antiséptico en aquel espectáculo que no pude sentir el menor horror.
—Sea indulgente con el decorado, Russell, ya ve que la falta de medios financieros nos ha obligado a prescindir de todo lo superfluo.
El único intento de adornar el lugar era un descolorido cartel de El jovencito Frankenstein, sujeto con unas chinchetas a la pared más lejana.
—Por favor, no se incomode por todos esos fragmentos de cuerpos —añadió ella—. Resulta muy macabro, pero una se acostumbra a cosas así en la Facultad de Medicina; si cree que va a devolver la comida, hay un pequeño lavabo a su izquierda…, sí, entre los ojos y las lenguas.
No me sentía mareado, sino… excitado. Era el olor. Sabía que me estaba aproximando a Keo.
Francés abrió otra puerta, y entramos en una habitación más pequeña.
Keo estaba allí. Una sábana cubría su cuerpo, pero ver su rostro después de tanto tiempo casi hizo detenerse los latidos de mi corazón. Los ojos, los labios ligeramente entreabiertos, el cabello flotante hacia un foco de luz azul…, por más que no había ninguna corriente de aire en la habitación.
—Es un viento de electrones —dijo la doctora Stone—. Ya no es preciso esperar los rayos de los monzones. Podemos extraer más potencia de un enchufe en la pared de la que ni mi bisabuelo Víctor soñó nunca que podría robar al cielo.
Y se echó a reír, con la risa de los científicos locos.
Vi al chico de McDonald’s sentado en una silla, con las manos extendidas hacia mí. Tenía unos electrodos fijos en las sienes. Estaba desnudo, y pude ver las cicatrices en el lugar en que se habían acoplado las manos a las muñecas de alguna otra persona. Vi a una mujer con los pechos de Keo, atada a una columna de cristal, en tensión, jadeante, mientras los bornes a los que estaba enchufada despedían chispas azules. Vi su vagina cosida al pubis de una enana que se retorcía tendida al pie de la columna. Los pies estaban acoplados al cuerpo de un niño de cinco años, y su gracia se convertía en torpeza cuando caminaba tambaleante en círculo alrededor de la columna.
—¡Puzzles de personas! —exclamé.
—¡Por supuesto! —contestó la doctora Stone—. ¿Cree que voy a ser tan loca como para resucitar personas enteras? ¿No se da cuenta de las consecuencias que tendría una cosa así? La indefinición legal de la vida y la muerte…, testamentos anulados, seres humanos al servicio de cadáveres ambulantes… Yo soy una científica, no una filósofa.
—¿Pero quiénes son ahora?
—Antes no eran nadie. Chicos de la calle, prostitutas. Estaban muñéndose, señor Leibowitz, ¡muriéndose! Estaban encantados de legarme sus cuerpos. Y ahora son más que humanos. Son muchas personas en muchos cuerpos. Una gestalt. Puedo barajarlos y recomponerlos de mil maneras distintas… Y la hermosa Keo, ¡oh!, lloraba cuando vino a verme. Cuando descubrió que le había contagiado el virus. Le amaba a usted. Fue la última persona a la que amó. Yo se la guardé. Aquí ha permanecido dormida, esperando a bailar para usted, desde el día en que murió. Oh, no digamos que murió. El día en que…, en que… No soy poeta, señor Leibowitz. Sólo una científica.
No quería escucharla. Únicamente veía el rostro de Keo. Lo recordaba todo; todo lo que habíamos hecho. Quería revivirlo, no me importaba si estaba muerta o no. Quería tomar el Grial, estrecharlo en mis manos y poseerlo.
Francés apretó un botón y empezó la música: el agudo chillido del pinai, el batir del taphon, la percusión de las marimbas y los xilófonos se concertaron en la música del Chut Chai. Entonces desapareció con discreción. Oí el chasquido de una llave al girar en su cerradura. El contrato del préstamo había quedado en el suelo. Yo estaba solo con todas las partes de la mujer a la que amaba. Lentamente, me acerqué a la cabeza tapada con la sábana. Se alzó el viento electrónico; la fría luz azul se intensificó. Sus ojos se abrieron. Los labios se movieron como si descubrieran el habla por primera vez:
—Rus… sell.
Las manos del muchacho de la cara de pizza empezaron a seguir los acordes de la música. Movía la cabeza de un lado a otro; las manos trataban de apresar el aire y se tendían hacia mi rostro. Los labios de Keo estaban secos. Pasé mis brazos alrededor del cuerpo ensabanado y besé la boca muerta. Pude sentir cómo se me erizaba el cabello.
—Veo gran vacío en su interior. Venga conmigo. Yo lo llenaré. Nosotros dos, personas vacías. Necesitamos ser llenados.
—Sí. Santo cielo, sí.
La estreché contra mí, pero lo que abrazaba, era frío y puntiagudo. Retiré la sábana. No había cuerpo, sino sólo una estructura con cables, transistores, circuitos electrónicos y tubos que alimentaban frascos de líquidos reactivos.
—Ahora bailaré para ti.
Me volví. Las manos del chico del McDonald’s moldeaban en el aire formas llenas de gracia. Los pies del niño se movían al ritmo de la música, y arrastraban tras ellos el resto del cuerpo. Los pechos de la mujer encadenada se erguían, esperando mis caricias. La música se aceleró. Una voz de contralto entonó plañideros melismas por sobre los ritmos entrelazados de la madera y el metal. Yo la besé. Pude oír cadenas que se rompían y cables que resbalaban por el suelo de ladrillo. Unas manos palparon mi espalda, frotaron mi nuca, desabrocharon mi cinturón. Un pecho se restregó contra mi nalga izquierda y un pie presionó con suavidad la derecha. No tenía importancia que esas partes estuvieran ligadas a otros cuerpos. Eran de ella. Me estaba amando toda ella. La enana que llevaba su vagina empezó a trepar por mi pierna. Cada parte suya estaba amándome. Oh, y bailaba. Bailamos juntos. Yo era el epicentro de la pasión de aquellos fragmentos de cuerpo. Éramos personas vacías, pero ahora bebíamos nuestra plenitud. ¡Oh Dios, cómo bailamos! Era una música fúnebre, pero nos satisfizo.
Y lo firmé todo, incluso el codicilo.
Ahora me encuentro en la sección de enfermos terminales de sida de un hospital de Beverly Hills. No habré de esperar mucho. Pronto el codicilo se hará efectivo y mi cuerpo será enviado a Patpong, preservado en el interior de un depósito de nitrógeno líquido.
Las enfermeras no quieren mirarme. Se acercan a mí con guantes de goma para evitar que las contamine, aunque por su oficio deberían conocer mejor las vías de infección. Mi compañía de seguros ha declinado toda responsabilidad. Mis hijos no me escriben cartas, aunque pagué para que recibieran educación en los mejores colegios. Trisha viene a verme a veces, está contenta por haber hecho tan poco el amor conmigo.
Un día mis ojos se cerrarán y despertaré en una docena de cuerpos diferentes. Estaré más cerca de ella de lo que nunca lo estuve en vida. En vida, todos somos islas. Sólo en el laboratorio de la doctora Stone podemos conocer la verdadera intimidad, porque la mente de uno dirige los músculos de otro y hace que los nervios de un tercero se estremezcan de deseos inmencíonables. Espero que no tardaré en morir.
Los muertos vivientes no son como los imagináis. Nada de tripas colgando, ni goteo de líquidos viscosos. Guardan los intestinos y la sangre en su interior, como vosotros y como yo. Vistos a una luz adecuada pueden resultar hermosos, por ejemplo de pie bajo la fría luminiscencia de un laboratorio subterráneo, esperando que una corriente de electrones les preste la ilusión de la vida. Si uno los considera con el adecuado toque de fantasía, resultan indistinguibles de nosotros.
Escuchadme, yo lo sé. Los he amado.