EN EL MUNDO

Último lunes del comisario en su despacho, antes de la cena de jubilación. Está a punto de salir a la calle cuando suena la línea interior. La atiende de pie.

—Comisario, tengo al teléfono a una tal Susana Ortega, del Ministerio —dice Varela.

—Pásemela.

Enseguida suena una voz joven, amable:

—¿Comisario principal Pujol?

—Sí, yo mismo…

—Perdone, llamo desde el Instituto de Estudios Aplicados en Nueva York…

El comisario no sabe en primera instancia de qué le hablan. Ella lo nota en su silencio:

—Del Ministerio de Exteriores, para relaciones con la Interpol…, soy auxiliar en las oficinas, puedo darle mi identificador si lo necesita.

—Ah, sí… No, no es necesario en principio… Dígame.

—Verá, quería hablar con uno de los inspectores adscritos a su Jefatura, sólo aparece este número de contacto en su ficha. Su identificador es 245/B/987/400012.

El comisario reconoce la terminación 012 de Tomás.

—Sí…, correcto, pertenece a esta Dirección General. Pero no es posible comunicar con él ahora.

Ella parece contrariada:

—Ah… —titubea.

—Está de servicio fuera de la ciudad —dice el comisario—, pero si se trata de un asunto oficial puedo pasarle con el jefe de la Brigada de Homicidios… Es el único que en este momento puede abrir un acceso hasta él.

—No, no es un asunto oficial…

—Y si se trata de algún problema personal urgente también podríamos considerarlo…

—No, tampoco es exactamente urgente…, no creo que… —la muchacha hace una pausa—. Perdone: usted suele tratar con él, ¿verdad?, si no me equivoco creo que me habló de usted…

—¿Lo conoce personalmente?

—Sí…, lo conozco… Somos… amigos.

—Ya… Bueno, la verdad es que no sé cuándo volveré a verlo, y tampoco tengo comunicación telefónica con él. Puede que nos veamos por Navidad, si puede dejar el servicio un par de días…, pero no es seguro.

—De todas maneras, ¿podría darle un recado cuando lo vea la próxima vez?

—Si no es urgente…

—No, no es urgente. Sólo dígale por favor que ha llamado Susana Ortega desde Nueva York. Que me llame cuando pueda. Creo que ya lo tiene, pero de todas maneras le doy mi número en Manhattan y otro de Santander, espero volver a España en las próximas semanas.

El comisario apunta el nombre en letras capitales y los dos números de teléfono que le dicta la muchacha. Al colgar, rasga el pedazo de papel de la libreta, lo dobla y lo guarda en su cartera. Sale del despacho pensando en ese papel y en la imposibilidad de dar el recado inmediatamente.

Distraído olvida pasar por el baño antes de salir a la calle y cuando está llegando al concesionario Audi siente fuertes ganas de orinar. Entra en un bar para aliviarse; es la hora de los desayunos, está concurrido; pide un cortado al camarero y se encamina a los lavabos. La puerta identificada con el dibujo de un señor gordo está cerrada. Prueba en el señalado con una señora igual de gorda y colorada. También ocupado. No le queda más remedio que esperar en el antebaño, apoyado en la pared, apretando las piernas y tratando de pensar en otra cosa que no sea sus ganas de orinar. Ha visto antes esos dibujos de personas gordas, pero no recuerda el nombre del pintor. También hace esculturas de animales rechonchos, por ejemplo un enorme gato de metal que instalaron cerca del puerto. Botero, eso es: como Pedro Botero. Suena un teléfono móvil detrás de la puerta señalada con la señora gorda, una musiquilla de sonido electrónico. Cesa la musiquita y se oye a quienquiera que esté allí adentro, una voz de mujer: «Sí, diga… Hombre, señor Gallardo, esperaba su llamada…». Se identifica el ruido de la mujer manipulando el soporte para el papel higiénico. El comisario se la imagina sentada en la taza, sujetando el teléfono con una mano, probablemente la izquierda, y enjugándose las partes pudendas con la otra. La estampa le da un poco de risa y ha de apretar aún más las piernas para no mearse encima. Sale el joven que ocupaba el lavabo de caballeros y el comisario se apresura a orinar con gran alivio. Piensa qué pasaría si ahora alguien lo llamara por teléfono y otra vez le da un poco de risa. Casi nunca lleva encima el móvil, que de todas maneras no es suyo, como no es suya su pistola ni su placa, tendrá que entregarlo todo en pocos días. Le gustaría conservar al menos la placa, como recuerdo. La pistola en cambio no va a echarla de menos, tampoco la lleva nunca encima. Y quizá le convendría comprar un teléfono móvil…, para el coche nuevo.

Al salir a la barra se da cuenta de que hay otras dos personas hablando por teléfono y una tercera en una de las mesas, tratando de abrir el sobre de azúcar con una sola mano. En realidad le resulta un poco irritante ese uso constante del móvil, quizá porque mantiene a la gente concentrada en algo que sólo ellos pueden oír. Sin embargo también es un aparato útil, piensa el comisario. Se acuerda otra vez de Tomás, que no puede usarlo en el Horlá porque no hay cobertura. De otra forma podría darle ahora mismo el recado de la tal Susana Ortega. Bonita voz. Una amiga… Muy joven, sin duda. Y también podría llamarlo de vez en cuando y saber qué tal le va. El comisario recuerda la conversación que tuvieron en julio, en Calabrava. Mencionó un anillo, un anillo que compró para una mujer. Pero también dijo que era irlandesa, no puede hablar en perfecto castellano y llamarse Susana Ortega… De todas maneras le gustaría poder darle el recado cuanto antes. Tomás dijo que era la primera vez que hacía algo así: comprar un anillo. También él ha regalado un anillo sólo una vez en su vida. Quizá debería ahora regalar otro, a la misma mujer, la ocasión era propicia, estaban a punto de empezar una nueva vida.

Un segundo anillo de pedida. Y quizá también proponerle un viaje, una segunda luna de miel treinta y dos años después. La primera la pasaron recorriendo pueblos del interior en un seiscientos alquilado. Esta segunda podían pasarla en un buen hotel. París, Venecia, algún lugar romántico… ¿Será romántica la ciudad de Nueva York? Recuerda una vieja película en la que una pareja se conoce en un barco y después se citan en lo alto del Empire State, pero ella no llega porque tiene un accidente… En cualquier caso iba a ser difícil convencer a Mercedes para que se subiera a un avión, así que nada de Nueva York, mejor París. Con el Audi que ha encargado en el concesionario pueden plantarse allí sin enterarse, trae climatizador y toda clase de comodidades. También preinstalación de teléfono para hablar sin usar las manos.

De modo que habrá que comprar un teléfono, sin duda.

* * *

No es hasta llegados a Calabrava el lunes cuando el comisario retoma la cadena de pequeñas maquinaciones que inició en la ciudad el viernes, la mañana siguiente de la cena de jubilación.

Después de pasar por el mercado deja a su mujer en la puerta del apartamento para, supuestamente, ir a guardar el Audi nuevo a la plaza de parquing que han alquilado para él en un edificio cercano. Pero en lugar de eso, el comisario conduce hasta el aparcamiento público de la playa y estaciona muy cerca de las barquitas que reposan varadas en la arena. Algo más difícil le resulta el siguiente paso. Poco antes de la hora de comer, aprovechando que su mujer limpia mejillones, se desliza en el vestidor y mete todo lo que le parece oportuno en una bolsa de deporte. Después baja a la calle alegando haber descuidado comprar el periódico y aprovecha para ir a guardar la bolsa de deporte en el maletero del Audi. A cambio de ella, recoge del coche la funda para trajes y la maleta que el viernes sacó de su piso en la ciudad del mismo modo subrepticio. Sube con eso al apartamento y lo guarda en el armario vacío de la que suelen llamar «habitación de invitados» aunque nunca la usa nadie. Su mujer, siempre ocupada en la cocina, ha permanecido ignorante de lo que se cuece a sus espaldas.

El resto del día pasa como solían pasar los sábados, a pesar de que hoy es lunes: comida en casa, larga siesta y paseo por el pueblo. Las calles resultan ahora mucho más transitables, libres de veraneantes y domingueros. Como por arte de magia se han hecho visibles los lugareños, gente que no camina a ritmo de paseo, ni está especialmente bronceada, ni viste pantalones cortos y camisas floreadas. También parece haber crecido la proporción de extranjeros de edad avanzada, parejas de nórdicos grandes y rubicundos dispuestos a disfrutar aún más del benévolo otoño mediterráneo que de su tórrido y asfixiante verano. No hay cochecitos de niño, ni adolescentes atronando las calles con sus motocicletas, ni perros jadeantes amarrados a la puerta de los comercios.

Estimulados por la inaudita cantidad de mesas vacías, el comisario y su mujer se sientan en una terraza cercana a la iglesia y piden unas cañas a un amable camarero, sin síntomas apreciables de estrés por saturación de trabajo. Cuando ella saca a colación el tema de la cena, «¿Te apetecen chuletas adobadas para esta noche?», el comisario empieza a soltar trapo con voz cantarina y dotada de una desacostumbrada determinación tratándose de hablarle a su mujer:

—Esta noche cenamos fuera —le dice.

—Ah sí, ¿dónde? —pregunta ella, adivinando de inmediato que debe tomar una actitud entre intrigada y risueña.

—Es una sorpresa. —El comisario mira el reloj—. Venga, vamos a vestirnos, tenemos mesa para las nueve y media.

—Ah… ¿hay que vestirse especialmente para ir a cenar? —pregunta ella, con una coquetería que no usa desde hace tiempo—, pues no sé qué voy a ponerme…

—Tú haz lo que yo te diga. Hoy mando yo…

Así que antes de las nueve suben al apartamento y el comisario saca de su escondite la funda para trajes y la maleta. Su mujer, sabedora de que está siendo objeto de una especie de homenaje, opta por tomarlo todo a risa y no lo riñe por haber doblado su vestido de gasa sobre la percha para que cupiera en la funda para trajes. Sin embargo no puede evitar llevarse una mano a la frente cuando él abre la maleta y saca zapatos, algunas alhajas, y un sobre con un par de medias sin estrenar:

—Madre mía, tiemblo sólo de pensar cómo me habrás dejado los cajones de revueltos.

—No he revuelto nada: lo he dejado todo tal como estaba.

—Si lo has dejado como estaba será porque antes has revuelto, ¿no?… ¿Y me has traído medias de invierno?

—Ah… No sabía que había medias de…

—¿Y qué sujetador quieres que me ponga con un traje negro de gasa?, ¿no ves que esto se tiene que llevar con uno sin tirantes, de color negro?

Por un momento el comisario es presa de la frustración, lleva una semana planeando esta noche y parece estar a punto de fracasar ya en el primer paso. Por fortuna su mujer, decidida a no estropearle el homenaje, es capaz de pergeñar un atuendo plausible para los dos aprovechando parte de lo que el comisario ha traído en secreto y añadiendo lo que encuentra por los armarios, en su mayor parte prendas sencillas de pleno verano. Para ella elige unos pantalones finos y una camiseta de tirantes de color negro, ambos comprados en el mercadillo, y encima se pone a modo de echarpe el pareo de grandes hibiscos rojos que suele usar para bajar a la playa. A él, aunque se ha traído el traje negro de la cena de jubilación, le hace dejarse los pantalones grises que lleva, ponerse un polo rojo oscuro que hace juego con los hibiscos del echarpe, y llevar encima sólo la americana del traje. Y de esta guisa, disfrazados de magnates recién desembarcados en casual wear, bajan a la calle y recorren la avenida hacia el puerto, agarrados del brazo.

El restaurante en el que el comisario ha reservado mesa está en el cabo que remata el puerto deportivo, elevado sobre los mástiles de los veleros, a vista abierta de toda la bahía. Es uno de los más caros y elegantes de toda la costa, frecuentado por propietarios de yate, o de las espléndidas casas aisladas que asoman a las calas más recónditas de la zona. El olor del mar, muy intenso, invita a respirar con fruición el ligero Poniente, y se detienen al pie de la escalera de acceso al local para observar el cielo, todavía coloreado en el horizonte, y la perspectiva del arco litoral punteado de luces rielantes.

Arriba, en el restaurante, encuentran madera de teca encerada, sólido mobiliario de estilo colonial, y luz suave con destellos coloreados en las lámparas de mesa de diseño Mondrian. Los recibe una muchacha vestida con traje sastre y les pregunta si tienen mesa reservada. «Sí, a nombre del comisario principal Pujol, de la Jefatura Central de Policía; me aseguraron que sería la mejor». Al llamar por teléfono el viernes, el comisario mencionó su cargo completo para obtener beneficio privado por primera vez en su vida profesional; y fue justamente cuando, ya jubilado, no podía hacer uso de él ni siquiera oficialmente.

Pero seguramente gracias a esa pequeña astucia, ahora son acompañados a una mesa aislada entre biombos, en un espacio equivalente al de un salón doméstico, con una pared transparente que se alza sobre la destellante bahía. El comisario comprende que necesitarán beber un poco para sentirse sueltos en aquel lugar, y lo primero que pide es una botella de champán bien frío. Desestima los nacionales y se deja aconsejar un Taittinger rosado cuyo precio en la carta de vinos procura ignorar. La consigna de la noche es tomar lo que nunca toman, aún a costa de incurrir en una desbarrada colección de exquisiteces tópicas.

No hablan mucho durante la comida, primero boquiabiertos por la vista, después distraídos en las recomendaciones del chef y, más tarde, porque están muy ocupados degustando cada nueva delicia que les traen a la mesa. Cuando a los postres el comisario pide la segunda botella de champán indicando al camarero que él mismo llenará las copas y el joven se retira discretamente más allá de los biombos, su mujer tiene las mejillas coloradas y le brillan un poco los ojos. Él mismo, poco acostumbrado a la ingesta de alcohol, se siente ya lo bastante audaz para decir lo que tiene que decir; saca el pequeño estuche que guarda en el bolsillo de la americana y lo desliza sobre la mesa hasta ponerlo al alcance de su mujer. Ella, aunque segura ya de que esta cena extraordinaria es la réplica en su honor de la que la semana pasada ha recibido su marido, no espera algo así en absoluto, de modo que esta vez su sorpresa está desprovista de condescendencia. Abre el estuche y, muy seria, alterna varias veces la mirada entre el brillante que refulge engarzado en el anillo y la cara de su marido.

—Es un anillo de pedida —dice el comisario, haciendo un esfuerzo para no obviar ni una sola de las palabras que quiere pronunciar—. Lo que quiero pedirte con él es que sigas siendo mi mujer en esta nueva vida que empezamos. Has sido extraordinariamente generosa desde el día en que lo dejaste todo para seguir allá adonde fuera a un policía recién salido de la academia. Durante todos estos años, mientras yo me entregaba a mi trabajo, tú me has dado un hogar, me has hecho sentir querido y confortado, has sido mi sostén y mi alegría, y espero que no sea demasiado tarde para empezar a devolverte un poco de todo lo que he recibido. Sólo puedo decirte en mi favor que, si hoy me aceptas por segunda vez, voy a dedicar lo que me quede de vida a procurar tu felicidad en exclusiva.

Ella, atónita ante semejante declaración, deja rodar dos lágrimas:

—Mi felicidad es haber llegado hasta aquí contigo —dice, y se levanta para acercarse a la silla de él, tomarle la cara con las dos manos y besarle los labios—. La respuesta es sí: quiero —saca el anillo del estuche y se lo entrega a él para que se lo ponga. El comisario se levanta también de la silla para hacerlo. Con un punto de solemnidad, desliza la sortija en el anular que ella ofrece y después no tienen más remedio que abrazarse para ocultarse los rostros el uno al otro. Permanecen así unos segundos, tratando de recuperar la compostura antes de separarse con dos, tres, cuatro besos breves y mostrarse de nuevo frente a frente sentados a la mesa. «Hay que brindar por esto», dice el comisario, cuando se ha pasado ya la servilleta por la cara. Ella, tratando también de volver a su pragmatismo habitual, acerca el diamante de la sortija a la luz de la lámpara de mesa:

—Madre mía, debe de haberte costado una fortuna, ¿cómo lo has comprado…?

—Llevo un tiempo ahorrando de mi dinero de bolsillo, y también te he sisado un poco…

—¿Ah sí?, cómo…

—Bueno, el Audi no cuesta en realidad lo que te dije…

Cuando salen del restaurante caminan cogidos de la mano, despacio, por la acera que va desde el puerto deportivo hasta el de pescadores. Luego siguen las redes tendidas en el suelo hasta el punto en que deben tomar el paso de peatones hacia el apartamento. Ella hace el gesto de girar por allí, pero la mano del él sigue tirando en línea recta: «Espera, todavía no se ha terminado la velada». «¿Ah, no? —pregunta ella—, chico: no vamos a ganar para sorpresas». Se adentran en el solitario aparcamiento de coches de la playa, más oscuro que el paseo, y llegados ante el Audi plateado el comisario suelta la mano de su mujer para pulsar la llave que lleva en el bolsillo. Abre el portaequipajes y, a la luz del piloto interior, saca de la bolsa de deportes dos toallas, un bañador de señora azul añil y otro de caballero rojo oscuro.

—¿Y eso?

—Baño a la luz de la luna. Bueno, no es que haya mucha luna, pero casi que mejor.

Ella, abandonada a los efectos de la emoción y del champán, ríe:

—¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio. Venga, quítate la ropa y ponte esto, que ahora no nos ve nadie.

Abre las dos puertas traseras del coche tomando la precaución de cerrar la luz interior y empieza él mismo a desnudarse parapetado por la portezuela. Ella sigue riendo, incrédula, «Madre mía: a nuestra edad…», pero empieza también a desvestirse cuando la estampa de su marido en calzoncillos en medio de un aparcamiento público la termina de convencer de que está completamente decidido a seguir hasta el final. Ella tarda un poco más en estar lista, empeñada en completar la operación en el interior del coche mientras él otea los alrededores, y al terminar le toma la mano a su marido y tira de él hacia la arena, al parecer encantada con la travesura que se le ha propuesto. Pasan entre las barcas varadas como una familia de cetáceos acostados, casi en completa oscuridad bajo la fina luna creciente, y llegando a las últimas de ellas, muy cerca ya del agua, el comisario se detiene. «Espera —dice—, dicen que de noche lo mejor es nadar en porretas». Y ante la risa que su mujer trata de ahogar para no hacer ruido, se desprende del bañador, lo deja en el interior de una de las barcas y avanza hasta pegar su cuerpo al de ella, que se había vuelto de espaldas y se dobla muerta de risa. Él trata de bajarle los tirantes del traje de baño. «Quieto, no…», «Venga, ¿no se supone que el tímido soy yo?», y aquello se convierte en una pequeña lucha sobre la arena, «No seas tonto: adonde vas con eso colgando», dice ella riendo, y ante el gesto instintivo del comisario para protegerse del manotazo, encuentra oportunidad de desasirse y correr hacia la barca, quitarse rápidamente el bañador que tras el forcejeo lleva ya bajo los pechos, y meterse corriendo en el agua, evitando con una finta ser atrapada por el comisario que la espera a medio camino en posición de luchador. Splash, splash, ruido de salpicaduras, ella echa a nadar a braza mientras él avanza caminando hasta que el agua le llega al ombligo y se lanza a bucear.

Bajo el agua él le atrapa las piernas, ella grita y patalea, pero la profundidad no la cubre, se pone en pie con los senos medio flotando sobre la superficie y le hace una aguadilla al comisario cuando saca la cabeza para respirar. «Está muy buena el agua» dice ella. «Tú sí que estás buena, dame un beso». «No seas tonto…», pero lo mismo le echa las manos al cuello y se alza ingrávida en el agua hasta quedar ligada a él a horcajadas. Él la sujeta por las nalgas como en una acrobacia de rock and roll y así se besan largamente, chorreando agua salada. No cambian de postura cuando el comisario echa a andar hacia la orilla sin hablar, acusando cada vez más el peso de ella a medida que el nivel del agua va descendiendo cuerpo abajo. Pero sigue caminando hasta las primeras barcas; ella pone entonces los pies en el suelo, el comisario se sienta y luego se tumba en la arena y le dice «ven» tomándole la mano e invitándola a montar sobre su cuerpo. Ella lo hace y ambos buscan el modo de acoplarse, sincronizando sus respiraciones con el lento y sin embargo brioso vaivén del mar.

No es sábado por la noche, es lunes: lunes 10 de septiembre del año 2001. Al día siguiente, martes 11 de septiembre, se levantan tardísimo, y por la tarde se ven obligados a suspender el paseo y quedarse en casa estremecidos, mirando los noticiarios especiales de la televisión.

* * *

Ya instalado el sistema de calefacción en Calabrava, todavía tienen dos semanas de margen para repintar el apartamento antes del viaje a París, previsto para mediados de noviembre. Han pedido presupuesto a un operario, que les advierte además que no podría empezar el trabajo antes del mes de diciembre.

—¿Qué te parece? —pregunta Mercedes cuando el operario se ha marchado dejando una tarjeta con su teléfono.

—Carísimo. ¿Sabes qué estoy pensando?

—Qué.

—Que vale lo mismo pintar el apartamento que pasar una noche en la suite presidencial del Ritz en París. Venía la tarifa en los folletos.

—Y qué quieres decir con eso…

—Pues que con ese dinero podríamos pasar allí la última noche del viaje, como si estuviéramos de luna de miel…

—Oye, ¿cuántas lunas de miel quieres tener tú?

—Pues, no sé… ¿una cada dos o tres meses?

—¿Y serías capaz de gastar ese dinero en una noche de hotel, por mucha suite presidencial que sea?

—Si pintara yo el apartamento sería como si nos saliera gratis…, ¿no?

—Menuda forma de hacer las cuentas… Además ¿tú crees que podrías pintar todo el piso?, mira que ya no estás acostumbrado al trabajo físico…

—¿Tienes algo que objetar a mi estado de forma?

—No seas tonto…

—Venga, no me digas que no te gustaría dormir allí como una reina…, si se te caía la baba con las fotos del cuarto de baño…

—Eso no es para nosotros…

—Vale, mirémoslo de otra manera. En vez de encargarle pintar a ese señor, ¿no me lo encargarías a mí si te cobrara lo mismo? A él le sobra el trabajo, ya lo has oído, y en cambio a mí me vendría bien ganarme un extra.

—Un extra para qué…

—Y a ti qué te importa: como si lo quiero para llevar a mi mujer al Ritz.

A consecuencia de semejante argumentación se explica que el miércoles, un 31 de octubre que amanece fresco y soleado, el comisario saque su flamante Audi del garaje en Calabrava para ir a comprar los materiales necesarios a uno de los polígonos industriales del norte de la capital. Su mujer, mientras tanto, se queda en el apartamento tapando muebles con sábanas y preparando la comida, albóndigas en salsa de almendras a petición de su marido, y le encarga a él que compre dulces y unas castañas para asarlas por la tarde y celebrar la Noche de Difuntos. A las doce, él ya ha terminado la compra en una cadena de establecimientos de bricolaje y está cargando en el coche los cuatro bidones de pintura blanca, las latas de esmalte, el disolvente, colorantes, masilla, pinceles, rodillos, cubetas, cinta de carrocero y una escalera de aluminio que le cabe de través ocupando parte del asiento del acompañante.

Antes de salir del aparcamiento de vuelta a casa, llama a su mujer usando el sistema de manos libres del coche. «Hola, estoy en casa en una hora, ¿cómo están las albóndigas?». «Como siempre; ¿ya has comprado todo lo que tenías que comprar?». «Me faltan los pasteles y las castañas, ya las compraré en el pueblo». Pese a la euforia que embarga al conductor, más propia de un adolescente que de un jubilado, el Audi echa a rodar por la autopista a los 120 kilómetros por hora prescritos, dentro del habitáculo climatizado apenas se oye un runrún de goma sobre asfalto. También forma parte del equipo de serie un aparato para escuchar hasta 10 CD que se gobierna sin levantar las manos del volante, así que el adolescente recién jubilado aprovecha el rato para escuchar una de las últimas adquisiciones que hizo en la ciudad, recomendación especial del muchacho de la tienda de discos ya liberado de sus tiritas nasales: Y aunque parezca mentira, me pongo colorada cuando me mi-ras / Me pongo colorada cuando me mi-ras / Me pongo coloraaaaada. Haciendo zaping días atrás, el comisario ha visto el vídeo de promoción del disco, con un harén de lolitas moviéndose suavemente en ordenada fila, tan serias y tan recatadamente descaradas: y aunque parezca mentira…

Todo ello explica el estado de bienestar, placidez, bonhomía y vaga excitación sensual que siente cuando, ya abandonada la autopista y encarrilados los últimos kilómetros de carretera comarcal hasta Calabrava, un furgón Mercedes blanco cargado con bobinas de cable eléctrico se sale de su carril y colisiona casi frontalmente con el Audi plateado del comisario. La energía cinética liberada en el impacto, tenidos en cuenta la suma de pesos y velocidades de ambos automóviles, resulta equivalente a la de un meteorito de 6.600 kilos volando a 220 kilómetros por hora. De tal modo que, con un estruendo de bomba, el Audi A3 gris plata se aplasta y retuerce como un perdigón contra el morro de la furgoneta, proyectando al instante una miríada de pequeños elementos hechos añicos: ventanillas, llantas, embellecedores, faros, retrovisores… En el interior, bajo una metralla de cristal pulverizado, el habitáculo se deforma y se encoge en una fracción de segundo hasta la mitad de su longitud original; todos los air bag se disparan, pero lo mismo el motor irrumpe bajo el tablier; los asientos traseros saltan junto con los pesados bidones de pintura del maletero y la escalera de aluminio se parte y astilla hasta quedar convertida en un peine de púas metálicas. Inmediatamente, el amasijo de hierros rebota unos metros atrás, cae en la cuneta y se detiene sobre el techo con suave balanceo al tiempo que el furgón Mercedes, con más inercia a causa de su peso, apenas vuelca sobre la carretera.

En el último momento antes de la colisión el comisario ha cerrado los ojos. Cuando vuelve a abrirlos lo primero que ve, muy cerca de su cara, es el teléfono móvil y el aparato de música, que por algún capricho del azar sigue funcionando aunque suena otro disco: Qué horas son, mi corazón… Eso le produce risa, en realidad una reacción nerviosa. No siente ningún dolor, ni siquiera la molestia que uno suele sentir al estar bocabajo, aunque sí el tirón del cinturón de seguridad que lo mantiene medio colgado del asiento, y quizá un hormigueo difícil de localizar. Le han quedado las gafas puestas, ve la montura torcida; gira un poco la cabeza tratando de ver algo más y se encuentra con la hebilla de su propio reloj amarrado a su propia muñeca que asoma por detrás de su propio hombro, y un poco más arriba (o más abajo para un espectador que se mantuviera del derecho), en una posición absolutamente imposible, aparece la palma inmóvil de su propia mano izquierda. Eso está a punto de marearlo. Cierra otra vez los ojos y trata de respirar hondo, aunque no puede porque esta vez sí nota un dolor fortísimo en el pecho. Qué horas son en Mozambique / qué horas son en el Japón… Con los ojos todavía cerrados comprueba que puede mover el brazo derecho con bastante libertad y se lleva la mano a la cabeza para palpársela. Siente una enorme aprensión al notar algo blando en el temporal derecho y desea con todas sus fuerzas perder el conocimiento y despertar en un hospital. Pero la dificultad respiratoria le impide dejarse llevar por el inmenso cansancio, hay que estar atento a tomar aire a pequeñas y rápidas bocanadas, y su posición bocabajo mantiene el cerebro bien irrigado y consciente. Entonces empieza a llover sangre y pintura blanca: gotas de sangre procedentes de algún lugar de la mitad inferior de su cuerpo puesto patas arriba, y pintura de alguno de los bidones reventados. Cinco de la mañana en La Habana, Cuba… En un acto reflejo mira hacia allí abajo (o allí arriba), pero el desorden de pedazos de material y airbags a medio hinchar sólo le deja ver su cuerpo hasta la cintura, suficiente para distinguir la camisa empapada de rojo y blanco y la barra cuadrangular de aluminio penetrando en su cuerpo por debajo del esternón, entre las costillas. Trata de mover con la mano derecha el travesaño de aluminio y se da cuenta de que está firmemente clavado, tan firmemente que nota cómo la punta araña el asiento a su espalda. Es en este momento cuando el comisario comprende que va a morir. En cuestión de minutos, probablemente. Y no ve una película de su vida pasando ante él: lo que ve es a su mujer esperando sentada a la mesa en la cocina del apartamento, con la cazuela de albóndigas enfriándose una y otra vez, cada vez más preocupada porque su marido no llega. La imagen resulta tan insoportable que el comisario trata de moverse, de liberarse, pero excepto la cabeza y el brazo derecho, su cuerpo ha dejado de existir, ni lo siente ni mucho menos puede gobernarlo bajo la lluvia de sangre y pintura que arrecia. Qué horas son en Washington… Lo que sí puede es pulsar una tecla del teléfono para que se encienda la pantalla. Y luego el botón de la agenda para seleccionar el identificado como «Calabrava». Lo piensa un momento antes de activar el botón de llamada, quiere probar antes su voz: «Hola, soy yo…», trata de decir en voz alta, pero naturalmente no puede hablar con normalidad, apenas le sale un susurro, está bocabajo y su diafragma atravesado por la barra de aluminio tampoco existe ya, ha quedado reducido a una cabeza pensante y un brazo móvil. ¿Qué puede decirle a su mujer con aquel susurro patético?, ¿«Te quiero»?, y qué contestará cuando ella le pregunte alarmada qué es lo que está pasando: ¿«Nada, que he tenido un accidente y estoy agonizando en el coche»? Se acuerda de los que llamaron a sus familias desde el World Trade Center. Al menos la mayoría de ellos pudieron hablar con normalidad, pudieron mentir, o tranquilizar a sus mujeres, padres, maridos, hijos, mostrarse sublimemente serenos diez minutos antes de saltar por una ventana, «se ha estrellado un avión en el edificio, no te preocupes, estoy bien, te quiero mucho». ¿Qué hubiera dicho él?: «Intenta ser feliz sin mí; y dile a Tomás que deje la Brigada, que intente ocuparse también de su propia felicidad». Se acuerda entonces del papel que lleva en su cartera, con el nombre de Susana Ortega y dos números de teléfono que ya no podrá darle nunca a Tomás. Pero probablemente Tomás tardará semanas, quizá meses, en enterarse de su muerte; su mujer en cambio lo sabrá en unas pocas horas. Piensa en cómo suele la policía de tráfico dar las noticias a los familiares de un muerto en accidente. La técnica consiste en insertar la noticia en un pequeño relato: «Su marido circulaba por la carretera comarcal C-78 en dirección norte; en el kilómetro 17 se ha cruzado con un furgón Mercedes blanco que circulaba en sentido contrario; a causa de una maniobra brusca, el furgón se ha salido de su carril y ha colisionado con el turismo en que viajaba su marido, quien a consecuencia del choque ha resultado muerto en el acto». Es importantísimo ese final: «Ha resultado muerto en el acto», como si la muerte fuera un resultado, es decir, como si tuviera algún sentido, una explicación, y sobre todo como si fuera un resultado rápido, sin agonía, sin dolor y sin tiempo para pensar. El comisario sin embargo tiene tiempo para pensar, a pesar del rápido desangramiento y la progresiva asfixia que lo obliga a dar alguna bocanada amplia y dolorosísima. Tiempo para pensar que es mucho mejor que, aun después de varias horas de preocupación, de incertidumbre, la noticia se la den a su mujer un par de agentes de tráfico avezados en estos casos. Ellos la harán sentarse, le contarán un pequeño relato lleno de detalles insustanciales, terminarán con las palabras precisas, «ha resultado muerto en el acto», y después tratarán de distraerla dándole a beber un poco de agua o cualquier otra cosa. Me gusta la mañana y me gustas tú… El comisario la ve llorando sin ruido, y él mismo llora ahora sin ruido, aunque en su posición cabeza abajo las lágrimas no caen empujadas por la gravedad sino que se quedan embalsándole los ojos. Qué voy a hacer, je ne sais pas / qué voy a hacer, je ne sais plus… La imagina también culpándose por haberse dejado convencer de que él pintaría el piso, y de dejarlo salir solo a comprar materiales al polígono industrial, todo por una estupidez, por un capricho: una noche en el Ritz. Habrá que decirle que estas cosas pasan, que son imprevisibles, habrá que hacerle alguna broma para ayudarla a alejar esos pensamientos, el comisario sabe cómo tratarla en un caso así, sin duda sabrá consolarla, se ve a sí mismo abrazándola y besándole la frente. Pero entonces cae en la cuenta de que esta vez él no estará junto a ella para consolarla: cae de repente en la cuenta de que el muerto es él, Qué voy a hacer, je suis perdu…

En ese momento, exactamente a la una en punto de la víspera de Todos los Santos, el llanto compulsivo que le removió el pecho desencadenó el colapso cardiorrespiratorio. Le sobrevino un vómito de sangre y, abriendo la boca y los ojos ante aquel dolor desconocido de sentirse morir, el comisario expiró.