EN EL MUNDO

Quique Aribau el escritor no ha olvidado traerse su libro de primero de bachillerato, lo tiene abierto hacia él sobre la mesa de despacho del comisario:

—Vamos a ver…, son todos de siete sílabas, ¿no?: heptasílabos…

—No todos —dice el comisario—, por ejemplo éste… —Señala un verso en el folio mecanografiado y gira el papel hacia su interlocutor. Quique cuenta tamborileando en la mesa con los dedos:

—Que-sees-con-deen-el-ver-so… Heptasílabo también…, hay dos sinalefas…

—Dos ¿qué cosa?

—Sinalefas: cuando una palabra acaba en vocal y la siguiente empieza también con vocal se cuenta como una sola sílaba, ¿ve?, como aquí. Y cuando el verso acaba en palabra aguda se suma una sílaba, como aquí, y cuando acaba en esdrújula se resta.

—Ah…, eso no lo sabía yo…

Quique consulta el libro mientras va hablando:

—Vamos a ver, Estrofas de Arte Menor… —Pasa páginas, se detiene un momento y piensa—. En principio podría ser una copla: arte menor con rima asonante de los pares… Estos son asonantes…

—¿Y eso qué es?

—Rima asonante es cuando sólo se repiten las vocales a partir de la penúltima sílaba, como aquí: «guerrero» y «secreto», ¿ve? —señala el papel con la poesía mecanografiada—, se repiten sólo la «e» y la «o». Y rima consonante es cuando se repiten también las consonantes…, como…, no sé…, «salchichón» y «colchón», aunque francamente iba a ser difícil reunir estas dos palabras en un verso…

Guardo un salchichón / dentro del colchón —dice el comisario, casi de inmediato.

—Eso es… —Quique sigue hojeando el libro.

—En cambio Guardo un millón / dentro del colchón sería rima asonante, ¿es eso?

Quique se detiene un momento para contar sílabas y le salen cinco y cinco:

—Comisario, ¿sabe usted que tiene talento para esto?

—De pequeño en el pueblo jugábamos a buscarle rimas a las cosas… El cura tiene cara dura y el boticario trae mal fario

Quique parece no escucharlo ahora:

—Espere, ya lo tengo. —Lee en el libro—: Romance Endecha: Serie indeterminada de heptasílabos con rima asonante en los pares y sin rima en los impares… Vamos a ver si funciona…

Quique gira hacia sí el poema mecanografiado y comprueba:

—Perfecto: es un perfecto romance endecha, no había oído hablar de semejante estrofa en la vida pero es justamente eso: 7 suelto, 7a, 7 suelto, 7a… Lo único que no acaba de encajar es que el último debería de ser un 7a y es un 7 suelto…

Al comisario le interesa lo que ha oído:

—Cómo…, ¿qué pasa con el último?

—Nada, que según los ejemplos del libro el último debería rimar. ¿Ve?…

Quique gira el libro para que el comisario pueda leer una estrofa de Gerardo Diego que se propone como modelo:

(7-). Una humilde corona,

(7a) dulce Enrique Menéndez

(7-) de eternas siemprevivas

(7a) quisiera entretejerte,

(7-) que sobre tu sepulcro

(7a) dobladas balanceen

(7-) sus espigados tallos

(7a) al soplo del nordeste.

—Todos los romances que aparecen como ejemplo acaban en un verso rimado, ¿ve? romancillo, romance heroico, romance endecha… Claro que a lo mejor es casualidad, y de todas maneras los poetas hacen lo que les da la gana con la métrica, así que…

El comisario ha vuelto a examinar el poema mecanoscrito, se concentra en él, tarda un poco en hablar:

—Quiere usted decir que si añadiéramos a estos diecinueve versos un vigésimo y último, rimado como el resto de los pares, todo encajaría mejor.

—Psí… De hecho ya da la sensación de estar inacabado…

—Sí, como una adivinanza —dice el comisario, pero ya está pensando en otra cosa—. Oiga: ¿así para el asunto de la rima sólo se consideran las dos últimas sílabas?

—Lo que venga a partir de la última vocal tónica…

—Es que me he fijado en una cosa…

—En qué…

—Mire… Todos los versos pares, los que riman…, tienen las misma vocales: es el noble guerrero, en el Monte Perverso… , todas igual: del león es derecho, es el hombre de negro…, siempre es E-E-O-E-E-E-O. Bueno, menos donde hay esas cosas que dice usted de las vocales seguidas…, ¿cómo era?

—Sinalefas… —Quique está leyendo en el folio vuelto hacia sí—. Tiene razón, no me había fijado. Pero no sólo se repiten las vocales, los acentos también, o las sílabas tónicas, fíjese… ¿Puedo escribir aquí? —toma un lápiz del vaso de cuero que hay en la mesa, el comisario le da permiso para escribir en el folio mecanografiado:

E-E-Ó-E-E-É-O

El comisario se queda mirando las letras que Quique ha escrito a lápiz y parece calcular algo mentalmente:

—¿Eso tiene algún nombre técnico? —pregunta—. Quiero decir lo de escribir siempre versos así…

—Seguramente, pero me parece que en el libro de primero de bachillerato no lo explican… Lo podemos buscar en Internet…

—Pero en cualquier caso ceñirse a ese patrón hace más difícil escribir el verso, ¿no?: que el número de sílabas sea el mismo, que rime, que tenga sentido y, además, que coincidan las vocales y los acentos…

—Bueno, cuantas más condiciones le imponga usted al verso más difícil es encontrarlo, desde luego.

El comisario se reclina en su butaca y se lleva las manos detrás de la nuca:

—Amigo Quique, no sabe usted lo que me ha ayudado… Le invito a un desayuno de tenedor en la cafetería, nos lo hemos ganado.

—Es que Sanchís me quería llevar a ver una autopsia, y no sé si sería buena idea ir con el estómago lleno… Claro que si lo manda el comisario principal siempre podría posponer la visita…

—Bah: las autopsias de los miércoles no suelen ser gran cosa… Las mejores son las del lunes, después del fin de semana.

—Pues casi que me paso un lunes…

El comisario se ha levantado de su butaca y está poniéndose la americana:

—Cambiando de tema —dice—, ¿así que no cree usted que tengo aspecto de notario?

* * *

El comisario llega a casa algo más tarde de lo habitual, con un folleto de Audi en la mano.

—Hola-hola —dice. Desde el recibidor trata de aspirar algún aroma que llegue de la cocina, pero no huele a nada salvo al nuevo ambientador de melocotón, o albaricoque, algo afrutado.

—Estoy en la plancha —vocea su mujer desde la habitación pequeña, junto al dormitorio. El comisario se dirige hacia allá. Recibe un beso en el bigote.

—Acaba de llamar Tomás ahora mismo… Hoy llegas tarde, ¿no?

—Sí, ahora te explico, me voy a quitar los zapatos… —Se aleja hacia la cocina—: ¿Qué cuenta Tomás?

—Ahora te explico yo también, no andes gritando por toda la casa que están las ventanas abiertas.

En la cocina, el comisario se detiene en los fogones para levantar la tapa de una cacerola. Albóndigas en salsa de almendras. De cerca sí huelen, muy bien: el comisario está tentado de meter un dedo en la salsa para probarla, pero todavía no se ha lavado las manos y se reprime. Después se quita los zapatos en la galería. Habla de regreso por el pasillo hacia el dormitorio, desabrochándose el cinturón:

—Bueno, qué, qué dice Tomás: cómo sigue la Gran Manzana. ¡Hola, Garfield!

Su mujer desde el cuarto de al lado:

—Pues… la cosa es que ya no está en Nueva York, llamaba desde Irlanda.

El comisario sale al distribuidor con los pantalones en la mano, deteniendo un momento la labor de doblarlos siguiendo la línea de planchado:

—¿Desde Irlanda?

—Sí, me ha dicho el nombre en inglés de un pueblo pero no me acuerdo de cómo era, sonaba como «Laigo», o algo parecido. Está en la costa atlántica del país, según me ha dicho.

—¿Y qué demonios hace en Irlanda?

—Pues no sé…, ha hablado poco, no parecía tener muchas ganas. Sólo ha dicho que estaba bien y que llamaba para decir que ya no estaba en el hotel de Nueva York. No ha dejado ningún otro número, pero dice que seguramente volverá a España en unos días.

—¿No ha pedido la beca de residencia en Estados Unidos?

—No sé, no me ha dicho nada de eso…

El comisario vuelve al dormitorio con sus pantalones ya doblados. Los cuelga en el respaldo de la silla, termina de ponerse la ropa de casa y entra en la habitación de la plancha abrochándose.

—¿No le habrá pasado algo malo? —pregunta.

—No creo… No, seguro que no. Pero la verdad es que sí que lo he encontrado un poco tristón. También me ha dicho que ha atravesado el país en tren y que no para de llover, que el clima es un poco deprimente. A lo mejor es eso. Y recuerdos para ti y que volverá a llamar si tarda en volver. Nada más.

El comisario se ha quedado con los pulgares prendidos de los tirantes, observando con atención la manga de la camisa blanca que su mujer está planchando.

—No sé —dice—, me parece un poco raro…

—A lo mejor es que no le ha gustado Nueva York. Una cosa es hacer planes desde aquí y otra cosa es llegar y ver aquello…

—Me extraña. La primera vez que llamó parecía muy contento. Cuánto hace de eso, ¿tres o cuatro semanas?

Su mujer sólo levanta las cejas y guarda silencio un momento:

—¿Y tú?, que es eso que tenías que explicarme —dice, sacando a su marido de la aparente concentración con que la está mirando planchar.

—Nada. Que me he pasado por un concesionario de coches. He traído un folleto para que lo veas.

—He hecho albóndigas para cenar, ¿te apetecen? Y de primero tengo para hacer una ensalada variada, con rabanitos de esos que te gustan. Iba a hacer una sopa de arroz pero empieza a hacer calor para sopas.

—Ya he visto las albóndigas en la cazuela…

—¿No habrás metido el dedo sin lavarte las manos?

—Noooo —el comisario se suelta los tirantes y se mira las manos—, ahora mismo me las voy a lavar.

—Bueno, pero deja las albóndigas tranquilas hasta que cenemos.

—Bieeeen, a las órdenes de vuecencia.

Saliendo del lavabo el comisario recoge el catálogo de Audi que ha dejado en el recibidor y se lo lleva al salón para remirarlo con tranquilidad. Pero ve el aparato de música y se le ocurre volver a oír el disco de Supertramp. Suena realmente raro, a veces parece que suena una orquesta de fantasmas, pero ha ido marcando algunos temas con un rotulador rojo a medida que se ha ido acostumbrando a ellos y empiezan a gustarle. Se lleva a la butaca la portada del disco, el rotulador rojo y el catálogo de coches. Cuando entra su mujer en la sala con un balde lleno de ropa para doblar suena Even in quietest moments y el comisario está mirando a las musarañas con el catálogo abierto sobre las rodillas.

—Mira que te ha dado fuerte con la musiquita… —se sienta en la mesita que usa para coser y empieza a volver calcetines del derecho metiendo la mano hasta el fondo.

—Si te molesta, me pongo los auriculares…

—Deja… Y no le des más vueltas a lo de Tomás, seguro que está bien. Le habrá apetecido conocer Irlanda…

—No…, estaba pensando en el chico que me vende los discos. No sé qué pasó que no me acordé de decírtelo el otro día: le dieron un cabezazo y le dejaron la nariz como un pimiento.

—Por Dios…, ¿al mariquita?

—Sí… Entraron dos a robar la caja y se ve que les hizo un comentario de los suyos. Uno se calentó y le arreó un cabezazo con el casco de la moto puesto.

—Madre mía…, ¿y está bien?

—Supongo. No era gran cosa, un par de puntos. Esta semana me pasaré a verlo.

—Pues dile que otro día no conteste, que esa gente son unos salvajes. —Pausa, enrolla calcetines—. Oye: ¿y el escritor?, ¿has sabido algo más de él?

—Sí, ayer desayuné con él —el comisario ríe—. Dice Sanchís que lo quiere ver todo y que lo tiene loco a preguntas, pero le da reparo ir a la sala de autopsias.

—No me extraña…

—Oye, ¿quieres ver el coche que me gusta?

—Bueno: a ver…

El comisario se levanta con alguna dificultad de la butaca y se sienta frente a su mujer, en la mesita convertida en muestrario de calcetines, bragas, calzoncillos y sujetadores. Abre el catálogo por la página que muestra un A3 gris oscuro metalizado, en escorzo frontal:

—Qué: qué te parece…

—Bien… ¿Cuánto vale?

—Un diésel que esté bien…, unos treinta mil euros.

—Uh…, ¿cinco millones?, qué barbaridad.

—Mujer, es un buen coche…

—¿Y no nos apañaríamos con algo más barato?

El comisario hace una mueca antes de contestar que sí. Luego vuelve el catálogo de nuevo en su dirección y se queda mirando la foto.

—Pero a ti te gusta ése, ¿no? —dice ella.

—A mí sí. Es un capricho, ya lo sé…

—¿Y qué nos darían por el nuestro? Está bien cuidado, y ha dormido siempre en el garaje.

—Psé, puede que medio millón…, poco más. Es un modelo antiguo.

Durante unos minutos el comisario sigue hojeando el catálogo con una mejilla apoyada en la mano. Su mujer enrolla calcetines, todos negros excepto unos marrones. Cuando termina con ellos empieza con los calzoncillos, que va amontonando a la derecha bien doblados, todos blancos. Por último se ocupa de las bragas, de rosa y azulón y color carne, y después de un par de sujetadores cuyas copas encaja la una en la otra. Rompe el silencio justo cuando el aparato de música hace una pausa entre canciones:

—Bueno, pues si a ti te gusta ése, compramos ése, ya está.

Se levanta de la silla para amontonar en el balde la ropa ya doblada. Pero ahora es el comisario el que se echa atrás:

—No… es caro, podemos mirar otra cosa.

Ella ya está de espaldas, saliendo del salón, cuando dice:

—Ya es hora de que te permitas algún capricho. —Después, desde el pasillo, añade en voz alta—: Y apaga esa música, anda, que van a dar las noticias y es hora de cenar.

* * *

Al comisario le preocupa un poco lo que ha estado leyendo en el libro de Hare sobre la mirada de los psicópatas. Fría, dura, como de tiburón, o de muerto. Le viene a la memoria una foto de Boris Karloff caracterizado de Frankenstein que recuerda desde niño, con los párpados caídos sobre pupilas de pez, grandes, oscuras y enteladas. El comisario ha oído decir que cuando uno lee sobre una enfermedad tiende a encontrar en sí mismo muchos de sus síntomas, y también sabe que ni remotamente puede atribuírsele a él ningún rasgo de psicopatía: ni tiene una mente fría y superficial, ni una personalidad egocéntrica y presuntuosa, ni es incapaz de arrepentimiento, ni poco empático, ni manipulador, ni mentiroso. Pero aun así no puede evitar mirarse los ojos al espejo de su baño privado cuando se levanta para ir a orinar antes de salir del edificio. Mirada de muerto, sí: como Boris Karloff en el papel de Frankenstein, de no ser porque Frankenstein no es capaz de sonreír como el gato Gardfield… Prueba a quitarse la corbata y arremangarse. Sigue pareciendo Boris Karloff: más gordo y quizá en pleno bodorrio de puros y aguardientes, pero con los mismos ojos. Prueba después a ponerse la americana sin la corbata. La imagen que ve ahora es la de un notario venido a menos. Con ojos de Boris Karloff… Pero algún día tiene que ser el primero si uno decide prescindir de la corbata, así que no se mira más y sale de su despacho.

En el Departamento de Criminología está Puértolas de guardia. Eso es justamente lo que el comisario ha previsto.

—Comisario…, qué sorpresa… A qué se debe…, a qué se debe, la…, cómo diría…

—¿La visita?

—El placer, sí…, naturalmente…, el placer… inesperado, ¿verdad?

El comisario procura ir al grano cuanto antes. Saca unos folios doblados que trae en el bolsillo de la americana.

—Ahora se lo explico, primero lea esto.

Le tiende una de las hojas con el poema mecanografiado:

Hábil, astuto, cruel,

es el noble guerrero,

oro calza la yegua

del Señor que en secreto

rige con voz de mando

en el Monte Perverso.

¡Luz se liará sobre el nombre

que se expone de lleno

a quien supla la falta

en el orden perfecto!

Consejero de diablos

es el hombre de negro,

emplear bien sus zarpas

del león es derecho.

Rogad al mal romance

que se torne sereno:

descubrís que el virrey

que se esconde en el verso

ofrendó sacrificio…

Puértolas emplea medio minuto en la lectura y ya está a punto de abrir la boca cuando el comisario decide no dejarlo hablar todavía.

—Déjeme que le explique de dónde lo he sacado… ¿Se acuerda de la última vez que hablamos, sobre el asunto Uni-Pork?

—Sí, naturalmente…, sí.

—Teníamos un cadáver descuartizado en un matadero. Y teníamos un mensaje que alguien dejó junto a los restos: EN EL NOMBRE DEL CERDO. Bien: pues una semana antes de encontrarnos con todo eso, el propietario del matadero en cuestión publica en el periódico local el poema que acaba de leer…

—Interesante…, sí, interesante… Muy…, muy, ¿cómo diría?…, sugerente, ¿verdad?

—Espere… La composición es lo que se llama «romance endecha», versos de siete sílabas con rima asonante de los pares… Fíjese ahora en la frase que encontramos en el cadáver —el comisario tamborilea en la mesa—: En el nombre del Cerdo: también siete sílabas, con rima idéntica a la del poema… Pero fíjese aún más: esas siete sílabas contienen las vocales E-E-O-E-E-E-O, exactamente igual que los versos pares de la poesía, y no sólo eso: exactamente con el mismo ritmo, con acentos en la tercera y la sexta vocal: pa, pa, pam, pa, pa, pam, pa.

Puértolas, mientras el comisario habla, ha vuelto a revisar el texto mecanografiado:

—Mmmm…, no es muy bueno pero es…, delicioso…, delicioso, sí: delicioso… De dónde…, cómo ha podido, ¿verdad?…, ¿sabe…, sabe usted algo de…?

—¿De poesía?, ni papa. Hablé el otro día con Quique Aribau…

—Ah…, Quique…, muy simpático, eh…, sí. Precisamente hablamos…, del Jardín…, del Jardín de las Delicias, naturalmente, sí…, simpático…

El comisario está a punto de perder el servicio pero en el último momento lo recupera:

—Sí, muy simpático… Pero verá: mire: vamos ahora con lo que dicen los versos. Al principio no entendía quién era el Señor del secreto, ni el noble guerrero, ni nada de nada. Pensé que podía ser el Diablo…, cruel y todo eso… Pero fíjese en este trozo: Oro calza la yegua / del Señor que en secreto / rige en el Monte Perverso. Bien: se me ocurrió que era una metáfora con la que se pretendía expresar que el Señor en cuestión era rico, ¿de acuerdo?, pero ¿qué pensaría si le dijera que el propietario del matadero, es decir, el autor del poema, tiene un Porsche con las llantas chapadas en oro?

—¿Oro?, ¿en serio?… Qué…, qué exquisita escatología…, ¿llantas chapadas?

—Como lo oye: chapadas en oro mate. Eso me hizo pensar que el autor estaba haciéndose un autorretrato. Y desde ese punto de vista todo coincide: «virrey» y «consejero de diablos»…, la mitad de los alcaldes de la comarca son parientes suyos, tiene influencias en todas partes, sería largo de explicar pero he recabado información en la Provincial y el pájaro viene a ser casi un señor feudal, su familia mangonea en aquel territorio desde hace generaciones… El hombre de negro…, siempre viste de negro. ¿Y qué es el Monte Perverso? Pues es el Monte Horlá: es dueño titular de media montaña, hasta la lleva en el apellido, Juan de Horlá, no es un pseudónimo, es su nombre de nacimiento…

Puértolas, inopinadamente, no tiene nada que decir, sólo sigue mirando atentamente el verso con una mano tapándole el embozo y cabecea ligeramente, como asintiendo. El comisario continúa pues:

—Pero vamos a tirar por otra parte… Fíjese lo que dice: Luz se hará sobre el nombre /… / a quien supla la falta / en el orden perfecto. Al principio tampoco lo entendía, pero fíjese: un romance endecha suele terminar en un verso par, rimado como el resto de los pares, y en cambio éste termina en verso impar, sin rima. ¿Cuál es esa falta que hay que suplir entonces? —el comisario toma la hoja mecanografiada de las manos de Puértolas y, con un lápiz que saca del bolsillo de su camisa, escribe una línea final añadida al poema:

Hábil, astuto, cruel,

es el noble guerrero,

oro calza la yegua

del Señor que en secreto

rige con voz de mando

en el Monte Perverso.

¡Luz se hará sobre el nombre

que se expone de lleno

a quien supla la falta

en el orden perfecto!

Consejero de diablos

es el hombre de negro,

emplear bien sus zarpas

del león es derecho.

Rogad al mal romance

que se torne sereno:

descubrís que el virrey

que se esconde en el verso

ofrendó sacrificio

EN EL NOMBRE DEL CERDO.

El comisario sigue hablando mientras Puértolas considera el añadido:

—Ahí lo tiene: torne usted el romance sereno, es decir, complételo hasta equilibrarlo y descubrirá que el Señor que se esconde en el verso ofrendó sacrificio en el nombre del Cerdo. Es él.

Puértolas se decide por fin a decir algo:

—Brillante…, eh, brillante, ¿verdad?…, brillante, no hay duda, naturalmente. Pero creo…, creo…, creo que se ha centrado usted… Los pares, naturalmente, los pares… rimados. Pero quizá hay algo más que… le… interesará…, sí, sin duda…

—Qué…

Puértolas le pide al comisario el lápiz y, con él, rodea con un círculo la primera letra de todos los versos impares. El resultado permite leer de arriba a abajo «H-O-R-L-A» en la primera estrofa y «C-E-R-D-O» en la segunda. El comisario queda por un momento atónito y se da un palmetazo en la frente:

Luz se hará sobre el nombre / que se expone de lleno: que se expone de lleno: ¡de lleno!: con todas sus letras… No me había dado cuenta de eso…

—Comisario…, mis… felicitaciones: lo tiene usted.

El comisario se queda mirando fijo a Puértolas, sin darse cuenta de que está poniendo ojos de interrogatorio, asomando justo por encima de las gafas:

—Lo tengo sí: sé quién es, pero no tengo ni una sola prueba sólida. Sólo la convicción…

—Suficiente para… investigar por ese… camino, ¿verdad?: suficiente, sí.

—Sólo me preocupa saber por qué nos lo está poniendo tan claro.

—Bueno… en realidad, no tan claro, ¿verdad?, naturalmente si usted…, si usted no… hubiera, no hubiera captado la importancia… Pero también por…, la vanidad, ¿verdad?, la típica… vanidad del psicópata…

—Sí… he leído en el libro que me recomendó. Lo estoy terminando.

—En efecto, sí…, les gusta…, les gusta ser muy…, listos, ¿verdad?, naturalmente…, inteligentes y…, audaces…, sí, audaces.

* * *

Calabrava, domingo por la mañana. Mercedes, la mujer del comisario, está preparando su capazo playero en el vestidor. El comisario asoma a la puerta:

—Mercedes: que vengo contigo a la playa.

Ella se gira y lo mira incrédula:

—¿A la playa-playa?…, ¿en bañador?

—Claro.

Ella no añade más, se limita a ir al cuarto de baño para recogerse el cabello en un moño y atarse un pañuelo a la cabeza. Mientras, él se prepara a solas en el vestidor y, antes de que ella termine ante el espejo del lavabo, aparece a su espalda. Se ha puesto el bañador nuevo, granate, largo hasta medio muslo, ajustado con una lazada del ceñidor que le cuelga por delante. También lleva las gafas, unos calcetines negros y las zapatillas de andar por casa.

—¿Qué tal estoy?

—¿No te afeitas?

—No…, hoy no. Qué: qué tal.

—¿No te habrás puesto calcetines para bajar a la playa?

—Bueno, cuando lleguemos me los quito.

—¿Y vas a bajar así?

—No mujer: ahora me visto encima. ¿Se me ve muy gordo?

—Mmmno —consigue pronunciar ella. El comisario se encara al espejo. Es una imagen conocida: él sin camiseta en el espejo del baño: desde Buda nada nuevo bajo el sol. Pero algo falla porque su mujer no lo está animando mucho.

—Oye, ¿no te dará vergüenza que te vean conmigo en la playa?

—¿Serás tonto…? Venga, quítate esos calcetines y ponte algo encima.

—¿Qué quieres que me ponga?

—Pues nada: una camisa de manga corta y los mocasines blandos. Pero quítate los calcetines, haz el favor.

—Pues yo he visto a muchos turistas llegando a la playa con calcetines…

La protesta no merece respuesta, sólo un fruncimiento general del rostro.

—¿Y pantalones tampoco?

—¿Para qué quieres pantalones?, ya llevas el bañador, ¿no? Lo que sí habrá que comprarte para otra vez es una gorra. Y unas chanclas.

Al comisario le produce aversión la mera palabra «chanclas», es un repelús incluso fonético, pero se siente lo bastante inseguro como para no contradecir de momento a la experta. Vuelve al vestidor, se quita los calcetines, se pone una camisa blanca abrochada hasta el penúltimo botón y vuelve a presentarse ante el jurado: «Qué». El jurado se acerca, le desabrocha tres botones de la camisa y se aleja, pero el efecto sigue siendo el de un mantel sobre una mesa para cuatro, así que termina de desabrocharle la camisa, le abre un poco los faldones y le remete los cordones del bañador por dentro.

—¿Así tengo que ir, enseñando toda la pelambrera por la calle?

—Bueno, si quieres te depilo antes de bajar…

Por un momento al comisario se le pone cara de alarma. A ella casi se le escapa la risa:

—Venga, no seas tonto, que estás bien. Si estás harto de ver a señores como tú que van así por la calle, aquí todo el mundo va igual…

—Ya, pero son turistas…

—Y qué: tú y yo también somos turistas. Nacionales pero turistas.

El momento de abandonar la penumbra del portal es difícil para el comisario. Hay gente por la calle, pero no ve a nadie en bañador, al menos a nadie como él, así que trata de ocultarse tras la menuda figura de su mujer, que camina delante por la acera. Otro problema importante es qué hacer con las manos. Decide enlazarlas a la espalda, aunque eso deje los faldones de la camisa libres para abrirse tanto como quieran. Afortunadamente la playa está apenas a cien metros, si bien hay que superar el cruce del paseo, justo el más concurrido de la población, y como un beatle obeso y en calzones recorre las franjas blancas del paso de peatones procurando no mirar a ninguna parte. Sí él no ve a nadie, puede que nadie lo vea a él, ésa es la lógica.

Por fin superan también la acera ajardinada del paseo, el aparcamiento de coches, y llegan al borde de la arena, punto donde de ordinario el comisario le da un beso a su mujer y retrocede tierra adentro buscando la sombra del bar de la estación de autobuses, asistido del periódico de la mañana y de una deliciosa ración de boquerones rebozados. De modo que su mujer le pregunta si hoy no pasa por el kiosco para tener algo que leer y él tiene que negar con la cabeza, incapaz de hablar porque lleva un rato reteniendo aire para convertir en tórax una parte de lo que en condiciones normales es abdomen.

Todavía antes de pisar la arena (un pequeño paso para el hombre), se gira hacia las dos feas torres de apartamentos de primera línea de mar como quien contempla la catedral de Amiens, lo que le da ocasión de soltar todo el aire sin que su mujer escuche el resuello. Y ahora es el momento de imitar el gesto de ella de quitarse las chanelas, esa palabra, haciendo lo propio con sus mocasines blandos, que sin la intermediación de calcetines se han convertido en criaturas de vientre húmedo y pegajoso.

No hay nadie cerca sobre la arena, los bañistas se apiñan al fondo, cerca del agua, y el comisario puede concentrarse en caminar equilibrándose con los brazos. Le agrada el contacto de sus pies desnudos sobre la arena caliente y seca, es una caricia conocida pero largamente olvidada, y por primera vez se alegra de haberse lanzado a la aventura. Sin embargo, quedan todavía algunos momentos difíciles, quizá su mujer lo intuye y por eso le toma la mano, como para formar equipo cuando llegan a la estrecha franja ocupada por toallas, y sillas plegables, y bañistas sin otra distracción que observar tras las gafas de sol a los recién llegados. Una vez hallado un hueco, mientras su mujer revuelve en el capazo en busca de crema solar y demás adminículos, el comisario comprende que tarde o temprano tendrá que quitarse la camisa, así que sopesa a los posibles espectadores. A la derecha una pareja de ancianos, los dos muy tostados, cuyo componente masculino muestra una panza blanda y colgante sobre un diminuto bañador a todas luces indecente. Nada de qué preocuparse por ese flanco. A la izquierda un hombre solo que parece dormir tendido de espaldas. Bien. Detrás una muchacha con los senos desnudos; pequeños, redondos y desnudos, no cabe duda. ¿Cómo actuar en semejante situación para no parecer un viejo verde?, pues por lo pronto girándose 180 grados y oteando la lejanía en busca de aletas de tiburón, insignias piratas o cualquier otra cosa susceptible de ser avistada mar adentro. Enseguida la voz de su mujer lo devuelve a tierra firme:

—Ven, quítate la camisa que te pongo crema, si no te vas a despellejar en cinco minutos.

Ella se ha desprendido del pareo y su cuerpo enfundado en el bañador azul añil, aunque archiconocido, le parece al comisario especialmente agraciado a esta nueva luz: redondo y mullido pero firme, y mucho más exuberante que el de la muchacha de los…, sin sujetador.

—¿Hay que ponerse crema antes de bañarse? —pregunta el comisario, tratando de concentrarse en el diálogo.

—¿Te vas a bañar?

—Claro.

—Mira que estamos en junio: el agua estará fría…

—Pues yo he venido a bañarme, si no, no le veo la gracia a la playa…

Ése es el momento en que el comisario se quita la camisa y la deja caer hecha una pelota sobre la toalla que su mujer ha dispuesto para él. Durante un segundo se mira a sí mismo desde arriba y le extraña lo blanquísima que parece su propia piel a la luz del sol. Y también comparada con la piel de la muchacha de los…, la muchacha.

—Ahora no vayas a meterte muy adentro… ¿Ya te acordarás de nadar?

—Claro, mujer: eso no se olvida.

De modo que el comisario avanza hacia el agua, donde en verdad sólo se ven unos pocos bañistas muy distanciados. No muy lejos están ancladas las barcas de pesca, posible objetivo para alcanzar a nado. Una olita llega dócil, le moja los pies y se va llevándose parte de la arena bajo sus plantas, lo que le produce la sensación de hundirse un poco en el suelo. Cosquilleante, divertido. Avanza un poco más y empieza a notar agujas en las pantorrillas. Pero no piensa echarse atrás, al fin y al cabo es un montañés avezado en los rigores del frío, así que sigue todavía unos metros hasta mojarse la pernera del bañador. De momento bastante bien, sensación de poder y autodominio. Es entonces cuando llega una ola más alta que las otras y el nivel del agua le sube de repente hasta cerca del ombligo. Desazón intensa, tela empapada pegada a la piel cuando la ola se retira. El comisario sabe que llegados a este punto lo mejor es sumergirse del todo y nadar enérgicamente hasta entrar en calor, pero su humillación es plena cuando descubre que ha entrado en el agua con las gafas puestas.

Demasiado tarde para retroceder: se las quita, avanza con decisión y se zambulle agarrándolas con firmeza con la mano izquierda, que de este modo deja de ser útil como remo para convertirse en un simple muñón. Con todo, bracea y patalea tratando de hundirse cabeza abajo. Durante largos segundos su lucha es feroz, exasperante por la respiración contenida y el frío que casi duele, pero el efecto boya de su propio cuerpo lo mantiene con la rabadilla a ras de superficie y al poco ha de cambiar a una braza espasmódica con la cabeza fuera del agua.

Quizá avanza unos metros así, pero las barcas parecen seguir igual de lejos que al principio, y el cansancio empieza a vencer al frío. Nota que ya no hace pie en el fondo, de manera que se resigna a hacer el muerto para recuperar el resuello. «Humillante», ésa es de nuevo la palabra. Se toma unos segundos boca arriba y, con los oídos sumergidos, descansa y escucha su propia respiración amplificada. Ahora o nunca: en un repentino arranque de furia, se lleva las gafas a los dientes a modo de machete de buscador de ostras, gira sobre sí mismo hecho una bola blanca y granate, y empieza a bracear con todas sus fuerzas hacia el fondo. Esta vez, ya con dos manos capaces de darle impulso, consigue hundirse lo bastante como para tocar la arena, en realidad a menos de dos metros de profundidad; luego se impulsa con un amplio movimiento de los brazos y las articulaciones de los hombros le responden enviándole dolorosos pinchazos.

De todas maneras siente toda su musculatura en activo, como si el joven atlético que ha permanecido tantos años encerrado en una prisión de grasa volviera por sus fueros, y por unos instantes goza también de la inmensa alegría de ser ingrávido en aquel universo denso y azul. Otra sensación agradable olvidada y recuperada. Pero dura poco porque enseguida ha de regresar a la superfi cie, con satisfacción aunque obligado a quitarse las gafas de la boca a toda prisa para dar una bocanada que termina en un trago de agua salada.

En conjunto ha sido una experiencia gratificante, pero se siente exhausto y decide volver al confortable estado de bipedestación con la moral razonablemente alta. Resopla cuando camina de regreso a la orilla con las gafas en la mano. Sus piernas debilitadas por el esfuerzo notan el enorme peso que han de volver a trasladar sobre el firme movedizo, pero siente una felicidad de orden físico, sensual, una suerte de plenitud emparentada con otras plenitudes que suceden a otros esfuerzos musculares intensos. A todo esto, sin la asistencia de las gafas, el mundo aéreo se ha convertido en un gel tan borroso como el subacuático, no se distingue nada de nada, aunque lo mismo se ocupa de impedir que el bañador se le adhiera al cuerpo de forma indecorosa mientras piensa en cómo localizar a su mujer entre tantos bultos varados en la arena. Sin embargo, no hace falta preocuparse por esto último, porque ella lo ha estado esperando con el agua por las rodillas y le sale al paso:

—¿Qué hacías?, ha habido un momento en que pensaba que te ahogabas, he estado a punto de pedir socorro…

El comisario chasquea la lengua entre dos resuellos:

—Qué me voy a ahogar, mujer…

—¿Qué, está fría, no?

Otro chasquido de negación mientras caminan hacia las toallas.

—Pues estás temblando, y tienes el labio de abajo morado…

Durante un rato, como si en vez de en una playa turística estuviera a solas con su hembra en una isla perdida, el comisario se abandona al dulce cansancio, se tiende boca arriba en la toalla con la respiración entrecortada, y se deja embadurnar de crema solar en una deliciosa caricia que le recorre el pecho y el vientre. Siente entonces unas ganas irreprimibles de dormirse con los ojos cerrados al sol que traspasa los párpados y convierte la oscuridad en un espacio vivo, amarillo y naranja. Pero a instancias de ese ángel que tan amorosamente lo acaricia, ha de volverse boca abajo y enseguida vuelve a sentir la mano menuda que le pasea por la espalda y los riñones. Hasta que empieza a notar una tensión entre agradable y desazonante favorecida por efecto del peso de su propio cuerpo boca abajo. Para abortarla antes de que llegue a mayores se gira y atrapa al ángel en un abrazo, esta vez sobre una toalla y a plena luz del sol:

—Me parece que después de comer vas a tener que echarte la siesta conmigo.

—Sí, hombre…

—¿Por qué no?

—Pues porque hoy es domingo, y hay que volver a casa temprano…

—Pues anoche me supiste a poco, que lo sepas.

—No te pongas pulpo, anda, que hay gente. Y además pinchas, haz el favor de afeitarte en cuanto lleguemos a casa.

* * *

El lunes por la mañana el comisario oye unos golpecitos de aviso en la puerta de su despacho y el sonido del picaporte abriéndose. Se seca las manos y sale del baño para ver quién es, aunque de hecho sólo puede ser Varela:

—Comisario, está aquí el inspector jefe Rodero. Pregunta si puede pasar.

—Sí, claro, que pase…

El comisario sale a recibirlo al antedespacho a pesar de que es un inferior en rango; de hecho el inferior ya ha tenido la deferencia de desplazarse hasta la comisaría para oír lo que el comisario tiene que decirle.

Rodero tiene poco más de cuarenta años, pálido, estrecho de hombros, delgado y, sin embargo, con una pequeña panza que le asoma como un melón. Chaqueta de punto color musgo, pajarita y caramelos de menta. Se estrechan las manos.

—¿Lo pillo en mal momento?

—No, en absoluto…, pase, le agradezco que haya venido a verme, podría haber ido yo…

—No tiene importancia, así de paso veo la nueva comisaría por dentro, me han explicado maravillas.

—Sí, no está mal… ¿Cómo va por la Brigada, todavía aguanta el edificio?

—Bueno, a duras penas, ya sabe cómo es aquello…

—Sí, bien que lo sé… ¿Le apetece un café?, me han puesto una máquina para mí solo.

—Ya veo que está bien instalado… No tomo café a estas horas, pero si tiene agua se lo agradeceré, hace calor en la calle.

Entran en la sala de juntas, el comisario toma un vaso de plástico y señala una portezuela de madera oscura que parece un armario, «¿No prefiere un refresco?, tengo una nevera bien surtida, como en los hoteles». No, Rodero quiere agua. «¿Fría o del tiempo?», Rodero dice que del tiempo. El comisario acciona la espita correspondiente en el surtidor de acero inoxidable y llena el vaso antes de entregárselo en mano. Luego se concentra en manejar la máquina de café que funciona con pequeños cartuchos precintados:

—Bastante más cómodo que la Brigada, ¿eh? Y ahora por lo menos tienen aire acondicionado, en mis tiempos no se imagina cómo se ponía ese despacho suyo en cuanto llegaba el mes de junio.

—¿Ocupaba usted mi mismo despacho?, no lo sabía…

—Seis años, estuve allí. Creo que todavía tengo la espalda despellejada por aquella butaca de escai. Y antes de eso había estado ocho años como inspector pululando por las oficinas, con Morillos de inspector jefe. ¿Llegó a conocer a Morillos?, ¿bigotito de falangista?, ¿gafas oscuras? —Rodero asiente—. En comparación esto es gloria, hasta tengo un tresillo para las visitas. Claro que a buenas horas: para tres meses que me quedan…

—Ya he oído que se jubila este año…

—A principios de septiembre… No sabe las ganas que tengo: no quiero volver a oír hablar de amas de casa descuartizadas en lo que me queda de vida.

Ya se han sentado en un extremo de la enorme mesa de juntas, ocupando dos de las diez sillas basculantes de acero y cuero.

—Siento que tuviera que subir allá arriba un domingo por la mañana, pero no había nadie en la Brigada que estuviera en condiciones de hacerse cargo y me pareció lo más oportuno pedirle a usted el favor. De todas maneras nadie mejor: tengo entendido que se crió usted en un pueblecito de montaña, ¿no?

—Sí, bueno, pero era otro mundo. En realidad todos los pueblos de montaña son diferentes, sólo se parecen en el aislamiento, y hoy día ya no están tan aislados como antes. Hay televisión, y teléfonos móviles, y todo el mundo tiene coche.

—¿Qué le pareció aquello? —Rodero saca un diminuto caramelo del bolsillo de su chaqueta de punto y se lo ofrece primero al comisario, que declina con el gesto.

—La verdad es que después de salir del matadero sólo tuvimos tiempo de darnos una vuelta en coche. Bueno, y entramos a tomar café en uno de los bares, en la calle que parecía la principal, cerca de la iglesia y el ayuntamiento…

Bastante opresivo, con ese círculo de montañas y ese Monte Horlá allí arriba… En invierno tiene que ser tremendo…

—¿Qué le pareció Berganza?

—Buen elemento. Hablé por teléfono con él hace un par de semanas, y luego ha sido tan amable de recopilar algunas informaciones para mí, extraoficialmente. Ya me contó que habían transferido el caso a la Central…

—¿Le contó también que tenemos identificado el cadáver?

—No estaba confirmado. Del valle, ¿no?

—Del valle, confirmado, tenemos la prueba de ADN. Pero lo más significativo es que su hijo es un emigrante afincado en la Provenza francesa. ¿A que no sabe dónde trabaja?

—Tal como lo dice supongo que en un matadero de cerdos.

—En un matadero de cerdos… Habrá que husmear por ahí. Pero hay más caminos. Por ejemplo, he estado en Informática y he encontrado otro homicidio sin resolver bastante interesante. Año 97, la víctima es una muchacha de dieciséis años que aparece degollada a cuchillo en un bosque del Piamonte italiano, a diecisiete kilómetros de Penerolo. El cadáver se encuentra desnudo, sin signos de violación o abusos, pero le faltan las dos manos que no han aparecido hasta la fecha. También en ese caso cuesta identificar el cadáver y finalmente resulta ser hija de un transportista que hace rutas internacionales, ¿adivina qué transporta en su camión?

—¿Cerdos?

—Cerdos. ¿Huele a vendeta entre narcos?

El comisario tuerce los labios hacia abajo.

—¿Se le ocurre otra cosa? —dice Rodero.

—Por qué narcos y no…, no sé…, psicópatas que jue gan a rol… Cualquier departamento de homicidios tiene entre un uno y un cinco por ciento de casos anuales sin resolver, eso si hablamos de países con una policía seria. Relacionar entre ellos sólo los que tienen remotamente que ver con los cerdos es un poco tendencioso, a pesar de la nota.

—En realidad no he partido de la nota… Claro que la hemos mandado analizar, pero el Luma Lite no da nada, la escribieron en el dorso de una hoja de pedidos del propio matadero, con un rotulador que también estaba allí mismo, o al menos con la misma clase de tinta, y las letras están trazadas ayudándose de una regla, así que ni siquiera podemos hacer un examen grafológico en condiciones.

—Pero contiene un mensaje…, EN EL NOMBRE DEL CERDO…, es una frase bien curiosa. De eso precisamente quería hablarle…

—Ya me lo imaginaba…

—Ya le adelanté por teléfono algo sobre el propietario del matadero y el poema que publicó en el periódico…

—Sí…, muy interesante. Tengo el fax que me envió a la Brigada: las siete sílabas, y todo eso…

—Bueno, no son sólo las siete sílabas…, hay un montón de coincidencias, puedo enseñárselo si tiene usted diez minutos…

—Bueno, la verdad es que de momento estoy pensando en otra cosa. ¿Sabe usted que muchos de los cerdos que se matan en el país llegan de Holanda?, ¿y que no sería la primera vez que vienen con regalito cosido a las tripas? Entre otras cosas he encontrado también en la base de datos un informe de Sanidad muy interesante, del año 99. Un camión pasó la frontera francesa con ochenta animales insuficientemente documentados, varios de ellos llegaron muertos… Bueno, pues los de la Científica tuvieron el buen tino de abrir a uno de los cinco que llevaban la panza llena. Junte eso con que el veterinario del matadero de San Juan del Horlá es un francés que trabajó antes en una granja en Amsterdam y que pasó directamente desde allí a San Juan. ¿No le parece significativo?

—No sabía eso… —el comisario cabecea—. De todas maneras queda algo por explicar. Estaría de acuerdo con usted si hubiéramos encontrado un cadáver con un tiro en la nuca. Pero lo que hemos encontrado es un perfecto y ordenado puzle de carne humana, y sabemos que la víctima fue drogada con estramonio y que pasó un largo y complicado proceso hasta el momento de la muerte. Alguien se ha recreado con todo eso, no es el típico ajuste de cuentas.

—Siempre se pueden ajustar cuentas a través de alguien que se recree en ello.

—No sé… —El comisario piensa un poco—. ¿Si el cadáver hubiera sido el de un concejal del ayuntamiento, pensaría usted que se trata de un crimen político?

—No estoy seguro de lo que quiere decir con eso…

—Quiero decir que alguien tenía ganas de matar a una mujer como a un cerdo y lo ha hecho a conciencia. Y eso tiene que ver sobre todo con el individuo en cuestión y con la relación que ese individuo mantiene con las mujeres, o con los cerdos, o con las dos cosas, y no tanto con el tráfico internacional de estupefacientes, o sólo secundariamente con eso.

Rodero pone cara de escepticismo:

—¿Ha estado usted hablando con algún psiqui?…

—Sí, he estado hablando con un psiqui, con Puértolas, pero porque desde el principio me pareció cosa para hablar con un psiqui… Tenemos suficientes indicios para investigar al tal Juan de Horlá, basta echarle una mirada al poema para darse cuenta de que estaba al tanto de lo que iba a pasar… Tenga en cuenta que la prensa no hizo público el mensaje que encontramos…, sin embargo, el propietario conocía el patrón formal de ese mensaje…

—Comisario, perdone pero en primer lugar el propietario del matadero tuvo muchas oportunidades de saber lo que decía ese mensaje, no hacía falta que lo publicaran los periódicos. Podemos controlar hasta cierto punto lo que se publica, pero no lo que dicen los testigos por ahí, basta con que alguno de los empleados que encontraron el cadáver se lo hubiera dicho.

—¿Una semana antes del asesinato? El poema se publicó una semana antes…

Rodero comprende que su razonamiento ha sido erróneo:

—Bien, de acuerdo…, también es posible que el homicida leyera el poema en el periódico, le gustara, y una semana después decidiera escribir el mensaje según ese patrón rítmico, o lo que sea que haya encontrado en el poema. Sabe usted perfectamente que ningún juez va a admitir una cosa así como prueba de nada.

—No como prueba de cargo, y además está claro que el autor material del asesinato no es el autor del poema, no de facto, pero el poema es suficiente prueba de convicción para admitir a trámite una investigación sobre ese individuo…

—Ese individuo, comisario, no es un individuo cualquiera.

—¿Quiere usted decir, Rodero, que hay individuos en este país blindados a una investigación de la Brigada Central de Homicidios?

—Quiero decir, comisario, que lo usual es llegar al instigador a través del autor material, no al revés. Si llegamos a saber quién manejó el cuchillo, tendremos alguna oportunidad de probar a instancias de quién lo manejó, mientras tanto no pasaremos del terreno de la especulación. El camino a seguir es el del tráfico de estupefacientes, es evidente que en la comarca se da, yo también tengo informes de la Provincial. El siguiente paso es relacionar ese tráfico con los empleados del matadero que son probablemente los que tocan el material. Y el propietario, si es que tiene algo que ver, caerá después.

—De acuerdo, quizá se ha puesto usted sobre la pista real de una red de transporte de cocaína…, muy bien, adelante. Pero si quiere que le diga la verdad, a dos meses de jubilarme me importa muy poco que alguien se esté haciendo rico vendiendo coca, lo que me pone los pelos de punta es que por ahí anda suelto un individuo aficionado a la tortura recreativa, probablemente dos individuos, y puede que más. Es por ahí por donde yo insistiría, al fin y al cabo sabemos algunas cosas sobre él, o podemos intuirlas.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo sabemos que tiene veleidades literarias, que le gusta el riesgo y que está jugando a algo con nosotros o con el resto del mundo. Y también que seguramente actúa en asociación con uno o varios individuos susceptibles de asociarse a un psicópata, es decir, con un complementario, alguien que probablemente depende emocionalmente de él.

* * *

—Varela, voy un momento a cortarme el pelo, me llevo el móvil por si hay algo.

El comisario abandona el edificio agradecido al aire tibio de la calle, aire de verdad, sin acondicionar, y se da cuenta de que cada vez le cuesta más pasar ocho horas seguidas metido en su despacho.

Camina despacio, con las manos en los bolsillos, hasta salir a la vieja rambla fangosa convertida en paseo cosmopolita: estatuas humanas, músicos callejeros, pintores de acera, puestos de flores, un comisario de policía con barba de una semana que pasa con las manos en los bolsillos…

Cuatro travesías más abajo el comisario abandona el paseo y vuelve a internarse en la maraña del viejo arrabal. Hace años que se arregla el pelo en el mismo establecimiento, Barbería Siberia, con su tradicional distintivo a rayas azules, blancas y rojas. «¿Lo de siempre, comisario?», «Lo de siempre». Pero esta vez el comisario está pensando en hacerse algo distinto y, antes de alcanzar el distintivo de la Barbería Siberia, se detiene ante el escaparate de otra peluquería nueva en la calle, o quizá es que no había reparado antes en ella: HAIR PLAY, PELUQUEROS, dice el rótulo. El escaparate muestra fotos de modelos recién peinados, hombres de entre treinta y cuarenta años, correctamente vestidos, uno de ellos con barba y pelo cano. Cambiar de peluquero es como cambiar de amante: el momento propicio para probar cosas nuevas, y por un momento el comisario piensa en darle el salto a la Barbería Siberia y entrar allí, en aquel agradable interior decorado con madera clara donde además sólo se ve a un cliente esperando tanda, y es casi calvo.

Gana su sentido de la fidelidad y sigue caminando hasta la Barbería Siberia, un poco más allá en la misma acera. Cuando llega se da cuenta de que la persiana está bajada y han enganchado un rótulo escrito a mano: «Cerrado por reformas. Próxima apertura, 1 de septiembre». «Los tiempos cambian», se dice el comisario, y como no puede esperar a septiembre para cortarse el pelo, vuelve sobre sus pasos y sin pensárselo mucho entra en HAIR PLAY, PELUQUEROS preguntándose qué demonios querrá decir Hair Play.

Tres cuartos de hora después, su habitual peinado a raya se ha convertido en un corte uniformemente corto dirigido hacia delante, su bigote ha sido drásticamente podado al dos y, sobre la barba incipiente, le han recortado una perilla que se une al bigote por las comisuras. Lo de la perilla es sólo un intento que el comisario no tendrá más remedio que someter al criterio de su mujer, pero de momento se siente bien con su esbozo y va mirándose en el reflejo de los escaparates. Tanto que, poco antes de llegar a la comisaría, se le ocurre desviarse hacia la tienda de discos.

Entra sin pensárselo mucho, con naturalidad, como si no pasara nada:

—Buenos días, jóvenes —dice.

Contesta el del piercing en el ombligo, que ahora luce además un par de finas tiritas que le cruzan el puente de la nariz:

—Vaya, qué sorpresa… ¿Viene a atracarnos, caballero?

—¿Tengo aspecto de venir a atracar?

—Bueno, como luce esa perilla tan bizarra… digo a ver si el brigadier se ha pasado al enemigo. Si no puedes detenerlos, únete a ellos.

—Pues no: venía a comprar uno de esos discos modernos que vende, y de paso a ver qué tal terminó lo del otro día…

—Si se refiere usted a mi pequeño combate, he resultado ganador por puntos, como puede ver. Uh, ¿y ese moreno de playa…? Qué envidia, a mí me ha dicho el médico que no tome el sol hasta que me cicatrice bien la nariz o me quedará marca. En realidad no sé qué hacer: son tan sexi las cicatrices… Por cierto, ¿me permite un consejo sobre su nuevo estilismo?

—Mmmm, sea prudente, joven, ya sabe cómo suelen terminar sus consejos sobre estilismo…

—Bueno, ya que no lleva casco de moto me arriesgaré… Debería cambiar el modelo de gafas. Esas doradas no van bien con el peinado y la barba de candado. Le recomiendo un modelo tipo director de cine años sesenta: rectangulares, de pasta negra. Con cristales amarillos son lo más…

Esta vez el comisario sale a la calle con un CD de Simply Red y la confianza en su nuevo look bastante alta. La siguiente piedra de toque es entrar en la comisaría.

Naturalmente todo el mundo se fija en él, sobre todo en la perilla, el comisario se da perfecta cuenta, pero nadie se atreve a hacer comentarios. Excepto Quique Aribau, que está en la cafetería con Sanchís. «Le queda bien la perilla —le dice—, pero ya no tiene tanto aspecto de comisario, ahora empieza a parecer… no sé, un director de cine…».

El comisario toma nota de la coincidencia y por la tarde, de camino a casa en el autobús, le va dando vueltas a la idea. Director de cine está bien, mucho mejor que notario, y tiene connotaciones de mando que le gustan. Pero no se juzga a sí mismo un hombre creativo, y tampoco tiene mayor interés en parecerlo. Él es hombre de principios, de leyes y de fidelidades, eso es. Mientras observa como siempre el tráfico desde la ventanilla del autobús, se le ocurre pensar en qué disfraz le gustaría ponerse en caso de asistir a un baile de máscaras. Sin duda de gángster de película: camisa negra, corbata blanca, sombrero de fieltro y abrigo largo de pelo de camello. Al fin y al cabo un capo mafioso no es tan distinto de la de un Comisario de policía, piensa el comisario: los dos se ven obligados a inspirar respeto pero también confianza, a mostrarse inflexibles o magnánimos según el momento, a intimidar y ofrecer protección en un delicado equilibrio de contrarios…

Cuando llega a casa ha olvidado completamente el último y definitivo examen al que debe someter su nuevo look. La idea cae sobre él justo en el momento en que gira el llavín.

—Hola-hola, por dónde andas…

—En la cocina, ¿ya estás aquí?

—Sí, tengo que enseñarte una cosa, no te asustes.

Naturalmente ese aviso hace que su mujer se alarme y aparezca de inmediato en el quicio de la cocina, secándose apresuradamente las manos con un paño. El comisario prende la luz del recibidor para dejarse ver sin sombra de duda:

—¿Qué te parece?

Como primera reacción, su mujer levanta las cejas y se lleva la mano a la boca.

—Ah: qué susto me habías dado… ¿Por eso llevabas desde el sábado sin afeitarte? —dice al fin.

El comisario asiente y se toca el pelo incipiente del mentón:

—Sabía que si te preguntaba, me ibas a decir que no. Quería probar…, pero si no te gusta, me afeito ahora mismo.

Silencio. Mirada detenida:

—El corte de pelo no está mal, pero eso de ahí debe de pinchar, ¿no?…

Se acerca, le toca primero la cara con el dorso de la mano y después le tira de la solapa para agacharlo y poder pasarle la mejilla.

—Uh, sí que pincha…

—Cuando me crezca un poco más, ya no pinchará, será como el bigote…

—La verdad es que estás guapo; con otras gafas… Pero ahora voy a tener que cambiar yo también de peinado…

—Así ¿qué?, ¿me lo dejo?

—Bueno, déjatelo unos días hasta que me acostumbre, y si luego no pincha…

El comisario principal que hubiera querido disfrazarse de gángster se va de buen humor al dormitorio, «Hola Gardfield», se quita las gafas y se contempla los ojos de Boris Karloff en el espejo del tocador.