WILKIE COLLINS
CAZADOR CAZADO[55]
[Extractos de la correspondencia de la policía londinense]
Del inspector jefe Theakstone, del Departamento de Policía,
al sargento Bulmer del mismo cuerpo
LONDRES, 4 DE JULIO DE 18
Sargento Bulmer:
Por la presente le informo de que se lo reclama para ayudar a esclarecer un caso importante, que requiere toda la atención de un miembro del cuerpo de su experiencia. El asunto del robo del que usted se ocupa actualmente, haga el favor de pasárselo al joven portador de esta carta. Cuéntele todos los detalles del caso, tal y como están; infórmelo de los progresos que ha hecho (en el caso de que los hubieran) para descubrir a la persona o personas que robaron el dinero; y déjelo hacer todo lo que pueda con el asunto que actualmente tiene entre manos. Tiene que asumir toda la responsabilidad del caso, y todo el crédito de su éxito, si lo lleva a buen término.
Eso en cuanto a las órdenes que quiero comunicarle.
Ahora, algo en confianza sobre este nuevo agente que va a reemplazarlo. Se llama Matthew Sharpin, y va a tener la oportunidad de entrar en nuestro departamento de un salto… si resulta ser lo suficientemente decidido para darlo. Como es natural, usted me preguntará cómo obtuvo ese privilegio. Solo puedo decirle que lo respalda alguien sumamente influyente en las altas esferas, que usted y a mí más nos valdría no mencionar como no sea en voz baja. Ha sido pasante de un abogado y es extremadamente vanidoso opinando de sí mismo, a la vez que su aspecto es mezquino y socarrón. Según dice, deja su anterior oficio y se une a nosotros por su propia voluntad y preferencia. Usted no lo creerá como tampoco yo. Tengo la teoría de que ha conseguido descubrir alguna información confidencial relacionada con los negocios de uno de los clientes de su jefe, lo que lo convierte en persona bastante inadecuada para continuar en la oficina y, al mismo tiempo, le da bastante ascendiente sobre su patrón, que correría un gran riesgo si lo pusiera entre la espada y la pared despidiéndolo. Creo que darle esta oportunidad sin precedentes en nuestro departamento es, hablando con franqueza, prácticamente como sobornarlo para hacerlo callar. Sea lo que sea, Mr. Matthew Sharpin debe encargarse del caso que lleva usted ahora; y si lo resuelve, meterá su repugnante nariz en nuestro departamento, tan cierto como que un día hemos de morir. Lo informo de esto, sargento, para que no se confunda dándole al novato algún motivo para ir a quejarse de usted a la jefatura de policía. Lo saluda atentamente,
FRANCIS THEAKSTONE
De Mr. Matthew Sharpin
al inspector jefe Theakstone
LONDRES, 5 DE JULIO DE 18…
Mi querido amigo:
Tras haber sido honrado con las indispensables instrucciones del sargento Bulmer, me permito recordarle ciertas indicaciones que he recibido, relacionadas con el informe sobre mis próximas actuaciones que he de preparar para que la jefatura lo examine.
El objeto de este escrito, y del examen que usted lleve a cabo de su contenido, antes de enviarlo a la superioridad, es, según tengo entendido, concederme el honor de su consejo, dada mi bisoñez, en caso de que lo necesite (me atrevo a creer que no ocurrirá) en cualquier fase de mis actuaciones. Como las circunstancias excepcionales del caso que me ocupa me impiden ausentarme del lugar en el que se cometió el robo, hasta haber hecho algún progreso para descubrir al ladrón, me veo imposibilitado forzosamente para consultarlo a usted. De ahí la necesidad de poner por escrito los diversos detalles que, quizás, sería preferible comunicar de viva voz. Esta es, si no me equivoco, la situación en que ahora nos encontramos. Expongo por escrito mis impresiones sobre el particular, para que podamos entendernos con exactitud desde un principio; y tengo el honor de quedar siempre a su disposición,
MATTHEW SHARPIN
Del inspector jefe Theakstone
a Mr. Matthew Sharpin
LONDRES, 5 DE JULIO DE 18…
Muy señor mío:
Ha empezado usted perdiendo tiempo, tinta y papel. Ambos sabíamos muy bien cuáles eran nuestras respectivas situaciones cuando le envié a usted al sargento Bulmer con mi carta. No había la menor necesidad de repetirlo por escrito. En lo sucesivo, haga el favor de emplear su pluma en el asunto del que se ocupe.
Tiene usted en estos momentos tres asuntos distintos sobre los que ha de escribirme. Primero tiene que redactar una relación de las instrucciones que recibió del sargento Bulmer, para demostrarnos que no se le olvida nada, y que está al corriente de todas las circunstancias del caso que se le ha confiado. En segundo lugar tiene que informarme de lo que se propone hacer. En tercer lugar tiene que comunicarme minuciosamente los progresos que haga (si es que hace alguno), de día en día y, si fuera necesario, también de hora en hora. Ese es su deber. En cuanto al mío, cuando quiera que me lo recuerde le escribiré y se lo diré. Mientras tanto, lo saluda atentamente,
FRANCIS THEAKSTONE
De Mr. Matthew Sharpin
al inspector jefe Theakstone
LONDRES, 6 DE JULIO DE 18…
Muy señor mío:
Usted es una persona bastante mayor y, como tal, lógicamente inclinado a sentirse un poco celoso de hombres como yo, que están en la plenitud de la vida y de sus facultades. Dadas las circunstancias, es mi deber ser atento con usted, y no tratar con tanta dureza sus pequeños defectos. Así pues, me niego rotundamente a sentirme ofendido por el tono de su carta; le concedo todo el beneficio de la generosidad innata de mi carácter; borro de mi memoria hasta la existencia de su grosero comunicado: en resumidas cuentas, inspector jefe Theakstone, lo perdono y voy al grano.
Mi primer deber es redactar una relación completa de las instrucciones que he recibido del sargento Bulmer. Aquí la tiene, según yo las veo.
En el número 13 de Rutherford Street, en el Soho, hay una papelería. La lleva un tal Mr. Yatman. Está casado, pero no tiene descendencia. Además de Mr. y Mrs. Yatman, los demás inquilinos de la casa son: un joven soltero, apellidado Jay, que se aloja en la habitación del segundo piso que da a la calle; un dependiente que duerme en uno de los desvanes; y una criada para todo cuya cama está en la trascocina. Una vez a la semana, viene una asistenta a ayudar a esa criada durante unas cuantas horas, solo por la mañana. Esas son las únicas personas que, en circunstancias normales, tienen libre acceso al interior de la casa, que naturalmente queda a su disposición.
Mr. Yatman lleva muchos años en el oficio, y ha prosperado bastante hasta lograr una independencia considerable para una persona de su posición. Desgraciadamente, intentó incrementar el importe de sus bienes mediante la especulación. Se arriesgó temerariamente en sus inversiones, la suerte se volvió contra él, y hace menos de dos años se convirtió de nuevo en un hombre pobre. Lo único que salvó del naufragio de sus bienes fue la suma de doscientas libras.
Aunque Mr. Yatman hizo todo lo posible para enfrentarse a sus nuevas circunstancias, renunciando a muchos de los lujos y comodidades a los que él y su esposa se habían acostumbrado, le resultó imposible economizar para ahorrar algún dinero de los ingresos producidos por su tienda. El negocio ha estado decayendo últimamente: las papelerías que anuncian precios más bajos han acabado por hacer daño a su clientela. Por consiguiente, hasta la última semana lo único que le quedaba al Mr. Yatman de todos sus bienes consistía en doscientas libras que había recuperado del naufragio de su fortuna. Dicha suma fue depositada en un banco comercial de la mayor reputación posible.
Hace ocho días, Mr. Yatman y su inquilino, Mr. Jay, conversaron acerca de las dificultades comerciales que en estos tiempos entorpecen el negocio en todos los órdenes. Mr. Jay (que vive de suministrar a los periódicos breves sueltos relacionados con accidentes, escándalos y sucesos en general; es, en resumidas cuentas, lo que llaman un gacetillero de a penique por línea) contó a su casero que había estado aquel día en la ciudad y había oído rumores desfavorables sobre los bancos comerciales. Los rumores a los que aludía ya habían llegado a oídos de Mr. Yatman por otras fuentes; y la confirmación de los mismos por su inquilino le produjo tanta impresión —predispuesto como estaba a alarmarse por la experiencia de sus anteriores pérdidas— que decidió ir inmediatamente al banco y retirar el depósito.
La tarde estaba ya a punto de acabarse y llegó justo a tiempo de llevarse el dinero antes de que el banco cerrase.
Recibió el dinero en billetes de los siguientes valores: un billete de cincuenta libras, tres billetes de veinte libras, seis billetes de diez libras y otros seis de cinco libras. Su propósito al cobrar el dinero de esa forma era tenerlo disponible para invertirlo inmediatamente en préstamos insignificantes, con buena garantía, entre los pequeños comerciantes de su distrito, algunos de los cuales están seriamente apremiados para poder subsistir en estos momentos. Esa clase de inversiones le parecieron a Mr. Yatman que eran las más seguras y más rentables con las que podía arriesgarse en aquellos momentos.
Trajo el dinero en un sobre que metió en el bolsillo delantero; y al llegar a casa pidió a su dependiente que buscase una cajita plana de hojalata que no se había usado desde hacía años, y que, como recordaba Mr. Yatman, era exactamente del tamaño adecuado para guardar los billetes. Durante un rato buscaron la caja en vano. Mr. Yatman llamó a su esposa para saber si tenía alguna idea de dónde estaba. La pregunta la oyó por casualidad la criada para todo, que estaba retirando la bandeja del té en aquellos momentos, y Mr. Jay, que estaba bajando las escaleras para ir al teatro. Finalmente, el dependiente encontró la caja. Mr. Yatman colocó en ella los billetes, la cerró con un candado, y la metió en el bolsillo de su gabán. Sobresalía un poco del bolsillo del gabán, pero lo suficiente para que se viera. Mr. Yatman se quedó en casa toda la tarde, en el piso de arriba. No recibió visitas. A las once en punto se acostó y puso la caja, junto con su ropa, al lado de la cama.
Cuando él y su esposa despertaron a la mañana siguiente, la caja había desaparecido. El banco de Inglaterra suspendió inmediatamente el pago de los billetes, pero desde entonces no se ha tenido ninguna noticia del dinero.
Hasta aquí, los detalles del caso están perfectamente claros. Sin lugar a dudas llevan a la conclusión de que el robo debió cometerlo alguna persona que vive en la casa. Las sospechas recaen, por consiguiente, sobre la criada para todo, sobre el dependiente, y sobre Mr. Jay. Los dos primeros sabían que su patrón había estado preguntando por la caja, pero ignoraban qué era lo que quería meter en ella. Supondrían, por supuesto, que era dinero. Ambos tuvieron oportunidad de ver la caja en el bolsillo de Mr. Yatman (la criada, cuando se llevó la bandeja del té, y el dependiente, cuando, después de cerrar la tienda, vino a entregarle a su patrón las llaves de la gaveta), y como es lógico, de deducir, por su posición allí, que tenía la intención de llevársela al dormitorio por la noche.
Mr. Jay, por otra parte, se había enterado, durante la conversación de la tarde sobre los bancos comerciales, que su patrón tenía un depósito de doscientas libras en uno de ellos. También sabía que Mr. Yatman lo dejó con la intención de sacar el dinero; y oyó después, cuando bajaba las escaleras, que preguntaba por la caja. Por consiguiente, debió haber deducido que el dinero estaba en la casa, y que la caja era el receptáculo previsto para contenerlo. Es imposible, sin embargo, que pudiera tener la menor idea del lugar en el que Mr. Yatman pretendía guardarla durante la noche, dado que se marchó antes de que se encontrara la caja, y no regresó antes de que su patrón se hubiera acostado. Por lo tanto, si cometió el robo, debió de haber entrado en el dormitorio por pura conjetura.
Hablar del dormitorio me recuerda la necesidad de reparar en su situación en la casa, y los recursos que existen para conseguir fácil acceso al mismo a cualquier hora de la noche.
La habitación en cuestión se encuentra en la parte posterior del primer piso. Debido al miedo constitucional de Mrs. Yatman a los incendios (que le hace temer morir quemada en su habitación, en caso de accidente, por la dificultad de abrir la cerradura si se ha girado la llave) su marido se ha acostumbrado a no cerrar nunca con llave la puerta del dormitorio. Tanto él como su esposa tienen el sueño pesado, como ellos mismos reconocen. Por consiguiente, cualquier persona malintencionada que quisiera robar en el dormitorio correría un riesgo insignificante. Podría entrar en la habitación simplemente girando el pomo de la puerta y, si se moviese con la precaución habitual, no debería tener miedo a despertar a los que dormían dentro. Este detalle es importante. Refuerza nuestra convicción de que el dinero debió llevárselo uno de los inquilinos de la casa, porque muestra que el robo, en este caso, podría haberlo cometido cualquier persona desprovista de la superior cautela y astucia del ladrón experto.
Esas eran las circunstancias, tal como fueron relatadas al sargento Bulmer, cuando lo llamaron para descubrir a los culpables y, a ser posible, recuperar los billetes perdidos. Aunque llevó a cabo la investigación del modo más riguroso que pudo, no logró hallar ni un solo atisbo de prueba contra ninguna de las personas en las que lógicamente recaían las sospechas. Al ser informados del robo, sus comentarios y su comportamiento fueron consecuentes con los comentarios y el comportamiento de personas inocentes. El sargento Bulmer intuyó desde el primer momento que se trataba de un caso que requería investigación personal y observación discreta. Empezó por recomendar a Mr. y Mrs. Yatman que fingieran tener plena confianza en la inocencia de las personas que vivían bajo su techo; y a continuación inició su actuación encargándose personalmente de vigilar las idas y venidas, y de averiguar las amistades, costumbres y secretos de la criada para todo.
Tres días y tres noches de esfuerzos, por su parte y la de otros, capacitados para ayudarlo en sus investigaciones, bastaron para convencerlo de que no había ningún motivo bien fundado para sospechar de la chica.
Después tomó la misma precaución con respecto al dependiente. Hubo más dificultades e incertidumbres para aclarar en privado el carácter de esta persona sin su conocimiento, pero los obstáculos fueron finalmente allanados con éxito aceptable; y aunque en este caso no existía la misma certeza que en el de la chica, hay buenas razones sin embargo para suponer que el dependiente no tiene nada que ver con el robo de la caja.
Como consecuencia inevitable de estas medidas, el número de sospechosos se reduce ahora al inquilino Mr. Jay.
Cuando presenté su carta de recomendación al sargento Bulmer, él ya había hecho algunas averiguaciones a propósito de ese joven. El resultado, de momento, no ha sido en modo alguno favorable. Las costumbres de Mr. Jay son irregulares; frecuenta tabernas y parece conocer a muchos personajes disolutos; está en deuda con la mayor parte de los comerciantes con los que trata; no ha pagado a Mr. Yatman el alquiler del mes pasado; ayer por la tarde vino a casa excitado por la bebida, y la semana pasada lo vieron hablar con un boxeador profesional. En otras palabras, aunque Mr. Jay dice ser periodista, en virtud de sus colaboraciones a los periódicos a razón de un penique por línea, es un joven de gustos vulgares, modales groseros y malas costumbres. Todavía no se ha descubierto nada con respecto a él que redunde en lo más mínimo en beneficio de su reputación.
He relatado, hasta el último detalle, todos los pormenores que me comunicó el sargento Bulmer. No creo que usted encuentre omisión alguna; y me parece que, aunque está predispuesto en contra de mí, admitirá que nunca le han presentado una exposición de hechos más clara que la que yo he hecho ahora. Mi siguiente deber consiste en contarle lo que me propongo hacer, ahora que me han confiado el caso.
En primer lugar, es cosa mía sin ningún género de dudas continuar el caso a partir de donde lo dejó el sargento Bulmer. Basándome en él, tengo motivos para suponer que no es necesario preocuparme por la criada para todo y el dependiente. A estas personas a partir de ahora hay que considerarlas inocentes. Lo que queda por investigar en privado es la cuestión de la culpabilidad o inocencia de Mr. Jay. Antes de dar por perdidos los billetes, debemos asegurarnos, si es posible, de que él no sabe nada de ellos.
Este es el plan que he adoptado, con la plena aprobación de Mr. y Mrs. Yatman, para descubrir si Mr. Jay es o no la persona que ha robado la caja:
Me propongo presentarme hoy en la casa haciéndome pasar por un joven que busca alojamiento. Me mostrarán la habitación de la parte posterior del primer piso y me la ofrecerán en alquiler. Me instalaré esta noche, haciéndome pasar por un campesino que ha venido a Londres en busca de colocación en una tienda u oficina respetable.
De esa manera viviré junto a la habitación que ocupa Mr. Jay. El tabique que nos separa no es más que listones y yeso. Haré en él un pequeño agujero, cerca de la cornisa, a través del cual pueda ver lo que hace Mr. Jay en su habitación, y oír hasta la última palabra que se diga cuando lo visite cualquier amigo. Siempre que permanezca en casa, estaré en mi puesto de observación. Cada vez que salga, iré tras él. Empleando estos medios de vigilarlo, creo que puedo esperar descubrir con toda seguridad su secreto… si sabe algo acerca de los billetes.
No sabría decir qué piensa usted de mi plan de observación. A mí me parece que une las inestimables cualidades de la audacia y la sencillez. Fortalecido por esta convicción, termino el presente comunicado con una impresión de lo más optimista con respecto al futuro, y quedo a su entera disposición,
MATTHEW SHARPIN
Del mismo remitente
al mismo destinatario
7 DE JULIO
Muy señor mío:
Como usted no me ha honrado con ninguna respuesta a mi último comunicado, supongo que, a pesar de sus prejuicios contra mí, le ha producido la impresión favorable que me permití prever. Enormemente satisfecho por la muestra de aprobación que me da a entender su elocuente silencio, procedo a informarle de los progresos que se han producido durante las últimas veinticuatro horas.
Ahora estoy cómodamente instalado en la habitación contigua a la de Mr. Jay; y me complace decir que he practicado dos agujeros en el tabique, en vez de uno. Mi innato sentido del humor me ha llevado a la disculpable extravagancia de ponerles nombres apropiados. Al primero lo llamo «mi mirilla», y al otro «mi trompetilla». El nombre del primero se explica solo; el nombre del segundo se refiere a un pequeño conducto de hojalata, o tubo, insertado en el agujero, y torcido para que su boca quede cerca de mi oreja cuando estoy en mi puesto de observación. Así, mientras miro a Mr. Jay a través de mi mirilla, puedo oír hasta la última palabra que se dice en su habitación gracias a mi trompetilla.
La sinceridad —virtud que he poseído desde mi niñez— me obliga a reconocer, antes de seguir adelante, que la ingeniosa idea de añadir una trompetilla a la mirilla prevista en un principio fue obra de Mrs. Yatman. Esta señora —una persona de lo más instruida y competente, sencilla pero de modales distinguidos— ha participado en todos mis planes con un entusiasmo e inteligencia que no puedo elogiar suficientemente. Mr. Yatman está tan abatido por su pérdida que es incapaz de proporcionarme cualquier tipo de ayuda. Mrs. Yatman, que por supuesto le tiene mucho cariño, siente mucho más el deplorable estado de ánimo de su marido que la pérdida del dinero, y su deseo de ayudarlo a salir del lamentable estado de postración en el que ha caído le sirve sobre todo de estímulo para esforzarse.
—El dinero, Mr. Sharpin —me dijo ayer por la tarde, con lágrimas en los ojos—, el dinero puede recuperarse mediante un riguroso ahorro y atendiendo exclusivamente el negocio. Es el lamentable estado de ánimo de mi esposo lo que hace que me preocupe tanto el descubrimiento del ladrón. Puedo equivocarme, pero me sentí optimista nada más entrar usted en casa; y creo que, si alguien puede encontrar al malvado que nos ha robado, usted es el hombre indicado.
Acepté ese grato cumplido con el talante con que fue ofrecido, con la firme convicción de que tarde o temprano comprobaré haberlo merecido plenamente.
Permítame ahora volver al asunto; es decir, a mi mirilla y a mi trompetilla.
He disfrutado algunas horas observando tranquilamente a Mr. Jay. Aunque casi nunca está en casa, según me ha parecido entenderle a Mrs. Yatman, en circunstancias normales, hoy se ha quedado en casa todo el día. Esto es sospechoso, para empezar. He de reconocerle, además, que esta mañana se levantó tarde (siempre una mala señal tratándose de un joven), y que perdió mucho tiempo, después de haberse levantado, bostezando y quejándose de tener dolor de cabeza. Como todos los individuos libertinos, comió poco o nada en el desayuno. Lo siguiente que hizo fue fumarse una pipa…, una sucia pipa de espuma de mar, que un caballero se avergonzaría de llevarse a los labios. Cuando hubo acabado de fumar, sacó pluma, papel y tinta, y se sentó a escribir, dejando escapar un gruñido, no sabría decir si de remordimiento por haberse llevado los billetes, o de asco por la tarea que lo aguardaba. Después de escribir unos cuantos renglones (demasiado lejos de mi mirilla para brindarme la oportunidad de leer por encima de su hombro), se reclinó en la silla y se distrajo tarareando algunas canciones populares. Queda por ver si eso constituye algún tipo de señal secreta con la que se comunica con sus cómplices. Tras haberse distraído durante un buen rato canturreando, se levantó y empezó a pasearse por la habitación, deteniéndose de vez en cuando para agregar una frase al papel que estaba escribiendo. Al poco, se dirigió a un aparador cerrado y lo abrió. Forcé la vista con impaciencia, esperando hacer algún descubrimiento. Lo vi sacar algo del aparador con sumo cuidado…, se dio la vuelta… ¡y no era más que una botella de brandy de una pinta! En cuanto bebió algo de licor, este malvado extremadamente indolente se volvió a tumbar en la cama, y al cabo de cinco minutos estaba profundamente dormido.
Después de oírlo roncar durante al menos dos horas, un golpe en su puerta me hizo volver a la mirilla. Se levantó de un salto y la abrió con sospechosa viveza.
Entró un chico muy pequeño, con la cara muy sucia, dijo: «Por favor, señor; lo están esperando». Se sentó en una silla, con las piernas lejos del suelo, y ¡sin más se quedó dormido! Mr. Jay lanzó un juramento, se puso una toalla húmeda alrededor de la cabeza y, volviendo a su papel, empezó a escribir en él tan rápido como sus dedos le permitían mover la pluma. De vez en cuando se levantaba para mojar la toalla en agua y volvérsela a liar a la cabeza. Continuó con esa ocupación durante casi tres horas; luego dobló las hojas de escritura, despertó al chico y se las dio, dirigiéndose a él con esta sorprendente expresión:
—Vamos, pues, joven dormilón, rápido…, ¡márchate! Si ves al jefe, dile que tenga preparado el dinero cuando yo vaya a recogerlo.
El chico sonrió abiertamente y desapareció. Estuve muy tentado de seguir al «dormilón», pero, después de pensarlo, consideré más prudente no perder de vista las actividades de Mr. Jay.
Media hora más tarde se puso el sombrero y salió. Yo hice lo mismo, por supuesto. Al bajar las escaleras me crucé con Mrs. Yatman, que las subía. La mujer había tenido la amabilidad, como habíamos planeado previamente, de encargarse de registrar la habitación de Mr. Jay, mientras estuviera fuera y yo me dedicase forzosamente a la agradable tarea de seguirlo dondequiera que fuese. En la ocasión a la que me refiero, fue directamente a la taberna más próxima y pidió un par de chuletas de cordero para cenar. Me puse en el compartimento más próximo y pedí la misma cena. No había pasado ni un minuto desde que llegué, cuando un joven de aspecto y modales muy sospechosos, que estaba sentado en la mesa de enfrente, cogió un vaso de cerveza negra y se unió a Mr. Jay. Fingí estar leyendo el periódico y, como era mi deber, presté atención con todas mis fuerzas.
—Jack ha estado aquí preguntando por usted —dijo el joven.
—¿Dejó algún mensaje? —preguntó Mr. Jay.
—Sí —dijo el otro—. Me dijo que, si me encontraba con usted, le dijera que está especialmente interesado en verlo esta noche; y que a las siete le hará una visita rápida en Rutherford Street.
—De acuerdo —dijo Mr. Jay—. Volveré a tiempo para verlo.
Dicho esto, el joven de aspecto sospechoso terminó su cerveza negra y, diciendo que tenía bastante prisa, se despidió de su amigo (puede que no me equivocase si dijera «su cómplice») y se marchó de la sala.
A las seis y veinticinco minutos y medio —en estos casos difíciles es importante ser preciso en cuanto a la hora— Mr. Jay terminó sus chuletas y pagó la cuenta. A las seis y veinticinco minutos y tres cuartos terminé mis chuletas y pagué mi cuenta. Diez minutos más tarde me hallaba en la casa de Rutherford Street y Mrs. Yatman me recibía en el pasillo. El rostro de esa encantadora mujer mostraba una expresión de tristeza y decepción que realmente me dio pena ver.
—Me temo, señora —le dije—, que no ha logrado usted ningún descubrimiento acusatorio en la habitación del inquilino.
Ella negó con la cabeza y suspiró. Fue un suspiro débil, lánguido, tembloroso; y por mi vida, me afectó bastante. Por un momento me olvidé del asunto y sentí mucha envidia de Mr. Yatman.
—No desespere, señora —le dije, con una dulzura insinuante que pareció conmoverla—. He escuchado una misteriosa conversación, me he enterado de una cita inculpatoria, y espero grandes cosas de mi mirilla y mi trompetilla. Por favor, no se alarme, pero creo que estamos a punto de descubrir algo.
En aquel momento mi entusiástica dedicación al asunto se impuso a mis compasivos sentimientos. La miré; le guiñé un ojo; la saludé con la cabeza y me marché.
Cuando regresé a mi observatorio, encontré a Mr. Jay digiriendo las chuletas de cordero en un sillón, con la pipa en los labios. En la mesa había dos vasos, una jarra de agua y la botella de brandy de una pinta. Eran casi las siete. A la hora prevista, entró la persona presentada como «Jack».
Parecía nervioso…, me alegra decir que parecía terriblemente nervioso. La sensación alentadora de éxito anticipado se difundía (para utilizar una expresión contundente) por todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Miré con ansioso interés a través de la mirilla y vi al visitante —el «Jack» de este delicioso caso— sentado frente a Mr. Jay, al otro lado de la mesa, de cara a mí. Teniendo en cuenta las distintas expresiones que sus semblantes mostraban en aquel preciso momento, aquellos dos canallas perdidos se parecían tanto en otros aspectos que inmediatamente se llegaba a la conclusión de que eran hermanos. Jack era el más limpio y mejor vestido de los dos. Lo reconozco, de entrada. Uno de mis defectos es, quizás, forzar la justicia y la imparcialidad hasta sus límites extremos. No soy fariseo; y si el vicio tiene su punto favorable, yo digo: hay que ser justos con él; sí, sí, no faltaría más, hay que ser justos con el vicio.
—¿Qué pasa ahora, Jack? —dijo Mr. Jay.
—¿No lo ves en mi cara? —dijo Jack—. Amigo mío, las demoras son peligrosas. Acabemos con la incertidumbre y arriesguémonos pasado mañana.
—¿Tan pronto? —exclamó Mr. Jay, pareciendo mucho más perplejo—. En fin, yo estoy dispuesto, si tú lo estás. Pero, dime, ¿está dispuesto el otro? ¿Estás completamente seguro de eso?
Sonrió mientras hablaba —una sonrisa espantosa— y subrayó las dos palabras «el otro». Era evidente que había un tercer rufián, un forajido anónimo, implicado en el asunto.
—Reúnete con nosotros mañana —dijo Jack— y juzga por ti mismo. Estate en Regent’s Park a las once de la mañana y búscanos en la bocacalle que conduce a Avenue Road.
—Allí estaré —dijo Mr. Jay—. ¿Quieres un poco de brandy con agua? ¿Por qué te levantas? ¿Te vas ya?
—Sí, me voy —dijo Jack—. Lo cierto es que estoy tan nervioso y agitado que no puedo quedarme quieto ni un minuto. Aunque te parezca ridículo, estoy en un continuo estado de excitación nerviosa. No puedo evitar, por mucho que lo intento, el temor a que nos descubran. Me imagino que cada hombre que me mira dos veces en la calle es un espía…
Al oír aquellas palabras, me pareció que las piernas me flaqueaban. Solo mi presencia de ánimo me mantuvo pegado a la mirilla…, nada más, le doy mi palabra de honor.
—¡Tonterías! —exclamó Mr. Jay, con toda la desfachatez de un delincuente experimentado—. Hasta ahora hemos guardado el secreto, y con un poco de maña nos las arreglaremos hasta el final. Toma un poco de brandy con agua y te sentirás tan seguro como yo de que lo lograremos.
Jack rechazó con firmeza el brandy con agua, y se empeñó del mismo modo en marcharse.
—Trataré de distraerme caminando —dijo—. Recuerda, mañana a las once en Avenue Road, al lado de Regent’s Park.
Dicho eso, se fue. Su obstinado pariente se echó a reír con toda el alma y siguió fumándose su sucia pipa de espuma de mar.
Me senté al lado de mi cama, temblando verdaderamente de nerviosismo.
No me cabía la menor duda de que todavía no habían intentado cambiar los billetes robados; y me atrevería a añadir que el sargento Bulmer también opinaba lo mismo cuando dejó el caso en mis manos. ¿Qué conclusión lógica debía sacar de la conversación que acabo de poner por escrito? Por supuesto que los cómplices se reúnen mañana para repartirse el dinero robado y decidir el modo más seguro de cambiar los billetes al día siguiente. Sin lugar a dudas, Mr. Jay es el principal malhechor en este asunto, y seguramente correrá el mayor riesgo: cambiar el billete de cincuenta libras. Así que me propongo seguirlo… acudiendo mañana a Regent’s Park, y haciendo cuanto esté a mi alcance para oír lo que allí se diga. Si se dan otra cita para el día siguiente, acudiré a ella, desde luego. Mientras tanto, necesitaré la ayuda inmediata de dos personas competentes (por si los granujas se separan después de su encuentro) para seguir a los dos malhechores secundarios. Es de justicia añadir que, si los bribones se marchan juntos, seguramente reservaré a mis subordinados. Como soy ambicioso por naturaleza, a ser posible deseo para mí todo el mérito del esclarecimiento de este robo.
8 DE JULIO
Tengo que agradecer la rápida llegada de mis dos subordinados…, hombres de escaso talento, me temo; aunque, afortunadamente, estaré siempre con ellos para dirigirlos.
Para evitar equívocos, lo primero que hice esta mañana fue, forzosamente, explicar a Mr. y Mrs. Yatman la presencia en escena de los dos desconocidos. Mr. Yatman (entre nosotros, un hombre débil) se limitó a dar muestras de desaprobación y refunfuñar. Mrs. Yatman (esa mujer tan por encima de lo normal) me apoyó con una encantadora mirada de comprensión.
—¡Ay, Mr. Sharpin! —me dijo—. ¡Cuánto lamento la presencia de esos dos hombres! Con su petición de ayuda da la impresión de que empieza a dudar de obtener éxito.
Le guiñé el ojo disimuladamente (tiene la amabilidad de permitirme hacer eso sin ofenderse) y le dije, con la frivolidad que me caracteriza, que estaba siendo víctima de un ligero error.
—Si los mandé llamar, señora, fue porque estoy seguro del éxito. Estoy resuelto a recuperar el dinero, no solo por mí, sino por Mr. Yatman… y por usted.
Hice bastante hincapié en esas tres últimas palabras.
—¡Ay, Mr. Sharpin! —me volvió a decir…, y su rostro se puso de un rojo delicioso… y bajó la mirada a lo que estaba haciendo. Podría irme al fin del mundo con aquella mujer, si Mr. Yatman se muriese.
Ordené a los dos subordinados que esperasen, hasta que los necesitara, en la entrada de Regent’s Park que da a Avenue Road. Media hora después tomaba yo la misma dirección, siguiendo de cerca a Mr. Jay.
Los dos cómplices llegaron puntualmente a la hora fijada. Me da vergüenza hacerlo constar, pero no obstante es necesario manifestar que el tercer granuja —el forajido anónimo de mi informe, o si lo prefiere, el misterioso «otro» de la conversación entre los dos hermanos— ¡es una mujer! Y, lo que es peor, ¡una mujer joven! Y, lo que es más lamentable todavía, ¡una mujer atractiva! Hace mucho tiempo que me opongo a la convicción cada vez mayor de que, cada vez que se comete una maldad en este mundo, es inevitable que esté implicada una representante del sexo débil. Después de la experiencia de esta mañana, ya no puedo seguir resistiéndome a esa lamentable conclusión… Renunciaré a las mujeres…, exceptuando a Mrs. Yatman, renunciaré a las mujeres.
El hombre llamado Jack ofreció su brazo a la mujer. Mr. Jay se puso al otro lado de ella. Acto seguido los tres se alejaron lentamente entre los árboles. Los seguí a respetuosa distancia. Mis dos subordinados, también a respetuosa distancia, me siguieron.
Lamento muchísimo decir que era imposible acercarse a ellos lo suficiente para escuchar subrepticiamente la conversación sin correr un riesgo muy grande de ser descubierto. Lo único que pude deducir de sus gestos y movimientos es que los tres hablaban con extraordinaria vehemencia de un asunto que les interesaba muchísimo. Después de haber estado ocupados de ese modo durante más de un cuarto de hora, de pronto dieron la vuelta y volvieron sobre sus pasos. Mi presencia de ánimo no me abandonó en aquella emergencia. Indiqué a los dos subordinados que siguieran andando despreocupadamente y los dejaran atrás, mientras yo me escondía hábilmente detrás de un árbol. Cuando pasaron a mi lado, oí que «Jack» se dirigía a Mr. Jay con estas palabras:
—Digamos mañana por la mañana a las diez y media. Y procura llegar en un coche de alquiler. Es mejor no arriesgarse a tomar uno en este barrio.
Mr. Jay respondió brevemente algo que no pude oír. Volvieron al lugar en el que se habían reunido, y se dieron la mano con una descarada cordialidad que me dio asco ver. Luego se separaron. Yo seguí a Mr. Jay. Mis subordinados prestaron escrupulosamente la misma atención a los otros dos.
En vez de volverme a llevar a Rutherford Street, Mr. Jay me condujo al Strand. Se detuvo delante de una sórdida casa, de dudosa reputación que, de acuerdo con el letrero en la puerta, era la oficina de un periódico, pero que, a mi juicio, tenía toda la apariencia de un lugar dedicado a la recepción de bienes robados.
Después de permanecer dentro unos cuantos minutos, salió silbando, con los dedos índice y pulgar metidos en el bolsillo del chaleco. Un hombre menos discreto que yo lo habría detenido allí mismo. Recordé la necesidad de atrapar a los dos cómplices, y la importancia de no estropear la cita que se habían dado para la mañana siguiente. Me imagino que, en circunstancias difíciles, es poco frecuente encontrar semejante serenidad en un joven principiante, que todavía no ha adquirido fama como detective de la policía.
De la casa de apariencia sospechosa, Mr. Jay se fue a un fumadero, y se puso a leer revistas dando caladas a un cheroot[56]. Me senté en un mesa cerca de él, y me puse a leer revistas fumándome otro cheroot. Del fumadero fue dando un paseo a la taberna y pidió chuletas. Yo también fui a la taberna y pedí lo mismo. Cuando hubo acabado, regresó a su alojamiento. Cuando terminé yo volví al mío. Al anochecer estaba muerto de sueño y se acostó. En cuanto lo oí roncar, me venció el sueño y me acosté también.
A primera hora de la mañana llegaron mis dos subordinados a presentar su informe.
Habían visto al hombre llamado Jack dejar a la mujer cerca de la entrada de un chalé residencial aparentemente respetable, no lejos de Regent’s Park. Cuando se quedó solo, tomó una bocacalle a la derecha, que conducía a una especie de calle suburbana, habitada principalmente por tenderos. Se detuvo ante una de las casas, y abrió la puerta de entrada con su propia llave, echando una mirada a su alrededor mientras la abría, mirando con recelo a mis hombres que callejeaban por la acera de enfrente. Esos fueron todos los pormenores que los subordinados tenían que comunicarme. Los retuve en mi habitación para que me acompañasen, si fuera necesario, y me pegué a la mirilla para echar un vistazo a Mr. Jay.
Estaba vistiéndose, y se esmeraba extraordinariamente en acabar con cualquier vestigio de su innato aspecto desaliñado. Eso era precisamente lo que yo esperaba. Un vagabundo como Mr. Jay sabe lo importante que es presentar un aspecto respetable cuando va a correr el riesgo de cambiar un billete robado. A las diez y cinco había terminado de cepillar su raído sombrero y restregado con miga de pan sus sucios guantes. A las diez y diez estaba en la calle, camino de la parada más próxima de coches de alquiler, seguido muy de cerca por mí y mis subordinados.
Tomó un coche de alquiler, y nosotros tomamos otro. Cuando los seguí el día anterior en el parque no pude oír el lugar en donde se habían citado, pero pronto comprobé que íbamos en dirección a la conocida verja de la Avenue Road.
El coche de alquiler en el que viajaba Mr. Jay se metió en el parque lentamente. Nosotros nos detuvimos afuera, para evitar despertar sus sospechas. Me bajé para seguir a pie al coche de alquiler. Justo en el momento en que lo hacía, vi que se detenía y los dos cómplices salían de entre los árboles y se acercaban a él. Montaron en el coche de alquiler, que inmediatamente dio media vuelta. Volví corriendo a mi transporte y le dije al cochero que los dejara pasar y luego los siguiera como antes.
El hombre obedeció mis instrucciones, pero con tanta torpeza como para despertar sus sospechas. Los habíamos seguido durante unos tres minutos (volviendo a recorrer la misma calle que antes), cuando me asomé a la ventanilla para ver cuánta ventaja nos sacaban. Al hacerlo, vi que de pronto salían dos sombreros por las ventanillas del otro coche de alquiler, y dos rostros se volvían para mirarme. Me arrellané en el asiento bañado en un sudor frío; la expresión es burda, pero ninguna otra puede describir mi estado en aquel momento difícil.
—¡Nos han descubierto! —dije por lo bajo a mis dos subordinados. Me miraron sorprendidos. Mis sentimientos pasaron sin más de la más profunda desesperación al colmo de la indignación.
—¡Es culpa del cochero! Bájese uno de ustedes —les dije, muy digno—, bájese y dele un golpe en la cabeza.
En vez de seguir mis instrucciones (me gustaría que jefatura de policía fuese informada de este acto de desobediencia), se asomaron ambos por la ventanilla. Antes de que pudiera echarles para atrás, volvieron a sentarse los dos. Y antes de que pudiera expresar mi justa indignación, ambos se rieron burlonamente y me dijeron:
—¡Señor, mire afuera, por favor!
Miré afuera. El coche de alquiler de los ladrones se había detenido.
¿Dónde?
¡¡¡Ante la puerta de una iglesia!!!
No sé qué efecto podría haber tenido ese descubrimiento en el común de los mortales. Pero como yo soy muy religioso, me horrorizó. He leído muchas veces que los delincuentes son astutos y carecen de principios, pero nunca oí hablar de que tres ladrones trataran de dar esquinazo a sus perseguidores ¡entrando en una iglesia! Me atrevería a decir que la audacia sacrílega de ese procedimiento no tiene precedentes en los anales del crimen.
Censuré las burlas de mis subordinados frunciendo el entrecejo. Saltaba a la vista lo que pasaba por sus mentes superficiales. Aunque yo no hubiera sido capaz de ver más allá de las apariencias, al observar que dos hombres y una mujer bien vestidos entraban en una iglesia antes de las once de la mañana un día laborable, podría haber llegado a la misma conclusión apresurada que mis inferiores. Sea como fuere, las apariencias no tenían ningún poder para engañarme. Me bajé y, seguido por uno de mis hombres, entré en la iglesia. Al otro le ordené vigilar la puerta de la sacristía. ¡No es posible coger desprevenido a alguien que está siempre alerta… como su humilde servidor, Matthew Sharpin!
Subimos a hurtadillas las escaleras de la galería, nos desviamos hacia el triforio del órgano y miramos a través de las cortinas. Allí estaban los tres, sentados abajo en un banco de iglesia… Sí, por increíble que parezca, ¡sentados abajo en un banco de iglesia!
Antes de que pudiera decidir qué hacer, salió de la sacristía un clérigo con hábitos sacerdotales, seguido por un sacristán. Me daba vueltas la cabeza y se me nubló la vista. Flotaban en mi mente tétricos recuerdos de robos cometidos en sacristías. Temblé por aquel hombre excelente con hábitos sacerdotales…, incluso temblé por el sacristán.
El clérigo se colocó en el interior de la reja del altar. Los tres forajidos se le acercaron. Abrió el libro y empezó a leer. ¿Qué?, se preguntará usted.
Le contesto, sin dudarlo un instante: los primeros párrafos del Oficio matrimonial.
Mi subordinado tuvo la audacia de mirarme, además de meterse el pañuelo en la boca. No me digné prestarle atención. Después de haber descubierto que el hombre llamado Jack era el novio, y que Mr. Jay actuaba de padrino que llevaba la novia al altar, abandoné la iglesia, seguido por mi hombre, y nos reunimos con el otro subordinado en la puerta de la sacristía. Algunos en mi situación se habrían sentido un poco alicaídos y habrían empezado a pensar que había cometido un error estúpido. No me preocupaba ni el más remoto recelo del tipo que fuera. No me sentía menospreciado en lo más mínimo en mi propia estima. E incluso ahora, después de un lapso de tres horas, mi mente conserva, me alegra decir, la misma calma y similar optimismo.
En cuanto mis subordinados y yo nos reunimos fuera de la iglesia, les di a entender mi intención de seguir al otro coche de alquiler, a pesar de lo que había ocurrido. Mis motivos para decidir eso se evidenciarán enseguida. Los dos subordinados se asombraron de mi resolución. Uno de ellos tuvo la impertinencia de decirme:
—Si no le importa, señor, ¿a quién estamos siguiendo? ¿A un hombre que ha robado dinero o a un hombre que ha robado una esposa?
El otro subalterno lo alentó riéndose. Los dos se merecen una reprimenda oficial y, sinceramente, confío en que ambos la recibirán.
Cuando se terminó la ceremonia nupcial, los tres se subieron a un coche de alquiler y, una vez más, nuestro vehículo (hábilmente oculto en la esquina de la iglesia) empezó a seguirlos.
Los seguimos hasta la estación terminal del South-Western Railway. La pareja de recién casados sacó billetes para Richmond y pagó la tarifa con medio soberano, privándome así del placer de detenerlos, lo que sin duda alguna habría hecho si hubieran utilizado un billete. Se despidieron de Mr. Jay, diciendo:
—No olvides la dirección: Babylon Terrace, número catorce. Cenas con nosotros dentro de una semana.
Mr. Jay aceptó la invitación y añadió, jocosamente, que volvía inmediatamente a su casa para quitarse la ropa limpia y estar otra vez cómodo y sucio durante el resto del día. He de informar que lo acompañé a casa sin contratiempos, y que en estos momentos vuelve a estar cómodo y sucio (para utilizar su vergonzoso lenguaje).
Aquí queda el caso, que en este momento ha llegado a lo que yo llamaría su primera fase.
Sé muy bien lo que las personas que juzgan a la ligera dirán de mi actuación hasta ahora. Afirmarán que me he estado engañando a lo largo de toda mi investigación del modo más absurdo; declararán que las conversaciones sospechosas que he comunicado se referían únicamente a las dificultades y los peligros de llevar a cabo con éxito un casamiento clandestino; y apelarán a la escena en la iglesia como prueba irrefutable de lo apropiado de sus aserciones. Dejémoslo así. No voy a discutir de momento. Pero, desde lo más profundo de mi sagacidad de hombre sensato, hago una pregunta que a mis enemigos más implacables, creo, no les resultará nada fácil responder.
Admitiendo el hecho del casamiento, ¿qué prueba me proporciona eso de la inocencia de las tres personas implicadas en aquella transacción clandestina? Ninguna. Por el contrario, refuerza mis sospechas contra Mr. Jay y sus cómplices, porque hace pensar en un motivo claro para que robaran el dinero. Un caballero que va a pasar su luna de miel en Richmond necesita dinero; y un caballero endeudado con todos sus tenderos necesita dinero. ¿Le parecen pocos motivos para justificar una imputación? En nombre de la moralidad ultrajada, lo niego. Esos hombres se han unido y han robado a una mujer. ¿Por qué no habrían de unirse y robar una caja? Me baso en la lógica de la virtud rigurosa; y desafío a toda la sofistería del vicio a que me mueva una sola pulgada de mi posición.
Hablando de virtud, creo que puedo añadir que he expuesto esta opinión sobre el caso a Mr. y Mrs. Yatman. Al principio, a esa competente y encantadora mujer le resultó difícil comprender la exacta concatenación de mis razonamientos. Nada me impide confesar que dio muestras de desaprobación, y derramó lágrimas, y participó en la lamentación prematura de su marido por la pérdida de las doscientas libras. Pero una pequeña y cuidadosa explicación por mi parte, y una pequeña y atenta escucha por la suya, la hicieron cambiar de opinión en última instancia. Ahora está de acuerdo conmigo en que no hay nada en esa inesperada circunstancia del casamiento clandestino que contribuya firmemente a desviar las sospechas de Mr. Jay, o de Mr. Jack, o de la mujer huida. «Lagarta atrevida» fue el término usado por mi buena amiga al hablar de ella, pero dejémoslo pasar. Es más apropiado declarar que Mrs. Yatman no ha perdido su confianza en mí, y que Mr. Yatman promete seguir su ejemplo y procurar por todos los medios aguardar esperanzado resultados futuros.
Dado el nuevo sesgo que han tomado las circunstancias, ahora tengo que esperar asesoramiento de su oficina. Aguardo nuevas órdenes con toda la compostura de un hombre de recursos. Cuando seguí la pista de los tres cómplices desde la puerta de la iglesia hasta la estación terminal de ferrocarril, tenía dos motivos para hacerlo. En primer lugar, los seguí por una cuestión de asunto oficial, creyendo todavía que eran culpables del robo. En segundo lugar, los seguí por una cuestión de especulación personal, con objeto de descubrir el refugio en el que la pareja huida pretendía esconderse, y disponer de una mercancía vendible que ofrecer a la familia y a los amigos de la joven. Así que, pase lo que pase, creo que puedo congratularme de antemano de no haber perdido el tiempo. Si la oficina aprueba mi conducta, tengo un plan dispuesto para tomar nuevas medidas. Si la oficina me censura, me iré, con mi información vendible, al elegante chalet residencial en las inmediaciones de Regent’s Park. De todos modos, el asunto me embolsará dinero, y acredita mi agudeza y mi extraordinaria listeza.
Solo tengo unas palabras más que añadir: si alguien se atreve a afirmar que Mr. Jay y sus cómplices son completamente inocentes del robo de la caja, yo, a mi vez, desafío a ese individuo —incluso aunque fuese el propio inspector jefe Theakstone— a que me diga quién cometió el robo en Rutherford Street (Soho).
Tengo el honor de quedar siempre a su entera disposición,
MATTHEW SHARPIN
Del inspector jefe Theakstone
al sargento Bulmer
BIRMINGHAM, 9 DE JULIO
Sargento Bulmer:
Ese mocoso estúpido, Mr. Matthew Sharpin, ha liado el caso de Rutherford Street, exactamente como esperaba que hiciese. Razones profesionales me impiden salir de esta ciudad; de modo que le escribo para aclarar el asunto. Le adjunto las páginas tontamente emborronadas que el individuo en cuestión, Sharpin, llama informe. Écheles un vistazo; y cuando haya desentrañado todo ese galimatías, creo que estará de acuerdo conmigo en que ese bobo engreído ha buscado al ladrón por todos lados salvo el adecuado. Usted, en cambio, puede coger al culpable en cinco minutos. Resuelva el caso inmediatamente, envíeme su informe a esta ciudad, y comunique a Mr. Sharpin que está suspendido hasta nuevo aviso.
Suyo afectísimo,
FRANCIS THEAKSTONE
Del sargento Bulmer
al inspector jefe Theakstone
LONDRES, 10 DE JULIO
Inspector Theakstone:
Su carta y el documento adjunto llegaron sin ningún percance. Los hombres sensatos, dicen, siempre aprenden algo, incluso de un necio. Cuando terminé el divagador informe de Sharpin, fruto de su propia necedad, vi con bastante claridad la forma de poner fin al caso de Rutherford Street, como usted pensó que lo vería. Media hora después estaba en la casa. A la primera persona que vi fue al propio Mr. Sharpin.
—¿Ha venido usted a ayudarme? —me dijo.
—No exactamente —le dije—. He venido a comunicarle que está usted suspendido hasta nuevo aviso.
—Muy bien —me contestó, sin que se le hubieran bajado los humos en lo más mínimo con respecto a su propia estima—. Suponía que estaría usted celoso de mí. Es muy lógico; y no lo culpo. Entre, por favor, y siéntase como en su casa. Yo me voy a hacer un trabajillo detectivesco, por mi cuenta, en las inmediaciones de Regent’s Park. Hasta más ver, sargento, ¡hasta más ver!
Con estas palabras se quitó de en medio…, que era precisamente lo que yo quería que hiciese.
En cuanto la sirvienta cerró la puerta, le dije que avisara a su patrón de que quería hablarle en privado. Me hizo pasar a la trastienda; y allí estaba Mr. Yatman, completamente solo, leyendo el periódico.
—Señor mío, vengo a hablarle del robo —le dije.
Me cortó en seco, bastante malhumorado…, algo lógico en un pobre hombre como él, débil y afeminado.
—Sí, sí, lo sé —me dijo—. Ha venido a decirme que su maravilloso sabiondo, que ha estado haciendo agujeros en el tabique del segundo piso, ha cometido un error y ha perdido el rastro del bribón que me ha robado dinero.
—Sí, señor —le dije—. Esa es una de las cosas que vine a decirle. Pero tengo algo más que decirle, además de eso.
—¿Puede usted decirme quién es el ladrón? —me preguntó, más malhumorado que nunca.
—Sí, señor —le dije—. Creo que puedo.
Dejó el periódico, y empezó a parecerme que estaba bastante inquieto y asustado.
—¿No será mi dependiente? —dijo—. Espero, por su propio bien, que no sea mi dependiente.
—Siga haciendo conjeturas, caballero —le dije.
—¿La criada, esa sucia holgazana? —me dijo.
—Sí que es holgazana, señor —le dije—, y también sucia; mis primeras pesquisas acerca de ella lo prueban. Pero ella no robó el dinero.
—¿Quién es, entonces, en el nombre del cielo?
—Prepárese, se lo ruego, para una sorpresa muy desagradable —le dije—. Y por si acaso pierde los estribos, disculpe que le advierta de que soy más fuerte que usted, y que, si se permite ponerme las manos encima, puedo hacerle daño sin querer, simplemente en defensa propia.
Se puso de color ceniciento y apartó la silla dos o tres pies de mí.
—Usted, señor mío, me ha pedido que le diga quién se ha llevado el dinero —proseguí—. Si insiste en que le de una respuesta…
—Insisto —me dijo, con un hilo de voz—. ¿Quién se lo ha llevado?
—Se lo ha llevado su esposa —le dije con mucha tranquilidad, y de forma muy concluyente al mismo tiempo.
Saltó de la silla como si le hubiera dado una puñalada, y golpeó la mesa con el puño, con tanta fuerza que la madera volvió a crujir.
—Tranquilo, señor mío —le dije—. Encolerizarse no le facilitará la verdad.
—¡Eso es mentira! —dijo, dando otro golpe en la mesa con el puño—. ¡Una despreciable, vil e infame mentira! ¿Cómo se atreve…?
Se detuvo y volvió a caer de espaldas en la silla, mirando a su alrededor desconcertado hasta cierto punto, y acabó por echarse a llorar.
—Cuando recobre el juicio, señor mío —le dije—, estoy seguro de que será un perfecto caballero y se disculpará por el lenguaje que acaba de emplear. Mientras tanto, haga el favor de prestar atención, si puede, a esta breve explicación. Mr. Sharpin ha enviado a nuestro inspector un informe de lo más irregular y ridículo, poniendo por escrito, no solo las insensateces que ha hecho y dicho, sino también las que hizo y dijo Mrs. Yatman. En la mayoría de los casos, semejante documento habría ido a parar a la papelera; pero en este caso concreto, da la casualidad que la provisión de disparates de Mr. Sharpin llega a una conclusión cierta, que el simplón que los escribió ni siquiera pudo sospechar de principio a fin. Estoy tan seguro de esa conclusión que perderé el puesto si no resulta que Mrs. Yatman se ha estado aprovechando del desatino y la vanidad de ese joven, y ha tratado de protegerse de ser descubierta animándolo expresamente a sospechar de personas inocentes. Le digo esto con toda seguridad; e incluso iré más allá. Me comprometo a darle una opinión clara sobre por qué cogió el dinero Mrs. Yatman, y lo que ha hecho con él, o con una parte. Nadie puede mirar a esa mujer, señor mío, sin que le llame la atención el buen gusto y la hermosura de sus vestidos…
Según decía estas últimas palabras, el pobre hombre pareció recuperar de nuevo el habla. Inmediatamente me cortó en seco, con tanta arrogancia como si fuera duque en lugar de papelero.
—Pruebe otra manera de justificar su vil calumnia contra mi esposa —me dijo—. La factura de la modista correspondiente al año pasado está ahora mismo en el archivo de cuentas pagadas.
—Discúlpeme, señor mío —le dije—, pero eso no prueba nada. Las modistas, debo decirle, acostumbran a utilizar cierta triquiñuela que es de nuestra incumbencia en la experiencia diaria de nuestro oficio. Cualquier mujer casada que lo desee puede tener dos cuentas en su modista; una es la cuenta que el marido ve y paga; la otra es la cuenta particular, que incluye todos los artículos dispendiosos, y que la esposa paga a escondidas, cuando puede, a plazos. Según nuestra experiencia, esos pagos a plazos salen, en su mayor parte, del dinero para gastos domésticos. En su caso, tengo la sospecha de que no se pagó ningún plazo; la amenazaron con entablar un proceso; Mrs. Yatman, conociendo su nueva situación, se sintió acorralada, y pagó su cuenta particular con el dinero para gastos domésticos.
—No lo creo —me dijo—. Cada palabra que me dice es un insulto abominable a mí y a mi esposa.
—Señor mío, ¿es usted capaz —le dije, interrumpiéndolo para ahorrar tiempo y palabras— de sacar del archivo esa factura pagada de la que me ha hablado hace un momento y venir conmigo ahora mismo a la modista en la que compra Mrs. Yatman?
Al oír eso enrojeció, cogió enseguida la factura, y se puso el sombrero. Saqué de mi cartera la relación de los números de los billetes desaparecidos y salimos de la casa inmediatamente.
Llegamos a la modista (una de las más caras del West End, como suponía) y, alegando que era un asunto importante, solicité una entrevista en privado con la dueña de la tienda. No era la primera vez que nos habíamos enfrentado con motivo de alguna delicada investigación como aquella. Nada más verme, mandó llamar a su marido. Le dije quién era Mr. Yatman y lo que queríamos.
—¿Es estrictamente privado? —me preguntó el marido. Asentí con la cabeza.
—¿Y confidencial? —dijo la esposa. Asentí de nuevo.
—¿Ves algún inconveniente, querida, en complacer al sargento y mostrarle los libros? —dijo el marido.
—Ninguno, cariño, si tú estás de acuerdo —contestó la esposa.
A todo esto, el pobre Mr. Yatman parecía la personificación del asombro y la desolación, completamente fuera de lugar en nuestra educada entrevista. Trajeron los libros… y bastó un simple vistazo a las páginas en las que figuraba el nombre de Mrs. Yatman, bastó y sobró, para confirmar la veracidad de todo cuanto yo había dicho.
Allí, en un libro, estaba la cuenta del marido, que Mr. Yatman había saldado. Y allí, en otro, estaba la cuenta particular, también tachada; la fecha de liquidación era precisamente el día siguiente al robo de la caja. Dicha cuenta particular ascendía a la suma de ciento setenta y cinco libras y unos chelines; y abarcaba un periodo de tres años. No constaba que se hubiera pagado ni un solo plazo. Debajo del último renglón había un asiento con ese propósito: «Tercer aviso por escrito, 23 de junio». Lo señalé y pregunté a la modista si se refería al «pasado junio». Sí, se refería al pasado junio; y lamentaba mucho decir que lo acompañaba una amenaza de proceso legal.
—Creí que ustedes concedían a los buenos clientes más de tres años de crédito —le dije.
La modista miró a Mr. Yatman, y me dijo al oído:
—No cuando el marido se ve en un apuro.
Mientras hablaba señaló la cuenta. Los asientos a partir de que Mr. Yatman se metiera en dificultades eran tan desorbitados para una persona en la situación de su esposa como las del año anterior. Si la mujer había economizado en otras cosas, era indudable que no lo había hecho en vestirse.
No quedaba ya más que revisar el libro de caja, por pura fórmula. El dinero se había pagado en billetes, cuya cantidad y numeración concordaban exactamente con las cifras anotadas en mi lista.
Después de eso, me pareció mejor sacar inmediatamente a Mr. Yatman de la tienda. Estaba en un estado tan lastimoso, que llamé a un coche de alquiler y lo acompañé a su casa. Al principio gritó y desvarió como un niño: pero no tardé en calmarlo… y debo añadir, a su favor, que se disculpó con la mayor elegancia por su lenguaje cuando el coche de alquiler se paró en seco ante la puerta de su casa. A cambio, yo traté de darle algún consejo sobre cómo arreglar las cosas con su esposa en el futuro. No me hizo mucho caso y subió las escaleras murmurando algo sobre una separación. Parece dudoso que Mrs. Yatman pueda salir bien parada del apuro. Yo diría que se pondrá histérica y gritará para conseguir que el pobre hombre la perdone, amenazándolo. Pero eso no nos incumbe. Por lo que a nosotros se refiere, el caso se ha acabado; y con este informe se llega a una conclusión.
De modo que permanezco a sus órdenes,
THOMAS BULMER
P. D.: Debo añadir que cuando me marchaba de Rutherford Street me encontré con Mr. Sharpin, que venía a recoger sus cosas.
—¡Imagínese! —me dijo, frotándose las manos muy animado—. He estado en el elegante chalé residencial; y en cuanto mencioné mi profesión me echaron inmediatamente a patadas. Hubo dos testigos del atropello; y eso me valdrá cien libras, como mínimo.
—Le deseo suerte —le dije.
—Gracias —me respondió—. ¿Cuándo podré hacerle el mismo cumplido por encontrar al ladrón?
—Cuando quiera —le dije—, porque ya se ha encontrado al ladrón.
—Ya me lo esperaba —me dijo—. Yo hice todo el trabajo; y ahora usted saca tajada, atribuyéndose el mérito… Mr. Jay, por supuesto.
—No —le respondí.
—Entonces ¿quién es?
—Pregunte a Mrs. Yatman —le dije—. Lo espera para decírselo.
—¡Muy bien! Prefiero oírlo de labios de esa encantadora mujer que de usted —me contestó y entró en la casa con mucha prisa.
—¿Qué le parece eso, inspector Theakstone? ¿Le gustaría estar en el pellejo de Mr. Sharpin? A mí no, ¡se lo aseguro!
Del inspector jefe Theakstone
a Mr. Matthew Sharpin
13 DE JULIO
Muy señor mío:
El sargento Bulmer ya le ha comunicado que se considere suspendido hasta nuevo aviso. Estoy autorizado para añadir que rechazamos de forma concluyente sus servicios como miembro del Departamento de policía. Tenga la amabilidad de aceptar esta carta como notificación oficial de su despido del cuerpo.
Le informo extraoficialmente que este rechazo no supone ninguna critica a su reputación. Significa solamente que usted no es lo bastante perspicaz para lo que queremos. Si tuviéramos que reclutar un nuevo miembro, preferiríamos mil veces a Mrs. Yatman.
Siempre a su disposición,
FRANCIS THEAKSTONE
Nota a la correspondencia precedente, añadida por Mr. Theakstone.
El inspector no está en condiciones de agregar ninguna aclaración de importancia a la última carta. Se ha descubierto que Mr. Matthew Sharpin salió de la casa de Rutherford Street cinco minutos después de su entrevista con el sargento Bulmer; su comportamiento expresaba las más vivas emociones de terror y asombro, y su mejilla izquierda mostraba una llamativa marca roja, que podría ser consecuencia de una bofetada en el rostro de manos de una mujer. El dependiente de Rutherford Street también lo oyó emplear una expresión muy chocante referida a Mrs. Yatman; y lo vieron agitar el puño cerrado rencorosamente cuando dobló la esquina a toda prisa. No se ha sabido más de él, y se conjetura que ha abandonado Londres con la intención de ofrecer sus valiosos servicios a la policía de provincias.
Se sabe todavía menos del interesante asunto doméstico de Mr. y Mrs. Yatman. Sin embargo, se ha comprobado de manera concluyente que el médico de la familia fue llamado a toda prisa el día en que Mr. Yatman volvió de la modista. Poco después, el boticario de la vecindad despachó una receta de tipo sedante destinada a Mrs. Yatman. Al día siguiente, Mr. Yatman compró unas sales aromáticas en la botica, y después apareció en la biblioteca circulante y solicitó una novela, que describiera la alta sociedad, para entretener a una mujer enferma. De esos detalles se ha inferido que no ha creído conveniente cumplir la amenaza de separarse de su esposa…, al menos en el (supuesto) estado actual del sistema nervioso de esa mujer tan sensible.